Part 5
Gravemente equivocado estaba Salmasio respecto a lo que acontecía en Inglaterra, y por la ligereza y menosprecio con que trataba a las personas que tenía por adversarios, incurrió en mil indiscreciones que hicieron poco favor al concepto de sabio en que se le tenía. Evidentemente nada estaba más lejos de su imaginación, que le saliese al encuentro un antagonista como Milton, rival muy sagaz para descubrir hasta el menor descuido, y una vez descubierto, nada escrupuloso en manifestarlo. Aquel espíritu servil, y la arrogancia e insolencia del tono que se empleaba, eran de tal naturaleza, que Milton no sabía cómo dirigirse a él en términos que pareciesen dignos. Téngase presente que todo el secreto de la oposición consistía en el sarcasmo, el ridículo, y los epítetos más ignominiosos que un inglés podía hallar contra su adversario; la agilidad y el vigor de la lucha traían a la memoria el arte y la impetuosa resolución de un jefe de los antiguos atletas, que se ponía a dirigir la lucha; a cada golpe que se asesta, se convence uno de que el enemigo que está delante no merece piedad alguna, y sin piedad se le tratará. Pero no le cegaba tanto la pasión, que le privase de la lógica, ni le impidiera valerse de las armas que le daba su ciencia.
La defensa de los derechos de la humanidad contra todo género de opresión es siempre justa, y a veces se eleva a una sublimidad que le subyuga a uno con su fuerza y magnificencia. Era natural que una lucha entre dos gigantes como aquellos, llamase la atención de los sabios y de los hombres ilustrados de Europa, porque era espectáculo raro el de aquellos dos combatientes, puesto uno enfrente de otro. Algunos dicen que Milton acabó con su adversario, el cual no volvió a mostrarse lo que antes era, y murió al siguiente año. Otros niegan que fuese así; lo cierto es que semejante acometida no podía menos de ocasionar una gran lesión[4]. Desde entonces variaron mucho los sentimientos del continente, hostiles al Parlamento inglés. La fama de Milton no conoció superior sino en la de Cromwell, y el talento de uno y el poder de otro se creía que eran los que habían elevado a Inglaterra a su nueva posición.
Cuando Milton recibió la orden del Consejo para escribir esta obra, su vista, que hacía diez años iba gradualmente debilitándose, en los dos últimos se aminoró de una manera alarmante. Los médicos a quienes consultó, le previnieron que si se determinaba a emprender aquel trabajo, empeoraría su enfermedad hasta el punto de quedar ciego; a lo cual respondió con la más tranquila resolución: «¡Pues aunque ciegue!» Y cegó, en efecto, como le habían pronosticado; pero en los postreros instantes de su vida era un consuelo para él recordar la causa de aquellas tinieblas que se habían interpuesto entre sus ojos y el mundo visible; diciendo en unos versos: «Ciriaco, en pocos días, estos ojos, antes claros, privados de la luz, han perdido su vista. Me preguntas qué me consuela de tan gran quebranto: la conciencia, amigo mío, de haber perdido mis ojos en el nobilísimo empeño de defender la libertad.»
Ocho años pasaron, y nada más volvió a oírse de la polémica con Salmasio; mas no era creíble que la _Defensa del pueblo de Inglaterra_, tan celebrada de un extremo a otro de Europa, quedase sin respuesta alguna. Varias se dieron, y no excitaron interés; una que se publicó anónima, la atribuyó Milton al obispo Bramhall; sin embargo, su autor fue un clérigo desconocido llamado Rowland; contra la cual escribió Juan Philips, sobrino de Milton, una réplica que revisó el mismo poeta antes de publicarse.
Hemos visto que en 1649 se mudó Milton de Barbican a Holborn. Al hacerse cargo de su secretaría, pasó a ocupar la habitación que le estaba destinada en Whitehall, mas no sabemos por qué motivo, se le mandó desalojarla algún tiempo después; y en junio de 1651, tomó una linda casa en Petty France, en Westminster, contigua al palacio de lord Scudamore, que daba a St. James Park. Aquí siguió viviendo ocho años, hasta que vino la Restauración.
