El paraíso perdido

Part 6

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En otra parte hemos dicho que Milton entregó el manuscrito del PARAÍSO PERDIDO a Wood en Chalfont, y mencionado también la observación del Cuáquero, amigo del poeta, que quien había escrito el PARAÍSO PERDIDO, bien podía escribir el _Paraíso recobrado_, en lo cual alude al poema conocido después con este nombre. Milton volvió a Londres en 1666, probablemente a principios de año. El retraso que experimentó la publicación en 1665 por la peste, continuó en setiembre de 1666 por el gran incendio de Londres, que paralizó, como no podía menos de suceder, toda empresa por parte de los autores y libreros. Pero Milton había escrito la mayor parte, si no todo su _Paraíso recobrado_, falto de libros en su humilde habitación de Chalfont, así como su gran poema entre las incesantes distracciones producidas por la agitación y los peligros que combatieron a la República los cinco primeros años de su existencia, y entre los temerosos acontecimientos que acompañaron a la Restauración; pero desplegando toda su energía y aliento, se introdujo en la ciudad donde la peste acababa de hacer tantos estragos sin perdonar morada alguna, y donde a consecuencia del incendio, estaban sembradas las calles de ruinas y confusión, con el fin de hallar un librero bastante animoso para emprender la publicación de un poema épico en diez libros.

Halló, sin embargo, Milton el hombre que buscaba en la persona de Samuel Simmons; y todo el mundo sabe los términos del convenio que se realizó entre el poeta y este editor. Al firmarse el contrato recibió el autor cinco libras, y si se vendían los mil trescientos ejemplares de la primera edición, recibiría otras cinco. Si de la segunda edición se despachaba igual número, percibiría la misma suma, y otro tanto de la tercera, en el supuesto de que ninguna edición había de pasar de mil quinientos ejemplares; de manera que la venta de más de cuatro mil ejemplares no produjo al autor más que veinte libras. La primera edición se anunció perfectamente encuadernada y al precio de tres chelines. Milton firmó su convenio con Simmons el 27 de abril de 1667; el 26 de abril de 1669 recibió las segundas cinco libras, habiéndose agotado los mil quinientos ejemplares estipulados de la obra en aquellos dos años. La segunda edición no se imprimió hasta 1674, en que, como ya Milton no vivía, nada pudo recibir; así que todo lo que llegó a sus manos por producto del _Paraíso perdido_ fueron diez libras. La segunda edición se vendió en el espacio de cuatro años, y al imprimir la tercera en 1681, Simmons entregó a la viuda de Milton ocho libras, importe del derecho de autor. Simmons vendió la propiedad al librero Brabazon Aylmer en veinticinco libras, y en 1683, pasó de Aylmer a Jacobo Tonson en precio mucho mayor. En el transcurso de veinte años se publicaron seis ediciones, y se vendieron de siete a ocho mil ejemplares. En 1688 apareció una hermosa edición en folio, bajo los auspicios del gran jurisconsulto whig, lord Somers, y con una lista que excedía de quinientos suscriptores, entre los cuales figuraban los hombres más distinguidos por su posición y su fama literaria: hechos que hacían más honor al público de aquel tiempo que al comercio de librería.

La _Historia de Inglaterra_ de Milton, que tanto le había dado que pensar en ocasiones, no se publicó hasta 1670, pero muy mutilada por el censor, y, según dicen algunos, con intercalaciones posteriores, so pretexto de restablecer los pasajes suprimidos. En 1671 apareció el _Paraíso Recobrado_, juntamente con el _Hércules Sansón_. En 1673 el poeta dio a luz su tratado de la _Verdadera religión, la herejía, el cisma, la tolerancia, y que medios adecuados debían emplearse contra la preponderancia del Papado_. Por aquel tiempo, el país estaba cada vez más alarmado, y no sin razón, por temor de que ascendiese al trono un papista, y por el nuevo ascendiente con que amenazaba el romanismo. Milton excitó a todos los protestantes para hacer causa común contra el enemigo; en el mismo año reimprimió sus primeras poesías con algunas adiciones y correcciones, y su _Tratado sobre educación_; pero en la puntuación y en algunos otros pormenores, fue esta edición menos esmerada que la primitiva. En 1674, último de su vida, el venerable vate publicó sus _Cartas familiares_ en latin; y una traducción, también en latin, de la _Declaración de Poles en favor de Juan III_, que se dio en el mismo año, se le atribuyó asimismo.

