El papa del mar

Part 8

Chapter 83,907 wordsPublic domain

--Su hija vivía en Florencia y le llamaba. Su hijo Juan le había dado muchos disgustos con los escándalos de su juventud licenciosa, acabando por morir prematuramente. Además, los Papas de Aviñón se decidían á trasladarse á Roma, realizando al fin el ideal patriótico al que había dedicado Petrarca la mayor parte de su existencia... Y abandonó Vaucluse para siempre, instalándose en la italiana Arqua porque tenía cierta semejanza con este lugar á causa de sus aguas y sus arboledas. Había dejado aquí su amor, su juventud, la mejor parte de su vida: aquí había escrito sus obras más famosas.

Para olvidar su vejez, se dedicaba ardientemente al trabajo, llegando á emplear hasta cinco secretarios á un mismo tiempo en su retiro de Arqua. Y una tarde, como el soldado que muere de pie apoyado en su lanza, lo encontraron inánime en su biblioteca, caído sobre un libro. Tal vez, en esta agonía rápida y solitaria, su último pensamiento fué para Vaucluse.

Rosaura le hizo callar con exagerada indignación.

--Borja, ¡por Dios! no hable de la muerte. Deje vivo á Petrarca. Los poetas no deben morir. Y vivamos nosotros también, gozando la hermosura de la hora presente, en absoluto olvido de lo que puede venir luego.

Comieron con una alegría de vagabundos que encuentran buena posada en su camino. El propietario del «Jardín de Petrarca» saludó confuso al oir los elogios que una señora tan elegante dedicaba á su pobre cocina. Borja miró con asombro la botella de «Châteauneuf». Ya estaba vacía y aún no les habían servido el pollo asado. Pidió otra, á pesar de la risueña protesta de su acompañante.

--No, Claudio, sea usted prudente. Este vino es muy fuerte y nos va á embriagar.

El dueño del restorán, confiando el servicio á dos muchachas, empezó á conversar con el chófer, que comía en una mesa lejana, oculta por unos árboles.

--Es una gran señora--le dijo el español--, ¡y tan generosa, tan sencilla con los de su casa!...

Dulcemente turbados por el ambiente y el vino de los Pontífices, miraban Rosaura y Claudio alrededor de ellos, cual si quisieran fijar para siempre en su memoria las bellezas del rumoroso paisaje. Más allá del rectángulo de sombra proyectado por un toldo á rayas, trazaban los árboles sobre el asfalto del suelo manchas inquietas de oro luminoso. Todos ellos habían sido invadidos por las plantas trepadoras, manteniendo sus troncos ocultos bajo un forro vegetal. Se inclinaban sobre el río, que era azul en su parte media y verde en las orillas, por el reflejo de los apretados matorrales.

Un peñasco en mitad de la corriente cortaba su alborotado curso, haciéndola derrumbarse en caídas espumosas por ambos lados de su negra masa. Estos raudales entonaban una melopea interminable, que servía de fondo armonioso á las otras voces de la Naturaleza. Al recobrar más abajo su transparencia, se formaban en el agua nítida pequeños remolinos semejantes á flores de cristal. También surgían de su fondo enjambres de burbujas blancas volando cual si fuesen mariposas del río. En los remansos desaparecía el lecho bajo masas de plantas acuáticas con hojas verdes y prolongadas, iguales á las del laurel.

Borja se creyó galvanizado por una energía extraordinaria, sintiendo al mismo tiempo la comezón de la inquietud. Estaban solos. Su compañera parecía otra mujer, con los ojos muy brillantes, la risa de tono varonil, y una confianza descuidada en sus palabras, cual si los dos perteneciesen al mismo sexo. Cierta dualidad interior, surgida siempre en los momentos críticos de su existencia, le hacía dudar. Una voz que él solo podía oir le daba consejos. «Vas á hacer una tontería. Vas á perder una amistad agradable... Te avergonzarás al darte cuenta de tu acción ridícula.»

De pronto se vió cogiendo por encima de la mesa una mano de Rosaura é intentando besarla.

