Eneida; v. 2 de 2

Part 8

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Reconocido el adalid y ufano Por la honra excelsa y recibida gracia, El tesoro contempla soberano Y la vista sobre él gozosa espacia: Las piezas, ya en el brazo y ya en la mano, Revuelve, y de mirarlas no se sacia: La espada incontrastable, la garzota, El yelmo aterrador que incendios brota.

CXXIV.

Ya en la enorme loriga brilladora, Recia en el bronce, en el matiz sangrienta Como nube cerúlea á quien colora Fogoso el sol, los ojos apacienta; Ya de las pulcras grevas se enamora, De electro y oro que al más fino afrenta; La lanza admira, y el labrado escudo, Que humano idioma describir no pudo.

CXXV.

Los ítalos orígenes, las glorias En él grabó de la romana gente, No desconocedor de las historias Venideras, el Dios ignipotente: De Ascanio y su linaje las victorias Dispuso de uno en otro descendiente, Y tanta famosísima batalla, Quien contempla el escudo, en órden halla.

CXXVI.

Allí el antro de Marte se descubre, De una parida fiera verde alcoba: Dos risueños rapaces, que el salubre Sustento solicitan de la loba, Cuélganse en torno á la materna ubre; Y ella con mansa lengua los adoba, Ya á éste volviendo en su comun cariño La robusta cerviz, ya al otro niño.

CXXVII.

Viene tras esto la naciente Roma; Y las sabinas asaltadas, tales Aparecen allí como las toma La ocasion de los juegos Consuales; Y nueva guerra y súbita, que asoma De Rómulo á la vez á los parciales, Y á los Curites y al anciano Tacio, Pueblo viril de corazon rehacio.

CXXVIII.

Con sus armas, y en pié, y allí cercanos, Depuestas ya las mutuas amenazas, Ambos reyes ostentan en las manos De Jove ante el altar sagradas tazas; Una cerda que inmolan cual hermanos Acredita la union de entrambas razas; Y de Rómulo brilla recien hecho Tosco palacio de pajizo techo.

CXXIX.

Luégo en diversas direcciones Mecio De rápida cuadriga por el llano Arrebatar se mira;--así en desprecio No tuvieses tu fe, mísero Albano!-- Arrastrar al follon (¡castigo recio!) Manda implacable el vencedor romano; Y entre zarzas pasando y entre abrojos Rastro dejan de sangre los despojos.

CXXX.

Tú, Pórsena, á tu vez, por el proscrito Tarquino instando, la ciudad bloqueas; Y ya de libertad corren al grito Espadas á blandir nietos de Enéas: En el ceño el furor llevas escrito, Y que amagas advierto, como veas Que osó el puente hundir Cócles, y que libre Clelia ya de prision, trasnada el Tibre.

CXXXI.

En lo alto del escudo está presente Manlio, guardian de la Tarpeya roca, Que en defensa del templo, el eminente Capitolio ocupando, se coloca; Y vese allí que de la Gala gente Que á los umbrales en silencio toca, Volando avisa con clamor sonoro Argénteo ganso en pórticos de oro.

CXXXII.

Entre matas la hueste avanza artera, Y ya de aquella deseada altura, Ya casi entre las sombras se apodera, Dádiva todo de la noche oscura: Les luce de oro á par la cabellera, De oro abunda la gaya vestidura. Y el blanco cuello, que á la leche iguala, Ciñe, de oro tambien, maciza gala;

CXXXIII.

Y llevando ante sí largos escudos, Blande cada uno doble dardo alpino. El de Salios danzantes, y desnudos Lupercos, á este grupo está vecino: Señálanse los ápices lanudos Y el ancil sacro que del cielo vino; Y matronas, que insignias venerandas Honestas llevan en carrozas blandas.

CXXXIV.

El mundo de las penas, la alta boca Del Tártaro tambien la arte divina Grabó léjos de allí. Tú de una roca Que amenazando está siempre rüina, Apareces pendiente, y la ira loca Temblando de las Furias, Catilina. Más allá de los justos las mansiones, A quien dicta Caton sábias lecciones.

CXXXV.

En medio á estas escenas, mar hinchado, Un piélago de oro se dilata, Que en vivo movimiento simulado Copos de espuma albísimos desata: En círculo nadando dilatado Tersos delfines de luciente plata Girando van, y con alzadas colas Barrer parecen las hirvientes olas.

