El paraíso perdido

Part 15

Chapter 154,027 wordsPublic domain

A estas palabras dichas en tono desdeñoso, contestó el Ángel guerrero no menos intencionadamente: «¡Oh, qué dechado tan cabal de cordura se perdió el cielo el día que Satán fue arrojado de él! Fue arrojado de él por su insensatez; y llega ahora aquí fugitivo de su prisión y abrigando la grave duda de si debe o no tenerse por perspicaz al que le califica de temerario en invadir esta región, y traspasar los límites de aquella a que está condenado en el infierno: tan natural contempla el evadirse de sus tormentos y su castigo. Sigue en tu presunción, soberbio, hasta que la cólera que nuevamente suscitas con tu fuga descargue en ti siete veces, hasta que el azote que te haga volver a tus cadenas persuada a tu gran prudencia de que no hay castigo proporcionado a la infinita indignación que semejante culpa provoca. Pero ¿por qué vienes solo? ¿Por qué no te siguen tus huestes infernales? ¿Son los tormentos más llevaderos para ellos que para ti, y por esto no tratan de evitarlos? ¿O es que no cuentas tú con tanto valor para resistirlos? Pues, intrépido caudillo, que has sido el primero en librarte de tus tormentos: si hubieras manifestado a tus secuaces la causa de tu evasión al abandonarlos, seguramente no te hubieran dejado venir solo ni fugitivo.»

No pudo ya Satán reprimir su ira y exclamó: «Valor más que nadie tengo, ángel insolente, para soportar mis penas. Sobrado sabes que fui yo tu más terrible enemigo en aquella lid en que la fulminante furia del trueno vino tan presto en auxilio tuyo, en auxilio de tu lanza, que por sí no inspiraba temor alguno. Pero tus palabras, tan irreflexivas como siempre, muestran la inexperiencia en que estás de lo que debe hacer un caudillo fiel a su deber y aleccionado por los malos sucesos de su fortuna, que es no exponerlo todo a peligrosos trances, sino experimentarlos primero él mismo. Por esto he cruzado yo solo estos desiertos espacios, y venido a reconocer este mundo nuevamente creado, cuya fama no ha podido menos de llegar hasta los infiernos. Espero encontrar aquí morada más venturosa, y establecer en la tierra o en las regiones aéreas mis potestades proscritas, aunque para conquista tal fuese menester embestir otra vez contra ti y tus bienhadadas legiones; que más fácilmente os acomodáis a la servidumbre del Señor entronizado en los cielos, a entonar himnos en su alabanza y a incensarle de lejos, que a la dureza de los combates.»

Lo cual oído por Gabriel, prosiguió en estos términos: «Decir y desdecirse, encarecer primero el mérito de la fuga y desempeñar después el oficio de espía, no es propio de un caudillo, sino de un embaucador. ¿Cómo te atreves a suponerte fiel a tu deber? ¡Que así profanes el nombre, el sagrado nombre de tu fidelidad! Y ¿a quién eres fiel? ¿A tu rebelde muchedumbre? ¿A ese tropel de réprobos, dignos de ser mandados por tan digno jefe? ¿Consistía vuestra disciplina, la fe que jurasteis y vuestra obediencia militar en alzaros desleales contra el Poder supremo? Y por otra parte, falso hipócrita, que ahora te vendes por paladín de la libertad, ¿quién más lisonjero, más humilde y servil adorador que lo fuiste tú un día del invencible Rey de los cielos, sin duda con la esperanza de destronarle así mejor y empuñar su cetro? Pues, oye, y haz lo que te prevengo: sal de aquí, y huye al lugar de donde has salido; que si subsistes un momento más en estos sagrados confines, arrastrando y cargado de hierros te volveré a tu infernal mazmorra, y quedarás enclavado allí, de suerte que no te burles otra vez de las fáciles puertas del infierno, ya que tan débiles te parecen.»