Durante sus últimos años, Milton sufría mucho de la gota, de cuyas resultas se dice que murió. El 8 de noviembre, a los sesenta y seis años de edad y en su casa de Bunhill Fields, pasó su espíritu a mejor vida. Parece que su muerte tuvo lugar sin que la precediesen grandes síntomas, pero él hacía mucho que tenía el presentimiento de que no estaba lejana y hablaba de ella a su familia con la mayor entereza y serenidad, y sin muestra alguna de temor. Sus restos fueron sepultados al lado de los de su padre, en el presbiterio de San Gil, de Cripplegate. Toland dice que a sus funerales concurrieron «todos los hombres ilustrados y todos sus amigos de Londres, además de una gran concurrencia del vulgo.»

Era Milton de estatura más bien pequeña que alta. La afeminada belleza que le distinguía en su juventud, se convirtió en una regularidad varonil de facciones cuando creció en años. Sus retratos manifiestan que llevaba partido el pelo en mitad de la frente, con melenas que le caían por encima de los hombros; era de color moreno claro, y sus ojos pardos, conservándose naturalmente abiertos aun después de haber quedado ciego. En la flor de su edad tenía el cuerpo erguido y cierto aire de intrepidez. Un clérigo de edad, que le vio en sus últimos años, le pinta en una pequeña habitación, sentado en una silla de brazos, vestido de negro, pálido aunque no cadavérico, con las manos y los dedos hinchados de la gota y untados de greda. Dícese que acostumbraba también a estar sentado con un levitón gris de abrigo a la puerta de su casa, cerca de Bunhill Fields, en los días de gran calor para tomar el fresco, y que allí lo mismo que en la sala, recibía las visitas de las personas distinguidas que iban a verle. No contrajo la gota por entregarse a una vida regalada, dado que una de sus costumbres invariables era la sobriedad. Bebía muy poco vino, y era muy parco en la comida. En sus primeros años abusaba mucho de la vista y de la salud con el trabajo nocturno; en lo sucesivo empleaba la noche de otro modo, acostándose a las nueve y levantándose, en verano a las cuatro, y en el invierno a las cinco. Si no podía levantarse a esta hora, hacía que alguno le leyese, y así que se levantaba, prestaba atención a la lectura de un capítulo de su Biblia hebraica. Seguía estudiando hasta el mediodía; después de dar un corto paseo, comía, tocaba un rato el órgano, y cantaba, o rogaba a su esposa, que tenía muy buena voz, que le acompañase. Volvía luego a sus quehaceres mentales hasta las seis; de las seis a las ocho recibía a las visitas; entre ocho y nueve tomaba una sopa de aceite y un corto alimento, fumaba una pipa, se bebía un vaso de agua, y se retiraba a descansar. Uno de sus biógrafos dice «que era de carácter grave, no melancólico, no lo fue por lo menos hasta la última parte de su vida, ni displicente, ni moroso, ni atrabiliario, sino de ánimo sereno, de ánimo que no descendía a cosas pequeñas.» Aubrey, aunque asegura que era satírico, lo cual no puede dudarse que lo fue en ocasiones oportunas, más adelante añade «que aun durante sus ataques de gota estaba alegre y cantaba.» Por su hija menor sabemos también que «su padre era de un trato delicioso, de una conversación llena de vida, no solo por lo interesante de los asuntos, sino por su natural gracia y finura.» Su vida, que era sencilla y virtuosa, siguió siéndolo hasta el fin.

