Eneida; v. 2 de 2

Part 6

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En ordenadas filas los loores Cantando de su Rey marchaban ellos, Cual entre húmedas nubes sus candores Muestran los cisnes de Caistro bellos Cuando vuelven del pasto, y triunfadores Cantos exhalan de los largos cuellos; Y el rio suena y los asianos vados De la celeste música agitados.

CXLII.

Guiando Clauso va grandes legiones, Igual él mismo á una legion potente; Clauso, ilustre varon, de los varones Antiguos de Sabinia procedente, Del cual por las latinas poblaciones, Tribu admitida al fin, la Claudia gente Se propagó, desde que Roma dada Fué en parte á los Sabinos por morada.

CXLIII.

Los de Amiterna, innumerable cuento. Los de Cúres y Ereto habitadores A Clauso unirse veo en un momento: La olivosa Mutusca guerreadores Da á su turno, y la villa de Nomento, Y el campo de Velino, rico en flores; Y van los que en Severo desabrido Y en las Tétricas cumbres hacen nido.

CXLIV.

Y la Casperia y Forunila gente, Y la que Himela en sus riberas cria; La que bebe del Tibre en la corriente, Y en las aguas de Fábaris: la fria Nursia y Orcia tambien su contingente, Y el latino país el suyo envía; Tambien arma sus hijos la campaña Que Alia (¡nombre nefasto!) cruza y baña.

CXLV.

En número á las ondas van iguales Que ruedan en el piélago africano Si triste se hunde en aguas invernales Orion; ó á las que de Hermo en fértil llano Ó en las mieses de Licia candeales Espigas densas tuesta rayo insano;-- Y suenan los escudos, y la tierra Treme, de piés batida, en són de guerra.

CXLVI.

Griego, Haleso odia á Troya: sus bridones Unce al carro, y á Turno, á lid dispuestas Arrastra mil valientes poblaciones: Aquellos que del Másico en las cuestas Cultivan, Baco, tus preciosos dones; Los que enviaron de sus ágrias crestas Los Auruncos ancianos; los vecinos De los húmedos campos Sidicinos;

CXLVII.

Y los que á Cáles dejan y las bravas Satículas guaridas, y el asiento Que tú, Volturno, con tus ondas lavas; Llegan al par los Oscos ciento á ciento: Todos redondas y erizadas clavas Prendidas llevan con flexible amiento: Adarga que la izquierda cubre enseñan Y el corvo alfanje con que en lid se empeñan.

CXLVIII.

Ni á tí en mis versos dejaré en olvido En la ninfa Sebétide engendrado, Ebalo, por Telon, cuando adquirido Hubo de los Telebos el reinado, Y en Cáprea, anciano ya, sentó su nido. Estrecho el hijo en el paterno estado, A los campos Sarrastes le dilata, Y á los llanos tambien que el Sarno trata.

CXLIX.

Y de Bátulo y Rúfras las regiones Le obedecen, y el valle de Celena, Y la que Abela entre altos torreones Campiña mira al pié de pomas llena. Tercian la pica á guisa de Teutones: Almete de alcornoque la melena Ciñe en torno: de acero cicaladas Brillan las peltas, brillan las espadas.

CL.

Dichoso en lides, rico en gloria, Ufente, A tí á la guerra Nersa montuosa Tambien te diputó. La esquiva gente De los Ecuos te sigue, que escabrosa Tierra ocupa, y de asaltos impaciente En la caza de monte no reposa: Siempre á nuevos despojos se aperciben, Armados andan y de presas viven.

CLI.

Tambien, marruvio sacerdote, vino Umbron á combatir; movióle á tanto El rey Arquipo: sobre yelmo fino Tiende sus hojas el olivo santo. Él los monstruos del reino serpentino Con el tacto domaba y con el canto; Iras durmiendo de dragon furente Manso paraba el ponzoñoso diente.

CLII.

¡Mísero sabio! no será que vede El paso á la troyana arma homicida Tu canto soporífero; ni puede Hierba sanar la inevitable herida Si en Marsos montes se buscase adrede. El bosque te lloró que Anguicia cuida, Y las diáfanas olas de Fucino; Vivos lagos lloraron tu destino.

CLIII.

