Part 5
»Tu ardiente azote altera y tu veneno Públicos y domésticos enlaces; Por tí hermanos unánimes, terreno Sangriento van á disputar: falaces Tienes mil nombres, artes mil. Tú el seno Astuto anima, pues: juradas paces Rompe; discordias siembra: audaz asome La juventud; pida armas, armas tome!»
LXIX.
Al punto, el corazon y las miradas Infectas de ponzoña medusina, Del Rey á detenerse en las moradas, Alecto vuela á la region latina: Mueve en silencio á Amata sus pisadas: Amata á la llegada repentina De los Troyanos, y á la ansiada boda De Turno, su atencion dedica toda.
LXX.
En congojas y lloros femeniles Se abrasaba la Reina, cuando vino La Furia á su mansion con pasos viles: Tírale del cabello serpentino Uno de sus cerúlëos reptiles, Y se lo hunde en el seno, porque el tino Pierda, y corra el palacio, y á él trasmita Todo el furor del monstruo que la agita.
LXXI.
Y ya el áspid sutil por entre el bello Seno y las ropas de la Reina gira; Ya, sin que la infeliz se cure de ello, Víbora, alma de víbora le inspira: Crece, y dorada alhaja orna su cuello; Crece, y cinta elegante atar se mira Sus cabellos y sienes; crece, y blanda Hincha sus venas, por sus miembros anda.
LXXII.
Miéntra el vírus primero que destila De la ponzoña húmida, resbala Por los sentidos tímido, y vacila El fuego oculto que los huesos cala; Miéntras no oprime al ánima intranquila Toda la fuerza del incendio, exhala La dolorida Reina quejas tales A estilo y en acentos maternales:
LXXIII.
«¿Tú nuestra única hija» (y largo lloro Por la hija y frigias bodas derramaba, Así hablándole al Rey), «nuestro tesoro Darás á advenedizos? ¿Ni hallas traba En su suerte, en mi amor, en tu decoro? Haya viento propicio, ¡y por esclava Llevarásela á bordo, y dejaráme En duelo eterno el robador infame!
LXXIV.
»Ejemplo toma del pastor troyano Que de Esparta á Ilïon llevóse á Elena. ¿Qué? ¿y tus santas promesas son en vano, Tu patriótico zelo? ¿Harás ajena Esa que veces mil paterna mano Tendiste á Turno ya de afecto llena? Oigo me arguyes que forzoso agüero Subyuga el Lacio á príncipe extranjero.
LXXV.
»Si Fauno así sobre tu mente impera, No se rinde por eso mi deseo; Region independiente es forastera, Que á esto los Dioses aludieron creo: El orígen de Turno considera: Ínaco, Acrisio, entre los nombres leo Que, honrando patria extraña, honran su gente; Y la clara Micénas fué su oriente.»
LXXVI.
En balde hablaba así la Reina: mira Que en Latino sus voces no hacen mella; Y ya, quemando sus entrañas, gira El veneno furial por toda ella: Movida, en fin, de ponzoñosa ira, Fantasmas ve, respetos atropella, Y por la ancha ciudad el paso ciego Abrevia con febril desasosiego.
LXXVII.
Cual peonza que en plaza despejada De juguetones mozos circuida, Va, del torcido látigo azotada, Que hace que, vueltas dando, espacios mida; A ver el boj tornátil de pasada Necia, curiosa ociosidad convida Absorta turba; y ni el herir se aplaca, Ni él ménos bríos de los golpes saca:
LXXVIII.
Por medio á la ciudad, y entre sus gentes Indómitas, el paso precipita La Reina así con ímpetus ardientes. Nuevas furias concibe ya, medita Escándalo mayor: en accidentes Convulsivos, semeja que la agita Interno Baco: á selva hojosa, inculta, Lleva á la hija consigo; allí la oculta.
LXXIX.
Tál eludir ó deshacer aquella Boda intenta que teme y que desama: Y gritando ¡Evohé! de la doncella Unico digno á tí, Baco, proclama; Que por tí, dice, en tiernas hojas ella Viene á vestir tu predilecta rama; Por tí, ofrecida á tí, danzando en coro, Suelta de sus cabellos el tesoro.
LXXX.
