Part 25
Y a este razonamiento, respondió así Eva: «¡Oh prueba insigne de un extremado amor, testimonio ilustre, y sublime ejemplo, que me obliga a imitarte! Destituida de tu perfección ¿cómo he de lograrlo, Adán? Yo, que me envanezco de haber salido de tu costado, ¿cómo no he de regocijarme al oírte hablar así de nuestra unión, y al ver que formamos ambos un solo corazón, un alma sola? Bien lo muestras en este día, al declarar que antes que la muerte, o cosa más temible que la muerte pueda separarnos, estás resuelto, llevado de tu entrañable amor, a seguirme en mi falta, y aun en mi crimen, si crimen hay en gustar de este hermoso fruto, cuya virtud (pues el bien procede siempre del bien, sea directa, sea accidentalmente) me ha suministrado esta preciosa prueba de tu amor, que sin ella, quizá no hubiera llegado a manifestárseme tan inmenso. Y si yo hubiera creído que la muerte con que se nos amenaza había de ser la consecuencia de mi temerario intento, yo sola hubiera arrostrado este castigo, sin tratar de exponerte a él; porque antes morir abandonada, que obligarte a una acción contraria a tu sosiego, sobre todo después de la completa seguridad que tengo de un cariño tan verdadero, tan profundo, tan incomparable. Yo siento en mí efectos muy distintos; no la muerte, sino una vida más grande, una vista más perspicaz, otras esperanzas, otros goces y un deleite tal, que cuantos placeres han halagado hasta ahora mis sentidos me parecen insípidos y hasta ingratos. Come, pues, siguiendo mi ejemplo, Adán, sin reparo alguno, y da al viento esos mortales temores.»
Estas palabras acompañó con un estrecho abrazo, e inundados sus ojos en lágrimas de alegría. No podía ser mayor su satisfacción, viéndose objeto de un amor que arrostraba por ella la divina cólera o la muerte; y en recompensa (porque a complacencia tal era lo que correspondía) presentó con pródiga mano a Adán los apetitosos frutos pendientes de su rama, que él no tuvo escrúpulo en comer contra lo que su razón le sugería, porque no obraba ofuscado, sino seducido por una mujer encantadora.
La tierra temblaba en tanto, alterada hasta en sus más profundos senos, como acometida de un nuevo vértigo, y la Naturaleza prorrumpió en un segundo gemido. Oscureciose el firmamento; rugió sordamente el trueno, y el cielo vertió algunas tristes lágrimas al consumarse aquel pecado que en su origen llevaba ya la muerte; mas nada de esto advirtió Adán, embebecido en saborear el funesto fruto. Ni Eva temió reincidir en su atrevimiento, doblemente animada por la complicidad de su compañero; así que embriagados ambos como con un vino nuevo, se entregaron al más frenético regocijo, imaginándose sentir ya en sus pechos el aliento de la divinidad, que los levantaba sobre la despreciable tierra. Pero aquel fruto engañoso comenzó a despertar en ellos por vez primera otros afectos, encendiéndolos en lúbricos deseos: Adán miró a Eva con lascivos ojos; ella le correspondió con voluptuoso agrado, y en ambos prendió el fuego de la lujuria. Él empezó a provocarla así:
«Ahora descubro, Eva, de cuán delicado gusto, de qué gentileza estás dotada, que no es pequeña parte de la sabiduría, pues ahora distinguimos de sabores, y tenemos un buen juez en el paladar. Pero a ti es debida toda la gloria que me has proporcionado en semejante día. ¡Oh! ¡qué de placeres hemos perdido, absteniéndonos de este delicioso fruto! Hasta hoy no sabíamos lo que es verdadero gusto; y si tal deleite tienen en sí las cosas que se nos prohíben, debiéramos desear que la prohibición se extendiera a diez árboles en vez de uno. Ven, pues; gocemos, ya que es nuestro tanto bien, del inefable placer que este nuevo alimento nos promete. Jamás, desde que te vi por primera vez y me desposé contigo, me ha parecido tu hermosura ornada de tanto encanto, ni he sentido deseos tan vehementes de gozar de tu belleza, que me enamora como nunca: influencia sin duda de la virtud de ese árbol.»
