En las orillas del Sar

Part 3

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El sol calentaba su lóbrega cueva, Piadosa velaba su sueño la luna, El árbol salvaje le daba sus frutos, La fuente sus aguas de grata frescura.

Bien pronto los rayos del sol se nublaron, La luna entre brumas veló su semblante; Secóse la fuente y el árbol nególe, Al par que su sombra, sus frutos salvajes.

Dejando la sierra buscó en la llanura De otro árbol el fruto, la luz de otro cielo; Y á un río profundo de nombre ignorado, Pidióle aguas puras su labio sediento.

¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche, La sed que atormenta y el hambre que mata, ¡Ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río, Le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.

Y en tanto el olvido, la duda y la muerte Agrandan las sombras que en torno le cercan, Allá en lontananza la luz de la vida, Hiriendo sus ojos feliz centellea.

Dichosos mortales á quien la fortuna Fué siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio! Si veis tantos seres que corren buscando Las negras corrientes del hondo Leteo.

LOS ROBLES

I

Allá en tiempos que fueron, y el alma Han llenado de santos recuerdos, De mi tierra, en los campos hermosos, La riqueza del pobre era el fuego; Que al brillar, de la choza en el fondo, Calentaba los rígidos miembros Por el frío y el hambre ateridos, Del niño y del viejo.

De la hoguera sentados en torno, En sus brazos la madre arrullaba Al infante robusto; Daba vuelta, afanosa la anciana En sus dedos nudosos, al huso, Y al alegre fulgor de la llama, Ya la joven la harina cernía, Ó ya desgranaba Con su mano callosa y pequeña, Del maíz las mazorcas doradas.

Y al amor del hogar calentándose En invierno, la pobre familia Campesina, olvidaba la dura Condición de su suerte enemiga; Y el anciano y el niño, contentos En su lecho de paja dormían, Como duerme el polluelo en su nido Cuando el ala materna le abriga.

II

Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto En tierra cayeron Encinas y robles! Y á los rayos del alba risueña, ¡Qué calva aparece La cima del monte!

Los que ayer fueron bosques y selvas De agreste espesura, Donde envueltas en dulce misterio Al rayar el día Flotaban las brumas, Y brotaba la fuente serena Entre flores y musgos oculta, Hoy son áridas lomas que ostentan Deformes y negras Sus hondas cisuras.

Ya no entonan en ellas los pájaros Sus canciones de amor, ni se juntan Cuando mayo alborea en la fronda Que quedó de sus robles desnuda. Sólo el viento al pasar trae el eco, Del cuervo que grazna, Del lobo que aúlla.

III

Una mancha sombría y extensa Borda á trechos del monte la falda, Semejante á legión aguerrida Que acampase en la abrupta montaña Lanzando alaridos De sorda amenaza.

Son pinares que al suelo desnudo De su antiguo ropaje le prestan Con el suyo el adorno salvaje Que resiste del tiempo á la afrenta Y corona de eterna verdura Las ásperas breñas.

Árbol duro y altivo, que gustas De escuchar el rumor del Océano Y gemir con la brisa marina De la playa en el blanco desierto, ¡Yo te amo!, y mi vista reposa Con placer en los tibios reflejos Que tu copa gallarda iluminan Cuando audaz se destaca en el cielo, Despidiendo la luz que agoniza, Saludando la estrella del véspero.

Pero tú, sacra encina del celta, Y tú, roble de ramas añosas, Sois más bellos con vuestro follaje Que si mayo las cumbres festona Salpicadas de fresco rocío Donde quiebra sus rayos la aurora, Y convierte los sotos profundos En mansión de gloria.

Más tarde, en otoño, Cuando caen marchitas tus hojas, ¡Oh roble!, y con ellas Generoso los musgos alfombras, ¡Qué hermoso está el campo! La selva, ¡qué hermosa!

