Part 14
Así habló nuestra primera madre, y con miradas de casta seducción conyugal, y con el más tierno abandono, medio abrazándole se apoyó en nuestro primer padre, a quien hizo sentir la leve presión de su turgente seno, velado en parte por las rizadas ondas de su áurea cabellera. Enajenado él a la vista de tal beldad y de tan dóciles encantos, sonreíase henchido de amor, como sonríe Júpiter a Juno cuando fecundiza las nubes que siembran las flores de mayo sobre la tierra; y selló los labios de Eva con un ósculo purísimo. Apartó Satán la vista lleno de envidia; y dirigiéndoles de soslayo una mirada maligna y rencorosa, exclamó interiormente así:
«¿Hay espectáculo más odioso e insufrible? ¿Han de gozar encantados estos, uno en brazos de otro, de delicias superiores a las del Edén, y han de disfrutar tal cúmulo de venturas mientras yo vivo sumido en el infierno, donde no existe placer ni amor, sino un violentísimo deseo, que no es por cierto el menor de nuestros tormentos, deseo que no pueden consumir ni satisfacer tantas penas y martirios? Mas no debo echar en olvido lo que he llegado a saber de sus propios labios: no pueden disponer de todo a su voluntad; hay aquí un árbol fatal, llamado de la ciencia, cuyo fruto se les prohíbe. Estales pues vedada la ciencia, lo cual es sospechoso y contrario a la razón. ¿Por qué su Señor les envía esa ciencia? ¿Si será un delito el saber, si será la muerte? ¿Si toda su existencia se cifrará en su ignorancia, y su dicha en esta prueba de obediencia y de fidelidad? ¡Oh! ¡qué bello descubrimiento para fraguar su ruina! Encenderé en su ánimo un vivo deseo de saber, de infringir ese envidioso mandamiento, inventado sin duda para mantener en la humillación a unos seres cuya inteligencia los sublimaría al igual de los dioses. Pues bien: aspirando a esta gloria, gustarán de ese fruto, y morirán. ¿No es probable que suceda así? Pero antes es menester examinar muy prolijamente este jardín, y recorrer hasta sus últimos escondrijos. Una casualidad, una dichosa casualidad puede conducirme a sitio donde halle, bien orillas de una fuente, bien al abrigo de una sombría espesura, alguno de esos espíritus celestiales, que me ilustre respecto a lo que me falta averiguar. Vivid pues, felices amantes, mientras podáis: gozad durante mi ausencia de esos breves placeres, a los que sobrevendrán largas desventuras.»
Acabado de decir esto, se puso en marcha con arrogante y desdeñoso paso, aunque con astuta precaución, recorriendo bosques, colinas, valles y llanuras. Descendía entre tanto lentamente el Sol hacia el punto extremo en que el cielo parece tocar con el mar y con la tierra, y sus rayos, extendiéndose hasta el ocaso, reflejaban en la puerta Oriental del Paraíso. Era esta una roca de alabastro, que se alzaba hasta las nubes y que a larga distancia se descubría, accesible del lado de la tierra por medio de una subida que conducía a su alta entrada: el resto lo formaba un escapado risco, imposible de superar. Entre ambas pilastras de la roca se hallaba sentado Gabriel, caudillo de las guardas angelicales, esperando la llegada de la noche; y alrededor se ejercitaba en heroicos juegos la joven milicia del cielo desarmada, pero conservando a mano sus escudos, yelmos y lanzas, pendientes en pabellones y ostentando el brillo deslumbrador de sus diamantes y oro. De repente, envuelto en un rayo de sol y atravesando la claridad del crepúsculo, aparece Uriel, rápido como una estrella que se desliza en otoño durante la noche, cuando henchidos los aires de inflamados vapores, muestran al navegante el punto desde donde se lanzarán contra él los vientos desencadenados; y apresuradamente empezó a decir:
[Ilustración: Con esta promesa, volvió Uriel a su región...]
