Eneida; v. 2 de 2

Part 17

Chapter 173,677 wordsPublic domain

Remángase la veste el buen anciano Al uso de Peon; y con discreta En balde aplica y diligente mano Hierbas divinas de virtud secreta; El encarnado hierro tienta en vano; Con tenaza mordaz tal vez lo aprieta. ¡Ah! no da el almo Apolo traza alguna, Ni encamina el conato la Fortuna.

LXXXII.

Y ya el pavor invade el campamento, Espantosa amenaza se aproxima, En polvo se condensa el firmamento, Tropel de caballeros se oye encima; Y mil dardos y mil cruzando el viento Van doquiera á caer, y ponen grima Al par de combatientes y de heridos Voces de rabia y de dolor gemidos.

LXXXIII.

Vénus, en tanto, del afan movida Que el corazon materno le atormenta, Díctamo coge en el cretense Ida-- Hierba que allí lozana se presenta, De pubescentes hojas revestida; Flores la cubren de color sangrienta, Y pace de ella la silvestre cabra Si cruda flecha su espinazo labra.

LXXXIV.

La raíz salutífera recata Encubierta la Diosa en nube umbría, Llega, y en modo oculto el agua trata Que en limpísimos vasos puesta, hervia; Virtud comunicándola, desata El díctamo, y el zumo de ambrosía Que las fuerzas vivífico recrea, Esparce, y odorante panacea.

LXXXV.

Con esta linfa Yápix, que no sabe La merced de la Diosa recibida, Lava la llaga: al punto, pues, el grave Dolor huye del cuerpo; en la honda herida Restáñase la sangre; ya süave Tras la mano la flecha no traida Saliendo va; y el adalid doliente Todas sus fuerzas reintegrarse siente.

LXXXVI.

«¡Armadle, armadle, que lidiar desea!» Ante todos así Yápix inflama El turbado concurso á la pelea. «Y tú, ilustre caudillo,» luégo exclama, «No pienses que este triunfo humano sea; Mi arte, mi diestra nada obró: te llama Fuerza más alta, voluntad divina Que á mayores objetos te destina!»

LXXXVII.

Mas el héroe tardanzas no consiente: De acá y de allá á la pierna sobrelaza Las grebas de oro, él mismo; ase impaciente De la fulmínea lanza, la coraza Viste, toma el broquel resplandeciente; Y las armas tendiendo en torno, abraza Y fugaz por el yelmo besa al hijo: «De mí firme virtud, teson prolijo,

LXXXVIII.

»Quiero que aprendas; de dichosa suerte Otros,» le dice, «te darán lecciones. Hora vuelo en la lid á protegerte, Voy á guiarte á sus preciados dones: Cuando llegues á edad adulta y fuerte Recoge mis gloriosas tradiciones, Y de ellas memorioso, Ascanio mio, Sigue á Enéas tu padre, á Héctor tu tio!»

LXXXIX.

Dicho esto, por las puertas dilatadas Blandiendo el asta enorme, giganteo Arrójase adelante: sus pisadas Mnesteo sigue, síguelas Anteo. Hé aquí de los reales á oleadas Toda la turba desbordarse veo; En ciego polvo el ámbito se cierra, Y herida de los piés treme la tierra.

XC.

Turno en esta sazon desde un frontero Alcor aquella nube ha visto; véla El escuadron de Ausonios; el guerrero Ímpetu encogen, el pavor los hiela. Fué entre todos Yuturna quien primero Oyó el ruido, y lo entiende, y se hurta, y vuela Medrosa. Arrastra el capitan troyano Su negra hueste en el abierto llano.

XCI.

Cual, turbando los aires repentina Tempestad, á la tierra nimbo aciago Por medio de los mares se encamina; A mieses y arboredos ¡cuánto estrago Traerá! ¡cómo la plebe campesina Tiembla de léjos el tremendo amago! A anunciarlo en las playas, adelante Los vientos van con soplo resonante;

XCII.

Tal aparece el adalid reteo; A defenderse la asustada gente Fórmase densa en ángulos. Timbreo Al fuerte Osíris da mortal fendiente: Derriba á Arcecio en el tropel Mnesteo Acátes á Epulon, Gias á Ufente; Y cae allá Tolumnio, el agorero, Que el dardo impío disparó primero.

XCIII.

