Part 12
Ensalzáronte después a ti, que precediste a toda la creación, Hijo engendrado, Divina Imagen, en cuya hermosa faz resplandece el Padre Omnipotente, para ti visible, sin nube alguna, pero invisible a las demás criaturas. En ti el esplendor de su gloria se reproduce impreso; y transfundido en ti se anima su inmenso espíritu. Por ti creó el cielo de los cielos, y todas las potestades que en él se encierran; por ti precipitó en el abismo a las ambiciosas dominaciones. No dejaste aquel día vagar al terrible rayo de tu Padre, ni detuviste las ruedas de tu flamígero carro, que estremecían la eterna bóveda del cielo al pasar sobre los debelados ángeles rebeldes. Tornaste triunfante de aquella lid, y tus potestades te exaltaron con inmensas aclamaciones, a ti, Hijo único de la omnipotencia de tu Padre, ejecutor de la terrible venganza que tomaba en sus enemigos. No así con el Hombre: vencido por la malicia de aquellos, no le hiciste blanco de tus rigores, sino que le miraste con piedad, ¡oh Padre de gracia y misericordia! Sabedor tu amado y único Hijo de que no era tu propósito castigar la fragilidad del Hombre, y de la compasión que por él sentías, para apaciguar tu cólera, poniendo término a la lucha entre la misericordia y la justicia, que revelaba tu semblante, ofreciose Él mismo al sacrificio para redimir al Hombre, renunciando a la felicidad de que junto a ti gozaba. ¡Oh amor sin ejemplo, amor que no podía nacer sino en el espíritu divino! ¡Salve, Hijo de Dios, redentor de la Humanidad! ¡Tu nombre será de hoy más el sublime asunto de mi canto: mi cítara celebrará sin cesar tus alabanzas, al par de las de tu Padre!
En tan gozosos afectos y loores empleaban sus bienhadadas horas los ángeles que pueblan la región de las estrellas; mientras Satán, descendiendo al sólido y opaco globo de este mundo esférico, comenzaba a recorrer la primera convexidad que, envolviendo los orbes luminosos inferiores, los separa del Caos y del dominio de la antigua Noche. De lejos parecíale un globo aquella convexidad; de cerca un continente sin límites, sombrío, estéril y salvaje, triste como una noche sin estrellas, y expuesto a las tempestades siempre amenazadoras del Caos, que muge a su alrededor: cielo inclemente, excepto por la parte de los muros del Empíreo, que aunque lejanos, reflejaban un destello de claridad en medio de las tinieblas procelosas.
Recorría el Enemigo a pasos agigantados aquel anchuroso campo, semejante al buitre que nacido en el Imaus[72], cuya nevada cima cubre el Tártaro vagabundo, abandona la región falta de caza para cebarse en la carne de los corderos o cabritillos que pastan en las colinas, y dirige después su vuelo hacia las corrientes del Ganges o el Idaspes, ríos de la India, bajando de paso a las áridas llanuras de Sericana, por donde a favor de la brisa y de las velas, caminan los chinos en sus ligeros esquifes de caña. Marchaba así el Enemigo por aquel mar de tierra que azotaba el viento, buscando por todas partes su presa; marchaba solo, porque en aquel lugar no se encontraba aún ningún ser vivo ni muerto; pero más tarde, cuando malogró el pecado las obras de los hombres, subieron allí desde la tierra, como un vapor aéreo, las vanidades de los mortales, las almas de los que cifran en ellas sus quiméricas esperanzas de gloria, de fama duradera o de felicidad, así en esta como en la otra vida. Todos aquellos que en la tierra aspiran al fruto de una lastimosa superstición o de un desmedido celo, y no ambicionan más que las alabanzas de los hombres, encuentran allí recompensa proporcionada a sus merecimientos, vana como sus obras. Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y monstruos, que salen extrañamente amalgamados de manos de la naturaleza, se refugian en aquella región desde la tierra, en que se evaporan y vagan inútilmente por ella hasta la disolución del mundo; y no residen en la vecina luna, como algunos han soñado[73]; pues los argentados campos de este astro sirven más bien de morada a otras almas justas, a espíritus que participan a la vez de la naturaleza angélica y humana.