Añadió a estas palabras acciones y miradas que indicaban la impaciencia de su amor. No era menor la de Eva, cuyos ojos despedían el fuego que la devoraba. Asiola él de la mano, y sin resistencia alguna la condujo a un verde ribazo cubierto por una espesa enramada que daba sombra a un lecho de flores, pensamientos, violetas, gamones y jacintos, el más fresco y muelle regazo de la tierra. Apuraron allí sin tasa sus amorosas ansias y delicias, sellando su mutuo crimen y desquitándose de su pecado, hasta que vencidos por el estupor del sueño, hubieron de renunciar a sus voluptuosos goces.
Luego que fue perdiendo aquel falso fruto la virtud con que sus suaves y penetrantes aromas habían embriagado sus espíritus y pervertido sus más íntimas facultades, desvaneciéndose el impuro letargo de un sueño que les había representado al vivo la enormidad de su falta, se levantaron desasosegados, se miraron uno a otro, y vieron cuán distinto se ofrecía todo a sus ojos, y cuán oscura niebla cubría sus corazones. Había huido de ellos la inocencia, que los preservaba del conocimiento del mal, ocultándoselo como con un velo; la confianza sincera, la rectitud natural y el honor, lejos ya de su lado, dejaban expuesta su desnudez a la criminal vergüenza que los cubría; pero al que la vergüenza cubre con su máscara, le descubre más. Como el valeroso Danita[99], el hercúleo Sansón, que al desasirse de los torpes brazos de la filistea Dalila, despertó ya privado de su fuerza, volvieron ellos en sí destituidos de todas sus virtudes; y confusos y silenciosos, permanecieron sentados, contemplándose largo tiempo, sin atreverse a proferir palabra; hasta que Adán, aunque tan abatido como Eva, prorrumpió al fin en sentidas quejas, diciendo:
«¡Oh Eva! ¡En mal hora diste oídos a aquel falso reptil, que nunca hubiera aprendido a remedar la voz humana! Veraz habría sido en pronosticar nuestra desgracia, no en prometernos una mentida elevación, porque si se han abierto nuestros ojos, y sabemos discernir ya lo bueno de lo malo, hemos perdido el bien, y solo nos queda el mal. ¡Funesto fruto de la ciencia, si consiste en conocer esto, en dejarnos así desnudos, privados de nuestro honor, de la inocencia, de la fe y de la pureza, que eran nuestro mejor ornato, ahora manchadas y envilecidas! En nuestros rostros aparecen evidentes las huellas de la insensata concupiscencia, origen de nuestros males y nuestra vergüenza, que es el mayor de todos; que en cuanto a la pérdida del bien, no debe quedarte la menor duda. Y ¿cómo osaré yo ahora ponerme en presencia de Dios o de los ángeles, a quienes veía antes con tanto júbilo y enajenamiento? Sus celestiales figuras anonadarán con su irresistible esplendor esta materia terrestre. ¡Oh! ¡Si pudiera ocultar mi salvaje existencia en la soledad, en el más oscuro rincón, al abrigo de árboles gigantescos, impenetrables a la luz del sol y de los astros, y entre las tinieblas de una oscuridad más profunda que la de la noche! ¡Encubridme vosotros, pinos; tapadme ¡oh cedros! con vuestras innumerables ramas, donde jamás vuelva a ser visto! Pero, no: en tan miserable estado, pensemos qué arbitrio será el mejor por de pronto para ocultar uno a los ojos de otro lo que nos causa mayor vergüenza, lo que más repugnante es a nuestra vista. Busquemos un árbol cuyas anchas y flexibles hojas unidas entre sí y rodeadas a nuestra cintura, nos preserven de esta vergüenza, que en lo sucesivo ha de acompañarnos siempre, para que no nos dé continuamente en rostro con nuestra impureza.»
[Ilustración: Y no solo acudieron las lágrimas a sus ojos...]