Al recuerdo de aquellos rumores Que al morir el día Se levantan del bosque en la hondura Cuando pasa gimiendo la brisa Y remueve con húmedo soplo Tus hojas marchitas, Mientras corre engrosado el arroyo En su cauce de frescas orillas, Estremécese el alma pensando Dónde duermen las glorias queridas De este pueblo sufrido, que espera Silencioso en su lecho de espinas Que suene su hora Y llegue aquel día En que venza con mano segura, Del mal que le oprime, La fuerza homicida.

IV

Torna roble, árbol patrio, á dar sombra Cariñosa á la escueta montaña Donde un tiempo la gaita guerrera Alentó de los nuestros las almas; Y compás hizo al eco monótono Del canto materno, Del viento y del agua, Que en las noches de invierno al infante En su cuna de mimbre arrullaban. Que tan bello apareces, ¡oh roble!, De este suelo en las cumbres gallardas Y en las suaves graciosas pendientes Donde umbrosas se extienden tus ramas, Como en rostro de pálida virgen Cabellera ondulante y dorada, Que en lluvia de rizos Acaricia la frente de nácar.

¡Torna presto á poblar nuestros bosques; Y que tornen contigo las hadas Que algún tiempo á tu sombra tejieron, Del héroe gallego Las frescas guirnaldas!

* * *

Alma que vas huyendo de ti misma, ¿Qué buscas, insensata, en las demás? Si en ti secó la fuente del consuelo, Secas todas las fuentes has de hallar. ¡Que hay en el cielo estrellas todavía, Y hay en la tierra flores perfumadas! ¡Sí!... Mas no son ya aquellas Que tú amaste y te amaron, desdichada.

***

Cuando recuerdo del ancho bosque El mar dorado De hojas marchitas que en el otoño Agita el viento con soplo blando, Tan honda angustia nubla mi alma, Turba mi pecho, Que me pregunto: —¿Por qué tan terca, Tan fiel memoria, me ha dado el cielo?

***

Del antiguo camino á lo largo, Ya un pinar, ya una fuente aparece, Que brotando en la peña musgosa Con estrépito al valle desciende. Y brillando del sol á los rayos Entre un mar de verdura se pierden, Dividiéndose en limpios arroyos Que dan vida á las flores silvestres Y en el Sar se confunden, el río Que cual niño que plácido duerme, Reflejando el azul de los cielos, Lento corre en la fronda á esconderse.

No lejos, en soto profundo de robles, En donde el silencio sus alas extiende, Y da abrigo á los genios propicios, Á nuestras viviendas y asilos campestres, Siempre allí, cuando evoco mis sombras, Ó las llamo, respóndenme y vienen.

***

Ya duermen en su tumba las pasiones El sueño de la nada; ¿Es, pues, locura del doliente espíritu, Ó gusano que llevo en mis entrañas?

Yo sólo sé que es un placer que duele, Que es un dolor que atormentando halaga, Llama que de la vida se alimenta, Mas sin la cual la vida se apagara.

***

Creyó que era eterno tu reino en el alma, Y creyó tu esencia, esencia inmortal; Mas, si sólo eres nube que rueda, Ilusiones que vienen y van, Rumores del onda que pasa y que muere Y nace de nuevo y vuelve á rodar, Todo es sueño y mentira en la tierra, ¡No existes, verdad!

***

Ya siente que te extingues en su seno, Llama vital, que dabas Luz á su espíritu, á su cuerpo fuerzas, Juventud á su alma.

Ya tu calor no templará su sangre, Por el invierno helada, Ni harás latir su corazón, ya falto De aliento y de esperanza. Mudo, ciego, insensible, Sin gozos ni tormentos, Será cual astro que apagado y solo Perdido va por la extensión del cielo.

***

No subas tan alto, pensamiento loco, Que el que más alto sube más hondo cae, Ni puede el alma gozar del cielo Mientras que vive envuelta en la carne.

Por eso las grandes dichas de la tierra Tienen siempre por término grandes catástrofes.

