Part 7
»Ya perdida de fuga la esperanza, Caco (¡nuevo prodigio!) en su defensa Columnas de humo de las fauces lanza, Y el ámbito entoldando en nube inmensa. Roba á los ojos cuanto á ver se alcanza, Y une fuego siniestro y sombra densa En caótico horror. Mas sus ardides No acobardaron el valor de Alcídes.
LI.
»Ántes él donde ve que más agita Ondas el humo, y más su hervor enciende El negro abismo, allí se precipita Con salto audaz: entre sus brazos prende Al que incendios inútiles vomita, Y vigoroso le comprime, y hiende Seca de sangre la feroz garganta Y los hórridos ojos le quebranta.
LII.
»Y volcada la puerta, al claro dia Las reses y rapiñas que el perjuro Guardaba y pertinaz negado habia, Salen: crece el concurso: al aire puro Arrastran por los piés la mole fria; Ni se hartan de mirar el rostro, el duro Gesto, y pecho cerdoso cual de fiera, Y extinta la garganta que fué hoguera.
LIII.
»Desde entónces, cual ves, el beneficio Grata celebra en cada aniversario Cada generacion. Autor Poticio Fué del culto de Alcídes, y el Penario Linaje guarda el religioso oficio. Él puso en este hojoso santüario Esa ara, que por máxima tenemos Siempre, y siempre por máxima tendremos.
LIV.
»¡Ea! de hojas ceñida la cabeza, Alzad los vasos y verted del vino, Honrando, amigos, la feliz proeza, É invocad todos á Hércules divino Que á todos cubre con igual largueza.» Dijo el Rey; y entre verde y blanquecino, Caro, el álamo, al Dios, vistió las frentes Con sombra circular y hojas pendientes.
LV.
Y llenando la diestra el cáliz santo, Liban todos con rostro placentero, Y á los Dioses invocan. Entre tanto El Héspero, rodando el hemisfero, Enciende su fanal. Y ya con manto De piel, los sacerdotes (el primero Poticio) marchan, por ritual costumbre Llevando en hachas la sagrada lumbre.
LVI.
Renuévase el banquete: los presentes De gratísimos dones y manjares Segundas mesas cubren, y con fuentes Rebosantes coronan los altares; Y cercando las aras relucientes, A entonar ya sus plácidos cantares Los Salios van, á quien con sacro adorno El álamo la sien guarnece en torno.
LVII.
De mancebos un coro, otro de ancianos, De Hércules cantan los gloriosos hechos: Cómo dejó con infantiles manos Los dos gemelos áspides deshechos Que envió su madrina; los troyanos Cómo hundió luégo y los ecalios techos, Y pruebas mil un dia y otro dia Venció bajo agrio Rey y Diosa impía:
LVIII.
«Trajiste, invicto, al hierro de la muerte Nubígenas biformes, Folo, Hileo: Monstruos en Creta domeñaste fuerte, Y entre sus rocas al leon Nemeo: Tiemblan las aguas del Estigio al verte; Y del Orco el guardian inmundo y feo Tembló en su hórrido antro, donde allega Huesos roidos que con sangre riega.
LIX.
»No se halló sombra que cejar te hiciera, Ni áun Tifeo, y armado y corpulento, Ni vió turbarse tu razon, la fiera Hidra, al sitiarte con cabezas ciento. ¡Salve, prole de Jove verdadera! ¡Al coro divinal nuevo ornamento! A los tuyos, aquí, y al sacrificio Vén con fáciles pasos, vén propicio.»
LX.
Cantaba el coro así: la áspera roca De Caco, en fin, su lóbrega guarida Conmemora, y al monstruo, por la boca Fuego arrojando, aliento de su vida. Mueve el canto á la selva, y lo revoca El eco por los montes. En seguida Las sacras ceremonias ya acabadas, A la ciudad dirigen las pisadas.
LXI.
A un lado el hijo, el huésped á otro lado, Caduco en ambos sostenido iba El buen Rey, y el camino el varïado Hablar recrea. La mirada viva Pasa de cosa en cosa, embelesado Enéas con la amena perspectiva, Y pide, á cada antiguo monumento, Para ojos y oidos alimento.
LXII.
