El paraíso perdido

Part 2

Chapter 23,965 wordsPublic domain

En resumen, aunque Milton no ejerció el sacerdocio en la Iglesia anglicana, no por eso dejó de considerarse como sacerdote bajo cierto aspecto. El sacerdocio a que aspiraba era el de la poesía; la inspiración que anhelaba era la que recibieron los antiguos profetas, inspiración de que se hacían dignos aun siendo seglares, pero que los elevaba al goce de los títulos más sagrados. En su concepto, un poeta tan excelente como él esperaba que llegaría a ser, debía tener en su carácter algo de divino. El cantor de las Bacanales no era mucho que se confundiera con las Bacantes; pero un poeta que se remonta en su imaginación a cosas celestiales, no puede vagar por la tierra, no puede considerarse como terrestre. El mal inseparable de nuestra naturaleza le da aptitud para pintar el mal; pero si ha nacido para imprimir en los hombres el sentimiento del bien, debe dirigir el vuelo a las sublimes regiones donde el bien impera. En todas las artes los sentimientos verdaderamente religiosos proceden de hombres religiosos también. El genio desprovisto de santidad puede llegar al arca, mas no tocar a ella sin profanarla. Por más que uno se distinga en otros géneros, si carece de facultades especiales para este, jamás conseguirá éxito alguno. En artes, como en religión, el hombre natural no puede tratar de asuntos espirituales.

La doctrina admitida es que los hombres de facultades poéticas o artísticas son seres dotados de grande imaginación y sensibilidad, y por consiguiente se elevarán o descenderán alternativamente a impulsos de su capricho, hallándose aun lo moral y lo religioso sujeto a esta ley de su naturaleza, o más bien a esta falta de toda ley. La vida de Milton no es la única que prueba semejante inconstancia e irregularidad: tan persuadido estaba de este defecto, que a él precisamente debió la profunda convicción que toda la vida le sirvió de norma. Así es que reflexionando sobre esto, escribía: «He llegado a adquirir el convencimiento de que si uno, realizando sus esperanzas, consigue escribir con acierto cosas dignas de loa, debe ser por sí un verdadero poema, es decir, una composición, un dechado de todo lo mejor y más honroso, sin creer que pueda celebrar altos hechos de héroes o pueblos famosos, mientras no lleve en sí la experiencia o la práctica de todo lo que es loable.»