Corre la nueva; y del furor tocadas Ya todas las matronas, desparcidas Las melenas al viento, sus moradas Dejan, buscando insólitas guaridas: Astas vibran de pámpanos ornadas, Y de rústicas pieles van vestidas; Otras dan voces de dolor. Blandea Amata en medio improvisada tea.
LXXXI.
Y anuncia á voces, con mirar de llama, De Lavinia y de Turno el himeneo; Y «¡Oid!» en brozno acento, «Oid,» exclama, «Oh matronas del Lacio, mi deseo: Si áun á la triste Reina amais que os ama, Si honrais fueros maternos, el arreo De las sienes al punto desatando Que órgias conmigo celebreis os mando.»
LXXII.
Así en los bosques, en feral desierto, Con estímulos báquicos incita Alecto á Amata; y como mira cierto Prender la llama que atizó maldita, Y en conflicto por ende y desconcierto Ve la real casa, y lo que el Rey medita, Hácia el rútulo audaz la Diosa triste Va en negras alas que su cuerpo viste.
LXXXIII.
Tiende ella el vuelo á la ciudad que él ama,-- La cual Dánae, traida á la ribera Al ímpetu del Noto, fundó, es fama, Con acrisios colonos. Ardea era Floreciente el lugar, Ardea hoy se llama: Cambió la suerte, el nombre persevera. Allí, mediada ya la noche umbría, En su excelsa mansion Turno dormia.
LXXXIV.
Deja Alecto su cuerpo horrible, deja Su apariencia furial; la toma humana; Ara con rugas mustia faz de vieja; Con venda ciñe la melena cana Y con rama de oliva; y ya semeja A Cálibe, al andar, ministra anciana De Juno y de su templo. De esta suerte Muéstrase á Turno, y voces tales vierte:
LXXXV.
«¡Turno! ¿y así permitirás que nada Te sirvan tantos méritos, y lleve Huésped dardanio en mengua de tu espada El cetro que en justicia se te debe? Aquel enlace y dote conquistada Por tí con sangre, el Rey te niega aleve: Y á un extranjero en tu lugar convida. ¡Vé, y por ingratos luégo expon tu vida!
LXXXVI.
»Vé, y los Tirrenos debelando fuerte, La paz á los Latinos asegura! Estos avisos mándame traerte Entre el descanso de la noche oscura, Saturnia poderosa. ¡Sús! despierte Tu ardor la juventud, y la conjura Los muros á dejar, de armas provista, Y haz que á los Frigios animosa embista!
LXXXVII.
»Tú á ésos, que yacen junto al bello rio, Y á sus pintadas naves fiero hostiga Con rayo abrasador. El labio mio Te enseña lo que el cielo á hacer te obliga. Latino propio si en infiel desvío Niega el pactado enlace, como amiga Probó tu mano ya, pruébela ahora Justiciera tambien y vengadora!»
LXXXVIII.
Burlándose el doncel de la adivina, «No ha faltado,» contesta, «cual supones, Nuncio que á la ribera tiberina Me avise que llegaron galeones. ¿Mas tú á notificarme de rüina A qué vienes con lúgubres ficciones? No ha puesto la alta Juno todavía En olvido mortal la causa mia.
LXXXIX.
»Ya: decrépita edad, y asombradiza De suyo la vejez, tu mente, ¡oh buena Mujer! con temorcillos martiriza, Y de especies fatídicas te llena Viendo entre reyes la empeñada liza. Cuidar las aras tu deber te ordena; Hazlo, y deja del reino á los magnates Acordar treguas ó librar combates.»
XC.
En cólera creciente se inflamaba Alecto oyendo á Turno; y Turno, yerta Paró la vista, áun bien de hablar no acaba: Espantosa vision le desconcierta, Convulsivo terror sus miembros traba. ¡Así disforme á demostrarse acierta La Furia, al propio sér vuelta de lleno! ¡Tanto silban las hidras de su seno!
XCI.
Y ya con vista que abrasando mata, Al jóven, que algo, en la ocasion estrecha, En balde de añadir medroso trata, Sus ojos tuerce y la intencion desecha; Y dos gemelos áspides desata De la crin ruda de serpientes hecha, Chasquéalos su mano, ira rebosa, Y esto agrega con boca ponzoñosa:
XCII.
