Part 27
A lo cual repuso el incestuoso Padre: «Pues desde luego puedes alimentarte de todas esas yerbas, frutos y flores, y no perdonar ni una bestia, ni un pescado, ni un ave, que no es pasto poco apetitoso, y saciarte de cuantas cosas ha de destruir la segur del Tiempo, hasta que apoderado yo del Hombre y de su raza, pervierta sus pensamientos, sus miradas, sus palabras y sus acciones, y le prepare para ser tu postrera y más agradable presa.»
Dicho esto, se separaron, tomando cada cual diverso camino, ambos con el propósito de destruir y hacer perecedero todo lo criado, y de disponerlo a la devastación que tarde o temprano había de verificarse; viendo lo cual el Omnipotente, desde el sublime trono que ocupa rodeado de sus Santos, habló así a todas aquellas esplendorosas jerarquías:
«Ved con qué rabia se apresuran esos monstruos[117] del infierno a perturbar y destruir ese nuevo mundo que Yo he creado tan bello y tan perfecto; y que se mantendría en el mismo estado, si la insensatez del Hombre no hubiera dado entrada en él a esas destructoras furias que me califican de demente; y esto suponen el príncipe del Infierno y sus secuaces, porque cuando les concedo tan llano acceso a ese lugar celestial y consiento que se enseñoreen de él, piensan que condesciendo con las miras de tan menguados enemigos, y se lisonjean de que mi pasión me ciega en términos de abandonarlo todo y entregar el universo a su desconcierto. No conocen esos abortos del infierno que me he valido de ellos y los mantengo esclavizados allí, para que absorban toda la escoria e inmundicia con que la impura desobediencia del Hombre ha manchado lo que tan inmaculado era en su origen, hasta que rebosando y ahítos de ese letal veneno, llegue un día en que tu victorioso brazo, dulcísimo Hijo mío, hunda para siempre en el Caos al Pecado y a la Muerte con su voraz sepulcro, y quede cerrada la boca del infierno, y sus mandíbulas ociosas. Regenerados entonces el cielo y la tierra, se purificarán para santificar lo que no podrá ya mancillarse nunca; pero entre tanto la maldición que he pronunciado tiene que cumplirse.»
Dijo; y resonando como las olas del mar, prorrumpieron los celestiales coros en cánticos de _aleluya_; y entre innumerables himnos repetían: «Justos son tus designios, justos tus decretos en cuanto obras. ¿Quién puede destruirte?» Y celebraban después al Hijo, Redentor del género humano, por quien los siglos verán nacer o descender de los cielos un nuevo cielo, una nueva tierra.
[Ilustración: Dicho esto, se separaron, tomando cada cual diverso camino...]
Esto cantaban; y el Creador llamó por su nombre a sus principales Ángeles, y les encargó de diferentes ministerios, conforme la actual sazón de las cosas lo requería. El primero fue el Sol, a quien prescribió que alterase su movimiento y enviase su luz a la tierra haciendo que alternasen en ella el calor y el frío, hasta el punto de ser casi intolerables ambos; que llevase del norte al decrépito invierno, y del mediodía los rigores del abrasado solsticio. A la pálida luna le ordenaron también su curso; a los otros cinco planetas su movimiento y sus varios aspectos, el sextil, el cuadrado, el trino y el opuesto[118], todos ellos tan nocivos y tan funestos en su conjunción; enseñando a las estrellas fijas a ejercer asimismo su maligna influencia y suscitar tempestades, ya al ascender cuando el Sol, ya al declinar con él. A los vientos señalaron sus lugares respectivos, y cuándo enfurecidos debían introducir la confusión en el aire, en el mar y a lo largo de sus playas; al trueno, en fin, el tiempo en que había de aterrar los tenebrosos palacios aéreos con su hórrido estampido.
