Part 10
Enrique III de Castilla, después de aceptar su intervención en dicha embajada, se mostró malhumorado, adivinando que en realidad todos estos trabajos iban dirigidos contra Benedicto XIII por ser español. En los reinos de Navarra y Aragón la misma sospecha había irritado el amor propio nacional, poniendo á sus reyes en guardia contra las gestiones iniciadas en París.
Ninguna de las dos embajadas obtuvo éxito en Roma ni en Aviñón. El Papa de Roma se mostraba tan intransigente como Benedicto XIII, y sin embargo sobre éste ejercieron una presión más ruda la corte de Francia y la Universidad de París, indudablemente por considerarlo bajo su dependencia.
--¿Por qué he de ser yo el primero en renunciar--preguntaba Luna--, cuando represento la legitimidad, más que el intruso que vive en Italia?...
El «intruso» era para muchos cortesanos y teólogos de París este Papa español que había surgido inesperadamente al final de una serie de Pontífices de Aviñón, todos franceses. Pero también contaba al mismo tiempo con amigos decididos en la corte de Francia, siendo el más importante de ellos el duque de Orleáns, hermano del rey. Desde que fué á Aviñón formando parte de la «embajada de los tres duques», se mostraba muy devoto de Benedicto, y continuó siendo su más firme sostenedor hasta el momento en que lo asesinaron.
En medio de estas peleas sordas, que ya duraban cuatro años, ó sea desde su elevación al Pontificado--entonces las negociaciones marchaban con mucha lentitud--, tuvo Luna unas semanas de alegría y confianza, y el pueblo de Aviñón gozó de un espectáculo ostentoso, como en los mejores tiempos de Clemente VI.
Don Martín, rey de Sicilia, acababa de heredar la corona de Aragón, y mientras su flota descansaba en Marsella, hizo un viaje á la ciudad papal, llevando como séquito todos los guerreros de sus galeras y los señores de su corte. Otra vez desfilaron por las calles de Aviñón huestes cubiertas de hierro sobre caballos acorazados como hipogrifos. El vecindario admiró á Benedicto como un pariente de monarca tan poderoso, viendo en su ejército un sostén de la autoridad papal.
--Este don Martín, llamado «el Humano» por sus gustos y costumbres--continuó Borja--, es una de las figuras más originales de aquella época. Sus pueblos le apodaban «el Capellán» á causa de su afición á las letras divinas y de su gusto por las ceremonias religiosas. Yo he visto el palacio que se hizo construir dentro del monasterio de Poblet, en Cataluña, para vivir en la amable sociedad de frailes doctos durante sus temporadas de descanso. Le gustaba cantar ante el facistol. Carlomagno hacía lo mismo, y entre los emperadores de Bizancio hubo algunos que se levantaban antes del alba, temblando de frío, para actuar como chantres en la capilla de su palacio. En aquellos tiempos no había ópera, y los grandes señores amantes de la música se refugiaban en el canto litúrgico, hablando de dicho arte con monjes y canónigos.
No obstante ser don Martín extremadamente gordo, á causa de sus costumbres sedentarias y su afición á la buena mesa, ofreció majestuoso aspecto al hacer su entrada sobre un corcel de guerra. El Papa le dió la Rosa de Oro, y siguiendo las tradiciones de la ciudad, la paseó á caballo por las calles entre aclamaciones de la muchedumbre. Transcurridas unas semanas, se fué á su tierra para ceñirse la corona aragonesa, y otra vez reaparecieron inquietudes é imposiciones, después de tan brillante visita.
Benedicto XIII hizo frente á las amenazas veladas y las órdenes algo despectivas que le dirigían desde París para que fuese el primero en renunciar.
--¡Antes la muerte!--contestaba el aragonés.
La asamblea del clero reunida en París decidió sustraerse á la obediencia de Benedicto XIII, y el 1 de Septiembre de 1398 un comisario real y un pregonero avanzaron por el puente de San Benezet, viniendo del territorio francés, ó sea de Villeneuve, para detenerse junto á la capilla del citado santo, que aún existe en uno de los arcos intactos. Allí era el límite de la ciudad aviñonesa, y el pregonero gritó la ordenanza de sustracción con la cara vuelta hacia el palacio de los Papas, para notificar á Benedicto XIII que Francia le abandonaba.
