Part 13
»¡Oh, si su poderosa voluntad hubiera hecho de mí un ángel de ínfima condición! No habría aún dejado de ser feliz, porque no me hubieran desvanecido tanto mis quiméricas esperanzas. Y ¿por qué no? Cualquiera otra de las grandes Potestades hubiera aspirado a la misma soberanía, y arrastrádome a mí por humilde tras su partido. Sin embargo, ninguno de los demás cayeron; todos opusieron resistencia a la tentación, armándose por dentro como por fuera. Y ¿no tenías tú la misma voluntad, el mismo poder para resistir? Sí que tenías. ¿De quién, pues, te quejas? ¿A quién acusas, más que a ese libre amor, don de los cielos, que arde igualmente en todos los corazones?
[Ilustración: ¡Ah miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin?]
»¡Maldecido amor, o maldecido odio, que tanto valen para mí uno como otro, dado que es eterna mi desventura! Aunque el maldito eres tú, tú mismo, que siendo árbitro de tu voluntad, voluntariamente elegiste lo que hoy motiva tu justo arrepentimiento. ¡Ah, miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin, o de esta también infinita desesperación? Todos los caminos me llevan al infierno. Pero ¡si el infierno soy yo! ¡Si por profundo que sea su abismo, tengo dentro de mí otro más horrible, más implacable, que a todas horas me amenaza con devorarme! Comparado con él, este en que padezco me parece un cielo.
»¡Ah! demos tregua al orgullo. ¿No habrá medio de arrepentirse, medio de ser perdonado? Lo hay en la sumisión; mas ¿cómo consentirá mi altivez que me humille así en presencia de mis inferiores, de los mismos a quienes seduje, prometiéndoles que lejos de someterme jamás, subyugaría al Omnipotente? ¡Ay de mí! ¡Cuán ajenos están de figurarse lo cara que pago mi jactanciosa temeridad, y los tormentos que interiormente me aquejan, mientras ellos adoran mi infernal trono! Esta diadema, este cetro que tanto me han encumbrado, solo sirven para hacer más ignominiosa mi caída; solo en ser más miserable consistirá mi supremacía; que no otro será el triunfo de mi ambición.
»Y aún cuando fuera posible mi arrepentimiento, y que perdonado ya, pudiera recobrar mi primer estado, ¡qué de elevados designios no volvería a sugerirme mi elevación! ¡qué poco tardaría mi hipócrita humildad en faltar a sus juramentos, contemplándolos nulos, como impuestos por el dolor y arrancados por la violencia! Ni ¿qué sincera reconciliación ha de caber donde un odio mortal ha abierto tan profunda herida? La reincidencia, por el contrario, me precipitaría en mayor abismo; pagaría cara esta breve tregua, a costa de redoblar mis tormentos; y como nada de esto se oculta al que me condena, tan lejos está él de perdonarme, cuanto yo de solicitar su misericordia. Así que ninguna esperanza resta: en lugar de nosotros, expulsados de nuestra patria, ha creado al Hombre, en quien tiene puestas sus delicias, y para el Hombre este mundo. Renuncio, pues, a la esperanza, y con ella al temor, al remordimiento. No hay ya para mí bien posible; tú ¡oh mal! serás todo mi bien en lo sucesivo; por ti a lo menos reinaré juntamente con el Señor del Cielo, y quizás me quepa por reino la mitad del Universo, como el Hombre y ese nuevo mundo lo experimentarán en breve.»
Mientras hablaba así, cruzaban sombrías pasiones por su semblante: tres veces lo alteraron la cólera, la envidia y la desesperación, que sucesivamente le fueron desfigurando; y a pesar de las apariencias con que se disfrazaba, se le hubiera conocido a la simple vista; porque jamás empaña nube alguna la radiante faz de los bienaventurados. Pero él, que se observó al punto, cambió en tranquilo exterior todos sus afectos, y como tan diestro en ardides, que no tenía igual en dar a la falsedad el aspecto de la virtud, encubrió la malicia con que preparaba su venganza, aunque no lo bastante para engañar a Uriel, que estaba ya prevenido. Había el Arcángel seguido atentamente todos sus pasos; le había visto en el monte Asirio poseído de una inquietud poco propia de los espíritus celestiales, pues creyendo que nadie le veía ni vigilaba, en sus furiosas demostraciones y en sus descompuestos ademanes había claramente mostrado la exaltación que dominaba su ánimo.