«¡Mira la ilusa aquí, la asombradiza, Á quien el peso de los años, buena Mujer, con temorcillos martiriza! ¡La que de especies vanas anda llena Viendo entre reyes empeñada liza! Torna, torna á mirar, si no te apena: Furia soy de los reinos infernales; Guerras llevo en la mano y fieros males!»
XCIII.
Así diciendo, vengativa tea Al jóven lanza, en cuyo triste pecho Ya con negro fulgor hundida humea. En sudor copiosísimo deshecho, Que brota y cala, pavorosa idea Su letargo interrumpe; y ya en el lecho, Ya fuera, con voz ronca y mano brusca, Armas pide frenético, armas busca.
XCIV.
Y en sed de sangre criminal, en fiera Rabia arde loco. Así en sonante llama Los costados de férvida caldera Cerca y envuelve allegadiza rama: Siente el agua el ardor, bulle ligera, Y enciéndese, y borbota, y se derrama La desbordada espuma, y vuelto nube El cálido vapor al aire sube.
XCV.
Hé aquí á sus nobles contra el rey Latino, Rompida entre ambos pueblos la alïanza, Turno señala militar camino, Y armados los convoca á la venganza: A Italia defender es su destino, Y rechazar al invasor; que alcanza Por sí sola, dice él, la fuerza suya, A que el Latino ceje, el Teucro huya.
XCVI.
Hecho á los suyos Turno estas razones, Y á los Dioses pedido fuerza y guía, Entre sí los rutulios corazones A la lid se estimulan á porfía: Corren unos á armarse campeones Ricos de juventud y lozanía; Quiénes fieros con sangre régia, y quiénes Con brazo ilustre y triunfadoras sienes.
XCVII.
Turno inflama á los Rútulos; y vuela A los Teucros en tanto Alecto impía: Con nueva traza, al márgen va do anhela Tras las fieras Ascanio ó las espía; Y con violento ardor hace que huela Rastros de ciervo la sagaz jauría Que Ascanio lleva. Rústicos furores Aquí nacieron; y despues, horrores.
XCVIII.
Con altos cuernos y gentil figura, Temprano hurtado al maternal sustento, Hubo un ciervo á quien daban con ternura De Tirreo los hijos alimento-- Tirreo, aquel que en campos de verdura Custodiaba del Rey greyes sin cuento;-- Mas si querido á los mancebos era, Silvia ante todos en su amor se esmera.
XCIX.
Ama él su servidumbre, ella le adora: Plácida jóven, la enastada frente Con süaves guirnaldas le decora, Peina á su ciervo y lávale en la fuente: Manso á la mesa va de su señora, Ledo caricias de su mano siente; Ociosas horas en la selva pasa, Mas de noche, aunque tarde, vuelve á casa
C.
De la querencia, á la sazon, distante, Ansioso el ciervo de apacible frio, Sesteaba en la playa verdeante, Nadando á tiempos á merced del rio. Los podencos de Ascanio, allí cazante, Fieros le avientan con ardiente brio; Y á impulso Ascanio de ambicion inquieta, Lanza del combo arco una saeta.
CI.
Y dió acierto fortuna á su descuido; Que á herirle los ijares, por el viento Volando al ciervo fué con gran rüido La flecha aguda. El triste huye sangriento A la usada mansion, y con gemido Como quien llora y llama en su lamento, Entra en su establo, y los contornos llena Con los ecos dolientes de su pena.
CII.
Con las palmas los brazos se golpea, Y alza Silvia tristísimos clamores; Fué el primer llamamiento que á pelea Convocó los fornidos labradores. Ellos (pues ya invisible la ímpia Dea Sembrara en la ágria selva sus ardores) Al punto comparecen: éste saca Tizon agudo; aquél ñudosa estaca.
CIII.
Cuanto ha tomado, en armas lo convierte La rabia, y toma cuanto á mano mira. Con recias cuñas, con empuje fuerte, Tirreo á la sazon á hender aspira Un roble colosal. Y como advierte Amenazas venir, fuego respira Del hacha asiendo arrebatado, y llama Los suyos á su lado y los inflama.
CIV.