La mayor parte de los biógrafos de Milton se lamentan de que distrajera su genio por espacio de veinte años de la poesía, y lo dedicara a la política; pero la política que profesaba no era la común; había llegado el tiempo crítico en que era preciso resolver si Inglaterra había de ser libre o no serlo, patria de una enérgica libertad, o triste imitadora de las serviles monarquías del continente. Había allí hombres nacidos, no para servirse a sí propios, sino para servir a su país y a la humanidad. Semejantes hombres pueden arrostrar mil penalidades, y hallar, sin embargo, gusto en la esperanza de que cumplen con un deber; pero estos forman comparativamente un número muy exiguo, y Milton entre estos pocos, figuraba en primera línea. Su poesía hace honor a su genio, y sus servicios como patriota no son menos gloriosos a su dignidad moral. Él mismo nos dice que para proceder de manera que no tuviera que avergonzarse perpetuamente de sí, era indispensable subordinar su amor por la poesía al amor de su país y de la libertad. Para usar de su propio concepto, en aquella contienda secular únicamente ponía la mano izquierda; la derecha, que era por su naturaleza más diestra y vigorosa, hallaba su verdadero empleo en cosas más sublimes. Sin embargo, sus escritos políticos, que podían considerarse como una excepción, constituían un poderoso impulso bajo el aspecto de la libertad general, impulso, que como otros muchos no feneció, según comúnmente se cree, al asomar la Restauración. Sin la revolución de 1640, difícilmente sabríamos lo que había acontecido desde 1688.

Pero nuestro insigne poeta, como se ve en hombres más a propósito que él para las cuestiones de estado, mostraba mayor aptitud para destruir lo malo, que para producir lo bueno que había de sustituirlo. Según la opinión general, Milton era un fervoroso republicano, pero de hecho se inclinaba al gobierno ejercido por los más ilustrados y virtuosos; y la cuestión de si los más sabios y virtuosos se hallan con preferencia en una república, en una oligarquía, en una monarquía, o en todos estos sistemas combinados, era cuestión secundaria que solo concernía a la relación en que se hallan los medios con los fines. Juzgando de la monarquía por lo que casi siempre había sido, o más bien por lo que había sido recientemente en su país, no abrigaba esperanza alguna de salvación por aquel camino. De aquí la gran dificultad que se originaba para averiguar cómo construir la máquina de un gobierno democrático de manera, que ofreciese las mayores ventajas posibles y los menores inconvenientes anejos a esa misma utilidad.

Nada más distante de su pensamiento que la persuasión de que el mejor gobierno fuese el de la muchedumbre. Deseaba que cada pueblo fuese una ciudad, y cada ciudad como Florencia o Venecia, dotada de grandes poderes legislativos y administrativos; sobre estos hubiera establecido, no una cámara de los comunes, sino un gran consejo, de carácter permanente y revestido de la autoridad suprema, y para dar consistencia a este consejo, dice, hubiera «sido bien reformar y perfeccionar las elecciones, no entregándolo todo al tumulto y clamoreo de una multitud ignorante, sino concediendo a los más justamente notables el nombrar a los que quisieran, y además de este número, otros de más selecta procedencia que eligiesen un número menor más rigurosamente; hasta que después de purificar y mejorar por tercera y cuarta vez la elección, quedasen solamente nombrados los que constituyesen el número debido, y resultasen los más dignos por el mayor número de votos.»

