Part 3
Pasado que hubo dos meses en estudiar los monumentos de la antigua Roma, y en este íntimo trato con sus actuales moradores, Milton emprendió el viaje a Nápoles. En el camino subió a su carruaje un ermitaño, que demostró ser hombre de alguna cultura literaria, y habiendo quedado prendado del viajero como antes que a él le había sucedido a Holstenio, al llegar a Nápoles vio que un hombre de tanto mérito no podía estar en aquella ciudad sin ser presentado a Manso, marqués de Villa, personaje de gran consideración en aquel país, y Mecenas de los talentos en los demás. Todo el que conozca la triste historia de Torcuato Tasso debe estar familiarizado con el nombre de Juan Bautista Manso, su constante y generoso amigo. Manso rayaba a la sazón en los ochenta años: recibió con mucha finura a Milton, y el resultado de esta entrevista lo dice el hecho de haberse constituido personalmente en guía del joven estudiante por todos los sitios que ofrecían algún interés en Nápoles y sus alrededores. «Yo le merecí, dice Milton, todo el tiempo que permanecí allí las más benévolas atenciones. Me acompañaba a los diferentes puntos de la ciudad, yendo a buscarme al palacio del virrey, y repetidas veces a mi casa para visitarme. Al despedirme, me pidió mil perdones, por no haber podido dispensarme más atenciones como lo deseaba, a causa de no haber disimulado yo mis sentimientos religiosos.» Milton había resuelto al salir de su casa no mezclarse para nada en cuestiones religiosas, a no ser que otros las provocasen; pero esta precaución parece que no fue bastante para preservarle de algunas inconveniencias, a veces hasta peligrosas, pues cuando pensaba volver a Roma, le advirtieron algunos mercaderes de Nápoles, que por ciertas cartas habían sabido lo preparados que estaban contra él los jesuitas ingleses, si otra vez se presentaba en aquella ciudad. Pero tenía que volver, y no hubiera desistido de su vuelta, porque manejaba bien la espada, y nada tenía que temer si se empeñaba un lance de hombre a hombre.
En Nápoles fue donde llegaron a sus oídos graves noticias sobre el conflicto que había surgido en Inglaterra entre el soberano y sus vasallos. Su deseo era haber ido a Sicilia y después a Grecia, pero en virtud de aquellas novedades, escribe: «Consideraba una deshonra que mientras mis compatriotas estaban combatiendo en mi país por la libertad, yo estuviese viajando por el extranjero por mi gusto, y con un objeto puramente intelectual.» Los escoceses habían destruido con incontrastable fuerza todas las innovaciones de Laud y del rey. Inglaterra experimentaba grande simpatía por lo que Escocia había hecho; y si no había comenzado la guerra civil al sur del Tweed, los hombres pensadores la veían como inminente. Próximo a dejar a Nápoles, Milton dirigió a Manso una epístola en hexámetros latinos y en estilo más sublime que cuanto la música de Tasso había inspirado a este en su favor. En contestación Manso envió a su amigo dos copas ricamente trabajadas, y en ellas dos líneas que formaban una expresiva dedicatoria.
«Volví, dice Milton, a Roma, a pesar de lo que se me había dicho. Si alguien me preguntó lo que era yo, no se lo oculté, y si alguien atacó en la ciudad papal la religión ortodoxa, yo como antes, y por espacio de dos meses, la defendí calorosamente.» En Florencia como en Roma reanudó Milton relaciones con sus antiguos amigos, y pasado aquel tiempo, se dirigió por Bolonia y Ferrara a vivir un mes en Venecia. Desde Venecia fue por Verona y Milán, subiendo el monte de San Bernardo, a Ginebra, en la cual ciudad permaneció algunas semanas, hasta que desandando el camino que había llevado, desde París arribó a Inglaterra cuando finalizaba junio, tras una ausencia de «un año y tres meses poco más o menos.» Esta breve relación de sus viajes la hizo cuando la parte que tomó en los negocios públicos le expuso a mil calumnias aventuradas, y por esta razón concluye su resumen con las siguientes palabras: «De nuevo pongo por testigo a Dios de que en todos aquellos puntos donde multitud de cosas se reputan legales, viví libre e incólume de todo libertinaje y vicio, teniendo siempre presente la máxima de que por más que me ocultase a los ojos de los hombres, no dejarían de verme los ojos de Dios.»