¿Qué extraño, pues, que un joven como el de Cambridge, que pensaba de esta manera, y tan juicioso y firme era en sus propósitos, viviese en cierto modo apartado de todos los demás? ¿Por qué hemos de maravillarnos si se lamentaba de la ausencia de personas que abrigasen estos pensamientos o inclinaciones entre los que se hallaban a su lado[3]? Que la antipatía y reserva consiguientes a tal aislamiento sean prueba evidente de su altiva condición y excesivo amor propio, con razón habrá quien lo presuma. En ciertas situaciones, para hacerse enemigos, no se necesita más que infundir la sospecha de que a todos juzgamos inferiores; y es indudable que por esta causa Milton debió sufrir mucho en los primeros tiempos del colegio. En su aspecto debía sin duda haber algo de altivez, aunque fuese una apariencia que proviniera de otra causa; su amor propio debía ser grande, pero natural, inteligente, el que su inteligencia no le vedaba mostrar, aun proponiéndose no ocultarlo. Su superioridad era tan verdadera, que hubiera sido en él una afectación fingir que no estaba penetrado de ella. Todos saben que por su excelente complexión y la belleza de sus facciones, se le dio alguna vez el nombre de «la señorita del colegio de Cristo.» Pero tampoco se ignora que era diestro en la espada, y Wood afirma que «era de afable semblante, de gallardo y varonil continente, y animoso y resuelto en sus palabras.» Siendo muy joven, empezó el estudio del hebreo. Las primeras poesías que se conservan de su pluma, son una paráfrasis de los salmos 114 y 136. Estos ensayos los hizo, según confesión propia, a los quince años. En ellos se advierte un tono robusto y vigoroso, como el que caracteriza sus escritos posteriores; el que sigue en orden de tiempo pertenece a un año después de su llegada a Cambridge. Es una poesía titulada: «A la muerte de un hermoso niño.» El niño era un hijo de su hermana; los versos manifiestan grande imaginación, y están llenos de conceptos y expresiones de que solo es capaz un verdadero poeta. Hallamos a continuación el «Tiempo de vacaciones,» que se escribió cosa de un año después, y que es sumamente interesante como indicio de la facilidad con que el joven poeta aplicaba la lógica escolástica y el artificio propio de aquel asunto. El himno que viene luego, se titula: «A la mañana del nacimiento de Cristo» y es de muy distinto género; es una exuberante exposición propia de tal asunto, y a juicio de Mr. Hallam, el himno más bello que tiene la lengua inglesa. Se compuso para la Navidad de 1629. Síguense otras composiciones «A la Circuncisión» y «A la Pasión;» pero al llegar al octavo verso de esta última, el poeta no pasó adelante, y algún tiempo después manifestó la razón que tuvo para hacerlo así: «Convencido el autor de que este asunto era muy superior a la edad que entonces tenía, y no estando satisfecho de la manera con que lo empezó, lo dejó interrumpido aquí.» Los críticos han considerado exacto este juicio. Sus diez y seis versos «A Shakespeare» se suponen escritos en una hoja en blanco de un ejemplar de las obras del gran dramático, ejemplar probablemente de la primera edición en folio. En 1632 los hallamos con otros del mismo género al principio de la segunda edición de las mismas obras, pero se imprimieron anónimos; la circunstancia, sin embargo, de su aparición es interesante, por ser los primeros versos de Milton que en concepto nuestro se dieron a la imprenta. Otros escribió por el mismo tiempo al oír una «Música solemne.» Son enteramente del corte de los de Milton.

La marquesa de Winchester era una señora de extremada hermosura, muy querida de todo el mundo por su benevolencia, y respetada por sus relevantes dotes. Una inflamación de la cara que le bajó a la garganta, acabó repentinamente con ella a la sazón que se hallaba en cinta. Fue su muerte muy sentida, y con este motivo escribieron versos laudatorios a su memoria Ben Jonson, Devenant y otros ingenios muy conocidos. Milton insertó también una composición en su corona fúnebre con el título de «Epitafio a la marquesa de Winchester.» De esta composición únicamente diremos que el joven poeta del colegio de Cristo no pudo en esta ocasión competir con los veteranos del arte, concluyendo por añadir el soneto que hizo al entrar en «La edad de los veintitrés años,» sus versos «Al tiempo» y los dirigidos «A Hobson,» para completar el catálogo de las composiciones inglesas más conocidas de Milton durante los siete años que residió en Cambridge.

Pero las latinas que compuso mientras fue estudiante, no deben pasarse por alto; y si ninguna de ellas se dio por entonces a la imprenta, indudablemente consistió en que eran ejercicios de escuela, más bien que primicias de su genio poético.

No debió Milton quedar muy satisfecho de la preparación que recibió en Cambridge; pero recuérdese que Gibbon tampoco tuvo que agradecer mucho en este concepto a la Universidad de Oxford, un siglo después, y que lo mismo puede decirse en nuestros tiempos de un hombre tan eminente como el poeta Wordsworth. La verdad es que en los mejores colegios y en los tiempos más florecientes, el joven cuya educación no pasa de la ayuda que pueden prestarle los profesores, consigue muy poca cosa. Algo ciertamente debió Milton a su maestro Tovey, pero más, inmensamente más al magisterio de la sociedad y de los libros, que fueron los que ejercieron influencia en la voluntaria propensión de su naturaleza. Las inclinaciones que se desarrollan en el alma están más o menos en armonía con las disposiciones de cada cual. Educar el entendimiento, es dar dirección a sus facultades, y donde no hay facultades, mal pueden ser dirigidas. Todo talento privilegiado debe estar convencido de esta verdad; y así sucedió exactamente con el que había de llegar a ser autor del PARAÍSO PERDIDO.