Al darle sus familiares tal noticia, la acogió con serena firmeza.
--San Pedro--dijo--nunca tuvo en su patrimonio á Francia, y esto no le impidió ser el más grande de los Papas.
Sus enemigos de París contaban con una defección, que iba á dejarle casi solo. El Sacro Colegio aviñonés se componía de diez y siete cardenales franceses, cuatro españoles y uno italiano. Los diez y siete pasaron el Ródano al día siguiente, abandonando al Papa, y fueron á instalarse en Villeneuve, llevándose hasta la bula que servía á los secretarios de Benedicto para sellar los documentos pontificios.
Tampoco esto amedrentó á Luna. «Resistiré hasta la muerte», siguió diciendo. Y su confesor y consejero, el Maestro Vicente Ferrer, predicador de genial elocuencia, muy amado por el pueblo aviñonés, pronunció un sermón en idéntico sentido.
--Guardad vuestros baluartes--decía el Papa á los vecinos de Aviñón--, que yo respondo de lo demás.
Pocos días después, uno de los caudillos inquietos y aventureros que tanto abundaban en aquella época, llamado Maingre, ó por otro nombre Boucicaut, pariente del famoso mariscal del mismo apellido, invadió al frente de sus bandas el territorio del Papa.
No osaba el rey de Francia atacar con sus tropas francamente á Benedicto temiendo indisponerse con los monarcas de Castilla, Aragón y Navarra. Éstos podían indignarse al ver á un compatriota suyo perseguido. Mas por mediación de los cardenales franceses en rebeldía, se valió de Maingre, caudillo ansioso de botín y nuevas tierras.
Era «Rector» ó jefe militar del Estado papal el abad de Issoire, hombre de iglesia que antes lo había sido de armas. Al frente de un pequeño destacamento de jinetes recorría los alrededores de Aviñón, cuando tropezó con las fuerzas invasoras de Boucicaut. Mataron éstas al abad de una lanzada, apresaron á los hombres de su escolta, y después de tal choque empezó la guerra.
Una gran parte del vecindario aviñonés, influenciada por los cardenales, empezó á conspirar contra el Papa. Su defección imposibilitó la resistencia en todo el recinto amurallado de la ciudad. Los defensores de la torre que cerraba el puente de San Benezet tuvieron que retirarse después de varias semanas de continuos asaltos, volando antes dicha fortaleza. A sus espaldas, los aviñoneses enemigos del Papa habían entregado á los sitiadores una parte de las murallas.
Boucicaut entró en la ciudad, titulándose desde entonces «capitán de Aviñón». No le quedaba á Luna otro refugio que su palacio, y en él se encerró con los cinco cardenales que le seguían fieles: uno italiano y cuatro españoles.
--Un nuevo instrumento de guerra acababa de aparecer: la bombarda, ó sea la primera pieza de artillería. Europa la conoció por mediación de España, lo mismo que el papel, sin el cual la imprenta habría resultado un descubrimiento insignificante. La pólvora y el papel, inventos chinos, los conocieron los árabes en el siglo IX, cuando derrotaron en Samarcanda á un gran ejército del emperador de la China que pretendía desalojarlos de su conquista, haciéndole gran número de prisioneros. Los árabes de España establecieron las primeras fábricas de papel en Europa y emplearon el cañón en los asedios de las ciudades uno ó dos siglos antes de que se les ocurriera á los cristianos, jinetes vestidos de hierro, adoptar dicha arma. Un plazo casi igual transcurrió entre la aparición de la bombarda y el uso de las armas de fuego portátiles. En los siglos XIV y XV sólo se empleaba el cañón, pesado y de manejo difícil, en los sitios de las fortalezas, mientras los hombres conocían únicamente como arma portátil de tiro la ballesta y el arco... Fué aquí donde hizo una de sus primeras apariciones el cañón, para combatir al tenaz don Pedro de Luna.
