Eneida; v. 2 de 2

Part 4

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Barreto Feio era consumado latinista, como lo acreditó en sus versiones de Salustio y Tito Livio, y se distingue más que el otro Barreto por su constante adhesion al texto, así en la sustancia como en la diccion. Aun así, es bastante inferior á Odorico Mendes.

(_qqq_) José Bonifacio de Andrade y Silva (á quien se atribuye parte en el poema _Reino de la estupidez_ con Francisco de Mello Franco) dejó inédito (á su muerte, acaecida en 1838) alguna parte de la _Eneida_, traducida y comentada.

(_rrr_) «_Eneida Brazileira ou Traducção Poetica da Epopéa de Publio Virgilio Maro. Por Manuel Odorico Méndes, da cidade de S. Luis de Maranhão. Paris Na Typographia de Rignoux_, 1854.»

4.º 392 pp. Los preliminares son un prólogo y una advertencia, donde el traductor anuncia que seguirá el texto de la Rue. A cada libro siguen _notas_ en que Odorico Mendes se muestra muy al tanto de los últimos trabajos extranjeros sobre Virgilio.

Traduccion notable por la perfecta inteligencia del original y por la concision, en favor de la cual no esquiva Odorico Mendes palabras compuestas, latinismos y audaces inversiones. Traduce, por ejemplo, el

. . . . . . . . . _femineo ululatu_ _Tecta fremunt_. . . . . . . . . . . .

_Com femineo ululado os tectos fremem._

--«_Virgilio Brazileiro ou traducçào do poeta latino._ Paris, na Imp. de W. Renquet y Compañía (1838.) 8.º mayor, 800 pp.»

Con muchas variantes y notas, y un prólogo laudatorio de Borges de Figueiredo. Los 901 exámetros del original están traducidos en 9.944 endecasílabos.

(_sss_) Juan Gualberto Ferreira dos Sanctos, profesor en Bahía, publicó una traduccion de los libros IV y VI de la _Eneida_, que quizá esté incluida en sus _Poesias_ (Bahía, 1833, 4 tomos).

(_ttt_) Cárlos Norris publicó _Interpretaçào da Eneida de Virgilio, Principe dos poetas latinos... Lisboa, na off. Silviana_, 1855. 8.º, VIII+173 pp. No la he visto más que citada por Inocencio da Silva. Tiene poca ó ninguna fama.

M. MENÉNDEZ PELAYO.

ENEIDA

ENEIDA.

LIBRO SÉPTIMO.

I.

Tú, del troyano capitan nodriza, Tambien, Cayeta, á nuestras playas nombre Impusiste muriendo, que eterniza Tu fama, y hace que al lugar asombre: El sepulcro que guarda tu ceniza En la Hesperia mayor, aquel renombre Léjos le avisa y firme le señala, Y con póstuma gloria te regala.

II.

Hechos, pues, los piadosos funerales, Erigido de tierra un monumento, Las altas olas contemplando iguales Tornó Enéas al líquido elemento. Ministras de la noche las geniales Auras la anuncian con creciente aliento, Y sendas alumbrando á la fortuna Rïelan sobre el mar rayos de luna.

III.

No distante de allí la costa yace Do Circe, hija del Sol, potente mora; Y ya de dia con sus cantos hace Sonar sus altos bosques; ya á deshora Su alcázar regio iluminar le place Con el cedro oloroso que atesora, Y ella misma tejiendo se desvela Con el peine sonoro rica tela.

IV.

Allí rugen leones, que furiosos En la noche reluchan en cadena: Allí erizados jabalíes, y osos, En jaula que sus ímpetus enfrena, Se embravecen: aullidos dolorosos Horribles lobos dan; el bosque suena: ¡Ay! ¡hombres fueron ya, monstruos ahora! Con hierbas los mudó la encantadora.

V.

Neptuno que tan duro mal probasen Los piadosos Troyanos no querria, No, que á esas playas pérfidas tocasen; Un viento largo á la sazon envía, Y así concede que volando pasen Tras el hórrido golfo. Nuevo dia En su carro gentil la rubia Aurora Anuncia en tanto, y horizontes dora.

VI.

Calláronse las auras de repente, Muda y sólida calma sobrevino; Clavados en el mármol resistente Bregan los remos por abrir camino. Vido Enéas en esto un bosque ingente, Y al Tibre, que por él al mar vecino, Bullente en ondas, rojo con la arena, Trae sus aguas en corriente amena.

