Part 18
Y así umbrino ventor pieza levanta, En pos labrando en rápida carrera; Hace y deshace el triste, á quien espanta El rojo valladar, la alta ribera, Círculos mil con voladora planta: Insta el fiero sabueso; se dijera Que con los dientes vencedor le toca, Y áun muerde en vago su burlada boca.
CLVI.
Alzóse en esto un gran clamor, que llega Confuso al cielo, y de él retumba herida La laguna, cuan ancha el campo anega. Rabioso Turno, sin templar la huida, A los Rútulos clama, nombra, ruega Que la espada le traigan conocida. Enéas, á su vez, muerte inminente A aquel intima que mediar intente;
CLVII.
Y á todos aterrando los conmina Con asolar los muros; y aunque herido, No desiste: corriendo á la contina Cinco órbitas agota en un sentido, Cinco en opuesta direccion camina, Que no es, á fe, lo en lid comprometido Circense premio ni trivial presea, Por la sangre de Turno se pelea!
CLVIII.
Viejo acebuche allí se alzaba un dia Con sus amargas hojas: el marino El firme leño venerar solia, Que á Fauno estaba dedicado; y vino Muchas veces en él su ofrenda pia A colocar, y, al Númen laurentino Cumpliéndo el voto, á la sagrada copa Náufrago suspendió la húmida ropa.
CLIX.
Este árbol divinal, sin miramiento, Por despejar el campo al desafío, Cortaron los Troyanos de su asiento. En la raíz fibrosa que el vacío Sitio guardaba, atravesando el viento Cae y se enclava con pujante brío El asta del Dardanio. Echó él su lanza, Ya que á hacer presa por sus piés no alcanza.
CLX.
Y el tiro á segundar corre, y porfía La punta en desasir que honda se aferra. Entónces Turno esta plegaria envía Ante el peligro que su mente aterra: «¡Duélete, oh Fauno, de la suerte mia, Y tú esa arma retén, óptima Tierra, Si fiel siempre os rendí el antiguo culto Que el Troyano abatió con fiero insulto!»
CLXI.
Fácil el Númen al favor se inclina. Pugnó Enéas gran pieza, y fuerza ó traza Util no halló; que la raíz divina El hierro aprieta cual mordaz tenaza. Miéntras él en vencerla insta y se obstina, Otra vez de Metisco se disfraza La daunia Diosa, y al hermano llega, Y el acero vulcánico le entrega.
CLXII.
Ardiendo Vénus de que á tales grados Llegase de la Ninfa la osadía, Acude, y de los senos intrincados La pica destrabó que áun resistia. En sus armas y fuerzas reintegrados, Uno en su espada, el otro en su asta fia, Y á la lid anhelosa y furibunda Avánzanse arrogantes vez segunda.
CLXIII.
Ved al Rey del Olimpo omnipotente Cómo habla en tanto á Juno, que atendia Sentada en una nube refulgente Al singular combate: «¡Esposa mia! ¿Que haya fin esta guerra, no consiente Tu pecho? ¿Ya qué falta? Al cielo un dia Se alzará Enéas como sér divino Que debe á las estrellas el Destino.
CLXIV.
»Harto lo sabes, ¿y áun tu mente espera? ¿Y ahí en gélidas nubes áun te agrada Nuevos planes trazar? ¿Justo es que hiera A un cuerpo sacro arma mortal? ¿que espada Recobre Turno, y fuerza extraña adquiera Ya á punto de rendirse? A tanto osada Sin tí una débil Ninfa ser no puede. Tu error conoce, y á mis ruegos cede!
CLXV.
»Llegamos ya al final. En mar, en tierra A los Troyanos agitar pudiste, Te fué dado mover infanda guerra, Y alta casa afligir, y en duelo triste Envolver régia boda. El paso hoy cierra Mi mano á nuevas cóleras;--desiste!» Esto Júpiter dijo; reverente Juno así respondió, baja la frente:
CLXVI.
«¡Ah! bien conozco, real esposo mio, Tu augusta voluntad: á ella me entrego, Y de Turno y del suelo me desvío. Sin eso, no en cruel desasosiego Aquí me hallaras en el éter frio Sufriendo solitaria: armada en fuego, En medio del combate, las hileras Del enemigo provocar me vieras!
CLXVII.