CXXXVI.

Cautiva en medio al ponto las miradas De Accio el conflicto, el próximo remate Incierto aún: en órden las armadas Con férreas proas van; hierve Leucate: Sus ítalas legiones arriscadas Conduce Augusto César al combate; Yérguese en popa; el Pueblo y el Senado Tiene, y los Dioses de la Patria, al lado.

CXXXVII.

Yérguese en la alta popa: fuego alienta Radiante cada sien; su coronilla La estrella Julia fúlgida sustenta. Agripa, que sus tropas acaudilla, Enhiesto en otra parte se presenta: Dioses y vientos le cortejan: brilla Sobre su frente la rostral corona Que navales hazañas galardona.

CXXXVIII.

Allí Antonio á su vez bárbara hueste Manda, con vario militar arreo: Triunfante la region que la celeste Aurora ilustra y piélago Eritreo Ha dejado, y ejércitos del Este Trae: al Egipcio acompañarle veo, Y al remoto Bactriano; y (¡mancha odiosa!) Tambien le sigue forastera esposa.

CXXXIX.

Precipítanse á un tiempo las galeras Hácia alta mar; y cúbrenla de espuma Revolviéndola toda, las guerreras Proras y remos con violencia suma. Ver bogando las Cícladas creyeras O montes que, éste á aquél, cayendo, abruma; ¡Tanto estrechan la lid! ¡con mole tanta Un torreado buque á otro quebranta!

CXL.

Volante hierro y encendida estopa Caen doquier: la atroz carnicería En sangre el campo de Neptuno arropa. Con el egipcio sistro desafía Cleopatra; y, armados en su popa, A Anúbis labrador, y á cuantas cria Feas deidades su país, reserva Contra Neptuno y Vénus y Minerva.

CXLI.

Ella mirar no ha osado todavía Los dos zagueros áspides. En tanto Arde Mavorte en medio á la porfía, Tallado en hierro; y esparciendo espanto Bajan tras él por la region vacía Las Furias: corre con rasgado manto Riendo la Discordia; y hiere al viento Belona en pos con látigo sangriento.

CXLII.

Apolo Accio, que dudoso mira El trance, desde lo alto el arco tiende; A Indo y á Egipcio horror mortal inspira: El Árabe, el Sabeo fuga emprende; Todos vuelven espaldas á su ira. Ni á más la Reina espavorida atiende: Ya, ya jarcias afloja, da la vela, Vientos convida, por el golfo vuela.

CXLIII.

Grabó á la triste el Dios ignipotente Con el Yápiga huyendo, á quien invoca Entre el estrago, pálida la frente Al soplo de la muerte que la toca; Y puso al caudaloso Nilo enfrente, Que abriendo en su dolor séptupla boca, A su seno cerúleo y honda cama Con suelta ropa á los vencidos llama.

CXLIV.

Y luégo en triple triunfo á los romanos Muros César avánzase opulento: Máximos á los Dioses italianos Santuarios fundar tres veces ciento En Roma, ofrece, y sus alzadas manos Expresan el eterno juramento. Y plazas vense y calles en festivas Danzas bullir y en jubilosos vivas.

CXLV.

Tiene aras cada templo, y centenares Reune de matronas: sacrifica Reses el sacerdote en los altares. César, de Febo en la albicante y rica Entrada, las ofrendas populares Reconoce, á las puertas las aplica; Y ante él desfilan las vencidas gentes En veste, armas y lengua diferentes.

CXLVI.

Allí el Nómade, el Áfrico, á ligeros Trajes usado; y Lélegas en fila Vense, y Carios allí; diestros arqueros Los Gelones; Eufrátes, más tranquila Su corriente arrastrando; y los postreros Morinos; y el que doble cuerno estila, Reno undoso; y los Dahas renuentes, Y Aráxes, no enseñado á sufrir puentes.

CXLVII.

Tales asuntos el sin par Vulcano En el escudo figurado habia. De su madre el obsequio soberano Contempla el paladin, y se extasía En sus primores; con anhelo vano Enigma tanto descifrar porfía, Y de futuros nietos y de Roma Gloria y poder sobre sus hombros toma.