Un grito de terror álzase al cielo, Y á su turno los Rútulos á viva Fuga se dan en polvoroso vuelo. Enéas á la turba fugitiva Muerte no da, ni áun contrapuesto telo O pecho firme su ímpetu cautiva; Entre la nube que la vista ofusca A Turno solo anhela, á Turno busca.

XCIV.

Ve Yuturna el peligro, y atosiga Su viril corazon fiera congoja: Muda á Metisco va, de Turno auriga, Le arranca, y léjos del timon le arroja; Puesta ella en su lugar, el tiro instiga, Y ondea á su placer la rienda floja: En la voz, en las armas y el semblante Osténtase á Metisco semejante.

XCV.

Cual acude al castillo de opulento Señor, y excelsos atrios la traviesa Negruzca golondrina ronda, el viento Hiriendo ufana con versátil priesa; Partículas recoge de alimento A gárrulos polluelos dulce presa; Ya visita los pórticos vacíos, Ya en torno trisca de los lagos frios:

XCVI.

Así volando la marcial doncella Alanza entre enemiga muchedumbre Los caballos, y todo lo atropella De su carro veloz la pesadumbre: Ora en esta region, ora en aquélla, Muestra al hermano entre fulmínea lumbre; Mas asir la ocasion jamás le deja, Y siempre volteando huye y le aleja.

XCVII.

No ménos diligente las pisadas En largo giro el héroe le rastrea, Y en medio de las huestes destrozadas Con grande voz le llama á la pelea. Cuantas veces le hallaron sus miradas Y los halados potros ya en idea Alcanzaba, volando en pos, la ruta Tantas torció tambien la Ninfa astuta.

XCVIII.

¡Mísero! en golfo de agitados vientos Fluctúa en balde; hácia contrarios lados Le arrastran diferentes sentimientos. Contra él, en ese tiempo, reservados, Mesapo, listo siempre en movimientos, Llevaba en la siniestra dos ferrados Astiles: con certera puntería Uno de ellos blandiendo, allá lo envía.

XCIX.

Hincando una rodilla, con su escudo Enéas guarecióse: el asta empero Rehilando sobre el casco penachudo Voló las altas alas del plumero. Tener su indignacion él más no pudo, Salteado otra vez tan contra fuero, Al sentir que en revuelta fugitiva El carro volador su encuentro esquiva.

C.

Y el altar que violaron, por testigo Tomando de su fe desobligada, A Júpiter juró; y al enemigo Se precipita ya, con ciega espada A ejercitar sobre él comun castigo. Con favorable Marte ha entrado, y nada Perdona, y hace mortandad horrenda; ¡Ay! que da á sus furores larga rienda!

CI.

¿Cuál Dios ahora inspirará mi canto? ¿Quién me dará que recordar emprenda Tantos destrozos, y caudillo tanto Sacrificado en una y otra senda Por Enéas y Turno?... ¡Jove santo! ¿Y plugo que á tan áspera contienda Concurriesen naciones que algun dia Para siempre la paz unir debia?

CII.

Al Rútulo Sucron, al paso hallado (Fué esta pugna, aunque breve, la primera Que en sitio á combatir determinado Paró á los Teucros en su audaz carrera), La espada Enéas envasóle á un lado, Y allí por do la muerte es más ligera, Bien las costillas y del pecho pudo Pasar las tramas el acero crudo.

CIII.

En tanto á dos hermanos guerreadores, Ambos á pié (pues uno del trotero Cayera), inmola Turno á sus furores: A Amico, que venía hácia él primero, Con larga lanza recibió; Dïores Espiró en pos al filo de su acero. Al carro ambos segados vultos cuelga, Y en llevarlos manando sangre, huelga.

CIV.

De un golpe Enéas á la Muerte envía A Tánais y á Talon y al gran Cetego, Y á Onite, el de habitual melancolía, Hirió despues, en su ira siempre ciego; Hijo era de Equïon y Peridía. Turno otros dos hermanos postra luégo, Que de Licia vinieron, noble tierra, Y de apolíneos campos á la guerra.

CV.

Rindió tambien al árcade Menédes: En vano el infelice, odiando á Marte, Al pecífero Lerna á echar sus redes Tranquilo acostumbróse: tal su arte; Allí su pobre choza; en las mercedes De los grandes jamás tocóle parte; Miéntras su padre, en ya provectos años, Cultivaba alquilados aledaños.

