El paraíso perdido

Part 26

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Lo cual oído por el Señor, procedió sin más dilación a sentenciar a la serpiente a quien se acusaba, bien que fuese un bruto, incapaz de achacar el crimen a quien le había hecho instrumento de él, e infamádole apartándole del fin de su creación; de manera que con razón fue maldito, como pervertido en su naturaleza. No le importaba entonces saber más al Hombre, ni supo más, porque esto no aminoraba su delito; y así Dios fulminó su sentencia contra Satán, el primero que había delinquido, aunque en términos misteriosos, que juzgó ser los que convenían, haciendo recaer su maldición sobre la serpiente: «Pues tal maldad has cometido, maldita seas entre todos los animales que pueblan la tierra. Caminarás arrastrando sobre tu vientre; comerás polvo todos los días de tu vida. Interpondré la enemistad entre ti y la mujer, entre su generación y la tuya. Su planta quebrantará tu cabeza, y tú morderás su planta.»

Así habló el oráculo, y así se verificó cuando Jesús, hijo de María, segunda Eva, vio a Satán, príncipe del aire, caer del cielo, como un relámpago; y cuando levantándose de su sepulcro, despojó de su poder a aquellos principados y potestades, y triunfó de ellos con excelsa pompa; y luego en su ascensión brillante, llevose cautivo por los aires el cautiverio, el imperio mismo de Satán, usurpado por tanto tiempo; de Satán, a quien por fin pondrá bajo nuestros pies el que aquel día predijo su fatal quebranto.

Y dirigiéndose a la Mujer, pronunció así su sentencia: «Yo multiplicaré tus angustias cuando conciba tu seno, y parirás tus hijos entre dolores, y quedarás sometida a la voluntad de tu marido, y él te dominará.»

Y últimamente condenó a Adán en estos términos: «Por haber escuchado las palabras de tu mujer, y comido del árbol que te había vedado, diciendo: “De ese árbol no comerás”, la tierra será maldita a causa de tu pecado; sacarás tu alimento de ella con penoso afán durante tu vida; te producirá por sí cardos y espinas; comerás yerbas de los campos, y ganarás el pan con el sudor de tu rostro, hasta que vuelvas al seno de la tierra de que has de saber saliste; porque polvo eres, y en polvo te volverás.»

Así juzgó Dios al Hombre, siendo a la vez su Juez y su Salvador, y en aquel instante apartó de él el golpe mortal que en el mismo día le amenazaba; y viéndole desnudo, expuesto a la inclemencia del aire, que había de sufrir grandes alteraciones, se compadeció de él, y no se desdeñó de hacer desde entonces oficios de sirviente suyo, como cuando lavó los pies de los que le servían; y desde luego, con el amor de un padre de familia, cubrió su desnudez con pieles de animales, unos muertos, otros que, como la culebra, se despojaban de la suya por otra nueva. No se desdeñó tampoco de vestir a sus enemigos; que no solo cubrió de pieles su desnudez exterior, sino que echó sobre la interior, aún más ignominiosa, el manto de su justicia, defendiéndolos de las miradas de su Padre. Y con rápida ascensión volvió a su bendito seno, y a la plenitud de su gloria, como estaba antes, y refiriole cuanto había pasado con el Hombre, aunque su Padre nada ignoraba, y aplacó su cólera por medio de su amorosa intercesión.

Entre tanto, y cuando en la tierra no se había delinquido aún, ni pronunciádose la terrible sentencia, estaban sentados el Pecado y la Muerte dentro de las puertas del infierno, y uno frontero a otro. Hallábanse abiertas las puertas, y de lo interior salían llamas devoradoras que se extendían por el Caos. Habíalas franqueado el Pecado para dar paso a Satán; y ahora decía a la Muerte:

«¿Qué hacemos aquí, hija mía, ociosos y contemplándonos uno a otro, mientras Satán, nuestro gran autor, triunfa en otros mundos y nos procura mansión más venturosa para nosotros, querido linaje suyo? Ni es posible que haya dejado de salir airoso de su empresa, pues de otra suerte, ya hubiera vuelto aquí acosado por el furor de su perseguidores, porque ningún sitio más a propósito que este para su castigo ni para vengarse de él. Yo siento en mí una nueva fuerza, como si me nacieran alas, y que me esperan dominios más extensos fuera de estos abismos; siéntome atraído, sea por simpatía, sea por cierta fuerza connatural, poderosa para unir entre sí a larga distancia con secretos vínculos y por las más ignoradas vías, cosas que se asemejan. Tú, sombra inseparable mía, debes seguirme, porque no hay poder que pueda divorciar a la Muerte del Pecado; y por si la dificultad de salvar este ciego e insondable abismo entorpece el regreso de nuestro padre, acometamos una atrevida empresa, que no es superior a tu fuerza ni a la mía; echemos un puente desde el infierno a ese nuevo mundo en que impera Satán ahora: monumento que nos granjeará alto concepto entre toda la infernal hueste, pues facilitará su salida de aquí en sus marchas y transmigraciones, donde quiera que la suerte los encamine. Ni puedo yo equivocarme en el plan que trace, dado que tan certera es la atracción, el instinto que me dirige.»

A lo que contestó el descarnado Esqueleto: «Ve adonde el Hado y tu irresistible impulsión te lleven; yo no he de quedarme atrás ni errar el camino, teniéndote a ti por guía. ¡Qué olor a carne y a innumerables víctimas percibo! ¡Cómo saboreo ya el gusto de muerte, que exhala cuanto en ese mundo vive! No dejaré de ayudar al intento que te propones; cuenta con mi cooperación.»

Y al decir esto, aspiraba con deleite el olor de la mortal descomposición que se efectuaba en la tierra. Como cuando una bandada de carnívoras aves acuden afanosas desde larguísimas distancias la víspera de un combate al campo en que se establecen dos ejércitos enemigos, llevadas por el olor de los cadáveres vivientes que una sangrienta batalla ha de entregar a la muerte el siguiente día; así el repugnante monstruo venteaba su presa, alzando la cóncava nariz para llenarla de infestado aire y olfatear desde más lejos. Atravesando las puertas del infierno, lanzáronse ambos en la inmensidad y confusión del sombrío Caos, siguiendo distintas direcciones; y haciendo uso de su poder, que era muy grande, se posaron sobre las aguas y juntaron en una masa cuanto en ellas había de sólido o glutinoso, revolviéndolo hacia arriba y hacia abajo, como en proceloso mar, cada cual por su lado, hasta arrojarlo junto a la boca del infierno: no de otro modo que dos vientos polares, cayendo encontrados sobre el mar Cronio,[101] aglomeran las montañas de hielo que forman hacia el oriente y más allá de Petzora[102] el camino que debe conducir a las opulentas costas del Catay[103].

Valiéndose la Muerte de su pesada, dura y fría maza, como de un tridente, golpeó la amontonada tierra, dejándola tan firme como la isla de Delos[104], flotante en otro tiempo, y endureció la materia restante con su mirada, cual si tuviese la propiedad de la de la Gorgona. Trabaron con betún del Asfaltite la ya trazada vía, ancha como las puertas y profunda como los cimientos del infierno; y levantando sobre el espumoso abismo, en figura de elevados arcos una inmensa mole, fabricaron un puente de prodigiosa longitud, que se apoyaba en la inmóvil muralla de este mundo, abierto y entregado ya a la muerte, y que daba paso ancho, llano, fácil y seguro a los abismos infernales. Si las cosas grandes pueden compararse con las pequeñas, así Jerjes salió de Susa con ánimo de subyugar la Grecia, y desde el palacio de Memnón se encaminó al mar, y echando un puente sobre el Helesponto, juntó a Europa con el Asia, y azotó con repetidos golpes las indignadas olas[105].

[Ilustración: Volvió al sitio en que los dos cónyuges discurrían sobre su suerte.]