Inútil es decir que Milton no conocía la naturaleza humana, pero de estos principios se deduce que le faltó poco para acertar con las tendencias más arraigadas y características del pueblo inglés. Sus instituciones, como todas las de carácter natural y propio, se habían deducido de su vida social. De ninguna de ellas se había echado mano porque únicamente se recomendase por la abstracción de sus teorías o porque en el papel parecieran muy acertadas. Todo dimana de las exigencias, y todo se adopta con tal que se acomode a estas; pero para acomodarlas a la república de Milton, necesitaba la nación olvidarse de casi todas las tradiciones, formas y sentimientos de lo pasado, y reemplazarlos con un orden de cosas que habían de hacerse, mas no con un orden de cosas ya hechas. Exigir una combinación de esta naturaleza de un hombre inteligente, era demasiado; mas exigirlo de un pueblo tan fiel a sus antiguas costumbres como el inglés, no era en manera alguna razonable. Como político, el gran vate proclamaba altas verdades, pero la aplicación de estas verdades a las actuales circunstancias, pedía un pensamiento y un temperamento más flexible que el que Milton podía llevar a la ciencia de la política. Cromwell comprendió que la mayoría de la nación, bajo una u otra forma, era realista, y que dejar la futura suerte del gobierno al sufragio de la nación, equivalía a votar la destrucción de la República. Milton equivocó el concepto de lo que la nación _podía_ hacer y lo que _debía_ ejecutar. Cromwell, que tenía un gran instinto político, vio lo que la nación _quería_ hacer abandonada a sí misma, y procedió con arreglo a este principio.

Por lo que hace a sus creencias religiosas, Milton en lo sustancial no se apartaba de las de su tiempo y su país. La fe de su juventud era la de un puritano, y aunque su piedad participaba de cierta índole libre, resultado natural de su especial inteligencia y modo de ver, nunca dejó de participar, en lo importante al menos, del espíritu y del carácter puritanos. A su muerte dejó dos obras manuscritas, una _Historia de Moscovia_, publicada poco después, y un _Tratado completo de Doctrina Cristiana_, que permaneció ignorado hasta que se dio a luz, traducido del latin, en el primer tercio del presente siglo. Verdad es que hasta los cuarenta años próximamente de edad, Milton fue trinitario y calvinista. En punto a la _Trinidad_, su opinión admitía algunas modificaciones, pero no hay seguridad de esta circunstancia hasta que apareció el PARAÍSO PERDIDO, es decir, cuando se acercaba a los sesenta años. En este poema hay algunas expresiones oscuras y desusadas sobre las personas que comúnmente se consideran como indistintas, y formando una sola en la Divinidad; en la _Doctrina Cristiana_, el Hijo se representa como la suprema naturaleza creada, pero creada al fin, y el Espíritu Santo, cuando está representado como una persona, se supone que es el ser más inmediato al Hijo. Debe, sin embargo, advertirse que semejante concepto no afecta en manera alguna a las opiniones de Milton sobre otros puntos teológicos; modificó en esto sus creencias, pero en todo lo demás las conservó inalterables: siguió creyendo en la caída del hombre y en las consecuencias que tuvo respecto al género humano; en la Redención de Cristo, en el perdón por medio de su sacrificio, en la justificación por su Justicia y en el poder regenerador del Espíritu Santo. La Redención, según él, fue concebida por una Trinidad de personas, aunque no iguales entre sí, y por una Trinidad de actos, bien que estos no se produjeran por personas de la misma naturaleza y autoridad.

Los críticos de Milton suelen admirarse de que un drama tan maravilloso como el PARAÍSO PERDIDO estuviese fundado en datos tan incompletos como los que ofrecen los primeros capítulos del Génesis; pero la verdad es que el poeta no halló los materiales de su obra dentro de aquella pauta: creía, como muchos aventajados críticos creen aún, que la primera parte de la revelación está formalmente expuesta en la última; que el PARAÍSO PERDIDO no se funda en el Génesis, sino que como la teología del siglo XVII, está únicamente cimentado en la Escritura. Hasta algún tiempo después del en que floreció Milton, casi todos los cristianos, sinceros creyentes, procedían bajo el mismo espíritu.