--¡No, Borja!--protestó ella, súbitamente grave--. No sea niño. Va usted á hablarme de amor, de la felicidad de vivir aquí juntos... ¡música conocidísima! lo que podría decirme el último necio del mundo en que vivo... ¡Y usted se cree un hombre de talento!... Suelte mi mano. Un beso en la mano no significa nada; me los dan á cientos como saludo, lo mismo que á las otras mujeres. Pero aquí no lo tolero. Aquí significa otra cosa.

Y sacó su mano con rudo tirón de entre las dos que la acariciaban.

--Usted no me creerá--contestó él humildemente--, y sin embargo todo lo que le diga ahora no puede ser más cierto. ¿Se imagina que sólo nos conocemos desde que la vi en Madrid?... Error; yo la conozco desde que empecé á pensar. La he visto siempre, la he estado esperando toda mi vida, y ahora que al fin cruza usted mi camino se burla de mi admiración, me cree uno de tantos que la habrán buscado únicamente por el deslumbramiento de su belleza.

Ella rió de la seriedad con que el joven profería tales palabras.

--Tome su café, Claudio--dijo maternalmente--. Pasemos tranquilos este día tan hermoso. No crea que me ofenderé si deja de hacerme la corte. Al contrario, deseo que hablemos como dos amigos. Tráteme lo mismo que si fuese un camarada.

Pero Borja, enardecido por sus propias palabras, no pudo tranquilizarse.

--¡Cuánto ha tardado usted en llegar!--prosiguió--. La conozco mejor que usted misma. Eternamente será joven, y sin embargo tiene miles y miles de años. Es tan antigua como el mundo, tan remota como la vida.

Aquí Rosaura empezó á reir y le hizo un saludo irónico:

--¡Qué galanterías tan nuevas! Vieja... antigua... miles de años... Muchas gracias; es usted muy amable.

El joven continuó, como si hablase para sí mismo:

--La he visto en los libros, en los cuadros, en todo lo que soñaron los hombres para concretar la suprema hermosura. Usted es Venus, es Helena, es la gracia y la tentación que embellecen la vida. Usted no envejecerá nunca; tiene la inmortalidad de los dioses.

Ella agitó su cabeza con graciosos movimientos de aprobación.

--Eso está mejor. Se ha enmendado usted y dice cosas más agradables. Puede seguir...

Una música vulgar, alegre, de ritmo frívolo, rasgó de pronto el rumoroso coro de las aguas y las hojas. «El Jardín de Petrarca» poseía un piano eléctrico, como todos los merenderos establecidos en las inmediaciones de las ciudades, y su dueño creyó llegado el momento de hacerlo funcionar al ver que sus dos únicos clientes habían terminado el almuerzo.

Los pies de Rosaura empezaron á moverse al compás de esta música regocijada y mediocre, golpeando el suelo con sus altos tacones.

--Vamos á bailar--dijo.

Y Borja se vió danzando en el espacio asfaltado, junto á una orilla del río de Petrarca. En su brazo derecho se apoyaba con abandono voluptuoso el talle de la criolla. Ésta había echado su busto atrás, como si temiese algún atrevimiento de su danzarín. Al mismo tiempo le complacía la posibilidad del peligro, por el gusto de rechazarlo.

Era ella la que dirigía los movimientos de su compañero. Amaba el baile. En París frecuentaba los tés donde se danza, y Claudio se había mantenido casi siempre en tales fiestas como un lejano y tranquilo curioso.

Se dejó conducir por esta mujer que le parecía de esencia superior. Así debieron guiar las antiguas diosas á los pobres mortales cuando se dignaban descender hasta sus brazos.

Otra vez resurgió en él aquella audacia que era motivo de remordimiento y vergüenza para una segunda mitad de su vida interior. Como si experimentase un desvanecimiento, bajó la cabeza, besando tímidamente la blanca carne del cuello femenino que dejaba visible el escote.

--¡No, eso no!--dijo Rosaura, librando su cintura del brazo varonil--. Se acabó el baile. Es usted un niño incorregible, con el que no se puede vivir tranquila.

Luego, como si se arrepintiese de la voz irritada con que había dicho tales palabras, añadió sonriendo:

--Tendré que escribirle á la hija del señor Bustamante, para que sepa cómo es en realidad su futuro esposo.

