El paraíso perdido

Part 4

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No puede, sin embargo, negarse, a nuestro modo de ver, que tanto Juan Milton como María Powell se equivocaron. El desvío de María Powell a su nuevo estado, parece que consistió no tanto en su amor a las diversiones, dado que su carácter era más flemático que animado, sino en su incapacidad para hacerse agradable a un hombre de talento. Podrá decirse que Milton hubiera debido considerar este defecto de antemano, y abstenerse de contraer tal compromiso, y en este punto la verdad es que no dejó de equivocarse. La familia, con todo, trató de persuadirle de que semejantes genialidades eran naturales en una joven, mayormente tan a los principios, y que poco a poco iría renunciando a ellas. Pero cualesquiera que fuesen los defectos que Milton hallase en su mujer, estaba resuelto a sufrir las consecuencias del paso que había dado. Él no se separó de su esposa: ella fue la que le abandonó, añadiendo al abandono el insulto, no solo por su parte, sino por la de sus amigos.

Debemos recordar que Milton vivió lo bastante para casarse con tres mujeres. Con la segunda fue completamente feliz; el bello soneto que dedicó a su memoria, confirma sin duda esta aserción. Con su tercera esposa pasó los diez últimos años de su vida en la más estrecha unión, y de esto no tendremos la menor duda al ver el magnánimo proceder con que se condujo respecto a María Powell y a sus inconsiderados parientes. A medida que se acercaba a su edad media, fue haciéndose hombre más activo y de más firme resolución, y en sus últimos años abrigó ideas desfavorables a la constancia y bondad de las mujeres. Pero por más arraigada que estuviera en él la opinión de la superioridad que el sexo más fuerte debe ejercer sobre el más débil, el encanto que para él tenía la naturaleza de la mujer, y el homenaje que el hombre debe estar dispuesto a rendirla, se ve cuando pinta a Eva, a la _Señora del Comus_, y en otros varios de sus escritos. Profesaba evidentemente la opinión de Sheridan, que las mujeres son mucho peores y mucho mejores que los hombres.

Solo ya, y peor que si hubiera estado solo, Milton empezó a idear medios para salir de tan difícil estado. La cuestión se reducía a saber si el matrimonio es un lazo indisoluble, excepto en los casos limitados por las leyes existentes, y la conclusión que dedujo después de mucho estudio y reflexiones, fue que el divorcio podía apoyarse en otros fundamentos que los que a la sazón se tenían por tales. En 1644, al año siguiente de su matrimonio, dirigió al Parlamento un escrito titulado _Doctrina y disciplina del divorcio_. Halló que la opinión que había concebido sobre esta materia, estaba autorizada por Martin Bucer en una petición dirigida a Eduardo VI, y se contentó con reimprimir el juicio de este reformista, añadiendo un prefacio y una conclusión. Por este tiempo habían cobrado mucho ascendiente los Presbiterianos, y levantaron grandes clamores contra tan nueva doctrina. Intentaron que como desmoralizador de la sociedad, fuese citado Juan Milton a la barra en la Cámara de los lores; pero sus señorías no tomaron la cosa tan a pechos, y el acusado fue honrosamente despedido. En 1645 publicó Milton otro tratado sobre el mismo asunto, titulado _Tetrachorden_, que era una exposición de los cuatro pasajes principales de la Escritura relativos al particular. Otra publicación se dio a luz en el mismo sentido con el título de _Colasterion_. Hubo algún escritor anónimo que intentó refutar la _Doctrina y disciplina del divorcio_, y la última producción de Milton en punto a esta controversia, consistía en una réplica a aquella refutación. Nunca se retractó de las opiniones que había manifestado, y los que las aceptaron fueron por algunos llamados Miltonistas. Lo fundamental de su doctrina era «que por la ley de Moisés, además del adulterio, existían otras razones de divorcio, que debían tener presentes los magistrados cristianos como providencias de justicia, y que no debían contrariarse las palabras de Jesucristo; finalmente, que el prohibir absolutamente toda especie de divorcio, excepto en los casos previstos por Moisés, era contra la razón de la ley. La principal proposición era esta: que siendo la indisposición, la ineptitud o la contrariedad de ánimo producidas por causas inmutables por su naturaleza, un impedimento, que pueden serlo perpetuo para los beneficios más esenciales de la sociedad conyugal, cuales son la tranquilidad y la paz, establecen razón más poderosa de divorcio que el adulterio, con tal que los cónyuges se separen de mutuo consentimiento.»