»Yo á Yuturna, es verdad, di aliento y mano Para salvar á Turno de inminente Golpe; no ya para que el arco insano Tendiese. Te lo juro por la fuente Inaplacable del Estigio hermano (Rito, único entre todos, que imponente A los Dioses obliga). Y ahora cejo, Y fatigada asaz las guerras dejo.
CLXVIII.
»Mas yo una gracia (el hado no la veda) Que de los tuyos y el poder latino Redunde en majestad, pedirte pueda: Hacer sólidas paces el Destino Y alegres bodas celebrar conceda, Yo desde ahora á su querer me inclino; Muéstrese, empero, el natural del Lacio Su viejo nombre en mantener, rehacio.
CLXIX.
»No ellos Teucros se llamen ni Troyanos, Ni de vestido muden ni de idioma: Viva el Lacio; haya príncipes albanos, Nada por siglos su poder carcoma; Y derive de pechos italianos Virtud pujante la futura Roma. Muerta es Troya; su nombre aborrecido Yazga con ella en perdurable olvido!»
CLXX.
Sonriendo el Autor de hombres y cosas, «De Jove hermana y de Saturno hija Te ostentas,» dice, «cuando áun no reposas, Y dentro el pecho en ansiedad prolija Esas iras revuelves procelosas! Cálmalas ya. Ni mudo afan te aflija, Ni me torne á asestar tristes querellas Tu dulce boca, ejercitada en ellas.
CLXXI.
»¡Oh, sí, que te daré cuanto has pedido; Yo todo tuyo soy! Sus tradiciones, Su popular lenguaje y su apellido Conservarán de Ausonia los varones: El vencedor uniéndose al vencido Refundiráse en él. Yo instituciones Sacras, yo ritos les daré divinos: Una el habla será; todos, Latinos!
CLXXII.
»Formarán ambas razas de consuno Un pueblo que á mortales y á inmortales Superará en virtud; y pueblo alguno Te dará cultos á su culto iguales.» Sus pensamientos serenando Juno La frente inclina ante razones tales; De los aéreos ámbitos se aleja Al mismo tiempo, y el nublado deja.
CLXXIII.
Así aquella acordanza concluida, Su mente sábia el Padre soberano Vuelve á otro punto, y á Yuturna cuida Apartar de las lides del hermano. Hay dos plagas que Diras apellida La Fama: á entrambas ya, por modo arcano, De sí Noche abismosa lanzó fuera, A un tiempo, al par que á la infernal Megera.
CLXXIV.
De iguales serpentíferas espiras La madre armólas, y de fuertes alas, Con que aparecen las gemelas Diras Del Dios tremendo ante las régias salas. Prestas mueven, ministras de sus iras, Miedo á las gentes, si á ciudades malas Él amenaza desolar con guerra, O peste y mortandad manda á la tierra.
CLXXV.
Jove á una de ellas desde lo alto envía Porque lleve á Yuturna infausto agüero. Voló la Furia, y la region vacía En torbellino atravesó ligero. Cual flecha, armada de ponzoña impía, Que el Parto ó el Cidon de arco certero Ha tirado, y, silbando, la interpuesta Nube traspasa, incógnita y funesta;
CLXXVI.
Tal rápido á la tierra se abalanza Aquel aborto de la Noche oscura. Y así que á ambos ejércitos alcanza A divisar, abrevia su figura, Y del pájaro toma la semblanza Que en cementerio ó solitaria altura En la noche callada aciago asiste Turbando el aire con su canto triste.
CLXXVII.
Tiende á Turno, de forma tan provista, El ominoso vuelo y se alborota Pasando y repasando ante su vista, Y con las alas el broquel le azota. Terror secreto al mísero contrista Y de los miembros el vigor le embota; El cabello erizado se levanta, Anúdase la voz en su garganta.
CLXXVIII.
Luégo que hubo Yuturna, en el sonido Y en el batir fatídico del ala, De léjos á la Euménide sentido, De hermosas crenchas la esparcida gala Rasga, hiérese el pecho dolorido, Y el rostro ofende, y su dolor exhala En voces tales: «¡Ay! en vano, en vano Ya ayudarte querré, mísero hermano!
CLXXIX.
»¡Cruel fuérzanme á ser! De hoy más, ¿qué espero? ¡Y qué! ¿de prolongar, Turno, tus dias Arbitrio no me queda? ¿Aqueste agüero Deshacer no podrán las fuerzas mias?... ¡Cesad, cesad en vuestro azote fiero; Ese vuelo, ese grito, aves sombrías, Harto conozco y me atormentan harto! Ya os obedezco, y de la lid me aparto.