Se detuvieron en una meseta del jardín, viendo á sus pies la catedral y el palacio. Borja señaló los diversos edificios que circundaban la plaza. También describió la torre de la catedral tal como era en aquellos tiempos, sin la imagen dorada que ahora le servía de remate, con almenas y defensas salientes. Todas las iglesias de construcción sólida acababan en aquel siglo por convertirse en fortalezas.
Sobre las alturas circundantes se situaban los enemigos del Papa, creyendo apoderarse de él con un sitio de breves días. La ciudad entera se mostraba ahora contra Benedicto. Aún le quedaban muchos partidarios; pero éstos, intimidados, permanecían en silencio. Las tropas de Boucicaut gritaban en las calles que el rey de Francia había depuesto al español por «hereje», y además le llamaban «patarin», que era el apodo de los antiguos albigenses. Todos pretendían ridiculizar el ilustre apellido del Papa llamándole «Pedro de la Luna y del Sol».
Los aviñoneses enemigos del Pontífice convencían á sus compatriotas tibios ó neutrales, afirmando que el rey de Francia iba á cerrar el puente, sitiando por hambre á Aviñón si no tomaban todos partido contra el español.
Gritaba el populacho: «¡Mueran los catalanes!», por creer de Cataluña á todos los servidores, soldados y amigos del Pontífice. Algunos de los cardenales rebeldes, dando al olvido juramentos y beneficios, corrían las calles de Aviñón á caballo y con espada al cinto, seguidos de hombres de armas que vociferaban: «¡Viva el Sacro Colegio!»
--Y Pedro de Luna--continuó Borja--empezó una resistencia que iba á durar cuatro años y medio. Había previsto la posibilidad de tener que defenderse en su palacio, reuniendo discretamente todo lo necesario para dicha resistencia, víveres, máquinas de guerra, municiones, artilleros, y sobre todo hábiles ballesteros que pidió en pequeños grupos á los diversos colectores de rentas eclesiásticas en Cataluña y Aragón. Eran unos trescientos hombres los que se encerraron en este palacio dispuestos á morir. He leído una lista de ellos, escrita por un contemporáneo, en la que se mencionan sus calidades de prelados, clérigos ó simples combatientes. La mayoría fueron aragoneses, catalanes, valencianos, castellanos y navarros. Figuran también en la lista siete franceses, seis ingleses y cinco alemanes. Un catalán, Arnaldo Vich, aparece mencionado con este título: «Presbítero bombardero».
Las ventanas quedaron cegadas con muros, abriendo en ellos angostas aspilleras, que vomitaban proyectiles sobre los sitiadores. Los cinco cardenales, con los abades y obispos encerrados en el palacio, vigilaban á la guarnición, arengándola. El mismo Pontífice, que al empezar el sitio tenía setenta años, acordándose sin duda de las guerras de su juventud, se presentaba en los lugares de mayor peligro, animando á sus defensores con promesas de indulgencias y otros premios más terrenales.
Respondían los soldados del palacio con bombardas, ballestas y hondas al ataque de los sitiadores. Éstos habían ocupado los edificios inmediatos, muchos de ellos viviendas cardenalicias con altas torres, desde las cuales podían hacer un fuego nutrido de cañón. Había guardado el Papa enorme cantidad de leña en su palacio; mas los sitiadores, valiéndose del llamado «fuego griego», incendiaron tal depósito, dejando á la guarnición en la imposibilidad de cocer sus alimentos.
Hubo que derribar pisos para aprovechar sus vigas como leña. Además, los víveres escaseaban; los sitiados sólo tenían trigo en abundancia; faltaban el vino y las medicinas. La única bebida era agua de las cisternas mezclada con vinagre. Empezaron las enfermedades á diezmar la guarnición; pero el alma heroica del viejo irreductible animaba su resistencia.
Parecía no dormir nunca. Durante la noche, los mercenarios soeces de Boucicaut, como permanecían á corta distancia del palacio, gritaban entre blasfemias: «Llevaremos á vuestro Pedro de la Luna preso á París, con una cadena en el pescuezo.» El enérgico aragonés, sin temor á los flechazos, se asomaba entre dos almenas, llevando en una mano un cirio encendido, en la otra una campanilla de plata, y solemnemente maldecía á Boucicaut y sus mercenarios, lanzando sobre todos ellos la excomunión.