Amenazole así; pero Satán le oía con indiferencia, y encendido en nuevo furor, repuso: «Cuando sea tu cautivo, querubín orgulloso, háblame de cadenas: ahora disponte a sentir el peso de mi poderoso brazo. Jamás te abrumó otro tal, ni aún cuando el Soberano celeste cabalgaba sobre tus alas, y uncido con otro como tú, acostumbrados al mismo yugo, tirábais de su carro triunfal, y andábais por los caminos del cielo empedrados de estrellas.»

Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego los angélicos escuadrones, y desplegando en circular ala sus falanges, le rodeaban, apuntándole con sus lanzas; como cuando en los campos de Ceres, maduras para la siega, se mecen las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro lado, según de donde se agita el viento; y el labrador las contempla con inquietud, temiendo que todos aquellos haces en que cifra su mayor logro, no vengan a convertirse en inútil paja.

Alarmado Satán en vista de aquella actitud, hizo sobre sí un esfuerzo y dilató sus miembros hasta adquirir las desmedidas proporciones y fortaleza del Atlas o el Tenerife. Toca su cabeza en el firmamento, y lleva en su casco el Horror por penacho de su cimera; ni carece tampoco de armas, dado que empuña una lanza y un escudo. Tremenda lid se hubiera suscitado entonces, que no solo el Paraíso, sino la celeste bóveda hubiera conmovido en torno, y aun puesto en grave conflicto todos los elementos a impulsos de choque tan irresistible, si previniendo aquella catástrofe, no hubiera el Omnipotente suspendido en el cielo su balanza de oro, que desde entonces vemos brillar entre Astrea y el Escorpión. En aquella balanza había pesado Dios todo lo creado, la tierra esférica en equilibrio con el aire; y ahora pesa del mismo modo los acontecimientos, la suerte de las batallas y de los imperios. Puso a la sazón en contrapeso el resultado de la fuga y el del combate, y el segundo subió rápidamente hasta dar en el fiel que lo señalaba; y entonces dijo Gabriel a su Enemigo:

«Conozco, Satán, tus fuerzas, como tú conoces las mías: ni unas ni otras nos pertenecen; Dios nos las ha prestado. ¡Qué insensatez jactarnos de lo que han de hacer nuestras armas, cuando no hemos de llegar sino a lo que permita el cielo! Tu poder es el que él consiente; el mío a la sazón doble, para que yazcas a mis pies, como cieno que eres. Y si de ello quieres tener una prueba, mira allá arriba, y leerás tu suerte en el celeste signo donde se pesa, donde se muestra cuán liviana y débil sería la resistencia.»

Miró en efecto Satán, y vio cuán desfavorable le era el movimiento de la balanza. No esperó más; huyó, lanzando denuestos, y en pos de él huyeron las nocturnas sombras.

[Ilustración: No esperó más, y huyó lanzando denuestos.]

[Ilustración: Incorporose para fijar mejor su mirada en aquella hermosura.]

LIBRO QUINTO

ARGUMENTO

Comienza a rayar el día, y Eva refiere a Adán su agitado sueño, que él oye con disgusto; pero hace por consolarla, y salen ambos a su trabajo cotidiano, dirigiendo antes a Dios su plegaria de la mañana. Para que el hombre no pueda alegar disculpa alguna, envía Dios a Rafael, que le recuerde su obediencia, que le manifieste el uso que ha de hacer de su libertad, la proximidad de su enemigo, quién es este y cuál la causa de su enemistad, con todo lo demás que a Adán le importa saber. Baja, pues, Rafael al Paraíso; píntase su celestial hermosura. Al descubrirle Adán, sale a recibirle, le conduce a su albergue, y le regala con las frutas más sabrosas que al efecto ha cogido Eva por su mano. Conversan amigablemente entre sí, y Rafael desempeña su comisión hablando a Adán de su estado, de la condición de su enemigo; y satisfaciendo a sus preguntas, le declara quién sea este y lo que le induce a obrar así, empezando su relato por la primera rebelión de Satán en el cielo, el origen de ella, cómo se retrajo a las partes del Norte con sus legiones, y las incitó a rebelarse contra Dios, logrando que le siguiesen todos, excepto el serafín Abdiel, que contradice sus razones, y se opone a él, y por último le abandona.

