Part 7
Nueve veces habían recorrido el día y la noche el espacio que miden entre los hombres, desde que fue vencido con su espantosa muchedumbre, revolcándose en medio del ardiente abismo, aunque conservando su inmortalidad. Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez que habían de atormentarle el recuerdo de la felicidad perdida y el interminable dolor presente. Dirige en torno funestas miradas, que revelan inmensa pena y profunda consternación, no menos que su tenaz orgullo y el odio más implacable; y abarcando cuanto a los ojos de los ángeles es posible, contempla aquel lugar desierto y sombrío, aquel antro horrible, cerrado por todas partes y encendido como un gran horno. Pero sus llamas no prestan luz, y las tinieblas ofrecen cuanta es bastante para descubrir cuadros de dolor, tristísimas regiones, lúgubre oscuridad, donde la paz y el reposo no pueden morar jamás, donde no llega ni aun la esperanza, que donde quiera existe. Allí no hay más que tormentos sin fin, y un diluvio de fuego alimentado por azufre, que arde sin consumirse.
[Ilustración: El Todopoderoso le arrojó de la etérea bóveda...]
Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos rebeldes; y allí ordenó que estuviera su prisión en las más densas tinieblas, tres veces tan apartada de Dios y de la luz del cielo, cuanto lo está el centro del universo del más lejano polo. ¡Oh! ¡qué diferencia entre esta morada y aquella de donde cayeron!
Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina, envueltos entre las olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Revolcábase también a su lado uno que era el más poderoso y criminal después de él, conocido mucho más tarde en Palestina con el nombre de Belzebú[10]. El gran Enemigo, que así era llamado Satán[11] en el cielo, rompiendo el hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a decir:
«Si tú eres aquel... pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que, adornado de brillo deslumbrador en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendidez a millones de espíritus refulgentes!... Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un mismo pensamiento y resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa empresa, unieron en otro tiempo conmigo, como nos une ahora una misma ruina... mira desde qué altura y en qué abismo hemos caído por ser Él mucho más prepotente con sus rayos. Pero, ¿quién había conocido hasta entonces la fuerza de sus terribles armas? Y a pesar de ellas, a pesar de cuanto el Vencedor en su potente cólera pueda hacer aún contra mí, ni me arrepiento, ni he decaído, bien que menguada exteriormente mi brillantez, del firme ánimo, del desdén supremo, propios del que ve su mérito vilipendiado, y que me impulsaron a luchar contra el Omnipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas de espíritus armados, que osaron despreciar su dominación. Ellos me prefirieron, oponiendo a su poder supremo otro contrario; y venidos a dudosa batalla en las llanuras del cielo, hicieron vacilar su trono.
»¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido todo. Con esta voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal, y un valor que no ha de someterse ni cede jamás, ¿cómo he de tenerme por subyugado? Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia, doblada la rodilla, y acatar un poder, cuyo ascendiente ha puesto en duda poco ha mi terrible brazo, sería una bajeza, una ignominia, más vergonzosa aún que nuestra caída. Y pues, según ley del destino, no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este gran acontecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado mucho, podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía.»
Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se jactaba en alta voz, mas poseído de una desesperación profunda; y de este modo le contestó en seguida su arrogante compañero:
«¡Oh príncipe! ¡oh caudillo de tantos tronos, que bajo tu enseña condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y que mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey perpetuo del cielo, contrastando su soberano poder, débase este a la fuerza, al acaso o al destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso de una triste y vergonzosa derrota que nos arrebató el cielo. Todo este poderoso ejército se halla en la más horrible postración, y destruido hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las divinas esencias, pues el pensamiento y el espíritu permanecen invencibles, y el vigor se restaura pronto, por más que esté amortiguada nuestra gloria, y que nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. Pero ¿y si el vencedor (forzoso me es ahora creerle todopoderoso, pues a no serlo, no habría conseguido avasallarnos), si el vencedor nos conserva todo nuestro espíritu y fortaleza para que mejor podamos sufrir y soportar las penas, para aplacar su vengativa cólera, o prestarle un servicio más rudo, esclavos del derecho y de la guerra, y donde más pueda convenirle, aquí, en el corazón del infierno, trabajando en medio del fuego, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos servirá entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza ni menoscabádose la eternidad de nuestro ser para sufrir un castigo eterno?»