Y Evandro, rey que á alcázares romanos Echó la basa, de este modo empieza: «Oye: indígenas Ninfas y Silvanos Poblaban de estos bosques la aspereza, Y unos hijos de robles, medio humanos, Ni á poseer hacienda, ni riqueza Allegar avezados, ni á uncir bueyes: Gentes duras, sin hábitos ni leyes.
LXIII.
»Cruda caza y el árbol más vecino Nutríanlos. Saturno fué el primero Que á esta region desde el Olimpo vino De Jove huyendo el vengativo acero: Destronado en el cielo, peregrino En la tierra, el linaje aquél grosero, Disperso en la selvática fragura, Trajo á obediencia y á civil cultura.
LXIV.
»_Lacio_ quiso llamar al suelo hesperio Que dió refugio á su deidad _latente_; Y vió bajo su sacro magisterio Lucir de oro la edad la humana gente: En paz ejerció el Dios su blando imperio, Hasta que en cambio vino lentamente Siglo ménos hermoso, germinando Amor de lucro y ambicion de mando.
LXV.
»Al Lacio entónces las Ausonias gentes Vinieron, y vinieron los Sicanos; Y de nombre mudó veces frecuentes La tierra de Saturno; y de tiranos Fué regida: uno de ellos, el de ingentes Miembros, Tíbris feroz; los Italianos Trasladámos al Tibre su apellido, Que antaño _Albula_ fué: nombre perdido.
LXVI.
»Yo del país que vió rodar mi cuna Fugitivo, á marítimos azares Lancéme: omnipotente la fortuna Y el hado incontrastable aquí mis lares Plantaron de raíz. Con oportuna Inspiracion Apolo en altos mares, Y mi madre Carmenta con tremenda Profética leccion, me abrieron senda.»
LXVII.
Dice; y andando, al rey de los Troyanos Señala el ara y puerta que, en memoria De aquella Ninfa que explicando arcanos El arte ejercitó divinatoria, _Carmental_ apellidan los Romanos: Ella de los Enéadas la gloria Profetizó sobre el país latino, Y el futuro esplendor del Palatino.
LXVIII.
Y el bosque ingente enséñale que un dia Tornó en asilo Rómulo guerrero; Y el _Lupercal_ bajo la roca fria, Así nombrado como Pan _lobero_ Por costumbre que entre Árcades regía; De Argos, su huésped, cuenta el caso fiero, Y de Argileto el sacro umbroso abrigo Muestra, y toma el paraje por testigo,
LXIX.
Y la roca Tarpeya, en el camino, De ahí, y el Capitolio Evandro enseña, Hoy mole rica y oro peregrino, Mustio collado ayer y áspera breña: Aun entónces el vulgo campesino Reverenciaba el bosque y tosca peña, Tocado ya del religioso miedo Que reina del sagrado sitio en ruedo.
LXX.
«¿Ese collado ves, que señorea Frondosa cima?» dice Evandro; «mora En ese bosque una deidad; cuál sea El misterioso Dios sólo se ignora: Al mismo Jove ya, cuando menea La negra egida en diestra vengadora Y á tempestad el cielo todo mueve, Jura haber visto no una vez la plebe.
LXXI.
»Repara luégo este y aquel anciano Monumento; esparcidos los pedrones Contempla: ves reliquias de lejano Imperio y de antiquísimos varones. Una fundó Saturno y otra Jano De esas dos arruinadas poblaciones; Janículo por ello ésta se nombra, Y Saturnio apellido á aquélla asombra.»
LXXII.
Hablan; y ajena al esplendor del oro Tienen delante la rëal morada; Y donde asombran hoy Romano Foro Y espléndidas Carenas, ven manada Tranquila vagueando, y manso toro Oyen mugir. Evandro, ya á la entrada, «Pasando estos umbrales,» dijo, «Alcídes Bajó la frente victoriosa en lides.
LXXIII.
»Él tuvo por palacio el hogar mio: Anímate, y tú mismo á un Dios te iguala; Tesoros menosprecia, y sin desvío Vén, huésped bueno, á una mansion sin gala.» Dice; y entrando, con afecto pio Da á Enéas corpulento estrecha sala, Y en un lecho de hojas le reposa Con piel cubierto de africana osa.
LXXIV.