* * *

¡Jamás lo olvidaré!... De asombro llena Al escucharlo, el alma refugióse En sí misma y dudó...; pero al fin, cuando La amarga realidad, desnuda y triste, Ante ella se abrió paso, en luto envuelta, Presenció silenciosa la catástrofe, Cual contempló Jerusalén sus muros Para siempre entre el polvo sepultados.

¡Profanación sin nombre! Dondequiera Que el alma humana, inteligente, rinde Culto á lo grande, á lo pasado culto, Esas selvas agrestes, esos bosques Seculares y hermosos, cuyo espeso Ramaje abrigo y cariñosa sombra Dieron á nuestros padres, fueron siempre De predilecto amor, lugares santos Que todos respetaron. ¡No! En los viejos Robledales umbrosos, que hacen grata La más yerma región, y de los siglos Guardan grabada la imborrable huella Que en ellos han dejado, ¡nunca!, ¡nunca!, Con su acerado filo osada pudo El hacha penetrar, ni con certero Y rudo golpe derribar en tierra, Cual en campo enemigo, el árbol fuerte De larga historia y de nudosas ramas, Que es orgullo del suelo que le cría Con savia vigorosa, y monumento Que en solo un día no levanta el hombre, Pues es obra que Dios al tiempo encarga Y á la madre inmortal naturaleza, Artista incomparable. Y sin embargo..., ¡Nada allí quedó en pie! Los arrogantes Cedros de nuestro Líbano, los altos Gigantescos castaños seculares, Regalo de los ojos; los robustos Y centenarios robles, cuyos troncos De arrugas llenos, monstruos semejaban De ceño adusto y de mirada torva, Que hacen pensar en ignorados mundos; Las encinas vetustas, bajo cuyas Ramas vagaron en silencio tantos Tercos, impenitentes soñadores... ¡Todo por tierra y asolado todo! Ya ni abrigo, ni sombra, ni frescura; Los pájaros huídos y espantados Al ver deshecha su morada; el viento Gimiendo desabrido, como gime En las desiertas lomas, donde sólo Áridos riscos á su paso encuentra; Los narcisos y blancas margaritas Que apiñadas brillaban entre el musgo Cual brillan las estrellas en la altura; Los lirios perfumados, las violetas, Los _miósotis_, azules como el cielo —Y que bordando la ribera undosa Recordábanle al triste enamorado Que de las aguas se sentaba al borde Aquella dulce frase, ¡siempre inútil, Mas repetida siempre!: «_No me olvides_», Todo marchito y sepultado todo Sin compasión, bajo el terrible peso De los ya inertes troncos. La corriente Mansa del Sar, entre sus ondas plácidas Arrastrando en silencio los despojos Del sagrado recinto, y de la dura Hacha los golpes resonando huecos, Cual suelen resonar los del martillo Al remachar de un ataúd los clavos...

Ya en el paraje agreste y escondido Que tanto hemos amado; ya en el bello Lugar en donde con afán las almas Buscaban un refugio, y en alegres Bandadas, al llegar la primavera En unión de los pájaros, las gentes De aire, de flores y de luz ansiosas Iban á respirar vida y perfumes, De sus galas más ricas despojado Hoy se levanta el monasterio antiguo Como triste esqueleto. Aquel tan grato Silencio misterioso que envolvía Los agrietados muros, á regiones Más dichosas quizás huyó ligero En busca de un asilo. Las campanas De eco vibrante y musical resuenan De una manera sorda en el vacío Que sin piedad á su alrededor hicieron Manos extrañas, y el rumor monótono De la fuente en el claustro solitario Parece sollozar por los jazmines, Que, cual la nieve blancos, las cornisas Musgosas adornaban, y parece Triste llamar, por la aldeana hermosa Que lavaba sus lienzos en el agua Siempre brillante del pilón de piedra Que el roce de sus manos ha gastado Y hoy buscan de otra fuente la frescura.

¡Lo vieron y callaron... con silencio Que causa asombro y que contrista el alma!...