Ya la aurora dirigía sus pasos a la región de Levante, dejando en el cielo impresas sus sonrosadas huellas, y sembrando la tierra de orientales perlas, cuando, como lo tenía de costumbre, despertó Adán, cuyo sueño, ligero como el aire, favorecido por una pura digestión y por dulces y suaves vapores, fácilmente se disipaba al menor ruido de las hojas, de los brumosos arroyuelos, a que da movimiento el alba, y de las aves vocingleras que revoloteaban entre los árboles. Pero se sorprendió por lo mismo de hallar a Eva adormecida aún, el cabello descompuesto y encendidas sus mejillas, como por efecto de un sueño desasosegado; e incorporándose medio apoyado sobre su costado, para mejor fijar su amorosísima mirada en aquella hermosura que, dormida o despierta, así le enajenaba con sus encantos, blandamente estrechó su mano; y con una voz tan dulce como la de Céfiro cuando acaricia a Flora, murmuró a su oído estas palabras: «Despierta, hermosa, alma mía, supremo bien que me otorga el cielo, delicia de mi corazón; despierta: mira que alumbra ya la mañana, que la frescura del campo nos está llamando, y que desperdiciamos estas primicias del día, y no vemos cómo crecen nuestras tiernas plantas, cómo se abren las flores de los naranjos, y la mirra destila su licor, y su bálsamo la caña, mientras la naturaleza se reviste de sus colores, y la abeja extrae de los pétalos sus almibarados jugos.»

Despierta Eva al oír esto, mira con asombro a Adán, y apretándole entre sus brazos, dice: «¿Eres tú, consuelo mío, colmo de mi ventura, único ser en quien se recrea mi pensamiento? ¡Con qué placer vuelvo a verte y vuelvo a gozar del día! Porque has de saber que esta noche (noche igual no he pasado hasta ahora) he tenido un sueño, si sueño puede llamarse, porque no he pensado en ti, como pienso siempre, ni en nuestras faenas últimas, ni en las próximas, sino en ofensas y cuidados que hasta esta penosa noche no había sentido mi ánimo; he tenido un sueño en que me parecía que, introduciéndose en mi oído, una voz afectuosa me invitaba a pasearme. La tomé al pronto por la tuya: «¿Por qué duermes, Eva? me decía. Esta es la hora del placer, de la frescura y del silencio, silencio solamente interrumpido por el canoro pájaro de la noche, que la pasa en vela modulando sus amorosos trinos; esta es la hora en que la luna completamente redondeada y en la plenitud de su dulce claridad, ahuyenta la sombra que lo encubre todo: inútiles encantos, si la vista no goza de ellos. El cielo vela también y tiene abiertos sus ojos; ¿sabes para qué? Para contemplarte a ti, prodigio de la naturaleza, a ti cuya presencia alegra, y cuya beldad no puede menos de embelesar a cuantos la ven.» Me levanté, creyendo que eras tú el que me hablabas, mas no te vi; eché a andar deseosa de encontrarte, y atravesé, o tal por lo menos me pareció, multitud de caminos, hasta que de repente me hallé junto al árbol de la ciencia prohibida, que se me representó hermosísimo, más hermoso que durante el día. Mirándole estaba maravillada, cuando a su lado noté que había una figura con alas, como las que a menudo vemos bajar del cielo; sus húmedos cabellos estaban rociados de ambrosía. Contemplaba también el árbol, y exclamó: «¡Oh preciosa planta! ¡Que tan cargada te veas de fruto y nadie, ni Dios ni hombre, quiera aliviarte de él, ni gustar de su dulzura! ¿Tan despreciable es la ciencia? Si no es por envidia, ¿qué otra causa puede haber para esta prohibición? Prohíbalo quien quiera, nadie me impedirá a mí privarme más tiempo de este placer. De otra suerte ¿por qué estás aquí?» Esto dijo, y sin más vacilar, con mano atrevida cogió y gustó. Quedé horrorizada al oír estas palabras, y mucho más viendo la temeraria acción que las acompañaba; pero él, arrebatado de entusiasmo: «¡Oh, divino fruto, siguió diciendo, dulce por extremo, y más dulce todavía por ser vedado! Niégasete, sin duda, para que seas alimento exclusivo de los dioses, pues si lo fueras de los hombres, los convertirías en divinidades. Y ¿por qué no han de aspirar a ser dioses los humanos? ¿No se acrecienta el bien a medida que se comunica? Lejos de perder en ello su autor, sería objeto de nuevas adoraciones. Ven, pues, felicísima criatura, Eva hermosa y angelical: gusta como yo de este fruto, que si hoy eres feliz, llegarás doblemente a serlo; gusta de él, y serás una nueva deidad entre los dioses, y tu imperio no se limitará a la tierra, sino que tendrás por mansión el aire, como nosotros, o podrás remontarte por tu propia virtud al cielo, y verás la vida que viven los dioses, y tú vivirás como ellos.» Y hablando de esta suerte, se acercó a mí, y llevó a mis labios parte del fruto que había arrancado. Su dulce y sabrosa fragancia excitó de tal modo mi apetito que no pude menos de probarlo; y al punto sentí que nos trasladábamos ambos a la región de las nubes, desde donde vi extenderse a mis pies la inmensidad de la tierra, magnífico y variado espectáculo; y admirada de mi vuelo, me asombré no menos del cambio que había experimentado y de la incalculable altura a que me hallaba; cuando repentinamente desapareció mi guía, y a mí se me figuró que caía precipitada a la tierra y que llegaba a ella adormecida. ¡Con qué júbilo he despertado, y visto que todo ha sido la ilusión de un sueño!»