Y practicando el consejo, internáronse ambos en lo más espeso del bosque, y eligieron al efecto la higuera; mas no la que nosotros apreciamos con este nombre y por su celebrado fruto, sino la conocida hoy entre los indios, en la costa de Malabar, o en el Decán, de ramas tan anchas y dilatadas, que colgando hasta el suelo y prendiendo en él, como hijas que crecen alrededor de su madre, forman pilares, bóvedas y muros, dentro de los cuales resuena el eco; donde el pastor indio, huyendo del sol, busca la fresca sombra, y por entre los claros del ramaje vigila a su ganado mientras está pastando[100].
Cogieron aquellas hojas, anchas como el escudo de una amazona, y con el arte que ya sabían, las juntaron y ciñeron a sus riñones: inútil precaución, si así querían ocultar su crimen y librarse de la vergüenza que los acosaba. ¡Oh! ¡cuán menguado reparo, en comparación de su primitiva y gloriosa desnudez! Tales halló en los últimos tiempos Colón a los americanos, cubiertos con una faja de plumas, desnudo lo restante del cuerpo, y viviendo como salvajes en sus islas y entre los bosques de sus playas.
Así disfrazados, y creyendo encubrir así parte de su vergüenza, mas no por eso más tranquilos ni consolados interiormente, se sentaron para desahogarse en llanto; y no solo acudieron las lágrimas a sus ojos, sino que se desencadenó una tempestad furiosa en el fondo de sus corazones; lucha de violentos afectos, de ira, odios, desconfianzas, sospechas y discordias, todos perturbando a la vez lo más íntimo de sus ánimos, en otro tiempo morada pacífica y apacible, y al presente llena de agitaciones y sobresalto. No les servía ya de guía la inteligencia, ni la voluntad se prestaba a sus persuasiones; eran esclavos del apetito sensual, que usurpándoles, a pesar de su inferioridad, la soberanía de la razón, se alzaba con su dominio. En este estado de excitación, torva la mirada y temblorosa la voz, dirigió de nuevo Adán la palabra a Eva:
«¡Oh! ¡Si hubieras dado oído a mis palabras, y permanecido a mi lado como te lo rogué, en la infausta hora que te asaltó el necio afán de vagar por esos campos, sugerido no sé por quién! Éramos hasta entonces dichosos; no nos veíamos, como ahora, imposibilitados de todo bien, infamados, desnudos, miserables... Que de hoy más nadie pretenda con frívolos pretextos poner a prueba su fidelidad: quien con tal empeño solicita verse en semejante trance, muy expuesto está a perecer en él.»
Y sentida Eva de esta reconvención, le replicó: «¿Qué severidad de lenguaje estás empleando, Adán? ¿A mi insensatez, o al capricho de vagar por esos campos, como dices, atribuyes nuestro infortunio? ¿Quién sabe lo que hubiera acontecido aun estando tú presente, y lo que hubieras tú mismo hecho? Aquí, de igual suerte que allí, no hubieras sospechado la falacia de la Serpiente, al oírla hablar como hablaba, mucho más no mediando entre nosotros y ella motivo alguno de enemistad, ni temor de que quisiese hacerme mal, o idease cómo perdernos. ¡Que no debía separarme de tu lado! ¡Bueno sería yacer siempre inerte como una costilla inanimada! Siendo así, ¿por qué tú, que eres mi superior, no me prohibiste terminantemente el alejarme, dado que me exponía al riesgo que encareces tanto? Lejos de contrariarme, no opusiste dificultad; no lo permitiste y lo aprobaste, despidiéndote de mí cariñosamente. Si te hubieras mantenido firme y resuelto en tu negativa, ni yo hubiera faltado a mi deber, ni tú ahora serias mi cómplice.»