Rueda entretanto, y con su sombra parda La noche abraza al mundo. Y Vénus bella, Que á punto mira de que en guerras arda Laurento, el azorado afan que en ella Trabaja, ya no enfrena, y más no tarda, Y en el lecho de oro donde sella Vulcano su aficion, frases enhila En que miel de divino amor destila:
LXXV.
«Cuando Ilïon sin esperanza alguna Dilataba tan sólo su caida, Y más que de altos reyes, de Fortuna Iba á ser Troya en llamas destruida, No á tí para los tristes, importuna Pedí entónces, esposo de mi vida, Armas; en ejercicio de tu arte No quise inútilmente fatigarte.
LXXVI.
»Callé prudente, aunque debia tanto De Príamo á los hijos, y á menudo De Enéas los esfuerzos, no sin llanto, Vi frustrarse. Hoy que al fin llegar él pudo Con el favor de Jove, ¡oh númen santo! Al país de los Rútulos, yo acudo Á tí, yo á tí mis súplicas dirijo; Y madre, armas te pido para un hijo.
LXXVII.
»Vencerte supo la hija de Nereo Y con su llanto la Titonia esposa; ¡Y yo...! ¿Esas gentes que en marcial arreo Hierros forjan, en liga poderosa Ves? ¡En muros cerrados yo las veo Mi ruina maquinar!» Habló la Diosa, Y con sus brazos de aparente nieve Blanda al lento marido ciñe y mueve.
LXXVIII.
En medio del letargo, de repente Recibe el Dios la conocida llama, Y el calor que le llaga dulcemente Rápido por sus huesos se derrama: Así cuando en relámpago fulgente La ennegrecida atmósfera se inflama, Con lumbre devorante cruza inquieta El seno de las nubes ígnea grieta.
LXXIX.
Cuánto el poder de su hermosura obliga Conoció Vénus en el buen suceso De la añagaza. Respondióle, en liga De inacabable amor Vulcano preso: «De argüir con recuerdos, la fatiga Excusa; ¿en mí no fias? Si ántes eso Que hoy piensas, me dijeses, los Troyanos Armas, Diosa, llevaran de mis manos.
LXXX.
»Ni Jove omnipotente ni el Destino Á Troya ni á su Rey negado habria Vivir diez años más. Y pues te vino En gustos hoy guerrear, y hay tal porfía, Cuanto con hierro ó con electro fino Labrar es dado, cuanto el arte mia Consigue laboriosa, cuanto puedo. En suma, concederte, lo concedo.
LXXXI.
»El aire y fuego me obedece: en duda No pongas la eficacia de tu ruego; Todo lo alcanza, y mi poder te ayuda.» Así razona cortésmente, y luégo Rendido á la beldad Vulcano anuda Los vínculos de amor, de amores ciego, Y dichoso en los brazos de su dueño Se deja poseer de un manso sueño.
LXXXII.
Cual matrona obligada que granjea Con la rueca y labores delicadas El sustento á la vida, la tarea Al desvelo añadiendo, aletargadas Cenizas se alza á reanimar, y emplea En la obra á la lumbre sus criadas, Y así el lecho que el cónyuge le fia Guarda sin mancha, y los hijuelos cria;
LXXXIII.
No ménos listo y á la misma hora (Cuando va en la mitad de su carrera La Noche, y al alado Sueño azora, Gustada apénas la quietud primera), Del estrado en que Vénus le enamora Alzase el Dios que sobre el fuego impera, Y del cielo á la tierra en que trabaja, Vulcania en nombre y obediencia, baja.
LXXXIV.
Esta á la eolia Lípara se arrima Y á la sícula costa, isla ardua: humea De riscos erizada: en honda sima Truena la ancha caverna ciclopea, Etna nuevo que el negro oficio lima: Golpe duro los yunques martillea; El candente metal no da sosiego, Zumba el aire, en la fragua aceza el fuego.
LXXXV.
Bronte, Esteropo y Piracmon desnudo, Ciclopes esforzados, á porfía En la vasta oficina un rayo agudo, De aquellos que en ardiente lluvia envía Jove del alto Olimpo al orbe mudo, Fabricaban. El rayo aparecia, Al arribo del Padre ignipotente, Pulido en parte, en parte deficiente.
LXXXVI.