CLXXX.
»Sí, que en vosotras el imperio siento Del magnánimo Jove! ¿El precio es ése De mi virginidad? ¿Qué á mi contento Presta eterno vivir? ¡Nunca él hubiese De la ley del comun fenecimiento Exentado mi sér! Mortal yo fuese, Fin diera á mi penar, y huyendo haria A la fraterna sombra compañía!
CLXXXI.
»¡Héme ahora inmortal! ¡Oh hermano mio! ¿Qué habrá sin tí que enojos no me sea? ¿Y dónde mi doliente desvarío Abismo tan profundo cual desea Que me trague hallará, y en el umbrío Reino sepulte á esta infelice dea?» Dice, y llora, y cubierta un glauco velo, En hondas linfas escondió su duelo.
CLXXXII.
Enéas entretanto con la grande Arbórea lanza á su contrario acosa; Hace el hierro brillar miéntras la blande, Y habla; en su voz la indignacion rebosa: «¡Qué! ¿y será que tu planta se desmande, Turno, á nueva tardanza vergonzosa? Con bravas armas ya, no en triste huida, Brazo á brazo el combate se decida!...
CLXXXIII.
»¡Vé, toma formas mil! Cuantos el arte, Cuantos recursos la pujanza encierra, Ensaya: vuela al cielo á refugiarte, O en los cóncavos senos de la tierra!...» Sacude la cabeza, y «No, no es parte Tu ira á aterrarme, ¡oh bárbaro! me aterra,» Turno dice, «la cólera divina; Júpiter, sí, que labra mi rüina.»
CLXXXIV.
Más no dijo; y rodando la mirada Sobre el campo, una piedra vido ingente, Ingente, antigua piedra, colocada Porque allí señalase permanente La linde de dos predios disputada. Cargaran peso tan difícilmente, Tendiendo fuertes cuellos á porfía, Doce hombres de los que hoy la tierra cria.
CLXXXV.
Arrebata el pedron con mano presta Turno, y con él, cuanto en sus fuerzas cabe, Empínase, y veloz corre, y lo asesta. Turbado el héroe, que acudió no sabe, Ni que asió del peñasco, ni que enhiesta Mueve su mano aquella mole grave; ¡Ay de él! á sus rodillas falta brío, Cuaja su sangre de la muerte el frio.
CLXXXVI.
Arrojado del brazo prepotente, Rodando el risco en la region vacía, No completó su giro, inobediente Al recibido impulso que lo guia. Y cual finge terrores el durmiente En el regazo de la noche umbría, Por lánguido sopor ligado, y sueña Que ansiosa fuga en alargar se empeña,
CLXXXVII.
Y siente en sus conatos que desmaya, Del antiguo vigor privado, y yerta La lengua en vano desatar ensaya, Y voz ni grito á producir acierta; Por dondequiera, así, que Turno vaya A entrar brioso en la que senda abierta Ha imaginado, allí la Diosa dura El éxito á estorbarle se apresura.
CLXXXVIII.
Ya naufraga en angustias su esperanza: Ha tornado á los Rútulos la vista Y á la ciudad; mas la apremiante lanza El pié le ataja, el ánimo le atrista: Ni con qué traza escape se le alcanza, Ni por cuál modo al enemigo embista; Rastrea en torno, y su ojeada es vana, Que ni el carro aparece ni la hermana.
CLXXXIX.
Dudar ve á Turno, y su asta fulminante Vibra Enéas, propicio punto cata Con los ojos, y arrójala distante, Y entero en ella su poder desata. No con ímpetu suele semejante Piedra que de ballesta se arrebata Terrífica zumbar; ni así, encendido, Estalla el rayo en hórrido estampido
CXC.
Fiero estrago llevando, el hierro crudo Vuela á guisa de negro torbellino, Y por lo bajo rompe del escudo Hasta el séptimo cerco diamantino, Y el halda abriendo á la loriga, pudo Crujiente en medio al muslo hacer camino. Al fiero golpe, que de accion le priva, Turno enorme de hinojos se derriba.
CXCI.
Alzándose, en doliente vocería, Los Rútulos prorumpen; gime el viento, Y tiembla en torno el monte, y á porfía Vuelven los altos bosques el lamento. Él, hincado, la diestra dirigia Y miradas de humilde sentimiento A Enéas: «He mi suerte merecido, Y nada,» exclama, «para mí te pido.