Prosiguieron, pues, la fábrica de su puente con maravilloso arte[106], extendiendo una larga cadena de rocas sobre el perturbado abismo, y siguiendo la huella de Satán, hasta el punto mismo en que, parando su vuelo, se vio libre del Caos y puso su planta en la árida superficie de este mundo esférico; y con diamantinos clavos y cadenas aseguraron (¡oh funesta seguridad!) su perdurable obra. Y divididos por breve trecho, vieron los confines del Cielo Empíreo y de este mundo, dejando a la izquierda el infierno separado por su anchuroso abismo, con los diferentes caminos que guiaban a cada una de aquellas tres regiones. Tomaron sin vacilar el de la tierra, y dirigieron sus primeros pasos al Paraíso.

En breve descubrieron a Satán bajo la forma de un luminoso ángel, que se remontaba al zénit entre el Centauro y el Escorpión, mientras el Sol se levantaba en Aries. Iba así disfrazado, mas no bastaba disfraz alguno para que los hijos desconociesen a su padre. Después de haber seducido a Eva, se alejó, sin ser percibido, por el bosque; cambió de figura para mejor observar los efectos de su crimen; vio que Eva insistía en él, y que, aunque exenta de malicia, había logrado lo mismo de su esposo; observó la vergüenza que les obligaba a cubrirse de un velo inútil; pero al descender el Hijo de Dios a juzgarlos, huyó aterrado, no porque esperase librarse del castigo, sino para diferirlo algún tiempo más. Temía el malvado el que desde luego pudiera imponerle la divina cólera; mas no sucediendo así, volvió por la noche al sitio en que sentados los desventurados cónyuges discurrían sobre su triste suerte. A vueltas de sus quejas, oyó su propia sentencia, y al saber que no se ejecutaría inmediatamente, sino pasado algún tiempo, voló henchido de júbilo al infierno con aquellas nuevas. Al llegar a la entrada del Caos, junto al extremo del nuevo y admirable puente, encontró de improviso a sus amados hijos, que le buscaban, y los recibió con grande alegría, la cual se acrecentó al ver la estupenda fábrica. Largo rato le duró el asombro, hasta que su digno y encantador hijo, el Pecado, rompió el silencio en estos términos:

«¡Oh Padre! Tuya es esta magnífica obra, tuyo este trofeo, que contemplas cual si no se te debiese a ti. Tú eres su autor, su primer arquitecto; porque no bien adivinó mi corazón (que por una secreta armonía se mueve a compás del tuyo, como unidos ambos en íntimo consorcio) no bien adivinó que habías triunfado en la tierra, de lo cual me dan ahora tus ojos evidente indicio, cuando, a pesar de los mundos que nos separaban, me sentí atraído hacia ti, juntamente con esta, hija tuya también, que tal es la fatal unión en que los tres vivimos. No podía ya el infierno tenernos más tiempo sujetos en su recinto, ni su lóbrego e intransitable seno impedirnos que siguiésemos tus gloriosas huellas. De cautivos que hasta ahora hemos estado en lo interior del Orco, nos has sacado a la libertad, y dádonos fuerza para llegar hasta aquí y echar sobre el tenebroso abismo este enorme puente. Todo este mundo es ya tuyo. Tu valor ha conseguido lo que tus manos no habían logrado ejecutar, y tu previsión ganado con creces cuanto con la guerra habías perdido. Ya estás vengado del desastre que en el cielo experimentamos. Aquí reinas ya como monarca; que allí no podías serlo. Que domine el otro donde la victoria le concedió su imperio, mas que renuncie a este mundo, de que su propia sentencia le ha desposeído, y que de hoy más entre contigo a la parte en la universal soberanía, cuyos límites los formará el Empíreo, siendo ahora suyo el mundo cuadrado, y el mundo circular tuyo[107]. Que se atreva ahora contigo, que tan peligroso eres para su trono.»

