El paraíso perdido

Part 16

Chapter 163,953 wordsPublic domain

Prosigue el Ángel bajando con acelerado vuelo, y cruza la inmensidad del espacio aéreo, y surca mundos y mundos, seguro de sus fuertes alas, ora impelido por los vientos del polo, ora sacudiendo velozmente el movible aire; hasta que llegando al límite a que pueden las águilas remontarse, mirábanle todas las aves asombradas como al fénix, único en su especie, cuando para depositar sus preciosas cenizas en el fulgente templo del Sol, encaminaba su vuelo a la egipcia Tebas. Descendiendo después sobre la cumbre oriental del Paraíso, recobra su aspecto de alado serafín. Seis alas velan sus divinas formas: las dos que cubren sus anchos hombros le caen sobre el pecho como un magnífico manto real; los dos de en medio ciñen su talle como una estrellada zona, y orlan sus riñones y cintura con menudas plumas de oro y tornasoles copiados de los del cielo; y las otras dos resguardan sus pies, adheridas a sus talones, con plumas esmaltadas del color del firmamento. Mostrábase semejante al hijo de Maya, y al sacudir sus plumas, llenaba de celestial fragancia el anchuroso espacio que en torno le circuía.

Reconociéronle al punto las legiones de ángeles que custodiaban el Edén, y le recibieron con el honor debido no solo a su dignidad, sino a su misión sublime, porque desde luego adivinaron toda la importancia de la que iba a desempeñar. Pasó por delante de sus esplendentes tiendas, y entró en el bienaventurado campo, atravesando odoríferas florestas de mirra y casia, de nardos y de bálsamos, que sobrepujaban en dulzura a todo encarecimiento; porque exuberante allí y risueña como en su primavera, la naturaleza, desplegaba todos sus encantos juveniles y vertía a manos llenas sus más gratos tesoros en medio de aquel silvestre espectáculo, superior a toda perfección artística.

Sentado a la entrada de su fresca gruta, le vio Adán según iba adelantándose por en medio de la aromática floresta. Desde su mayor elevación, lanzaba directamente el Sol sus encendidos rayos hasta lo más profundo de la tierra, calor excesivo para Adán; y Eva estaba en lo interior de su albergue, a la hora en que solía, preparando para su comida los sabrosos frutos, que con solo ser gustados, eran deleite del apetito, y al propio tiempo despertaban la sed del néctar que la leche, el jugo de ciertas frutas o los racimos de la vid les suministraban. Llamó, pues, Adán a su Esposa, diciendo:

«Ven, Eva, corre, verás un objeto digno de contemplarse: a la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección, viene una figura ¡oh, qué radiante! Parece una segunda aurora que brilla en la mitad del día. Algún mandato del cielo nos trae quizá, y se dignará de ser hoy nuestro huésped. Apresúrate a ofrecerle las mejores provisiones que guardes; no escasees prodigalidad alguna, y recíbele con todo el honor debido a un mensajero celeste. A nuestros bienhechores debemos corresponder con sus propios dones, y mostrarnos liberales de lo que tan liberalmente se nos concede, ya que la naturaleza multiplica aquí sus inagotables tesoros, y que al desprenderse de ellos para hacerse más fecunda, nos enseña a no ser avaros.»

A esto replicó Eva: «Adán mío, a quien Dios ha consagrado como modelo de la tierra que animó Él mismo: el cuidado de guardar lo que ha de servirnos para alimento, es inútil aquí donde las estaciones se encargan de proveernos de todo, a no ser aquellos frutos que mejoran reservándose, porque pierden así su humedad superflua. Pero no omitiré solicitud alguna, y juntaré de cada planta, de cada árbol, de cada sabroso fruto lo que más digno me parezca para agasajar a ese angelical huésped, el cual se convencerá de que Dios ha derramado sus beneficios en la tierra como en el cielo.»

[Ilustración: A la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección...]