Pero no fueron estas las únicas publicaciones que salieron de la pluma de Milton durante los dos años en que le vemos separado de su mujer. En 1644, a ruegos de su amigo Hartlib, dio a luz su _Tratado sobre educación_, que generalmente se ha considerado como una utopía sobre este asunto, porque exige una multitud de conocimientos y de ilustración en la juventud, que solo pueden adquirirse a fuerza de años y de experiencia. Rara vez acontece que los hombres de genio sean buenos preceptores: adquieren fácilmente sus conocimientos, las más veces por intuición, y dan en la pretensión de medir la capacidad de los demás por la suya propia. La lentitud y pasos graduales en que realmente consiste la educación, se reservan a los hombres de más paciencia y por decirlo así, de inferiores facultades. El genio es impetuoso; la rutina igual, lo mismo mañana que hoy, y sabe bien hasta dónde se puede ir y dónde conviene detenerse.

Pero el año en que se publicó el _Tratado sobre educación_, fue notable por la aparición de una obra de extraordinario mérito, la _Areopagítica_ o _Discurso por la libertad de la imprenta, sin restricciones_. Dirigió Milton este escrito al Parlamento, que por cierto es de los en prosa el más elocuente, y el que consigna más verdades de perpetua aplicación y máximas más dignas. Los hombres, dice Milton, son virtuosos cuando rechazan el mal por voluntad propia, no cuando se apartan de él por necesidad. «Para mí, añade, no es digna de alabarse la virtud fugitiva y enclaustrada, jamás combatida ni en peligro, que no provoca ni acomete a su adversario, sino que se fortalece en aquellos que conquistan la corona inmortal con mil afanes y fatigas.»

El Parlamento había promulgado una orden para regularizar la imprenta, en que se decía: «Ningún libro, folleto, ni papel, se imprimirá en lo sucesivo, que primero no obtenga la aprobación y licencia de los designados a este fin, o por lo menos de alguno de ellos.» Milton acudió al Parlamento para que examinase de nuevo esta orden, y para recordarle que el someter a un autor a la ignorancia o capricho de los censores, era invención de tiempos modernos, recomendándole también que no diese en la ilusión de suponer que semejante ley bastaría para desterrar de la imprenta los malos libros, pues por el contrario sostenía que sus efectos podían ser «ante todo desalentar a los hombres doctos y ahuyentar la verdad, no solo haciendo inútiles todos nuestros conocimientos, sino imposibilitando cuantos descubrimientos pudieran hacerse en lo sucesivo tanto en lo civil como en lo religioso.» El principio, añade, de poner freno a la imprenta, so pretexto de que no debe difundirse el error, no bastaba para acabar con la controversia, dado que ningún hombre puede refutar un error sin publicar este mismo error para refutarlo. Que no debe castigarse a los malos porque se suponga que son capaces de cometer maldades, sino que debe esperarse a que estas se cometan, y que lo mismo acontecía con los libros. Al discurrir así, Milton deseaba que la licencia absoluta de la imprenta fuese un indicio seguro de libertad, mientras las leyes concernientes a la traición, a la sedición, a la difamación y a la blasfemia no estuviesen más en consonancia con aquel artículo. La licencia para imprimir tal como se concedía, era un fútil privilegio, si el gobierno se reservaba el poder de castigar aquellas faltas como le pluguiese. Al defender Milton que la libertad absoluta de imprenta debía hacerse efectiva, debiera haber llevado su reforma a todos aquellos vicios que pudieran llamarse colaterales; pero estaba aún muy distante el siglo XIX para que se realizase aquella ilusión en nuestra historia.

Milton, sin embargo, tenía muchos amigos, que sabedores de sus ideas en esta vital cuestión, le instaban para que las publicase, y muchos contestaban a sus exageraciones luego que lo ponía por obra. La influencia de aquel germen así defendido en el espíritu de la legislación, si no era del todo decisiva, no dejaba de ser considerable. La acción de los censores durante el Parlamento Largo, quedaba entorpecida y limitada por tan ilustradas opiniones; un funcionario hubo que renunció tan odioso cargo, y en tiempo de Cromwell quedó abolido. Milton defendía y exponía de la siguiente manera sus argumentos y amonestaciones: «Yo no he de ocultar ni a mis amigos ni a mis enemigos lo que por todas partes se dice, que si volvemos a las represiones inquisitoriales y a las licencias, y tenemos miedo de nosotros mismos, y sospechamos de los demás hasta el punto de asustarnos con cada libro, y temblamos ante cualquier papel antes de que sepamos su contenido; si algunos de los que casi se conservan mudos, nos prohíben leerlo todo, excepto lo que a ellos les agrade, no es fácil adivinar que intentan más una segunda tiranía para la ciencia; y en breve quedará fuera de toda duda que los obispos y los clérigos, en el nombre y en los hechos son lo mismo para nosotros.» Pero el poeta se entusiasma con su teoría como con una visión profética. Londres era para él un gran arsenal espiritual, en que se estaban forjando armas de todas especies para llegar a aquel gran resultado. «Me figuro en mi ignorancia una nación noble y poderosa, que sacude el sueño como un hombre vigoroso y rompe sus apretadas ligaduras; se me representa como un águila que ensaya su poderosa juventud, y fija sin deslumbrarse sus ojos en el ardiente sol del mediodía, avivando y purificándose su vista largo tiempo ofuscada en la fuente misma del esplendor celeste; mientras el clamoreo de las aves tímidas y agrupadas, así como de las que apetecen el crepúsculo, revoloteando alrededor y no comprendiendo aquella novedad, predice con sus envidiosos gritos un año de disturbios y divisiones.» Nuestros lectores interpretarán este discurso, y a fuerza de leerlo y analizarlo, adquirirán una impresión exacta del sublime y profético espíritu que en él domina.

En 1645 publicó Milton una colección de sus poemas, incluyendo todos los sonetos que había escrito en el mismo año. Los nuevos sonetos se referían a los clamores que se habían levantado a consecuencia de las publicaciones del autor sobre la cuestión del divorcio, así como los que llevan el nombre de _Lorenzo_, _Ciriaco Skinner_ y _Enrique Lawes_, y los de _Lady Margarita Ley_ y _Una joven virtuosa_. En el prólogo de este tomo, Moseley, el editor, dice: «los poemas de Spencer, en estos ingleses, están imitados de tal manera, que los aventajan en dulzura.»

La joven en cuya alabanza está escrito uno de los nuevos sonetos, suponen que se llamaba miss Davis, a quien Milton, hallándose viudo, empezó a dirigirse con ánimo de hacer de ella una segunda esposa. Esta joven, que se pinta como muy bella y de una familia respetable, parece que dudó antes de contraer semejante vínculo, el cual aunque agradable para ella en más de un sentido, no podía menos de exponerla a murmuraciones y desdenes sociales. Al propio tiempo se verificó un cambio repentino en las circunstancias de Milton, de tal naturaleza, que no dejaba lugar a duda alguna: por el verano de 1645 obtuvieron los Parlamentarios la victoria decisiva de Naseby; la causa realista quedó vencida desde aquel día, y entonces vieron los Powells que la alianza con Milton, no solo era una cosa segura, sino ventajosa. El corazón de María Powell, que es de presumir anduviese en vacilaciones, con el rumor de que su marido solicitaba la mano de otra, no debió quedar muy satisfecho de los nuevos acontecimientos.

En este estado se hallaban las cosas, cuando Milton devolvió una visita a cierto amigo llamado Blackborough, en St. Martin’s-le-Grand. No era Blackborough el único de los amigos de Milton que deseaban dejase a la mujer con quien se había reconciliado, y esta visita dio ocasión para averiguar si podría tener lugar. Mistress Milton tenía su habitación en lo interior de la casa; se presentó repentinamente, se arrojó a los pies de su esposo y le rogó con lágrimas y evocando pasados recuerdos, que no la diese al olvido. Dícese que Milton vaciló al principio, pero cedió por fin; y al declarar que se olvidaba de lo pasado, podemos estar ciertos de que así sucedería: nadie por lo menos duda de que la reconciliación de Adán y Eva por el poeta, fue una viva reminiscencia de los sentimientos que le sugirió esta escena.

Al año siguiente Mr. R. Powell, de Forest Hill, estaba «de guarnición en la ciudad de Oxford, cuando ocurrió su rendición.» En el archivo de los Papeles de Estado hay un documento firmado por el general Fairfax, de 27 de junio de 1646, en que concede a Powell libre salida con sus criados, caballos, armas, efectos y todo lo necesario para dirigirse a Londres o a otro cualquier punto, según lo creyese indispensable. Powell se encaminó con toda su familia a la capital, donde su cuñado, a quien tan bajamente habían insultado y desacreditado, los recibió en su casa y los hospedó en ella por espacio de algunos meses. Pocas semanas después de su llegada, nació el primer hijo de Milton.

