Part 4
En sus anchas y negras pupilas, Donde luz y tinieblas combaten, Ver creía el sereno y hermoso Resplandor de la dicha inefable.
Del amor espejismos traidores, Risueños, fugaces... Cuando vuestro fulgor sobrehumano Se disipa... ¡Qué densas!... ¡Qué grandes Son las sombras que envuelven las almas Á quienes con vuestros reflejos cegasteis!
***
Fué cielo de su espíritu, fué sueño de sus sueños, Y vida de su vida, y aliento de su aliento; Y fué, desde que rota cayó la venda al suelo, Algo que mata el alma y que envilece el cuerpo.
De la vida en la lucha perenne y fatigosa Siempre el ansia incesante y el mismo anhelo siempre; Que no ha de tener término sino cuando, cerrados, Ya duerman nuestros ojos el sueño de la muerte.
***
—Te amo... ¿por qué me odias? —Te odio... ¿por qué me amas?— Secreto es éste el más triste Y misterioso del alma.
Mas ello es verdad... ¡Verdad Dura y atormentadora! —Me odias, porque te amo; Te amo, porque me odias.
***
Nada me importa, blanca ó negra mariposa, Que dichas anunciándome ó malhadadas nuevas, En torno de mi lámpara ó de mi frente en torno, Os agitéis inquietas.
La venturosa copa del placer para siempre Rota á mis pies está, Y en la del dolor llena..., ¡llena hasta desbordarse!, Ni penas ni amarguras pueden caber ya más.
***
Muda la luna y como siempre pálida Mientras recorre la azulada esfera, Seguida de su séquito De nubes y de estrellas, Rencorosa despierta en mi memoria Yo no sé qué fantasmas y quimeras.
Y con sus dulces misteriosos rayos Derrama en mis entrañas tanta hiel, Que pienso con placer que ella, la _eterna_, Ha de pasar también.
***
Nos dicen que se adoran la aurora y el crepúsculo, Mas entre el sol que nace y el que triste declina, Medió siempre el abismo que media entre la cuna Y el sepulcro en la vida.
Pero llegará un tiempo quizás, cuando los siglos No se cuenten y el mundo por siempre haya pasado, En el que nunca tornen tras de la noche el alba Ni se hunda entre las sombras del sol el tibio rayo.
Si de lo eterno entonces en el mar infinito Todo aquello que ha sido ha de vivir más tarde, Acaso alba y crepúsculo, si en lo inmenso se encuentran, En uno se confundan para no separarse.
Para no separarse... ¡Ilusión bienhechora De inmortal esperanza, cual las que el hombre inventa! ¿Mas quien sabe si en tanto hacia su fin caminan, Como el hombre, los astros con ser eternos sueñan?
***
Una sombra tristísima, indefinible y vaga Como lo incierto, siempre ante mis ojos va, Tras de otra vaga sombra que sin cesar la huye, Corriendo sin cesar. Ignoro su destino...; mas no sé por qué temo Al ver su ansia mortal, Que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.
LAS CANCIONES QUE OYÓ LA NIÑA
UNA
Tras de los limpios cristales Se agitaba la blanca cortina, Y adiviné que tu aliento Perfumado la movía.
Sola estabas en tu alcoba Y detrás de la tela blanquísima Te ocultabas, ¡cruel!, á mis ojos... Mas mis ojos te veían.
Con cerrojos cerraste la puerta, Pero yo penetré en tu aposento, Á través de las gruesas paredes, Cual penetran los espectros; Porque no hay para el alma cerrojos, Ángel de mis pensamientos.
Codicioso admiré tu hermosura, Y al sorprender los misterios Que á mis ojos velabas..., ¡perdóname!, Te estreché contra mi seno.
Mas... me ahogaba el aroma purísimo Que exhalabas de tu pecho, Y hube de soltar mi presa Lleno de remordimiento.
—
Te seguiré adonde vayas, Aunque te vayas muy lejos, Y en vano echarás cerrojos Para guardar tus secretos; Porque no impedirá que mi espíritu Pueda llegar hasta ellos.