«Gabriel, pues tienes a tu cargo la guarda y vigilancia de esta mansión venturosa, para impedir que nada malo se acerque aquí ni penetre en ella, sabe que hoy mismo, en la mitad del día, llegó a mi esfera un espíritu, deseoso al parecer de contemplar las maravillas más admirables del Omnipotente, y sobre todo al Hombre, última criatura hecha a su imagen. Le indiqué el camino que con mayor rapidez podía seguir; observé la dirección de su vuelo, y al verle detenerse en la montaña que cae al norte del Edén, noté que sus miradas eran poco propias del cielo y que había en ellas algo de sombrío. Le seguí con la vista, pero le he perdido entre estas espesuras; y temo no sea alguno de los espíritus rebeldes, que salido del abismo, venga a suscitar aquí nuevas perturbaciones: tú cuidarás de descubrir dónde se oculte.»
Y el alado guerrero le respondió: «No me admira, Uriel, que residiendo tú en la brillante esfera del sol, abarques con tu penetrante mirada inmensas distancias y profundidades. Nadie puede burlar la vigilancia que aquí se ejerce, pasando por esta puerta, sino quien conocidamente proceda del cielo; y del mediodía hasta ahora no se ha presentado ser alguno celestial. Si otro de diferente naturaleza, como el que tú has descrito, ha traspasado estos límites terrestres con algún designio, ya conoces cuán difícil es oponer obstáculos materiales a una sustancia divina; mas cualquiera que sea la forma con que se encubra ese que dices, si se ha introducido dentro del recinto de estos muros, le hallaré mañana al rayar el día.»
Con esta promesa volvió Uriel a su región, llevado por el mismo rayo luminoso cuyo más elevado extremo le hizo descender con mayor rapidez al sol, que en aquella hora llegaba debajo de las Azores, fuese porque a impulso de una increíble velocidad hubiera ya terminado su diario curso, fuese porque la tierra, girando menos acelerada y abreviando su curso hacia el oriente, dejase a aquel astro iluminar con sus purpúreos y áureos fulgores las nubes que rodean su trono en el ocaso.
Llegó por fin la tranquila Noche, y el pardo Crepúsculo cubrió el mundo con su triste manto. Seguíale el Silencio, y animales y aves se retiraban, ellos a sus guaridas, estas a sus nidos, todos enmudeciendo, menos el vigilante ruiseñor, que empleaba la noche en ensayar sus amorosos e incesantes trinos. ¡Qué encanto tenía el silencio! Poblábase de resplandecientes zafiros la bóveda del firmamento; y Héspero, caudillo de la estrellada hueste, se distinguía por lo luminoso, hasta que apareciendo la luna, reina de pálida majestad, ostentó su incomparable brillo, y ahuyentó las tinieblas con su plateada luz.
A este tiempo Adán conversaba así con Eva: «Querida esposa mía: esta hora de la noche y los seres todos que se entregan al descanso, nos brindan con igual reposo. Para el hombre ha establecido Dios el trabajo y el descanso, como la alternativa del día y de la noche; y el rocío del sueño, que tan oportunamente hace sentir ahora su dulce peso a nuestros ojos, viene a cerrar nuestros párpados. Las demás criaturas que durante el día vagan ociosas y sin cuidado, tienen menos necesidad de reposo, menos que el hombre, que da ocupación diaria a su cuerpo e inteligencia, en lo cual prueba su dignidad, y el galardón con que recompensa el cielo sus acciones, porque los otros animales no ejercitan así su actividad, ni Dios toma en cuenta lo que ejecutan. Mañana, antes que la fresca aurora anuncie en el oriente la proximidad del día, deberemos levantarnos, y volver a nuestro agradable trabajo, aclarando aquella enramada, y más allá desembarazando las verdes calles por donde paseamos al mediodía, pues nos estorba la espesura del ramaje que esteriliza todas nuestras faenas, y que requiere más número de manos, si ha de atajarse su desmedida exuberancia; al paso que debemos también limpiar la tierra de las flores caídas y de las gomas que han destilado sobre ella, porque únicamente sirven para afearla y obstruirla, impidiéndonos caminar con facilidad. Entre tanto, la naturaleza quiere y la noche manda que descansemos.»