Refirió así Eva el que había tenido durante la noche; y contristado Adán al oírlo, la respondió: «Perfecta imagen y amada mitad de mí mismo: ese desasosiego que ha agitado esta noche tu mente mientras dormías, también ahora me aflige a mí. No sé por qué recelo que ese sueño extraordinario traiga algún mal consigo; pero ¿de dónde provendrá ese mal? En ti, que tan pura eres, ni sombra de él puede darse; pero oye lo que voy a decirte. Hay en el alma varias facultades inferiores, sometidas a la Razón como a su soberana. Entre ellas ejerce el principal oficio la Imaginación, que de todos los objetos exteriores, que perciben los sentidos cuando están despiertos, forma quimeras y visiones aéreas, las cuales agrupa o desvanece la Razón, produciendo así todo cuanto afirmamos o negamos, todo aquello que distinguimos con el nombre de ciencia o de opinión. Cuando la naturaleza se entrega al reposo, la Razón se retrae también a su más oculto seno; y acontece con frecuencia que aprovechándose la Imaginación de este retraimiento, como continuamente está en vela, procura imitarla, forjándose allá mil trazas y desvaríos; pero ordenando mal los objetos, especialmente durante el sueño, solo produce pensamientos inconexos, y confunde los hechos presentes con los pasados y los remotos.

»Así, en este sueño que me refieres, juzgo descubrir cierta semejanza con los asuntos de que tratamos en nuestra última conversación, bien que revestidos de extraños accidentes; por lo que no debe esto causarte sobresalto alguno. Puede introducirse un mal pensamiento en el ánimo, tanto del hombre como de los espíritus celestiales, indeliberadamente y sin que llegue a contaminarle; y esto me inspira la confianza de que ese sueño que tal aversión te ha inspirado mientras dormías, no consentirás nunca que despierta se realice. Aleja, pues de ti toda tristeza: que no empañe nube alguna la claridad de esos ojos, más brillante y serena que la que en su primera sonrisa envía al mundo la aurora. Levantémonos, y volvamos nuevamente a nuestras dulces faenas, nuestros bosques y fuentes, y al cuidado de las flores que entreabren ahora sus cálices, y exhalan los suavísimos aromas que han guardado durante la noche, para que te goces mejor en ellos.»

