Part 24
«No te maravilles de mí, reina del universo, cuando tú eres aquí la única maravilla. No me rechacen con desdén esos ojos, que son todo un cielo de dulzura, ni te ofendas de que yo me acerque a ti y no me sacie de contemplarte, que yo solo soy, yo solo el que no se ha dejado intimidar por tu majestuoso aspecto, más majestuoso ahora en la soledad. ¡Oh imagen la más perfecta de tu perfecto Hacedor! Todos los seres vivientes se recrean en ti, gloríanse de ser tuyos y adoran enajenados tu celestial hermosura, cuyo poder es mayor a medida que es objeto de admiración más universal. Y ¡estar encerrada aquí en este recinto agreste, en medio de salvajes brutos, incapaces de contemplarte, incapaces de apreciar todo lo bella que eres, a excepción de un hombre que te acompaña! Y ¿por qué ha de ser uno solo, cuando merecerías ser tenida por diosa entre los dioses, y adorada y servida por multitud de ángeles que a todas horas te rodeasen?»
Con tan lisonjeras palabras dio principio a su discurso el Tentador, y halló desde luego cabida en Eva; que aunque en extremo admirada de oír su voz, manifestó su asombro diciendo así:
«¿Qué es esto? ¡El lenguaje del hombre y el pensamiento humano expresados por la lengua de un bruto! Creía yo que a lo menos del primero estaban privados los irracionales, habiéndolos Dios creado mudos e incapaces de articular todo sonido; en cuanto al segundo, ya abrigaba yo dudas al notar que hay mucho de discernimiento en sus miradas y en sus acciones. No ignoraba que tú, Serpiente, eres el más sagaz de todos los animales campestres, mas no sabía que estuvieses dotada del habla humana. Repite, pues, este milagro, y dime cómo siendo muda, has podido adquirir la palabra, y cómo de todas las criaturas que diariamente se ofrecen a mi vista, eres la que conmigo te muestras más afectuosa. Esto deseo saber; que bien lo merece semejante maravilla.»
«¡Reina de este hermoso mundo, contestó el pérfido seductor, encantadora Eva! Fácil me es hacer lo que ordenas, y justo que en todo seas obedecida. Era yo al principio como los demás animales que pacen la yerba que van pisando; eran mis instintos tan viles y terrestres como mi alimento, y fuera de este o de la diferencia de sexo, nada sabía discernir, ninguna cosa más alta se me alcanzaba. Pero vagando acaso un día por el campo, acerté a descubrir a lo lejos un hermosísimo árbol, cargado de frutos, que resaltaban extraordinariamente por sus colores de carmín y oro. Acerqueme para mejor contemplarlo, y sentí que de sus ramas salía un delicioso perfume que excitaba el apetito, más sabroso al olfato que el olor del más dulce hinojo, o el de las ubres de la oveja y la cabra, llenas, a la caída de la tarde, de leche que no han mamado aún el cordero ni el cabritillo, distraídos en su retozo. Con la impaciencia de satisfacer el ansia que en mí se despertó, resolví gustar aquel bello fruto; estimulábanme el hambre y la sed, poderosos incentivos, a comer una de aquellas manzanas cuyo aroma me incitaba tanto. Enrosqué mi cuerpo alrededor del musgoso tronco, pues para alcanzar a sus ramas desde la tierra, es menester tu elevada estatura, o la de Adán. Viéronme con envidia, poseídos de igual deseo, los animales que me rodeaban, imposibilitados de hacer lo mismo; y llegado que hube a la mitad del árbol, del que tan cercana pendía la seductora abundancia de aquella fruta, arranqué, comí hasta la saciedad, y experimenté un placer que jamás había hallado ni en las más gustosas plantas ni en las más cristalinas fuentes. Satisfecho por fin, experimenté en mí un extraño cambio; iluminó la razón mis facultades interiores; tardé poco en adquirir el habla, aunque conservando esta misma forma; y desde entonces se elevó mi pensamiento a profundas y sublimes meditaciones, y mi espíritu fue capaz de considerar todo lo que hay visible en el cielo, en la tierra y en el aire, todo lo bueno y lo bello que en el mundo existe. Pero todo lo bueno y lo bello está cifrado en tu divina imagen, junto todo en el celestial destello de tu hermosura, a la cual nada hay que pueda igualarse ni compararse. Ella es la que, aun a riesgo de serte importuno, me ha obligado a venir aquí para contemplar y adorar a la que con tan justo derecho está proclamada como soberana de las criaturas y señora del universo.»