Si allá donde entre rosas y claveles Arrastra el Turia sus revueltas ondas, Nuestras manos talasen los jardines Que plantaron los suyos, y aman ellos, Su labio, al rostro, de desprecio llenas Una tras otra injuria nos lanzaran —¡Bárbaros!—exclamando. Y si dijésemos Que rosas y claveles perfumados No valdrán nunca, pese á su hermosura, Lo que un campo de trigo, y allí en donde Las flores compitieran con las bellas, Arrastrando el arado, la amarilla Mies con afán sembráramos —Mezquinos Aun más que torpes son—prorrumpirían Los fieros hijos del jardín de España Con rudo enojo levantando el grito.

Mas nosotros, si talan nuestros bosques Que cuentan siglos... ¡quedan ya tan pocos! Y ajena voluntad su imperio ejerce En lo que es nuestro, cosas de la vida Nos parecen quizás, vanas y fútiles Que á nadie ofenden ni á ninguno importan Si no es al que las hace, á soñadores Que sólo entienden de llorar sin tregua Por los vivos y muertos... y aun acaso Por las hermosas selvas que sin duelo Indiferente el leñador destruye.

—Pero qué...—alguno exclamará indignado Al oir mis lamentos—, ¿por ventura La inmensa torre del reloj se ha hundido Y no hay ya quien señale nuestras horas Soñolientas y tardas, como el eco Bronco de su campana formidable; Ó en mis haciendas penetrando acaso Osado criminal, ha puesto fuego Á las extensas eras? ¿Por qué gime Así importuna esa mujer?— Yo inclino La frente al suelo y contristada exclamo Con el Mártir del Gólgota... _Perdónales,_ _Señor, porque no saben lo que dicen_; Mas ¡oh, Señor! Á consentir no vuelvas Que de la helada indiferencia el soplo Apague la protesta en nuestros labios, Que es el silencio hermano de la muerte, Y yo no quiero que mi patria muera, Sino que como Lázaro, ¡Dios bueno!, Resucite á la vida que ha perdido; Y con voz alta que á la gloria llegue, Le diga al mundo que Galicia existe Tan llena de valor cual tú la has hecho, Tan grande y tan feliz cuanto es hermosa.

* * *

I

Unos con la calumnia le mancharon; Otros falsos amores le han mentido; Y aunque dudo si algunos le han querido, De cierto sé que todos le olvidaron.

Sólo sufrió, sin gloria ni esperanza, Cuanto puede sufrir un ser viviente; ¿Por qué le preguntáis qué amores siente Y no qué odios alientan su venganza?

II

Si para que se llene y se desborde El inmenso caudal de los agravios Quieren que nunca hasta sus labios llegue Más que el duro y amargo Pan, que el mendigo con dolor recoge Y ablanda con su llanto, Sucumbirá por fin, como sucumben Los buenos y los bravos, Cuando en batalla desigual les hiere La mano del cobarde ó del tirano.

Y ellos entonces vivirán dichosos Su victoria cantando, Como el cárabo canta en su agujero Y la rana en su charco. Mas en tanto ellos cantan...—¡muchedumbre Que nace y muere en los paternos campos Siempre desconocida y siempre estéril!— Triste la patria seguirá llorando, Siempre oprimida y siempre De la ruindad y la ignorancia pasto.

* * *

En su cárcel de espinos y rosas Cantan y juegan mis pobres niños, Hermosos seres, desde la cuna Por la desgracia ya perseguidos.

En su cárcel se duermen soñando Cuán bello es el mundo cruel que no vieron, Cuán ancha la tierra, cuán hondos los mares, Cuán grande el espacio, qué breve su huerto.

Y le envidian las alas al pájaro Que traspone las cumbres y valles, Y le dicen:—¿Qué has visto allá lejos, Golondrina que cruzas los aires?—

Y despiertan soñando, y dormidos Soñando se quedan, Que ya son la nube flotante que pasa, Ó ya son el ave ligera que vuela, Tan lejos, tan lejos del nido, cual ellos De su cárcel ir lejos quisieran.

