Part 9
Gregorio XI tuvo que vivir de otro modo que en la tranquila Aviñón para pacificar estas revueltas y sostener en pie el fantasma de una fingida autoridad. Sintiéndose enfermo de muerte, adivinó los peligros á que iba á quedar expuesta la Iglesia después de su desaparición, si el cónclave se celebraba en Roma. Los _bannerets_ decían á gritos que estaban decididos á no aceptar un Papa que no fuese romano, ó á lo menos italiano. Así volverían á su ciudad las riquezas monopolizadas por la «Babilonia del Ródano».
Alarmado el Pontífice, quiso volverse á Aviñón, como lo había hecho su predecesor, y ordenó secretamente los preparativos del viaje. Se mostraba arrepentido de haber dado fe á consejos de «mujeres visionarias», lamentando públicamente tal debilidad, pero la muerte le sorprendió antes de que pudiera marcharse de Roma.
Para remediar los peligros más inmediatos, había firmado una Bula en la que ordenaba á los cardenales residentes junto á él que eligiesen un Papa con la mayor celeridad, sin esperar á sus colegas que se habían quedado en Aviñón, reuniéndose para ello donde se considerasen más seguros, en Roma ó fuera de ella.
Pronto se vió que los temores del difunto eran ciertos. Los romanos detenían á los cardenales á la salida de las iglesias para gritarles con tono amenazante: «Nombrad un Papa romano, ó á lo menos italiano, pues nuestra ciudad está viuda desde hace sesenta y ocho años.»
Otros, más francos, decían: «Desde que murió Bonifacio VIII Francia se atraca de un oro que pertenece á Roma. Ha llegado nuestro turno, y queremos hartarnos del oro francés.»
Cuando, pasada la novena reglamentaria, se abrió el cónclave, el 7 de Abril de 1378, la ciudad estaba en plena revuelta. En las inmediaciones del palacio papal se aglomeraba una enorme muchedumbre, todo el populacho romano y servidores de personajes feudales que atizaban la insurrección, obedeciendo á sus señores.
Los cardenales, al dirigirse al cónclave, tenían que pasar entre sus amenazas. «Si no nos dais un Papa romano ó italiano moriréis todos», clamaban millares de voces.
Apenas los conclavistas empezaron sus deliberaciones, una diputación de los _bannerets_ vino á decirles: «Elegid cuanto antes un Papa italiano, ó si no, el pueblo hará vuestras cabezas más rojas que vuestros capelos.»
En vano algunos de los cardenales protestaron contra estas imposiciones. «Con vuestras amenazas, señores romanos, no conseguiréis más que viciar nuestra elección, y en tal caso, en vez de un Papa tendréis un intruso.»
La revuelta creció fuera del palacio. Todas las campanas de Roma tocaron á rebato; empezaron á llegar grupos con armas, y finalmente las puertas del palacio fueron derribadas, penetrando las turbas en los salones del cónclave.
--Hay que tener en cuenta--prosiguió Borja--cómo eran muchos de estos príncipes eclesiásticos, de vida muelle y grandes riquezas, acostumbrados á verse obedecidos y á no correr peligro alguno. Los más se asustaron al oir que la muchedumbre romana rompía las puertas, profiriendo amenazas de muerte. Once cardenales eran franceses, cuatro italianos y uno español, Pedro de Luna.
Éste, en su primera juventud, había hecho la guerra en Castilla contra don Pedro el Cruel. Era tenaz y valeroso, á pesar de la pequeñez de su cuerpo, y fué el único cardenal que no huyó, saliendo al encuentro del populacho agresivo.
Aterrados los conclavistas por el peligro, no sabían qué hacer. El griterío y el avance de las masas amotinadas no les permitía deliberar con tranquilidad. Creyeron salir del paso con una fingida entronización para engañar momentáneamente al pueblo y reunirse en otra parte. Para ello echaron la capa pontificia sobre los hombros de uno de los cuatro conclavistas italianos, el cardenal de San Pedro, que era de una extrema ancianidad. El octogenario, asustado, empezó á dar gritos: «Yo no soy el Papa... No quiero ser Papa.»