Así habló la Serpiente poseída del maligno espíritu; y doblemente admirada y sin cautela alguna. Eva le replicó así: «Serpiente, tus excesivas alabanzas me hacen dudar de la virtud de ese fruto que has sido la primera en probar; mas dime: ¿dónde crece ese árbol? ¿Está muy lejos de aquí? ¡Hay tantos y tan diferentes árboles puestos por Dios en el Paraíso, que nos son todavía desconocidos! Con tal abundancia se brindan a nuestra elección, que existen multitud de frutas a que no hemos tocado aún, y que penden incorruptibles de sus ramas hasta que nazcan otros hombres que se aprovechen de ellas, y otras manos que nos ayuden a aligerar a la naturaleza de tanta fecundidad.»
Lo cual oído por la astuta Serpiente, se apresuró, llena de júbilo, a responder: «El camino, gran señora, es fácil y nada largo. Al otro lado de una calle de mirtos, en una plazoleta y junto a una fuente, pasado un bosquecillo de balsámica mirra, lo encontraremos; por lo que si aceptas mi compañía, te conduciré en seguida.» «Condúceme», dijo Eva. Y sin más tardanza se aprestó a hacerlo la Serpiente, arrastrándose con tal rapidez, que su encorvado cuerpo parecía derecho: tan pronta estaba para la maldad. Incítala la esperanza, y brilla su cresta de alegría; como el fuego errante, formado de untuosos vapores, que condensa la noche y sostiene el frío, que con el movimiento produce llama, y que animado, según dicen, por un espíritu maligno, girando y despidiendo falaces fuegos, engaña y extravía al caminante nocturno, llevándole por bosques y pantanos, hasta que tal vez le precipita en un lago, donde se ahoga privado de todo auxilio. Así brillaba el traidor enemigo, conduciendo engañoso a Eva, nuestra crédula madre, hacia el árbol prohibido, origen de todos nuestros males; la cual, así que le vio, dijo a su guía:
«Serpiente, hubiéramos podido ahorrarnos de venir hasta aquí, diligencia para mí infructuosa, bien que sea tal la abundancia de estos frutos. Admirable es sin duda, y si tales efectos producen, guarda su virtud para ti, que nosotros no podemos gustar de ellos, ni tocar a ese árbol. Dios nos lo ha prohibido, único mandamiento que ha salido de sus labios; por lo demás, vivimos siendo ley de nosotros mismos: nuestra ley es nuestra razón.»
«¿Eso dices? replicó astutamente el Seductor. ¡Dios ha mandado que no comáis de todos los frutos de estos árboles, y os ha hecho señores de cuanto hay en la tierra y en los aires!»
Y Eva, que todavía no había pecado, contestó: «Podemos comer de los frutos que llevan todos los árboles de este jardín, pero del que da ese hermoso árbol plantado en medio del Paraíso, ha dicho Dios: «No comeréis, ni llegaréis a él, porque será vuestra muerte.»