Pero... ya no me temas, bien mío; Que aunque sorprenda tu sueño, Y aunque en tanto estés dormida Á tu lado me tienda en tu lecho, Contemplaré tu semblante, Mas no tocaré tu cuerpo, Pues lo impide el aroma purísimo Que se exhala de tu seno. Y como ahuyenta la aurora Los vapores soñolientos De la noche callada y sombría, Así ahuyenta mis malos deseos.
OTRA
Hoy uno y otro mañana Rodando, rodando el mundo, Si cual te amé no amaste todavía, Al fin ha de llegar el amor tuyo.
¡Y yo no quiero que llegue!... Ni que ames nunca, cual te amé, á ninguno; Antes que te abras de otro sol al rayo, Véate yo secar, fresco capullo.
LA CANCIÓN
QUE OYÓ EN SUEÑOS EL VIEJO
Á la luz de esa aurora primaveral, tu pecho Vuelve á agitarse ansioso de glorias y de amor, ¡Loco!... Corre á esconderte en el asilo obscuro Donde ya no penetra la viva luz del sol.
Aquí tu sangre torna á circular activa, Y tus pasiones tornan á rejuvenecer... Huye hacia el antro en donde aguarda resignada, Por la infalible muerte, la implacable vejez.
Sonrisa en labio enjuto, hiela y repele á un tiempo; Flores sobre un cadáver, causan al alma espanto: Ni flores, ni sonrisas, ni sol de primavera Busques, cuando tu vida llegó triste á su ocaso.
* * *
I
Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo, Tal como arrastra las arenas el huracán en el desierto.
Y cual halcón que cae herido en la laguna pestilente, Cayó en el cieno de la vida, rotas las alas para siempre.
Mas aun sin alas cree ó sueña que cruza el aire, los espacios, Y aun entre el lodo se ve limpio, cual de la nieve el copo blanco.
II
No maldigáis del que, ya ebrio, corre á beber con nuevo afán; Su eterna sed es quien le lleva hacia la fuente abrasadora, Cuanto más bebe, á beber más.
No murmuréis del que rendido ya bajo el peso de la vida Quiere vivir y aun quiere amar; La sed del beodo es insaciable, y la del alma lo es aún más.
III
Cuando todos los velos se han descorrido Y ya no hay nada oculto para los ojos, Ni ninguna hermosura nos causa antojos, Ni recordar sabemos que hemos querido, Aun en lo más profundo del pecho helado, Como entre las cenizas la chispa ardiente, Con sus puras sonrisas de adolescente, Vive oculto el fantasma del bien soñado.
* * *
En el alma llevaba un pensamiento, Una duda, un pesar, Tan grandes como el ancho firmamento, Tan hondos como el mar.
De su alma en lo más árido y profundo Fresca brotó de súbito una rosa, Como brota una fuente en el desierto, Ó un lirio entre las grietas de una roca.
***
Cuando en las nubes hay tormenta Suele también haberla en su pecho; Mas nunca hay calma en él, aun cuando La calma reine en tierra y cielo; Porque es entonces cuando, torvos, Cual nunca riñen sus pensamientos.
***
Desbórdanse los ríos si engrosan su corriente Los múltiples arroyos que de los montes bajan, Y cuando de las penas el caudal abundoso Se aumenta con los males perennes y las ansias, ¿Cómo contener, cómo, en el labio la queja? ¿Cómo no desbordarse la cólera en el alma?
***
Busca y anhela el sosiego... Mas... ¿quién le sosegará? Con lo que sueña despierto Dormido vuelve á soñar. Que hoy, como ayer y mañana, Cual hoy en su eterno afán, De hallar el bien que ambiciona —Cuando solo encuentra el mal— Siempre á soñar condenado Nunca puede sosegar.
***
¡Aturde la confusa gritería Que se levanta entre la turba inmensa! Ya no saben qué quieren ni qué piden; Mas, embriagados de soberbia, buscan Un ídolo ó una víctima á quien hieran.
Brutales son sus iras, Y aún quizás más brutales sus amores; No provoquéis al monstruo de cien brazos, Como la ciega tempestad terrible, Ya ardiente os ame ó fríamente os odie.