No parece que Milton se apresuró mucho a seguir su vocación. Tan indeciso estaba en este punto, aun en el postrer año de su permanencia en Cambridge, que un amigo cuyo juicio miraba con alguna deferencia, parece que le reconvino por aquella indecisión. En una carta esmeradamente escrita, trata de vindicarse a sí mismo. Niega que se deje llevar exclusivamente de su amor a la ciencia; y aunque no existieran motivos más poderosos, bastaban las «consideraciones propias y las de familia,» y «las del honor y la reputación,» para tener un eficaz estímulo. Pero el amor de la ciencia, que en sí es tan provechoso, puede infundir tal respeto a lo que debe hacerse, que predisponga a un hombre a arrostrar la nota de ser el último, antes que incurrir en la censura de no haberse preparado suficientemente. Copió para su amigo el soneto que había escrito al entrar «en la edad de veintitrés años,» como una prueba evidente de que no había dejado de pensar en aquel asunto; y el amigo entonces cobró fundadas esperanzas de verle adoptar el estado eclesiástico. Milton no manifestó en esta ocasión repugnancia alguna a hacerse clérigo, pues no tenía necesidad de hacerlo; pero hay razones poderosas para presumir que ya entonces sentía escrúpulos en este particular, pues contaba con motivos bastantes para justificar su conducta sin entrar en los pormenores que Laud y los que le servían de instrumentos se esforzaban en presentar como otros tantos crímenes. Diez años después prescindió ya de reticencias, pues decía, según hemos visto, que sus padres y amigos le destinaban «desde niño» a la Iglesia, y que su inclinación le encaminaba a lo mismo «hasta que entrando en años más maduros y conociendo la tiranía que se había introducido en la Iglesia,» vio claramente «que el que se decidiera a recibir las órdenes, debía suscribir a ser esclavo, y además a pronunciar votos, que a no tener muy ancha la conciencia, equivaldrían a un perjurio o a la ausencia de toda fe.» Creyó pues preferible «guardar un silencio vituperable antes que prometer lo que llevaba en sí la violencia y la falsedad.» Hablaba por consiguiente de sí como de un hombre «excomulgado por los prelados» y a quien en cambio asistía el derecho de criticar lo mismo a la Iglesia que a sus pastores.

Tenemos motivos para creer que hubo algunos momentos en que Milton pensó dedicarse a las leyes; pero sus escritos en prosa y verso antes de dejar a Cambridge, sugirieron a sus amigos la sospecha de que su vocación era escribir poesías que le diesen fama; y tal a no dudarlo era el sueño de su imaginación cuando se dejaba llevar de sus ilusiones. A esta idea fue gradualmente acostumbrando también la prudente sagacidad de su padre. Hízole presente la pasión que este sentía a la música; y ¿qué mucho que hijo de semejante padre se hubiese apasionado por la poesía? Sentía llegar a verse contrariado en esperanzas que tan empeñadas tenían sus aficiones, porque en su concepto las minas de platas del Perú eran nada comparadas con el don de producir versos inmortales. Su padre, hombre generoso y cuerdo, le ayudó a realizar este anhelo con que vivía, coadyuvando a satisfacer esta necesidad de su naturaleza. En tal estado Milton dejó a Cambridge.