Volando en esto la terrible Diosa, Que alta el momento de dañar espía, Precipítase audaz, y el ala posa En la cumbre mayor de la alquería; Y desde allí la seña sonorosa Que á pastores reune, al aire fia, Y por el campo, con el corvo cuerno, Hace sonar los ecos del Averno.
CV.
Y el campo se estremece y la arboleda, Y atónita retumba selva anciana En són profundo; y aunque léjos queda, Oye el clamor el lago de Dïana, Y el Velino, y el Nar, que blanco rueda Pues de vertientes sulfurosas mana; Trémulas madres, al rumor del trueno, Apretaron los hijos contra el seno.
CVI.
Corren al són de la bocina insana Los rústicos, tomando armas á tiento; Corre, á auxiliar á Ascanio, la troyana Juventud en abierto campamento. Ordénanse las haces: no es villana Riña ya, ni se ostenta el ardimiento Con macizas estacas ó tizones; No; que blanden el hierro, y son legiones.
CVII.
Oscura miés de puntas encontradas El campo cubre, y en dudosa liza Reflejan en las nubes las espadas Del sol los rayos. Tal primero eriza El piélago sus ondas, y encrespadas, Más y más cada vez se encoleriza, Y encumbrándose, en fin, desde su asiento, Esforzado amenaza al firmamento.
CVIII.
Hé aquí, lidiando en avanzada hilera, Crujiente flecha á su garganta asida Almon cayó, que entre los hijos era De Tirreo, el mayor. La cruda herida Con la ferviente sangre que aglomera, La húmida voz y la delgada vida Extinguió del mancebo, á cuyos lados Muchos otros sucumben derribados.
CIX.
Allí murió Galeso, que intervino Medianero de paz, ¡infortunado! Rico en tierras cual no otro convecino, Él, viejo ilustre, y de virtud dechado: Contaba en sus dehesas de contino Rebaños cinco de mayor ganado Y cinco greyes de lanosa cria; Y el campo con cien yuntas revolvia.
CX.
Miéntras pugnaban con incierto marte, Firme en cumplir lo que á su fe se fia Habiendo Alecto por su fuerza y arte Comprometido en bélica porfía Y funeral destrozo á cada parte, Arrebola con sangre su alegría, Deja á Italia, veloz cruza la esfera, Y á Juno en voz de triunfo dice fiera:
CXI.
«Lo que ansiaste, atroz guerra, odios insanos, Te doy: sangre ha corrido: ahora, si puedes, ¡Vé, reconcilia á Ausonios y Troyanos! Más allá iré, si gracia me concedes: Azuzaré los pueblos comarcanos, Y atraeré sus auxilios con mis redes Al incendiado campo de la guerra: De armas, si faltan, sembraré la tierra!»
CXII.
«Basta de ardides y traspasos; tente!» Juno así respondió: «robusta nace Esta guerra por sí: sangre reciente Tiñe las armas que el furor les hace, Y trábalos él mismo en lid patente. Que á tan ardiente union y estrecho enlace Venga de Vénus la famosa casta Y el rey Latino mismo, ésto me basta.
CXIII.
»¡Y véte al punto! El que en Olimpo impera No ya en paz que siguieses llevaria Vagante Furia en superior esfera: Si áun hay algo que hacer, á mí lo fia.» Miéntras hablaba así Juno altanera, Con áspides Alecto descogia Las bramadoras alas, deja el cielo, Y al Cocito veloz despeña el vuelo.
CXIV.
Hay en mitad de Italia, sojuzgado De montes, noble sitio, por la fama En apartadas tierras celebrado, A quien valle Omnisanto el vulgo llama: Selva le ciñe de uno y otro lado Con medrosa negrura y densa rama; Y entre rocas, en óndico tumulto, Por el bosque un torrente suena oculto.
CXV.
Horrenda cueva allí la vista espanta, Á Pluton y sus reinos abertura: Roto Aqueronte, férvida garganta Gran vorágine abre, y nube oscura De vapores pestíferos levanta;-- Allí el odioso Númen su figura Escondió derribándose al profundo, Y su serenidad devuelve al mundo.
CXVI.
Entretanto á los bélicos furores Juno cuida poner última mano. A la ciudad los míseros pastores Acorren, y sin vida á Almon lozano Exponen; y esforzando los clamores, Hendido el rostro de Galeso anciano Enseñan; y cobrando la esperanza A los Dioses y al Rey piden venganza.