Tres dardos de granizo en la obra bella, Tres de agua etérea, tres de alado viento, Tres de fuego que fúlgido destella, Mezclado habian; y en aquel momento Tonante voz, terrífica centella Añadian, y sordo aturdimiento E incendio vengador. En otra parte Ruedas labran prestísimas á Marte:
LXXXVII.
Ruedas labran al carro en que alborota Al mundo el Dios que guerras siembra y llamas; Y á Pálas más allá, broquel y cota En que esplenden auríferas escamas, Tersan tambien, donde el que mira nota De hidras feroces peregrinas tramas Y, apto á que el pecho á la deidad defienda, Segado vulto de mirada horrenda.
LXXXVIII.
«Alzad,» dijo llegando el Dios herrero, «Cuanto empezado habeis, Ciclopes mios; Alzad; y atentos escuchadme: quiero Armas para un varon de grandes bríos. Manos pujantes y exquisito esmero Aquí todos poned, y aquí lucíos De magistral destreza haciendo alarde: Sús! la obra empiece, y en salir no tarde!»
LXXXIX.
Dice; y al punto la labor partida, A ella corren con ímpetu ligero: Bullen torrentes de oro; se liquida En la ancha fragua el llagador acero: Y escudo ingente, impenetrable egida Que contraste al latino campo entero, Al paladino los Ciclopes trazan Con siete discos que entre sí se abrazan.
XC.
Cuáles, en medio á la comun fagina, Suenan los sopladores fuelles; cuáles Zabullen en el agua allí vecina Con estridor fogoso los metales: Gime de heridos yunques la oficina: Alzando con gran fuerza el brazo, iguales Alternos golpes dan; tenaza emplean Mordaz, y el hierro sin cesar voltean.
XCI.
En tanto que así brega el buen Vulcano En su antro humoso, en su tranquilo lecho La luz bendita y gorjear temprano De las aves que triscan en el techo A Evandro despertaban. El anciano, La túnica vistiendo al fuerte pecho, El nuevo dia á saludar se alza; Las sandalias tirrenas ciñe y calza;
XCII.
Del hombro abajo acomodar no olvida Al cinto puesta la tegea espada, Y del izquierdo lado desprendida Tercia una de leopardo piel manchada; Y ya dos canes que en su guarda cuida Y parejos anuncian su llegada, No bien de su alto nido los umbrales Ha traspuesto, con él saltan leales.
XCIII.
De las habidas pláticas, no en vano Recuerda el prometido contingente El Rey, y con su huésped mano á mano Anhela de partir secretamente. Pues no ménos que el Arcade, el Troyano Madrugador anduvo y diligente: Hace á Enéas Acátes compañía; Evandro con Palante el paso guía.
XCIV.
Ya las diestras se estrechan; ya convida El uno al otro á la interior morada; Siéntanse en soledad apetecida, Y así el Rey empezó con voz pausada: «¡Oh ilustre capitan, que á nueva vida Alzas contigo tu nacion postrada! No por mi fama y por las glorias tuyas Grande el auxilio que te ofrezco arguyas.
XCV.
»Flaco es nuestro poder; que de una parte Jurisdiccion nos quita el tusco rio; De otra, el Rútulo audaz con fuerza y arte Brama en torno á los muros. Mas yo fio Con un pueblo magnánimo asociarte, Fuerte en recursos y apazguado mio: Propicia la ocasion te anuncia bienes; Al llamamiento de los hados vienes.
XCVI.
»De aquí trecho no grande Agila dista, Ciudad fundada en secular cimiento, Que de la Lidia gente fué conquista Cuando en montes de Etruria hizo ella asiento, De armas que suele el triunfo honrar, provista. Años muchos de paz tuvo y contento, Hasta que al rey Mezencio dar le plugo Muestras de amo cruel y atroz verdugo.
XCVII.
»¿Quién sus maldades hay que en fiel trasunto Describa? ¡Mal contadas al tirano Le sean, y á sus hijos! Á un difunto Cuerpo atar le era fiesta un cuerpo sano, Diestra con diestra, el rostro al rostro junto, (¡Oh de martirizar modo inhumano!) Y en duro abrazo y entre inmunda baba Así á un mezquino muerte lenta daba.
XCVIII.