Como la pérdida de la vista le sobrevino poco a poco, no es fácil determinar con exactitud la época fija en que quedó totalmente ciego. Uno de sus adversarios le supone ya en este estado en 1652. No basta esto para asegurarlo; pero en la réplica que Milton le dirigió, dice lo bastante para dar por acaecida aquella desgracia en el mencionado año.
En una carta escrita a un amigo en setiembre de 1654, cuenta que por espacio de diez años había ido su vista «debilitándose y enturbiándose,» y añade cómo fue perdiéndola, hasta que la luz «se trocó en una oscuridad completa, como la que queda al apagarse una vela.» «Cuando por la mañana, dice, me ponía a leer, según mi costumbre, padecía mucho de los ojos, que me molestaban terriblemente, hasta que con el ejercicio corporal adquirían alguna fuerza. Si miraba a una luz encendida, la veía cercada de un disco luminoso. Una pequeña sombra que me cubría la parte izquierda del ojo izquierdo también, el cual comenzó a resentírseme algunos años antes que el otro, me impedía ver todo lo que había en aquella dirección. Hasta los objetos que tenía enfrente parecían oscurecerse cuando cerraba el ojo derecho, y este fue también durante tres años acabándose lentamente, y pocos meses antes de perder la vista del todo, no sentí novedad alguna; ahora siento como unos densos vapores en la frente y las sienes, que me oprimen y pesan sobre los párpados, sobre todo después de comer, a la caída de la tarde. Ni debo omitir tampoco que antes de quedar totalmente privado de la vista, cuando estaba en la cama y me volvía de uno y otro lado, al cerrar los ojos, me salían de ellos ráfagas lucientes; más adelante, cuando poco a poco fui dejando de distinguir los objetos, parecía que los colores, proporcionalmente turbios y oscuros, saltaban con cierto ímpetu y con una especie de zumbido interior.» Pero después de 1652, estas postreras llamaradas de la luz que se le apagaba, no volvieron a aparecer más.
La única obra en respuesta a su _Defensa del pueblo de Inglaterra_, sobre la que Milton decidió al fin no guardar silencio, fue una publicación titulada _Regii sanguinis clamor ad Cœlum adversus Parricidas Anglicanos_ (Grito que la sangre real levanta al cielo contra los parricidas ingleses). El autor de esta obra era un tal Pedro Du Moulin, residente en Inglaterra, pero francés de nacimiento. Por él mismo sabemos que el manuscrito fue enviado a Salmasio, y que este encargó la impresión a uno llamado Moore, en latin «Morus,» escocés, que era el director del colegio protestante de Castres, en Languedoc. El libro no lleva más nombre que el del impresor, pero la dedicatoria a Carlos II está firmada por Moro. Milton llegó a entender que Moro había tenido alguna parte en esta obra, y contra él esgrimió la pluma, considerándole su autor; y como el escrito en cuestión estaba lleno de las más duras apreciaciones sobre su carácter privado, Milton aprovechó la ocasión para justificarse de semejantes diatribas, y al propio tiempo para decir al mundo cuál era su juicio respecto al carácter de los hombres que más participación tenían en el origen y conservación de la república inglesa. La importancia biográfica de esta segunda _Defensa_ es muy grande; de modo que en este concepto tenemos mucho que agradecer a la cándida malignidad de los enemigos de nuestro autor. Moro intentó replicar; Milton contestó; a la contra-réplica añadió un suplemento; pero la controversia estaba ya agotada.