Dicen algunos que el Señor mandó a los ángeles apartar más de dos veces diez grados los polos de la tierra del eje del Sol, y que no sin gran trabajo pudieron poner oblicuo aquel globo central. Otros pretenden que se ordenó al Sol llevar sus riendas a igual distancia de la línea equinoccial por uno y otro lado, pasando por el Tauro, las siete Hermanas Atlánticas y los Gemelos de Esparta, subiendo hasta el trópico de Cáncer, y bajando después por Leo, Virgo y Libra hasta Capricornio, para proporcionar en su curso a cada clima la variedad de las estaciones. De otra suerte, ornada la tierra de flores inmarcesibles, hubiera gozado de una perpetua primavera, y de igual duración en los días y las noches, excepto en los puntos situados más allá de los círculos polares, donde hubiera brillado el día sin noche alguna, mientras que el Sol, para resarcirlos de su alejamiento, girando visible siempre a sus ojos en torno del horizonte, no les hubiera dejado conocer el oriente ni el ocaso, ni se hubieran visto envueltos en nieve el yerto Estotiland[119] y los países australes que se extienden más allá del de Magallanes.
Al presenciar la desobediencia de nuestros primeros padres, el Sol retrocedió en su curso, como en el festín de Atreo[120]: ¿quién sabe si antes de su pecado se hubiera, visto la tierra expuesta, cual hoy, al penetrante frío y a los rigorosísimos calores? Estas vicisitudes de los cielos produjeron, aunque lentamente, iguales efectos en los mares y en la tierra: la influencia de los astros esparció por todas partes vapores, nieblas, ardientes emanaciones, corruptas y pestilenciales; desde el norte de Norumbeca[121] y las playas de Samoyeda[122], rompiendo sus prisiones de bronce, y lanzándose armados de hielo, nieve y granizo, de huracanes y torbellinos, los furiosos Bóreas y Cecias, Argeste y Tracias arrasan las selvas y trastornan los mares; saliendo de Sierra Leona con encontrado ímpetu el Áfrico y el Noto, impelen las negras nubes preñadas de truenos; y a través de ellos, no menos airados, se precipitan de levante a occidente el Euro y el Céfiro con sus fragorosos colaterales el Siroco y el Libequio[123]. Empezó pues la desolación por las cosas inanimadas. La discordia, hija del Pecado, fue la primera que introdujo la muerte entre los irracionales por medio de una feroz antipatía, y se encendió la guerra entre bruto y bruto, entre ave y ave, entre pescado y pescado, devorándose unos a otros, olvidados de su pasto y perdido el temor al Hombre, de quien huían, o a quien con gesto amenazador veían pasar, clavando en él aviesas miradas.
Así tuvieron exteriormente principio nuestros males, que Adán pudo ya presenciar en parte, aunque acongojado por la pena, se ocultó en la más retirada oscuridad; pero otros mayores sentía dentro de sí; y en la lucha que traía con sus pasiones, procuraba desahogarse, exclamando:
«¡Qué desventura la mía, después de tanta felicidad! ¡Este fin ha tenido para mí ese nuevo y glorioso mundo! ¡Y yo, que era la gloria de su gloria, y que gozaba de tal bienaventuranza, ahora me veo maldito! ¡Que tenga que huir de la presencia de Dios, cuando su vista era en otro tiempo mi mayor delicia! Y ¡si al menos fuera este el término de mis males! Merecidos los tengo, y justo es que pague lo que merezco; pero no sucederá así, que cuanto coma, cuanto beba, cuanto proceda de mí, solo servirá para perpetuar mi maldición. ¡Oh! Aquellas palabras que antes tanto me deleitaban, aquel _creced y multiplicaos_ equivaldrá para mí a una sentencia de muerte. Porque ¿qué puedo yo multiplicar más que la maldición que llevo sobre mi cabeza? Y de los que en las futuras edades sean mis sucesores ¿quién al considerar los males que de mí heredan, no execrará mi memoria?: «¡Maldito seas, impuro progenitor! ¡Agradecidos debemos estarte, Adán!» Y sus gracias serán otras tantas imprecaciones. A la maldición, pues, que sobre mí llevo, deberán agregarse las que por una violenta reacción me alcancen, que hallarán en mí su centro, y aunque estén en su esfera, me abrumarán con su pesadumbre. ¡Oh malogradas dulzuras del Paraíso! ¡Cuán caras me costáis, adquiridas a precio de tantos males!