LIBRO NONO.

I.

Miéntras Fortuna en el etrusco suelo En tal manera los sucesos guia, Hácia el osado Turno desde el cielo Juno, hija de Saturno, á Íris envía. En el bosque de un valle que el abuelo Pilumno consagró, Turno yacia, Y así empiézale á hablar puesta delante, Con róseos labios la hija de Taumante:

II.

«Lo que deidad ninguna, por corona A humano ruego, prometer osara, Por sus pasos el tiempo te ocasiona, Turno, y ansa de triunfos te depara: Sus proyectados muros abandona, Y flota y compañeros desampara Enéas, y de Evandro palantino Al poder y amistad tienta camino.

III.

»Y áun más: en las etruscas poblaciones Penetra, incita la nacion tirrena, Levas hace de rústicos peones. Corta demoras tú: sazon es buena Para armar carros, para uncir trotones; ¡Vé, y su campo turbado desordena!» Dice, y huyendo con parejas alas, Entre nubes de su arco abre las galas.

IV.

Conocióla el mancebo, tiende iguales Las manos á la vírgen, y en su vuelo Léjos la sigue con palabras tales: «¡Íris, nuncia gentil, joya del cielo! ¿Quién así de los cercos siderales Envuelta en nubes te redujo al suelo? ¿Qué imprevista estacion? ¿qué cambio es éste? Aléjase la bóveda celeste,

V.

»Y en el éter erráticas estrellas Contemplo. Ya el belísono mandato Que con agüero de esplendores sellas, Quienquier tú fueres, obediente acato.» Dice, á las aguas se encamina, y de ellas Toma en las palmas, y á los Dioses grato Sus nombres invocando muchas veces, Hinche la esfera de devotas preces.

VI.

Ya las armadas tropas á porfía Marchando en los abiertos campos veo, Ufanas con veloz caballería Y ricas de oro y de vistoso arreo: Mesapo las primeras haces guia; Las últimas, los hijos de Tirreo: En medio alto adalid Turno campea, Y á todos corpulento señorea.

VII.

Así el Gánges en plácida creciente En siete brazos silencioso fluye; Y el Nilo, cuando á su álveo la corriente, Con que inunda los campos, restituye, Así avanza tambien calmosamente. Ya la nube de polvo que circuye Al ejército, han visto los Troyanos Negra formarse en los tendidos llanos.

VIII.

Y de frontero alcor así el primero Gritó Caíco: «¿Á quién horror y grima No pondrá, ciudadanos, ese fiero Tenebroso turbion que se aproxima? ¡Sús! ¡dardos hay aquí! ¡venga el acero! ¡Y á los muros trepemos, que está encima El enemigo!» Y con clamor ingente Cierra las puertas la troyana gente.

IX.

Que Enéas, sabio capitan, el dia Que partió, de apariencias lisonjeras No fiarse jamás mandado habia, Ni salidas hacer: que las trincheras Guardasen, dijo, con tenaz porfía. Sus puestos á ocupar corren ligeras Las armadas legiones; y es en vano Que ira en contra y pudor se den la mano;

X.

En vano, que encendida en ellos arda La muchedumbre por lanzarse: cuida De obedecer primero, y densa aguarda Y firme en huecas torres la avenida. Turno, en tanto, á su hueste en pasos tarda, Adelántase audaz, suelta la brida, Con veinte caballeros de alta cuenta, E improviso ante el muro se presenta.

XI.

Sobre un corcel de Tracia lozanea Que blancas manchas luce; cresta roja Sobre el dorado morrïon ondea. «¿Quién de vosotros, á mi ejemplo, enoja Con fiero reto á los contrarios? ¡Ea!» Dice, y blandiendo un dardo, alto le arroja, Nuncio marcial, y el potro que sofrena Con garbosa altivez lanza á la arena.

XII.

Síguenle en clamoroso movimiento... Mas ¿quién de ellos pensara lo que mira? El Troyano, en inerte encogimiento, No igual lid á empeñar armado aspira, A cobijar su campo sólo atento. Los muros registrando Turno gira Furioso en su corcel, y abrir espera, Por donde entradas no hay, de entrar manera.

XIII.