Por aquel tiempo el notario se retiró de su oficio, y se estableció en el pueblo de Horton, en Buckinghamshire, con la intención al parecer de acabar sus últimos días en aquel retiro. Cómo se condujo con su hijo durante los cinco postreros años de su vida, él mismo lo declara en pocas palabras. «En la residencia, dice, a donde se retiró para pasar su vejez, tuve tranquilidad bastante para ocupar largo tiempo en el estudio de los autores griegos y latinos, no sin que algunas veces reemplazase el campo por la ciudad, ya con el objeto de comprar libros, ya con el de adquirir algunas nociones de matemáticas y música, que entonces eran todas mis delicias.» En aquellos cinco años escribió Milton su soneto al _Ruiseñor_, el _Allegro_ y _Penseroso_, los _Arcades_, el _Comus_ y el _Lycidas_. El _Ruiseñor_ está fundado en la credulidad de los campesinos, que suponían, si llegaba a sus oídos el canto de aquel pájaro en la primavera, antes que el del cuclillo, que era señal de prosperidad en amores. En cuanto al _Allegro_ y _Penseroso_, no necesitamos repetir que figuran entre nuestros primeros idilios poéticos. Los _Arcades_ es una composición incompleta: la parte que falta probablemente estaba en prosa. Harefield, residencia de la distinguida condesa viuda de Derby, donde pasaba la acción de aquel poema dramático, distaba solo unas cuantas millas de Horton; pero no hay razón alguna para suponer que Milton fuese conocido de aquella familia; lo probable es que la composición fue escrita a ruegos de su amigo el músico Enrique Lawes; por lo menos a una excitación semejante no dudamos que se debió el origen del _Comus_, del que hablaremos en otra parte.

Durante su permanencia en Horton, fue Milton incorporado a la Universidad de Oxford, porque en aquel tiempo la agregación de un estudiante a cualquiera Universidad, le daba derecho para trasladarse a otra y Oxford estaba más próxima a Horton que Cambridge.

En Horton además, y en aquel mismo intervalo, Milton perdió a su excelente madre. «Fue sepultada en el presbiterio de la iglesia parroquial, y al lado de su sepultura asistió Milton y derramó tiernas lágrimas con su desconsolado padre, su hermana y su hermano, al cubrir de tierra el ataúd y dirigir su última mirada a la estrecha mansión en que todos hemos de parar, cumplidos que sean nuestros días.»

Al fin también de aquellos cinco años de Horton, fue cuando Eduardo King, del colegio de Cristo y amigo de Milton, pereció en el canal de San Jorge, suceso que inspiró al poeta el canto con el nombre de _Lycidas_. El ilustrado joven cuya vida fenecía así a los veinticinco años, se dedicaba a la carrera eclesiástica; y Milton censuraba aquel propósito como para indicar claramente el disgusto con que veía el estado eclesiástico y la esperanza de su amigo de fijar su porvenir en él. Cuando se reimprimió este monólogo en 1645, el autor se atrevió a expresar todo su pensamiento, y así puso la siguiente advertencia a la cabeza de la composición: «En este canto el autor lamenta a su sabio amigo, desgraciadamente ahogado en su travesía de Chester al mar de Irlanda, en 1637: _Y con este motivo predice la ruina de nuestro corrompido clero, que se hallaba entonces en su apogeo_.» Pero había de trascurrir aún algún tiempo hasta que se cumpliera esta profecía.

Dos cartas de Milton tenemos escritas por aquella época a su amigo Diodati, que nos ponen hasta cierto punto de manifiesto sus costumbres y su vida íntima. Asegura a su amigo que tiene poca destreza para escribir cartas, y que otra de las causas que influían en su negligencia como corresponsal, era su poca habilidad para alternar el trabajo con el descanso porque en su opinión y por lo general, el dedicarse a una cosa debía ser dedicarse a ella sin interrupción hasta dejarla terminada, o hasta que se pudiera tomar algún reposo natural. Que bajo cierto aspecto él no se aventuraría a decir lo que Dios podía no haberle concedido, pero que un don por lo menos le había inspirado, a saber, un ferviente amor a la belleza y un afanoso anhelo de buscarla donde quiera que se encontrase. Que estas eran sus aspiraciones, y que si no las había realizado con éxito proporcionado a sus esperanzas, su postrer esfuerzo debía ser rendir homenaje a aquellos que habían sido más afortunados. Confiesa que con este designio había ido templando sus alas volando despacio, pero confiando hacerlo con algún tino. No debe, sin embargo, suponerse que careciera de toda mira práctica; lejos de eso, tenía intenciones de ocupar algún puesto en un colegio de abogados, y añade que tendría mucho gusto en ver allí a sus amigos y en pasear con ellos las noches de verano por aquellos alrededores.