A lo cual Eva, hermosísima criatura, respondió: «Dueño mío, de quien procedo: lo que tú mandes, obedeceré sumisa; Dios lo ha dispuesto así; Dios es mi ley, tú la mía, y en no excederse de ella consiste toda la ciencia, todo el mérito de la mujer. Embelésanme tus palabras hasta el punto de hacerme olvidar el tiempo, sus mudanzas y el transcurso del día, porque contigo todo es igualmente agradable para mí. Agradable es el ambiente de la mañana, dulces sus albores y los primeros cánticos de las aves; hermoso el sol, cuando en este amenísimo jardín derrama sus orientales destellos sobre el césped, los árboles, los frutos, y las flores esmaltadas por el rocío; exhala aromas la tierra, fecundada por mansas lloviznas, y es encantadora la paz de la tarde, como el silencio de la noche, en que solo se oye la voz solemne de su cantor, y como la belleza de la luna y todas esas esmeraldas del cielo que forman su luminosa corte. Pero ni el fresco ambiente de la mañana, ni los primeros cantos de las aves, ni el sol que inunda este jardín ameno, ni los céspedes, frutos y flores esmaltadas por el rocío, ni el perfume que tras mansa llovizna embalsama la tierra, ni la apacible tarde y la deliciosa noche con su cantor solemne, ni el pasear a la luz de la luna o a la trémula claridad de las estrellas, nada hay para mí tan dulce como tú mismo. Mas ¿por qué esos astros están luciendo toda la noche? ¿Para quién es ese magnífico espectáculo, si tiene cerrado el sueño todos los ojos?»
«Hija de Dios y el Hombre, Eva hermosa, replicó nuestro primer padre; esos astros que giran alrededor de la tierra, llevan de una en otra región su luz, que ha de alumbrar aun a naciones que todavía no existen, y que brilla apareciendo y ocultándose para evitar que la noche, envolviéndolo todo en su oscuridad, recobre su antiguo imperio y prive de la vida a toda la naturaleza. Y no solo esparcen claridad esos templados astros, sino que con su benigno calor diferentemente graduado lo vivifican, calientan, templan y mantienen todo, o comunican parte de su virtud interior a los demás seres, a todas las producciones de la tierra, disponiéndolas a recibir del sol con mayor eficacia su cabal acrecentamiento. Y aunque en la profunda noche falte quien los contemple, no por eso resplandecen en vano; porque no pienses que aun dado que el hombre no existiera, dejaría ese cielo de tener admiradores, ni Dios quien le tributase alabanzas; que mientras velamos, mientras dormimos, recorren invisibles la tierra millones de criaturas espirituales, y día y noche alaban sin cesar y contemplan las obras del Creador. ¡Cuántas veces desde la cumbre de la sonora montaña o de lo interior de los bosques llegan a nosotros voces celestiales a la mitad de la noche, que ya solas, ya respondiéndose unas a otras, ensalzan al Omnipotente! Con frecuencia se oyen sus coros y nocturnas veladas, y al divino son de los instrumentos que acompañan sus melodías, media la noche su espacio, y se elevan al cielo nuestros pensamientos.»
Así iban los dos discurriendo, y asidos uno a otro de la mano, entran solos en su deliciosa gruta. Era un sitio elegido por el soberano Señor, y dispuesto de manera, que nada echase allí de menos el Hombre de cuanto pudiera deleitarle. Formaban el laurel y mirto entrelazados una tupida bóveda de fuertes y olorosas hojas; el acanto y toda especie de arbustos aromáticos, un verde muro por uno y otro lado, que adornaban como rico mosaico mil y mil flores brillantes, el iris con sus tornasoladas tintas, las rosas y el jazmín, unidas a sus esbeltos tallos. Los pies descansaban sobre un lecho de violetas, de azafrán y de jacintos, que cubriendo el suelo como vistoso pavimento, hacían resaltar sus colores más vivos que los de las piedras más preciosas. Ninguna otra criatura, aves, cuadrúpedos ni reptiles, osaba acercarse allí: tal era el respeto que inspiraba el Hombre; y jamás se ideó mansión tan umbría, sagrada y solitaria que sirviese de templo al dios Pan o a Silvano, ni a las Ninfas y Faunos, númenes de las selvas.