VII.

Por cima allí y á par de las orillas Cantan con dulce pico alborozadas Y al bosque vuelan miles de avecillas Que en la sombra recatan sus moradas. Holgóse Enéas, y mandó las quillas Inclinar á las playas deseadas; Y alegre de ocuparlas, al umbrío Hospicio acude ya del bello rio.

VIII.

De los reyes del Lacio tú la lista Muéstrame, Erato: lo que el Lacio era, Tiempo es ya que presentes á mi vista, Aun ántes que á sus playas extranjera Nave arribase. Tú de la conquista El orígen descubre, y yo esa éra, Yo esa historia marcial diré en mi canto, ¡Musa! si ya á mi voz concedes tanto.

IX.

Guerras, hórridas guerras y legiones He de cantar: de furia el pecho lleno, Convertidos los reyes en leones: Congregado el ejército tirreno: Volando de la Hesperia los varones A las armas: de Hesperia rojo el seno. Nuevo cuadro á mi ojos resplandece; Crece el asunto y la osadía crece.

X.

Campos, ciudades florecer veia Anciano, en paz antigua, el rey Latino: Él de Fauno y Marica procedia, Ninfa aquélla de orígen laurentino; Pico de Fauno padre sido habia, Y de Pico el orígen fué divino; Tú, Saturno, su padre: por primero Autor te aclaman del linaje entero.

XI.

No fué el monarca, si felice, abuelo Ni padre de varones: muerte fiera Quitóle en flor por voluntad del cielo El único varon que le naciera. Daba á Latino en su vejez consuelo, De sus reinos opimos heredera, Sola una hija en su estancia poderosa, Ya en sazon llena para ser esposa.

XII.

Del Lacio y toda Ausonia, á la doncella Muchos pretenden. A su afecto tierno Aspira, y bizarrísimo descuella Turno entre todos, del blason paterno Opulento heredero. Para ella Le quiere esposo, y ya elegido yerno Le ve la Reina; mas proyectos tales Tropiezan con visiones funerales.

XIII.

Al raso, en medio del palacio, habia Rico en sacro follaje un lauro anciano, Que en años veneró la gente pia. Es fama que Latino por su mano En dedicarle á Febo holgóse un dia No bien le halló, cuando en el campo llano Echaba á sus alcázares cimiento; Y de ahí á la ciudad nombró _Laurento_.

XIV.

Hé aquí, de este árbol á ocupar la cima, Mil abejas bajaron de repente, Y, por los piés trabadas, se arracima El ruidoso tropel, y así pendiente Quedó de un ramo. «Á nuestra costa arrima Varon extraño con armada gente», Cantó un augur: «de do el enjambre vino, Vendrá la muerte del poder latino.»

XV.

Yendo otra vez, y el genitor con ella, En el ara á encender con mano pura Místicas luces la rëal doncella, Vióse súbita chispa que fulgura Sobre el suelto cabello, y baja y huella, No sin ruido, la blanca vestidura, Y el velo regio y la diadema ardia Opulenta del oro y pedrería.

XVI.

En humo envuelta y rojos resplandores Esparce ella despues lampos de llama Por muros, techos. Fúnebres temores El suceso en los ánimos derrama; Que si aquellos prodigios superiores A ella prometen dizque gloria y fama, Guerra amenazan á la Patria. En eso Cava Latino, de terror opreso.

XVII.

Fauno ocurre á su mente: el Rey la planta Mueve al gran bosque en cuyas sombras cela Su armonioso raudal la Albúnea santa; Mefítico vapor en torno vuela: Que allí del tiempo venidero canta El vatídico padre, y lo revela; Italia, Enotria toda, allí sus pasos Guian en tristes dudas y arduos casos.

XVIII.

De noche el sacerdote que sus dones Allí á ofrecer acude reverente, Si al descanso, tendiéndose en vellones De inmoladas ovejas, da la mente, Ve en sueños revolarle apariciones Peregrinas; delgadas voces siente; Habla con Dioses, y su mudo acento Penetra de Aqueronte el hondo asiento.

XIX.