Siguió, pues, su camino, acercándose a los términos del Edén, donde se descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre, corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina, y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inaccesible. Sobre su cumbre se elevan a desmesurada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnífico anfiteatro. Dominando las copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban; mientras el sol posaba en ellas sus rayos, más complacido que en las bellas nubes del ocaso o en el arco que nace de la lluvia, enviada por Dios a refrigerar la tierra.
Tan encantador le parecía aquel sitio a Satán. Purificábase doblemente el aire a medida que se acercaba a él, hinchéndole el corazón de deleite, de aquel gratísimo bienestar con que la primavera ahuyenta toda tristeza, como no sea la de la desesperación. Agitando sus fragantes alas, esparcían los vientos los perfumes que naturalmente atesoran, y revelaban en su murmullo dónde habían adquirido las balsámicas esencias que prodigaban; y como el navegante que traspone el cabo de Buena-Esperanza, y al dejar atrás a Mozambique, siente el dulce halago de los vientos del nordeste, y los aromas de Saba que le envía la Arabia feliz desde sus odoríferas riberas, y se complace enajenado en caminar más lentamente, para recibir el suave aliento que sonriendo exhala de lejos el océano; así aspiraba el pérfido Enemigo el delicioso ambiente que iba determinado a emponzoñar, aunque gozándose en él más que Asmodeo con el maligno vapor que le alejó, enamorado y todo, de la esposa del hijo de Tobías, huyendo a impulsos de su venganza desde la Media a Egipto, para quedar allí rigorosamente aprisionado.
[Ilustración: Iba, pues, pensativo y lentamente subiendo Satán...]
Iba pues pensativo y lentamente subiendo Satán por la empinada y áspera colina, sin hallar camino alguno entre los enmarañados zarzales y malezas que estorbaban el paso a hombres y animales. Una sola puerta tenía el Paraíso, y miraba a oriente, hacia el lado opuesto; lo cual advertido por el príncipe infernal, sin hacer caso de ella y como por menosprecio, salvó de un ligero salto el valladar de la colina y su mayor altura, y cayó en el fondo interiormente. A la manera que un lobo rapaz obligado por el hambre a rastrear una nueva presa, acecha los lugares del campo en que los pastores encierran por la noche sus ganados, creyéndolos seguros, y salta por encima del redil; cayendo en medio del rebaño, o como el ladrón, que para dar con el escondido tesoro de un rico ciudadano, preservado de todo asalto bajo dobladas puertas, hierros y cerrojos, se desliza furtivamente por las ventanas o por las techumbres; tal se introdujo en el campo de Dios aquel malvado, como se introdujeron después mercenarios viles en su templo. Vuela de allí al árbol de la vida, que estaba en medio y sobresalía entre todos los demás, y pósase en él transformado en buitre; y no para procurarse nueva vida, sino para idear la muerte de los que vivían; no para aprovecharse de la virtud de aquel árbol, sino de su fruto, que no abusando de él, era prenda segura de inmortalidad; tan cierto es que solo Dios conoce el justo valor del bien presente, y que por el abuso o el mal empleo se pervierten las mejores cosas. Inclina luego al suelo sus miradas, y contempla las nuevas maravillas, los tesoros con que la naturaleza brinda a los sentidos del hombre en aquel estrecho recinto, en aquella tierra, que más bien es abreviado cielo.
Jardín de Dios era en efecto el bellísimo Paraíso, puesto al oriente de Edén, que se extendía desde Aurán[78] hasta las soberbias torres de la gran Seleucia[79], construidas por los reyes griegos, y hasta Talasar[80], que sirvió mucho antes de morada a los hijos de Edén. En aquel delicioso país estableció Dios su jardín, haciéndole más encantador aún, y extrayendo del fértil seno de la tierra los árboles más agradables a la vista, al olfato y al paladar, entre los cuales sobresalía por su altura el árbol de la vida y ostentaba sus frutos de ambrosía y oro vegetal. No lejos se veía el árbol de la ciencia, nuestra muerte, de la ciencia del bien, que tan caro nos costó, dándonos a conocer el mal.
Al mediodía, y atravesando el Edén, bajaba un anchuroso río, que sin torcer su corriente, pasaba, sumergiéndose, por debajo del agreste monte, colocado allí por Dios y levantado sobre las raudas ondas como término del Paraíso. Incitada de dulce sed la esponjosa tierra, absorbía por sus venas las aguas hasta la cumbre, de donde manaba una fuente cristalina que esparcía por todas partes multitud de arroyos; juntos los cuales, se precipitaban desde una altura, y acrecentando el río que salía de su tenebroso cauce, dividíale en cuatro corrientes principales, que con diverso rumbo recorrían vastas comarcas, celebérrimos imperios, de que no es menester hacer mención. Preferible sería pintar, si el arte llegase a tanto, cómo los bullidores arroyos que nacían de aquella fuente de zafiro, saltando entre orientales perlas y arenas de oro, a la sombra de los árboles que sobre ellos se inclinaban, difundían el néctar de sus aguas y acariciaban todas aquellas plantas, y nutrían flores dignas del Paraíso; flores que un arte sutil no había dispuesto en regulares líneas ni en vistosos ramos; la espléndida naturaleza las prodigaba por colinas y valles y llanuras, unas abriéndose a los primeros rayos del sol, otras resguardadas en impenetrable sombra, para mejor preservarse del resistero del mediodía.
[Ilustración: Mansión campestre y encantadora.]
Tal era aquel delicioso sitio, mansión campestre y encantadora, de rico y variado aspecto, de bosques cuyos árboles destilaban balsámicas y olorosas gomas, o de los que pendían frutos esmaltados de luciente oro, y exquisitos por su sabor; que no en otra parte debió existir el jardín de las Hespérides, si su fábula fuese cierta. A trechos se descubrían mesetas de verdes prados, con rebaños que pastaban la verde yerba, colinas cubiertas de palmeras, valles cuya fertilidad aumentaban las corrientes de agua, flores de todos matices, rosas que no conocían espinas. Por otro lado grutas umbrías y cavernas de sin igual frescura, que ocultaba entre sus pámpanos la risueña vid, cargada de purpúreos racimos y trepando a lo alto para lucir su gentil y fecunda gala; y al propio tiempo parleras cascadas que de las empinadas cumbres se desprendían, esparciendo unas veces y juntando otras sus aguas en transparente lago, donde como en un espejo se retrataban, coronadas de mirtos, sus ondulantes márgenes. Las aves prorrumpían a una en sus gorjeos, y las primaverales brisas, difundiendo la fragancia de los campos y los bosques, asociaban sus murmullos al del trémulo ramaje; mientras ejercitaba sus danzas festivas Pan, numen universal, rodeado de las Gracias y las Horas, y seguido de una perpetua primavera. No era tan delicioso el Enna por donde Proserpina iba cogiendo flores, cuando ella, flor más hermosa aún, fue arrebatada por el tenebroso Plutón y ocasionó a su madre el dolor de buscarla por el mundo todo. Ni era tan apacible la floresta de Dafne, junto al Oronte; ni la que bañaba la inspiradora fuente de Castalia; ni la isla Nisea, cercada del río Tritón, donde el viejo Cam, a quien los gentiles llaman Ammón y los de la Libia Júpiter, ocultó a Amaltea y a su sonrosado hijo, el niño Baco, de la vista de su madrastra Rea. El mismo monte Amara, en que los reyes de Abisinia guardaban a sus hijos, tenido por algunos como el verdadero Paraíso, situado en la Etiopía cabe las fuentes del Nilo, aquel escarpado monte, puesto entre rocas de alabastro, que no podía subirse en todo un día, en manera alguna podía compararse con este jardín de Asiria, donde el príncipe infernal vio con desplacer tantos placeres juntos y tantas especies de vivientes seres, nuevas para él y desconocidas.