En 1653 quedó Milton viudo. Dícese que su esposa murió en su último destierro. Durante los últimos años, cuando estaba engolfado en cuestiones de tanto interés público y atrayéndose la atención de Europa, hay motivos para creer que su situación doméstica no era muy envidiable. Su esposa le había dejado ciego y con tres hijas, la más pequeña de dos años, y la mayor de ocho. Él mismo nos dice que a pesar de los servicios que había hecho a la República, había estado muy lejos de enriquecerse. Sus rentas consistían en el sueldo de secretario, que no llegaba a trescientas libras al año, y en sus recursos propios. En 1655 cuando, ciego ya, tuvo que echar mano de un auxiliar para su cargo, se le dejó reducido el sueldo a ciento cincuenta libras anuales, que se le asignaron como vitalicio. Poco después se nombró a su buen amigo Andrés Marvell como sustituto en su empleo oficial, nombramiento que parece haberse hecho a indicación suya.
Tales eran sus circunstancias personales cuando contrajo segundo matrimonio, y la persona con quien se enlazó fue miss Woodcock, hija del capitán Woodcock, de Hackney. Cómo se condujeron los negocios domésticos de Milton durante los tres últimos años, no está averiguado; pero que quedaron abandonadas las tres hijas, lo cual no hubiera sucedido a tener una madre de no más que regular inteligencia, es muy verosímil. Con Catalina Woodcock vivió Milton tan feliz como no lo había sido hasta entonces, y sus hijas suponemos que empezaron a dar señales de aprovechamiento bajo su dirección; pero este rayo de luz que entró en casa del poeta debía durar muy poco: quince meses después de su matrimonio murió su esposa embarazada, y la criatura no se logró. El sentimiento que tuvo siempre Milton por la pérdida de esta virtuosa señora, la expresó en un bellísimo soneto.
Ocho años fecundos en acontecimientos habían de pasar, antes de que Milton volviera a casarse. El alivio de trabajo que tenía en su cargo de secretario, le dejaba algún tiempo más de que disponer; seguía ocupándose en la Historia de Inglaterra, y ahora dio principio a los apuntes preparatorios para un diccionario latino reformado, y a la reunión de materiales para una obra de Teología; mas poco después de haber enviudado segunda vez, comenzó a pensar en el asunto de la Caída del Hombre para el poema épico que de tiempo atrás meditaba. Según su amigo Aubrey, empezó esta grande obra en 1658, mas en esta época todavía no se consagraba a ella del todo, sino a ratos. En 1658 publicó el manuscrito de la obra de Sir Gualterio Raleigh titulada el _Consejo del Gabinete_. En 1659 dio su importante tratado de la _Potestad civil de los casos eclesiásticos_, y un vigoroso opúsculo sobre los medios de suprimir los _Jornaleros de la Iglesia_. En el mismo año escribió también una carta a un amigo, tocante a los trastornos de la República, y otra al general Monk en favor de una República libre, exponiendo los medios que debían emplearse para asegurarla; pero eran cartas confidenciales y breves que no llegaron a imprimirse. El folleto dado a luz algunos meses después bajo el título de _Breve_ y _fácil camino para establecer una República libre_, era de más importancia y estaba dirigido a la nación. En este opúsculo recomendaba con mucho empeño la excelencia de una República libre «comparada con los inconvenientes y peligros de la restauración monárquica en aquel país.» Otro fragmento publicó por entonces en contestación a un sermón altamente realista, predicado por un doctor Mateo Griffith, que se decía «Capellán del último Rey.» En estos dos escritos protesta Milton con toda su energía contra el restablecimiento del gobierno de los Estuardos, y en el mismo sentido seguía clamando, cuando los cañones de Dover Castle anunciaban el desembarque de Su Majestad Carlos II; pero la nación no le oía, y la corte y el pueblo se apresuraban a realizar las fatídicas predicciones tantas veces anunciadas por Cromwell, reproducidas por Milton al presente. La parte sensata del país estaba cansada de una guerra de facciones, del desorden que cada vez introducía más profunda perturbación, y anhelaba se realizasen sus esperanzas, fundadas en las prudentes y patrióticas intenciones del Rey proscrito. Aquellas esperanzas iban a salir fallidas; pero la experiencia vino demasiado tarde, y lo hecho ya no podía menos de realizarse.