Luégo, prole de Hipólito, dechado Llegó, Virbio, de garbo y lozanía: Con la prístina gloria señalado Materna Aricia á pelear le envía Del fondo de la selva en que educado Fué por Egeria, cabe la onda fria, A par del ara ilustre de Dïana, Rica en votos, no tinta en sangre humana.

CLIV.

Es fama que despues que sin ventura, Por traza infame de madrastra fiera Y de padre cruel sentencia dura, Fué Hipólito arrastrado en la ribera Por caballos sin freno, al aura pura Tornóse á alzar y á la superna esfera, Por merced de Dïana y su cuidado Con médicas raíces reanimado.

CLV.

Miró indignado el Padre Omnipotente Que un hombre de los reinos infernales Volviese así con apacible frente A la luz y á los hálitos vitales, Y ráfaga flechó de fuego ardiente Contra el de ciencia tanta y hierbas tales Sabio descubridor, hijo de Apolo, Y en las estigias aguas sepultólo.

CLVI.

Compadecida entónces la alma Diosa A Hipólito tendió su mano pia, Y en morada le oculta nemorosa Y allí á la ninfa Egeria le confía: Oscuro así y en soledad dichosa Una vida ingloriosa viviria Por las selvas itálicas, cual hombre Nuevo, de _Virbio_ bajo el nuevo nombre.

CLVII.

Al templo y á los bosques de Dïana Por eso á los cornípedos corceles Llegar no es dado, pues la mar cercana Huyendo, y monstruos de la mar crueles, Tiraron mozo y carro en fuga insana. Él no ménos audaz, ellos más fieles, Sus potros en el campo el hijo incita, Y su carro á la guerra precipita.

CLVIII.

Revuélvese ante todos corpulento Y sobre todos la cabeza eleva Armado Turno, cuyo almete al viento Triple penacho ofrece, y alta lleva Quimera que respira etneo aliento: Ella su ardor al parecer renueva Envuelta en tristes llamas, á medida Que la lid se ensangrienta embravecida.

CLIX.

Con altos cuernos y relieves de oro En tanto el terso escudo abulta Io, Prole aparente de cerdoso toro (Nobiliaria leyenda); Argos impío Custodio allí de virginal tesoro Osténtase tambien; tambien un rio Figurado de líquida abundancia De la urna cincelada Ínaco escancia.

CLX.

Con trabadas rodelas en los llanos Una nube le sigue de peones: Allí van los Argivos, los Sicanos Antiguos, en cerrados batallones, Y Rútulos, y Auruncos, y Sacranos; Los Labicos, que pintan sus blasones; Los que te explotan, Tibre, en bosques rico, Y tus sagradas márgenes, Numico.

CLXI.

Y las gentes que rútulos collados Cultivan; las que tratan la colina Circea; las que campos sojuzgados A Júpiter Anxur, y el que domina Holgándose en sus verdes arbolados Feronia; las que la húmeda Pontina Laguna, y hondos valles por do Ufente Helado va en el mar á hundir la frente.

CLXII.

Con gallardo escuadron la marcha cierra Honor, Camila, de la Volsca gente: Sus jinetes temblar hacen la tierra Acorazados de metal luciente. No á hilar, no á tejer mimbres, mas en guerra A lidiar y á sufrir, manos y mente Dió la animosa vírgen, que en su vuelo Vence al aura y apénas toca el suelo.

CLXIII.

Sobre campos y mieses pasaria Sin mover las aristas la doncella En su rápido curso; cruzaria Con planta enjuta y fugitiva huella Hinchadas olas de la mar bravía Como suspensa aparicion. Por vella, Mozos, hembras, en campos y poblados, Acuden á su paso embelesados.

CLXIV.

Y áun de léjos admiran cómo vuela Gentil; cómo con púrpura los bellos Hombros, terciando regio manto, vela; Y cómo los undívagos cabellos En auríferos hilos encairela; Cómo con licia aljaba da destellos; Y cuál blande con noble desenfado El mirto pastoral de hierro armado.

LIBRO OCTAVO.

I.

Así que de la guerra el estandarte Turno en su alcázar tremoló en Laurento, Y con ronca trompeta á toda parte El alarma llevó, y en movimiento Sus potros puso y el tropel de Marte, Los ánimos se turban al momento, Todo el Lacio á su voz tiembla y le imita, Toda la juventud arde y se agita.