A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo:
«Humillado Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la suprema voluntad a que resistimos. Si de nuestro mal procura su providencia sacar el bien, debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez le enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen. Pero mira. Irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encrespada ola que desde el precipicio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con su impetuosa furia ha agotado quizás sus rayos, y no brama ya a través del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella árida llanura, abandonada y agreste, cercada de desolación, sin más luz que la que debe al pálido y medroso resplandor de estas lívidas llamas? Salvémonos allí del embate de estas olas de fuego; reposemos en ella, si le es dado ofrecernos algún reposo; y reuniendo nuestras afligidas huestes, veamos cómo será posible hostigar en adelante a nuestro enemigo, cómo reparar nuestra pérdida, sobreponiéndonos a tan espantosa calamidad, y qué ayuda podremos hallar en la esperanza, si no nos sugiere algún intento la desesperación.»
Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza fuera de las olas y los ojos centelleantes. De desmesurada anchura y longitud las demás partes de su cuerpo, tendido sobre el lago, ocupaba un espacio de muchas varas. Era su estatura tan enorme, como la de aquel que por su gigantesca corpulencia se designa en las fábulas con el nombre de Titán[12], o hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, y cual la de Briareo[13] o Tifón[14], cuya caverna se hallaba cerca de la antigua Tarso[15]; tan grande como el Leviatán[16], monstruo marino a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que nadan en las corrientes del océano. Duerme tranquilo entre las espumosas olas de Noruega, y con frecuencia acaece, según dicen los marineros, que el piloto de alguna barca perdida le toma por una isla, echa el ancla sobre su escamosa piel y amarra a su costado, mientras las tinieblas de la noche cubren el mar, retardando la ansiada aurora. No menos enorme y gigantesco yacía el gran Enemigo encadenado en el lago abrasador; y nunca hubiera podido levantar su cabeza, si por la voluntad y alta permisión del Regulador de los cielos, no hubiera quedado en libertad de llevar a cabo sus perversos designios, para que con sus repetidos crímenes atrajese sobre sí la condenación al fraguar el mal ajeno, y a fin de que en su impotente rabia viese que toda su malicia solo había servido para que brillase más en el hombre, a quien después sedujo, la infinita bondad, la gracia y la misericordia, y en él resaltasen al par su confusión, sus iras y su venganza.
Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo; rechaza con ambas manos las llamas, que abren sus agudas puntas, y que rodando en forma de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y desplegando entonces las alas, dirige a lo alto su vuelo, y se mece sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a semejante peso, hasta que por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede llamarse la que está siempre ardiendo con fuego compacto, como el lago con fuego líquido. Tal es el aspecto que presentan, cuando por la violencia de un torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Peloro[17] o de los costados del mugiente Etna, las combustibles e inflamadas entrañas que, preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el violento choque de los minerales y con el auxilio de los vientos, dejando un ardiente vacío envuelto en humo y corrompidos vapores. Semejante era la tierra en que puso Satán las plantas de sus pies malditos. Síguele Belzebú, su compañero, y ambos se vanaglorian de haber escapado de la Estigia por su virtud de dioses, y por haber recobrado sus propias fuerzas, no por la condescendencia del Poder supremo.
[Ilustración: Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo...]
«¿Es esta la región, dijo entonces el precito Arcángel, este el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste? Séalo, pues el que ahora es soberano, solo lo que puede disponer y ordenar es lo que contempla justo; lo más preferible es lo que más nos aparte de él; que aunque la razón nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia. ¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente! ¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni con el tiempo ni en lugar alguno. El espíritu vivo en sí mismo, y en sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo. ¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho más poderoso? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí, reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo. Pero, ¿dejaremos a nuestros fieles amigos, a los partícipes y compañeros de nuestra ruina, yacer anonadados en el lago del olvido? ¿No hemos de invitarlos a que compartan con nosotros esta triste mansión, o a intentar una vez más con nuestras fuerzas reunidas si hay todavía algo que recobrar en el cielo, o más que perder en el infierno?»