Entonces acordaron rápidamente nombrar á Bartolomé de Prignano, arzobispo de Bari, que no era cardenal, y á quien muchos de ellos apenas conocían. Les bastaba que fuese italiano. Y después de tan precipitado acuerdo cada príncipe de la Iglesia se fué por donde pudo, refugiándose los más en el castillo de San Angelo, mientras el pueblo invadía los salones del cónclave, robando todos los muebles, las ropas y otros objetos de los electores papales. Sólo al día siguiente, después de varias entrevistas y muchas promesas, doce cardenales se decidieron á salir del citado castillo para entronizar á Prignano, que tomó el nombre de Urbano VI.
--Es indudable--continuó Borja--que á pesar de los vicios de esta elección forzada, los cardenales, deseosos de no recomenzar otra por miedo al populacho, se habrían resignado á obedecer al Papa de origen dudoso. Pero Urbano VI, un napolitano que hasta entonces había sido hombre razonable, perturbado por su inesperada elevación, empezó á proceder como un loco violento. Trataba á sus cardenales y allegados con inexplicable brutalidad, llegando algunas veces á levantar la mano contra ellos. Mientras vivió Catalina de Siena, ésta y la otra Catalina, hija de Santa Brígida, le impusieron cierta prudencia con sus exhortaciones. Años después, al verse libre de tal vigilancia, se entregó á los arrebatos sanguinarios de su demencia, llegando á ordenar el tormento y la muerte de algunos cardenales nombrados por él, á causa de creerlos vendidos á sus enemigos.
Cinco meses después de dicha elección, los mismos conclavistas que habían nombrado á Urbano VI, no pudiendo sufrir más tiempo sus tiranías, extravagancias é insultos, abandonaron Roma para reunirse en el castillo de Fundi el 20 de Septiembre, declarando nula la elección de Prignano y votando en su lugar al cardenal Roberto de Ginebra, un francés, que tomó el nombre de Clemente VII. Así empezó el Gran Cisma de Occidente.
Todos los cardenales acudieron á Fundi, absolutamente todos, hasta los italianos. Sólo faltó uno de estos cuatro, el octogenario cardenal de San Pedro, por haber muerto poco después del cónclave, sin duda á consecuencia del susto que le hizo sufrir la invasión de los amotinados. Como Urbano quedaba sin un solo cardenal, creó veintiséis (varios de los cuales fueron luego sus víctimas), y tomó á su servicio, como tropas mercenarias, muchas bandas de las que robaban y cautivaban á los viajeros en los caminos.
Clemente VII y sus cardenales, que eran todos los anteriores al cisma, decidieron volverse á Aviñón, donde habían quedado cinco de sus colegas después de la partida de Gregorio XI. El Papa de Aviñón fué reconocido por Francia, España, Portugal, Escocia, Saboya y el reino de Nápoles-Provenza. El Norte de Europa, por antagonismo con el Sur, reconoció al Papa de Roma. Existía también una razón política. Inglaterra y Alemania temieron que si triunfaba el Papa de Aviñón los reyes de Francia acabarían por ser emperadores, reivindicando la herencia de Carlomagno.
--El vulgo--siguió diciendo Borja--ha tomado la costumbre de llamar antipapas á los dos últimos Pontífices que residieron en Aviñón, pero la Iglesia no ha decidido nada formalmente sobre esto. Nunca ha dicho de un modo terminante si de los dos Papas que existieron al mismo tiempo en Roma y Aviñón, uno solo fué vicario de Jesucristo ó si los dos se repartieron durante cierto número de años la carga de gobernar al pueblo cristiano. Muchos historiadores no creen que se debe interpretar como decisión dogmática el hecho de que los nombres de los dos Papas que vivieron en Aviñón durante el cisma no figuren en el catálogo usual de los soberanos Pontífices. Ningún acto de la autoridad apostólica los ha designado nunca con el nombre de antipapas. Los concilios de Pisa y de Constanza, que se reunieron para acabar con el cisma, destronando á la vez al Pontífice de Aviñón y al de Roma, los atacaron duramente por su conducta, pero jamás les llamaron antipapas. Los designaban siempre con el título de «Papa en su obediencia de Aviñón» ó «Papa en su obediencia de Roma»: _In sua obedientia Papa_. La Iglesia ha creído prudente no acordarse mucho de aquel triste período de controversias é indisciplina. Además, lo que se pleiteaba era la validez de una elección, sin tocar ni de lejos las cuestiones dogmáticas. Todos eran igualmente observadores de la doctrina cristiana. Yo he oído decir á mi tío el canónigo y á otros varones de su misma clase, que resultaría temerario presentar la elección violenta de Urbano VI, en medio del desorden y las amenazas, como algo decisivo é inapelable que no pudo permitir meses después la elección libre y tranquila de otro Papa por el mismo colegio cardenalicio.