II.

Por sumos jefes van Mesapo, Ufente, Y aquel que de los Dioses se reia Mezencio audaz: de agricultora gente La campaña doquier dejan vacía, Recursos rebatando. Incontinente A Vénulo sagaz allá se envía Do el gran Diomédes asentó su corte, Que anuncios lleve y de él favor reporte.

III.

Cómo con frigias naves ha llegado Al Lacio; cómo ocupa la ribera Con sus vencidos Dioses, y del hado Corona y triunfos en el Lacio espera El troyano adalid; cómo á su lado Muchos corren, y, nuncio á su bandera, Toma el dardanio nombre alas de fuego: Esto el embajador dirále al Griego.

IV.

Más que el rey Turno y más que el rey Latino, Dirále, en fin, mirar él mismo debe A donde á ese invasor, si con destino Propicio entrare, fácil es le lleve De ambiciosas conquistas el camino. Sabe en tanto que el Lacio se conmueve, Y fluctúa en revuelto mar de ideas Con zozobrante afan mísero Eneas.

V.

Va, y viene, y torna el ánimo agitado, Tienta todo y no pára en una cosa: Así un rayo de luz del sol dorado O la alba luna, vibra y no reposa Sobre jarron de bronce reflejado, En que diáfano líquido rebosa; Trémulo, acá se anima y allá muere, Sube, y los altos artesones hiere.

VI.

Es de noche: en los árboles y en tierra Mudas yacen las aves y ganados; Letárgico placer sus ojos cierra. En tanto Enéas, presa de cuidados, Lleno del pensamiento de la guerra, Rindió á tardío sueño los cansados Miembros, del cielo bajo el dombo frio, En las amenas márgenes del rio.

VII.

Y hé aquí de entre la plácida corriente Y pompa de los álamos umbría Al Dios que guarda el Tibre, el Rey durmiente Vió alzarse venerable, y que vestia Cendal verdoso, y en su anciana frente A las húmedas crines retejia Oscuras juncias. Habla, y de esta suerte Consuelo el Númen y esperanzas vierte:

VIII.

«¡Hijo de diva estirpe soberana, Salve! tú, que arrancada al enemigo Nos restituyes la ciudad troyana, Y á Pérgamo inmortal llevas contigo! Ya sus muros á tí Laurento allana, Y á tí sus campos abre el Lacio amigo. Nada temas de próximos combates; Que patria al fin tendreis tú y tus Penates.

IX.

»Calmóse de los cielos la tormenta, Y hechos abonan la palabra mia; Que aquí una hembra de cerdo corpulenta Pronto verás entre robleda umbría, Con treinta lechoncillos que alimenta, Alba, en torno á sus ubres la alba cria; Y aquí podrás, alzando al patrio muro, De afanes tantos descansar seguro.

X.

»Treinta años pasarán, y Ascanio ufano Fundará, coronando tu destino, La ilustre basa del poder albano. Apacibles verdades adivino; Ilusiones no son de sueño vano. Mas cómo por ahora abrir camino Te cabe de tu triunfo al cumplimiento, Diré en breves razones; oye atento:

XI.

»Los Árcades habitan este suelo, Que nietos de Palante, acompañaron Aquí á Evandro, su rey, con fiel anhelo Siguiendo su pendon: sitio adoptaron, Y con nombre sacado del abuelo La ciudad Palantina edificaron Sobre los montes. Ellos de contino En guerra están con el poder latino.

XII.

»Tu campo hermana con el suyo, y liga Trata con ellos de amistad sincera. Fácil á par de mi ribera amiga Yo he de llevarte en direccion certera, Tál que venzan subiendo sin fatiga Tus remos mi raudal. Tú á la primera Luz del dia, con votos y con preces Vé de Juno á amansar las altiveces.

XIII.

»Cuando conquistes del valor la rama Gracias tributarás al poder mio. Yo soy aquel que hoy miras cuál derrama Su caudal sobre fértil señorío; Soy el cerúleo Tibre, ilustre en fama Y de los Dioses predilecto rio: Aquí en grandioso alcázar me solazo; Nobles ciudades en mi cuna abrazo.»