Este recuerdo hizo más daño á Claudio que todas las protestas de la dama. Perdió en un momento la dulce turbación de su embriaguez; lo vió todo de un color lívido. El paisaje quedó velado por densa bruma.

Ella acabó por sentir lástima ante su desaliento.

--No sea inocente. Reconocerá usted que una mujer como yo, completamente libre y que lleva una existencia algo... movida, no va á estar esperando á que usted llegue, como dice usted que me ha estado esperando á mí. Créame: nadie espera á nadie; es el azar el que lo arregla todo. Para que me deje en paz y continuemos siendo amigos, le diré que en mi vida de viuda existe un hombre... un hombre que muchos conocen. Tal vez usted lo conoce también, y el deseo de sustituirle es lo que le impulsa á tales audacias, que ofenderían á otras mujeres menos conocedoras de la vida que yo.

La última suposición de Rosaura ofendió á Borja, al mismo tiempo que le sorprendía dolorosamente. Él ignoraba la existencia de tal hombre; él no quería sustituir á nadie; él la amaba, sin preocuparse de su historia.

--Está bien; no vuelva á hablarme de su amor... Me extraña que no conozca ese episodio de mi existencia cuando tanto se han preocupado de él, sin necesidad, mis amistades de París y de otras partes... Seamos como esos camaradas que se estiman mucho, viven lo mismo que hermanos y respetan mutuamente sus secretos.

A partir de este momento, la conversación entre los dos fué triste y lenta. En vano ella pretendió alegrar á Borja con sus risas y sus correteos. Quiso embarcarse en una lancha automóvil llamada _La Bella Laura_, que hacía pequeñas excursiones por el Sorges. El dueño del restorán explicó que su motor lo estaba reparando un mecánico de Aviñón.

--Entonces vámonos--dijo, haciendo señas á su chófer, sentado ya en el pescante del automóvil, frente á la portada del restorán--. Usted, Petrarca mío, está de mal humor, y conviene que pierda de vista un paisaje hermoso que ahora parece detestar. En Aviñón será usted otro. Me contará cosas interesantes de su compatriota Luna y de la pelea entre los Papas, con otras historias completamente nuevas para mí.

Volvieron á la ciudad por el mismo camino. Borja permaneció silencioso al principio ó contestó con breves palabras á las preguntas de su compañera. Luego, como si la proximidad del cuerpo adorable sentado junto á él, con el que le ponían en íntimo contacto los vaivenes del vehículo, resucitase las vehemencias de su deseo, volvió á hablar de aquel amor que él consideraba sobrehumano, revistiéndolo de fantasías históricas y literarias.

Venus Lilit le contestó gravemente, mostrando en su tono algo agresivo un propósito de terminar para siempre con tales peticiones.

--¡Ah, español! ¿Es que una mujer no puede ir á ninguna parte con un hombre, sin que éste le hable de amor, exigiendo ser correspondido, lo mismo que un sultán que ha puesto sus ojos en una odalisca?... ¿Es imposible que vivan en plácida tranquilidad, como dos amigos?... Le hablo muy seriamente, Claudio. Ha sido para mí una suerte encontrarlo en Aviñón. Me cuenta usted cosas muy interesantes; su conversación me hace olvidar otras preocupaciones; pero si continúa molestándome con esas tonterías de niño caprichoso, mañana á primera hora me marcho á la Costa Azul... y no me verá más.

VI

El nacimiento del cisma

Rosaura siguió con sus ojos á un grupo de viajeros que, atravesando la plaza del Palacio, subía por la escalinata de éste. Eran las diez de la mañana.

--Gente para nuestro amigo el felibre--dijo sonriendo--. El «idealista» va á empezar sus discursos ante los ventanales y entonará su canción á Magalí en la Gran Capilla.

Borja acogió con un gesto de indiferencia el recuerdo del guía verboso. Estaba ocupado en explicar á su compañera cómo el sexto y el séptimo Papa se alejaron de Aviñón, dando origen sin quererlo, el último de los dos, á la larga pelea eclesiástica llamada el Gran Cisma de Occidente.