Cual, llena, asedia un lobo á una majada En alta noche; y vientos y aguaceros Arrostra, y por la cerca tienta entrada; Balan bajo las madres los corderos; Él ruje, y ya en su presa, áun no tocada, Ceba sus apetitos carniceros; Que el hambre acumulada le atormenta Y arde, áridas sus fauces, sed sangrienta:

XIV.

El Rútulo adalid, de igual manera, Mirando los rëales y los muros En ímpetu fogoso se exaspera, Derrítele el dolor los huesos duros: Penetrara en la plaza si pudiera; Y piensa cómo á los que ve seguros Encerrados Troyanos, fuéra llame Y á igual lid en los campos los derrame.

XV.

Con surtas popas la troyana armada En la orilla contigua á los reales, Yacia de trincheras resguardada, Con foso, en derredor, de aguas fluviales. Abalánzase Turno á la estacada: A los suyos, que llegan con triunfales Aplausos, al incendio alienta, excita; Él mismo un inflamado pino agita.

XVI.

De Turno en pos la juventud se arroja, Que del jefe el ejemplo la espolea; Los hogares intrépida despoja, Y ármase cada cual de negra tea: Con densas nubes sobre llama roja Ya aquel, ya este tizon arde y humea; Y al cielo remontándose Vulcano Las pavesas esparce al aire vano.

XVII.

¡Musa! ¿cuál Dios de la troyana flota Apartó, dí, la vencedora llama? La evidencia del hecho está remota, Mas tradicion eterna lo proclama. Cuando leños del Ida á mar ignota Enéas iba á confiar, es fama Que al poderoso Júpiter, su hijo, La alma Diosa Cibéles así dijo:

XVIII.

«Sé propicio á mi ruego y mi querella, Ya que el cetro me debes con la vida: Tuve yo una floresta que descuella Entre pinares, coronando el Ida; Muchas ofrendas recibí yo en ella, Largos años por mí favorecida: Huecos sagrarios, con la sombra oscuros De pinos resinosos y arces duros.

XIX.

»Yo he cedido estos árboles de grado Al dardanio mancebo, de bajeles Menesteroso. Hoy roedor cuidado Me aflige: tú le ahuyenta; tú á Cibéles-- Filial premio á sus preces reservado-- Da que sus tablas nunca hundan crueles Viento ni mar, señuelos ni embestidas; ¡Válgales en mis montes ser nacidas!»

XX.

«¿Qué pretendes,» responde, «madre mia?» El que mueve los cercos siderales: «¿Á naves, obra de un mortal, cabria El fuero de las cosas inmortales? ¿Andar seguro por incierta via El troyano adalid? ¿Caprichos tales Habian de alterar leyes del Hado? ¿Tal poder á cuál Dios jamás fué dado?

XXI.

»Concedo, empero, por calmar tus penas, Que al fin--cuando por líquidos caminos Hayan á las itálicas arenas Llegado, y en los campos laurentinos Puesto á su capitan, de mal ajenas-- Su sér mortal las naves de tus pinos Pierdan, y cada cual se trueque en Dea, Cual Doto de Nereo ó Galatea,

XXII.

»Y esotras que, del mar húmedas Diosas, Cortan con pecho de marfil liviano Del piélago las capas espumosas.» Por las riberas del Estigio hermano Con torrentes de pez vortiginosas Juró lo dicho el Númen soberano; La frente inclina, y del Olimpo dueño, El Olimpo estremece con su ceño.

XXIII.

Cumplido el plazo por las Parcas fuera, Llegaba, en fin, el prometido dia: De la flota á apartar la llama fiera Turno á la Diosa en su feroz porfía Constriñe. En esto iluminó la esfera Nueva luz; nube inmensa Oriente envía, Cruzar la ven el ámbito sereno Y que coros del Ida hinchen su seno.

XXIV.

Y una voz resonó tremenda y clara Que á Rútulos envuelve y á Troyanos: «¡Teucros! á defender mi flota cara Alados no acudais ni armeis las manos; Cual si los mares á incendiar probara, Saldrán de Turno los intentos vanos. ¡Huid, diosas del mar! ¡Cada una horra-- Vuestra madre os lo manda--el ponto corra!»

XXV.