CXVII.
En medio al alegato se presenta Turno feroz, el cual de sangre y llama El terror con sus voces acrecienta: Que á reinar á los Teucros se les llama, Que frigia raza en su lugar se asienta, Y á él se pone á las puertas, dice, y brama; Y hacen parte con él hijos de aquellas Que de Amata en furor siguen las huellas.
CXVIII.
Miéntras las madres en vinosa danza Atropellan florestas y collados, (¡De una reina el ejemplo tanto alcanza!) Ellos de un númen infernal tocados, Convocan en tropel á la matanza, Contra el querer del Cielo y de los hados, Contra el temor de oráculos y agüeros; Y las puertas del Rey asedian fieros.
CXIX.
Cual peñon en los mares, él resiste; Como el peñon á quien con golpe rudo En fragor recio el oleaje embiste, Y él las ondas ladrantes oye mudo, Y escollos, rocas que la espuma viste Hirviente en derredor, los ve desnudo, Y firme mira, en sus costados rota, Ir y venir el alga que le azota.
CXX.
Yendo las cosas á merced de Juno, Al fin el mal consejo halló camino; Tál que, habiendo á los Dioses uno á uno Y á los vientos alígeros Latino Conjurado con votos importuno, «En ondas,» dice, «adversas el Destino Nos arrastra. Vosotros, homicidas, La impiedad pagareis con vuestras vidas.
CXXI.
»Á ti está reservado acerbo filo; Tarde á los Dioses volverás tu ruego, ¡Oh Turno desdichado! Yo al asilo Que abre la tumba á mi esperanza, llego; Sólo me privas de morir tranquilo!» Habló Latino, y encerróse luégo, Y á tristes pensamientos entregado, Las riendas abandona del Estado.
CXXII.
Fué en el Lacio costumbre;--los albanos Pueblos la honraron luégo; y la gran Roma, Hoy si á los Getas lleva ó los Hircanos Luto, ó sobre los Arabes asoma, Ó á Oriente ó á los Indos va lejanos, Ó enseñas propias á los Partos toma, Roma, abriendo á sus triunfos la carrera, En la misma costumbre persevera:--
CXXIII.
Y es así que dos puertas tiene iguales El templo que renombran de la Guerra, Por ritos consagrado inmemoriales, Y por Mavorte, que sangriento aterra: Guarnécenle cien barras, y son tales El bronce y hierro que lo mura y cierra, Que el tiempo destructor los muerde en vano; Y firme los umbrales guarda Jano:
CXXIV.
Y apénas el Senado la balanza Inclina por la guerra, ya, ceñida Romúlea toga á la gabina usanza, Vistoso el Cónsul presentarse cuida; Las chilladoras puertas abre, y lanza El grito que venganzas apellida: Le sigue el pueblo, y la guerrera pompa El clangor solemniza de la trompa.
CXXV.
Estas puertas de lúgubre destino, Rebelde chusma con furor tirano, Siguiendo la costumbre, al buen Latino Mandaba abrir contra el poder troyano; Mas á alargar el Padre no se avino Al ministerio vil la régia mano, Y en sombras ocultóse. El vacuo puesto La Reina de los Dioses llena presto.
CXXVI.
La cual del cielo rápida desciende, Y ella misma las puertas rechinantes Empuja, y los ferrados postes hiende. Italia, al punto, adormecida en ántes, En bélico furor toda se enciende: Quiénes á pié se ensayan; arrogantes Quiénes, en polvo envueltos, potros doman; Ya todos piden armas, armas toman.
CXXVII.
Y á las hachas dan filo, y pulimento Á los lisos escudos y saetas; Quieren banderas tremolar al viento, Que el viento hieran voces y trompetas: Renuevan, pues, al yunque el armamento Cinco ciudades, á porfía inquietas: Árdea, Atina potente, Crustumero, Y Antena torreada y Tíbur fiero.
CXXVIII.
Aperciben las cóncavas celadas, De cabezas reparo; adargas nuevas De varillas de sauce conformadas, Y corazas metálicas y grevas, Hecho el argento láminas delgadas; Y nadie ya ni en hoces ni en estevas Ocupa el pensamiento; que humillado Yace y se esconde el arte del arado.