Dos de ellos de más noble figura, de cuerpo recto y elevado, recto como el de los dioses, ostentando una dignidad natural y una desnudez majestuosa, parecían los señores de aquel imperio, y se mostraban dignos de serlo. En sus celestiales miradas resplandecía la imagen de su Creador, la verdad, la inteligencia, la santidad pura y severa, que no excluía la verdadera libertad filial, de que procede la autoridad humana. No eran iguales ambos, ni parecían de un mismo sexo: él nacido para la reflexión y el valor, ella para la dulzura y la gracia seductora; él solo para Dios, ella para Dios y para él. La frente hermosa y ancha del uno y su sublime mirada indican su autoridad suprema; sus cabellos de color de jacinto, partidos por mitad, caen en varoniles bucles sobre sus hombros, pero sin pasar de ellos; la cabellera de la otra, de largas hebras doradas, extendida como un velo, desciende ondulando hasta su delicado talle, y se recoge en multitud de anillos, como se enredan los de las vides, emblema de dependencia, impuesta con el más tierno ascendiente, otorgada por ella, recibida por él y consagrada con actos de espontánea sumisión, de modesta resistencia y de esquivez tan dulce como amorosa. No había entonces en ellos parte alguna velada ni secreta; no conocían el falso pudor, ni la vergüenza que mancilla las obras de la naturaleza. Infame vergüenza, hija del pecado: ¡qué de zozobras causaste a la humanidad con esa mentida apariencia de pureza, privándonos de la mayor ventura de la vida, la sinceridad del corazón, la paz inmaculada de la inocencia!
Iban así ambos mostrando su desnudez, y como ignorantes del mal, sin ocultarse de las miradas de Dios, ni las de los ángeles. Iban asidos de las manos, con dos almas las más enamoradas que unió jamás en sus vínculos amor: Adán el más bello de los hombres que fueron sus hijos, y Eva la más hermosa de las mujeres. Sentáronse en el mullido césped, a la sombra de una espesura que exhalaba perfumadas auras, y cerca de una cristalina fuente. Habíanse ejercitado en el cultivo de su querido jardín cuanto bastaba a hacerles después grata la fresca impresión del céfiro y más dulce el reposo, y más refrigerante la satisfacción de la sed y el hambre. Sirviéronse de los frutos que eran su comida, frutos sabrosísimos que doblándose las ramas les ofrecían, y descansaban recostados sobre el blando musgo, tapizado de brillantes flores. De la corteza de los frutos que habían gustado, hacían vasos para apagar la sed con el agua del arroyo que rebosaba; y no faltaban en aquel banquete dulces requiebros ni cariñosas sonrisas, naturales en esposos dichosamente unidos por el vínculo nupcial, y que se veían a solas.
Alrededor de ellos jugueteaban todos los animales terrestres, que por su ferocidad fueron después perseguidos en bosques y desiertos, en montes y cavernas. Allí triscaba el león, meciendo suavemente entre sus garras al corderillo: osos, tigres, panteras y leopardos retozaban alegres en su presencia. Para divertirlos, desplegaba allí el monstruoso elefante todas sus fuerzas, retorciendo a uno y otro lado su flexible trompa; deslizábase hacia ellos la lisonjera serpiente, enroscando en complicados nudos sus escamas, y dando ya indicios de su fatal malicia, no conocida aún; y otros animales yacían sobre la yerba, unos que habiendo acabado de pastar fijaban los ojos con mirada inmóvil, otros que estaban rumiando y adormecidos; porque ya el sol iba declinando y apresurando el fin de su curso hacia las islas del océano, y los astros precursores de la noche subían por la ascendente escala del cielo; a tiempo que Satán, dominado del mismo asombro que al principio, y sin poder apenas recobrar su desfallecida voz, exclamaba así:
[Ilustración: De la corteza de los frutos hacían vasos para apagar la sed.]