Así hablaba Satán; y Belzebú le respondió así: «¡Caudillo de los ínclitos ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos! Si otra vez oyen esa voz, seguro vaticinio de su esperanza en medio de sus temores y peligros, esa voz que ha resonado con tanta frecuencia en los trances más apurados, ya en el crítico momento del combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los conflictos la señal indudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y vida, aunque ahora giman lánguidos y postrados en el lago de fuego, y tan aturdidos y estupefactos como ha poco lo estábamos nosotros. Ni esto es de extrañar, habiendo caído desde tan funesta altura.»
No bien había acabado de decir esto, cuando el réprobo príncipe se dirigió hacia la orilla. Pesado escudo de etéreo temple, macizo, ancho y redondo, pendía de sus espaldas, cubriéndolas con su inmenso disco, semejante a la luna, cuya órbita observa por la noche a través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cima del Fiésole[18] o en el valle del Arno, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su manchada esfera. La lanza de Satán, junto a la cual parecería una caña el más alto pino cortado en los montes de Noruega para convertirlo en mástil de un gran navío almirante, le ayuda a sostener sus inseguros pasos sobre la ardiente arena, pasos muy diferentes de aquellos con que recorría la azulada bóveda. Una zona tórrida, rodeada de fuego, le martiriza con sus ardores; pero todo lo sufre, hasta que llega por fin a la orilla de aquel inflamado mar.
Detiénese allí, y llama a sus legiones, especie de ángeles degenerados, que yacen en espeso montón, como las hojas de otoño de que están cubiertos los arroyos de Valleumbrosa[19], donde los bosques de Etruria forman elevados arcos de ramaje; o como los juncos flotan dispersos por el agua, cuando Orión[20], armado de impetuosos vientos, combate las costas del mar Rojo; del mar cuyas olas derribaron a Busiris[21] y a la caballería de Menfis, que perseguía con pérfido encono a los moradores de Goshen[22], los cuales vieron desde la segura orilla cubiertas las aguas de enemigas aljabas y ruedas de sus destrozados carros. Así esparcidas, desalentadas y abyectas, llenaban el lago aquellas legiones, asombradas al contemplar su horrible transformación.
Y Satán alzó su voz, de modo que resonó en todos los ámbitos del infierno:
«¡Príncipes, potentados, guerreros, esplendor del cielo, que un día fue vuestro, y que habéis perdido! ¡Que tal estupor se haya apoderado de unos espíritus eternos! ¿O es que habéis elegido este sitio después de las fatigas de la batalla, para dar reposo a vuestro valor, porque tan dulce os es dormir aquí como en los valles del cielo? ¿Habéis jurado acaso adorar al vencedor en esa actitud humilde? Él os contempla ahora, querubines y serafines, revolcándoos en el lago con las armas y banderas destrozadas, hasta que sus alados ministros observen desde las puertas del cielo su ventajosa posición, y bajen para afrentarnos, viéndonos tan amilanados, o para confundirnos con sus rayos en el fondo de este abismo. ¡Despertad: levantaos, o permaneced para siempre envilecidos!»
Oyéronle, y avergonzados, se levantaron, apoyándose sobre un ala, como el centinela que debiendo velar, es sorprendido al dejarse vencer del sueño por su severo jefe, y, soñoliento aún, procura parecer despierto. No ignoraban cuán desgraciada era su situación, ni dejaban de experimentar acerba pena; pero todas aquellas innumerables falanges obedecen al punto a la voz de su general.
[Ilustración: Oyéronle, y avergonzados, se levantaron.]
Así como, agitando al aire su poderosa vara el hijo de Amram[23], en días aciagos para Egipto, atrajo en alas del viento de oriente la negra nube de langostas que, cayendo como la noche sobre el reino del impío Faraón, ennegrecieron toda la tierra del Nilo; así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno los ángeles protervos, cercados de llamas por todas partes, hasta que, levantando su lanza el gran caudillo como para señalarles el punto adonde habían de dirigir su vuelo, precipitáronse con movimiento uniforme sobre la tierra de endurecido azufre, y ocuparon la llanura toda. No salió nunca multitud tan grande de entre los hielos del populoso Norte, para cruzar el Rin o el Danubio, al arrojarse sus bárbaros hijos como un diluvio sobre el mediodía, y extenderse desde las costas de Gibraltar hasta los arenales de la Libia.