Y sin perder más tiempo, se dispone a proceder con la mayor diligencia y a desempeñar sus quehaceres hospitalarios, pensando en cómo escoger lo más delicado, lo que más se acomodase al gusto, sin mezclar cosas extrañas ni de mal aspecto, sino de una agradable variedad que contribuyese a aumentar su agrado. Discurre de un lado a otro, y de los más tiernos tallos arranca cuanto la tierra, madre universal, produce en la India oriental y en la de occidente, en las orillas del Ponto, en las costas de África, o en el país en que reinó Alcínoo[83]; frutos de toda especie, de dura cáscara, de blanda piel, unos lisos, vellosos otros. De ellos hace largo acopio, que amontona con mano pródiga; exprime los dorados racimos, que le dan un licor inofensivo y grato, y de simientes y dulces almendras que tritura, saca almibarada crema. No carece de vasos puros que contengan una y otra bebida; y por fin cubre el suelo de rosas y arbustos olorosos, que para serlo no habían menester de luego.

Entre tanto se adelanta nuestro primitivo padre a recibir a su divino huésped, sin más séquito que sus cabales perfecciones, que constituían toda su grandeza, incomparablemente mayor que la enojosa pompa que arrastran en pos los príncipes, con tantos corceles ricamente enjaezados y tantos palafreneros cuajados de oro, que deslumbran a la multitud, dejándola estupefacta. Llegó, pues, Adán a su presencia, y no embarazado de temor, sino con la sumisión y afable respeto que a su superior naturaleza se debía, profundamente inclinándose, le dijo: «Espíritu celestial, pues no es posible que hermosura tanta provenga más que del cielo: ya que descendiendo de los supremos tronos, te dignas de abandonar por breve tiempo aquellas mansiones venturosas para honrar estas otras con tu presencia, haznos a los dos que aquí vivimos, a quienes el Soberano del mundo ha otorgado la posesión de morada tan espaciosa, haznos la merced de reposar en este umbrío albergue, tomando asiento, y gustando los más sazonados frutos de este jardín, hasta que ceda el calor del mediodía, y más benigno el sol, vaya declinando.»

Y el Ángel con la mayor dulzura le respondió: «A esto he venido, Adán. Tal como has sido creado, y dueño de una mansión como la presente, bien puedes invitar aun a los mismos espíritus celestiales a que con frecuencia te visiten. Llévame, pues, a ese apartado recinto cubierto de sombra; tengo para estar contigo desde esta hora del mediodía hasta que comience la noche.» Y se encaminaron ambos a la campestre vivienda, que como el asilo de Pomona, se cobijaba entre fragantes flores. Allí estaba Eva, sin otra gala ni adorno que ella propia, más encantadora que la Ninfa de los bosques y que la más bella de aquellas tres diosas que en el monte Ida sostuvieron desnudas la competencia de su hermosura; estaba para servir al divino huésped, y no necesitaba de otro velo ni defensa que su virtud, sin que ningún pensamiento impuro alterase la calma de su semblante. «_¡Salve!_» le dijo el Ángel, empleando la santa salutación que después se dirigió a la benditísima María, segunda Eva. «¡Salve, madre del género humano! Tu fecundo seno dará al mundo más hijos que los frutos con que los árboles del Señor colman esa mesa.» La mesa era un alto y espeso césped, cercado de asientos de muelle musgo, y sobre su ancha y cuadrada superficie se extendían las producciones todas del otoño, aunque allí otoño y primavera se daban la mano. Entablaron los comensales su plática reposadamente, sin temor de que se les enfriasen los manjares; y nuestro padre empezó diciendo: «Plázcate, divino extranjero, gustar de estos regalos, que nuestro Hacedor, de quien sin tasa ni medida procede todo perfecto bien, ha mandado a la tierra que nos ceda para nuestro alimento y nuestro placer; manjares insípidos quizá para naturalezas espirituales; mas yo únicamente sé que el Padre celestial alimenta a todos.»