Es digno de observarse que todas las poesías que escribió Milton en Italia, así como casi todas sus composiciones de Cambridge, forman graves descripciones. En su noble epístola a Manso no hizo misterio alguno de la idea de escribir un poema épico, y los versos que le dirigían sus amigos de Roma y Florencia, indicaban harto claro que alguna expresión se le había deslizado sobre tal propósito, dado que no desconfiaban de que su genio acometiese alguna obra de aquella naturaleza. En este tiempo, sin embargo, no se le había ocurrido aún tomar por asunto de un libro la pérdida del Paraíso: la historia del rey Arturo y de los caballeros y damas que llenaban su corte caballeresca, fue lo que sugería a su imaginación animados y brillantes cuadros.
Cuando volvió Milton a Inglaterra, su padre había dejado la casa de Horton y trasladádose con su hijo Cristóbal a Reading. Los gastos inevitables en el viaje que había hecho el poeta, no le impidieron comprar gran cantidad de libros, de los cuales unos llevó consigo y otros llegaron después. En realidad no tenemos motivos en que fundarnos para suponer que los recursos con que contaba fueran bastantes para asegurarle una modesta independencia. En carrera comercial no pensaba, y a la vida profesional estaba poco inclinado. Si su buen padre _pudo_ sostenerle en términos de que no tuviera que pensar más que en sus libros y en sus obras literarias, seguros estamos de que lo haría, y parece evidente que en efecto lo hizo.
El primer paso que dio Milton al volver a Londres, fue alquilar parte de una casa en St. Bride’s Churchyard. Allí acomodó sus libros y volvió de nuevo a sus estudios; era esto a fines de 1639. Pero al año siguiente le vemos tomar una «casa con jardín,» es decir, una casa aislada con un jardín alrededor en Aldersgate Street, calle que se describe como una de las más tranquilas y de las más decentes de los arrabales de Londres. Por este tiempo mistress Philips, su hermana, quedó viuda y volvió a casarse. Cuando vivía en St. Bride’s Churchyard, se encargó del cuidado y educación del hijo más joven, mozo de nueve años a la sazón y de grandes esperanzas, y ahora recibió al sobrino más pequeño como pupilo. Habiéndose comprometido a dirigir por sí la educación de aquellos dos sobrinos, vemos que luego se encargó de algunos más, hijos de amigos suyos, de quienes sin duda recibía buenos honorarios por sus servicios.
En este punto de la vida de Milton, Johnson da una completa explicación sobre el ningún afecto que le profesaba. «No permitáis, escribe, que veneremos a Milton; prohibidnos ver con cierta plenitud de satisfacción sus grandes promesas y sus pequeños cumplimientos; hombre que se apresura a volver a su país porque sus compatriotas pelean por su libertad, y cuando llega al lugar de la acción, emplea su patriotismo en una casa de pupilos.» Milton nos dice que resolvió dejar en esta ocasión «el éxito de los asuntos públicos, primero a Dios y después a aquellos a quienes el pueblo había encomendado esta empresa.» Pero los escritos de Milton constituyen su biografía; y si Johnson se hubiera tomado la molestia de leer sus obras en prosa con el cuidado que se merecen, habría fijado su atención en el siguiente pasaje, y no hubiera abusado tanto de su humor satírico: «Confiando en la ayuda de Dios, el pueblo inglés rechazaba la esclavitud con la más justa de las guerras; y aunque yo no reclame parte alguna en la alabanza que le es debida, fácilmente puedo defenderme de la imputación (si alguna de esta naturaleza se me ha hecho) tanto de timidez como de indolencia. Porque si no arrostré las penalidades y riesgos de la guerra, fue porque en otra esfera podía con más eficacia, y con no menos peligro para mí, servir de algo a mis compatriotas y mostrar un espíritu que ni se rendía a la adversidad de la fortuna, ni obraba por vil miedo a la calumnia o a la muerte. Desde que en mis primeros años me consagré a los estudios más liberales, y me sentí más robusto de entendimiento que de cuerpo, siendo extraño a las labores del campo, en que cualquier soldado de vigorosa naturaleza me hubiera fácilmente excedido, recurrí a las armas que yo podía manejar con más efecto, y comprendí que obraba cuerdamente al ejercitar así mis mejores y más poderosas facultades en el servicio de mi país y de su honrosa causa.» Cualquiera otra conducta que hubiera seguido Milton, le hubiera expuesto a menos calumnias que las que arrostraba, siendo un motivo de asombro para él y para todos, que después de tantos peligros no rodase su cabeza en un cadalso para castigo de su temeridad.