Así consoló Adán a su bella esposa, y ella en efecto quedó consolada; pero en medio de su silencio se deslizó de sus ojos una dulce lágrima que enjugó con sus cabellos; y al ver que asomaban otras a sus cristalinas fuentes, las atajó Adán con un beso, correspondiendo de este modo a aquella tímida demostración de un remordimiento que se alarmaba con la sola idea de la culpa, sin ser culpable.

Dando pues al olvido sus temores, se apresuraron a salir al campo; y apenas traspusieron el umbral de su mansión, a la que servían de techumbre espesos y copudos árboles, y se hallaron al aire libre, a la luz del día y del sol, que al aparecer en su carro, tocaba con las ruedas la superficie del océano, y cuyos rayos impregnados de rocío y paralelos a la tierra, doraban la vasta región oriental del Paraíso y los fértiles llanos del Edén, se postraron humildemente para adorar a su Criador, comenzando la acostumbrada plegaria que todas las mañanas le dirigían de varios modos, sin que sus himnos careciesen jamás de variedad ni de santo entusiasmo, bien fuesen recitados, bien cantados de improviso; pues en sonora prosa o numeroso ritmo fluía de sus labios una elocuencia tan natural, que no necesitaba de los dulces acordes del arpa ni del laúd; y dieron así principio:

«Estas, Padre del bien, Omnipotente Señor, son tus gloriosas obras. Obra es de tus manos esta fábrica del Universo, tan maravillosamente bella; y tú mismo ¡cuán admirable eres! Tu inefable grandeza se encumbra sobre esos cielos, invisible para nosotros, confusamente vislumbrada en tus más pequeñas obras, en las cuales, sin embargo, se descubre tu bondad, superior a toda idea, y tu poder divino. Celebradle vosotros, que podéis hacerlo más dignamente, espíritus angélicos, hijos de la luz; vosotros, que le contempláis de cerca, y que en torno de su trono, en la eternidad de un día sin noche, y en concertados coros eleváis cánticos de alegría; vosotros, que estáis en el cielo. Unid también vuestras alabanzas, criaturas de la tierra, en honor del que es principio y postre y centro y ser al propio tiempo infinito. Y tú, la más brillante de las estrellas, última que recorres la vía nocturna, si no perteneces más bien al alba, precursora del día, que con tu fulgente diadema coronas la risueña frente de la mañana: ensálzale asimismo en tu luminosa esfera, a la hora apacible en que asoma la luz de oriente. Sol, vista y alma de este anchuroso mundo, ríndele homenaje como superior a ti, y en tu incesante giro proclama sus loores, cuando apareces en el cielo, cuando te ostentas en tu apogeo y cuando te ocultas a nuestros ojos. Luna, que acompañas unas veces al Sol en su oriente, y otras te apartas de él, huyendo con las estrellas fijas en su movible órbita; y vosotros planetas errantes en número de cinco, que al compás de armónicos sonidos os movéis en misteriosa danza: publicad la gloria de aquel que de las tinieblas sacó la luz. Aire y los demás elementos que fuisteis los primeros que engendró en su seno Naturaleza: pues vuestra cuádruple virtud recorre bajo innumerables formas un círculo perpetuo, e influís e inspiráis la vida en todo, que vuestro continuo movimiento sirva para tributar al Supremo Hacedor himnos cada vez más nuevos y más variados. Y vosotras, nieblas y exhalaciones, que surgís de las montañas o de los vaporosos lagos, negras o cenicientas, hasta que el sol dora con sus rayos la fimbria de vuestros ropajes: surgid para honrar el nombre del magnífico autor del mundo; y ya tapicéis de nubes el incoloro espacio del firmamento, o derraméis vuestra fecunda lluvia en la sedienta tierra, que en vuestra ascensión o vuestro descenso proclaméis siempre sus alabanzas. Alabadle también con manso murmullo o rugiendo impetuosamente, oh vientos que sopláis de los cuatro ángulos de la tierra; y vosotros, excelsos pinos, árboles y plantas de toda especie, inclinad vuestras cabezas y agitad vuestras ramas en señal de adoración. Loadle asimismo al son susurrante de vuestras aguas, fuentes y líquidos arroyuelos. Unid a las demás vuestras voces, criaturas todas vivientes. Aves, que cantando os remontáis hasta las puertas del cielo, sublimad su gloria en vuestras melodías y llevada por vuestras alas; y los que os deslizáis por entre las olas, y los que vagáis por la tierra, ya hollándola majestuosa, ya arrastrando humildemente, sed testigos de que mi lengua no enmudece ni por el día ni por la noche, y de que mi voz resuena en las colinas, en los valles, en las fuentes y en la fresca sombra de las enramadas, que de mí aprenden sus alabanzas. ¡Bendito seas, Señor del Universo! Que tu bondad, como hasta aquí, nos dispense únicamente bienes; y si la noche ha producido o encubierto algún mal, ahuyéntalo, como la luz ahuyenta las tinieblas en este instante.»