Se ha alegado como un grave cargo contra Milton que en sus últimos años no se sabe que formase parte de Iglesia alguna, ni profesase una forma dada de culto público; pero los que esta acusación propalan parece que se olvidan de que Milton sostuvo sus controversias eclesiásticas con el gran partido presbiteriano, casi tanto como con la Iglesia de Inglaterra; que en sus últimos años la única Iglesia permitida era esta última; que el haberse afiliado en un culto cualquiera distinto del de esa Iglesia, hubiera equivalido a una violación de la ley y a incurrir en la pena de multa y encarcelamiento. Ciertamente que si se hubiera concedido libertad de cultos, apenas habría hallado Milton iglesia cuyo credo estuviese conforme con el suyo; que concedida semejante libertad, dudamos que hubiera aprovechado la ocasión para valerse de ella. Hombres religiosos hay que convienen en un culto sin estar afiliados en ninguno.

Ya hemos hablado bastante de la crítica del doctor Johnson con respecto a Milton. El autor que no tiene escrúpulo en decir a sus lectores que cree a Milton capaz de forjar una oración para el _Eikon Basilike_, con el objeto de poder, fundado en ella, acriminar mejor al Rey, se priva de toda autoridad en cuanto se relaciona con la reputación del autor del PARAÍSO PERDIDO. Mr. De Quincey, aun siendo tory y nada afecto al puritanismo, ha calificado la conducta de Johnson respecto a Milton con frases muy severas, pero que no por eso dejan de ser exactas. «Por lo que hace al doctor Johnson, dice, ¿he de perdonarle yo por la trivial consideración del perjuicio que le irrogue? El doctor Johnson, cuando juzgaba a Milton, obraba con malicia, con falsedad y sin pudor alguno. Era hombre muy tentado de la falsedad, y no tenía la virtud de resistir a la tentación. Lo que hay es que Johnson ni capaz era de comprender a Milton. Johnson tenía su paraíso en las calles de Londres, y no tenía para qué hacer caso del que Milton había creado: para Milton, la religión y el gobierno eran los grandes intereses de la humanidad; para Johnson la religión no tenía más influencia que intimidar y rebajar el alma en lugar de sublimarla e infundir en ella nobilísimas aspiraciones; y en cuanto a gobierno, los hombres debían darse por contentos del que Jorge III tenía la dignación de darles. La naturaleza humana pintada por Johnson es una pobre naturaleza, pobre para este mundo y pobre para el otro; pintada por Milton tiene facultades divinas, y la perfección de que es capaz, y que él reconoce, es la profecía de su destino. Muy bien puede el poeta haberse remontado tanto a las regiones de lo ideal, que se olvidara de cuanto le rodea; pero el moralista que rebaja tanto la actualidad, se priva de la fuerza que puede elevarle hasta lo ideal. Johnson puede analizar y considerar los seres humanos en su vida mundana como ninguno otro hombre, pero seres humanos que puedan alternar con los ángeles, estaba muy lejos de concebirlos. Preferible, infinitamente preferible, es soñar con Milton, a no tener esperanza alguna como Johnson. Pero ¿qué decimos soñar? La fama del poeta es toda una realidad; el mundo celestial en que su espíritu penetró, una realidad todavía más grande, y los principios que de sus labios oímos son los más nobles que han salido jamás del pensamiento humano, y seguirán siéndolo siempre.»