Como no eran sólo cardenales franceses los que habían elegido en Fundi á Clemente VII, uniéndose á ellos los cardenales nacidos en Italia, Catalina de Siena, partidaria del Papa de Roma, insultó á estos últimos llamándolos «malos italianos». Para dicha santa el cisma era un asunto de nacionalidad. La Iglesia, á pesar de ser universal, debía estar regida siempre por italianos, exclusivismo que ha acabado por triunfar; pero en el siglo XIV los eclesiásticos eran más libres y todo el cisma giró en torno al derecho que tenían los católicos, fuese cual fuese su país, para ocupar el Pontificado.
La vuelta del Papa á Aviñón reanimó la ciudad, que había empezado á decaer. Volvieron los soberanos á visitarlo en su palacio del Ródano. Hasta el rey de Armenia pasó con su cortejo por las calles de Aviñón para rendir homenaje á Clemente VII.
Tenía éste treinta y seis años cuando los cardenales fugitivos de Roma lo eligieron en Fundi. Por las mujeres de su familia estaba emparentado con el rey de Francia. Era de carácter intrépido, y al mismo tiempo hábil y conciliador. El cruel Urbano VI, al verse Pontífice por el miedo de los cardenales, le distinguió con un odio extraordinario. Sabía que de haberse verificado la elección pacíficamente, el cardenal Roberto de Ginebra hubiera sido el Papa electo. A causa de su juventud y sus costumbres de prócer, una vez lo llamó en público «rufián».
Murió Urbano VI, once años después de su discutible elección, en plena demencia persecutoria. Algunos de sus cardenales desaparecieron misteriosamente. Una vez se le vió pasear por un salón, leyendo con tranquilidad su libro de oraciones, mientras abajo sonaban los gritos de otros dos cardenales atormentados por orden suya.
El fallecimiento de Urbano VI en 1389 fué una ocasión inesperada para restablecer la paz eclesiástica. El rey de Francia y la Universidad de París se apresuraron á enviar emisarios á Roma para que no se reuniese nuevo cónclave, suprimiendo de este modo el cisma. Pero los cardenales improvisados por Urbano VI temían perder sus investiduras si se unificaba la Iglesia, y se apresuraron á votar un nuevo Papa, que tomó el nombre de Bonifacio IX.
--En adelante, los cardenales de una obediencia y de otra eligieron los Papas con rapidez, cuando aún no estaba enterrado el antecesor. Los de Roma dieron el ejemplo, y esto prolongó el cisma.
Clemente VII fallecía en su palacio de Aviñón á los diez y seis años de Pontificado. Pidió que lo enterrasen junto á uno de sus cardenales, Pedro de Luxemburgo, que había vivido como un asceta, no obstante estar emparentado con todos los reyes de su tiempo. Dicho santo, extremadamente joven, muerto á consecuencia de las privaciones que se impuso, ordenó que lo enterrasen en el cementerio de los pobres de Aviñón, pero tales multitudes acudieron á rezar sobre su tumba y tales prodigios obró desde ella, que sus restos acabaron por ser trasladados á un templo erigido en su honor.
--Éste fué uno de los varios santos para los cuales no ofreció duda alguna la legitimidad de los Papas de Aviñón en tiempos del cisma, y que manteniéndose bajo su obediencia realizaron grandes milagros.