***
Cuando sopla el Norte duro Y arde en el hogar el fuego, Y ellos pasan por mi puerta Flacos, desnudos y hambrientos, El frío hiela mi espíritu, Como debe helar su cuerpo, Y mi corazón se queda, Al verles ir sin consuelo, Cual ellos, opreso y triste, Desconsolado cual ellos.
Era niño y ya perdiera La costumbre de llorar; La miseria seca el alma Y los ojos además: Era niño y parecía Por sus hechos viejo ya.
Experiencia del mendigo, Eres precoz como el mal, Implacable como el odio, Dura como la verdad.
***
De la vida entre el múltiple conjunto de los seres, No, no busquéis la imagen de la eterna belleza, Ni en el contento y harto seno de los placeres, Ni del dolor acerbo en la dura aspereza.
Ya es átomo impalpable ó inmensidad que asombra, Aspiración celeste, revelación callada; La comprende el espíritu y el labio no la nombra, Y en sus hondos abismos la mente se anonada.
* * *
I
Quisiera, hermosa mía, Á quien aún más que á Dios amo y venero, Ciego creer que este tu amor primero, Ser por mi dicha el último podría. Mas... —¡Qué! ¡Gran Dios, lo duda todavía!
—¡Oh!, virgen candorosa, ¿Por qué no he de dudarlo al ver que muero Si aun viviendo también lo dudaría?
—Tu sospecha me ofende, Y tanto me lastima y me sorprende Oirla de tu labio, Que pienso llegaría Á matarme lo injusto del agravio.
—¡Á matarla! ¡La hermosa criatura Que apenas cuenta quince primaveras!... ¡Nunca!... ¡Vive, mi santa, y no te mueras!
—Mi corazón, de asombro y dolor llenas.
—¡Ah!, siento más tus penas que mis penas.
—¿Por qué, pues, me hablas de morir? —¡Dios mío! ¿Por qué ya del sepulcro el viento frío Lleva mi nave al ignorado puerto?
—¡No puede ser!... Mas oye: ¡vivo ó muerto, _Tú solo, y para siempre!_... Te lo juro.
—No hay por qué jurar; mas si tan bello Sueño al fin se cumpliera, sin enojos Cerrando en paz los fatigados ojos, Fuera á esperarte á mi sepulcro obscuro. Pero... es tan inconstante y tan liviano El flaco y débil corazón humano, Que lo pienso, alma mía, y te lo digo, Serás feliz más tarde ó más temprano.—
Y en tanto ella llorando protestaba, Y él sonriendo, irónico y sombrío, En sus amantes brazos la estrechaba.
Cantaba un grillo en el vecino muro, Y cual mudo testigo La luna, que en el cielo se elevaba, Sobre ambos reflejaba Su fulgor siempre casto y siempre amigo.
II
De polvo y fango nacidos, Fango y polvo nos tornamos; ¿Por qué, pues, tanto luchamos Si hemos de caer vencidos?
Cuando esto piensa humilde y temerosa, Como tiembla la rosa Del viento al soplo airado, Tiembla y busca el rincón más ignorado Para morir en paz si no dichosa.
III
Los astros son innúmeros, al cielo No se le encuentra fin, Y este pequeño mundo que habitamos, Y que parece un punto en el espacio, Inmenso es para mí.
Después... tantos y tantos, Cual las arenas del profundo mar, Seres que nacen á la vida, y seres Que sin parar su rápida carrera, Incierta siempre, vienen ó se van.
Que se van ó se mueren, esta duda Es en verdad cruel; Pero ello es que nos vamos ó nos dejan Sin saber si después de separarnos Volveremos á hallarnos otra vez.
IV
Y como todo al cabo Tarde ó temprano en este mundo pasa, Lo que al principio eterno parecía, Dio término á la larga.
¿Le mataron acaso, ó es que se ha muerto De suyo aquello que quedara aún vivo? Imposible es saberlo, como nadie Sabe al quedar dormido En qué momento ha aprisionado el sueño Sus despiertos sentidos.