»Pero después de todo, ¿te exigí yo, Creador Omnipotente, que me convirtieses de tierra en Hombre? ¿Te solicité para que me sacases de las tinieblas, o para que me colocases en este jardín delicioso? Pues si mi voluntad no tuvo parte en mi existencia, lo justo y equitativo sería que me restituyeses a la nada, mayormente cuando mi deseo es resignar y devolver todo lo que he recibido, y cuando es tal mi incapacidad para cumplir con las duras condiciones que se me han impuesto a fin de conservar un bien que no he pretendido. ¿No es suficiente pena la pérdida de este bien? ¿Por qué has de añadir el sentimiento de una desventura eterna? Es pues inexplicable tu justicia, aunque a decir verdad, demasiado tarde para prorrumpir en estas quejas. Hubiera debido rehusar tales condiciones, en el momento en que se me propusieron; pero ¡desdichado! si las aceptaste ¿cómo quieres gozar del bien y cuestionar sobre ellas? Dices que Dios te ha creado sin tu consentimiento: y si un hijo desobediente, a quien tú reconvinieses, te replicara: «Y ¿por qué me has dado la existencia cuando yo no te la pedía?» ¿aceptarías tú el menosprecio que hacía de ti y su insolente disculpa? No fue ciertamente creado por tu elección, sino por una necesidad de la naturaleza. Dios te creó por su voluntad y con el fin de que le sirvieses; la recompensa que te otorgaba era una pura gracia; tu castigo el que a su justicia plugo imponerte. Pues bien: sometido estoy; su sentencia es equitativa. Polvo soy, y en polvo he de convertirme. ¡Oh felicidad, cuando quiera que acontezca! Mas ¿por qué esta dilación en ejecutar la pena el mismo día que se ha dictado? ¿Por qué he de sobrevivirme? ¿Por qué ha de burlarse de mí amenazándome con la muerte, y reservándome un castigo perpetuo? ¡Con qué placer cumpliría yo mi sentencia de muerte y me trocaría en tierra insensible, descansando en ella como en el seno de mi madre! Hallaría allí mi reposo, y dormiría tranquilo; no atronaría más mis oídos aquella tremenda voz; no abrigaría el temor de mayor desdicha, ni me atormentaría esta expectativa cruel de mi posteridad. Pero una duda me asalta aún. ¿Si será que no muera del todo, y que este puro aliento vital, este espíritu del Hombre, que Dios le ha inspirado, no llegue a perecer con el barro de su cuerpo? Y entonces ¿quién sabe si yaceré en el sepulcro, o en otro lugar no menos terrible, y si mi muerte será todavía una especie de vida? ¡Horrible idea, si fuese cierta! Pero ¿cómo ha de serlo? Si lo que en mí pecó fue ese hálito vital, eso que vive y ha pecado será lo que haya de morir; pero verdaderamente el cuerpo no tiene parte en la vida ni en el pecado. Todo, pues, morirá en mí; resuélvase así esta duda, quedando tranquilo, dado que no llega a tanto el alcance humano.