XIV.

Dijo el rio, y se hundió cual si buscara El hondo lecho. Á un tiempo se retira La noche en ese instante, y desampara El sueño á Enéas. Yérguese él, y mira Ya en oriente del sol la lumbre clara; Y agua cogiendo (Religion le inspira) Alzala de las palmas en el hueco, Y así con llena voz anima el eco:

XV.

«¡Vos, Ninfas de Laurento (en quien los rios Hallan, raza gentil, su ilustre oriente), Y oh padre Tibre de raudales pios! A Enéas acoged, y de su frente Clementes apartad golpes impíos! Doquier escondas tu sagrada fuente, Doquiera, ¡oh bello Dios! secreto mores, Tú apiadado calmaste mis dolores.

XVI.

»De mí por siempre en himnos bendecido Serás, y honrado con perpetuos dones, ¡Tú, de cuernos undívagos ceñido, Rey de rios de Italia en las regiones! Sólo espero me asistas, sólo pido Que ratifiques ya tus predicciones.» Dijo; y dos barcos de su flota alista, Y gente hecha á bogar, de armas provista.

XVII.

En este punto; (¡oh místicas señales!) Cándida hembra de cerdo con sus crias Enéas ve, que, en la color iguales, Se han tendido en las márgenes umbrías Sobre la verde hierba. Ofrendas tales El troyano adalid con manos pias Te hará, ¡máxima Juno! Ya ante el ara Dones presenta, y con la grey se pára.

XVIII.

Y el Tibre, que bajó la noche entera Hinchado, su corriente á la mañana Con reflujo suavísimo modera Y como estanque plácido la allana, Y abre á las quillas próspera carrera. Con gozoso rumor la caravana Ya remos bate, y sobre el fondo quieto Fugaz resbala el embreado abeto.

XIX.

Los árboles se asombran de la orilla Viendo venir por el cristal sereno La pintoresca copia, y cómo brilla Distante con las armas de su seno. Dia y noche bogando la escuadrilla El rio sube de recodos lleno; En selvas laberínticas se pierde, Y cruza en ledo giro el bosque verde.

XX.

En medio ya de su radiante vuelo Ardia el sol, cuando avistó el Troyano Muros y alcázar, blanco á su desvelo, Y casas esparcidas, que el romano Poder más tarde levantó hasta el cielo; Que era Evandro modesto soberano, Y modesta su corte. Apriesa inclinan Las proras ya, y á la ciudad caminan.

XXI.

Solemnes por ventura en aquel dia El Rey árcade honores tributaba, Antes de la ciudad, en selva umbría, Al semidios de la invencible clava. Allí Palante, hijo del Rey, se via, Rudo senado y juventud no esclava, Incesando á los Númenes. Gotea Caliente sangre y ante el ara humea.

XXII.

Ellos, viendo que fáciles ascienden Por entre el bosque opaco altos navíos, Y hombres que, al parecer, los brazos tienden Sobre los remos con callados bríos, La ceremonia con temor suspenden; Levántanse. Culpables descarríos Palante audaz reprime, y el acero Empuña, y al peligro va ligero.

XXIII.

Ya de un alto estas voces firme envía: «¿Quiénes, mancebos, sois? ¿Cuál clima esconde Vuestra cuna y orígen? ¿Quién por via Tan desusada os impelió, y á dónde? ¿Paz, ó guerra traeis? ¿Qué intento os guia?» En pié sobre la popa así responde Enéas á Palante, y en la diestra Rama de oliva, alegre anuncio, muestra:

XXIV.

«Hijos somos de Troya peregrinos, Y aquestas armas que confuso admiras, Armas contrarias son á los Latinos, Que nos rechazan con rebeldes iras. Ver ansiamos á Evandro: á sus destinos Unir los nuestros, con leales miras Proponemos Dardanios principales. Tal pedimos; tú lleva anuncios tales.»

XXV.

Pásmale el nombre que oye, y,«¡Vén conmigo!» Palante dice, «vén, quienquier tú seas, Donde hables á mi padre, y al abrigo De mis Penates hospedado seas.» Tómale de la mano, y como amigo En las suyas retiene la de Enéas; Y enselvándose juntos se desvían Del Tibre, y hácia el Rey los pasos guian.