En los ocho años que precedieron a la Restauración, vivió Milton en su aislado domicilio de Petty France, cerca del centro en que se agitaban todos aquellos años las ruidosas cuestiones suscitadas entre la Iglesia y el Estado. En aquel solía recibir a sus amigos, entre los que nos figuramos oír a Ciriaco Skinner discurrir libremente sobre los últimos debates del Parlamento o del club, y sobre la marcha de los negocios públicos. En el mismo sentido resonaba allí la honrada voz de Andrés Marvell, que a veces hacía también ingeniosas y profundas observaciones críticas acerca de la poesía y de la literatura en general. Allí es de suponer que Roberto Boyle hablase a su ciego amigo de los nuevos experimentos filosóficos, pasando de los misterios de la naturaleza a las religiosas consideraciones que le inspiraba su supremo Autor. Los escritos de Milton prueban las relaciones personales que tenía con los hombres más distinguidos del ejército y del Estado, y que estos acudían de vez en cuando a visitarle. La admiración que causaba su genio, lo mismo que el de Bacon, era mayor entre los extranjeros que entre sus compatriotas, y en esa época, después de Cromwell, el inglés que más llamaba la atención de los primeros, y a quien manifestaban más deseos de conocer, era nuestro autor; por lo que muchos emprendían un viaje y se dirigían a su modesta vivienda solo con este objeto.
Pero todo cambió con la Restauración. Milton debió comprender que su vida no estaba segura; había terminado su carrera política, y no bastaba en lo sucesivo su silencio para preservarle de las consecuencias de lo pasado. Abandonó entonces a Petty France y halló en Bartolomé Close un asilo y un amigo. A la proclamación se siguió su encarcelamiento; pero tenía amigos de influencia deseosos de favorecerle, como su cuñado Sir Tomás Clarges, Morrice, secretario de Estado y primo del general Monk, Andrés Marvell, que era individuo del Parlamento, dos distinguidos realistas, regidores de York, y sobre todo Sir Guillermo Davenant. Aun entre sus enemigos había algunos que consideraban su pérdida de vista con lástima, y su genio con respeto. Hay quien dice que algunos de sus amigos le dieron por muerto, y fingieron hacerle exequias fúnebres para frustrar la persecución del gobierno que andaba en busca suya; pero semejante recurso hubiera parecido sobrado cándido además de no ser creíble que Milton se hubiera prestado a semejante farsa. A ser cierta esta especie, los ingenios de la corte de Carlos no la hubieran dejado dormir tanto tiempo después del suceso.
En junio de 1660 resolvieron los Comunes que los _Iconoclastas_ y su _Defensa del Pueblo de Inglaterra_ se quemasen por mano del verdugo, y así se verificó en el mes de agosto; pero al mismo tiempo se pronunció sentencia de indemnidad, absolviendo de la pena de muerte al autor, aunque algunos meses después, no sabemos por qué causa, le hallamos bajo la vigilancia del macero del Rey. Sin embargo, en breve fue puesto en libertad, castigándole solo a pagar sus alimentos; pago a que resistió con su carácter independiente y resuelto, fundándose en que era excesivo, y se modificó el tanto antes prefijado.
Al dejar la casa de Bartolomé Close, tomó otra en Holborn, cerca de Red Lion Square, de donde a poco se trasladó de nuevo a Jewin Street. Aquí publicó una obra sobre los _Accidentes_ y _Gramática de la Lengua Latina_, y además los _Aforismos del Estado_ de un manuscrito que dejó Sir Gualterio Raleigh. Debemos añadir que en esta casa de Jewin Street contrajo Milton su tercer matrimonio, mas no parece que fuese con mucha anterioridad a 1664. Su amigo el doctor Paget le recomendó a Isabel, hija de Mr. Roberto Minshull de Wistaston, cerca de Nantwich, en Cheshire, como mujer que podría contribuir a su felicidad, y se verificó este enlace. Tenía entonces Milton cincuenta y seis años, y treinta menos su esposa. Su hija mayor contaba diez y ocho, y la segunda diez y seis.
