Part 2
Antes de caer para no levantarse más; antes de aceptar resignada el doloroso calvario con que el Cielo quiso probarla, marchó á Carril con los suyos. Quería ver el mar antes de morir: el mar que había sido siempre, en la Naturaleza, su amor predilecto. Pero en aquellas orillas que le recordaban otras horas felices, se sintió ya tan rendida, que apenas podía dejar su aposento y sentarse á la tarde—antes que el sol se hundiese por completo en las aguas—sobre las piedras del malecón, aspirar los aires salobres y contemplar los ardientes cielos de estío que iluminaban el Poniente. Un mundo de recuerdos la llenaban, y las involuntarias tristezas, que como ráfagas doloridas pasaban ante sus ojos, se templaban para ella viendo á sus hijas reemplazarla en el mundo. Como se había casado joven, Dios le daba el consuelo de verlas crecidas y ser como un rayo de su misma juventud.
El día que abandonó el puerto, esperando el carruaje que debía conducirla á la estación, se impacientó porque tardaba en llegar. Ocurriósenos que lo mejor era, aunque breve el trayecto, que fuese por mar. Para ella constituyó tal contratiempo un descanso y una distracción inesperada, aunque llena de los vagos temores que acosan á los que tienen su fin ante la vista. Así y todo, el aire y los rumores de la playa animaron su semblante y nunca me pareció más imposible lo que esperábamos, cuando en pie, abierta la portezuela del vagón, iluminando el sol su rostro animado por la fatiga, en medio de sus hijas, joven todavía, sonriente siempre con los que la rodeaban, la despedían y no habían de verla más, esperaba el momento de ponerse el tren en marcha. Un dulce rayo de paz, un soplo de otros días felices que yo conocía tanto, me dió por el momento, no la esperanza, la seguridad de que no nos abandonaría tan pronto.
No así á las buenas almas que se despedían de ella y tenían una más segura certeza del temido desenlace. Y tanto fué así, que no la dejaron marchar sola, sino que quisieron acompañarla hasta su casa. En su compañía fueron hasta que la dejaron en su soledad, en medio del jardín cuidado por sus manos, y entregada al amor de los suyos. ¡Dios bendiga á quienes tanto hicieron sin tener en cuenta que acompañaban á una buena, á una santa amiga! No sabían siquiera cuán nobles, cuán gloriosas facultades se extinguirían al morir aquélla, en quien puede decirse que estuvieron representadas todas las grandes cualidades de la mujer gallega.
***
Decir ahora cuán amargas fueron las horas de su agonía; hablar de lo que bajo aquel techo de angustias se sufrió por la que soportaba el dolor y por los que la amaban y veían soportarlo, es ya imposible. No se levanta el velo que cae sobre un sepulcro amado sin sentir que se remuevan en el corazón las inquietudes y las emociones que las contrariedades tienden en tales momentos sobre cuanto nos rodea...
MANUEL MURGUÍA.
* * *
Aunque no alcancen gloria, Pensé escribiendo libro tan pequeño, Son fáciles y breves mis canciones, Y acaso alcancen mi anhelado sueño. Pues bien puede guardarlas la memoria Tal como pese al tiempo y la distancia Y al fuego asolador de las pasiones Sabe guardar, las que aprendió en la infancia, Cortas, pero fervientes oraciones. Por eso son, aunque no alcancen gloria, Tan fáciles y breves mis canciones.
ORILLAS DEL SAR
I
Á través del follaje perenne Que oir deja rumores extraños, Y entre un mar de ondulante verdura, Amorosa mansión de los pájaros, Desde mis ventanas veo El templo que quise tanto.
El templo que tanto quise... Pues no sé decir ya si le quiero, Que en el rudo vaivén que sin tregua Se agitan mis pensamientos, Dudo si el rencor adusto Vive unido al amor en mi pecho.
II
¡Otra vez! Tras la lucha que rinde Y la incertidumbre amarga Del viajero que errante no sabe Dónde dormirá mañana, En sus lares primitivos Halla un breve descanso mi alma.
Algo tiene este blando reposo De sombrío y de halagüeño, Cual lo tiene en la noche callada De un ser amado el recuerdo, Que de negras traiciones y dichas Inmensas, nos habla á un tiempo.
Ya no lloro..., y no obstante, agobiado Y afligido mi espíritu, apenas De su cárcel estrecha y sombría Osa dejar las tinieblas Para bañarse en las ondas De luz que el espacio llenan.