A lo que placentero repuso el príncipe de las tinieblas: «Hija querida, y tú, que eres a la vez hijo y nieto mío: bien demostráis ahora que sois de la estirpe de Satán, nombre de que me glorío, por ser el antagonista del Omnipotente Rey de los Cielos; bien merecéis mi gratitud y la del infierno todo, pues con triunfador empeño habéis erigido este monumento triunfal cabe las puertas del mismo cielo, y hecho mía vuestra gloriosa empresa. Habéis convertido el cielo y este mundo en un solo imperio, en un imperio y un continente de fácil comunicación; y así, mientras que a través de las tinieblas y a favor del nuevo camino que habéis abierto, desciendo a dar cuenta a los campeones que siguen mis banderas de todos estos triunfos y a celebrarlos en su compañía, cruzad vosotros esos innumerables orbes, vuestros ya todos, y encaminaos al Paraíso. Fijad en él vuestra mansión, vuestro venturoso reino; ejerced vuestro dominio sobre la tierra, sobre los aires, y especialmente sobre el Hombre, único señor de tan vasto imperio. Hacedle desde luego vuestro esclavo, hasta que por fin acabéis con su existencia. Yo delego en vosotros mis poderes, y os nombro mis representantes en la tierra con toda la autoridad que de mí procede. De vuestras fuerzas ahora unidas depende la conservación de este nuevo imperio, que gracias a mí, el Pecado entrega a la Muerte. Si juntos lográis vencer, ningún detrimento en su bien tendrá ya que temer el infierno. Id, pues, y desplegad todo vuestro poder.»

Despidiolos así; y ellos, atravesando velozmente la región de los astros, fueron por todas partes derramando su veneno. Emponzoñadas las estrellas, perdieron su lucidez, y hasta los planetas se vieron totalmente eclipsados. Satán, que tomó otro rumbo, se dirigió por la nueva vía a las puertas del infierno. Gemía el Caos sintiéndose aprisionado y hendido por uno y otro lado, y al rebotar de sus olas, golpeaba la maciza fábrica, en la que no hacían mella alguna sus furores. Entró en su retiro el príncipe de las tinieblas, hallando las puertas de par en par, sin nadie que las guardase, y todo en la más tétrica soledad, porque los que estaban allí para custodiarlas, abandonando su puesto, habían levantado su vuelo a más alta esfera, y los demás retirádose al interior, al abrigo de los muros del Pandemonio, ciudad y magnífica residencia de Lucifer, que así se llamaba aludiendo a la brillante estrella comparable con Satanás. Vigilaban allí en continua guardia las legiones, mientras los próceres celebraban un consejo ansiosos de saber qué causa podría diferir el regreso de su soberano; por lo demás, observaban fielmente las órdenes que al partir les había dictado. A la manera que el Tártaro se retira de Astracán[108] a sus nevadas llanuras, huyendo de los rusos, sus enemigos, o que el Sofí bactriano[109] retrocede ante la enseña de la turquesca media luna, llevando la devastación hasta más allá del reino de Aladule[110] y se refugia en la ciudad de Tauris o en la de Casbin[111]; veíanse las huestes recién lanzadas del cielo dejar desiertas las inmensas regiones que forman los límites infernales, y acogerse con cuidadosa vigilancia a los muros de su metrópolis, aguardando de hora en hora a su aventurero caudillo, que había partido en busca de ignorados mundos. Llegó; atravesó por en medio de ellas sin darse a conocer, bajo la apariencia de un ángel de ínfimo orden entre la milicia plebeya, y penetrando invisible en el regio salón plutónico, ocupó su elevado trono, suntuosamente erigido en el extremo opuesto bajo un dosel de riquísimo brocado. Sentose un instante; dirigió en torno una mirada, todavía encubierto, hasta que de repente, como saliendo de una nube, apareció su fúlgido semblante, con todo el brillo de una estrella, o más esplendoroso aún, y rodeado de aquella gloriosa aureola, pero solo aparente, que le era permitido ostentar después de su caída. Admirados de tan súbito fulgor los moradores de la Estigia, vuelven los rostros, y descubren a su anhelado caudillo, que estaba ya entre ellos: con lo que prorrumpieron en ruidosas aclamaciones. Levantáronse apresuradamente de su tenebroso estrado los próceres del consejo, y con general alegría se acercaron a felicitarle. Impúsoles silencio con la mano, y se captó su atención diciendo:

«Tronos, Dominaciones, Principados, Virtudes y Potestades, títulos de que os declaro nuevamente en posesión, a más de que de derecho os corresponden: el feliz éxito de mi empresa ha sobrepujado a mis esperanzas. Aquí vuelvo para sacaros triunfantes de esta sentina infernal, abominable, maldita, asilo de la miseria y prisión de nuestro tirano. Ya poseéis como señores un espacioso mundo, apenas inferior al cielo en que nacisteis, mundo que os he conquistado con mi esfuerzo, a costa de indecibles riesgos. Sería largo empeño referiros todo lo que hecho, lo que he sufrido, los obstáculos que he hallado en mi viaje por esos inmensos abismos en que nada hay real, y en que la más horrible confusión domina. Sobre ellos han labrado el Pecado y la Muerte un ancho camino para facilitar vuestra gloriosa marcha; pero ¡qué de penalidades me ha costado esa vía por nadie transitada aún, viéndome obligado a luchar con un insondable vacío, y sumergirme en el seno de la Noche primitiva y del fiero Caos! Celosos ambos de sus secretos, se oponían a mi extraño viaje, y con espantosos bramidos protestaban de mi audacia ante el supremo Hado. Llegué por fin a ese mundo nuevamente creado, cuya fama tanto se ha celebrado en el cielo. ¡Oh! ¡qué fábrica tan maravillosa y tan perfecta! Allí tenía situado su paraíso el Hombre, que era feliz a consecuencia de nuestro destierro. Ya no lo es: mi astucia le ha seducido, le ha divorciado de su Creador, y lo que más debe admiraros, valiéndome para esto no más que de una manzana; de cuya ofensa en castigo (cosa es que os moverá a risa), Dios ha condenado a su querido Hombre, y juntamente con él a todo el mundo, a ser víctimas del Pecado y de la Muerte, es decir, de nosotros, que hemos adquirido este poder sin esfuerzo, ni peligro, ni contratiempo alguno. Allí vamos a trasladarnos, allí nos estableceremos, y mandaremos en el Hombre como mandaba él en todas las cosas. Verdad es que también Dios me ha condenado a mí, o más bien que a mí, a la serpiente, en cuyo cuerpo me introduje para engañar al Hombre: la parte que a mí me alcanza de esa sentencia es la enemistad que ha de mediar entre mí y el género humano. Yo morderé sus plantas, y su descendencia hollará mi cabeza, aunque ignoro cuándo; pero en cambio de la adquisición de un mundo ¿quién teme tan leve pena, ni otra más rigurosa? Ya sabéis, pues, lo que hecho; ¿qué os resta a vosotros hacer, ¡oh dioses!, más que lanzaros a la posesión de bien tan incomparable?»

[Ilustración: Aguardando de hora en hora a su aventurero caudillo...]

[Ilustración: Horrible fue la silba que se desató por todos los ámbitos del salón...]

Así dio fin a su arenga, y permaneció algún tiempo inmóvil, esperando que atronasen sus oídos universales aclamaciones y aplausos estrepitosos; mas en su lugar, solo resonaron siniestros silbidos, lanzados por todas partes, de aquellas innumerables lenguas, que era demostración harto clara de público menosprecio. Maravillose de esto, mas no le duró mucho el asombro, que mayor era el que de sí mismo concibió al sentir que su rostro se adelgazaba prolongándose, que los brazos se lo adherían a las costillas, que sus piernas se enlazaban una a otra, hasta que faltándole el apoyo, cayó convertido en monstruosa serpiente, arrastrándose sobre su vientre, y luchando consigo en vano, porque un poder superior le sujetaba, condenándole a tomar la figura en que había pecado, y según la sentencia que se le había impuesto. Quiso hablar; y su arponada lengua solo acertó a contestar con silbidos a todas las demás lenguas, arponadas como la suya; que todos cual él, quedaron transformados en serpientes, dado que eran cómplices de su inicuo crimen. Horrible fue la silba que se desató por todos los ámbitos del salón: arrastrábanse por él un enjambre de monstruos, revueltos entre sí colas con cabezas, escorpiones, áspides, crueles anfisbenas, cornudas cerastes, hidras, temibles élopes y dipsas[112]; que nunca se multiplicaron muchedumbre tan grande de serpientes ni en la tierra empapada con la sangre de la Gorgona, ni en las playas de la isla Ofiusa[113].