CXXIX.
¿No ves cuál de sus padres los aceros Reforjan en el horno? El clarin suena; Pasa de mano en mano entre guerreros El símbolo marcial: aquél estrena Yelmo arrumbado en casa; aquéste fieros Potros á desusado yugo enfrena; Y la de triple franja, áurea loriga, Toma, el escudo fiel, la espada amiga.
CXXX.
¡Hora, Musas, abridme el Helicona, Mi númen sed! Qué jefes principales Corrieron á ganar triunfal corona Decid, qué gentes los siguieron; cuáles Nobles varones en la hesperia zona Ya florecian: honras desiguales Da Fama oscura á tan insignes hombres; Vosotras los sabeis, dictad sus nombres!
CXXXI.
Mezencio de los términos tirrenos, De los Dioses reidor, primero vino, Y armó los suyos de coraje llenos: Lauso con él, mancebo peregrino, El cual gallardo sobre todos, ménos Turno, se ostenta, y de otro rango dino; Hábil jinete y cazador de fieras: ¡Nunca hijo de Mezencio, ay triste, fueras!
CXXXII.
De Agilina mil hombres sacó en vano Lauso infeliz. En pos de estas legiones Noble Aventino en el gramoso llano Su carro y sus indómitos bridones Lanza, con palma triunfadora ufano: De Hércules la hermosura y los blasones Heredó, y á su escudo da ornamento Hidra ceñida de culebras ciento.
CXXXIII.
Dióle á luz en las sombras del collado Que, como él, goza el nombre de Aventino, Rea, sacerdotisa, que al agrado Cedió, débil mujer, de un sér divino, Luégo que, habiendo á Gerïon postrado, A las regiones de Laurento vino El semidios, y en tiberinas olas En paz lavó sus vacas españolas.
CXXXIV.
Trae el hijo de Alcídes su vestido, Que ancho los hombros y hórrido cubriendo Arrastra en puntas á los piés partido: Piel que muestra, á su frente adorno horrendo, Los albos dientes de un leon vencido Tal á su regio alcázar va tremendo Aventino marchando. Sus peones Menean fieros dardos y rejones;
CXXXV.
Y la sabina pica aterradora Blandiendo van. Tras éstos, dos hermanos Dejan, Catilo y el fogoso Cora, Argiva copia, jóvenes lozanos, Los tiburtinos muros que decora Nombre fraterno; y á lidiar insanos Acorren, y con armas delanteras A romper del contrario las hileras.
CXXXVI.
Hijos de nubes dos Centauros, cuando De níveas cumbres rápidos descienden. Así, ancho espacio abriendo, resonando, Arbustos postran y la selva hienden. Tambien Céculo vino con su bando, Fundador de Preneste, el cual entienden Todos los siglos que entre vil ganado Nació, y fué pronto junto al fuego hallado.
CXXXVII.
De todas partes campesina hueste Al Rey se adscribe que engendró Vulcano: Los que tratan las cimas de Preneste, Los que de Gabia, á Juno grata, el llano; Los que el gélido Anio, y el agreste Hérnico monte con arroyos cano; Los que las tierras de la rica Anaña; Padre Amaseno, y las que tu onda baña.
CXXXVIII.
No armados todos van de firme hoja, Ni hacen ellos sonar carro y escudo: Gente es que en balas pardo plomo arroja; Algunos blanden doble dardo agudo: De piel de lobo capellina roja Les defiende la sien: de cuero crudo Lleva el derecho pié cerrada abarca; Desnudas huellas el izquierdo marca.
CXXXIX.
Gran domador de potros vino luégo Mesapo, el hijo de Neptuno: el hado Le protege, y ni á espada ni con fuego Su sacra vida vulnerar es dado. Él á su pueblo, en secular sosiego A pacíficas artes avezado, A la guerra de súbito apellida, Empuñando el primero arma homicida.
CXL.
Forman la multitud que le acompaña Los que el suelo Falisco y Fescenino, Los que el alto Soracte, y la campaña Flavinia, y lago y bosques de Cimino Tratan, y de Capena la montaña. Más que terrestre, ejército marino, No de hombres, sino de aves le creyeras, Movidas con estruendo á las riberas.
CXLI.