Habían salido del hotel, por creer más oportuno el joven hablar de todo esto frente al palacio ó paseando por los jardines que embellecen ahora el peñasco de Doms, árido y feo en otros siglos, situado entre la vivienda de los Pontífices y el Ródano.

Las Grandes Compañías, tropas de mercenarios licenciados, representaban un peligro para los Pontífices. Saqueaban abadías y pueblos, y la ciudad del Ródano, famosa por sus riquezas, era el principal objeto de sus asechanzas. Para defenderla se veían obligados los Papas á mantener un ejército extraordinario, gastando además gran parte de sus rentas en construir fortalezas. Así habían surgido del suelo los hermosos baluartes de Aviñón.

--El famoso Duguesclín--continuó--, héroe de la historia francesa, que fué algo bandido, como todos los hombres de armas de entonces, venía con sus tropas á situarse en las inmediaciones de esta ciudad. El pretexto era solicitar para él y sus soldados la bendición del Papa, pero exigiendo encima un tributo enorme, una especie de rescate, merced al cual se comprometía á seguir adelante sin daño para el Pontífice, y éste tuvo que aceptar tan costosa humillación.

Por culpa de las Grandes Compañías se sentían los Papas tan inseguros junto al Ródano como en Italia. Del otro lado de los Alpes seguían llegando reclamaciones y consejos de los que deseaban la traslación de la Santa Sede á Roma. Petrarca, ya anciano, repetía desde su retiro de Arqua las mismas imprecaciones de su juventud. Los escritores italianos le hacían coro, calumniando las costumbres de la corte de Aviñón y la conducta de los Papas. Al fallecer Clemente VI, el más famoso de ellos, á causa de una dolencia corriente, todos en Italia propalaban que su muerte era debida á una enfermedad vergonzosa.

Las campañas del cardenal Albornoz habían pacificado los Estados de la Iglesia. El Papa podía vivir en Roma con tranquilidad, según afirmaban los romanos. La futura Santa Brígida, una condesa sueca que hablaba siempre en nombre de Dios y había visitado el purgatorio y el infierno para describirlos en sus libros, se unía á este coro de protestas.

--Amaba á Italia como una turista de nuestro tiempo; vivía en Roma ó en Nápoles, lo que le hacía considerar la causa de los italianos como propia. Urbano V no pudo resistirse á esta continua sugestión venida del otro lado de los Alpes, y decidió transferir la Santa Sede á Roma. Quiso además aprovechar la circunstancia de que Duguesclín había pasado á España para hacer la guerra á don Pedro el Cruel y entronizar á su hermano bastardo don Enrique de Trastamara, lo que purgó el Mediodía de Francia de las famosas Compañías. Sin esto el viaje hubiera resultado peligroso. El séquito papal llevaba valiosos objetos del tesoro de los Pontífices y respetables cantidades de dinero. Los aventureros habrían solicitado otra vez la bendición del Papa, guardándolo preso para apoderarse de sus riquezas.

Al llegar Urbano V á Marsella, los más de sus cardenales se resistieron á seguirle hasta Roma; pero acabaron por obedecer cuando les anunció que elegiría á otros. El viaje lo hizo por mar sin grandes dificultades, viéndose recibido en la Ciudad Eterna con entusiasmo por unos y con hostilidad ó hipocresía por otros, según favorecía ó estorbaba el regreso del Pontífice sus ambiciones é intereses. Pronto se convenció de lo ilusorias que eran las seguridades ofrecidas por los italianos. Tuvo que levantar tropas para reprimir varias insurrecciones en las ciudades papales. Visconti y otros príncipes del Norte, que habían sido mantenidos á distancia por Albornoz, empezaron á invadir los Estados de la Iglesia.

Varios soberanos de la cristiandad visitaron á Urbano V en su residencia de Roma: la reina Juana; el emperador de los griegos Juan Paleólogo; Lusignan, rey de Chipre; el emperador de Alemania Carlos IV, que sirvió de diácono al antiguo Papa de Aviñón al decir éste su misa ante el altar de los Pontífices en San Pedro, tantos años olvidado. Dichas visitas y el entusiasmo de los romanos, ansiosos de ver llegar los tributos de la cristiandad, no impidieron que el Papa pensase con frecuencia en las desgracias de su país y en su segura y tranquila ciudad del Ródano. La llamada guerra de los Cien Años entre Francia é Inglaterra, que había quedado adormecida, iba á recomenzar de un modo fatal para los franceses, no cambiándose su curso hasta medio siglo después, con la intervención de Juana de Arco.