CVI.

Como invaden de puntos diferentes La árida selva y lauros restallantes Voraces llamas; ó cual dos torrentes Que hacen destrozos, entre sí distantes, Y al mar desde las cumbres eminentes Arrebatan sus hondas espumantes, Así Enéas y Turno el campo talan Que corren, y en estragos lo señalan.

CVII.

Ya la interna pasion los espolea; Ya estallan sus invictos corazones; ¡Con toda el alma á la mortal pelea Vuelan ya!--De las glorias y blasones De sus antepasados alardea En medio de los fieros escuadrones Murrano: su ducal genealogía Por los latinos Reyes descendia.

CVIII.

Vióle Enéas; su furia vengativa Comunica á un pedron que enorme alanza, Y de cabeza al mísero derriba: En las riendas envuelto so la lanza Del carro, ya le aplasta fugitiva La rueda; puesto el dueño en olvidanza, Por cima sus indómitos caballos Baten veloces los sonoros callos.

CIX.

Hilo feroz, verboso, amenazante Entrara en lid: á su aureada frente Poniéndosele Turno por delante Asesta un dardo, que al cerebro, ardiente Clavóse, bajo el yelmo relumbrante. Caiste y tú, Creteo, el más valiente De los Grayos; de Turno á libertarte Tu diestra poderosa no fué parte.

CX.

Ni á tí tus propios Dioses al Troyano Te supieron hurtar, Cupenco. ¡Ay triste! Puesto el pecho á sus golpes, es en vano El broquel acerado que le asiste. Y tú tambien al laurentino llano, Eolo ilustre, á sucumbir viniste; Tambien debian estos arenales Tus espaldas medir descomunales!

CXI.

Tú del triunfante Aquíles, tú del peso De la argiva falange tan temida, Luchando cual leal, saliste ileso; ¡Y aquí estaba la meta de tu vida! Gran palacio tuviste allá en Lirneso, Gran palacio gozaste bajo el Ida; ¡Y ya te reservaba tu destino Un sepulcro en el campo laurentino!

CXII.

Latinos y dardanios campeones, Mnesteo y el intrépido Seresto, Y domador Mesapo de bridones, Y Asílas, siempre en la refriega enhiesto, Y las etruscas y árcades legiones, Ya todos á encontrarse, en vuelo presto Corren: batalla universal, suprema, Se libra; cada cual su esfuerzo extrema.

CXIII.

No hay reposo, no hay vado: el choque dura Igual de cada parte. En tal momento A sugerir á Enéas se apresura Su hermosísima madre un pensamiento: Que á los muros acorra, le conjura, Que lleve su escuadron sobre Laurento De improviso, y con golpes repentinos Ponga espanto mortal en los Latinos.

CXIV.

Despues que sobre el campo en giro vario Él ha echado solícita ojeada Acá y allá buscando á su contrario, Convierte á la ciudad fija mirada: Inmune y en sosiego solitario En presencia de lid tan ensañada, La observa; y en imágen, de repente, Mayor combate enardeció su mente.

CXV.

A Mnesteo al instante y á Sergesto, Con quienes párte de la hueste el mando, Convoca, y al intrépido Seresto: Ocupa una eminencia; de su bando, Al verle, en torno de ella acude el resto: Densos, picas y escudos no soltando, Todos esperan que los labios abra, Y oyóse así de lo alto su palabra:

CXVI.

«¡No haya, mi voluntad impedimento! Aunque de pronto concebida empresa Ménos listos no os halle; á Jove cuento De nuestra parte. Hoy mismo, hoy mismo, si esa Militar madriguera y regio asiento, Que es nuestra la victoria no confiesa, No admite el freno y rinde vasallaje, Haré en su seno asolador ultraje;

CXVII.

»Hundiré en polvo el más altivo techo Envuelto en llamas! ¿Quién tendrá por justo Que el tornar, ya vencido, á campo estrecho, Espere yo que á Turno venga en gusto? No: ¡cumpla la ciudad el pacto hecho! Nefando monumento, centro adusto De la guerra ella ha sido: ¡sús! con teas Lo que debe pidamos!» Habló Enéas.

CXVIII.