XXVI.

Manso á Evandro habló Enéas: «Ofrecerte La verde rama de ínfulas vestida, ¡Oh el mejor de los Griegos! hoy la suerte Me depara feliz. Ni me intimida Arcade y jefe á tí de Dánaos verte Y consanguíneo de uno y otro Atrida. Hanme traido oráculos sagrados, Y mi propio querer y el de los hados;

XXVII.

»Y tu fama tambien, que espacio luengo Discurre por el mundo; y la lejana Comun raíz que con tu raza tengo: Padre y autor de la ciudad troyana, Hijo Dárdano fué, nuestro abolengo, De Electra (en Grecia tradicion anciana Lo acredita); hija Electra fué de Atlante, Que á cuestas lleva el fuego rutilante.

XXVIII.

»Mercurio, de otro lado, es vuestro abuelo, Que de Maya gentil nacido un dia, Por vez primera de la luz del cielo Gozó en la cumbre de Cilene fria; Y, si ya sin incrédulo recelo En arraigada tradicion se fia, Hija Maya es de Atlante, el mismo Atlante Que á cuestas lleva el cielo rutilante.

XXIX.

»Así un tronco en dos vástagos se parte, Y una sangre tenemos. Con legados No me anuncié, por eso, ni con arte Pretendí tu amistad tentando vados; Mas yo mismo en persona, aquí á obligarte Ocurro al corazon de tus Estados. Y es comun nuestro honor: la Daunia gente Tú y yo tenemos enemiga enfrente.

XXX.

»¿Y quién no ve que si ella nos extraña, El territorio entero á la coyunda Humillará de su arrogante saña, Y el mar que á Hesperia superior inunda Suyo será, y el que inferior la baña? Mutua fe dos ejércitos confunda: Por mí, aporto á la union de ambos pendones, Sufridos y valientes corazones.»

XXXI.

Habló Enéas: Evandro larga pieza, Miéntras hablaba, con afan prolijo Mírale de los piés á la cabeza, Y «¡Oh el más valiente de los Teucros!» dijo: «¡Con qué placer (pues con cabal certeza Quién eres contemplándote colijo) Te doy mis brazos! En tu faz, tu acento Miro á tu ilustre padre, á Anquíses siento.

XXXII.

»Yo recuerdo que á Hesíone su hermana Visitando, y su corte, en Salamina, Por la Arcadia pasar, de nieves cana, Príamo quiso. Con su flor divina Me arrebolaba juventud temprana. ¡Cuánto á la comitiva peregrina Admiré entónces! Mas Anquíses era Entre nobles figuras la primera.

XXXIII.

»Yo hablarle y estrechar su mano ansiaba, Jóven el alma y de entusiasmo henchida; Llegué, y al muro que el Feneo lava, Oficioso llevéle. A su partida Licias saetas y una insigne aljaba Y una clámide de oro entretejida, Y dos frenos me dió, tambien de oro, Que hoy de Palante son gala y tesoro.

XXXIV.

»En fin, cual lo pedís, la mano mia Os doy en prenda de amistad sincera. Y á fe que al primo albor del nuevo dia Ireis con los auxilios que mi esfera Consiente. Con partícipe alegría (Pues dilatarlo más delito fuera) A celebrar en tanto yo os convido Este anual sacrificio interrumpido.

XXXV.

»Y desde hora á un festin y á unos altares Mostraos á concurrir á nuestro lado.» Dijo; alejados vasos y manjares Pide; céspedes da de herboso estrado Por sillas á los nuevos auxiliares; Y á Enéas en lugar privilegiado Rústico solio de arce y piel lanuda De soberbio leon, brindar no duda.

XXXVI.

Y jóvenes selectos, y del ara Canos ministros, traen en seguida Entrañas que el divino fuego asara, Cestas do con su dón Céres convida, Tazas do su caudal Baco depara. Enéas y su guardia, allí tendida, Lomos de un buey entero, trozos hacen, Y consagrados intestinos pacen.

XXXVII.

Calmada el hambre, que ávida devora, Evandro dijo así: «No rito vano, No vil supersticion, despreciadora De antiguos dioses, fué, huésped troyano, Quien el solemne altar que ves ahora Y estas mesas alzó por nuestra mano; Fué justa gratitud: piadoso culto Rendimos, salvos ya de fiero insulto.