Al morir Clemente VII, sus cardenales hicieron lo mismo que los de Roma, apresurándose á nombrar nuevo Papa. La corte de Francia envió una embajada á Aviñón para pedir que el cónclave se suspendiese, restableciendo de este modo la deseada unidad; pero llegó demasiado tarde, como cinco años antes le había ocurrido en Roma.
Los conclavistas aviñoneses no dudaron un momento en designar á su elegido, fijándose todos en el llamado cardenal de Aragón, español famoso por su entereza de carácter, sus estudios canónicos, su dialéctica infatigable, sus costumbres austeras. En una época que era espectáculo corriente ver á los príncipes eclesiásticos llevando la misma vida licenciosa de los señores laicos, el cardenal de Aragón no dió nunca el más leve motivo de escándalo por sus costumbres privadas. Se mantuvo dentro de las reglas virtuosas que la Iglesia impone á sus hombres, y eso que él era simple cardenal diácono para dedicarse con más libertad á los negocios de la política papal, y sólo se ordenó de sacerdote al día siguiente de su elevación al Pontificado.
Desde los primeros momentos del cisma fué uno de los propagandistas más vigorosos de la legitimidad del Papado aviñonés. Viajó por España, logrando que los reyes de Castilla, Navarra y Aragón, que al principio se habían mantenido neutrales en la gran disputa eclesiástica, reconociesen finalmente á Clemente VII.
Si éste había sido pariente de la dinastía reinante en Francia, una mujer de la familia del cardenal de Aragón, doña María de Luna, era reina, por estar casada con don Martín, monarca de Sicilia y heredero de las coronas de Aragón, Cataluña y Valencia.
Veintiún cardenales, casi todos ellos anteriores al nacimiento del cisma, nombrados por un Papa único é indiscutible, tomaron parte en dicha elección. Veinte designaron unánimemente á Pedro de Luna, que tenía entonces sesenta y seis años. Sólo hubo un voto en contra, indudablemente el del propio elegido, que no quiso votarse á sí mismo y se resistió hasta el último momento á aceptar el Pontificado.
El nuevo Papa tomó el nombre de Benedicto XIII. Era el primer español que iba á preocupar al mundo, desde los tiempos de la antigua Roma, aleccionada por el español Séneca y gobernada por el español Trajano.
Borja hizo una pausa en su relato y añadió:
--Ya estamos en presencia de nuestro hombre.
PARTE SEGUNDA
LA GUERRA DE LOS TRES PAPAS
I
De cómo el llamado «Papa de la Luna» se defendió cuatro años y medio en su palacio de Aviñón, acabando por vencer á sus sitiadores.
Atravesaron la plaza longitudinalmente, dejando atrás el palacio, y ascendieron por una nueva cuesta orlada de plantas floridas y altos árboles. El antiguo peñasco de Doms, de cuya aridez se burlaba Petrarca, era ahora un jardín.
Sin interrumpir su marcha, continuó Borja describiendo al héroe de su libro. Era sobrio y virtuoso en medio de la general corrupción del clero. Llegaba á la silla de los Pontífices con gran fama de polemista, muy versado en el Derecho canónico. Su vida irreprochable le hacía destacarse con singular relieve sobre los hombres de su época.
--Hasta sus adversarios reconocían los defectos de este varón tenaz como simples excesos de magníficas cualidades. Su habilidad política degeneró en retorcida astucia; su energía se mostraba inflexible, hasta convertirse en terco empeño. La independencia de su carácter, su celosa dignidad personal, se transformaron muchas veces en un orgullo insoportable para los que le rodeaban.
Nacido en Illueca, cerca de Calatayud, pertenecía á una de las más nobles familias de Aragón. Borja había visitado el castillo de Illueca, solar de los Luna, situado casi en la frontera de Aragón y Castilla. Como una lejana influencia mediterránea, este caserón de gruesos muros almenados, con saeteras y bocas para las bombardas, se mostraba embellecido por ancha faja de azulejos árabes, procedentes sin duda de Valencia. Su barniz luminoso en las horas de sol equivalía á una sonrisa sobre la faz ruda del castillo.