EL PARAÍSO PERDIDO

LIBRO PRIMERO

ARGUMENTO

Este primer libro contiene en breves palabras la exposición o asunto de todo el Poema: la desobediencia del hombre, y como consecuencia de ella, la pérdida del Paraíso donde moraba. Indícase también que el primer móvil de su caída fue la Serpiente, o más bien Satanás, personificado en ella; el cual, rebelándose contra Dios y atrayendo a su partido numerosas legiones de ángeles, fue por disposición divina arrojado del cielo y precipitado con toda su hueste en el profundo abismo. Terminada esta exposición, el poema prescinde de los demás antecedentes, y representa a Satanás con sus ángeles, sumidos ya en el infierno, que se describe aquí, no como si estuviese situado en el centro del mundo (porque debe suponerse que ni el cielo ni la tierra existían aún, y por lo tanto, no podían ser mansión de réprobos), sino en un lugar de extrañas tinieblas, llamado más propiamente caos. Lanzado allí Satanás, con todos los suyos, en medio de un lago ardiente, herido del rayo y anonadado, vuelve por fin en sí como al despertar de un sueño, llama al que yace junto a él y es su segundo en poder y jerarquía, y ambos discurren sobre su miserable estado. Evoca el príncipe infernal a todas sus legiones, hasta entonces tan abatidas como él. Levántanse a su voz unas tras otras: su número, su orden de batallar y sus principales jefes, cuyos nombres son los de los ídolos conocidos después en Canaán y las comarcas circunvecinas. En un discurso que Satanás les dirige, los alienta con la esperanza de recobrar el cielo, anunciándoles por último la creación de un nuevo mundo y de un nuevo ser, conforme a una antigua profecía o tradición que se conserva en el cielo, pues era opinión de algunos Santos Padres que los ángeles existían mucho tiempo antes que este mundo visible. Para averiguar la verdad de esta profecía y lo que en su consecuencia debiera hacerse, junta en consejo a los principales. Resolución que adoptan. El _Pandemonium_, palacio de Satanás, construido de pronto, surge del abismo, y en él tienen su consejo los próceres infernales.

Canta, celeste Musa, la primera desobediencia del hombre, y el fruto de aquel árbol prohibido, cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo y todos nuestros males, con la pérdida del Edén[5], hasta que un Hombre más grande reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada. En la secreta cima del Oreb o del Sinaí[6], tú inspiraste a aquel pastor[7] que fue el primero en enseñar a la escogida grey cómo en su principio salieron del caos los cielos y la tierra; y si te place más la colina de Sión o el arroyo de Siloé[8], que se deslizaba rápido junto al oráculo de Dios, allí invocaré tu auxilio en favor de mi osado canto; que no con débil vuelo pretendo remontarme sobre el monte Aonio[9], al empeñarme en un asunto que ni en prosa ni en verso nadie intentó jamás.

Y tú singularmente ¡oh Espíritu! que prefieres a todos los templos un corazón recto y puro, inspírame tu sabiduría. Tú estabas presente desde el principio, y desplegando como una paloma tus poderosas alas, cubriste el vasto abismo, haciéndole fecundo. Ilumina mi oscuridad; realza y alienta mi bajeza, para que desde la altura de este gran propósito pueda glorificar a la Providencia eterna, justificando las miras de Dios para con los hombres.

Di ante todo, ya que ni la celestial esfera ni la profunda extensión del infierno ocultan nada a tu vista, di qué causa movió a nuestros primeros padres, tan favorecidos del cielo en su feliz estado, a separarse de su Creador e incurrir en la única prohibición que les impuso, siendo señores del mundo todo. ¿Quién fue el primero que los incitó a su infame rebelión? La infernal Serpiente. Ella con su malicia, animada por la envidia y el deseo de venganza, engañó a la Madre del género humano. Por su orgullo había sido arrojada del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes, y con el auxilio de estos, no bastándole eclipsar la gloria de sus próceres, confiaba en igualarse al Altísimo, si el Altísimo se le oponía. Para llevar a cabo su ambicioso intento contra el trono y la monarquía de Dios, movió en el cielo una guerra impía, una lucha temeraria, que le fue inútil. El Todopoderoso le arrojó de la etérea bóveda, envuelto en abrasadoras llamas; y con horrendo estrépito y ardiendo, cayó en el abismo de perdición, para vivir entre diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con sus armas al Omnipotente.