[Ilustración: Revolotea todo ello por los espacios ilimitados.]
Desde el antiguo mundo fueron trasladados al principio a aquellas tristes regiones los hijos de fementidos enlaces: los gigantes que llevaron a cabo inútiles proezas, entonces muy celebradas; posteriormente los que edificaron a Babel en la llanura de Sennaar, que sin desistir de su frustrado intento, seguirían construyendo nuevas torres, si tuviesen medios con que efectuarlo. Uno tras otro llegaron luego muchos más, entre ellos Empédocles, que para ser tenido por Dios se lanzó voluntariamente a los abismos del Etna; y Cleómbroto[74], que para gozar del Elíseo de Platón se sumergió en el mar. Empeño interminable sería mencionar a otros, hipócritas o dementes, anacoretas y frailes blancos, negros y grises[75], con todos sus embelecos. Por allí vagabundean los peregrinos que tan largo viaje arriesgaron buscando muerto en el Gólgota al que vive en el cielo; y los que para ganar el Paraíso, visten al morir el hábito franciscano o dominico, imaginando que este disfraz les allanará la entrada. Cruzan todos ellos los siete planetas, las estrellas fijas, la esfera cristalina, cuyo balanceo produce la trepidación, objeto de tantas controversias, y la esfera que se puso en movimiento antes que ninguna otra[76]. En la puerta del cielo, parece aguardarles San Pedro con sus llaves: tocan ya en el umbral; y cuando levantan el pie para penetrar en él, a impulsos de un furioso viento que en encontradas direcciones los combate, son lanzados a diez mil leguas de distancia en la inmensidad del aire. ¡Qué de cogullas, tocas y hábitos se ven entonces revueltos y despedazados como los que con ellos se cubren, y qué de reliquias, escapularios, indulgencias, dispensas, bulas y absoluciones, que vienen a ser ludibrio de los vientos! Revolotea todo ello por los espacios ilimitados, sobre el mundo, y en el vastísimo limbo llamado después _Paraíso de los locos_, que si andando el tiempo fue de pocos desconocido, hallábase despoblado entonces y nadie penetraba en él.
Encontró a su paso el infernal Enemigo aquel tenebroso globo, y anduvo recorriéndolo largo tiempo, hasta que el resplandor de una escasa luz le atrajo hacia el sitio de donde salía. Pudo entonces descubrir a lo lejos un magnífico edificio que en anchurosa gradería se alzaba hasta la muralla del cielo, y al terminar aquella, una construcción más suntuosa aún, semejante a la puerta de regio alcázar, coronada con un frontispicio de diamante y oro. Brillantes perlas orientales adornaban el pórtico, que ni pincel humano ni modelo alguno acertarían a imitar en la tierra; sus escalones eran como aquellos por donde vio Jacob subir y bajar a las celestiales cohortes de los ángeles, cuando huyendo de Esaú, camino de Padan-Aram, y entregado de noche al sueño en los campos de Luza, bajo el estrellado firmamento, exclamó al despertar: «¡Esa es la puerta del cielo!»
Cada uno de aquellos escalones contenía un misterio, mas no siempre estaba allí fija la escala, que a veces se ocultaba en el cielo y se hacía invisible. Fluía por debajo de ella un mar brillante de jaspe y de perlas líquidas, que surcaban los que habían subido de la tierra en alas de los ángeles, o arrebatados en un carro por corceles de raudo fuego. Mostrábase entonces la escala en toda su extensión, ya para alucinar al Enemigo con la facilidad de la subida, ya para acrecentarle la pena con que había de verse excluido de la mansión bienaventurada.