Y apenas oyó el Seductor esta breve respuesta, fingiendo gran celo y amor por el Hombre y profunda indignación por el agravio que se le hacía, apeló a un nuevo recurso, y como luchando con el sentimiento que le agitaba, tomó al fin una actitud tranquila y el aire estudiado de quien se preparaba a tratar de un asunto grave. Como cuando en Atenas o en la libre Roma, en tiempo en que florecía aquella elocuencia que no ha vuelto a oírse, se presentaba un orador famoso, encargado de una gran causa, y concentrándose en sí mismo, cautivaba antes de hablar con sus movimientos y gestos al auditorio, y otras veces, para no entretenerse en el exordio, prorrumpía desde luego en altos conceptos, arrebatado por la fuerza de su razón o de la justicia; no de otro modo irguiéndose, agitándose y levantándose a su mayor altura, con toda la vehemencia de su pasión, exclamó el falso Tentador:
«¡Oh sagrada y sabia planta, dispensadora de la sabiduría y madre de la ciencia! En mí siento ya la eficacia de tu poder, que ilumina mi mente, y no solo me permite discernir las cosas en sus primeras causas, sino los medios de que se valen los agentes superiores, a pesar de su profunda sabiduría. Y tú, reina de este universo, no creas en esa terrible amenaza de muerte, que seguramente no se realizará. ¿Quién ha de haceros morir? ¿El fruto de ese árbol, cuando con él se adquiere la vida de la ciencia? ¿El que ha fulminado esa amenaza? Pues, ¿no me veis a mí, a mí que he tocado y gustado ese fruto que se os veda? Y no solamente vivo, sino que gozo de una vida más perfecta que la que el destino me había otorgado, gracias al propósito que formé de sobreponerme a mi condición. ¿Ha de cerrarse para el Hombre el camino que tienen abierto los irracionales? ¿Ha de encenderse la ira de Dios por tan pequeña falta? ¿No aplaudirá más bien vuestro intrépido valor, al ver que ni el temor de la muerte que os pone delante, sea la muerte lo que quiera, os retrae de un empeño que puede proporcionaros vida más venturosa, el conocimiento del bien y el mal? ¡El bien! ¿Hay nada más justo? ¡El mal! Pues si el mal existe, ¿por qué no conocerlo, y así se evitará mejor? Dios no puede castigaros siendo justo, y si no es justo, no es Dios, y dejando de ser Dios, no hay para qué temerle ni obedecerle. El mismo temor de la muerte debe induciros a no temerla. Y ¿por qué os ha impuesto esa prohibición sino para intimidaros, para manteneros en vuestra baja servidumbre, en vuestra ignorancia, y que no dejéis de ser sus adoradores? Sabe bien que el día en que comáis de ese fruto, vuestros ojos, que tan claros parecen ahora, y que, sin embargo, están rodeados de oscuridad, se abrirán completamente a la luz, y seréis lo que son los dioses, y comprenderéis el bien y el mal, como lo comprenden ellos. Llegaréis a ser dioses, como yo he llegado a ser hombre, que hombre soy interiormente, pues tal es la proporción establecida: el bruto pasa a ser hombre, y el hombre Dios. Quizá la muerte consista en esto, en trocar la naturaleza humana por la divina; y si con tal trueque se os amenaza, y es lo peor que puede aconteceros, el morir ¿no es apetecible? ¿Qué dignidad es la de los dioses, que el Hombre no puede aspirar a ella, ni aún participando del alimento divino? Han existido primero, y de esta ventaja se prevalen para hacernos creer que todo procede de ellos, lo cual es muy dudoso al ver esta bellísima tierra caldeada por el sol, tan fecunda de todo, mientras ellos nada producen. Si ellos lo han hecho todo ¿por qué han puesto en este árbol la ciencia del bien y del mal, para que quien quiera que guste de sus frutos obtenga a pesar suyo la sabiduría? Y al adquirir esta ¿en qué puede el Hombre ofender a Dios, ni en qué vuestro saber perjudicar al suyo? Y si todo depende de él ¿cómo este árbol produce una cosa contraria a su voluntad? ¿Será su móvil la envidia? pero ¿cabe esta pasión en ánimos celestiales? Estas, estas razones y otras muchas os inducen a no privaros de tan precioso fruto. Arráncale, pues, diosa humana, y come de él sin recelo alguno.»