»Alzóse un dia armado el pueblo: afronta, Cansado de sufrir, al Rey: su casa Sitia, hervidero de maldades: pronta Muerte á los suyos da: ya el techo abrasa El fuego, que enojado se remonta. En medio del estrago huye él, y pasa Al campo de los Rútulos: le asila Turno, y el hierro en su defensa afila.
XCIX.
»En justa indignacion toda se enciende Etruria, y de rebato á la cuchilla El cuello criminal traer pretende. Tú á esos miles de bravos acaudilla, ¡Oh Enéas! te abriré camino; atiende: Empavesada hervia ya en la orilla La densa escuadra, cuando oyó de un viejo Arúspice el fatídico consejo:
C.
«¡Meonia juventud, flor y corona »De antigua raza! Apruebo que á Mezencio »Siga el justo furor que le destrona,» Dice, «mas en Italia no hay, sentencio, »Tan gran pueblo á vencer, capaz persona; »Buscad jefe extranjero!» Hondo silencio Al divino pronóstico sucede, Y aterrado el Etrusco retrocede.
CI.
»Hoy la acampada hueste á mí se fia: Cetro, diadema, insignias imperiales Con legados aquí Tarcon me envía, Y que vaya me pide á sus rëales Y ejército gobierne y monarquía. Flojas mis fuerzas son á empresas tales, Flacos mis hombros á tan grave carga, Fria é inerte senectud me embarga.
CII.
»Y no á Palante en mi lugar envío; Que en lo extranjero no es cabal; sabina Madre altera su orígen. Esto, y brío Juvenil, tienes tú, y una divina Voz te llama. No tardes, huésped mio; ¡A su gloria dos pueblos encamina! Yo este buen hijo, de mi edad caduca Gloria y solaz, te allego; tú le educa.
CIII.
»Edúcale en las armas: tú dechado, Tú en armas le serás ejemplo y guia: Aprenda desde mozo á ir á tu lado, Paciencia ejercitando y valentía. Jinetes además, lo más granado, Te doy doscientos de la gente mia; Y otros doscientos de ánimo arrogante En nombre suyo aportará Palante.»
CIV.
Dijo. Enéas sin voz, sin movimiento, Y Acátes, duda amarga, triste idea Revuelven en el alma. En tal momento Dales á cielo abierto Citerea Clarísima señal. El firmamento Con subitáneo estruendo centellea, Y que cruje parece y se derrumba, Y de tirrena trompa el eco zumba.
CV.
Alzan los ojos: se oye el estallido Otra vez y otra, y por region serena Ven en convoy de nubes conducido Un haz de armas lumbrosas, y que suena Sienten de léjos el metal herido. Pásmanse todos. Mas la voz que truena Conoce Enéas, y que cumple, entiende, Vénus su alta promesa y le defiende.
CVI.
«No escrutes, noble valedor,» exclama, «El prodigioso agüero; en mí confía: Esa voz del Olimpo á mí me llama; Es fausto anuncio que mi madre envía, Mi madre, alta deidad. Cuando la llama Marcial prendiese, me ofreció daria Esa señal: su protectora mano Armas me trae que forjó Vulcano.
CVII.
»¡Y oh qué gran mortandad miro presente Al malhadado campo Laurentino! Al polvo, Turno, inclinarás la frente; ¡Y tú cuánto broquel, Tibre divino, Cuánto yelmo darás en tu corriente, Y derribado cuerpo al mar vecino! ¡Vengan ahora á desplegar sus haces; Vengan, y rompan las juradas paces!»
CVIII.
Dice; y del alto solio se levanta: El muerto fuego á Alcídes consagrado Devoto anima sobre el ara santa; Al Lar despues, la víspera obsequiado Y á los Penates húmiles la planta Mueve: Evandro y los Teucros, lado á lado, Por fuero y religion inmemoriales inmolan escogidos recentales.
CIX.
Encamínase luégo hácia las naves El dux troyano á revistar su gente: Para la dura guerra y trances graves Lo más lucido elige y más valiente: En blando flote y vueltas van süaves Los otros, á merced de la corriente; Con éstos enviar al hijo quiso De sí mismo y su empresa fausto aviso.
CX.
La marcha, al par, terrestre se acelera: Caballos danse al héroe y su mesnada; La alfana que á él le traen cubre entera Piel de leon roja de uñas de oro armada. Ya la exigua ciudad sabe y pondera Que al Rey tirreno vuela una brigada: Doblan votos las madres: creces toma Al susto el riesgo; inmenso Marte asoma.