Este desprecio á la muerte casi le fué fatal. Estando junto á una ventana examinando los trabajos del enemigo, una bala de piedra de las que arrojaban las bombardas vino á chocar en el quicio, y sus cascos hirieron al Papa en un hombro. Era la fiesta de San Miguel, y por respeto al arcángel, Benedicto prohibió á su artillería que contestase.
Dos meses duró esta primera parte del sitio, y durante ellos no cesaron los ataques. Los tiros más peligrosos venían de las techumbres y el campanario de la inmediata catedral de Nuestra Señora de Doms. Los ballesteros enemigos dominaban á corta distancia una parte de los tejados y patios del palacio, hiriendo á los de la guarnición que se mostraban en dichos lugares. No obstante tales ventajas, convencidos los sitiadores de que nunca podrían tomar á viva fuerza este edificio, apelaron á trabajos de zapa.
Excavaron minas á partir de las iglesias y palacios próximos, y los sitiados fueron á su encuentro valiéndose de contraminas, para continuar los combates subterráneamente. Luego intentaron sorprender la fortaleza entrando por sus albañales. Un pariente de Boucicaut, con más de setenta hombres de armas, guiado por un burgués de Aviñón, se introdujo en la alcantarilla que iba de las cocinas del palacio á los fosos de la ciudad. Llevaban hachas, tenazas, martillos para romper los obstáculos, cuerdas para atar á los vencidos, sacos para el dinero y las joyas pontificias, así como pendones con la flor de lis, que esperaban clavar en las almenas, avisando de tal modo á los sitiadores que el castillo era ya del rey de Francia.
Surgieron los asaltantes del subterráneo, esparciéndose por las cocinas. La expedición empezaba con éxito; pero un criado los descubrió, dando el grito de alarma, é inmediatamente empezaron á sonar trompetas, corriendo de todas partes los defensores, dormidos hasta poco antes, por haber pasado la noche en vela. Benedicto XIII no perdió su serenidad.
--Combatid con valor--dijo al que le traía la noticia--. Los tenéis en vuestro poder y no se escaparán.
La lucha fué breve. Sólo contados asaltantes consiguieron huir por la alcantarilla, y el resto, unos cincuenta y seis, quedaron prisioneros en las torres del palacio.
Se cansaron los vecinos de Aviñón de las brutalidades y las jactancias sin resultado de Boucicaut. Había prometido á las damas de la ciudad hacerlas bailar antes de una semana en los salones del Papa, é iban ya transcurridos varios meses sin conseguir ventaja alguna. Al fin prescindieron de él, retirándole su título de «capitán de Aviñón», y continuaron bajo el mando de los cardenales más enemigos del Pontífice el asedio de la fortaleza, pero convencidos ahora de que el llamado «Papa de la Luna» disponía de una fuerza moral y unos recursos materiales muy superiores á los que ellos habían imaginado.
En todos los países de la obediencia de Benedicto XIII se produjo un movimiento de reprobación al ver al Papa agredido en su propia casa. En el mismo condado Venaissino empezaron á sublevarse á favor de su libertad. El señor de Sault, al frente de quinientos jinetes, corría el país, llegando hasta las cercanías de las puertas de Aviñón para gritar: «¡Viva el papa Benedicto!» Dentro de la ciudad se realizaba un cambio de opiniones, siendo cada vez más numerosos los vecinos partidarios de Luna.
Un abogado llamado Cario preparó un movimiento popular á favor del Papa sitiado. Su conspiración fué descubierta, y los cardenales franceses lo condenaron á ser decapitado y descuartizado, colocando sus brazos y sus piernas en distintas puertas de Aviñón y en una de las plazas su cabeza y sus entrañas metidas en un cesto, para intimidar con la vista de tan horribles despojos á los parciales de Benedicto.