Concluyó así su razonamiento, y sus pérfidas sugestiones hallaron fácil acogida en el corazón de la incauta Eva. Tenía sus ojos fijos en aquellos frutos, cuyo aspecto era por sí solo harto tentador; resonaba en sus oídos el eco de aquel lenguaje que a ella le parecía tan persuasivo, tan convincente por su razón y por su verdad. Acercábase por otra parte la hora del mediodía, y despertaba en ella un apetito tanto mayor, cuanto más incitativa era la fragancia de aquella fruta, que un irresistible deseo estimulaba a su vista a coger y saborear; pero se detuvo un momento, haciéndose a sí propia estas reflexiones:
«Grandes son sin duda tus virtudes ¡oh el más excelente de los frutos! y aunque vedado al Hombre, digno de la mayor admiración, cuando por tanto tiempo menospreciado, es tu primer efecto dar elocuencia a un mudo y hacer que una lengua incapaz de hablar prorrumpa de este modo en tus alabanzas; alabanzas que no omitió ni aún el mismo por quien nos estás prohibido, en el hecho de llamarte árbol de la ciencia del bien y del mal. Védanos que te probemos, pero su mandato te hace doblemente apetecible, porque manifiesta el bien que de ti resulta y la necesidad que tenemos de él. El bien que no se conoce, no es tal bien, y el poseer lo que no se aprecia es como si no se poseyese. En suma ¿qué nos prohíbe? El saber, es decir, nuestro bien; nos prohíbe adquirir la sabiduría; pero semejante prohibición no puede obligarnos a nosotros. Y si la muerte ha de venir después a esclavizarnos ¿de qué nos sirve esa libertad concedida a nuestra naturaleza? El día que comamos de ese fruto es el de nuestra perdición; ¡moriremos! Pero ¿ha muerto la serpiente? ¿No ha comido de él, y sin embargo vive, y conoce, y habla, y discurre, y raciocina, cuando antes estaba privada de razón? ¿O es que la muerte se ha inventado solo para nosotros, y que se nos niega el alimento intelectual concedido a los irracionales? Pues si únicamente se concede a estos ¿cómo el primero que ha gustado de él, lejos de mostrarse avaro de tal bien, lo ofrece tan espontáneamente, sin interés alguno, por amistad hacia el Hombre, ajeno a toda especulación y engaño? ¿Qué tengo, pues, que temer, o más bien, por qué abrigo temor alguno en la ignorancia en que estoy del bien y el mal, de Dios y de la muerte, de la ley y del castigo? Remedio da para todo este divino fruto, tan hermoso a la vista, tan grato al paladar, con su virtud de infundir la ciencia. ¿Quién me impide cogerlo, y alimentar con él mi cuerpo y mi espíritu a la vez?»
¡En mal hora discurrió así; que acabando de decir esto, alargó su temeraria mano, cogió el fruto, y comió de él! En el mismo momento la tierra se sintió herida; la naturaleza toda, estremecida hasta en sus últimos cimientos y exhalando un quejido de cada una de sus obras, anunció con dolorosas angustias que todo se había perdido. Ocultose el perverso reptil en la espesura del bosque, y pudo hacerlo sin que lo advirtiese Eva, que totalmente entregada a la satisfacción de su apetito, a nada más atendía. No había, al parecer, experimentado hasta entonces placer igual en ningún otro fruto, fuese que realmente lo sintiera así, o que en la ilusión de la ciencia que iba a adquirir se lo imaginara. No se apartaba de su pensamiento la idea de su divinidad; devoraba el fruto con ansioso afán, sin conocer que comía su muerte. Y luego que se hubo saciado, cual si estuviese exaltada de embriaguez, dando rienda a su júbilo, lo expresó así:
[Ilustración: Ocultose el perverso reptil en la espesura del bosque...]
«¡Oh árbol soberano, en quien tan alta virtud reside, el más precioso de todos los del Paraíso! ¡Que siendo tu bendito fruto la sabiduría, haya estado hasta hoy oscurecido, menospreciado, pendiente de ti y creado sin utilidad alguna! Todos los días, al venir la aurora, te visitaré y aligeraré tus ramas del fértil peso de que están cargadas, y con que brindas a todos tan liberalmente; hasta que, alimentada por ti, adquiera suficiente caudal de ciencia para igualarme a los dioses, a esos dioses dotados del conocimiento de todo, y que envidian a los demás lo que ellos no pueden concederles; que si fuesen suyos los dones que tú das, seguramente no brillarías aquí. Y ¡cuán reconocida ¡oh experiencia! no debo estarte desde que eres mi mejor guía! Por no seguirte, he estado hasta hoy sumida en la ignorancia; mas ya me abres el camino de la ciencia y me introduces en el asilo más recóndito en que se oculta. Yo quizá estoy oculta también: el cielo está tan alto, que desde su remota esfera no se perciben distintamente las cosas de acá abajo, y tal vez distraído en otros cuidados nuestro gran Legislador, confía su continua vigilancia a los ministros que le rodean.