Permaneció Milton tanto tiempo sin casarse con la esperanza al parecer de que sus hijas adquirieran afición y capacidad para el arreglo de la casa, pero estas esperanzas debieron frustrársele. Milton incurrió al parecer en la falta de haberse conducido con sus hijas no tan dignamente como era de esperar de él; conducta que por una y otra parte dejamos al juicio de los lectores.
A mistress Foster, nieta de Milton, se atribuye la declaración de que su abuelo, además de la aspereza con que trataba a sus hijas, miraba con tal indiferencia su educación, que no quiso que aprendiesen a escribir. La mayor no podía leer por cierto impedimento que tenía en la lengua, pero las otras dos, y Débora la más joven lo dice así, sabían leer en ocho idiomas, entre ellos el griego y el hebreo; pero la ocupación de verse obligadas a leer mucho en estas lenguas, o por lo menos en una que no sabían traducir, debía ser tan desagradable como inútil. El sobrino del poeta, Philips, refiere que luego que las jóvenes concluían esta ocupación, iban todas tres fuera de casa «a aprender algunas labores curiosas y entretenidas, propias de mujeres, especialmente el bordado en plata y oro.» El hecho de que Milton al morir dejó cuanto poseía a su esposa, excepto lo que podían reclamar sus hijas por la parte de su madre, de la familia de los Powells, ha venido a confirmar los desfavorables informes que se tienen en el particular.
En cambio debe recordarse que mistress Foster, la nieta del poeta, no es enteramente digna de crédito, pues la aserción de que Milton no quiso enseñar a sus hijas a escribir, es positivamente falsa, dado que Aubrey afirma ser Débora, la más joven, la amanuense de su padre, y que aprendió latin y a leer griego, es decir, a traducir una lengua y leer otra. Débora además asegura que aunque no fueron a colegio, «aprendían en casa con una maestra que se tomó a este fin.» Esto significa que estaban bajo la dirección de un aya. A este gasto hay que añadir el del aprendizaje del bordado, y la asignación que tuvieron los cuatro o cinco años antes de morir su padre, en que dejaron de formar parte de la casa. Al fin de ese tiempo, dice él que había «gastado la mayor parte de su fortuna en esta atención,» y al mismo tiempo que habían sido «descuidadas y poco afectuosas con él;» que «no le cuidaban estando ciego, ni hacían nada en obsequio suyo;» que «en lugar de servirle de apoyo, que tanto necesitaba, se confabulaban con la criada para sisarle en la compra;» que habían inutilizado algunos de sus libros, y vendido los demás a las prenderas; y que María, la segunda, sabiendo que su padre estaba para casarse, decía que la mejor noticia que podrían darle de él era que había muerto.
La nueva mujer de Milton tenía veinte y seis años de edad cuando se casó, y Aubrey, que la conoció, la pinta como «una bella persona, de carácter bondadoso y dulce.» Por lo que de ella se dice, debemos en efecto presumir que se distinguía por sus atractivos personales. Sábese que profesó a su marido gran respeto; que los versos que se le ocurrían a él de noche, los escribía ella al dictado al siguiente día; que procuraba complacerle en todo, y que de hecho probó ser una excelente señora. Milton mismo confiesa que era una «amante esposa», y su hermano Cristóbal asegura que así como él «se quejaba, aunque sin acritud, de que sus hijas le habían tratado con poco cariño, de su esposa decía que había sido amable y cuidadosa.» Al dejar para ella la propiedad de que podía disponer, que, sin embargo, no le proporcionaba más que los medios de una regular subsistencia, daba a entender que satisfacía una deuda de gratitud. En el convenio últimamente hecho cuando se litigó la herencia, las hijas se contentaron con recibir cien libras cada una por su parte; y al mismo tiempo las mil libras que seguía debiendo la familia de Powell, reconocidas por personas que se obligaban a pagarlas como una deuda legítima, quedaban a las hijas como objeto de reclamación. «Philips cuenta» dice Johnson, «que mistress Milton persiguió a las hijastras en vida de su marido, y las despojó de lo suyo después de muerto;» pero baste decir que Philips nunca dijo semejante cosa, ni es la primera vez que la ojeriza de Johnson le lleva a incurrir en difamaciones de esta naturaleza. La mejora hecha en favor de la viuda, probablemente sugerida por ella misma, es el único cargo que puede hacérsele; y por lo que hace a la persecución que se le atribuye, Débora bien podía dejar su casa, aun recibiendo buen trato, para ser adoptada, como de hecho lo fue, por mistress Merien, mientras sus dos hermanas difícilmente hubieran vivido cinco o seis años al lado de su madrastra, si tan mal se hubiera conducido con ellas. En todo esto, en lo que se dice del proceder de Milton para con sus hijas y su primera mujer, no es fácil asegurar en quién estuvo la falta, pero no creemos aventurar mucho al decir que si él fue culpable con los demás, estos lo fueron en mucho mayor grado para con él.