—¡Todos parten!—exclaman—.¡Tan sólo, Tan sólo nosotros nos quedamos siempre! ¿Por qué quedar, madre, por qué no llevarnos Donde hay otro cielo, otro aire, otras gentes?—

Yo, en tanto, bañados en llanto mis ojos, Los miro en silencio, pensando:—En la tierra, ¿Adónde llevaros, mis pobres cautivos, Que no hayan de ataros las mismas cadenas? Del hombre, enemigo del hombre, no puede Libraros, mis ángeles, la egida materna.

* * *

Ya no mana la fuente, se agotó el manantial; Ya el viajero allí nunca va su sed á apagar.

Ya no brota la hierba, ni florece el narciso, Ni en los aires esparcen su fragancia los lirios.

Sólo el cauce arenoso de la seca corriente Le recuerda al sediento el horror de la muerte.

¡Mas no importa!; á lo lejos otro arroyo murmura Donde humildes violetas el espacio perfuman.

Y de un sauce el ramaje, al mirarse en las ondas, Tiende en torno del agua su fresquísima sombra.

El sediento viajero que el camino atraviesa, Humedece los labios en la linfa serena Del arroyo que el árbol con sus ramas sombrea, Y dichoso se olvida de la fuente ya seca.

***

Cenicientas las aguas, los desnudos Árboles y los montes cenicientos; Parda la bruma que los vela y pardas Las nubes que atraviesan por el cielo, Triste, en la tierra, el color gris domina, ¡El color de los viejos!

De cuando en cuando de la lluvia el sordo Rumor suena, y el viento Al pasar por el bosque Silba ó finge lamentos Tan extraños, tan hondos y dolientes, Que parece que llaman por los muertos.

Seguido del mastín, que helado tiembla, El labrador, cubierto Con su capa de juncos cruza el monte; El campo está desierto, Y tan sólo en los charcos que negrean Del ancho prado entre el verdor intenso Posa el vuelo la blanca gaviota Mientras graznan los cuervos.

Yo desde mi ventana, Que azotan los airados elementos, Regocijada y pensativa escucho El discorde concierto Simpático á mi alma... ¡Oh, mi amigo el invierno! Mil y mil veces bien venido seas, Mi sombrío y adusto compañero. ¿No eres acaso el precursor dichoso Del tibio mayo y del abril risueño? ¡Ah!, si el invierno triste de la vida, Como tú de las flores y los céfiros, ¡También precursor fuera de la hermosa Y eterna primavera de mis sueños!...

* * *

I

Era la última noche, La noche de las tristes despedidas, Y apenas si una lágrima empañaba Sus serenas pupilas. Como el criado que deja Al amo que le hostiga, Arreglando su hatillo, murmuraba Casi con la emoción de la alegría:

—¡Llorar! ¿Por qué? Fortuna es que podamos Abandonar nuestras humildes tierras; El duro pan que nos negó la patria, Por más que los extraños nos maltraten, No ha de faltarnos en la patria ajena.

Y los hijos contentos se sonríen, Y la esposa, aunque triste, se consuela Con la firme esperanza De que el que parte ha de volver por ella. Pensar que han de partir, ese es el sueño Que da fuerza en su angustia á los que quedan; Cuánto en ti pueden padecer ¡oh patria! ¡Si ya tus hijos sin dolor te dejan!

II

Como á impulsos de lenta Enfermedad, hoy cien, y cien mañana, De nuestra vida hasta perder la cuenta, Racimo tras racimo se desgrana.

Palomas que la zorra y el milano Á ahuyentar van, del palomar nativo Parten con el afán del fugitivo, Y parten quizás en vano;

Pues al posar el fatigado vuelo Acaso en el confín de otra llanura, Ven agostarse el fruto que madura, Y el águila cerniéndose en el cielo.

¡VOLVED!

I

Bien sabe Dios que siempre me arrancan tristes lágrimas Aquellos que nos dejan, Pero aún más me lastiman y me llenan de luto Los que á volver se niegan.

¡Partid, y Dios os guíe!... pobres desheredados, Para quienes no hay sitio en la hostigada patria; Partid llenos de aliento en pos de otro horizonte, Pero... volved más tarde al viejo hogar que os llama.

Jamás del extranjero el pobre cuerpo inerte, Como en la propia tierra en la ajena descansa.

II

Volved, que os aseguro Que al pie de cada arroyo y cada fuente De linfa transparente, Donde se reflejó vuestro semblante, Y en cada viejo muro Que os prestó sombra cuando niños erais Y jugabais inquietos, Y que escuchó más tarde los secretos Del que ya adolescente Ó mozo enamorado, En el soto, en el monte y en el prado, Dondequiera que un día Os guió el pie ligero..., Yo os lo digo y os juro Que hay genios misteriosos Que os llaman tan sentidos y amorosos Y con tan hondo y dolorido acento, Que hacen más triste el suspirar del viento, Cuando en las noches del invierno duro De vuestro hogar que entristeció el ausente, Discurren por los ámbitos medrosos, Y en las eras sollozan silenciosos, Y van del monte al río Llenos de luto y siempre murmurando: «¡Partieron!... ¿Hasta cuándo? ¡Qué soledad! ¿No volverán, Dios mío?» ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Tornó la golondrina al viejo nido Y al ver los muros y el hogar desierto, Preguntóle á la brisa:—¿Es que se han muerto?— Y ella en silencio respondió:—¡Se han ido Como el barco perdido Que para siempre ha abandonado el puerto!

* * *

Camino blanco, viejo camino, Desigual, pedregoso y estrecho, Donde el eco apacible resuena Del arroyo que pasa bullendo, Y en donde detiene su vuelo inconstante, Ó el paso ligero, De la fruta que brota en las zarzas Buscando el sabroso y agreste alimento, El gorrión adusto, Los niños hambrientos, Las cabras monteses Y el perro sin dueño... Blanca senda, camino olvidado, ¡Bullicioso y alegre otro tiempo! Del que solo y á pie de la vida Va andando su larga jornada, más bello Y agradable á los ojos pareces Cuanto más solitario y más yermo. Que al cruzar por la ruta espaciosa Donde lucen sus trenes soberbios Los dichosos del mundo, descalzo, Sudoroso y de polvo cubierto, ¡Qué extrañeza y profundo desvío Infunde en las almas el pobre viajero!

***

Aun parece que asoman tras del Miranda altivo De mayo los albores, ¡y pasó ya septiembre! Aun parece que torna la errante golondrina Y en pos de otras regiones ya el raudo vuelo tiende.

Ayer flores y aromas, ayer canto de pájaros Y mares de verdura y de doradas mieses; Hoy nubes que sombrías hacia Occidente avanzan, El brillo del relámpago y el eco del torrente.

Pasó, pasó el verano rápido, como pasa Un venturoso sueño del amor en la fiebre, Y ya secas las hojas en las ramas desnudas, Tiemblan descoloridas esperando la muerte.

¡Ah!, cuando en esas noches tormentosas y largas La luna brille á intervalos sobre la blanca nieve, ¡De cuántos, que dichosos ayer la contemplaron, Alumbrarán la tumba sus rayos transparentes!

***

Cerrado capullo de pálidas tintas, Modesta hermosura de frente graciosa, ¿Por quién has perdido la paz de tu alma? ¿Á quién regalaste la miel de tu boca?

Á quien te detesta quizás, y le causan Enojo tus labios de cándido aroma, Porque busca la rosa encendida Que abre al sol de la tarde sus hojas.

***

En sus ojos rasgados y azules, Donde brilla el candor de los ángeles, Ver creía la sombra siniestra De todos los males.