A esto replicó el Ángel: «Pues lo que Él (alabado sea perpetuamente), lo que Él da al Hombre, que en parte es también espiritual, bien puede ser manjar agradable para los espíritus más puros; que la inteligencia de estos necesita de alimento como vuestra razón, pues una y otra llevan en sí las facultades subalternas de los espíritus, como son oír, ver, oler, tocar y gustar; y el gusto depura, digiere y asimila las sustancias, convirtiendo las corpóreas en incorpóreas. Ello es indudable que todo lo creado ha menester de alimento con que sostenerse y repararse: entre los elementos, el más grosero mantiene siempre al más puro, la tierra al agua, la tierra y el agua al aire, y el aire a los etéreos fuegos, empezando por la luna, que como más vecina a la tierra, presenta en su redonda faz esas manchas, que son vapores todavía impuros que no se han transformado en sustancias; mas no por eso deja la luna de desprender de su húmedo continente alimento para otras esferas superiores. El sol, que comunica su luz a todos los astros, recibe de ellos sus acuosas exhalaciones y absorbe durante la noche el licor del océano. Aunque los árboles de vida que tenemos en el cielo nos den frutos de ambrosía, y las vides destilen néctar, y aunque al amanecer extraigamos melifluo rocío de entre las hojas, y el suelo ofrezca granos de perlas a nuestras plantas, de tal manera ha prodigado aquí Dios sus bondades en la variedad de los placeres de que gozáis, que bien puede esta mansión compararse con el cielo; y así no creas que deje de quedar mi gusto satisfecho.»

[Ilustración: Y el divino mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente...»]

Sentáronse, pues, y fueron comiendo de las viandas, y el Ángel no en la apariencia ni figuradamente, como es común opinión de los teólogos, sino con todo el incentivo de un verdadero apetito; así que el calor digestivo transformó los manjares en su sustancia angélica, y la parte redundante salió a través de la espiritual por medio de la traspiración. Ni esto debe causar asombro, cuando por medio del carbón ardiente trueca, o cree posible trocar, el empírico alquimista la escoria más vil en el oro más puro, cual si saliese de la mina. Desnuda Eva, hacía oficios de sirviente, y apuradas las copas, las coronaba de nuevo con licores a cual más gratos. ¡Oh inocencia digna del Paraíso! Nunca como entonces hubieran tenido disculpa los hijos de Dios en enamorarse de la hermosura; pero en aquellos corazones no cabía el amor impúdico, ni se comprendían los celos, infierno de los amantes ofendidos.

Una vez satisfecha, mas no ahíta, tanto en manjares como en bebidas, la necesidad de la naturaleza, concibió de pronto Adán el deseo de no perder la ocasión con que tan importante conferencia le brindaba para saber qué más había en el mundo superior al suyo, qué seres poblaban el cielo, cuya excelencia tanto sobre la suya se distinguía, cuyas esplendentes formas eran una emanación de la Divinidad, y cuyo envidiable poder en tanto grado excedía al del Hombre; y con respetuosa prudencia se insinuó así:

«Veo, conciudadano de Dios, hasta dónde llega tu bondad, por el honor que nos has dispensado, dignándote de visitar nuestra humilde morada y de probar los frutos de la tierra, que no son manjar digno de los ángeles; mas los has aceptado de tal modo, que no parece puedas mostrarte más complacido al tomar parte en el celestial banquete; y sin embargo, ¡qué comparación cabe!»