Fué allí sus dudas á calmar Latino; Y habiendo, segun rito, degollado, En obsequio al oráculo divino, Cien lanudas ovejas, acostado En sus pieles dormia; cuando vino Súbita y misteriosa voz del lado Más secreto del bosque: «¡Prole mia! De ajustados enlaces desconfía.

XX.

»Tú de una hija la mano á descendiente Itálico no des. Foráneo yerno, Su linaje empalmando con tu gente, Hará nuestro renombre sempiterno. Él nacion fundará grande y potente; Tal, que el espacio que en dominio alterno Sobre un mar y otro mar el sol rodea, Todo á sus piés se humille y suyo sea.»

XXI.

Latino mismo estos avisos, dados En la callada noche, no recata; Y de Ausonia por campos y poblados Ya la alígera Fama los dilata: Ella daba la vuelta á los Estados Del Rey, en los momentos en que ata La juventud troyana el hueco leño Al promontorio aquél verde y risueño.

XXII.

Enéas, los caudillos principales Y Ascanio yacen en la sombra amiga Con que, sus ramos prolongando iguales, Árbol excelso la campaña abriga. Tortas de flor extienden, cereales Manteles (Jove mismo les instiga) Que con frutas silvestres luégo acrecen, Para encima poner viandas que cuecen.

XXIII.

Mas no al hambre la cena satisface; Ojos se van y manos tras la monda Delgada Céres que tendida yace: Voraz diente á los panes la redonda Márgen y abiertos cuartos roe y pace, Que significacion entrañan honda; Y «¡Aun las mesas se come el hambre aguda!» Yulo clamó, sin que al misterio aluda.

XXIV.

Fué esta voz primer nuncio que declara Á los Teucros ventura. El padre al hijo La palabra quitóle; mas se pára Con asombro, un instante, y regocijo, Y recobrado, «¡Salve, Tierra cara!» Y «¡oh Penates de Troya, gracias!» dijo: «Cumplióse el voto: el lance aquí me muestra La anunciada heredad, la patria nuestra!

XXV.

»Ya de estos milagrosos accidentes Mi amado genitor me dió la clave: «Cuando el hambre aguzando edaces dientes »(Pegada á playa incógnita tu nave) »Haga que tras las viandas te apacientes »De las mesas, tu voz al Cielo alabe, »Que patria hallaste; y con alegre pecho »Pon allí muro propio y dulce techo.»

XXVI.

»Hé aquí el hambre temida: de cuidados Término justo y de cruel destino. Animo, pues: del sueño recreados, Con el albor primero matutino De aquí saldremos por diversos lados El país á explorar circunvecino: Quiénes son de estos términos los amos; Qué campos pueblan, qué ciudad, sepamos.

XXVII.

»Hora en honor de Júpiter clemente Bebed; á Anquíses invocad; más vino!» Hablaba Enéas, y la noble frente Ceñida ostenta en ramo peregrino. Primero á la alma Tierra, y del presente Lugar invoca al Protector divino; Las Ninfas á que el bosque da guaridas; Rios sin nombre y fuentes escondidas.

XXVIII.

Á la Noche despues y sus fanales, Á Cibéles y á Júpiter de Ida; Y á sus padres, que moran inmortales Cielo y Erebo, en órden apellida. Jove tres veces, en momentos tales, Desde lo alto del cielo truena, y cuida Mostrar en medio del fragor sonoro Nubes de fuego y ráfagas de oro.

XXIX.

Al Dios el pueblo atónito veia Blandir él propio el nimbo rutilante. Rumor que de fundar llegó ya el dia La anhelada ciudad, en un instante Circula y crece. Todos á porfía, Orgullosos de agüero tan brillante, Renuevan las gozosas libaciones Y con flores de Baco ornan los dones.

XXX.

Con el primer albor del nuevo dia Van, costa y lindes á explorar: los vados Estos son de Numicio; ésta es la ria Del Tibre: campos éstos son poblados Por los fuertes Latinos. Cauto envía Cerca del Rey augusto cien legados Enéas, que en sus tercios selecciona; Y ya el árbol de Pálas les corona.

XXXI.

Cargados de presentes, mensajeros De paz, que da á sus sienes verde gala, A la vecina capital ligeros Marchan. Enéas mismo allí se instala; Y ya con zanja humilde los linderos De la futura poblacion señala, Y cual ciñendo un campamento, ordena Tender la empalizada, alzar la almena.

XXXII.

Ya los nuncios, al fin de su jornada, Ven las casas y torres presumidas, Y ascienden á los muros. A la entrada Y en torno á la ciudad, corre en partidas Alegre juventud: regir le agrada Potros y carros con mañosas bridas; Y con rígidos arcos y ligeras Flechas, tiros ensayan y carreras.

XXXIII.

Tomó uno de á caballo á su cuidado Trasmitir nuevas tales al oido Del viejo Rey: acorre; haber llegado Unos hombres, anuncia, con vestido Peregrino, de cuerpo agigantado. Que á su presencia vengan, comedido Latino manda. «Al punto,» dice, «oirélos;» Y va el trono á ocupar de sus abuelos.

XXXIV.

Fábrica en cien columnas sustentada, Grande, augusta, soberbia, en una altura De la ciudad descuella; consagrada Por religion antigua y selva oscura. De Pico Laurentino real morada Fué antaño. Por presagio de ventura Allí los nuevos reyes recogian El cetro y fasces que al poder se fian.

XXXV.

Templo era y tribunal: en sus altares Corderos inmolando, los señores De la corte á gustar sacros manjares Sentábanse en contínuos cenadores. Cada príncipe vió las tutelares Imágenes allí de sus mayores El vestíbulo ornar, nobles y enhiestas, Obras de antiguo cedro, en órden puestas.

XXXVI.

Ítalo allí; y aquel que al italiano Suelo trajo la vid, el buen Sabino, A quien, áun hora, figurado anciano, La corva hoz le asoma, autor del vino: El gran Saturno y el bifronte Jano Muestran, callando, su poder divino: Otros reyes les siguen, con heridas Marciales, por la patria recibidas.

XXXVII.

De antiguos triunfos testimonios mudos, Hay en los sacros postes mil despojos: Armaduras suspensas, penachudos Yelmos, corvas segures ven los ojos: Ven sin número allí dardos y escudos, Ven de puertas grandísimos cerrojos; Cautivos carros, y espolones graves Quitados por valientes á las naves.

XXXVIII.

Pico, de potros domador ufano, Con trábea corta, allí tambien se muestra, Báculo quirinal tiene en la mano, Sentado, y sacra adarga en la siniestra: Pico, á quien ya, de ardor tocada insano, Hirió con vara de oro maga diestra, Circe, amante cruel; con hierbas malas Mudóle en ave y le pintó las alas.

XXXIX.

En este, pues, de Dioses templo digno, De sus abuelos en el rico trono, El Rey audiencia concedió benigno. Entraron los legados, y él con tono Manso y afable, de clemencia signo, «Hablad, Dardanios; vuestro ruego abono,» Les dice: «ántes que vistos anunciados, Yo vuestro oriente sé, sé vuestros hados.

XL.

»Mas ¿cuál deliberada causa, ó ciega Necesidad á nuestra costa impele Y á puerto ausonio vuestra escuadra apega? ¿Fué que el rumbo perdisteis? ¿Ó, cual suele Avenir al que en alta mar navega, Tras rodear tan largo, al leño imbele Embistió ronca tempestad? Propicio, Siempre, tendreis en nuestra casa hospicio.

XLI.

»Á los Latinos apreciad: lejanos De pacto escrito y de penal violencia, En dulce paz cultivan como hermanos Antiguos usos, de Saturno herencia. Y ya entre los Auruncos hallé ancianos Que, si bien entre sombras (influencia Envidiosa del tiempo), en la memoria Aun guardasen de Dárdano la historia.

XLII.

»Fué de ésta, dicen, suya, á patria ajena; Fué á las frigias ciudades, cabe el Ida, Y de la tracia Sámos el arena Honró, que hoy Samotracia se apellida: Dejó á Corito y su mansion tirrena; Y en el celeste alcázar ya le anida Aureo solio que esmaltan luminares, Y goza él, nuevo Dios, culto y altares.»

XLIII.

«Sangre ilustre de Fauno, gran Latino!» Palabras tales respondió Ilioneo: «No aquí impelida nuestra flota vino Por rudo soplo en agitado ondeo; Estrella no torció nuestro camino, Ribera no engañó nuestro deseo: Trajo nuestros bajeles á esta rada Concorde voluntad nunca arredrada.

XLIV.