Milton se mudó juntamente con sus libros, a St. Bride’s Churchyard, en el otoño de 1639, y de aquí a Aldersgate Street en 1640, y publicó su primer folleto contra el Parlamento y la reforma eclesiástica en 1641. Por espacio de once años siguió Carlos I gobernando a Inglaterra sin contar con el Parlamento, y deliberadamente había suspendido las leyes que a sí mismo se impuso con su juramento al coronarse, y con las solemnes promesas que después hizo de mantenerlas. El fin de todo gobierno es proporcionar seguridad a las personas y propiedades, pero allí no había seguridad posible. El rey esquilmaba a sus súbditos cuanto podía, ejercía en todos los ramos del comercio el monopolio que más le agradaba, y detenía, desterraba o encarcelaba a su antojo a los tildados de descontentos, fuésenlo o no realmente. Nadie estaba seguro, si no alegaba el mérito de la sumisión y del silencio, y nadie era dueño de sí, ni aún con semejantes méritos. En los negocios eclesiásticos predominaba el sistema romano sostenido por Laud, y la única aspiración de sus amigos era suprimir toda oposición y libertad de pensamiento, perpetuar la jerarquía más aferrada a los intereses clericales, imponer el rezo inglés no solo a los ingleses sino a los escoceses, y asimilar el ritual anglicano al romano de tal manera, que apenas se advirtiese entre ellos diferencia alguna. Esta era la política que con relación a la Iglesia miraba Laud como la mejor y más conforme al modo de ver de su soberano.
Pero en 1639 se sublevó la Escocia, reprobando y proscribiendo, en uso de sus fueros, este orden de cosas. Llamó el Rey a sus súbditos ingleses para que le ayudasen a sofocar aquella rebelión; mas la respuesta que le dieron fue que para obtener aquella ayuda, era menester anular las leyes que regían, y conceder la libertad que las mismas leyes otorgaban para corregir tantos abusos y fomentar los intereses de la nación. En 1641 Carlos empleó cuantos recursos creyó oportunos, con la esperanza de orillar así aquellas dificultades, pero en vano. Congregó una asamblea de pares en York; disolvió el Parlamento Corto convocado en la primavera de 1640, y se vio obligado a pasar por la reunión de aquel Largo Parlamento tan memorable, en noviembre del mismo año. Pero aunque en Escocia se había desenvainado la espada contra el gobierno del Rey, ningún golpe le amenazaba aún por parte de Inglaterra; y dado que Milton se hubiera resuelto a esgrimir sus armas en esta contienda, el partido que hubiera podido tomar durante los tres años de su regreso de Italia, era el de emigrar a Escocia, y unirse en aquel reino a la bandera de los insurgentes. En Inglaterra, por aquel tiempo, la oposición se reducía al principio a meras discusiones, y uno y otro partido protestaban contra el pensamiento de emplear otros ningunos medios. Baste esto para aquilatar la justicia de las censuras que en el tono de mofa que hemos visto se permitió Johnson.