Y el divino Mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente de quien proceden todas las cosas, y en quien refluye todo aquello que no viene a estado de depravación. Todo lo creó perfecto en su origen con variedad de formas, con diversos grados de sustancia y vida en los vivientes; pero todo se completa y espiritualiza y depura a medida que más se aproxima a Él o a aquella esfera de acción que a cada cosa está designada, hasta que los cuerpos llegan a espíritus en la proporción debida a cada especie. Así, de la raíz de una planta nace esbelto su verde tallo, y de este las hojas más delicadas, y de las hojas, en fin, la flor primorosamente esmaltada, que exhala aromáticas esencias. Y así las plantas y los frutos que dan alimento al Hombre, siguiendo una escala gradual, se transforman en espíritus vitales, o animales o intelectuales, que armonizados entre sí, producen la vida, el sentimiento, la imaginación y la inteligencia, de donde el alma adquiere la razón: la razón, que constituye su esencia, ya proceda discursivamente, ya por medio de la intuición. El discurso suele ser más propio de vosotros, los humanos; la intuición, de nosotros, los celestiales; diferimos en el grado de razón, mas no en cuanto a su naturaleza, que es siempre idéntica. No te admires, pues, de que yo haya aceptado los alimentos que Dios ha hecho a propósito para ti, porque, como tú en la tuya, los convierto yo en mi sustancia propia. Tiempo vendrá quizá en que los hombres lleguen a participar de la dignidad angélica, y en que gusten del manjar celestial juzgándolo adecuado a su subsistencia; en que vuestros cuerpos, así sustentados, se despojen un día de todo lo que no es espiritual, y se remonten alados a la región etérea, como nosotros, y puedan habitar libremente aquí o en la celestial morada, si dais entonces muestras de ser obedientes y conserváis entero, inalterable y fiel el amor que debéis al que os ha hecho progenie suya. Entre tanto gozad de cuantos dones os concede vuestro dichoso estado; que por ahora en vano aspiraríais a más.»

«¡Cuán bien, generoso espíritu y benigno huésped, repuso el patriarca de la raza humana, cuán bien nos has trazado el camino que puede conducirnos a nuestra enseñanza, y la escala de la naturaleza que recorre desde el centro a la circunferencia, y cómo la contemplación de las cosas creadas basta para elevarnos de una en otra hasta la majestad de su Creador! Pero dime: ¿qué has querido dar a entender con lo de _si dais muestras de ser obedientes_? ¿Es posible que no lo seamos, que nos olvidemos del amor a Aquel que nos ha sacado del polvo, establecídonos aquí y colmádonos de cuantos bienes puede concebir o apetecer el anhelo humano?»

Y el Ángel le replicó: «Hijo del Cielo y de la Tierra, escucha. A Dios eres deudor de toda tu felicidad, pero el proseguir disfrutando de ella, de ti depende, es decir, de tu obediencia, en la cual debes mantenerte fiel, porque es la prenda de tu ventura: tenlo presente. Dios te ha hecho perfecto, pero no inmutable; te ha hecho bueno, pero te deja árbitro de perseverar o no en esta bondad; te ha dotado de un albedrío libre por su naturaleza, no sujeto al misterioso hado ni a la inflexible necesidad. Por eso el homenaje que exige es voluntario, y no forzoso, pues de ser arrancado por la fuerza, ni lo aceptaría, ni sería homenaje. ¿Cómo un corazón esclavizado ha de mostrar que se somete voluntariamente a su servidumbre, si cohibido por el destino, carece de toda elección posible? Nosotros también, y cuantas angélicas legiones asisten al trono de Dios, ciframos nuestro estado de bienaventuranza, como vosotros el vuestro, en la obediencia; que no tenemos otra seguridad. Libremente servimos, porque libremente amamos; de nuestra voluntad depende el amar o no, y en ella por consiguiente estriba nuestra elevación o nuestra ruina. Por incurrir en la desobediencia, cayeron algunos desde los cielos al profundo abismo. ¡Oh! ¡y qué caída! ¡En qué miserable extremo, y desde qué gloria tan sublime!»

A lo cual respondió nuestro primer padre: «Con la mayor atención he escuchado tus palabras, divino maestro, y me han deleitado más que los armónicos acentos de los vecinos montes cuando repiten por la noche los cantos de los querubines. Ni se me oculta que hemos sido creados libres tanto para querer como para obrar; y no olvidaremos nunca el amor que debemos a nuestro Hacedor y la obediencia a su único mandamiento, que tan justo es en efecto, pues así me lo persuade y ha persuadido siempre mi reflexión. Pero lo que dices que ha ocurrido en el cielo me hace dudar de mí mismo, y me inspira el deseo de oír, si te dignas de referirlo, la relación completa del caso, que debe de ser muy extraño y digno de escucharse con religioso silencio. Aún tenemos día sobrado; que apenas ha llegado el Sol a la mitad de su carrera, y comenzado la otra mitad en el ancho círculo del cielo.»

A este ruego de Adán condescendió Rafael después de una breve pausa, diciendo: «En arduo empeño me pones, padre de los hombres, arduo y triste a la vez; porque ¿cómo representar al sentido humano las invisibles hazañas de los espíritus guerreros, y cómo referir sin pena la ruina de tantos gloriosos seres, y tan perfectos mientras guardaron fidelidad? ¿Cómo, por fin, revelar los secretos de un mundo que quizá no es lícito descubrir? Mas por tu bien debe permitirse todo. Pondré al alcance de tu comprensión lo que es superior a ella, dando a lo espiritual formas corpóreas, por donde mejor se entienda; pues si la tierra es una sombra del cielo ¿qué extraño que se asemejen más de lo que es posible imaginar las cosas de acá abajo a las celestiales?

»No existía este mundo aún, y reinaba el lóbrego Caos donde hoy giran las célicas esferas, donde la tierra se asienta ahora equilibrada sobre su centro, cuando un día (porque el tiempo, no obstante la eternidad, aplicado al movimiento mide cuanto es capaz de duración por medio de lo presente, lo pasado y lo futuro), cuando un día, digo, de los que completan el grande año celeste, fueron por mandato supremo convocadas todas las angélicas legiones, y acudiendo desde los más apartados ámbitos del Empíreo, rodearon el trono del Omnipotente, presididas por sus gloriosos capitanes. Enarbolábanse allí mil y mil enseñas, banderas y estandartes, que entre las primeras filas y la retaguardia ondeaban al aire, sirviendo para distinguir las diferentes jerarquías, órdenes y grados, o para ostentar en los blasones de sus brillantes campos sagrados recuerdos y memorables hechos de virtud y amor. Y cuando acabaron de formar un círculo de inconmensurable extensión, incluyéndose una rueda en otra, el Infinito Padre, a cuyo lado se sentaba el Hijo en el seno de su bienaventuranza, cual desde una montaña de ardiente fuego que no deja ver su cima por la excesiva claridad que luce en ella, pronunció estas palabras:

«Oíd todos vosotros, ángeles, hijos de la luz, tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades; oíd mi decreto, que ha de ser para siempre irrevocable. En este día he engendrado al que declaro mi único Hijo, y sobre este santo monte acabo de consagrarle. A mi diestra le tengo; vedle. Desde hoy será vuestro superior, pues por mí mismo he jurado que todas las rodillas se doblarán en el cielo ante él, y que le reconocerán todos por soberano. Vivid unidos, como una sola alma, bajo el imperio de este representante de mi grandeza, y sed perpetuamente dichosos; que el que le desobedezca, me desobedecerá a mí, romperá los vínculos que nos unen, y desde aquel día, apartado de Dios y de su visión beatífica, caerá en las más hondas tinieblas, en el profundo abismo, donde tiene reservado un lugar que ocupará sin fin y sin esperanza de redención.»

»Así habló el Señor Todopoderoso, y todos parecieron acoger dócilmente sus palabras, aunque en realidad no todos sentían lo mismo. Aquel día, como uno de los más solemnes, se pasó en cánticos y danzas en torno del sagrado monte; místicas danzas, que la estrellada esfera de los planetas y los astros fijos imita antes que otra alguna en sus intrincados, excéntricos y revueltos laberintos, tanto más regulares, sin embargo, cuanto mayor es su irregularidad en la apariencia; y de sus movimientos procede armonía tan divina y tan dulce en sus mágicos acordes, que el mismo Dios los escucha embelesado.