»De la nacion mayor que peregrino Viniendo de los límites de Oriente El sol miraba, nos lanzó el destino. Tiene en Jove principio nuestra gente; La juventud dardania del divino Abolengo se precia. A aquella fuente El que á tí nos envía está cercano, Hijo de Diosa, Enéas, Rey troyano.

XLV.

»Cuántas nubes de muerte de Micénas Á asolar fueron la ciudad troyana; Cuál lucharon al pié de sus almenas Asia y Europa con crueza insana, Lo sabe el que las últimas arenas Pisa do va á quebrarse espuma cana; Lo sabe á quien la zona ancha intermedia Aisla, y sol abrasador asedia.

XLVI.

»Despues de aquel diluvio y largo viaje, Sobrio asilo en tus costas, lo que asombre Nuestros Dioses, pedimos, y hospedaje: El aire y agua, propiedad del hombre. No será al reino nuestro ingreso ultraje; Crecerá nuestro amor y tu renombre: ¡Si á Troya, Ausonios, vuestro seno abriga, No la vereis ingrata ni enemiga!

XLVII.

»Y esto lo juro por lo que es Enéas; Por su diestra, no ménos ya probada En sellar pactos que en vencer peleas. Muchos pueblos--tenernos en nonada Excusa, ¡oh Rey!, aunque extender nos veas En las manos la oliva; aunque embajada De súplicas traigamos--gentes muchas Ligas nos propusieron y no luchas.

XLVIII.

»Mas por divina voluntad guiados A los bordes venimos de tu imperio: A la cuna de Dárdano los hados Traen los nietos de Dárdano. Con serio Ordenamiento, á los tirrenos prados Que honra el Tibre, y, envueltas en misterio, Nos mueve á las vertientes de Numico, El sabio Apolo, de promesas rico.

XLIX.

»Que en prenda de concordia aceptes fia Los breves restos de la Patria cara, Memorias de otra edad, quien los envía: Vé en qué oro libó Anquíses en el ara; Mira cuáles, si al pueblo reunia, En su alto tribunal cetro y tïara Príamo usaba, y el bordado arreo Por damas de Ilïon.» Habló Ilioneo.

L.

Suspenso el Rey le escucha; mas no tanto, Miéntras, bajos los ojos, con prolija Pausa los vuelve, en el purpúreo manto, Ni en el cetro rëal la atencion fija: Ideas tales no le ocupan, cuanto El proyectado enlace de la hija; Y la voz del oráculo elocuente Revuelve pensativo allá en su mente.

LI.

«Que éste es,» se dice, «el anunciado yerno Con quien mi cetro he de partir, medito; El que hará de su raza el nombre, eterno, Y de su imperio el ámbito, infinito.» «Vos el augurio que feliz discierno,» Exclama luégo con gozoso grito, «Dioses, sellad, y coronad mi idea! Troyano, en lo que á tí, cual pides sea.

LII.

»Ni menosprecio el dón. Miéntras Latino Impere, no de fértiles terrenos Opimos frutos, de Ilïon divino Magnificencias no echareis de ménos. Y ¡oh! si unir con el nuestro su destino, Si hospedaje leal, dias serenos Anhela vuestro Rey, ¿por qué me niega De verle el gozo, y ante mí no llega?

LIII.

»Ojos amigos le verán; y en muestra De la alïanza que firmar decido, Estrecharé su diestra con mi diestra. Id, y en mi nombre referidle, os pido, Que una hija tengo que en la patria nuestra Hallar no puede para sí marido; Con profética voz glorioso abuelo, Con visiones de horror lo impide el Cielo.

LIV.

»Vendrá yerno extranjero á mi palacio; Me le anuncia infalible profecía: En él sus esperanzas finca el Lacio; Y él, su raza empalmando con la mia, De nuestro nombre llenará el espacio: Por tal el hado á vuestro Rey me envía; Créolo, y si es verdad lo que adivino, Lo anhela el corazon.» Habló Latino.

LV.

Y manda que, uno á uno, á los Troyanos Lleven sendos caballos: de trescientos Que en reales cuadras hay, los más lozanos. Con púrpura y bordados paramentos Y colleras riquísimas ufanos Van los ágiles brutos, opulentos Con el profuso aurífero tesoro, Y el bocado volviendo, muerden oro.

LVI.

Hermoso carro para el Rey ausente, Y dos potros con él, despacha luégo, Que, renuevos de eléctrica simiente, Por la abierta nariz despiden fuego: Los bridones del Sol secretamente Sagaz con yegua oculta á fértil juego Circe movió: fruto éstos de esa traza, Bastardos brotes son de etérea raza.

LVII.

Así, en régios corceles caballeros Y de régias mercedes abrumados, Portadores de paz, ya mensajeros, Tornaban á su campo los legados. Partiendo, á la sazon, de los linderos Argivos, con los céfiros alados Volando va de Júpiter la esposa En su carro gentil soberbia Diosa.

LVIII.

Y léjos, desde el sículo Paquino, Ve ledo á Enéas; ve á su gente, dada, En la tierra á quien fia su destino, Bases á echar de sólida morada, Las naves olvidando. En su camino Paróse adolorida y asombrada La Diosa, y meneando la cabeza, Sola consigo á razonar empieza:

LIX.

«¡Oh raza aborrecida! ¡Oh frigios hados, Por siempre opuestos á los hados mios! ¡Qué! ¿Cautivos quedar, y no estorbados? ¿Eso logran? ¿Sin fuerza, y no sin bríos? ¿Ilesos de sus muros abrasados Salir, y de las hondas de sus rios? ¿Y entre aceros y llamas, ruina y muerte, Hallar camino y restaurar la suerte?

LX.

»¡Á bien que de venganzas satisfecha Yo, ó cansada de odiar, desistiria! Luégo que el hado de Ilïon los echa, Prófugos restos, á la mar bravía, Mi cólera en las olas los estrecha, Les cierro á toda empresa toda via, Y armada, último golpe, les afronto Con las iras del cielo y las del ponto!

LXI.

»¿Qué me sirvió Caríbdis vasta, ó Scila, Ni qué las Sirtes? La nacion troyana Libre del mar, respecto á mí tranquila, Ya el Tibre deseado ocupa ufana. ¡Y á los Lápitas fieros aniquila Marte! ¡y en manos pone de Dïana Jove á los Calidonios por perdellos! ¿Cuál el gran crímen fué de éstos ó aquéllos?;

LXII.

»¡Y yo, esposa de Júpiter, que empleo Cuanto recurso da el furor; que ensayo Cuanto plan dicta el odio, ¿qué granjeo? ¡Ser de Enéas vencida!... ¡Aun no desmayo! Ajena mano, si en la lid flaqueo, Irá á encender de mi venganza el rayo; Y si el Cielo á mover mi voz no alcanza, Empeñaré al Averno en mi venganza!

LXIII.

»No ya el imperio del país latino, Ni de Lavinia la ofrecida mano (Si así inflexible lo ordenó el destino), Quitar pretendo al príncipe troyano. Mas yo estorbos sin cuento en su camino, Yo pondré entre ambas razas odio insano; A ambos reyes tan caro así les cueste Ser yerno éste de aquél, suegro aquél de éste!

LXIV.

»La sangre de dos pueblos es tu dote, Y madrina á tu union Belona asiste, Vírgen!... Hacha nupcial que incendios brote, Hécuba, no tú sola concebiste; Que tambien de dos pueblos para azote, De Páris ominoso copia triste, Nació el hijo de Vénus. Boda nueva Ya á Troya renaciente estragos lleva.»

LXV.

Dijo, y el carro la soberbia Diosa Con rápido descenso inclina á tierra; Y de aquella region que tenebrosa Las hermanas frenéticas encierra, Evoca á la ímpia Alecto, que rebosa En fraudes, iras y rencor de guerra; Que todo crímen é intencion dañada Tiene en ella su nido y su morada.

LXVI.

Horrible es entre monstruos infernales; Pluton mismo su padre, y las hermanas Tartáreas la detestan; ¡visos tales Y tantas apariencias inhumanas Toma y muda, afligiendo á los mortales! ¡En serpientes tan ásperas é insanas El crin le abunda que su cuello eriza! Juno á hablarle empezó, y así la atiza:

LXVII.

«Tú sola, hija de la Noche, puedes Conseguir lo que imploro; ¡oh vírgen! fio Que en tan estrecha coyuntura, vedes Que sucumba mi honor y el poder mio: No dejes tú que, entre nupciales redes de Latino envolviendo el albedrío, A mansalva el troyano aventurero Los ítalos confines tome artero.

LXVIII.