No creemos fundada la suposición de que obrase a impulsos de este pensamiento; otro fue el que por entonces ocupaba toda su imaginación. Sus estudios le habían sugerido mil ilusiones de lo pasado, juntamente con los recuerdos de los Alpes, la tierra de los Apeninos y los países existentes más allá de estas regiones. ¿Qué cosa más natural que el deseo de recorrer aquellos países, visitar sus antiguas ciudades, y detenerse ante los maravillosos monumentos que en ellos se conservan? La quebrantada salud de su madre le había obligado a aplazar la realización de estos deseos; mas la circunstancia de que a poco de haber muerto, se casó su hermano Cristóbal y pasó a residir en compañía de su padre, parece que le permitió poner por obra aquellos proyectos. Eran costosos porque había resuelto viajar como un caballero, llevando consigo a su criado. Su cariñoso padre es de suponer que contrariase menos aquel propósito que algunos otros; ello es que le dio su consentimiento, y que en mayo de 1638, Milton cruzó el canal haciendo rumbo a París. Había tenido la precaución de procurarse buenas recomendaciones, y una de ellas era la de su distinguido vecino Sir Enrique Wotton, preboste de Eton. Este señor se había proporcionado recientemente un ejemplar del _Comus_ impreso por Enrique Lawes, que le agradó sobremanera. En más de una ocasión había hablado también con el autor, y asegurádole que el placer que tenía en tratarle le hacía esperar que alguna vez beberían una botella juntos, invitándole a «hacer penitencia,» cuando «pudieran reunir cierto número de buenos autores.» En una carta del anciano y cumplido preboste, se lee esta postdata; «Muy señor mío: os envío esta por medio de mi lacayo, para anticiparme a vuestra marcha y deciros lo agradecido que quedo a vuestra fina carta, que he recibido, interrumpiendo mis quehaceres, que no son pocos, y no queriendo valerme del correo ordinario. En cualquiera parte que os establezcáis y de que yo tenga noticia, me alegraré, y aprovecharé la ocasión de discurrir con vos sobre algunas novedades, a fin de mantener viva una amistad que apenas comenzada, se ha interrumpido tan inesperadamente.»

Al llegar a París, una de las personas a quienes Milton iba recomendado le proporcionó una amistosa entrevista con Lord Scudamore, el embajador inglés; y atendiendo a sus distinguidas prendas personales, el joven inglés fue presentado al sabio Hugo Grocio, que estaba entonces de embajador de la reina de Suecia en la corte de Francia. Nada sabemos de lo que pasó en esta entrevista, sino que Grocio dicen que recibió «muy amable su visita,» y que conferenció con él muy prevenido en su favor por su buen aspecto, y por los elogios que de él se le habían hecho. Pero Grocio estaba a la sazón muy ocupado en el ilusorio proyecto de consolidar el protestantismo, uniendo las iglesias episcopales de aquella creencia en Inglaterra, Suecia, Dinamarca y Noruega, prescindiendo de todos los demás protestantes; y si algo se indicó a Milton de tan desvariado proyecto, seguros estamos de que su respuesta no sería muy satisfactoria.