»Acercábase entre tanto la noche (que también nosotros tenemos mañana y tarde, no porque nos sean necesarias, sino porque su variedad es más agradable), y terminadas las danzas, sentimos el deseo de regalarnos con dulcísimos manjares; y puestos en círculos como estábamos, aparecieron las mesas llenas de angélicos alimentos, de líquidos rubíes y néctar, fruto de las deliciosas vides que cultiva el cielo, rebosando en vasos de perlas, diamantes y macizo oro. Recostados sobre flores y coronados de guirnaldas comían allí y bebían, y en dulce consorcio se henchían de inmortalidad y júbilo, mas sin llegar a hastiarse, porque la plenitud es allí el límite del exceso, hallándose en presencia del bondadosísimo Señor, que al otorgarles tantos dones a manos llenas toma parte en su regocijo. Entre tanto la ambrosía de la noche, exhalándose entre nubes desde el alto monte de Dios, fuente de la luz como de la sombra, había trocado la faz del fulgente cielo en un crepúsculo agradable, pues nunca extiende allí la noche más tenebroso velo, y un blando rocío iba adormeciendo todos los ojos, excepto los de Dios, siempre vigilantes. Diseminados poco después los ejércitos angelicales por la llanura del cielo, mucho más extensa que la de la tierra, si aplanase su superficie, que tales son los divinos atrios, se dispersaron en legiones y curias, acampando orillas de arroyos cristalinos y entre árboles de vida; y bajo innumerables e improvisados pabellones, como en otros tantos tabernáculos, gozaban los celestiales espíritus del sueño, arrullados por los frescos céfiros; gozaban del sueño todos, menos los que durante el transcurso de la noche se empleaban en cantar melodiosos himnos alrededor del trono del Señor.

»Pero no velaba con este objeto Satán, que así se llama ahora, porque su primitivo nombre no se oye ya en el cielo; Satán, uno de los primeros, si no el más distinguido de los arcángeles, grande por su poder, su favor y su dignidad, que envidioso del puesto a que el Padre Omnipotente elevaba aquel día a su Hijo, proclamándole por Mesías y ungiéndole por Rey, no podía reprimir su orgullo, indignado de que así se le postergase. Cediendo pues a su malevolencia y a su soberbia, no bien, mediada la noche, llegó la hora en que la oscuridad era mayor y en que por lo mismo brindaba más al sueño y al recogimiento, determinó alejarse con todas sus legiones, dando aquella muestra de menosprecio a la supremacía de Dios, de cuyo culto y obediencia se separaba desde aquel momento; y despertando al que le seguía en autoridad, llevole aparte, y le dijo así:

«¿Tú también, compañero mío, estás durmiendo? ¿Es posible que pueda el sueño cerrar tus párpados? ¿No te acuerdas ya de lo que se decretó ayer, del decreto que hace tan poco pronunciaron los labios del Señor del Cielo? Tú tienes por costumbre no ocultarme ninguno de tus pensamientos, como acostumbro yo a confiarte también los míos. Y si despiertos tú y yo somos uno mismo ¿por qué el sueño ha de hacer que nos desunamos? Ves que se nos imponen nuevas leyes: dictadas estas por un poder soberano, pueden producir en nosotros sus vasallos nuevos propósitos, nuevos consejos para tratar de eventualidades que acaso sobrevendrán; pero no es conveniente discurrir aquí más sobre este punto. Congrega a los jefes de los millares de huestes que acaudillamos; diles que por superior mandato, antes que la oscura noche haya retirado sus sombrías nubes, debo, juntamente con los que tremolan sus banderas bajo mis órdenes, encaminarme con apresurado vuelo a las regiones que poseemos en el norte, y disponer allí lo necesario para recibir dignamente a nuestro rey, el gran Mesías, y ejecutar lo que tenga a bien mandarnos, porque en breve aparecerá triunfante en medio de todas las jerarquías celestes, a las cuales impondrá sus leyes.»