Ya, formándose en cúneo á la batalla, Animosa la tropa se encamina. Escalas de improviso en la muralla Se ven, y el fuego la cabeza empina. Quién á las puertas acudiendo, acalla A los guardias con muerte repentina; Quién, armas empuñando, trepa: al cielo Tejen mil dardos tenebroso velo.

CXIX.

Hé aquí entre los primeros, extendiendo La diestra Enéas á la faz del muro, Increpa al rey Latino con tremendo Clamor. Que vez segunda al trance duro Le compelen Los Ítalos, rompiendo La nueva ley, y en su furor perjuro Se revuelven contra él como enemigos, Grita, y toma á los Dioses por testigos.

CXX.

Discordes entre sí los ciudadanos, Unos las puertas franquear querrian Y de paz recibir á los Troyanos, Y al muro al mismo Rey llevar porfían; Otros empero con armadas manos Al sitiador bizarros desafían. Así tal vez en cavernosa piedra Silvestre enjambre se guarece y medra;

CXXI.

Y así el pastor por despojarlo, llena De humo amargo el recinto, y las turbadas Hijas de la recóndita colmena Discurren por las céricas moradas: Rumor confuso por la roca suena, Bramando aguzan iras enconadas; El sofocante olor penetra, y sube Suelta en ondas al aire la hosca nube.

CXXII.

En tanto á los sitiados sobrevino Calamidad que alto estupor derrama Y el resto extingue del valor latino. Vió la Reina que al muro se encarama, Trayendo, el agresor, triunfal camino, Vió el acero á las puertas, vió la llama; Ni Rútulos allí, ni allí la hueste De Turno, que el asalto contrareste:

CXXIII.

Dando al jóven por muerto la mezquina, Sola causa del mal, única rea Proclámase; y gimiendo desatina Enajenada en su doliente idea; Desgárrase la veste purpurina, Lúgubre frenesí la aguijonea, A yerta viga ató ominoso nudo, Y fué aquello un morir fiero y sañudo,

CXXIV.

Hiere á las damas la nefasta nueva: Mesándose Lavinia los floridos Cabellos, las airadas manos ceba En las róseas mejillas: con gemidos Responde su cortejo; el eco lleva Por las ámplias mansiones los plañidos; Y ya por la ciudad su vuelo explaya El rumor, y los ánimos desmaya.

CXXV.

En polvo vil la blanca cabellera Mancha, rasga su veste el Rey anciano, Vaga sin rumbo, y viendo desespera De una infeliz consorte el fin insano Y la ruina de un pueblo! Que no hubiera Llamado en tiempo al adalid troyano Al reino, acreditándole por yerno, Mucho se culpa con lenguaje interno.

CXXVI.

Turno batallador allá en lejano Límite en tanto, cada vez más lento, Ménos y ménos cada vez ufano Del de sus potros decadente aliento, A pocos, áun dispersos en el llano, Ensaya perseguir. El vago viento Ya hácia aquella region lleva á oleadas Extraño són de voces apagadas.

CXXVII.

Aguzando el mancebo los oidos Fatídico clamor distinto siente, Oye de la ciudad los alaridos. «¡Ay de mí! ¿Qué gran duelo está presente A los muros? ¿Qué fúnebres sonidos De tan diverso punto la corriente Del aire arrastra?» Dice, y de la brida Tira atónito, y pára la corrida.

CXXVIII.

Sagaz la Ninfa que usurpó el semblante Del auriga Metisco, y los trotones Y carro y riendas guia, en ese instante Al hermano anticípase, y razones Tales vierte: «Sigamos adelante, ¡Oh Turno! y á enemigo no perdones; ¡Adelante sigamos! La Victoria Abrió esta senda y nos anuncia gloria.

CXXIX.

»Los muros defender, á otros compete. ¿Y tú, cuando á los Ítalos Enéas En reñido conflicto compromete, Contra los Teucros tu poder no empleas? ¡Animo! á los que restan acomete, Y á fe que ni inferior salir te veas En número, ni en lauros ménos rica La diestra ostentarás!» Turno replica:

CXXX.

«¡Oh! ¡tu influjo en mi bien jamás reposa! Sentílo ya en el campo, hermana mia, Del punto en que el tratado poderosa Fuiste á romper usando de artería; Y ahora mismo vanamente, oh Diosa, Encubres tu beldad. Mas ¿quién te envía, Quién, dime, de la sedes celestiales Tanto mal á palpar y horrores tales?

CXXXI.

»¿Mirar querrás los míseros despojos De tu hermano?... ¿Y qué espero? ¿Cuál reparo Me ofrece la fortuna? Por mis ojos Ví á Murrano caer: otro, más caro Amigo no me queda: oí sus flojos Acentos, tarde ya, pedirme amparo; Yo le he visto ¡ay dolor! rendir la vida, Ingente él mismo y bajo ingente herida.

CXXXII.

»Por no mirar nuestro baldon inulto Presa en miembros y en armas cayó Ufente, ¿Y hora entregados á feroz tumulto Nuestros hogares sufriré paciente? ¡Ah! ¡nos faltaba este postrero insulto! ¿Y á la furia de Dránces maldiciente No podré contestar con mis hazañas? ¿Espaldas volveré? ¿Y estas campañas

CXXXIII.

»Contemplarán á Turno fugitivo? ¡Qué! ¿el morir es odioso á tanto grado? Si de supernos Dioses no recibo Ni piedad ni justicia, con agrado Mi ruego, ¡oh Manes! acoged votivo: No indigno de altos padres, consagrado Mi espíritu desciende á vuestro límen, Puro, sí, puro de afrentoso crímen!»

CXXXIV.

No bien en estas voces prorumpiera Cuando venir vió á Sáces, ve su boca Que reciente flechazo, dilacera: Su espumante bridon, que apénas toca El campo hostil, lo rompe hilera á hilera; Mas él desaforado á Turno invoca: «¡Turno, última esperanza en nuestros males, Habe ya compasion de tus parciales!

CXXXV.

»Rayos á los alcázares fulmina Enéas con su ejército, y amaga Al poder de los Ítalos rüina; Sobre los techos el incendio vaga. En tí pone sus ojos la latina Gente, á tí vuelve su clamor. Qué haga No sabe el Rey, y en su ánima medita Cuál yerno adopte, qué alianza admita.

CXXXVI.

»A la Reina, por tí tan decidida, A caso extremo sus terrores mueven; ¡Ay! ¡por su mano se quitó la vida! Bajo las puertas á arrostrar se atreven Sólo Atina y Mesapo la embestida. De un lado y otro los contrarios llueven. Tantas puntas esgrime la enemiga Hueste, que miés ferrada el campo espiga.

CXXXVII.

»¡Y á este tiempo en el más remoto prado Turno su carro vagaroso guía!»... Guardó torvo silencio el increpado, Y en el pecho le hierven á porfía, Con tantos contratiempos alterado, Ya del herido amor la frenesía, Ya el probado valor de su pujanza, Fuego de pundonor, voz de venganza.

CXXXVIII.

Así que á los destellos renacientes De la razon, la nube se retira Que le envolvió en horrenda noche, ardientes Los globos de sus ojos rueda, y mira Con demudada faz los eminentes Muros desde su carro. En roja espira Ve el fuego que tablajes señorea Y al cielo enderezado libre ondea.

CXXXIX.

Turno mismo, de sólida madera, Con altos puentes guarnecida, alzara Trabada torre; de ella se apodera Aquel voraz turbion. «¡Hermana cara! ¿Ves, ves,» clama el cuitado, «que doquiera El hado nos arrolla? Me pesara Que en cerrarme insistieses el camino Que un Dios señala y mi cruel destino!

CXL.

»¡Allá! ¡no más tardanzas! ¡Mano á mano Lucharé con Enéas! ¡Con la muerte Cuanto hay de acerbo á padecer me allano! ¡Trocar déjame en gloria este ocio inerte, Y arder, miéntras aliente, en fuego insano!» Dice, y salta veloz del carro, y fuerte Entre hombres y armas por el campo embiste, A Yuturna dejando muda y triste.

CXLI.

Cual rueda enorme montaraz fragmento, Ya recia lluvia ó huracan lo bata, O sea ya que el no sentido y lento Trabajar de los años lo desata; Impetuosa desde su alto asiento Al abismo la mole se arrebata, Y en los saltos que da desmesurados Arboles vuelca y hombres y ganados:

CXLII.