Allí, en aquel apartado retiro, entre flores, guirnaldas y perfumadas yerbas, se desposó Eva embelleciendo su lecho nupcial por primera vez; y los coros celestiales cantaron su himeneo el día en que su ángel tutelar la entregó a nuestro primer padre, más ataviada, más encantadora en medio de su desnudez que Pandora, en quien los dioses apuraron todos sus dones, cuando (¡oh fatal semejanza en la desventura!) cuando llevada por Hermes al insensato hijo de Jafet, sedujo con sus dulces miradas al género humano para vengarse del que había robado el primitivo fuego de Jove.
Llegado pues que hubieron a su umbrosa gruta, se detuvieron ambos, y volviendo los ojos al firmamento, adoraron al Dios que hizo la tierra, el aire, el cielo que estaban contemplando, el luciente globo de la luna y las estrellas que poblaban la azulada bóveda.
«Obra tuya es también la noche, Omnipotente Hacedor, y obra tuya el día que acaba de expirar y que hemos empleado en el trabajo que nos está prescrito, con la dicha de auxiliarnos y amarnos mutuamente, colmo de todos los bienes que nos otorgas. Este delicioso lugar es sobrado extenso para nosotros, y su abundancia tal, que no hay quien participe de ella, ni quien recoja cuanto su suelo da de sí; pero tú has prometido que de nosotros dos nacerá una raza que ha de llenar la tierra, y glorificar como nosotros tu infinita bondad, lo mismo cuando despertamos a la luz del día, que cuando, como ahora, aspiramos a gozar del sueño.»
Estas alabanzas pronunciaron los dos con unánime afecto, sin observar otro rito que una pura adoración, que para Dios es el más agradable; y enlazadas las manos, entraron en su gruta, y se retiraron a lo más apartado de ella. No tuvieron que despojarse del molesto disfraz que nosotros vestimos, sino que yaciendo uno al lado de otro, Adán estrechó a su hermosa Eva, y esta aceptó los misteriosos deberes que su santo vínculo le imponía. Dejemos que austeros hipócritas encarezcan las perfecciones de la castidad, el respeto a los lugares sagrados y a la inocencia, y que condenen como impuro lo que Dios ha purificado, lo que prescribe a unos y lo que concede a la libertad de todos. El Señor manda que nos multipliquemos, y ¿quién sino el autor de nuestra ruina, el enemigo de Dios y el Hombre, puede obligarnos a lo contrario?
¡Salve, amor conyugal, misteriosa ley, origen verdadero de la vida humana, único don propio del Paraíso, en que todas las cosas eran comunes! Por ti se ven libres los hombres del adúltero furor que los iguala con los brutos; por ti fueron engendrados los dulces afectos que el cariño, la fidelidad, la justicia y la pureza establecieron por primera vez, y los sagrados vínculos de padre, hijo y hermano. ¿Cómo he de ver yo en ti nada de criminal ni vituperable, nada que sea indigno de la más santa morada, cuando eres fuente perpetua de doméstica ventura, tálamo candoroso y casto, en estos como en los pasados tiempos, y cuando gozaron de ti los santos y los patriarcas? En ti logra amor el acierto de sus doradas flechas; en ti luce su inextinguible antorcha y posa sus purpúreas alas; y en ti se ven cifrados sus encantos todos, no en las improvisadas caricias, en la sonrisa venal de falsas, insípidas e impúdicas mercenarias, ni en los cortesanos galanteos, festejos, mascaradas, músicas y bailes con que antojadizos amantes hacen gala de una pasión que más bien es digna de menosprecio. Estrechamente enlazados sus desnudos miembros, duermen ambos esposos al compás de los cantos con que les regalan los ruiseñores, y coronados por la lluvia de rosas que les renuevan los primeros albores de la mañana. Gozad de ese sueño, felices consortes, doblemente venturosos si no aspiráis a mayor ventura, ni a saber más de lo que sabéis.
Ya la noche había recorrido la mitad de su órbita sublunar, y el cono que su sombra forma llegaba a la mayor altura de la anchurosa bóveda celeste; y ya saliendo por la puerta de marfil, a la hora y con las armas que acostumbraban, se disponían los querubines a su nocturna ronda, desplegando aparato bélico, cuando dijo Gabriel al que más se acercaba a él en autoridad: «Llévate en pos, Uziel, la mitad de esa legión, y recorre en torno la parte del mediodía con la más cuidadosa vigilancia; que la otra mitad se dirija al norte, y dando nosotros la vuelta, nos reuniremos en el occidente.» Divídense con la rapidez de la llama, unos hacia el lado del escudo, otros hacia el de la lanza[81]; y llamando el mismo Gabriel a dos ángeles que estaban a su lado y se distinguían por su denuedo y sagacidad, les dio la siguiente orden: «Id, Ituriel y Zefón, id a recorrer el Edén con toda la presteza que os sea posible; no dejéis de explorar rincón alguno, y sobre todo la mansión de aquellas dos bellísimas criaturas, que quizás en estos momentos están durmiendo, sin recelar de ningún peligro. Esta tarde, al declinar el sol, vino un Ángel a participarme que había visto un espíritu infernal (¿quién había de sospecharlo?) que escapándose del infierno, se encaminaba a este Paraíso, sin duda con algún propósito siniestro; y así donde quiera que le halléis, apoderaos de él y traedle a mi presencia.»
No dijo más, y se puso delante de su brillante hueste, que eclipsaba el resplandor de la luna, mientras los dos ángeles se encaminaban directamente al sitio en que podían hallar a su Enemigo; y allí en efecto le encontraron bajo la forma de un sapo inmundo, agachado junto al oído de Eva. Por medio de esta diabólica astucia, procuraba insinuarse en los órganos de su imaginación y sugerirle a su antojo mil ilusiones, sueños y devaneos, o inspirándole su ponzoñoso aliento, inficionar sus espíritus vitales, nacidos de lo más puro de la sangre, como los vapores que exhala arroyuelo cristalino, y suscitar en su mente insensatos y desasosegados pensamientos, esperanzas vanas, propósitos ambiciosos, deseos inmoderados, henchidos de altivos conceptos, que dan origen a la soberbia.
Al descubrirle así Ituriel, tocole ligeramente con el cabo de su lanza. No puede la impostura resistir el contacto de un arma celestial, y por fuerza tiene que recobrar su propia forma; como le aconteció a Satán, que se estremeció todo al verse descubierto y sorprendido; y a la manera que prende una chispa en el montón de pólvora acopiada para el almacén que se forma al menor indicio de guerra, y encendido el negro grano, estalla de repente e inflama el aire, no menos pronto se levantó el odioso Enemigo en su natural figura. Dieron un paso atrás los ángeles al presentárseles tan súbitamente transformado el terrible rey; pero ajenos a todo temor, se acercaron a él, diciéndole: «¿Cuál eres tú de los espíritus rebeldes precipitados en el infierno? ¿Cómo te has evadido de allí, y por qué estás en acecho, obrando traidoramente, junto a la cabeza de los que duermen?»
«¡Ah! ¿no me conocéis? replicó Satán con desdeñoso tono. ¿No sabéis quién soy? Pues bien me conocisteis en otro tiempo, cuando en vez de igualaros conmigo, reinaba yo allí, adonde no osabais encumbrar el vuelo. Desconocerme ahora, vale tanto como desconoceros a vosotros mismos, que sois sin duda los últimos de vuestras filas. Y si no ignoráis quién soy ¿a qué preguntarlo, comenzando vuestro mensaje tan inútilmente como habéis de concluirlo?»
[Ilustración: Los dos ángeles se encaminaban en busca de su enemigo.]