En medio de todos sobresalía Satán por su magnitud de enorme dragón, más grande que el inmenso Pitón, engendrado por el Sol en el cieno del valle Pitio, de suerte que aún así conservaba su superioridad sobre los demás. Todos le siguieron atropelladamente hasta la llanura en que estaba el rebelde ejército precito, formado en orden de batalla y con el sublime anhelo de ver llegar en son de triunfo a su glorioso adalid; y vieron en efecto ¡qué espectáculo tan inesperado! un tropel de asquerosísimas serpientes. El horror que al principio sintieron acabó por trocarse en no menos horrible simpatía, porque ellos también se convirtieron en aquello mismo que a su vista se presentaba, cayéndoseles de las manos armas, lanzas y broqueles, dando en tierra con sus cuerpos, prorrumpiendo en agudos silbos y desapareciendo bajo aquella forma de que habían sido contagiados; que a crimen igual, correspondía también igual castigo. Así el aplauso con que contaban se volvió atronadora silba, y el triunfo en ignominia que lanzaban sobre sí por sus propias bocas.

No lejos de allí se extendía un bosque, nacido en el momento de su metamorfosis, y que el Supremo Señor había dispuesto para más agravar su pena, cuyos árboles se veían cargados de hermosos frutos parecidos a aquellos del Paraíso con que el enemigo infernal había seducido a Eva. En aquella extraña novedad se fijaron sus ávidas miradas, figurándose que en vez del árbol vedado, se les ofrecían otros muchos que aumentasen sus tormentos y su vergüenza; pero devorados por una sed ardiente y por una hambre rabiosa que Dios les envió a fin de incitarlos más, no pudieron resistir, y enredándose unos en otros, se precipitaron y encaramaron a los árboles, formando madejas más enmarañadas que las de los cabellos de Megera. Abalanzáronse ansiosamente a los frutos, bellísimos a la vista, tan bellos como los que se producían orillas del bituminoso lago en que ardió Sodoma; frutos que no engañaban el tacto, pero sí el gusto, y de que procuraron saciarse para satisfacer el hambre; mas en vez de manjar sabroso, comían solo amarga ceniza, que arrojaban al punto de sus contrariadas bocas entre repugnantes náuseas. Apretados del hambre y de la sed, renovaban frecuentemente su embestida, y siempre experimentaban el mismo sabor asqueroso que les desquiciaba las quijadas, llenas de hollín y ceniza, cayendo repetidas veces en el propio engaño, mientras el Hombre, de quien habían triunfado, solo una había incurrido en su error. Así permanecieron largo tiempo devorados por el hambre y atormentados por la incesante furia de los silbidos, hasta que les fue dado recobrar su perdida forma; y así quedaron condenados a sufrir todos los años por cierto número de días aquella misma humillación, en pena del orgullo y regocijo que habían sentido al seducir al Hombre. Ellos, sin embargo, difundieron entre los paganos una tradición, inventando la fábula de una serpiente, que llamaron Ofión, la cual juntamente con Eurínome[114] (quizás la dominadora Eva) se alzó en un principio con el imperio del alto Olimpo, de donde fueron ambos expulsados por Saturno y Rea[115] antes que naciese Júpiter Dicteo[116].

Entre tanto llegaba al Paraíso la infernal pareja, y ¡ojalá no hubiese llegado! El Pecado, que primero influía allí con su poder y posteriormente con su acción, ahora se establecía corporalmente para residir en él como constante habitador. Seguíale en pos y paso a paso la Muerte, que no cabalgaba aún en su pálido caballo; a la cual se dirigió el Pecado, diciendo:

«Segundo fruto de Satán, Muerte, que has de avasallarlo todo: ¿qué juzgas ahora de nuestro imperio? Con penosa dificultad hemos llegado a él; pero ¿no es preferible a aquel umbral tenebroso del infierno dónde estábamos sentados, siempre vigilando, siempre ignorados y envilecidos, y tú medio extenuado de hambre?»

Y el Monstruo nacido del Pecado le respondió así: «A mí, víctima de un hambre eterna, tanto me da el Infierno, como el Cielo o el Paraíso. Allí me encontraré mejor donde más tenga que devorar; y esto, aunque tanta abundancia ofrece, paréceme sobrado pequeño para llenar este estómago y este anchuroso cuerpo.»