En frente de aquellas puertas, y precisamente encima de la risueña morada del Paraíso, abríase un camino que conducía a la tierra, camino mucho más ancho que fue en los venideros tiempos el espacioso que llegaba hasta el monte Sión y la Tierra prometida, predilecta del Señor. Recorrían incesantemente aquel camino los ángeles que comunicaban las órdenes supremas a las dichosas tribus, y el Altísimo dirigía miradas bondadosas a las que habitaban desde Paneas, manantial de las aguas del Jordán, hasta Bersabé, donde la Tierra Santa confina con el Egipto y las playas de la Arabia. Tan vasto era aquel camino, que sus límites se perdían en las tinieblas, como las profundidades del océano. Desde allí, llegado que hubo al escalón inferior de las gradas de oro que conducen a la puerta del cielo, Satán inclinó su vista, y quedó maravillado al descubrir repentinamente todo aquel mundo. Como el espía que caminando toda la noche por peligrosos y desiertos sitios, llega por fin, al despuntar la risueña aurora, a la cumbre de empinada altura, y ve de pronto la agradable perspectiva de tierra extraña, que con asombro contempla por primera vez, o de metrópoli famosa, embellecida con pirámides y brillantes torres que iluminan los dorados rayos del sol naciente; así el espíritu maligno quedó embargado de asombro, aun con haber visto en otro tiempo las maravillas del cielo; mas el aspecto de aquel mundo que tan hermoso parecía, todavía le inspiró mayor envidia que admiración.
Dominando desde aquella elevación la inmensa sombra de la noche, recorrió con la vista desde el punto oriental de la Libra hasta el signo que toma el nombre del animal que condujo a Andrómeda más allá del horizonte del mar Atlántico. Vio luego la extensión que media entre los dos polos, y sin más detención, dirigió el raudo vuelo hacia la primera región del mundo, y fácilmente torció el rumbo a través del puro y marmóreo aire, entre innumerables estrellas que brillaban desde lejos como astros, pero que de cerca parecían otros tantos mundos; y lo serán acaso, o bien islas afortunadas como los jardines de las Hespérides, tan celebrados en la antigüedad. Campos de bienandanza, bosques y valles floridos, islas tres veces felices, ¿quién tenía la dicha de habitaros? Satán no se detuvo a averiguarlo.
Atrae sobre todo sus miradas el áureo sol, resplandeciente como el Empíreo, y hacia él dirige su vuelo atravesando el sereno firmamento; pero en qué dirección y hasta qué punto se apartó más o menos del centro, difícil es discurrirlo: encaminose a la región desde donde el fulgente astro comunica su luz a las vulgares constelaciones que se mantienen a distancia proporcionada, y que en su sucesiva evolución regulan el cómputo de los días, los meses y los años, ya acercándose en sus varios movimientos al astro vivificante, ya suspendiéndolos en virtud de la influencia de sus magnéticos rayos, que templan con dulce calor el universo, y, aunque invisibles, penetran con benigna eficacia en todas partes, hasta en lo más profundo de los abismos: tan maravillosamente está situado. Detúvose allí el Impío; y acaso ningún astrónomo descubrió jamás con el auxilio de su cristal óptico semejante mancha en el disco del astro luminoso.
Pareciole aquel lugar a Satanás espléndido sobre todo encarecimiento, superior a cuanto como metal o piedra puede existir en la tierra. No eran todas sus partes semejantes entre sí, pero en todas penetraba por igual una luz radiante, como penetra el fuego el interior del hierro. Si eran metales, una parte parecía oro, y la otra plata finísima; si piedras, debían componerse de carbunclos o crisólitos, rubíes o topacios, semejantes a las doce que brillaban en el pecho de Aarón, o a aquella, más imaginada que conocida, que los filósofos de este mundo han buscado tanto tiempo inútilmente, aunque con su arte poderoso hayan sujetado al volátil Hermes y extraído del mar bajo sus diferentes formas al antiguo Proteo, hasta reducirle por medio del alambique a la primitiva.
¿Cómo pues maravillarse de que aquellos campos y regiones exhalen elixir tan puro, y de que corra el oro potable por los ríos, cuando a pesar de la distancia a que se halla de nosotros, a su solo contacto produce el sol, incomparable alquimista, en medio de la oscuridad y combinando entre sí las sustancias terrestres, riquezas tales, de colores tan vivos y de efectos tan extraordinarios?