V
¡Que cuándo le ha olvidado! ¿Quién lo recuerda en la mudable vida, Ni puede asegurar si es que la herida Del viejo amor con otro se ha curado?
¡Transcurrió el tiempo!—inevitable era Que transcurriese—y otro amante vino Á hacerse cauteloso su camino Por donde el muerto amante ya lo hiciera.
VI
De pronto el corazón con ansia extrema, Mezclada á un tiempo de placer y espanto, Latió, mientras su labio murmuraba: —¡No, los muertos no vuelven de sus antros!...—
Él era y no era él, mas su recuerdo, Dormido en lo profundo Del alma, despertóse con violencia Rencoroso y adusto.
—No soy yo, ¡pero soy!—murmuró el viento—, Y vuelvo, amada mía, Desde la eternidad para dejarte Ver otra vez mi incrédula sonrisa.
—¡Aun has de ser feliz!—te dije un tiempo, Cuando me hallaba al borde de la tumba—. Aun has de amar—; y tú, con fiero enojo, Me respondiste:—¡Nunca!
—¡Ah!, ¿del mudable corazón has visto Los recónditos pliegues?— Volví á decirte; y tú, llorando á mares, Repetiste:—Tú solo, y para siempre.—
Después, era una noche como aquéllas, Y un rayo de la luna, el mismo acaso Que á ti y á mí nos alumbró importuno, Os alumbraba á entrambos.
Cantaba un grillo en el vecino muro, Y todo era silencio en la campiña; ¿No te acuerdas, mujer? Yo vine entonces, Sombra, remordimiento ó pesadilla.
Mas tú, engañada recordando al muerto, Pero también del vivo enamorada, Te olvidaste del cielo y de la tierra Y condenaste el alma.
Una vez, una sola, Aterrada volviste de ti misma, Como para sentir mejor la muerte De la sima al caer vuelve la víctima.
Y aun entonces, ¡extraño cuanto horrible Reflejo del pasado!, El abrazo convulso de tu amante Te recordó, mujer, nuestros abrazos.
—¡Aun has de ser feliz!—te dije un tiempo Y me engañé; no puede Serlo quien lleva la traición por guía, Y á su sombra mortífera se duerme.
—¡Aun has de amar!—te repetí, y amaste, Y protector asilo Diste, desventurada, á una serpiente En aquel corazón que fuera mío.
Emponzoñada estás; odios y penas Te acosan y persiguen, Y yo casi con lástima contemplo Tu pecado y tu mancha irredimibles.
¡Mas, vengativo, al cabo yo te amaba Ardientemente, y te amo todavía! Vuelvo para dejarte Ver otra vez mi incrédula sonrisa.
* * *
I
En mi pequeño huerto Brilla la sonrosada margarita, Tan fecunda y humilde, Como agreste y sencilla.
Ella borda primores en el césped, Y finge maravillas Entre el fresco verdor de las praderas Do proyectan sus sombras las encinas, Y á orillas de la fuente y del arroyo Que recorre en silencio las umbrías.
Y aun cuando el pie la huella, ella revive Y vuelve á levantarse siempre limpia, Á semejanza de las almas blancas Que en vano quiere ennegrecer la envidia.
II
Cuando llega diciembre y las lluvias abundan, Ellas con las acacias tornan á florecer, Tan puras y tan frescas y tan llenas de aroma Como aquellas que un tiempo con fervor adoré.
¡Loca ilusión la mía es en verdad, bien loca Cuando mi propia mano honda tumba les dió! Y ya no son aquellas en cuyas hojas pálidas Deposité mis besos..., ni yo la misma soy.
* * *
Todas las campanas con eco pausado Doblaron á muerto: Las de la basílica, las de las iglesias, Las de los conventos: Desde el alba hasta entrada la noche No cesó el funeral clamoreo: ¡Qué pompa! ¡Qué lujo! ¡Qué fausto! ¡Qué entierro!
—
Pero no hubo ni adioses ni lágrimas, Ni suspiros en torno del féretro... ¡Grandes voces sí que hubo!... Y cantáronle, Cuando le enterraron, un _Requiem_ soberbio.
***
Siente unas lástimas, ¡Pero qué lástimas!... Y tan extrañas y hondas ternuras... ¡Pero qué extrañas!
Llora á mares por ellos, Les viste la mortaja Y les hace las honras... Después de que los mata.
***
De la noche en el vago silencio, Cuando duermen ó sueñan las flores, Mientras ella despierta, combate Contra el fuego de ocultas pasiones, Y de su ángel guardián el auxilio Implora invocando piadosa su nombre: El de ayer, el de hoy, el de siempre, Fiel amigo del mal, Mefistófeles, En los hilos oculto, del lino Finísimo y blanco cual copo de espuma, En donde ella aún más blanca reclina La cabeza rubia, Así astuto y sagaz, al oído De la hermosa en silencio murmura:
«Goza aquél de la vida, y se ríe Y peca sin miedo del hoy y el mañana, Mientras tú con ayunos y rezos Y negros terrores tus horas amargas.»
«Si del hombre la vida en la tumba ¡Oh bella, se acaba, Qué profundo y cruel desengaño, Qué chanza pesada Te juega la suerte, Le espera á tu alma!»
***
Á la sombra te sientas de las desnudas rocas, Y en el rincón te ocultas donde zumba el insecto, Y allí donde las aguas estancadas dormitan Y no hay humanos seres que interrumpan tus sueños, ¡Quién supiera en qué piensas, amor de mis amores, Cuando con leve paso y contenido aliento, Temblando á que percibas mi agitación extrema, Allí donde te escondes, ansiosa te sorprendo!
—¡Curiosidad maldita!, frío aguijón que hieres Las femeninas almas, los varoniles pechos, Tu fuerza impele al hombre á que busque la hondura Del desencanto amargo y á que remueva el cieno Donde se forman siempre los miasmas infectos.
—¿Qué has dicho de amargura y cieno y desencanto? ¡Ah!, no pronuncies frases, mi bien, que no comprendo; Dime sólo en qué piensas cuando de mí te apartas Y huyendo de los hombres vas buscando el silencio.
—Pienso en cosas tan tristes á veces y tan negras, Y en otras tan extrañas y tan hermosas pienso, Que... no las sabrás nunca, porque lo que se ignora No nos daña si es malo, ni perturba si es bueno. Yo te lo digo, niña, á quien de veras amo; Encierra el alma humana tan profundos misterios, Que cuando á nuestros ojos un velo los oculta, Es temeraria empresa descorrer ese velo; No pienses, pues, bien mío, no pienses en qué pienso.
—Pensaré noche y día, pues sin saberlo, muero.—
Y cuenta que lo supo, y que la mató entonces La pena de saberlo.
* * *
Cuido que una planta bella Que ama y busca la sombra, Como la busca el alma Huérfana, triste, enamorada y sola, Y allí donde jamás la luz del día Llega sino á través de las umbrosas Ramas de un mirto y los cristales turbios De una ventana angosta, Ella vive tan fresca y perfumada, Y se torna más bella y más frondosa, Y languidece y se marchita y muere Cuando un rayo de sol besa sus hojas.
—
Para el pájaro el aire, para el musgo la roca, Los mares para el alga, mayo para las rosas; Que todo ser ó planta va buscando Su natural atmósfera, Y sucumbe bien pronto si es que á ella Oculta mano sin piedad la roba.
—
Sólo el humano espíritu al rodar desquiciado Desde su órbita á mundos tristes y desolados, Ni sucumbe ni muere; que del dolor el mazo Fuerte, que abate el polvo y que quebranta el barro Mortal, romper no puede, ni desatar los lazos Que con lo eterno le unen por misterioso arcano.
Por eso yo que anhelo que el refulgente astro Del día calor preste á mis miembros helados, Aun aliento y resisto sin luz y sin espacio, Como la planta bella que odia del sol el rayo,
Ya que otra luz más viva que la del sol dorado Y otro calor más dulce en mi alma penetrando Me anima y me sustenta con su secreto halago Y da luz á mis ojos por el dolor cegados.
* * *
I
En los ecos del órgano ó en el rumor del viento, En el fulgor de un astro ó en la gota de lluvia, Te adivinaba en todo y en todo te buscaba, Sin encontrarte nunca.
Quizás después te ha hallado, te ha hallado y te ha perdido Otra vez, de la vida en la batalla ruda, Ya que sigue buscándote y te adivina en todo, Sin encontrarte nunca.
Pero sabe que existes y no eres vano sueño, Hermosura sin nombre, pero perfecta y única; Por eso vive triste, porque te busca siempre, Sin encontrarte nunca.
II
Yo no sé lo que busco eternamente En la tierra, en el aire y en el cielo; Yo no sé lo que busco, pero es algo Que perdí no sé cuándo y que no encuentro, Aun cuando sueñe que invisible habita En todo cuanto toco y cuanto veo.
Felicidad, no he volver á hallarte En la tierra, en el aire ni en el cielo, ¡Aun cuando sé que existes Y no eres vano sueño!
SANTA ESCOLÁSTICA
I
Una tarde de abril, en que la tenue Llovizna triste humedecía en silencio De las desiertas calles las baldosas, Mientras en los espacios resonaban Las campanas con lentas vibraciones, Dime á marchar, huyendo de mi sombra.
Bochornoso calor que enerva y rinde, Si se cierne en la altura la tormenta, Tornara el aire irrespirable y denso. Y el alma ansiosa y anhelante el pecho Á impulsos del instinto iban buscando Puro aliento en la tierra y en el cielo.
Soplo mortal creyérase que había Dejado el mundo sin piedad desierto, Convirtiendo en sepulcro á Compostela. Que en la santa ciudad, grave y vetusta No hay rumores que turben importunos La paz ansiada en la apacible siesta.
II
—¡Cementerio de vivos!...—murmuraba Yo al cruzar por las plazas silenciosas, Que otros días de gloria nos recuerdan. ¿Es verdad que hubo aquí nombres famosos, Guerreros indomables, grandes almas? ¿Dónde hoy tu raza varonil alienta?
La airosa puerta de Fonseca, muda, Me mostró sus estatuas y columnas Primorosas, encanto del artista, Y del gran hospital, la incomparable Obra del genio, ante mis tristes ojos, En el espacio dibujóse altiva.
Después la catedral..., palacio místico De atrevidas románicas arcadas, Y con su Gloria de bellezas llena. Me pareció al mirarla que quería Sobre mi frente desplomar, ya en ruinas, De sus torres la mole gigantesca.
Volví entonces el rostro, estremecida, Hacia donde atrevida se destaca Del Cebedeo la celeste imagen, Como el alma del mártir, blanca y bella, Y vencedora en su caballo airoso, Que galopando en triunfo rasga el aire.
Y bajo el arco obscuro, en donde eterno Del oculto torrente el rumor suena, Me deslicé cual corza fugitiva, Siempre andando al azar, con aquel paso Errante del que busca en donde pueda De sí arrojar el peso de la vida.
Atrás quedaba aquella calle adusta, Camino de los frailes y los muertos, Siempre vacía y misteriosa siempre, Con sus manchas de sombra gigantescas Y sus claros de luz, que hacen más triste Su soledad, y que los ojos hieren.
Y en tanto... la llovizna, como todo Lo manso, terca, sin cesar regaba Campos y plazas, calles y conventos Que iluminaba el sol con rayo oblicuo Á través de los húmedos vapores, Blanquecinos á veces, otras negros.
III
Ciudad extraña, hermosa y fea á un tiempo, Á un tiempo apetecida y detestada, Cual ser que nos atrae y nos desdeña, Algo hay en ti que apaga el entusiasmo, Y del mundo feliz de los ensueños Á la aridez de la verdad nos lleva. ¡De la verdad!... ¡Del asesino honrado Que impasible nos mata y nos entierra! ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
¡Y yo quería morir! La sin entrañas, Sin conmoverse, me mostrara el negro Y oculto abismo que á mis pies abrieran. Y helándome la sangre, fríamente, De amor y de esperanza me dejara, Con sólo un golpe, para siempre huérfana.