Cual si en suelo extranjero me hallase Tímida y hosca, contemplo Desde lejos los bosques y alturas Y los floridos senderos, Donde en cada rincón me aguardaba La esperanza sonriendo.
III
Oigo el toque sonoro que entonces Á mi lecho á llamarme venía Con sus ecos, que el alba anunciaban; Mientras cual dulce caricia Un rayo de sol dorado Alumbraba mi estancia tranquila.
Puro el aire, la luz sonrosada, ¡Qué despertar tan dichoso! Yo veía entre nubes de incienso Visiones con alas de oro Que llevaban la venda celeste De la fe sobre sus ojos...
Ese sol es el mismo, mas ellas No acuden á mi conjuro; Y á través del espacio y las nubes, Y del agua en los limbos confusos, Y del aire en la azul transparencia, ¡Ay!, ya en vano las llamo y las busco.
Blanca y desierta la vía Entre los frondosos setos Y los bosques y arroyos que bordan Sus orillas, con grato misterio Atraerme parece y brindarme Á que siga su línea sin término.
Bajemos, pues, que el camino Antiguo nos saldrá al paso, Aunque triste, escabroso y desierto, Y cual nosotros cambiado, Lleno aún de las blancas fantasmas Que en otro tiempo adoramos.
IV
Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota, Caigo en la senda amiga, donde una fuente brota Siempre serena y pura; Y con mirada incierta, busco por la llanura No sé qué sombra vana ó qué esperanza muerta, No sé qué flor tardía de virginal frescura Que no crece en la vía arenosa y desierta.
De la obscura _Trabanca_ tras la espesa arboleda, Gallardamente arranca al pie de la vereda _La Torre_ y sus contornos cubiertos de follaje, Prestando á la mirada descanso en su ramaje Cuando de la ancha vega, por vivo sol bañada, Que las pupilas ciega, Atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.
Como un eco perdido, como un amigo acento Que suena cariñoso, El familiar chirrido del carro perezoso Corre en alas del viento, y llega hasta mi oído Cual en aquellos días hermosos y brillantes En que las ansias mías eran quejas amantes, Eran dorados sueños y santas alegrías.
Ruge la _Presa_ lejos..., y de las aves nido _Fondons_ cerca descansa; La cándida abubilla bebe en el agua mansa, Donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa Beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa Las aguas del olvido, que es de la muerte hermano; Donde de los vencejos que vuelan en la altura La sombra se refleja, Y en cuya linfa pura, blanco el nenúfar brilla Por entre la verdura de la frondosa orilla.
V
¡Cuán hermosa es tu vega! ¡Oh Padrón! ¡Oh Iria Flavia! Mas el calor, la vida juvenil y la savia Que extraje de tu seno, Como el sediento niño el dulce jugo extrae Del pecho blanco y lleno, De mi existencia obscura en el torrente amargo Pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega, Una visión de armiño, una ilusión querida, Un suspiro de amor.
De tus suaves rumores la acorde consonancia, Ya para el alma yerta, tornóse bronca y dura Á impulsos del dolor; Secáronse tus flores de virginal fragancia, Perdió su azul tu cielo, el campo su frescura, El alba su candor.
La nieve de los años, de la tristeza el hielo Constante, al alma niegan toda ilusión amada, Todo dulce consuelo. Sólo los desengaños preñados de temores Y de la duda el frío, Avivan los dolores que siente el pecho mío; Y ahondando mi herida, Me destierran del cielo, donde las fuentes brotan Eternas de la vida.
VI
¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella! Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella, Del Sar cabe la orilla, Al acabarme, siento la sed devoradora Y jamás apagada que ahoga el sentimiento, Y el hambre de justicia, que abate y que anonada Cuando nuestros clamores los arrebata el viento De tempestad airada.
Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora Tras del _Miranda_ altivo, Valles y cumbres dora con su resplandor vivo; En vano llega mayo de sol y aromas lleno, Con su frente de niño de rosas coronada, Y con su luz serena: En mi pecho ve juntos el odio y el cariño, Mezcla de gloria y pena, Mi sien por la corona del mártir agobiada Y para siempre frío y agotado mi seno.
VII
Ya que de la esperanza para la vida mía Triste y descolorido ha llegado el ocaso, Á mi morada obscura, desmantelada y fría Tornemos paso á paso, Porque con su alegría no aumente mi amargura La blanca luz del día.
Contenta el negro nido busca el ave agorera, Bien reposa la fiera en el antro escondido, En su sepulcro el muerto, el triste en el olvido, Y mi alma en su desierto.