Lejos de quedar deslumbrado, contempla fijamente Satán todos aquellos objetos; ninguno está fuera del alcance de su vista, que como no se opone obstáculo ni sombra alguna, el sol lo esclarece todo. Así, cuando al medio día lanza este sus rayos verticales desde el ecuador, cayendo directamente, en ningún punto de alrededor puede proyectarse la sombra de un cuerpo opaco. Aquel aire, puro cual ningún otro, contribuía a que la mirada de Satán penetrase hasta los objetos más lejanos, y así descubrió claramente un hermoso ángel que estaba en pie, y era el mismo que Juan el apóstol percibió en el sol. Aunque vuelto de espaldas, no se ocultaba su glorioso aspecto: coronaba su frente una tiara de oro formada por los rayos de aquel astro, y su cabellera, no menos brillante, ondeaba suelta sobre sus alas. Parecía ocupado en un grave cargo, o sumido en meditación profunda, pero el Espíritu impuro se llenó de alegría con la esperanza de tener en él un guía que dirigiese su vuelo errante hacia el Paraíso terrestre, feliz morada del Hombre, donde debía terminar su viaje y principiar nuestra desventura.
Para evitar sin embargo todo peligro o contrariedad, ideó el medio de desfigurarse, tomando la forma de un querubín adolescente, si no de los de primer orden, tal que llevase pintada en su rostro la inmortal juventud del cielo y la hermosura de la gracia en todo su continente; que tan diestro era en aquellas artes. Sujetaba una diadema sus cabellos, rizados por el aliento del céfiro; sus alas compuestas de plumas de varios colores, estaban salpicadas de oro; la túnica recogida que le cubría daba mayor desembarazo a sus movimientos, y parecía medir sus pasos al compás del tirso de plata en que se apoyaba.
No pudo acercarse sin ser oído, y al sentir el ruido de sus pasos, volvió el Ángel su radiante rostro. Reconoció entonces Satán a Uriel, uno de los siete arcángeles que en presencia de Dios y como más próximos a su trono, son los ejecutores de sus mandatos; son sus ojos, que recorren ya los cielos, ya el globo terrestre, llevando instantáneamente su palabra así a las regiones acuosas como a las secas, así a las tierras como a los mares. Acércase Satán a Uriel, y le dice:
«Uriel, pues eres uno de los siete espíritus que asisten ante el glorioso y brillante trono del Señor, y el primero que sueles interpretar su voluntad suprema, trasmitiéndola al más elevado cielo donde la están esperando todas sus criaturas, no dudo que sus soberanos decretos te otorguen aquí igual honor, y que por lo mismo, y siendo uno de los ojos del Eterno, visitarás con frecuencia el mundo nuevamente creado. El ardiente deseo de ver y conocer las admirables obras de Dios, y particularmente al Hombre, objeto principal de sus delicias y favores, por quien todas esas obras tan maravillosas ha creado, me ha inducido a separarme de los coros de querubines y a discurrir solo por estos sitios. Dime, pues, hermosísimo serafín, dime en cuál de esos orbes esplendorosos tiene el Hombre su residencia fija, o si no la tiene, y puede habitar indistintamente en todos ellos. Dime dónde podré hallar, dónde contemplar con mudo asombro, o mostrando francamente mi admiración, a ese ser a quien el Criador da tantos mundos, derramando sobre él tal copia de perfecciones. Así podremos ambos, no solo por el hombre, sino por todas las demás cosas, glorificar al universal Hacedor, cuya justicia precipitó en lo más profundo del infierno a sus rebeldes enemigos, y que para reparar esta pérdida, y para gloria mayor suya, ha creado esta dichosa raza. En todo es sabia su providencia.»