Milton permaneció en París solo unos cuantos días; de aquí se dirigió a Niza, donde se embarcó para Génova y para Liorna. Desde Liorna se encaminó por Pisa a Florencia, y en esta última ciudad se detuvo dos meses. Era entonces Florencia, como siglos atrás había sido, el emporio de la civilización italiana; casi en cada calle tenía una academia o club que se componía de estudiantes, poetas, artistas y sabios asociados voluntariamente; y a favor de las recomendaciones obtenidas en Inglaterra y París, fácilmente fue Milton admitido en las más distinguidas de aquellas sociedades. Para merecer este privilegio, era necesario presentar alguna producción de su pluma, y así lo hizo llevando algunas de las cosas que había escrito en Cambridge, y otras que llevó a cabo con aquel objeto. Hablando correcta y fácilmente el latin y el italiano, podía conversar de igual a igual con sus nuevos amigos, y estas reuniones parece que le fueron sumamente agradables. Cuando generosamente abogaba en tiempos posteriores por la libertad de la imprenta, decía: «Pudiera referir lo que he visto y oído en otros países sujetos a la tiranía de esta especie de inquisición; países en que traté con hombres de gran ciencia, que este honor me dispensaron, los cuales me contemplaban feliz por haber nacido en tierra de libertad filosófica, como suponían que era Inglaterra, al paso que ellos se lamentaban de la servil condición en que vivía la ciencia entre ellos; que esto había eclipsado la gloria de los ingenios italianos, y que nada se había escrito los últimos años en aquel país, sino bajezas y fanfarronadas.» Alternando con personas de esta clase, fue Milton presentado y pudo hablar al gran filósofo de la época.» «Allí, dice, fue donde hallé y visité al famoso Galileo, ya anciano y preso en la Inquisición, por pensar en astronomía de distinto modo que pensaban los franciscanos y dominicos, árbitros de la ciencia.» ¡Milton y Galileo conversando uno con otro, y Galileo en un estado en que el joven temía llegar a verse, privado de la luz, enteramente ciego! Mas por entonces Milton gozaba de la vista, del esplendor del cielo de Italia, y cuando expiraba el día de las brillantes lumbreras que iluminaban así aquellas sabias reuniones y círculos de Florencia, porque es evidente que Milton halló ingreso en los últimos, y que su corazón, por más reservado que fuese, no podía enteramente librarse de la impresión que el encanto de aquellos círculos le causaba. Entre sus composiciones se hallan algunas escritas en Florencia, versos compuestos en su alabanza, y que si no muestran gran genio en sus autores, manifiestan por lo menos muy claramente la extraordinaria admiración que se tributó al de Milton.

Desde Florencia tomó el camino de Roma, dirigiéndose por Siena. En Roma contrajo desde luego amistad con Lucas Holstenio, el conservador de la Biblioteca del Vaticano, sin casi necesidad de recomendación alguna. Holstenio había estudiado tres años en Oxford, hecho que explica en parte la cortés acogida que Milton recordaba con tanto agradecimiento, pero la cortesía se trocó pronto en admiración, así que el bibliotecario descubrió la mucha ciencia de aquel extranjero, y se convenció de la superioridad del que iba a juzgar de sus conocimientos. Tal importancia le concedió, que hizo llegar sus elogios a oídos del cardenal F. Barbarini, pariente y primer ministro del Papa. Pocos días después el cardenal daba un gran concierto, y entre otras muchas personas, invitó al extranjero que tanto había fascinado a Holstenio; con cuya ocasión, dice Milton, el cardenal, saliendo hasta la puerta, «no solo me buscó entre toda aquella multitud, sino que cogiéndome de la mano, me entró dentro con demostraciones las más honrosas.» Todo esto, dijo a su amigo Holstenio, era debido sin duda a sus favores. En casa del cardenal probablemente oyó Milton cantar a Leonora, notable por su juventud y su belleza, y cuya voz y habilidad le daban una celebridad superior a todas. Milton demuestra el entusiasmo que sintió al oír a aquella sirena, dado que escribió no menos que tres composiciones en alabanza de la cantante. Dos romanos, Juan Salsilo y Salvaggi, nombres olvidados ya en nuestro tiempo, pero entonces muy conocidos, compusieron en loor de Milton versos llenos de hipérboles extravagantes; mas los del primero fueron tan estimados del poeta, que al saber más adelante que estaba enfermo, le dirigió una sentida composición en versos latinos.