* * *
Los unos altísimos, Los otros menores, Con su eterno verdor y frescura, Que inspira á las almas Agrestes canciones, Mientras gime al rozar con las aguas La brisa marina, de aromas salobres, Van en ondas subiendo hacia el cielo Los pinos del monte.
De la altura la bruma desciende Y envuelve las copas Perfumadas, sonoras y altivas De aquellos gigantes Que el _Castro_ coronan; Brilla en tanto á sus pies el arroyo Que alumbra risueña La luz de la aurora, Y los cuervos sacuden sus alas, Lanzando graznidos Y huyendo la sombra.
El viajero, rendido y cansado, Que ve del camino la línea escabrosa Que aún le resta que andar, anhelara, Deteniéndose al pie de la loma, De repente quedar convertido En pájaro ó fuente, En árbol ó en roca.
***
Era apacible el día Y templado el ambiente, Y llovía, llovía, Callada y mansamente; Y mientras silenciosa Lloraba yo y gemía, Mi niño, tierna rosa, Durmiendo se moría. Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente! Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca en la mía!
Tierra sobre el cadáver insepulto Antes que empiece á corromperse..., ¡tierra! Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos, Bien pronto en los terrones removidos Verde y pujante crecerá la hierba.
¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas, Torvo el mirar, nublado el pensamiento? ¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!... Jamás el que descansa en el sepulcro Ha de tornar á amaros ni á ofenderos.
¡Jamás! ¿Es verdad que todo Para siempre acabó ya? No, no puede acabar lo que es eterno, Ni puede tener fin la inmensidad.
Tú te fuiste por siempre; mas mi alma Te espera aún con amoroso afán, Y vendrás ó iré yo, bien de mi vida, Allí donde nos hemos de encontrar.
Algo ha quedado tuyo en mis entrañas Que no morirá jamás, Y que Dios, porque es justo y porque es bueno, Á desunir ya nunca volverá. En el cielo, en la tierra, en lo insondable Yo te hallaré y me hallarás. No, no puede acabar lo que es eterno, Ni puede tener fin la inmensidad.
—Mas... es verdad—ha partido, Para nunca más tornar. Nada hay eterno para el hombre, huésped De un día en este mundo terrenal, En donde nace, vive y al fin muere, Cual todo nace, vive y muere acá.
***
Una luciérnaga entre el musgo brilla Y un astro en las alturas centellea, Abismo arriba, y en el fondo abismo; ¿Qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
En vano el pensamiento Indaga y busca en lo insondable, ¡oh ciencia! Siempre al llegar al término, ignoramos Qué es al fin lo que acaba y lo que queda.
Arrodillada ante la tosca imagen, Mi espíritu, abismado en lo infinito, Impía acaso, interrogando al cielo Y al infierno á la vez, tiemblo y vacilo. ¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana Con sus ecos responde á mis gemidos Desde la altura, y sin esfuerzo el llanto Baña ardiente mi rostro enflaquecido. ¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan sólo Lo puedes ver y comprender, Dios mío!
¿Es verdad que lo ves? Señor, entonces, Piadoso y compasivo Vuelve á mis ojos la celeste venda De la fe bienhechora que he perdido, Y no consientas, no, que cruce errante Huérfana y sin arrimo, Acá abajo los yermos de la vida, Más allá las llanadas del vacío.
Sigue tocando á muerto—y siempre mudo É impasible el divino Rostro del Redentor, deja que envuelto En sombras quede el humillado espíritu. Silencio siempre; únicamente el órgano Con sus acentos místicos Resuena allá de la desierta nave Bajo el arco sombrío.
Todo acabó quizás, menos mi pena, Puñal de doble filo; Todo, menos la duda que nos lanza De un abismo de horror en otro abismo.
Desierto el mundo, despoblado el cielo, Enferma el alma y en el polvo hundido El sacro altar en donde Se exhalaron fervientes mis suspiros, En mil pedazos roto Mi Dios, cayó al abismo, Y al buscarle anhelante, sólo encuentro La soledad inmensa del vacío.
De improviso los ángeles Desde sus altos nichos De mármol, me miraron tristemente Y una voz dulce resonó en mi oído: «Pobre alma, espera y llora Á los pies del Altísimo; Mas no olvides que al cielo Nunca ha llegado el insolente grito De un corazón que de la vil materia Y del barro de Adán formó sus ídolos.»
***
Adivínase el dulce y perfumado Calor primaveral; Los gérmenes se agitan en la tierra Con inquietud en su amoroso afán, Y cruzan por los aires, silenciosos, Átomos que se besan al pasar.
Hierve la sangre juvenil; se exalta Lleno de aliento el corazón, y audaz El loco pensamiento sueña y cree Que el hombre es, cual los dioses, inmortal. No importa que los sueños sean mentira, Ya que al cabo es verdad Que es venturoso el que soñando muere, Infeliz el que vive sin soñar.
¡Pero qué aprisa en este mundo triste Todas las cosas van! ¡Que las domina el vértigo creyérase!... La que ayer fué capullo, es rosa ya, Y pronto agostará rosas y plantas El calor estival.
***
Candente está la atmósfera; Explora el zorro la desierta vía; Insalubre se torna Del limpio arroyo el agua cristalina, Y el pino aguarda inmóvil Los besos inconstantes de la brisa.
Imponente silencio Agobia la campiña; Sólo el zumbido del insecto se oye En las extensas y húmedas umbrías; Monótono y constante Como el sordo estertor de la agonía.
Bien pudiera llamarse, en el estío, La hora del mediodía, Noche en que al hombre de luchar cansado Más que nunca le irritan, De la materia la imponente fuerza Y del alma las ansias infinitas.
Volved, ¡oh noches del invierno frío, Nuestras viejas amantes de otros días! Tornad con vuestros hielos y crudezas Á refrescar la sangre enardecida Por el estío insoportable y triste... ¡Triste!... ¡Lleno de pámpanos y espigas! Frío y calor, otoño ó primavera, ¿Dónde..., dónde se encuentra la alegría? Hermosas son las estaciones todas Para el mortal que en sí guarda la dicha; Mas para el alma desolada y huérfana, No hay estación risueña ni propicia.
***
Un manso río, una vereda estrecha, Un campo solitario y un pinar, Y el viejo puente rústico y sencillo Completando tan grata soledad.
¿Qué es soledad? Para llenar el mundo Basta á veces un solo pensamiento. Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras El puente, el río y el pinar desiertos.
No son nube ni flor los que enamoran; Eres tú, corazón, triste ó dichoso, Ya del dolor y del placer el árbitro, Quien seca el mar y hace habitable el polo.
*** —Detente un punto, pensamiento inquieto; La victoria te espera, El amor y la gloria te sonríen. ¿Nada de esto te halaga ni encadena? —Dejadme solo y olvidado y libre; Quiero errante vagar en las tinieblas; Mi ilusión más querida Sólo allí dulce y sin rubor me besa.
***
Moría el sol, y las marchitas hojas De los robles, á impulso de la brisa, En silenciosos y revueltos giros Sobre el fango caían: Ellas, que tan hermosas y tan puras En el abril vinieran á la vida.
Ya era el otoño caprichoso y bello: ¡Cuán bella y caprichosa es la alegría! Pues en la tumba de las muertas hojas Vieron sólo esperanzas y sonrisas.
Extinguióse la luz: llegó la noche Como la muerte y el dolor, sombría; Estalló el trueno, el río desbordóse Arrastrando en sus aguas á las víctimas; Y murieron dichosas y contentas... ¡Cuán bella y caprichosa es la alegría!
***
Del rumor cadencioso de la onda Y el viento que muge; Del incierto reflejo que alumbra La selva ó la nube; Del piar de alguna ave de paso; Del agreste ignorado perfume Que el céfiro roba Al valle ó á la cumbre, Mundos hay donde encuentran asilo Las almas que al peso Del mundo sucumben.
MARGARITA
I
¡Silencio, los lebreles De la jauría maldita! No despertéis á la implacable fiera Que duerme silenciosa en su guarida. ¿No veis que de sus garras Penden gloria y honor, reposo y dicha?
Prosiguieron aullando los lebreles... —¡Los malos pensamientos homicidas!— Y despertaron la temible fiera... —¡La pasión que en el alma se adormía!— Y ¡adiós!, en un momento, ¡Adiós gloria y honor, reposo y dicha!
II
Duerme el anciano padre, mientras ella Á la luz de la lámpara nocturna Contempla el noble y varonil semblante Que un pesado sueño abruma.
Bajo aquella triste frente Que los pesares anublan, Deben ir y venir torvas visiones, Negras hijas de la duda.
Ella tiembla..., vacila y se estremece... ¿De miedo acaso, ó de dolor y angustia? Con expresión de lástima infinita, No sé qué rezos murmura. Plegaria acaso santa, acaso impía, Trémulo el labio á su pesar pronuncia, Mientras dentro del alma la conciencia Contra las pasiones lucha.
¡Batalla ruda y terrible Librada ante la víctima, que muda Duerme el sueño intranquilo de los tristes Á quien ha vuelto el rostro la fortuna!
Y él sigue en reposo, y ella, Que abandona la estancia, entre las brumas De la noche se pierde, y torna al alba, Ajado el velo..., en su mirar la angustia.
Carne, tentación, demonio, ¡Oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa? ¡Silencio!... El día soñoliento asoma Por las lejanas alturas, Y el anciano despierto, ella risueña, Ambos su pena ocultan, Y fingen entregarse indiferentes Á las faenas de su vida obscura.
III
La culpada calló, mas habló el crimen... Murió el anciano, y ella, la insensata, Siguió quemando incienso en su locura, De la torpeza ante las negras aras, Hasta rodar en el profundo abismo Fiel á su mal, de su dolor esclava.
¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo Hacer traición á su virtud sin mancha, Malgastar las riquezas de su espíritu, Vender su cuerpo, condenar su alma? Es que en medio del vaso corrompido Donde su sed ardiente se apagaba, De un amor inmortal, los leves átomos Sin mancharse, en la atmósfera flotaban.
* * *
Sedientas las arenas, en la playa Sienten del sol los besos abrasados, Y no lejos, las ondas siempre frescas, Ruedan pausadamente murmurando. Pobres arenas, de mi suerte imagen; No sé lo que me pasa al contemplaros, Pues como yo sufrís, secas y mudas, El suplicio sin término de Tántalo.
Pero ¿quién sabe?... Acaso luzca un día En que, salvando misteriosos límites, Avance el mar y hasta vosotras llegue Á apagar vuestra sed inextinguible. ¡Y quién sabe también si tras de tantos Siglos de ansias y anhelos imposibles Saciará al fin su sed el alma ardiente Donde beben su amor los serafines!
LOS TRISTES
I
De la torpe ignorancia que confunde Lo mezquino y lo inmenso; De la dura injusticia del más alto, De la saña mortal de los pequeños, No es posible que huyáis cuando os conocen Y os buscan, como busca el zorro hambriento Á la indefensa tórtola en los campos; Y al querer esconderos De sus cobardes iras, ya en el monte, En la ciudad ó en el retiro estrecho, _¡Ahí va!_, exclaman. _¡Ahí va!_, y allí os insultan Y señalan con íntimo contento, Cual la mano implacable y vengativa Señala al triste y fugitivo reo.
II
Cayó por fin en la espumosa y turbia Recia corriente, y descendió al abismo Para no subir más á la serena Y tersa superficie. En lo más íntimo Del noble corazón ya lastimado Resonó el golpe doloroso y frío Que ahogando la esperanza Hace abatir las ánimos altivos; Y plegando las alas torvo y mudo, En densa niebla se envolvió su espíritu.
III
Vosotros, que lograsteis vuestros sueños, ¿Qué entendéis de sus ansias malogradas? Vosotros, que gozasteis y sufristeis, ¿Qué comprendéis de sus eternas lágrimas? Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos Son como niebla que disipa el alba, ¡Qué sabéis del que lleva de los suyos La eterna pesadumbre sobre el alma!
IV
Cuando en la planta con afán cuidada La fresca yema de un capullo asoma, Lentamente arrastrándose entre el césped, Le asalta el caracol y la devora.
Cuando de un alma atea, En la profunda obscuridad medrosa Brilla un rayo de fe, viene la duda Y sobre él tiende su gigante sombra.
V
En cada fresco brote, en cada rosa erguida, Cien gotas de rocío brillan al sol que nace; Mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes Al fecundar la tierra con su preciosa sangre.
Henchido está el ambiente de agradables aromas, Las aguas y los vientos cadenciosos murmuran; Mas él siente que rugen con sordo clamoreo De sofocados gritos y de amenazas mudas.
¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante Hasta las más recónditas profundidades llega; Mas sus hermosos rayos Jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.
De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada? Para él, en dondequiera al retoñar se agosta, Ya bajo las escarchas del egoísmo estéril, Ó ya del desengaño á la menguada sombra.
¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas, Los pájaros, las flores y los frutos que siembra! Para el desherado, sólo hay bajo los cielos Esa quietud sombría que infunde la tristeza.
VI
Cada vez huye más de los vivos, Cada vez habla más con los muertos, Y es que cuando nos rinde el cansancio, Propicio á la paz y al sueño, El cuerpo tiende al reposo, El alma tiende á lo eterno.
VII
Así como el lobo desciende á poblado, Si acaso en la sierra se ve perseguido, Huyendo del hombre que acosa á los tristes, Buscó entre las fieras el triste un asilo.