Aunque los ataques contra el palacio habían cesado, continuaba su estrecho bloqueo. Los defensores sólo comían pan, y el vino era reemplazado por vinagre con agua. Cuando los ballesteros podían matar en las techumbres algunos pajarillos, dicha caza representaba un gran regalo para la mesa del Pontífice.
Había producido en España gran indignación este ataque. El rey don Martín protestó con tono amenazador, pero nadie quiso aceptar la responsabilidad del atentado. El rey de Francia afirmaba que todo era obra del revoltoso Boucicaut y de los cardenales, sin intervención alguna de la corte de París.
Los cabildos de Valencia y Barcelona se agitaron belicosamente para auxiliar á un Papa que años antes había ejercido cargos en sus catedrales. Don Martín juzgó preferible dejar á la iniciativa eclesiástica la expedición naval para socorrer á Luna.
--En aquellos tiempos--continuó Borja--el poder de los reyes era muy lento y tenía que luchar con numerosas dificultades suscitadas por los fueros ó el régimen feudal. Por primera vez en la Historia se vió una flota de guerra de carácter eclesiástico y organizada popularmente. Las iglesias de Valencia y Cataluña contribuyeron con importantes cantidades á los gastos de la expedición. Muchos sacerdotes que no podían dar nada se ofrecieron á ir en ella como soldados. El jefe de la flota fué un canónigo pavorde de la catedral de Valencia, llamado Pedro de Luna, como el Papa.
Se reunieron en Barcelona todos los buques de esta marina pontificia. Eran veintiséis, entre galeras, galeotas y fustas, y después de navegar por el Mediterráneo, remontaron el Ródano á fuerza de remo hasta el puerto de Arlés. Los cardenales, alarmados, hicieron fortificar el puente de Aviñón, interceptando el Ródano con una cadena de hierro. Pero el río tenía las aguas tan bajas, que la flota, por ser de buques de mar, no pudo ir más allá de Lansac, en las inmediaciones de Tarascón. Allí permaneció anclada, mucho tiempo, enviando mensajeros secretos al sitiado palacio y esperando en vano una subida de las aguas que la permitiese seguir adelante. Expiró el plazo por el que habían sido fletados los buques, y éstos fueron regresando, uno tras otro, á Barcelona, sin poder hacer más. De todos modos, dicho auxilio sirvió para alentar á los defensores del Pontífice, disminuyendo el número de sus enemigos.
Continuó sin embargo el asedio meses y meses. La guarnición del castillo papal sólo tenía ahora que combatir con el hambre, dedicándose á la caza de gatos y ratas para hacer más variada su alimentación, puramente de pan. Los gorriones eran destinados á la mesa de Benedicto, el cual «gustaba más de este bocado que si fuese caza mayor».
Cuatro años y medio duró el bloqueo. La tenacidad de Luna acababa por fatigar y desconcertar á sus enemigos. Los más rebeldes de sus cardenales habían muerto durante el asedio, mientras sus partidarios aumentaban en la ciudad y en todo el condado Venaissino. La corte francesa parecía avergonzada de haber preparado ó tolerado este ataque sin éxito. En las siete naciones que vivían bajo la obediencia del Papa de Aviñón era grande el escándalo.
Don Pedro creyó llegado el momento de abandonar su encierro, burlando el cerco de sus enemigos. En el claustro de la catedral de Nuestra Señora de Doms existía una antigua puerta del palacio, murada desde muchos años antes. Como esta parte del edificio no la vigilaban los sitiadores, fué fácil arrancar de dicha puerta unos cuantos sillares en la noche del 11 de Marzo de 1403.
Cuatro hombres salieron por dicha abertura. Uno de ellos, el más pequeño de cuerpo, iba vestido de fraile cartujo, y llevaba una barba casi de dos palmos, completamente blanca. Era Benedicto XIII. Había colocado sobre su pecho una hostia consagrada y en una de las mangas del hábito traía oculta una carta autógrafa del rey de Francia reprobando la conducta de sus enemigos. Los tres acompañantes eran: su médico el mallorquín Francisco Ribalta, su camarero valenciano Juan Romaní, y Francisco de Aranda, donado de la cartuja de Porta-Cœli, en Valencia, su confidente y su fiel compañero durante la vida errante y abundantísima en cambios de fortuna que el Pontífice iba á emprender.