Decidió Urbano V volver á Aviñón, á pesar de las declamaciones de Petrarca, de los ruegos de los romanos y de las visiones de Santa Brígida, la cual le anunció su muerte inmediata si abandonaba á Italia.

--La segunda mitad del siglo XIV y la primera del XV--dijo Claudio--fué una época dirigida por visiones de mujeres que se consideraban inspiradas por Dios. La mayoría de los hombres se dejó guiar por los consejos y exhortaciones de estas videntes. Santa Brígida tuvo como imitadoras á la varonil Catalina, hija de un tintorero de Siena, y á su propia hija Catalina, que fué luego santificada, como su madre, con el nombre de Santa Catalina de Suecia. En la época del papa Luna, otra mujer, Santa Coleta, interviene en el cisma para defender la legitimidad de este Pontífice, y años después aparece la más extraordinaria de todas ellas, la célebre Juana de Arco.

Santa Brígida gozaba de gran popularidad en Italia. La «condesa sueca», como la llamaban los italianos, era rica, gastaba mucho en sus viajes, y á la gente del país le placían los santos con dinero. Parienta de la dinastía reinante en Suecia, la casaron en su juventud con otro gran señor del país, igualmente místico, lo que no les impidió tener nueve hijos. Al regreso de una peregrinación á Santiago de Compostela, los dos acordaron separarse para siempre. Él se hizo monje y ella continuó sus viajes de carácter religioso, seguida de toda su numerosa prole.

Vivió en Jerusalén y otras poblaciones de Oriente, mas sus lugares predilectos fueron Nápoles y Roma. Escribió libros relatando sus visiones. Estuvo en el infierno sin moverse de la tierra, gracias á una imaginación potente y desarreglada, en la que se nota la influencia del poema del Dante. Sus libros fueron considerados heréticos en el momento de su aparición, y únicamente años adelante, cuando la andariega condesa fué santificada por los Papas de Roma, se vieron limpios de tal pecado.

--Era una santa terrible, que parecía guardar la muerte en su bolsillo para distribuirla á su gusto. La reina Juana la recibió en su corte en atención á su linaje. Uno de los hijos de Brígida era un hermoso mancebo, tal vez blanco y rubio como casi todos los de su raza, y la caprichosa reina, ahita sin duda de napolitanos morenos, fijó sus ojos en el doncel escandinavo. La mística condesa adivinó inmediatamente los deseos de la reina: «Señor, antes de que mi hijo caiga en el pecado, llévatelo á una vida más santa.» Y su hijo murió á los pocos días. Los mismos buenos deseos le inspiraba Urbano V al abandonar la ciudad de Roma. Santa Brígida le anunció una pronta muerte si regresaba á Aviñón, y así fué. Es verdad que alguna vez había de morir, y su frágil salud, unida á lo penoso del viaje, no hacían aventurada la profecía.

Ochenta y seis días después de llegar á su antiguo palacio de Aviñón murió Urbano V, y su cadáver fué llevado al monasterio de San Víctor, en Marsella, del cual había sido abad. Un día bastó al cónclave para nombrar nuevo Papa, Gregorio XI. Sólo tenía treinta y nueve años, y su padre, un señor laico, pudo ver sucesivamente á su hermano y á su hijo Pontífices. Este hermano había sido el famoso Clemente VI.

Él mismo pudo ser Papa, de querer ingresar en la vida eclesiástica, pero se negó á ello y fué su hijo quien ascendió al trono pontificio. Como muchos de los príncipes de la Iglesia, no era más que cardenal diácono, y en los días siguientes á su elección lo ordenaron sacerdote, lo consagraron obispo y lo coronaron finalmente con el nombre de Gregorio XI. Siguiendo la costumbre de los Papas de Aviñón, recorrió las calles de la ciudad al frente de una gran cabalgata, llevando en su cabeza la famosa tiara de San Silvestre y montado en un corcel cuya brida sostenía el duque de Anjou, hermano del rey de Francia.