Pedro de Luna empezaba por ser soldado en su juventud. Como el emplazamiento de la fortaleza paternal le hacía interesarse en los asuntos de Castilla, había combatido contra don Pedro el Cruel, siendo compañero y guía de don Enrique de Trastamara cuando éste, después de su derrota en Nájera, atravesó disfrazado todo Aragón, hacia la frontera de Francia.
Después de tal fracaso, el joven Luna se dedicaba por completo al estudio, descollando en el Derecho canónico, ciencia que enseñó en la Universidad de Montpellier. Su nacimiento, su fama de canonista y la pureza de sus costumbres le hicieron avanzar en rango dentro de la Iglesia. Fué arcediano de Valencia, canónigo de otras catedrales en Cataluña y Aragón, y finalmente arzobispo de Palermo. Gregorio XI, el último Papa de Aviñón antes del cisma, lo elevó al cardenalato, y cuentan que, al darle el capelo, conociendo su recio carácter y su tenacidad, que podían degenerar en temibles defectos, le dijo bondadosamente: «Cuidad, don Pedro, que vuestra luna no se eclipse nunca.»
En el momento de su elección pontifical se negó repetidas veces á aceptar la tiara, dándose cuenta de que la hora era propicia á los hombres flojos y acomodaticios para transigir con el otro Papa residente en Roma, al que llamaban en Aviñón «el intruso», llegando á un acuerdo, fuese como fuese, para la unidad de la Iglesia. Pero los veinte cardenales vieron en este compañero de voluntad férrea el único que podía conseguir dicha unión venciendo á los adversarios.
--Existía un rudo contraste--continuó Borja--entre su alma y su aspecto físico. Era pequeño, de apariencia débil, enfermiza, y sin embargo, pocos hombres han poseído su vigor. Murió á los noventa y cuatro años, fué incansable para el trabajo y se mostró invencible en la discusión hasta una extrema vejez, pudiendo recordar las más intrincadas y lejanas cuestiones sin el auxilio de notas. En plena ancianidad, cuando se veía abandonado de los suyos, habló públicamente siete horas seguidas, haciendo la historia completa del cisma, sin que tal esfuerzo alterase su voz. Todos los retratos de su época lo presentan con ojos de escrutadora fijeza, sondeadores de la persona que tienen enfrente, la nariz muy aguileña y algo desviada. Este hombre que durante treinta años preocupó á Europa se nutría como un niño enfermo, mostrando únicamente preferencia por los platos ligeros y poco consistentes.
Antes de ser elegido Papa, juró, como los demás cardenales de Aviñón, hacer toda clase de sacrificios para terminar el cisma. Lo mismo juraban los cardenales de Roma al proceder á una elección papal. De una parte y de otra todo eran promesas generosas y nobles compromisos para dar fin á la guerra entre los dos Pontífices; mas cada bando, al pedir la unidad á gritos, exigía que el opuesto diese el buen ejemplo empezando por renunciar al Papado.
Como Luna se había mantenido en los primeros tiempos del cisma lejos de las disputas eclesiásticas, limitándose á viajar por España para que sus reinos se decidiesen á favor del Papa aviñonés, todos acogieron su ascensión al Pontificado como señal indudable de que iban á terminar las divisiones de la Iglesia.
En París, Barcelona, Toledo y otras ciudades fué celebrado el advenimiento de Benedicto XIII con solemnes procesiones á las que asistieron los reyes. La Universidad de París, que ejercía entonces tanta influencia como los soberanos, mostró igual confianza en el antiguo profesor de Montpellier. Nadie ponía en duda su abnegación. Era un Papa limpio de simonía y de nepotismo. En vez de acaparar dinero valiéndose de malas artes, daba con generosa largueza el que había heredado de su familia. Sus sobrinos fueron de un modo indudable hijos de sus hermanos, diferenciándose en esto de los sobrinos de otros Papas y cardenales. Rodrigo de Luna, el hombre de espada del nuevo Pontífice, que le acompañó en todas sus aventuras belicosas, era verdaderamente hijo de una hermana suya.