»Pero ¿cómo compareceré ahora yo en presencia de Adán? ¿Le daré conocimiento de la mudanza que hay en mí, le haré partícipe de toda mi felicidad, o me reservaré la ciencia que he adquirido sin comunicársela? Esto postrero añadirá a mi sexo lo que le falta, acrecentará su amor, y me hará igual a él, y acaso superior, que sin duda es preferible; porque mientras sea inferior ¿qué libertad disfruto? Esto es lo que conviene. Mas ¿y si me ha visto Dios? ¿Y si me aguarda la muerte? ¡Quedar privada de la existencia! ¡Adán entonces se uniría a otra Eva, y faltando yo, sería feliz con ella! De solo pensarlo me siento ya morir. ¡No: llevaré a cabo mi resolución! Adán me acompañará en la prosperidad o en el infortunio. Le amo con tal ternura, que arrostraré con él todas las muertes, porque vivir sin él no sería vida.»
Y diciendo esto, se apartó del árbol para alejarse, pero antes hizo una profunda reverencia al poderoso ser que residía en él y le infundía la savia de la ciencia, de que manaba el néctar, alimento de los dioses.
Adán, en tanto que impaciente esperaba su vuelta, de las más selectas flores había tejido una guirnalda para adornar los cabellos de la que merecía ver coronadas sus tareas campestres, como cuando los labradores ofrecen una corona a la reina de sus sembrados. Recreábase en mil alegres pensamientos y en el placer con que volvería a verla después de tan larga ausencia, y sin embargo, algo de funesto presentía a veces su corazón en los desiguales latidos con que palpitaba; y así se adelantó a aguardarla, siguiendo el camino que había tomado al separarse de él. Conducía este al árbol de la ciencia, y la encontró a poco de haberle ella dejado. Vio que llevaba en la mano una rama llena de hermosos frutos, cubiertos de brillante vello y que difundían en torno la fragancia de la ambrosía. Apresurose Eva a llegar; antes de hablar, expresaba en el rostro su disculpa y la defensa de su tardanza, y con las cariñosas palabras de que sabía usar, le dijo de esta manera:
«Adán ¿has extrañado mi larga ausencia? ¡Cuánto te he echado de menos! y separada de ti ¡qué lento me ha parecido el tiempo! Agonía de amor semejante, no la he experimentado nunca, ni la experimentaré otra vez, porque no volveré a exponer mi inexperiencia y temeridad al tormento que he sentido en estar lejos de ti; pero el motivo ha sido tal, que te admirarás de oírlo.
»Este árbol no es, como nos habían dicho, peligroso por sus frutos, ni son estos origen de males desconocidos: todo lo contrario; producen un divino efecto, abren los ojos a una nueva luz, y convierten en dioses a los que los prueban, como he tenido ocasión de verlo. La sabia serpiente no está sometida al precepto que nosotros, o no se ha sometido a él: ha comido de este fruto, y en vez de hallar la muerte, que a nosotros nos amenaza, ha adquirido desde luego el habla humana, el discurso humano, y raciocina que es un asombro. Sus persuasiones me han convencido de suerte, que yo también he comido, y he experimentado cuán verdaderos son los efectos: se han abierto mis ojos, cerrados antes; se ha engrandecido mi espíritu, ensanchado mi corazón, y yo elevádome a la divinidad; divinidad que anhelo principalmente para ti, y que sin ti no apetecería; porque la ventura, si tú no participas de ella, no me haría a mí venturosa, y el disfrutarla sin ti engendraría en mí hastío y aborrecimiento. Gusta pues de este fruto, para que permanezcamos los dos unidos, y sea igual nuestra suerte, igual nuestro gozo y nuestro amor igual. Si no lo haces, nuestra condición no será la misma; nos veremos separados, y aunque yo renuncie por ti a la divinidad, quizá sea tan tarde, que el destino no lo consienta ya.»