A lo que Zefón, devolviendo desprecio por desprecio, le contestó: «No juzgues, espíritu rebelde, que esa forma, en que tan menguado aparece tu esplendor, pueda darte a reconocer, pues no brillas ya en el Cielo inocente y puro, y estás muy distante de aquella gloria que ostentabas cuando eras fiel: ahora llevas impreso el crimen en tu semblante, y en la frente la lúgubre oscuridad de tu morada. Pero ven con nosotros, y no dudes de que tendrás que dar cuenta al que nos envía, a cuyo cargo está la custodia de este lugar inviolable y la incolumidad de esos dos seres que están durmiendo.»
De este modo habló el Querubín, y su grave y severa reprensión añadió invencible gracia a su juvenil belleza. Quedó confuso Satán; comprendió cuán incontrastable es el proceder recto, cuán amable en sí misma la virtud, y no pudo menos de dolerse de su pérdida, aunque más se dolió todavía de que tan visible fuese la decadencia de su esplendor; y sin embargo, no quiso mostrar apocamiento. «Si he de combatir, dijo, será como superior contra superior, con el que manda, no con el que es mandado, o con todos a la vez; que en esto me cabrá más gloria, o por lo menos no perderé tanto.» A lo que con valentía replicó Zefón: «El miedo de que estás poseído nos ahorrará de un empeño que el último de nosotros bastará a realizar contra ti, perverso, y contra tu impotente debilidad.»
Enmudeció el infernal príncipe al oír esto, devorando interiormente su rabia, como soberbio corcel, que al sentir el freno, salta irguiendo la cabeza y tascando el férreo bocado. Tan inútil le parecía la fuga como el combate; embargábale el corazón un temor que procedía de poder más alto, cuando nada le había hasta entonces intimidado. Iban acercándose al punto del occidente en que, terminada ya su excursión, volvían los ángeles y se congregaban para recibir nuevas órdenes; al frente de los cuales puesto Gabriel, su caudillo, con voz sonora les dijo así: «Por esta parte, amigos, oigo pasos acelerados, y descubro a Ituriel y Zefón en medio de la oscuridad. Con ellos viene otro de soberana apariencia, pero muy decaído de su brillantez, que por su arrogante ademán parece el príncipe del Infierno. Determinado se muestra, según su aspecto, a no salir de aquí sin empeñar combate. Preparaos, pues: en su hosco ceño trae pintada la provocación.»
No había acabado de decir esto, cuando acercándose los dos ángeles, le refieren sucintamente quién es aquel; dónde le habían hallado, cuál era su ocupación, y en qué forma y actitud había tratado de ocultarse; y dirigiéndole Gabriel una penetrante mirada: «¿Por qué, le preguntó, has traspasado los límites a que te ves reducido por tu crimen? ¿Por qué vienes a perturbar en su ministerio a los que no se han dejado llevar de tu detestable ejemplo, y tienen por lo mismo derecho y facultad para impedir tu temerario acceso a estos lugares? ¿No hay más que violar la tranquila morada de los que Dios ha establecido aquí y colmado de bendiciones?»
Y con sonrisa de menosprecio le respondió Satán: «Gabriel, en el Cielo tenías fama de perspicaz, y como tal te contemplaba yo; pero esas preguntas me hacen dudar de tu buen acuerdo. ¿Hay alguien que viva contento entre suplicios? ¿Hay quién, pudiendo, no anhele evadirse del infierno, aunque esté condenado a vivir en él? Por cierto debes tener que a estarlo tú, lo desearías, y atropellarías por todo con tal de hallar sitio, por lejano que fuese, libre de tanta penalidad, donde esperases trocar el dolor en alegría y en presto alivio, y los tormentos en bienestar. Esto es lo que aquí busco, y lo que tú, que nunca has experimentado males, sino venturas, no acertarías a comprender. ¿A qué me pones por delante la voluntad del que nos aprisiona? Que refuerce con más seguros reparos sus puertas de hierro, si ha de tenernos sumidos en sus lóbregos calabozos. Esto es cuanto tengo que responderte: por lo demás, la verdad te han referido: como esos te han dicho, me hallaron; lo cual, sin embargo, no implica violencia ni exceso alguno.»