Los teólogos de la Sorbona de París empezaron á expresarse con cierta impaciencia al ver que transcurrían los meses y Benedicto XIII no renunciaba á su tiara.
Mostró Francia en esta cuestión del doble Papado una patriotería semejante á la de Italia al iniciarse el cisma. Mientras los Papas de Aviñón fueron franceses, la corte de Francia y la Universidad de París acogieron con paciencia todas las lentitudes y dilaciones en la resolución del conflicto. Clemente VII, el antecesor de don Pedro, pudo reinar diez y seis años frente á su adversario de Roma, sin que le diesen prisa para la terminación del cisma. Pero Luna era español, y al poco tiempo empezó á sentirse empujado rudamente por los teólogos de París, con cierto desacato para su autoridad. El mismo se quejó repetidas veces en conversaciones y en escritos del rigor con que le trataban, «tal vez por no ser francés».
Hubo entusiasmo en Francia durante los primeros meses de su Pontificado, porque sólo se tenían en cuenta las condiciones especiales de su persona. Luego fueron muchos los que empezaron á acordarse de que el nuevo Papa era el primer español que ocupaba la Santa Sede; y esto, unido á sus extraordinarias energías, le hizo ser mirado con inquietud y hostilidad. Tal vez iba á realizarse una afirmación paradójica de Petrarca al combatir al Papado de Aviñón. «La sede pontificia, que estuvo siempre á orillas del Tíber--decía el poeta--, se halla ahora junto al Ródano, y nuestros nietos tendrán que buscarla en las riberas del Tajo.»
Benedicto XIII empezó á dar algunos cardenalatos vacantes á prelados españoles de toda su confianza. Además, como si presintiese el porvenir, hizo que su sobrino Rodrigo reclutase en España ballesteros y hombres de armas para formar una pequeña guardia de soldados leales, no mercenarios, y que el Pontificado viviese independiente de la protección de los reyes.
Un concilio nacional se reunió en la Santa Capilla de París para tratar el asunto del cisma. Benedicto XIII tenía grandes amigos y no menos enemigos en el seno de la Universidad. Dos hombres de ciencia influían en la marcha de este cuerpo poderoso: Pedro de Ailly, que llegó á cardenal en los últimos años del cisma y sostuvo al principio con entusiasmo la causa del Papa de Aviñón, y el teólogo Gerson.
--Pedro de Ailly--dijo Borja--escribió sobre numerosas materias, pero su mayor mérito ante los tiempos modernos es haber resumido la geografía de su época en el libro _De Imago Mundi_, uno de los pocos volúmenes que Cristóbal Colón llevaba con él. Gerson, discípulo de Ailly, gozó la honra de ser tenido por algún tiempo como el autor probable de la anónima _Imitación de Cristo_. Este teólogo poderoso, unas veces se mostraba á favor de Benedicto, otras en contra, según las fluctuaciones de su fortuna, hasta que organizó el famoso concilio de Constanza, contribuyendo más que nadie á la derrota final del Pontífice.
La asamblea reunida en la Santa Capilla de París examinó las «vías», ó sea los procedimientos, para terminar con la existencia de dos Papas á la vez. Muchos defendieron la llamada «vía de convención», confiando en que ambos Pontífices, por medio de una entrevista, podrían llegar á la unidad de la Iglesia. La mayoría votó por la «vía de cesión», creyendo preferible que los dos adversarios empezasen por renunciar á sus tiaras y luego un gran concilio elegiría el Papa definitivo.
Francia envió embajadas á Aviñón y Roma para que los dos Papas renunciasen; mas como era de esperar, no aceptaron la «vía de cesión». Cada uno temía ser engañado si abdicaba el primero, creyendo que el otro, al verse solo, se mantendría con nueva fuerza en su puesto, insistiendo en su legitimidad.
Benedicto XIII recibió dos embajadas, la primera llamada «de los tres duques», por figurar á su cabeza los duques de Berri, de Borgoña y de Orleáns. Después la «embajada de los tres reyes», por estar representados en ella los monarcas de Francia, de Inglaterra y de Castilla.