»Y porque el Señor sea infinito en todo ¿ha de serlo también en sus rigores? Aun cuando así sea, el Hombre no lo es, y por lo tanto ha de ser mortal, pues de otra suerte, ¿cómo Dios ha de hacer objeto de su cólera infinita al Hombre, cuyo fin es la muerte? ¿Ha de ser esta inmortal? Sería una contradicción tan extraña, que no es posible en el mismo Dios, porque argüiría, no poder, sino debilidad. Y por satisfacer su ira, al castigar al Hombre ¿había de llevar lo finito hasta lo infinito, pretendiendo saciar un rigor que nunca se saciaría? Valdría esto tanto como hacer extensiva su sentencia hasta más allá del polvo, de la nada, y de las leyes de la Naturaleza, la cual mide las causas por la energía de la acción que imprimen, no por el círculo de su propia esfera. Mas si la muerte no acabase de un golpe con todo lo que es sentir, como suponía yo, y fuese desde ahora para siempre un mal interminable, mal que empiezo a experimentar en mí, fuera de mí y por toda una eternidad... ¡oh desdichado! Vuelve a espantarme este temor, y de nuevo combate con tempestuosos vértigos mi indefensa fantasía. Sí: la muerte y yo somos incorpóreos: no solo a mí, sino a toda mi posteridad alcanza la maldición. ¡Envidiable patrimonio os lego, hijos míos! ¡Oh! ¡Si me fuese dado consumirlo todo, y no dejaros la menor parte! ¡Cómo me bendeciríais por esta pérdida, en vez de maldecirme ahora! Mas ¿por qué ha de condenarse a todo el género humano, siendo inocente, por la falta de un solo Hombre? ¡Inocente! ¿Lo es, cuando de mí nada puede salir que no sea corrupción, y espíritu y voluntad tan depravados, que no solamente estén dispuestos a hacer, sino a desear lo que yo he hecho? ¿Qué descargo han de ofrecer cuando comparezcan ante el Señor? Después de todo, yo no puedo menos de absolverlos: todo este laberinto de vanos subterfugios y razonamientos en que me pierdo, me trae otra vez a mi convicción. El primero y el último a quien debe acriminarse, soy yo, solo yo, raíz y origen de toda corrupción, y sobre mí debe recaer todo el castigo. ¡Ojalá que así sea! ¡Insensato anhelo! ¿Podrías tú soportar esta carga, más pesada que la tierra, más pesada que el mundo todo, aun cuando te ayudase a sobrellevarla aquella Mujer infame? De suerte que lo que deseas y lo que temes te da el mismo resultado; viene a destruir todas tus esperanzas de consuelo, y a demostrarte que eres un miserable, sin ejemplo en lo pasado ni en lo futuro, comparable solo a Satán en el crimen y en el castigo. ¡Oh conciencia! ¡En qué abismo de sobresaltos y horrores me has sumergido! ¡No encuentro camino alguno que me ponga a salvo, y de un precipicio doy en otro más insondable!»
De este modo se lamentaba Adán consigo mismo, en medio de la soledad de la noche. No era ya esta, como antes de la caída del Hombre, templada, agradable y serena, sino húmeda, nebulosa y encapotada, que representaba doblemente terribles los objetos a la conciencia del criminal. Tendido en tierra, en la yerta tierra, maldecía mil veces la hora en que fue criado, y mil veces también acusaba a la muerte de lenta, desde que sabía que era la consecuencia de su culpa. «Muerte ¿por qué no vienes, decía, con triplicado rigor a acabar conmigo? ¿Faltará la verdad a su promesa, y no se apresurará a ser justa la Divina Justicia? No acude la Muerte a mi llamamiento, y la Justicia Divina no acelera sus tardíos pasos, a pesar de mis súplicas y clamores. Bosques, fuentes, colinas, valles y arboledas: un eco de mi voz bastaba otro tiempo para que vuestros sombríos recintos me respondiesen. ¡De cuán diferente modo entonces resonabais!»