Así habló el falso Enemigo, encubriendo su astucia, pues ni hombres ni ángeles pueden discernir la hipocresía, vicio invisible en cielo y tierra, excepto para Dios, que lo consiente; que aun cuando la Sabiduría vigila, la Desconfianza duerme a su puerta, o cede el puesto a la Sencillez; y la Bondad no ve mal alguno donde claramente no se descubre. Esto fue lo que entonces engañó a Uriel, aunque como director del sol, era tenido por el espíritu más perspicaz del cielo; por lo que con natural sinceridad contestó así al pérfido impostor:
«Ángel hermoso: tu deseo de conocer las obras de Dios para glorificar a su Autor supremo, nada tiene de vituperable, antes la vehemencia misma de ese anhelo es de mayor alabanza merecedora, pues desde su empírea mansión te trae solo hasta aquí, queriendo asegurarte por tus propios ojos de lo que quizá en el cielo se contentan algunos con saber de oídas. Maravillosas en verdad son las obras del Altísimo, todas dignas de conocerse y recordarse siempre con delicia. Pero ¿cuál de los espíritus creados podrá calcular su número o comprender la infinita sabiduría que las produjo, aunque sin manifestar lo recóndito de sus causas?
»Yo vi cuando a su voz se juntó la informe masa de la materia, embrión ya de ese mundo: oyola el caos; la revuelta confusión adquirió forma, y la infinita inmensidad se redujo a límites. Pronunció otra palabra, y las tinieblas se disiparon; brilló la luz, nació el orden del desorden, y al punto se repartieron según su gravedad respectiva los elementos corpóreos, la tierra, el agua, el aire y el fuego. Voló a la región aérea la quinta esencia del cielo, y animándose según sus diferentes disposiciones, y girando a modo de esfera, se convirtió en esas innumerables estrellas que estás viendo. Cada cual ocupó distinto lugar conforme su movimiento; cada cual sigue su curso; y lo demás circuye como una muralla el Universo.
»¿Ves allá abajo aquel globo, uno de cuyos lados brilla con la luz reflejada que de aquí recibe? Pues aquella es la Tierra; allí habita el Hombre; esta luz es su día, y sin ella cubriría la noche todo el globo terrestre, como sucede en el hemisferio opuesto. Pero la proximidad de la Luna, que así se llama aquel hermoso planeta que está enfrente, le presta oportuno auxilio; describe su círculo mensual, y acabado, vuelve a recorrerlo incesantemente en medio del cielo, iluminándose su triforme faz con el resplandor que recibe y que a su vez comunica a la tierra, y con su pálida influencia ahuyenta la oscuridad de la noche. Ese punto adonde señalo, es el Paraíso, mansión de Adán, y la sombra que enmedio de él se dilata, su vivienda. No puedes equivocar el camino; a mí me incumben otros cuidados.»
Volvió el rostro al decir esto, y Satán se inclinó profundamente ante aquel espíritu superior, como es costumbre en el cielo, donde nadie rehúsa tributar el respeto y honor debidos; y despidiéndose de Uriel, se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la Eclíptica. Cobrando entonces mayor agilidad con la esperanza de obtener un feliz éxito, desciende perpendicularmente, gira como una rueda, atravesando la región del Éter, y no se detiene hasta llegar a la cima del Nifates[77].
[Ilustración: Se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la Eclíptica...]
LIBRO CUARTO
ARGUMENTO
A la vista ya del Edén, y cercano al lugar en que se propone llevar por sí solo a efecto su atrevida resolución contra Dios y el Hombre, comienza a dudar Satán, fluctuando entre sus temores, su envidia y desesperación. Por último triunfa en él la perversidad, y se acerca al Paraíso, cuya situación y aspecto exterior se describe; penetra en él; pósase, tomando la forma de un buitre, sobre el árbol de la vida, que es el más elevado de cuantos se ven allí, y contempla detenidamente el sitio en que se halla. Hácese una pintura de todo él, y aparecen Adán y Eva: la admiración que su belleza y su dichoso estado producen en Satán, no le retrae de su mal propósito; antes al oír cómo discurren entre sí, y al saber que les estaba prohibido, so pena de muerte, comer el fruto del árbol de la ciencia, por este lado piensa tentarlos, induciéndolos a la desobediencia; y poco después se aleja de ellos para averiguar por otros medios algo más respecto a su situación. Entre tanto desciende Uriel en un rayo de sol, y previene a Gabriel, encargado de guardar la puerta del Paraíso, que un espíritu infernal se ha escapado de aquel abismo, y cruzando a mediodía por su esfera hacia el Paraíso en figura de ángel bueno, acababa de ser descubierto por sus furiosos ademanes en la montaña. Gabriel promete que le encontrará antes de rayar el alba. Entrada la noche, tratan Adán y Eva de retirarse a descansar. Descripción de su gruta. Su oración nocturna. Prepara Gabriel su legión de vigilantes para que ronden en torno del Paraíso, y envía dos ángeles vigorosos a la gruta de Adán, recelando que el Espíritu maligno intentase hacer algún daño a los dos esposos mientras dormían; y con efecto le hallan puesto junto al oído de Eva, a quien sugiere su tentación durante el sueño. Condúcenle a la fuerza adonde está Gabriel. Interrógale este; él contesta con altivez; mas atemorizado por una demostración del cielo, huye del Paraíso.