Expresión de su inocencia era plegaria tan fervorosa, terminada la cual, recobraron sus ánimos la profunda paz y la acostumbrada calma. Apresuráronse a volver a sus faenas campestres de la mañana, por entre prados cubiertos de rocío y de flores; y llegaron a un plantel de árboles frutales que por su excesivo crecimiento extendían su espeso ramaje más de lo conveniente, y necesitaban que una mano experta reformase su estéril pompa. Acercan también la vid al olmo para unirlos entre sí; la cual, como amante esposa, le ciñe con sus flexibles brazos, y le ofrece en dote sus racimos, y embellece con ellos su inútil hojarasca.

Viéndolos ocupados de esta suerte el supremo Rey del cielo, se apiadó de ellos, y llamando a Rafael, el espíritu amigable que se dignó de viajar con Tobías, y favoreció su matrimonio con la doncella siete veces casada[82]: «Rafael, le dijo, ya sabes la perturbación que, fugándose del infierno y atravesando el tenebroso abismo, ha movido Satán en el Paraíso terrestre, y la inquietud que ha causado esta noche a los dos humanos que allí viven, proponiéndose con la ruina de ellos labrar a la vez la de su descendencia. Ve, pues, allá; emplea el resto del día en conversar con Adán, como entre sí conversan los amigos. Le encontrarás en un sitio sombrío y retirado que le preserva del calor del mediodía, y donde con el alimento y el descanso repara las fuerzas gastadas en sus diarias fatigas. Háblale de modo que le hagas comprender su dichoso estado; que de su voluntad depende su dicha, de su voluntad, que aunque libre, es también mudable, por lo que debe andar precavido y desconfiado, no llegue a perderse por exceso de confianza en su seguridad. Háblale asimismo de los riesgos a que está expuesto, de quién debe recelar, y del Enemigo que, por haber sido expulsado poco ha del cielo, procura que los demás se hagan también indignos de tal ventura, no empleando a este fin la violencia, que le sería perjudicial, sino el engaño y la seducción. Prevenle, en suma, de cuanto debe hacer, no sea que delinquiendo voluntariamente, alegue después que ha obrado por sorpresa, por falta de consejo y de previsión.»

Esto ordenó el Padre Eterno; con lo que dejó enteramente satisfecha su justicia. No demoró un punto al alado Ministro el cumplimiento de aquel mandato, y de entre la innumerable multitud de serafines en que estaba, cubierto por sus grandiosas alas, alzó el rápido vuelo y cruzó por en medio del firmamento. Apártanse a uno y otro lado las angélicas legiones para abrirle paso a través del camino del Empíreo, hasta llegar a las puertas del cielo, las cuales se abren de par en par por sí solas, girando sobre sus goznes de oro, que con tan divino arte el sabio Autor de todo las había dispuesto. Desde allí, ni nubes ni astro alguno se interponen a sus miradas, y ve la tierra, pequeña como en sí es y semejante a los demás globos luminosos, y ve el jardín de Dios coronado de cedros por encima de las más altas montañas. Así, aunque menos distintamente, contempla el observador durante la noche, por medio de los cristales de Galileo, tierras y regiones imaginarias en lo interior de la luna; y así descubre el piloto como una mancha nebulosa al aparecérsele, las islas de Delos y Samos entre las Cícladas.