Inmediatamente empezaron á llegar embajadores italianos para pedirle que volviese á Roma, afirmando que la ciudad entraría en orden con sólo su presencia. La peste apareció por tercera vez en Aviñón, causando grandes estragos, y Gregorio XI tuvo que abandonar su palacio, instalándose en Villeneuve. Además, las Compañías saqueaban los pueblos inmediatos, robando á las multitudes devotas que venían en busca de la bendición papal, lo que obligó al Pontífice á repetir los anatemas de su antecesor contra dichas bandas de soldados ladrones.

Catalina, la hija del tintorero de Siena, se presentó en Aviñón, enviada por los florentinos para un asunto de su República. Las comadres de Siena no podían creer en su importancia. La habían visto de pequeña; era la Benincasa, la hija de Mona Lapa, la hermana de unos pobres tintoreros que habían hecho quiebra; pero más allá de su país, en Florencia, en Roma, era ya célebre por sus éxtasis proféticos. Mujer de gran voluntad y de un lenguaje rudo y atrevido, se decía enviada por Dios para realizar la gran empresa de su época, el retorno de la Santa Sede á Roma.

La corte aviñonesa la recibió hostilmente. Cardenales y altos funcionarios miraron con desprecio á esta plebeya andariega y verbosa. Las damas pertenecientes á la familia papal, las sobrinas de cardenales ó esposas é hijas de burgueses ricos de Aviñón, pasaron por la antecámara del Pontífice para ver de cerca, con irónica curiosidad, á esta mujer mal vestida y de ademanes varoniles, tan diferente á ellas, que arrastraban al andar sedas, brocados y armiños, dejando una estela de perfumes.

--Respondió la vidente á sus burlas con rudezas. Tenía algo de las cantineras heroicas que de pronto se ven entre las damas de una corte por haber ascendido sus maridos á generales. A ella lo que le interesaba era hablar á solas con el Papa, varón irresoluto, en el que hacían honda mella sus consejos, algo insultantes, de hembra enérgica enviada por Dios.

En 1376, Gregorio XI se decidía irrevocablemente á volver á Roma, y nadie pudo retardar dicho viaje. En vano su padre se tendió á través de la puerta de la cámara papal para impedir que partiese. El Pontífice, marchando como un hipnotizado, pasó sobre él. Al montar frente al palacio, su caballo se encabritó y no quiso avanzar, teniendo sus escuderos que buscarle otro. Las gentes de Aviñón decían á gritos que tal viaje era contra la voluntad de Dios. Fué inútil que el rey de Francia enviase á su hermano para retener al Papa. Éste se embarcó en Marsella, donde le aguardaban treinta y dos galeras y otros barcos auxiliares que los caballeros de San Juan de Jerusalén habían puesto á su disposición.

Resultó horrible la travesía, como si verdaderamente marchase la flota contra los elementos, sublevados por una voluntad extrahumana. Navegó siempre con tempestad, teniendo que hacer largas escalas en Villefranche, Génova, Liorna, Piombino y otros puertos de la costa italiana. Algunas de las naves naufragaron á la vista del Pontífice, ahogándose muchos personajes de su séquito.

Al fin, después de dos meses y medio de navegación, llegó el Papa á Ostia, remontó el Tíber con sus maltrechas galeras é hizo una entrada solemne en Roma. Pronto pudo convencerse de que esta pompa era ficticia y encubría igual inseguridad que el otro recibimiento hecho á su antecesor. Le habían engañado sobre la aparente sumisión de la aristocracia romana. Los _bannerets_, jefes feudales de los doce distritos de la ciudad, acostumbrados á mandar como señores absolutos en sus jurisdicciones, habían depositado á los pies del Papa sus banderas como signo de vasallaje, pero esto no era más que un simulacro. Siguieron gozando de su jurisdicción despótica y desobedeciendo al Papa siempre que les convino. Las poblaciones de los Estados pontificios se sublevaron igualmente bajo la influencia de sus pequeños tiranos.