¡Oh! ¡que no se hubiera oído entonces la protectora voz que escuchó en el cielo el autor del Apocalipsis, cuando derribado segunda vez el Dragón, se levantó furioso para vengarse del Hombre! ¡Ay, desdichados habitantes de la tierra! Si nuestros primeros padres hubiesen estado prevenidos contra su oculto enemigo, cuando todavía era tiempo, se hubieran preservado quizás de sus mortíferas asechanzas; no así ahora, que encendido en furor, comenzando por tentar al Hombre para poder después acusarle, baja Satán por vez primera a la Tierra, y quiere vengarse en su inocente y débil morador de la pérdida de aquella batalla que sostuvo, y de la fuga que emprendió al infernal abismo. En medio de su audacia e impavidez, no se muestra satisfecho de su raudo vuelo, ni halla motivo bastante para envanecerse, sino que próxima a estallar su implacable cólera, la siente hervir en su proceloso pecho, y cual máquina atronadora, retrocede sobre sí mismo. Asaltan su turbado pensamiento el horror y la incertidumbre; sublévase en su interior el infierno todo, porque en sí y alrededor de sí, lleva el infierno. Ni un solo paso puede dar para alejarse de él, como no se aleja de su ser por cambiar de puesto. Despierta su adormecido despecho al grito de su conciencia; despierta en él el amargo recuerdo de lo que fue, de lo que es, de lo que será, cuando con mayor malicia incurra en mayor castigo. A veces fija tristemente su dolorida mirada en el Edén, que tan risueño se le manifiesta; a veces en el cielo, y en la esplendidez del sol, que brilla a la sazón con toda la pompa del mediodía; y combatido por tan encontrados pensamientos, exclama suspirando:
«¡Oh tú, que coronado de suprema gloria, contemplas al igual de Dios este nuevo mundo desde tu solitario imperio, tú, ante quien palidecen todos los demás astros, a ti te invoco, mas no con voz lisonjera, que si pronuncio tu nombre ¡oh Sol! es para decir cuán aborrecidos me son tus rayos! Y ¿qué mucho, cuando me traen a la memoria el bien de que gocé, yo que me vi encumbrado sobre tu soberana esfera? Perdiéronme el orgullo y la más inicua ambición, al mover en el cielo guerra contra el monarca sin par que domina en él. ¡Ah! ¿por qué fui tan insensato? ¿Debía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime altura, a quien jamás me echó en cara sus beneficios? ¿Tan dura era su servidumbre? ¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas, siendo tan merecidas, y mostrarle una gratitud que tan justa era?
»¡Ah, que todas estas bondades fueron en daño mío, y no sirvieron más que para dar pábulo a mi malicia! Al verme en tanta supremacía, creíme exento de sumisión; creí que dando un paso más, de tal manera me sobrepondría a todo, que me hallaría en el mismo instante libre de la inmensa deuda que para siempre tenía empeñado mi reconocimiento. Pesada es la obligación que aún pagada, nunca se satisface; pero yo olvidaba cuanto incesantemente recibía, sin comprender que un pecho agradecido no debe por ser deudor, y que continuamente está pagando, porque a la vez que contrae la obligación, pone el desquite. ¿Qué violencia, pues, tenía que soportar?