No siguió viviendo mucho tiempo en Jewin Street; de allí se trasladó, por último, a una casa situada en Artillery Walk, que entonces era una hermosa calle que salía a Bunhill Fields; pero no había residido mucho tiempo en su nueva vivienda, cuando le lanzó de ella la peste, que tan terriblemente invadió la metrópoli en 1655; hubo de refugiarse por algún tiempo en una casa cualquiera de Chalfont, en Buckinghamshire, que había alquilado para él su joven amigo Wood, el Cuáquero. En este tiempo concluyó o dejó casi concluido su PARAÍSO PERDIDO.
Las primeras noticias que tenemos de que Milton intentase escribir un poema épico, se refieren a la época de su viaje al continente. Los elogios que le tributaron en Florencia, indican que algo de este propósito manifestó a sus amigos de aquella ciudad. En los versos que dirigió a Manso en Nápoles, pocos meses después, explícitamente declara su intención, pero el asunto que entonces le ocupaba, era el Rey Arturo y el espíritu caballeresco de aquellos tiempos. En su tratado del _Gobierno de la Iglesia_, publicado en 1641, vuelve a hablar de su proyecto, pero es con referencia también al Rey Arturo. No sabemos cuándo o por qué dejó el asunto británico por el bíblico; pero es lo cierto que en 1658 había ya variado de resolución, pues algunos años antes, Philips y otros amigos habían visto fragmentos del poema, especialmente el _Apóstrofe de Satán al Sol_, que apareció después en el PARAÍSO PERDIDO. Es por consiguiente de suponer que ocho o diez años antes se ocupaba el poeta en este asunto y estaba más o menos resuelto a escribirlo, y que unos siete años antes de su publicación, era obra que resueltamente traía entre sus manos. La primera forma que pensó dar a su obra, sabido es que era la de un drama; los manuscritos de Milton en Cambridge, nos dan por anteriores dos planes dramáticos sobre la _Caída del Hombre_, trazados de un modo semejante al de los antiguos misterios; mas por fortuna abandonó aquella idea, en la cual parece que insistió muy poco.
La causa más poderosa que le sugirió tan sublime asunto es probable que dependa de los nuevos pensamientos a que se entregó al regresar a Inglaterra en 1639. Estando aún en Cambridge, el disgusto con que veía el giro dado a los sucesos de la Iglesia anglicana, le apartó del propósito de hacerse clérigo. Su _Lycidas_ manifiesta que pensaba así cuando estaba escribiendo aquel poema; pero su residencia en Horton y su viaje continental comprenden el intervalo que puede decirse más brillante de su vida, y si esta le hubiera sonreído después del mismo modo, es probable que el poema épico hubiera sido el caballeresco. La lucha entre Carlos y el Parlamento, que engendró la guerra civil y las graves cuestiones de la libertad civil y religiosa, absorbieron su atención, y no solo avivaron el espíritu religioso que descubrió en sus primeros años, sino que le arraigaron más en él, y por decirlo así, constituyeron sus ulteriores hábitos.