Estando en estos preliminares, tuvo Milton ocasión de comprender hasta qué punto influían en los realistas sus preocupaciones y yerros, y cuánto importaba ver si se podría encauzar bien a los mismos parlamentarios, ya que se estaba en los principios de la contienda; lo cual hubiera sido hacedero en el Parlamento, si sus paisanos le hubieran enviado a él; pero en aquellas circunstancias el único medio de poder prestar algún servicio al Estado era la prensa, y sus enemigos se hubieran alegrado mucho de verle comprometido en semejante agresión, y echar mano de las groseras armas que la multitud podía manejar tan bien o mejor que él mismo.
La obra que Milton dio a luz en 1641 se titulaba: _De la Reforma en Inglaterra, y de las causas que la han frustrado hasta ahora. Escrito a un Amigo_. El autor había manifestado en su _Lycidas_ que la condición de la Iglesia anglicana estaba muy distante de satisfacerle; y véanse las elocuentes palabras con que describe el origen y principios de la Reforma en el siglo XVI: «Mas para no recargar más el cuadro de las iniquidades de la Iglesia, de cómo nacieron y de cómo tomaron cuerpo; cuando recuerdo por fin después de tantos siglos de tinieblas, en que la negra sombra del error ha ocultado todas las estrellas del firmamento de la Iglesia, cómo la brillante y bendita Reforma ahuyentó con el divino poder la negra y pesada noche de la ignorancia y tiranía anti-cristiana, me parece que un nuevo e indecible júbilo debe animar el pecho del que lee u oye, y que el suave placer de ojear el Evangelio debe inundar su alma en celestial fragancia. Entonces se difundió la Sagrada Biblia hasta los últimos rincones de que la profana falsedad y menosprecio la habían arrojado; se abrieron las escuelas; la ciencia divina y humana volvieron sus acentos a las lenguas que habían enmudecido; los príncipes y ciudades se agolparon al punto bajo la nueva bandera de salvación, y los mártires, con la irresistible fuerza de su debilidad, quebrantaron el poder de las tinieblas, y triunfaron de la fiera rabia del antiguo dragón.» De este lenguaje deducirá el lector el fervor y animación de estilo con que está escrito el folleto. El impulso que debió nacer de semejante cambio quedó paralizado; y las causas fueron varias, entre ellas la injusta preferencia que se dio a los obispos, cuya afición a pomposas ostentaciones, consecuencia natural de la falsa posición en que se les colocaba, dícese que los convirtió en grandes corruptores, en vez de ser, como su título lo indica, padres espirituales de la Iglesia.
Esta publicación debió ver la luz a principios de 1641. Fue seguida inmediatamente de otra, _La Humilde Manifestación en favor del Episcopado_, debida a la pluma de Hall, obispo de Norwich, excitado por el arzobispo Laud para tomar parte en esta cuestión. En respuesta al obispo apareció de allí a poco una obra con el título de _Smectymnuus_, nombre formado por las iniciales de los cinco teólogos puritanos que se encargaron de escribirla. Esta contra-réplica puso en un conflicto al arzobispo Usler. Milton contestó a la _Institución apostólica del Episcopado_, escrita por su excelencia, con dos tratados, el uno sobre la _Prelacía episcopal_, y el otro que se decía _Razones del gobierno de la Iglesia_. El obispo Hall publicó entonces una defensa de su _Manifestación_, a la cual tardaron poco en seguirse las _Advertencias_ de Milton. Todos estos escritos aparecieron antes de expirar el año 1641.
Profunda fue sin duda la impresión que produjeron los folletos de Milton. En 1642 se dio a luz un volumen titulado: _Modesta Refutación contra un Libelo calumnioso y grosero_, el cual se consideró generalmente como debido a la pluma del hijo del obispo Hall. A los infundados ataques que dirigía esta obra contra el carácter privado de Milton, contestó él victoriosamente en su _Apología del Smectymnuus_.