«¡Oh Infierno! ¡Qué triste espectáculo se ofrece ante mis ojos! ¿Posible es que ocupen nuestro dichoso lugar y tan bienaventurados sean esos seres de otra especie, nacidos quizá de la tierra, que no son espíritus, y sin embargo tan poco se diferencian de los brillantes espíritus celestiales? No puedo contemplarlos sin asombro, y aun creo que podría amarlos; tan perfecta es su semejanza con la divinidad, y tal gracia ha comunicado a sus formas la mano de que han salido. ¡Oh bellísimas criaturas! No podéis figuraros el cambio a que estáis ya expuestos, y cuán pronto se trocará en desdicha vuestro bienestar; desdicha tanto mayor, cuanto más felices os juzgáis ahora. Bienaventurados sois; pero poca defensa tiene vuestra bienaventuranza para que dure mucho; y esa mansión sublime, vuestro cielo, no tiene toda la fortaleza que necesita un cielo para resistir al enemigo que ahora penetra en él. Yo no soy enemigo vuestro, antes bien os compadezco al veros así abandonados, y a pesar de la ninguna compasión que conmigo se ha tenido. Quiero formar alianza con vosotros, contraer una amistad tan íntima y tan estrecha que en lo sucesivo viva yo con vosotros, o vosotros viváis conmigo. No os parecerá mi mansión tan agradable como este risueño Paraíso, pero la aceptaréis, porque al fin es obra de vuestro Hacedor: él me la cedió a mí, y con igual generosidad os la cedo yo a vosotros. El infierno abrirá de par en par sus puertas para recibiros, y a recibiros saldrán también todos sus magnates. No os veréis allí reducidos a tan estrechos límites como estos, y tendréis suficiente espacio para vuestra innumerable descendencia. Si el lugar no es más delicioso, quejaos del que me obliga a tomar venganza de sus ofensas en vosotros, que no me habéis ofendido; y aunque vuestra cándida inocencia me inspire piedad, como en efecto me inspira, el público bien, que es preferible, y el honor de un imperio que, gracias a mi venganza, ensanchará sus límites con la conquista de un nuevo mundo, me obligan a hacer lo que de otra suerte, aun estando condenado, me repugnaría.»
Así discurría Satán, excusando con la necesidad, que es la razón de los tiranos, sus diabólicos proyectos; y descendiendo de la alta cima del árbol en que se había colocado, se introduce entre la bulliciosa turba de los cuadrúpedos, toma ya una, ya otra de sus formas, según convenía mejor a sus designios, observa de cerca su presa sin ser notado, y presta atención a sus palabras, y expía sus acciones para averiguar cuanto deseaba saber sobre su estado. Tan pronto, como león de fiero aspecto, da vueltas alrededor de ellos; o como tigre que descubre casualmente orillas de un bosque dos tiernos cervatillos retozando, se agacha contra la tierra y luego se levanta, y se mueve inquieto, a semejanza del enemigo que busca dónde mejor emboscarse, y por fin se lanza sobre ellos para asirlos a la vez, a cada uno con una garra. En esto Adán, el primer hombre, dirigiendo la palabra a Eva, la mujer primera, hizo que Satán se volviese todo oídos para escuchar aquel lenguaje para él tan nuevo.