El último Papa de Aviñón abandonó para siempre el palacio construído por sus antecesores. Nunca volvería á pisar esta ciudad durante los veinticuatro años que aún le quedaban de vida.
En el mesón de San Antonio, cerca de una de las puertas, esperaba al Pontífice el condestable Jaime de Prades, gran señor aragonés, que con pretexto de una embajada del rey don Martín había venido á Aviñón para preparar esta fuga, y con él otros señores aragoneses y franceses sostenedores de Benedicto.
Cuando al rayar el alba se abrieron las puertas de la ciudad, el Papa y sus acompañantes salieron de ella por un portal inmediato al río. En su orilla les esperaba una barca de catorce remeros, patroneada por un monje de Montmajor, experto en la navegación del Ródano.
Fué tal el gozo de uno de los soldados que acompañaron al Papa hasta la ribera, que al alejarse la embarcación, sin esperar á que ésta se perdiese de vista, dijo á varios pescadores que habían presenciado el embarque:
--Id á avisarles á los cardenales que el Gran Capellán se ha ido, para que se les indigeste el almuerzo.
Inmediatamente se difundió por toda la ciudad la noticia de la evasión. La barca papal remontó el río Durance, atracando en su margen derecha, frente á Castelrenard, que era tierra provenzal, gobernada por Luis de Anjou, fiel amigo de Benedicto.
Al instalarse en la fortaleza de Castelrenard, los íntimos del Papa le aconsejaron que no demorase más tiempo cierto arreglo de su persona. Durante el cautiverio había dejado crecer su barba, muy luenga y blanquísima, lo que parecía aumentar la natural majestad de su persona. Mas para los enemigos y aun para muchos amigos, era esto una grave derogación de las costumbres de la Iglesia latina, pues le daba cierto aspecto de patriarca griego.
Benedicto, irónico á sus horas y de buenísimo humor por el éxito de su evasión, se entregó al barbero del monarca provenzal para que le afeitase el rostro y le cortase los cabellos, diciéndole:
--Mis enemigos habían jurado «hacerme la barba», y eres tú, amigo mío, quien va á conseguirlo.
El rey Luis pidió como regalo estos cabellos blancos, recuerdo del largo aislamiento del Pontífice y de su defensa tenaz.
Todo cambió en el curso de pocas horas. Los vecinos de Aviñón se echaron á la calle dando vivas al papa Benedicto. El pueblo nombró diputados para que fuesen á Castelrenard y le entregasen las llaves de su ciudad. La bandera del Papa quedó izada en torres y palacios. Una procesión interminable recorrió las calles, marchando al frente doscientos niños que llevaban en alto las armas de Benedicto XIII, una media luna blanca con las puntas hacia abajo sobre fondo rojo.
Don Pedro no quiso volver nunca á la ciudad ingrata. Al visitar las otras poblaciones del condado salieron á recibirle procesiones de doncellas y niños, mientras los hombres le servían de escolta triunfal.
El arrepentimiento de los cardenales fué tan humilde que debió inspirar repugnancia al tenaz aragonés. A las pocas horas de su fuga imploraron la intercesión de Luis de Anjou para que los reconciliase con su Pontífice. Éste se vengó de todos sus enemigos perdonándolos magnánimamente. Sólo impuso á los aviñoneses la obligación de reparar las brechas abiertas en su palacio por la artillería, y les hizo sufrir la vergüenza de pasar triunfante en sus viajes por los alrededores de la ciudad sin concederles el honor de entrar en ella.
Uno de los príncipes eclesiásticos, el cardenal de Dijón, al presentarse ante Benedicto, se prosternó en medio de una calle de Castelrenard, hincando sus rodillas en el fango, y empezó á acusarse á gritos de haber pecado gravemente, proclamando la falsedad de todas sus acusaciones contra el Pontífice, escritas en momentos de ofuscación.
--Nuestro Papa--siguió diciendo Borja--triunfó sobre todos sus enemigos. Su fuga del palacio había bastado para este cambio prodigioso.