Y suéltase cada una en tal momento Del cable que la tuvo prisionera; Y de proa zabullen, y el asiento Solicitan del piélago, á manera De nadantes delfines; y ¡oh portento! ¡Oh pasmo! cuantas vido la ribera De bronce en su recinto ancladas proras, Tantas vírgenes surgen bullidoras.

XXVI.

Los Rútulos temblaron: del espanto Mesapo mismo poseer se deja Que á sus caballos alborota; en tanto Que, formando sus ondas ronca queja, No á impelerlas se anima el Tibre santo, Medroso, y de la mar la planta aleja. Mas del audace Turno nada alcanza A abatir la soberbia confianza.

XXVII.

Ántes enciende, y entusiasmo inspira Con su elocuencia: «Este prodigio,» exclama, «A los Troyanos solamente mira Infausto. Si es que Júpiter los ama, Hoy su auxilio á las claras les retira; Ya sobra nuestro acero y nuestra llama, ¿En el mar qué les queda ni en la tierra? Sendas de salvacion el mar les cierra:

XXVIII.

»Nada esperan allá, y en nuestras manos Acá la tierra ven; que mil legiones Itálicas la cubren. Hoy, hoy vanos Esos presagios son y predicciones. Que orgullosos ostentan los Troyanos; ¡Qué! ¿de Ausonia en las fértiles regiones Ya no surgieron? Con lo cual sobrado A Vénus dióse y á la ley del Hado.

XXIX.

»Yo tambien tengo mi inmutable síno: A una gente de esposas robadora Destruir por la espalda es mi destino! De los Atridas el dolor, yo ahora Lo pruebo: ni á Micénas sola avino Ser de justa venganza ejecutora!... ¿Qué capital castigo una vez basta?... ¿Mas si la ruina la maldad no gasta?

XXX.

»Esos golpes mortales de la Suerte Leccion han sido que enseñar podia Contra toda mujer odios de muerte! ¡Demente obstinacion! Ved cómo fia En valla y foso, contra golpe fuerte Breve retardo, la nacion que un dia, Aunque obra de Neptuno mal seguros Vió en llamas perecer sus altos muros!

XXXI.

»¿Quién ahora, elegidos compañeros, De vosotros, vendrá á meter conmigo El hacha en esos frágiles maderos? ¿Quién á invadir ese tremente abrigo? No; ni armas de Vulcano, ni guerreros Buques mil, contra mísero enemigo He menester; y porque más se aneguen, Que todos los Etruscos se les lleguen!

XXXII.

»Ni teman de nosotros, cual del Griego Que robó el Paladion, cobarde, oscuro, Cruel asalto, ni que al vientre ciego De un caballo trepemos; no: les juro Que en pleno sol y cara á cara, el fuego En torno llevaremos de su muro; ¡Y así, que con los Dánaos no pelean Que Héctor diez años entretuvo, vean!

XXXIII.

»Mas la parte mejor pasó del dia; Y porque bien habeis entrado, el resto Justo es dar al descanso y la alegría, Y esperad nueva lid con nuevo arresto.» Así habló Turno; y á Mesapo fia El dar, enfrente á las salidas, puesto A vigilantes tropas delanteras, Y las murallas rodear de hogueras.

XXXIV.

Toca á catorce jefes escogidos El cerco de la plaza; cien soldados Atentos á cada uno dan oidos: Y ya con roja pluma empenachados Rondan, en oro espléndido ceñidos: Remúdanse: en la hierba recostados Encomiéndanse á Baco, y se solaza Vaciando cada cual su henchida taza.

XXXV.

Hacen guardia, al fulgor de las hogueras, Y jugando entretienen el desvelo. Desde lo alto, á la vez, de sus trincheras Mirando están el ocupado suelo Los Troyanos; y puertas y barreras Requieren, no sin tímido recelo; Y las torres con puentes relacionan, Y las ceñidas armas no abandonan.

XXXVI.

Mnesteo y el intrépido Seresto Dirigen la defensa. Para cuando Sobreviniese temporal funesto, Enéas, al partir, á ambos el mando Encomendó de aquella gente. Puesto Cada cual, los peligros sorteando, Con solícito afan á ocupar vuela, Y hacen todos por turno centinela.

XXXVII.