Al verle tan afligido la triste Eva, desde el sitio en que su pena la tenía postrada, se acercó a él, y procuró con dulces palabras calmar su arrebatada furia; mas Adán la rechazó con aspereza, diciendo: «¡Apártate de mí, malvada serpiente, que este nombre es el que te conviene como cómplice suya, no menos falsa y odiosa que ella! Nada más te falta que su figura y color para descubrir tu traidora índole, para que en lo sucesivo se guarden de ti todas las criaturas y no se dejen deslumbrar de tu celestial apariencia, que oculta la malicia del infierno. ¡Ah, que sin ti yo hubiera seguido siendo dichoso, a no haber tu soberbia e inquieta vanidad despreciado mis consejos cuando mayor era el peligro y empeñádote en no creerme! Anhelabas ser vista del Demonio; te prometías vencerle; te engañó y se burló de ti, y yo engañado a mi vez, permitiendo que te alejaras de mi lado, creyéndote prudente, constante, experta y prevenida contra todo género de asechanzas, no conocí que tu virtud, lejos de verdadera, era aparente, y que la naturaleza te formó de una costilla corva, torcida, según veo ahora, hacia el lado siniestro mío, de que saliste. ¡Si al menos me hubiera visto privado de ella, porque sobraba entre las restantes![124]
»¡Oh! ¿Por qué Dios, sabio Hacedor, que pobló los altos cielos de espíritus varoniles, introdujo en la tierra este ser nuevo, este bello defecto de la naturaleza, y no llenó el mundo de hombres, como lo está el cielo de ángeles, sin necesidad de mujer alguna? ¿Por qué no halló otro medio de perpetuar la raza humana? No hubiera dado lugar a esta desventura ni a las muchas que de ella han de originarse; que la tierra experimentará innumerables males por los artificios de la mujer y por la íntima unión con su sexo; pues o no hallará el hombre ninguna que le convenga, sino la que más desdichas y desaciertos le ocasione, o la que desee le pagará en ingratitudes, entregándose a otro peor que él, y si le ama, se verá contrariada por sus padres, o el logro de su mejor elección resultará tardío, y cuando quede unido con el vínculo que anhelaba, lo estará a una pérfida enemiga que solo le proporcione aborrecimiento y mengua; de donde infinitas calamidades para la vida humana, y disturbios sin cuento, en lugar de la paz doméstica.»
Nada más dijo Adán, y se apartó de ella; pero sin mostrarse Eva ofendida, bañado el rostro en lágrimas que sin cesar corrían por sus mejillas, y suelto y desgreñado el cabello, postrose humilde a sus pies, y abrazada a ellos, imploró perdón exclamando:
«No así me abandones Adán: el cielo es testigo del sincero amor y respeto que te profesa mi corazón, y de que te he ofendido involuntariamente, por efecto de mi desdicha y del engaño que padecí. Apiádate de mis ruegos; abrazada estoy a tus rodillas; no me prives de lo único que es mi vida, de tus miradas, de tu protección, de tus consejos; que en el colmo de desventura en que me veo, no cuento con otra fuerza ni con otro apoyo. Si tú me abandonas, ¿de quién he de esperar auxilio, ni dónde podré vivir? El tiempo que nos dure la vida, que quizá sean breves momentos, haya al menos paz entre nosotros. Partícipes ambos de esta común afrenta, unámonos también en el odio contra el enemigo que nos ha impuesto nuestra sentencia, contra esa cruel serpiente. ¡No me hagas objeto de tu aborrecimiento por una desgracia tan imprevista, cuando ya es segura mi perdición y cuando soy más miserable que tú mismo! Los dos hemos pecado, tú solo contra Dios, y yo contra Dios y contra ti. Volveré al lugar en que fui condenada; desde allí importunaré al cielo con mis lamentos; le rogaré que aparte de ti el castigo, y que caiga sobre mí sola, sobre mí, ¡única causa de todos tus males, objeto único de su cólera!»