Turno, echándose así del carro afuera, Rompe los escuadrones, los divide, Y por entre ellos en veloz carrera De la magna ciudad los muros pide. Allá en sangre empapado ve doquiera El suelo, y ve que el aire todo estride Con dardos borrascoso. Hizo señales Su mano, y él lanzó clamores tales:

CXLIII.

«¡Paso, oh Rútulos, dad al paladino! ¡Y vos cesad en la marcial porfía, Valientes del ejército latino! Dejadme el campo; la aventura es mia. Por vosotros lidiar es mi destino; Mi ánima sola por el pueblo expía El sellado concierto.» La amenaza Todos paran al punto, y danle plaza.

CXLIV.

Aun bien Enéas de sentir no acaba Aquel nombre de Turno, se apareja Al singular combate, toda traba Rompe impaciente, y de las obras ceja Del fiero asalto que á los muros daba Déjalos ya, las altas torres deja, Y desciende saltando de alegría, Truenan sus armas y el espanto cria.

CXLV.

Cual Atos ó cual Érice aparece, Ó del padre Apenino á semejanza, Que sus tersas encinas estremece, Y de la nívea cúspide que lanza A la region del rayo, se envanece. Movidos de tan súbita mudanza Allá Rútulos miran y Troyanos Y todos á una vez los Italianos.

CXLVI.

Los que ocupaban el adarve enhiesto Como aquellos que al pié de la muralla Batían, de sus hombros han depuesto Las armas, y uno y otro campo calla. Latino mismo en asombrado gesto Mira que al fin á singular batalla Fortísimos concurren, de regiones Tan diversas, aquellos dos varones.

CXLVII.

Corriendo ellos al campo que la guerra Suspensa abre á sus ímpetus, distantes Arrójanse las lanzas; luégo cierra Uno y otro adalid, con los sonantes Escudos de metal. Gime la tierra; Golpes dan y redoblan las tajantes Espadas; y de un lado y de otro, á una Asisten el esfuerzo y la fortuna.

CXLVIII.

Como en el vasto Sila ó gran Taburno, Marchando á combatir dos toros fieros, Aquél á éste, éste á aquél hiere á su turno; Retíranse medrosos los vaqueros; El rebaño contempla taciturno; Cuál se alce de los dos con régios fueros Sobre el hato en los campos y en las sierras, No saben pensativas las becerras;

CXLIX.

Ellos, en tanto, con vigor tremendo Cuernos traban y heridas menudean, Sus cuellos y sus brazos envolviendo Los arroyos de sangre que chorrean; Repite el ancho bosque el sordo estruendo: Chocando los broqueles tal pelean El troyano y el daunio combatiente; E hinche los aires el fragor creciente.

CL.

Dos balanzas en fiel Júpiter tiene, Y de ambos héroes los diversos hados Poniendo, aguarda á ver á quién condene El lance extremo, y cuál de aquellos lados Con peso agobiador la Muerte llene. Sin temer de su ardor los resultados, Turno entónces alzó su espada larga, Todo el cuerpo esforzando, y la descarga.

CLI.

Irguiéndose ambos campos á la hora Prorumpen en confusa vocería. Quebróse en medio al golpe la traidora Hoja, y abandonado Turno habia Finado allí, si á fuga voladora No acude. Más ligero se desvía Que alado viento, cuando el cabo asido Desconoció, y su diestra inerme vido.

CLII.

Fama es que ya, cuando de pronto uncidos Los caballos, á lid montó ligero, Tomó, en su afan turbados los sentidos, El de su auriga, y no el paterno acero: A los Teucros, con él, despavoridos Pudo acosar gran tiempo; ahora, empero, Hierro mortal, cual hielo quebradizo, Dando en armas divinas, se deshizo.

CLIII.

Brillan los trozos en la roja arena. Él entretanto huye y se retira A otra parte del campo; le enajena El terror, y en inciertas vueltas gira: Denso cordon que su esperanza enfrena Formar doquiera á los Troyanos mira; Allá el paso le impide ancho pantano, Acá el cerco mural limita el llano.

CLIV.

Enéas el alcance no descuida, Y aunque á tiempos retarda dolorosa Sus rodillas aún la fresca herida, Al que temblando va férvido acosa Pié con pié. Tal hallarse sin salida Suele un ciervo infeliz; corriente undosa Acá le ataja, allá le pone miedo De plumas de color pérfido ruedo;

CLV.