Con tan lisonjeras expresiones refería Eva lo acaecido, pero en sus mejillas se notaba cierto tinte de rubor. Adán, por su parte, al oír tan funesta declaración, quedó sorprendido y anonadado; helósele la sangre en las venas, y corrió por todos sus miembros un estremecimiento. Sus manos privadas de acción dejaron caer la guirnalda que tenía preparada para Eva, cuyas flores, esparcidas por el suelo, se marchitaron. Permaneció algún tiempo confuso y mudo, hasta que por fin rompió el silencio, empezando por decirse a sí mismo:
«¡Oh hermoso ser, obra la más acabada y perfecta de la creación, criatura en quien Dios apuró para deleite de los ojos y el pensamiento cuanto hay de santo y divino, de bueno, de afectuoso y de encantador! ¡Que así te hayas perdido! ¡Que en un instante te veas en tan miserable estado, postrada, envilecida y condenada a muerte! ¿Cómo has podido resolverte a infringir tan estrecho mandamiento, y a tocar con sacrílega mano el fruto prohibido? Algún falaz artificio de un enemigo a quien no conocías te ha seducido y causado tu perdición y la mía, porque yo estoy resuelto a morir contigo. Privado de ti ¿cómo he de vivir? ¿Cómo renunciar a tu dulce compañía, al amor que tan estrechamente nos une, ni sobrevivirte en la soledad de estos salvajes bosques? Porque aunque Dios crease otra Eva, producida nuevamente de mi costado, jamás te apartarías tú de mi corazón. No, no: la naturaleza me encadena a ti con indisoluble lazo. ¡Eres la carne de mi carne, el hueso de mis huesos, y en la prosperidad como en el infortunio, mi suerte será siempre la tuya!»
Y profiriendo estas palabras, como quien recobrado de un profundo desmayo, y después de luchar con mil opuestos pensamientos, se somete a lo que le parece irremediable, así con tranquilo ánimo se volvió a Eva añadiendo:
«¡Qué acción tan temeraria has cometido, irreflexiva Eva, y qué peligro tan grande has arrostrado, no solo al poner tus ojos en el fruto prohibido, prohibido tan terminantemente, sino lo que es mucho más, en gustar de él cuando nos estaba vedado hasta tocarlo! Pero ¿quién puede anular lo pasado, y no hacer lo que ya se ha hecho? Ni Dios con todo su poder, ni aun el mismo Hado. Quizá no morirás por esto: quizá tu acción sea menos vituperable, por haber gustado antes y profanado ese fruto la serpiente, haciéndolo común a los demás y privándole de su carácter sagrado. Y si para ella no ha sido mortal, sino que vive, y vive, según dices, adquiriendo la vida del Hombre, indicio es muy favorable para nosotros, que con este alimento podemos obtener una superioridad proporcionada a nuestra naturaleza, que necesariamente será de dioses, de ángeles o de semidioses. Ni me resuelvo yo a creer que Dios, sabio Creador, aunque nos haya amenazado con la muerte, quiera destruirnos tan pronto, siendo sus criaturas predilectas y habiéndonos elevado a tanta dignidad sobre todas sus demás obras: las cuales después de haber sido hechas para nosotros perecerían, porque dependen de nuestra, suerte. ¿Ha de ponerse Dios en contradicción consigo mismo, deshaciendo hoy lo que ayer hizo, y perdiendo el fruto de sus trabajos? ¿Puede concebirse, aunque en su mano esté repetir su obra, que así quiera aniquilarnos? Daría lugar al triunfo de su adversario, y a que dijese este: «Efímera es la condición de los que más han merecido el favor divino. ¿Quién está seguro de disfrutarlo largo tiempo? Primero me destruyó a mí; ahora a la raza humana; ¿a quién le tocará luego?» Ocasión que no debe darse nunca a un enemigo para que así se mofe. Mi suerte, pues, está identificada con la tuya; la misma sentencia ha de alcanzar a ambos: si muero contigo, será para mí la muerte como la vida. Tan fuertes son los lazos con que la Naturaleza ha unido los sentimientos de mi corazón a mi existencia propia: mi existencia eres tú, porque mío es cuanto tú eres: nuestra condición no puede ser distinta; los dos somos uno solo, una sola carne: perderte a ti, será tanto como perderme yo a mí mismo.»