De cada escuadrón y de cada hueste acuden al punto los guías y capitanes adonde se hallaba su supremo jefe. Asemejábanse a los dioses por su estatura y sus formas, superiores a las humanas; príncipes reales, potestades que en otro tiempo ocupaban sus tronos en el cielo, aunque en los anales celestes no se conserve ahora memoria de sus nombres, borrados ya, por su rebelión, del libro de la vida. No habían adquirido aún denominación propia entre los hijos de Eva; pero cuando errantes sobre la tierra, con superior permiso de Dios para probar al hombre, corrompieron a la mayor parte del género humano a fuerza de imposturas, induciéndole a que abandonara a su Criador, a que venerase a los demonios como deidades, y a transformar con frecuencia la gloria invisible de Aquel a quien debían el ser en la imagen de un bruto, para tributarle brillantes cultos de pomposa adoración y oro; entonces fueron conocidos con varios nombres, y en el mundo pagano bajo las formas de varios ídolos.
Dime ¡oh Musa! cuáles eran; quién fue el primero, quién el último, que sacudió el sueño en aquel lago de fuego para acudir al llamamiento de su soberano; cómo los más cercanos a él en dignidad fueron presentándose en la desnuda playa, mientras la confusa multitud aún permanecía alejada.
Los principales eran aquellos que, saliendo del abismo infernal para apoderarse en la tierra de su presa, tuvieron mucho después la audacia de fijar su residencia cerca de la de Dios, y sus altares junto al suyo; dioses adorados entre las naciones vecinas, que se atrevieron a disputar su imperio a Jehová, cuando fulminaba sus rayos desde Sión y asentaba su trono entre los querubines. Hasta en el mismo santuario llegaron no una vez sola a introducirse; y ¡oh abominación! profanaron con un culto maldito las ceremonias sagradas y las fiestas más solemnes, y a la luz de la verdad osaron oponerse con sus tinieblas.
Adelántase primero Moloc, rey horrible[24], manchado con la sangre de los sacrificios humanos y destilando lágrimas paternales, aunque con el estrépito de tambores y timbales no fueran oídos los gritos de los hijos arrojados al fuego para ser después ofrecidos al execrable ídolo. Los Ammonitas le adoraron en la húmeda llanura de Rabba, en Argob y en Basán, hasta las extremas corrientes del Arnón; y no contento con tan dilatado imperio, indujo por medio de engaños al sabio Salomón a que le erigiera un templo frente al de Dios, en el monte del Oprobio[25], consagrándose luego un bosque en el risueño valle de Hinnón[26], llamado desde entonces Tophet y negro Gehenna, verdadero emblema del infierno.
A Moloc seguía Chamós[27], obsceno numen de los hijos de Moab, desde Aroax hasta Nebo y el desierto más meridional de Abarim; en Hesebón y Horonaim, reino de Seón, allende el floreciente valle de Sibma, tapizado de frondosas vides, y en Elealé, hasta el Asfaltite. Llamábase también Péor, cuando en Sittim incitó a los israelitas que bajaban por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantas calamidades les produjeron. De allí propagó sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cercano al bosque del homicida Moloc, donde se unieron la disolución y el odio, hasta que el piadoso Josías los desterró al infierno.
Con estas divinidades llegaron aquellas que desde las orillas del antiguo Éufrates hasta la corriente que separa a Egipto de las siriacas tierras, son generalmente conocidas con los nombres de Baal y de Astarot[28], varón el primero y la segunda hembra, pues los espíritus se transforman a su antojo en uno u otro sexo, o se apropian ambos a la vez, porque su esencia es sencilla y pura, que no está enlazada ni sujeta con músculos ni nervios, ni se apoya en la frágil fuerza de los huesos, como nuestra pesada carne, sino que toma la forma que más le place, ancha o estrecha, brillante u opaca, y así pueden realizar sus ilusiones y satisfacer sus afectos de amor o de odio. Por estas divinidades abandonaron a menudo los hijos de Israel a quien les daba vida, dejando de frecuentar su altar legítimo para prosternarse vilmente ante brutales dioses; y a esto se debió que rendidos sus cuellos en lo más recio de las batallas, sirvieran de trofeo a la lanza del enemigo más despreciable.