El último poema latino de nuestro autor, fue escrito a principios de 1647. Era la _Oda a Juan Rouse_, el conservador de la Biblioteca Bodleiana. A principios de 1646, murió en su casa el padre de su esposa, y doce meses después falleció también su propio padre, que durante algunos años permaneció tranquilamente en su compañía. Viéndose sucesivamente libre de los individuos que formaban la familia de su mujer, y con la muerte de su padre en mayor independencia de acción, Milton se mudó a poco, en 1647, desde su espaciosa casa de Barbican a otra más pequeña en Holborn. Esta casa de Holborn, dícese que tenía accesorias a Lincoln’s Inn Fields, sitio que en aquel tiempo correspondía a su nombre más que al presente. En la casa de Holborn nació la segunda hija de Milton, María.

En 1648 añadió nueve Salmos a los que ya había traducido. Aquel año fue poco favorable a la tranquilidad de estudio de los ingleses que estaban identificados con los negocios públicos. El partido del Rey quedó derrotado en todas partes. Carlos fue hecho prisionero, primero por los escoceses, después por los presbiterianos ingleses y últimamente por los independientes. Los independientes, y Cromwell en especial, no solo estaban dispuestos a respetar la vida del Rey, sino que, a ser posible, deseaban entrar con él en algún acomodamiento; pero las dilaciones, intrigas y engaños de su Majestad, además de frustrar todo proyecto de aquella especie, indignaron a los hombres que hubieran podido servirle, y convencieron al ejército de que su vida no sería nunca más que un tejido de conspiraciones contra la vida de las personas que se atrevieran a oponerse a su voluntad. ¿Cuáles eran las ideas de Milton respecto a los acontecimientos que podían producir semejante resultado? ¿Dónde se hallaba cuando Carlos compareció ante el Supremo Tribunal de Justicia, y dónde cuando su cabeza, sin corona ya, rodó sobre el cadalso? No lo sabemos; lo que sabemos es que en su opinión, como en la de sus compatriotas en lo general, la guerra empeñada no se había suscitado contra la monarquía. El objeto de la lucha había sido establecer la monarquía sobre una base constitucional compatible con la libertad; fracasado este intento, la alternativa era una república; y cuando esta sobrevino se oía decir a todos: «nosotros no hemos traído esto; ello ha venido por sí; y convencidos como estamos de que hay una voluntad superior a todo nuestro poder, nos conformamos con ella, y en caso necesario demostraremos tener razón suficiente para hacerlo así.» Milton era uno de los que explicaban en estos términos su conducta.

Muerto el Rey, los Presbiterianos prorrumpieron en grandes gritos y fulminaron las más amargas invectivas contra los Independientes, como perpetradores responsables de aquella muerte. Milton que hubiera perdonado esta inculpación a los antiguos realistas o la gente ignorante del pueblo, no podía tolerarla procediendo de aquel partido, y por eso pocas semanas después de la muerte del Rey, publicó su folleto titulado: _Procedimiento de los Reyes y los Magistrados_, cuyo objeto, según parece, era en cuanto se relacionaba con el castigo impuesto al Rey, «más bien reconciliar los ánimos con aquel hecho, que discutir la legitimidad de la sentencia que se había pronunciado.» El argumento sin embargo, va más allá de lo que indican estas palabras, pues la proposición se encaminaba a probar «que es legal y en todos tiempos se había sostenido que, quien quiera que estuviese en el poder, podía residenciar a un tirano o a un rey perverso, y una vez adquirido el convencimiento de que lo era, deponerle y condenarle a muerte, si los magistrados ordinarios no se resolvían o se negaban a hacerlo.» Después quedó demostrado que los Presbiterianos, tan censurados a la sazón por haber depuesto al Rey, fueron los que no solo le depusieron en el Senado, sino que en el campo alzaron contra él la cuchilla del verdugo. La evidencia de los hechos y la irrebatible lógica de esta publicación, hirieron profundamente a los Presbiterianos, los cuales habían ya denunciado a Milton, y esta vez con mas energía que nunca; pero el objeto del escritor fue no tanto granjearse la voluntad de aquel partido, como reducirle a silencio exponiendo sus debilidades y su falta de sinceridad.