El éxito de las apasionadas controversias sobre este asunto se vio primero en la expulsión de los obispos de la Cámara de los Lores, y finalmente en la supresión de aquella clase; mas el demostrar hasta qué punto contribuyeron los escritos de Milton a este resultado, haría preciso detenerse en su análisis, y las condiciones de esta breve memoria nos impiden entrar en cuestiones semejantes.
Pasados los borrascosos años de 1641 y 1642, hallamos a Milton en sosegada compañía con sus pupilos, o meditando sobre el gran poema que tenía pensado, y de que había anticipadamente hablado con pomposos anuncios en su _Apología del Smectymnuus_. Recordando los esfuerzos que le costó exponer sus opiniones sobre la educación, naturalmente tenemos curiosidad de ver cómo las pondría en práctica; mas por desgracia los hechos están muy lejos de corresponder a las esperanzas. Debemos suponer que bajo la dirección del autor del _Comus_ y del _Allegro_ y el _Penseroso_, sus pupilos estarían familiarizados con los más acabados y brillantes modelos que podía ofrecer una biblioteca clásica. No sucede nada de esto. Los libros que debiéramos hallar en primer término, tales como Virgilio, Horacio y Ovidio, ceden el puesto a Lucrecio, Manlio y otros prosistas de los inferiores y menos inteligibles en materia de lenguaje. No se hable de Tácito, de Livio ni de Cicerón. En el curso de autores griegos, no se tropieza con un solo trágico, orador ni aún historiador, a excepción de algunos fragmentos de Jenofonte. La idea de Milton parecía ser que con adquirir el conocimiento de la lengua, la comprensión de sus bellezas vendría por sí. Debemos añadir que los discípulos de este único establecimiento tenían que aprender hebreo y leerlo, comparándolo con el caldeo y el siriaco. No se olvidaban las lenguas modernas; y los domingos, Milton acompañaba la lectura del Nuevo Testamento en griego con oportunas explicaciones, con ciertas teorías de lectura y con algunas ideas respecto a la divinidad.
Johnson pregunta satíricamente, qué grandes hombres produjo aquella «admirable academia.» Un preceptor de enseñanza hubiera debido saber que el que lo es, ha de aspirar a desenvolver la capacidad, y que donde no hay germen alguno de esta capacidad de comprensión, en vano es dirigirse a ella. No dudamos que Milton enseñaría muchas cosas que se pueden aprender en cualquier libro impreso. Un autor que debía pasar por bien informado, dice que puso a sus sobrinos en disposición de interpretar los autores latinos a primera vista en el espacio de doce meses, y que así como era severo bajo un aspecto, bajo otro se mostraba franco y familiar en su conversación con aquellos de cuya educación estaba encargado. Su sobrino Philips añade que si sus pupilos hubieran recibido sus lecciones «con la penetración y profundidad, el ingenio, actividad y sed de saber de que estaba dotado el maestro, hubieran sido unos prodigios de talento y ciencia.» Por este último sabemos además que Milton tenía en este tiempo amigos personales que se contaban entre «los pisaverdes de aquella época,» y que de cuando en cuando se daba a bromear con ellos, haciendo fiesta lo mismo para sus pupilos que para él.