Niso una puerta á la sazon guardaba, Niso, el hijo de Hírtaco, guerrero Terrible, á quien el Ida, cuna brava, Selvática mansion, por compañero A Enéas envió, con llena aljaba Y firme dardo cazador ligero: Euríalo con él, gallardo mozo A quien apénas apuntaba el bozo.

XXXVIII.

Más que Euríalo hermoso, armas troyanas Mancebo no vistió; verle enamora: Fueron en paz y en guerra almas hermanas Los dos; comun deber los junta ahora. «¡Euríalo! ¿algun Dios á las humanas Mentes dará este afan que me devora?» Niso dice: «¿ó su propio terco anhelo Cada uno juzgará ser voz del Cielo?

XXXIX.

»A la lid, ó á algo grande, arduo, me instiga Implacable hace rato el pensamiento. ¿Cuál confianza el Rútulo no abriga? ¿Ves? rara luz alumbra el campamento: Los vence el vino, y ya el sopor los liga; Ningun rumor se siente ó movimiento En la vasta extension. Mi interna lucha Contempla ahora, y lo que pienso escucha:

XL.

»Quieren todos, el Pueblo y el Senado, Llamar á Enéas, y enviarle quienes Hagan fiel relacion de nuestro estado. Si me prometen lo que pida, y vienes Tú en llevarlo (yo quedo asaz pagado Si glorioso suceso honra mis sienes), Iré; que al pié de aquel collado, creo, Hay senda cierta al monte Palanteo.»

XLI.

Quedó atónito Euríalo con esta Revelacion; y ya con sed de fama El ánimo encendido, así contesta Al noble amigo que en su ardor le inflama: «Niso, tu ingenio á conquistar se arresta Tanta gloria, ¿y contigo al que te ama No has de llevar? ¿Y yo sin compañía Tanto riesgo arrostrar te dejaria?

XLII.

»¡No! á más nobles acciones fuí criado Cuando, naciendo entre el marcial rüido Y las desgracias de mi Patria, alzado Me hubo en brazos Oféltes, aguerrido Varon, mi padre; y luégo acá, á tu lado, A más altos objetos he venido, Miéntras siga por áspero sendero Al buen Rey mio hasta el confin postrero.

XLIII.

»Hay aquí un alma que la vida en nada Aprecia ante la gloria. Con mi vida Yo tu gloria daré por bien comprada.» Niso á esto replicó: «Jamás temida Fué por mi en pecho heroico accion menguada; ¡No! así Jove, así el Dios que en mi partida Haya de ser de mi intencion testigo, A los brazos me vuelva del amigo!

XLIV.

»Mas atiende: si ya fortuna loca, Desdichada ocasion, deidad esquiva (Que á casos tantos mi ambicion se aboca, Cual ves), en este lance me derriba; De ambos, á tí sobrevivir te toca, Que no á mí, por tus años: sobreviva Quien mi cuerpo, del campo del combate Traido, ó recobrado por rescate,

XLV.

»Mande á la tierra;--ú honras, y, vacía, Me dedique una tumba, si es que fiera Niega aquello la suerte... ¿Y yo sería Quien, causando fracaso igual, hiriera El tierno pecho de una madre pia Que, excepcion entre ancianas, va doquiera Siguiéndote, garzon, en nuestras huestes, Y el regio hospicio despreció de Acéstes?»

XLVI.

«Vanas razones en tejer porfías,» Interrumpe el intrépido mancebo: «Abreviemos el paso; no en mis dias Me apartarás de la intencion que llevo.» Y diciendo, despierta á los vigías, Que por órden acuden al relevo. Sigue Euríalo á Niso; á andar empiezan, Y al príncipe los pasos enderezan.

XLVII.

Por los campos los otros animales Ya anegaban en sueño sus cuidados Y la ingrata memoria de sus males. Trataban á ese tiempo, congregados, De la ardua situacion los principales Caudillos y la flor de los soldados: ¿Qué haremos, dicen, en angustia tanta? ¿Quién hácia Enéas moverá la planta?

XLVIII.

En pié están, en mitad del campamento, Apoyado cada uno en luenga lanza, Puesto al brazo el escudo. En tal momento Llegaron, y agitados de esperanza, Los dos piden audiencia: un pensamiento Anuncian, que con creces la tardanza Resarcirá que causen. Acogida Les da Ascanio, y á Niso á hablar convida.

XLIX.