«¡Oh mi única compañera, que eres parte de mi ser, y el más querido de todos cuantos me rodean! ¡Cuán infinitamente bueno es ese nuestro Hacedor, que además ha hecho todo este vasto mundo para nosotros, y que se muestra tan liberal de sus bondades, como poderoso e infinito en su grandeza! Nos ha sacado del polvo y puesto aquí, en medio de tanta felicidad, cuando nada merecíamos de su mano, cuando nada podemos hacer que él necesite; y en cambio solo un precepto nos impone, solo un deber fácil de cumplir: de todos los árboles de este Paraíso, que tan varios y deliciosos frutos nos ofrecen, únicamente nos prohíbe gustar del árbol de la ciencia, plantado junto al árbol de la vida. Cerca, pues, de la vida está la muerte; y que esta sea cosa terrible, no admite duda, pues sabes bien como el Señor ha dicho que el fruto de ese árbol es la muerte; única prohibición que ha impuesto a nuestra obediencia, en medio de tantos dones como nos ha otorgado, y de tan gran poder y supremacía como nos concede sobre todas las criaturas que pueblan la tierra, los aires y los mares. No nos parezca, por lo tanto, penosa semejante privación, teniendo, cual tenemos, libertad para gozar de todo lo demás, y para escoger entre tantos y tan varios deleites el que prefiramos; y así alabemos al Señor y agradezcámosle sus bondades, prosiguiendo en la grata ocupación de podar estos tiernos árboles y cultivar estas flores, trabajo que aun cuando fuera más penoso, a tu lado sería muy dulce.»
Y Eva le replicó de este modo: «¡Oh tú, de quien soy y para quien he sido formada, carne de tu carne, único objeto de mi existencia, que eres mi guía y mi superior! Justo y razonable es cuanto has dicho, pues debemos al Señor incesantes alabanzas y agradecimiento; y yo más particularmente, porque gozo de mayor suma de felicidad al gozarte a ti, cuya supremacía es de tal naturaleza, que no hallarás cosa que se te iguale. Acuérdome a cada instante de aquel día en que despertando del sueño por primera vez me vi reclinada en una umbría sobre las flores, admirada de mí, sin saber quién era, ni dónde estaba, ni de dónde o cómo había venido. No lejos de allí, de lo interior de una gruta, nacía murmurando un arroyuelo, que esparciendo su líquida corriente, quedaba después inmóvil, y tan puro como la bóveda del cielo. Dirigime a él con toda la irreflexión de mi inexperiencia, y me tendí en su verde orilla para contemplar aquel terso y brillante lago, que se asemejaba a otro firmamento; mas al inclinarme sobre él, vi que de pronto, enfrente de mí y dentro del agua, aparecía una figura que también se inclinaba para mirarme. Retrocedí asustada; ella retrocedió asimismo; plúgome acercarme de nuevo; plúgole a ella acercarse igualmente, y dirigirme también sus miradas con el mismo interés y amor. Hasta ahora la hubiera estado contemplando, llevada de una vana afición, si no hubiera sonado una voz que me dijo: «Eso que ves, eso que estás contemplando, hermosa criatura, eres tú misma; como tú aparece y desaparece; pero ven, y te llevaré adonde no sea una sombra el ser que anhela gozar de tu vista y de tus dulces brazos, el ser cuya imagen eres y de quien gozarás también en inseparable unión. Tú le darás una multitud de criaturas parecidas a ti, por lo que serás llamada madre de la especie humana.» ¿Qué había yo de hacer sino seguir ciegamente al que sin ser visto me atraía de aquella suerte? Di algunos pasos y te descubrí, tan bello y esbelto como eres, debajo de un plátano, aunque debo confesarte que no me pareció al pronto tu belleza tan dulce, tan seductora como la del lago. Traté de huir, pero tú me seguiste, gritando: «Vuelve acá, hermosa Eva. ¿De quién huyes? ¿Huyes de mí, siendo mía, siendo mi carne, mis propios huesos? Para darte la existencia, he cedido una parte de mí mismo; de lo más próximo a mi corazón ha salido la sustancia de tu vida; y para tenerte siempre a mi lado, dulce consuelo mío, mitad de mi alma, te estoy buscando; que sin ti mi ser se vería incompleto.» Y tu cariñosa mano asió la mía, y cedí a tu anhelo, y comprendí desde entonces cuánto la gracia varonil excede a la de la belleza, cuán superior es la inteligencia a toda otra hermosura.»