En algunos de estos «alegres días,» como ellos los llamaban, y en otros de alguna más sobriedad, suponemos que Milton hacía lo que hacemos todos, convencido a veces de que un hombre no es bien que esté siempre solo; pero la vida propiamente de calavera, ni en aquella ocasión era compatible con el vivo interés que le inspiraban los asuntos públicos, ni con los propósitos que abrigaba de llegar a ser útil y servir exclusivamente a su país. En aquellos días residía en Forest Hill, unas cuatro millas de Oxford, una familia llamada Powell. Era numerosa, y el cabeza de ella, Ricardo Powell, un magistrado que vivía con el desahogo de persona muy bien acomodada. Antes de que el padre del poeta abandonase a Bread Street, habían existido relaciones y negocios de intereses de alguna cuantía entre él y Powell, y en estos asuntos pecuniarios tuvo Milton alguna intervención directa y legal. Al trasladarse los Milton a Horton, debemos suponer que ambas familias, a causa de la mayor proximidad, se tratarían con más frecuencia; mas sea de esto lo que fuere, sabemos por el sobrino del poeta, entonces en su compañía, que por la pascua de Pentecostés de 1643, «emprendió un viaje por el país, cuyo objeto, o no se sabía, o era con alguno más que un mero pasatiempo. Ello fue que al cabo de un mes, el que salió soltero volvió casado con María, la hija mayor de Ricardo Powell, que entonces era juez de paz en Forest Hill, cerca de Shotover, en Oxfordshire.» Milton tenía que reclamar un dinero de su cuñado al tiempo de su casamiento, y que recibir, creemos que con el importe de su deuda, 1000 libras por vía de dote; pero ni este ni aquella llegó a cobrar jamás, por razones que indicaremos luego.
Entonces se mudó a su nueva casa de Barbican, a la cual llevó a su mujer, acompañándola algunos de sus parientes para pasar las fiestas de la boda, que duraron algunos días, y a que concurrieron también varios amigos de la novia. María Powell es de creer que fuese una joven de bella figura y agradable trato, pero ignoramos si tendría del mismo modo otras buenas cualidades. A las pocas semanas de su llegada a Londres, se recibió una carta invitando a mistress Milton a regresar por breve tiempo a su país; ella se mostró dispuesta a aceptar la invitación, y probablemente la provocaría. Su esposo no puso dificultad en complacerla, pero exigió que no difiriese su regreso más allá del día de San Miguel. San Miguel llegó y la perezosa señora no parecía; Milton escribió una y otra vez, y ninguna de sus cartas mereció respuesta; despachó un propio con este objeto, y parece que se le despidió sin hacerle caso. Nuestro poeta era un hombre profundamente virtuoso: llegó a lisonjearse con la esperanza de que casado sería feliz; pero esta esperanza tardó poco en desvanecerse.
¿A quién debe atribuirse la culpa de semejante desengaño? Los hombres dados a la vida pública pueden ser maridos cariñosos, mas por necesidad tienen que renunciar a la insistencia no interrumpida de su cariño. Las mujeres que se casan con semejantes hombres, deben no solo desear que sus maridos sean personas de suposición, sino apechugar con los inconvenientes que esto trae; y hay pocas mujeres que transijan así consigo mismas. Atendiendo a la vida puramente intelectual a que estaba entregado Milton, a su ardiente temperamento y a la energía de voluntad que le caracterizaban, preciso es confesar que las probabilidades de que hiciese un matrimonio feliz, no eran muy grandes. En favor de María Powell puede alegarse que su familia era de realistas; que en su casa, generalmente bulliciosa, probablemente reinaría mas animación de la acostumbrada por la presencia de los caballeros que en aquel tiempo moraban cerca del Rey en Oxford; y que la transición de la vida doméstica en casa de su padre, a la que tenía con Milton en Barbican, no era para halagarla mucho; pero por otra parte debe considerarse que los principios de Milton y la vehemencia con que los profesaba, eran tan conocidos, que no podían ignorarse en Forest Hill, siendo un error creer que su casa había de ofrecer escenas divertidas, y no ocupaciones formales y severas. En la época de este matrimonio, la fortuna de los Parlamentarios andaba un tanto decaída; para muchos, y especialmente para los partidarios del Rey en Oxford, era más que probable que la balanza se inclinase en favor de los realistas, tanto que el sobrino de Milton, Philips, supone que esta consideración bastó para que la familia tratase de cortar unas relaciones que, según el rumbo que tomaban las cosas, podían llegar a serle perjudiciales. Si esto era realmente la causa que los movía, no necesitamos decir más para encarecer su egoísmo, injusticia y crueldad.