Adán, irritado por vez primera: «¡Eva ingrata! exclamó: ¿Este es tu amor? ¿Así correspondes al mío, que has visto inalterable cuando tú estabas perdida, y yo a salvo aún? ¿No he podido yo vivir y gozar de inmortal ventura, sin arrostrar contigo la muerte voluntariamente? ¿Y me acusas de ser la causa de tu culpa, y crees que no fui bastante severo en lo que te permití? ¿Qué más podía yo hacer? Te advertí, te aconsejé, te predije el riesgo a que te exponías, y que un enemigo oculto estaba acechando para tender sus lazos. Llevar más allá mi celo, hubiera sido violentarte, y emplear la violencia contra el que es libre, es un proceder indigno. La confianza es la que te ha cegado, la seguridad que abrigabas o de que no corrías peligro alguno, o de que saldrías triunfante de cualquier empeño. Acaso yo erré también cuando admirando más de lo justo lo que me parecía en ti tan perfecto, imaginé que ningún mal se atrevería a llegar hasta ti. Bien pago mi error ahora, que se ha convertido en crimen. ¿Y tú eres mi acusadora? Este castigo merece quien por confiar demasiado en la excelencia de la mujer, la deja ejercer imperio; que contrariada, romperá el freno, y entregada a su albedrío, cuando algún daño le sobrevenga, su primer impulso será acusar al hombro de débil e indulgente.»
Así pasaban infructuosamente el tiempo en mutuas reconvenciones; ninguno de los dos se culpaba a sí propio, pareciendo interminables sus estériles altercados.
LIBRO DÉCIMO
ARGUMENTO
Sabida la desobediencia del Hombre, abandonan los ángeles custodios el Paraíso, y vuelven al cielo para justificar su vigilancia, de la cual se muestra Dios satisfecho, declarando que no han podido evitar la entrada de Satanás en aquel lugar. Envía en seguida a su Hijo para que juzgue a los culpables, el cual lo verifica, y pronuncia la debida sentencia. Compadecido de ellos, cubre su desnudez, y asciende de nuevo al cielo. El Pecado y la Muerte, que hasta entonces habían permanecido a la puerta del infierno, presintiendo por una maravillosa simpatía el triunfo de Satanás en aquel mundo nuevo, y el pecado cometido por el Hombre, resuelven no estar más tiempo confinados en aquel lugar, sino seguir a Satanás, su señor, a la morada del Hombre; y para facilitar el tránsito desde el infierno al mundo, abren un ancho camino o un elevado puente sobre el Caos, según el designio primeramente concebido por Satanás; y cuando se disponen a dirigirse a la tierra, se encuentran con él, que envanecido de su triunfo, vuelve al infierno. Congratúlanse mutuamente. Llega Satanás al Pandemonio, y en plena asamblea refiere pomposamente el triunfo que ha conseguido sobre el Hombre; pero en vez de aplausos, oye solo un silbido universal de su auditorio, convertido como él en serpientes, conforme a la sentencia dada en el Paraíso. Engañados por la apariencia del árbol prohibido que se ofrece a su vista, quieren todos ellos probar el fruto, y no comen más que polvo y amarga ceniza. Resolución que forman el Pecado y la Muerte. Dios predice la completa victoria de su Hijo, y la regeneración de todas las cosas, pero ordena a sus ángeles que hagan algunas alteraciones en los cielos y en los elementos. Convencido Adán cada vez más de su degradada condición, se lamenta tristemente, y rechaza los consuelos de Eva; mas ella insiste, y por fin logra tranquilizarle. Creyendo evitar la maldición que ha de caer sobre su posteridad, propone varios medios violentos que desaprueba Adán, porque esperando en la promesa que se les había hecho de que la raza humana se vengaría de la Serpiente, la exhorta a intentar por medio de la oración y el arrepentimiento la reconciliación con el Señor tan justamente ofendido.
Súpose al punto en el cielo el acto de odio y desesperación consumado por Satán en el Paraíso, y cómo, disfrazado de serpiente, había seducido a Eva, y esta a su marido, para comer el funesto fruto, pues ¿qué cosa puede ocultarse a la vigilancia de Dios, que lo ve todo, ni engañar su previsión, que a todo alcanza? Sabio y justo el Señor en cuanto dispone, no había impedido a Satán que tentase el ánimo del Hombre, a quien dotó de suficiente fuerza y entera libertad para descubrir y rechazar las astucias de un enemigo o de un falso amigo. Que bien conocían nuestros primeros padres, y no debieron olvidar jamás, la suprema prohibición de no tocar a aquel fruto, por más que a ello les incitaran, pues por desobedecer este mandato, incurrieron en tal pena (¿qué menor podían esperarla?); y su crimen, por suponer otros varios, bien merecía tan triste suerte.