CXI.
Al hijo estrecha el Rey, su mano asida, Y «¡Oh! hiciérame volver favor celeste A los pasados años de mi vida, Cuando eché á tierra la primera hueste»-- Dice en larga llorosa despedida-- «Aquí mismo, en el valle de Preneste, Y los escudos de las rotas filas Quemé triunfante en levantadas pilas!
CXII.
»Á Herilo allí, descomunal guerrero, Tumbó esta diestra al Tártaro profundo: De su madre Feronia (¡caso fiero!) Tres formas recibió viniendo al mundo: Rey de alma triple y desdoblado acero, Muerto un tronco, quedábale el segundo Y otro despues. Mas á los golpes mios Rindió sus armas y agotó sus bríos.
CXIII.
»Fuese así, no á mis brazos te arrancaras, Buen hijo; ni insultando la frontera Con mengua mia, tantas vidas caras Mezencio criminal segado hubiera;-- ¡Desolada ciudad, no así lloraras!... Vosotros, ¡oh! de superior esfera ¡Dioses! ¡gran Jove, reinador supremo! A vuestro númen recurrir no temo.
CXIV.
»¡Oh! ¡del árcade Rey el desconsuelo Os mueva á compasion, y de un anciano Padre las preces escuchad! ¡Si el Cielo Ha de volverme mi Palante sano; Si él algun dia alegrará mi duelo; Si firme unirle á mí no espero en vano, El término alargad de mi partida: Trabajos sufriré; quiero la vida!
CXV.
»Mas si un hado cruel fúnebres lazos Á mi esperanza tiende y mi deseo, Lícito sea fenecer los plazos De esta mísera vida, hora que áun veo Incierto lo futuro, y que en mis brazos Te tengo, hijo, y en verte me recreo, ¡Tú, tan tarde gozado y tan querido! Nunca nueva fatal hiera mi oido!»
CXVI.
Tal sus adioses últimos plañia El Rey; y enajenado de sentido, En brazos sus criados á porfía Le restituyen al desierto nido. Y sale la veloz caballería Por las abiertas puertas con rüido: En primer línea Enéas va y Acátes; Otros siguen en pos teucros magnates.
CXVII.
Con rica sobreveste gallardea Ostentando en sus armas sus blasones Entre todos Palante: así campea El lucero que en líquidas regiones Se baña, cuyo fuego Citerea Ama sobre el de cien constelaciones, Cuando su faz divina alza en el cielo Y rasga de la triste noche el velo.
CXVIII.
Desde el muro las madres aterradas Ven las nubes de polvo cuál se extienden, Y siguen con atónitas miradas Las bandas que con tanto acero esplenden. Por desechas de zarzas erizadas, Abreviando camino, armados hienden, Y en escuadron que clamoroso cierra Galopando á compas baten la tierra.
CXIX.
Cabe el helado Ceretano rio Hay un gran bosque; y mucho negro abeto Que alturas forma en torno, hácele umbrío; Le consagró tradicional respeto. Es fama que á Silvano, númen pio, Apropiaron aquel lugar secreto Los antiguos Pelasgos, los primeros Que ocuparon del Lacio los linderos:
CXX.
El sitio al Dios de campos y ganados Le dedicaron, y un solemne dia. No léjos de estas selvas sus soldados Tarcon apercibidos guarecia; Y podíase ya de los collados Altivos, contemplar en lejanía La legion que en los llanos acampaba, Y dónde empieza, ver, y dónde acaba.
CXXI.
Al bosque ameno acuden, que recrea La fatiga á caballo y caballero. Vénus que á la sazon, radiante Dea, En voladora nube el dón guerrero Traia al paladin, no bien le otea Cabe el frio raudal, solo y señero En un repuesto valle, ante él parece, Y la hadada armadura así le ofrece:
CXXII.
«Cata, hijo, aquí las armas inmortales Que sola de mi esposo el arte traza: Las prometidas armas con las cuales Arrostrarás de Turno la amenaza Y el soberbio furor de sus parciales!» Dice, y al hijo Citerea abraza, Y de una encina al pié, que estaba enfrente, Deposita el arnes resplandeciente.
CXXIII.