El trabajo de Milton que en el orden de tiempo sigue a este, fueron sus _Observaciones sobre los artículos de la paz con los irlandeses rebeldes_. Estos artículos redactados por Ormond, el Lord lugarteniente, a nombre del Rey, demostraban que Carlos, faltando a sus más solemnes compromisos, se preparaba a llevar adelante sus intentos con ayuda de los católicos irlandeses, y a favor de cualquiera otra circunstancia de que pudiera aprovecharse. Las firmas que acompañaban a este pacto se habían puesto trece días antes de que el desdichado Rey fuese públicamente ejecutado. «Tal es, dice Milton, los frutos de mis estudios privados, que ofrecí gratuitamente a la Iglesia y al Estado, y por los que recibí por única recompensa la impunidad, aunque estos actos me procuraron la tranquilidad de conciencia y la aprobación de los buenos, poniendo en práctica la libertad de discusión de que yo era tan partidario. Sin trabajo ni merecimiento alguno lograron otros honores y utilidades; pero nadie me vio solicitar cosa alguna para mí mismo ni por medio de mis amigos; ni se me halló jamás en actitud suplicante a las puertas del Senado, ni haciendo la corte a los magnates. Yo acostumbraba a estar retraído en mi casa, donde mis bienes propios, parte de los cuales habían sido secuestrados durante las revueltas civiles, y parte absorbidos por las opresoras contribuciones que había satisfecho, me proporcionaban escasa subsistencia. Cuando me veía libre de estas atenciones, y pensaba que pronto gozaría de un intervalo de paz no interrumpida, volvía mi pensamiento a una historia de mi país que abrazase desde los tiempos primitivos hasta el presente.»

Esta historia inglesa era un asunto muy favorito de Milton, pero no llevó su narración más allá de la conquista. Como historia no tiene mucha importancia; pero como obra en que Milton revela sus pensamientos y su gran inventiva aplicada a una serie dada de sucesos, a pesar de estar formada de fragmentos, no deja de ser interesante. Las comparaciones que hace entre lo pasado y lo presente, aunque entonces parecían inoportunas, son ahora instructivas para nosotros.

Mas había de llegar día en que el hombre que nunca había solicitado nada para sí, fuese elevado a una honrosa posición por la desinteresada munificencia del Estado. El gobierno invitó a Milton a aceptar la plaza de secretario de Lenguas extranjeras. Su último opúsculo había hecho un servicio al país, y su competencia y aptitud para el destino vacante, eran superiores a las de todos los demás a quienes hubiera podido concederse. Era presidente del consejo el gran jurisconsulto Bradshaw, y ya hemos visto que el mismo apellido tenía la madre del poeta; así que Milton aceptó el destino el 13 de marzo de 1649, y dos días después tomó formalmente posesión de él; pero en sus manos de seguro no sería una _sine cura_.

A juicio de muchos, fue un gran crimen la ejecución del Rey, y teniendo en cuenta sus efectos, fue en verdad un grandísimo error. Por lo demás, era un aviso a las testas coronadas para que no abusasen de su poder, y cualquiera otro recurso que se hubiera empleado, habría ofrecido extraordinarias dificultades. Pero con aquello se había herido profundamente el sentimiento de la nación, y en mucho tiempo no podía ponerse remedio al mal. En este estado la nueva república recibió un gran golpe con la publicación del _Eikon Basilike_, libro de devoción que se forjó para presentar al último rey como hombre singularmente devoto y santo en todos los actos de su vida privada. A pesar de la dificultad de comunicaciones que había entonces, el libro se propagó por todo el país, agotándose con sorprendente rapidez una edición tras otra. En contestación al _Eikon Basilike_ (La Imagen real), Milton dio a luz uno de sus más doctos escritos, con el título de los _Iconoclastas_ (Los destructores de Imágenes). El objeto de esta publicación era pintar la situación del Parlamento, en oposición al Rey, y demostrar la falsedad de las pretensiones que en favor del segundo se alegaban. Era otra gran _Demostración_, y no podía menos de ser favorable a la república.

Pero la conducta del Parlamento y el ejército para con el Rey no pareció tan ofensiva en el extranjero como interiormente. A fines del mismo año, Claudio _Saumaise_, más conocido por Salmasio, publicó su _Defensio regia pro Carolo Primo ad Carolum Secundum_. El autor de esta obra era un erudito de los más distinguidos, que había logrado gran celebridad, el cual, a vuelta de sus argumentos, defendía resuelta y enfáticamente el derecho divino de los reyes, y apuraba todo su saber para probar que los soberanos ninguna responsabilidad contraen con sus súbditos, sino únicamente con Dios. Semejantes ideas, poco daño podían hacer en Inglaterra, pero realzadas con los abusos que en la república se cometían, fácilmente podían extraviar a los extranjeros.

Tal impresión, sin embargo, produjo aquel escrito, que en enero de 1650 expidió el Consejo una orden para que «Mr. Milton preparase una refutación al libro de Salmasio.» Hecha en efecto esta, se mandó imprimirla, y se acordó dar gracias al autor; y como la obra de Salmasio estaba en latin, en latin también apareció la respuesta, llevando el título de _Defensio pro Populo Anglicano_.