Silenciosos y compadecidos del Hombre, se apresuraron a ascender desde el Paraíso al Cielo los ángeles custodios. De aquel suceso colegían lo desventurado que iba a ser, y se maravillaban de la sutileza de un enemigo que así les había ocultado sus furtivos pasos.
Luego que tan funestas nuevas llegaron a las puertas del cielo desde la tierra, contristaron a cuantos las oyeron. Pintose esta vez en los semblantes celestiales cierta sombría tristeza, que, mezclada con un sentimiento de piedad, no bastaba, sin embargo, a turbar su bienaventuranza. Rodearon los etéreos moradores a los recién llegados en innumerable multitud, para oír y saber todo lo acaecido: y ellos se dirigieron al punto hacia el supremo trono, como responsables del hecho, a fin de alegar justos descargos en favor de su extremada vigilancia, que fácilmente podían probar; cuando el omnipotente y eterno Padre, desde lo interior de su misteriosa nube, y entre truenos, hizo así resonar su voz:
«Ángeles aquí reunidos, y vosotros, Potestades que volvéis de vuestra infructuosa misión, no os aflijáis ni turbéis por esas novedades de la tierra, que aun con el más sincero celo, no habéis podido precaver: ya os predije no ha mucho tiempo lo que acaba de suceder, cuando por primera vez, salido del infierno, el Tentador atravesó el abismo. Entonces os anuncié que prevalecerían sus intentos; que en breve realizaría su odiosa empresa; que el Hombre sería seducido y se perdería, dando oídos a la lisonja, y crédito a la impostura contra su Hacedor. Ninguno de mis decretos han concurrido a la necesidad de su caída; no he comunicado el más leve impulso al albedrío de su voluntad, que siempre he dejado libre y puesta en el fiel de su balanza. Pero al fin ha caído. ¿Qué resta hacer más que dictar la mortal sentencia que su transgresión merece, la muerte a que queda sujeto desde este día? Presume que la amenaza será vana e ilusoria, porque no ha sentido ya el golpe inmediatamente como temía; pero en breve verá que el aplazamiento no es perdón, lo cual experimentará hoy mismo. No ha de quedar burlada mi justicia, como lo ha quedado mi bondad. Pero ¿a quién enviaré por juez? ¿A quién, sino a ti, Hijo mío, que en mi lugar riges el universo, a ti que ejerces, trasmitido por mí, todo juicio en los cielos, en la tierra y en los infiernos? Con esto se persuadirán de que procuro conciliar la misericordia con la justicia al enviarte a ti, amigo del Hombre, mediador suyo, designado para servirle de rescate y ser voluntariamente su Redentor, como estás destinado a convertirte en hombre y a ser juez de su humillación.»
Así habló el Padre; e inclinando a la derecha el esplendor de su gloria, inundó al Hijo con los rayos de su clara divinidad. Él reflejó toda la refulgente majestad de su Padre y respondió con inefable dulzura de este modo:
«Eterno Padre: tuyo es el mandato, mío el obedecer tu suprema voluntad en el cielo como en la tierra, porque tú te complaces en mí, que soy siempre tu Hijo por extremo amado. Voy a juzgar en la tierra a los que te han desobedecido; pero tú sabes que cualquiera que sea la sentencia, sobre mí recaerá el mayor castigo cuando se hayan cumplido los tiempos; que ante ti me impuse este sacrificio, y no estoy arrepentido de él, porque así tendré el derecho de mitigar la pena, que ha de refluir en mí. Templaré de tal modo la justicia con la misericordia, que realzadas así una y otra, ambas queden satisfechas, y tú desagraviado. Y no he menester para esto de séquito ni aparato alguno: en este juicio solo han de intervenir el juez y los dos culpables; el tercero está condenado por ausente con más rigor; está convicto de su crimen y de su rebeldía a todas las leyes; que en la serpiente no ha podido obrar convicción alguna.»