XXXVIII.

»¿Ves esa roca en peñas sustentada Y tanta piedra en torno desparcida, Y desierta del monte la morada? ¿El estrago no ves que en su avenida Hicieron recias moles? Tu mirada Contempla la recóndita guarida, El antro hondo de quien huésped era Caco, mitad humano, mitad fiera.

XXXIX.

»No visitó su lóbrego recinto El sol: siempre de víctimas recientes Estaba el suelo con la sangre tinto; Y en las puertas terríficas pendientes Gustaba ver su criminal instinto Torvas cabezas. De su boca ardientes Humos lanzaba, de Vulcano prole El monstruo, al menear su inmensa mole.

XL.

»Trayéndonos, al fin, un sér divino, El tiempo coronó nuestro deseo: Máximo vengador, despues que al trino Gerïon humilló, con el trofeo Riquísimo ufanado, Alcídes vino Rigiendo en victorioso pastoreo Ganado hermoso, y vímosle guialle A par de este almo rio, en este valle.

XLI.

»Cuatro toros proceros, porque nada Sin ensayar dejase en fraude ó crímen, Y cuatro vacas hurta á la majada Caco sagaz, y de su cueva al límen Tíralos por la cola: revesada La senda, huellas sin concierto imprimen; Así, quienquiera que á buscarlos pruebe, Rastro no habrá que á término le lleve.

XLII.

»Entre tanto á partir apercibido, Amenazaba Alcídes su ganado Repleto asaz, que con mayor bramido Ya aqueste deja atras, ya aquel collado: Estremece los bosques el gemido Por quejumbrosos ecos dilatado, Y una novilla en la caverna honda Da un gran mugido que á la grey responda.

XLIII.

»Así un lamento de la res esclava La esperanza burló, turbó el sosiego Del tirano raptor. En furia brava Hércules todo enardecióse, y ciego Arrebatando la nudosa clava, A la cumbre del monte corre luégo; Y por primera vez Caco en los ojos Mostró terrores en lugar de enojos.

XLIV.

»Y huye, vuela al sagrado de su gruta Más que el Euro veloz; de alas le dota Los piés el miedo que la faz le inmuta: Huye, y se esconde, la cadena rota Que á la entrada suspende piedra bruta: (Merced del padre, que en edad remota Forjó los eslabones); y la puerta El soltado peñon deja cubierta.

XLV.

»Murado el monstruo, el héroe que el camino Le seguia, llegó de rabia insano; Mira acá, torna allá, perdido el tino, Los dientes cruje, y su furor es vano. Él tres veces da vuelta al Aventino, Tres veces él con vengadora mano Entrada busca sin que modo halle, Y tres rendido se sentó en el valle.

XLVI.

»El dorso coronando de la cueva Hubo á dicha una roca agreste, aguda, Que á los ojos altísima se eleva De contornos simétricos desnuda: Infausto alado ejército la aprueba Porque á hacer nidos en su cumbre acuda; Y ella propia hácia la onda tiberina, Que á izquierda huyendo va, mira y se inclina.

XLVII.

»Fuerte y mañoso, por el diestro lado Opuesto Alcídes al peñon, ensaya Moverlo, y de raíz desencajado, Ya sin que estorbos á sus fuerzas haya, Empújalo: con eco prolongado El aire en torno retumbó; la playa Tiembla oprimida por la enorme piedra Y medroso el raudal salta y se arredra.

XLVIII.

»En su palacio y lóbrega caverna Caco al punto aparece á descubierto, Cual si en su fondo la region inferna Mostrase el suelo de repente abierto, Y las sombras de aquella Noche eterna Que aborrecen los Númenes, incierto De luz un rayo penetrara, y ése A los Manes de asombro estremeciese.

XLIX.

»Sorprendido en su cóncavo agujero, Viendo la claridad que se derrama Intempestiva á denunciarle, fiero En modo inusitado Caco brama: Tírale dardos Hércules ligero Del borde, y armas en su auxilio llama De toda especie, porque al monstruo oprima: Ramos, disformes piedras le echa encima.

L.