CXCII.
»¡Venciste! todo en mí te pertenece; Me han visto los Ausonios prosternado Tender las palmas. Si piedad merece Un padre (fuélo Anquíses) desdichado, La ancianidad de Dauno compadece, Y vivo, ó muerto, cual te venga en grado, Este hijo tu piedad le restituya. ¡Oh! cese tu rencor; ¡Lavinia es tuya!»
CXCIII.
Paróse armado el héroe encrudecido, Y revolviendo los ardientes ojos La diestra reprimió: ya del rendido El discurso amansaba sus enojos, Cuando el infausto talabarte vido De Palante asomar, ricos despojos Que echó sobre sus hombros Turno ufano, Muerto el mancebo, y con sangrienta mano.
CXCIV.
Han resaltado las que el cinto lleva Lucientes inequívocas labores. Conforme Enéas las miradas ceba En aquel monumento de dolores Insanables, la colera renueva, Y clama así, terrible en sus furores: «¿Con tan queridas prendas te atavías, Y escapar de mis manos presumias?
CXCV.
»Palante es quien te hiere; sí, Palante Quien te inmola, y se venga en tu culpada Sangre!» Dice, y al pecho que delante Tiene, encamina la fulmínea espada Enardecido. Turno en ese instante A manos siente de la muerte helada Sus miembros desatarse, y gemebundo Su espíritu indignado huye al profundo.
FIN DE LA ENEIDA.
NOTAS:
[1] Pongo el registro de los principios del códice sevillano:
Folio 12, libro II: «Despues desto dicho callaron todos, é estuvieron atentos catando á Eneas, por oyr lo que avie de contar...» Folio 40, libro III: «Despues que á los Dioses plogo las cosas de Asia...» Folio 63, vuelto. «O cuanto fué pagada la reyna Dido de la narracion de Eneas... De antes ferida de amoroso fuego.» Folio 87 vuelto, libro V: «Partiendo Eneas de los mares de Cartago, estando en medio de la flota...» Fol. 115. libro VI: «Despues que Eneas las precedentes dijo palabras...»
[2] _Ensayo de una biblioteca de traductores españoles_, páginas 67 y 71.
[3] Vid. Clemencin, _Elogio_, etc. pág. 45.
[4] La descripcion detallada de los códices de Madrid, Sevilla y París puede verse en mi inédita Biblioteca de Traductores. El primero que menciona las _glossas de D. Enrique sobre Virgilio_ es Fernán Mejía en el _Noviliario Vero_. Cita la trad. Tamayo de Várgas en la carta preliminar al _Plinio_ de Jerónimo Huerta. Vid. además N. Antonio, Sarmiento (_Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles_), Mayans (_Vida de Virgilio_), Pellicer, Amador de los Rios, Ochoa (Catálogo de los ms. de París), y D. Menéndez Rayon en un art. de _La Reforma_.
[5] _Ensayo de una biblioteca española_, col. 648.
[6] _Catálogo del teatro_, pág. 283.
[7] _Todas las obras de P. Virgilio Maron, ilustradas con varias interpretaciones y notas en lengua castellana. 1778, Valencia, librería de los Orgas._
[8] El libro I de la _Eneida_ tiene 756 versos, el II 804, el III 718.
[9] Tengo á la vista su partida de defuncion, que me ha facilitado D. Fermin Canella y Secades, catedrático de la Universidad de Oviedo.
[10] _América Poética._ Valparaiso, 1846. pág. 797.
[11] Noticia que con otras muchas no ménos curiosas me ha comunicado en carta particular el Sr. Caro, refiriéndose á otra del argentino Sr. Gutierrez, fechada en Noviembre de 1874. Añade el Sr. Caro que hasta ahora no ha podido hallar los números de la _Revista del Plata_, á que la carta alude.
[12] Puede verse un extenso juicio de las traducciones de Leonél da Costa en el tomo VI del _Ensaio biographico critico sobre os melhores poetas portuguezes_ por José M. da Costa e Silva, pág. 154 y siguientes. Costa e Silva no conoció la _Eneida_.
[13] Vid. Costa e Silva, tomo V, pp. 267 y ss. donde juzga y extracta esta version.
[14] Vide Costa e Silva _Ensaio biographico_, tomo VI pp. 325 á 363.