Pronunciadas estas palabras, se levantó de su radiante trono, con todo el esplendor de su gloria colateral, y rodeándole los Tronos, las Potestades, los Principados y las Dominaciones, le acompañaron hasta las celestiales puertas, desde donde se descubre la perspectiva del Edén y de sus confines todos. Rápidamente hizo su descenso, que no hay tiempo que mida la velocidad de los dioses, por más que vuele en alas de los más raudos minutos. Inclinándose a su ocaso, alejábase ya el sol del mediodía, y esparcíanse por la tierra a su hora acostumbrada los blandos céfiros, anunciando la proximidad de la húmeda noche; cuando más tranquilo aún, en medio de su indignación, se acercaba el que como juez e intercesor a un tiempo iba a sentenciar al Hombre. Oyeron los culpables la voz de Dios, que al declinar de la tarde resonaba por el Paraíso llevada a sus oídos por el hálito de los vientos; oyéronla, y Hombre y Mujer huyeron de su presencia, ocultándose entre los árboles más sombríos; pero Dios se acercó, y llamó en alta voz a Adán.
«¿Dónde estás Adán, que no vienes alegre, como acostumbrabas a recibirme así que me veías de lejos? Me disgusta que te ausentes de aquí, y que te entretengas en la soledad, cuando un solícito deber te hacía presentarte antes sin ser buscado. ¿Vengo Yo con menos esplendor? ¿Qué novedad te tiene ausente? ¿Qué causa tu detención? Ven al punto.»
[Ilustración: Oyeron los culpables la voz de Dios, y hombre y mujer huyeron...]
Presentose, y Eva con él, pero más medrosa, a pesar de haber delinquido primero, y ambos confusos y desconcertados. No brillaba ya en sus miradas el amor ni para con Dios, ni el del uno al otro; no se revelaba en sus semblantes sino el crimen, la vergüenza, la turbación, el despecho, la ira, la obstinación, el odio y la hipocresía. Pero al fin, después de muchas vacilaciones, respondió Adán:
«Os vi en el jardín, pero atemorizado a vuestra voz, como estaba desnudo, me oculté.»
Y el divino Juez, sin reconvenirle, contestó: «Pues muchas veces has oído mi voz, que no te infundía temor, antes bien te regocijaba. ¿Cómo es que ahora te causa espanto? ¡Que estás desnudo! Y ¿quién te lo ha hecho advertir? ¿Has comido acaso el fruto del árbol que te prohibí gustases?»
A lo que, acosado de remordimientos, replicó Adán: «¡Oh cielo! ¡En qué trance tan penoso me veo hoy ante mi Juez! O echo sobre mí todo el delito, o tengo que acusar a la que es como yo mismo, a la compañera de mi existencia, cuya falta, dado que no ha querido ofenderme a mí, debiera yo encubrir, y no dar lugar con mis quejas a su castigo. Pero no puedo menos de sucumbir a la dura necesidad, a un imperioso deber, para que no recaigan en mí el pecado y la pena a un tiempo, que para mí solo, serían insoportables. Ni ¿de qué me serviría obrar de otro modo, si está patente a tus ojos cuanto tratara yo de ocultarte? Esta mujer, a quien tú creaste para descanso mío, que me concediste como el más completo de tus dones, tan buena, tan hermosa, tan encantadora, tan divina, de quien yo no recelaba mal alguno, que en cuanto hacía parecía llevar la justificación de su proceder, me dio a comer del fruto vedado, y comí.»
Y el Supremo Señor repuso: «¿Era tu Dios, para que así la obedecieses antes que a mí? ¿Fue creada para ser tu guía, ni superior, ni aún igual a ti, que así has abdicado en ella de tu dignidad de hombre, y de la superioridad que respecto a ella debías tener? De ti la formó Dios y para ti, que realmente la aventajas en todo género de excelencias y perfecciones; porque si bien está adornada de belleza y encantos que la hacen amable y digna de tu amor, no por eso había de avasallarte; que sus cualidades son para obedecer, no para ejercer el mando. Este a ti te correspondía, si tú hubieras sabido conducirte.»
Y en seguida se volvió a Eva solo para preguntarla: «Y tú, dime, mujer, ¿qué has hecho?»
Anonadada por la vergüenza, sin poder ocultar su crimen, y no atreviéndose a hablar apenas delante de su Juez, llena de confusión, respondió Eva: «Me engañó la serpiente, me engañó, y comí.»