Tras esta turba de divinidades apareció Astoret[29], a quien los Fenicios llaman Astarté, reina del cielo, con una media luna por corona; a cuya brillante imagen rinden himnos y votos las vírgenes de Sidón, a la luz del astro de la noche. Los mismos cantos resonaban en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la iniquidad, templo que edificó el afeminado rey[30], cuyo corazón, aunque generoso, cedió a los halagos de idólatras hermosuras, e inclinó la frente ante su infame culto.
En seguida iba Tamuz, cuya herida, que se renueva anualmente, congrega en el Líbano a las jóvenes sirias, para dolerse del infortunio del dios; las cuales durante todo un día de verano entonan plegarias amorosas, mientras el río Adonis, deslizándose mansamente de su nativa roca, lleva al mar su purpúrea linfa, que se supone enrojecida con la sangre de Tamuz[31], a consecuencia de su anual herida: amorosa fábula, que comunicó el mismo ardor a las hijas de Sión, cuyas lascivas pasiones condenó Ezequiel bajo el sagrado pórtico, al descubrir en una de sus visiones las negras idolatrías de la infiel Judá.
Veíase en pos al que lloró amargamente cuando al pie del arca cautiva cayó su grosero ídolo mutilado, cortadas cabeza y manos, en el umbral de la puerta de su propio santuario, donde rodaron sus restos con mengua de sus adoradores[32]. Dagón es su nombre, monstruo marino que tiene de hombre la mitad superior del cuerpo y de pescado la inferior; mas a pesar de ello ostentaba un alto templo en Azot, y era temido en toda la costa de Palestina, en Gat, en Ascalón y Ascarón, y hasta en los límites de la frontera de Gaza.
Seguíase Rimmón, cuya deliciosa morada era la bella Damasco, en las fértiles orillas del Abbana y del Farfar, apacibles y cristalinos ríos. También este fue osado contra la casa de Dios: por el leproso que perdió una vez[33], se ganó un rey, a Acaz[34], su imbécil conquistador, a quien apartó del ara del Señor, poniendo en su lugar otra al estilo sirio, sobre la cual depositó Acaz sus impías ofrendas, adorando a los dioses a quienes había vencido.
Aparecieron después en numerosa cohorte aquellos que bajo nombres un día famosos, Osiris, Isis, Orus[35] y su séquito de monstruos y supersticiones, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, los cuales se forjaron divinidades errantes, encubiertas bajo formas de irracionales más bien que de humanas.
Ni se libró Israel de aquel contagio, cuando transformó en oro prestado el becerro de Oreb; crimen en que reincidió un rey rebelde en Betel y en Dan[36], presentando bajo la apariencia de aquel pesado animal a su creador, Jehová, que al pasar una noche por Egipto, aniquiló de un solo golpe a sus primogénitos y a sus rumiantes dioses.
El último fue Belial[37]. Nunca cayó del cielo espíritu más impuro ni más torpemente inclinado al vicio por el vicio mismo. No se elevó en su honor templo alguno ni humeaba ningún altar; pero ¿quién se halla con más frecuencia en los templos y los altares, cuando el sacerdote reniega de Dios, como renegaron los hijos de Elí, que mancharon la casa divina con sus violencias y prostituciones? Reina también en los palacios, en las cortes y en las corrompidas ciudades, donde el escandaloso estruendo de ultrajes y de improperios se eleva sobre las más altas torres; y cuando la noche tiende su manto por las calles, ve vagabundear por ellas a los hijos de Belial, repletos de insolencia y vino. Testigos las calles de Sodoma y la noche de Gabaa[38], cuando fue menester exponer en la puerta hospitalaria a una matrona para evitar rapto más odioso.