No la dejaron proseguir sus sollozos; permaneció inmóvil en su humilde actitud, hasta que el perdón que demandaba por una falta así confesada y de que estaba tan arrepentida, movió a compasión a su esposo, el cual sintió al punto inclinarse su corazón hacia la que ha poco era su vida, su mayor delicia, y ahora estaba a sus pies sumisa y acongojada; bellísima criatura, que imploraba la indulgencia, el consejo, la ayuda del mismo a quien había desagradado. Él, como quien se encuentra desarmado, no teniendo en qué emplear su cólera, la levantó y consoló con estas afectuosas palabras:
«¡Imprudente! ¡Conque otra vez, como antes, vuelves a desear lo que no conoces, a desear que el castigo caiga sobre ti sola! ¡Ah! ¿sufrirás el que se te imponga, puesto que no eres capaz de sobrellevar la ira de que has experimentado no más que una pequeña parte, y que tan insoportable te parece hasta mi disgusto? Si mis ruegos alcanzasen a atenuar el rigor de lo que está ya decretado, yo me apresuraría a adelantarme a ti yendo a aquel lugar, y levantando cuanto me fuera posible la voz para que cayese toda la maldición sobre mi frente, para que fuese perdonada la fragilidad de tu débil sexo, que me estaba confiado y de que cuidé tan mal. Pero levanta: no disputemos más; no nos acriminemos uno a otro, que harto acriminados estamos ya. Procuremos, con el auxilio de un mutuo amor y ayudándonos uno a otro, aligerar el peso de la desgracia que nos abruma, porque el día de nuestra muerte que se nos ha anunciado, o mi previsión es falsa, o no llegará tan pronto, sino que será un mal lento, un morir prolongado, que haga mayor nuestra pena, y que trascienda a toda nuestra raza. ¡Oh raza desventurada!»
Y Eva, para inspirarle ánimo, replicó: «Sé, Adán, por una triste experiencia, cuán ineficaces son mis palabras para contigo, y cuán destituidas las juzgas de razón. ¡Oh, y si lo acaecido poco ha no las hubiera hecho además funestas! Sin embargo, a pesar de mi indignidad, alentada por ti, restablecida nuevamente en tu gracia y en la esperanza de recobrar tu amor, único consuelo de mi alma, que viva o muera, no quiero ocultarte los pensamientos que la inquietud de mi ánimo me suscita, y que pueden aliviar nuestros males o darles fin. Violentos y tristes son, pero tolerables, dada la extremidad en que nos vemos, y sobre todo están más en nuestra mano. Si tanto nos angustia la pena de nuestros descendientes, condenados a una maldición infalible, víctimas al fin de la Muerte (que, en efecto, terrible es ser causa de la infelicidad ajena, de la infelicidad de nuestros propios hijos, y lanzar de nuestro propio seno a ese maldito mundo una desdichada raza, para que después de una vida de tormentos sea presa de tan repugnante monstruo) de ti depende, ya que aún no se halla en su estado de concepción, evitar que esa raza no bendecida llegue a ser engendrada. Sin hijos estás; sin hijos puedes quedarte. Así la Muerte será burlada, y habrá de saciar en nosotros dos su ansia devoradora. Pero si crees que es duro y dificultoso hablándose, mirándose, amándose, renunciar al sagrado débito del amor, a las dulzuras de los abrazos nupciales, y ahogar sin esperanza alguna el deseo, teniendo a la vista un objeto que arde en el mismo anhelo, tormento no menos irresistible que el que causa nuestros temores, entonces, para librarnos a nosotros y librar al propio tiempo a los nuestros del mal que nos amenaza, tomemos más pronta resolución y entreguémonos a la Muerte; y si no damos con ella, hagamos en nosotros su oficio con nuestras manos. ¿A qué seguir viviendo con un temor que no promete más término que la Muerte, cuando podemos abreviar el plazo de nuestros días, y destruyéndonos, anticipar nuestra destrucción?»
Esto dijo, o añadió otras palabras que indicaban bien su desesperación; y tanto había discurrido sobre la muerte, que llevaba impresa su palidez en el semblante. No así Adán; que poco convencido de su consejo, y entregado con solícito afán a otras esperanzas, contestó a Eva: