Part 22
--Todo esto--dijo Claudio--, que visto desde nuestra época resulta algo pueril, sirvió como nueva arma á los perseguidores de la extraordinaria Juana, los cuales la acusaron, antes de quemarla en Rouen, de haberse mezclado en la vida interior de la Iglesia, dudando de la legitimidad de Martín V y prometiendo declarar en un plazo determinado quién era el verdadero Papa. Su cortesía, que la impulsó á contestar una carta, fué explotada como nuevo argumento para hacerla perecer en un brasero.
Rosaura y Claudio empezaron á pisar la arena de la playa. Junto á la puerta de piedra con el gran escudo de Felipe II esperaban los dos nuevos amigos de Borja. Habían hecho todo lo necesario para que pudiesen comer en el istmo. Un viejo marinero, experto en guisos de pescado, estaba trabajando para ellos dentro del parador.
En vano Rosaura insistió en invitarlos. Su timidez y su cortesía los impulsaban á alejarse. Eran las doce, y en sus casas les esperaban para comer. Volverían después; todo lo dejaban bien preparado. Y se alejaron en compañía del alcalde, que había hecho igualmente una corta aparición para convencerse de que nada faltaba á los forasteros.
Al quedar solos, juzgó Rosaura preferible comer en mitad de la lengua arenosa, lejos del lavadero, cuyas piedras olían á jabón fuerte, lejos también del parador con sus carros detenidos ante la puerta y su establo lleno de caballerías, que se azotaban incansablemente con la cola para espantar los insectos.
Avanzó el automóvil hasta la parte media del arenal, quedando junto á una fila de barcas negras de brea, con el mástil un poco inclinado hacia la proa. La silenciosa chiquillería de la población había desaparecido. Aquí se vieron rodeados por los hijos de los pescadores, grumetes de piel tan bronceada, que parecían salidos de una toldería indígena de América; «gatos de barca» con el pantalón á media pierna, camiseta rayada y una gorra vieja con visera, todos de ojos ardientes, voz ronca y la fuerte dentadura obscurecida por el tabaco.
Empezaron pidiendo cigarrillos á Borja. Era para ellos el mejor regalo que puede recibir un mortal. Luego Claudio cometió la imprudencia de arrojarles unas pesetas, y la playa silenciosa se estremeció con estruendos de pelea. Los pescadores y sus mujeres se habían retirado á sus casas para comer. Sólo quedaba en el arenal la chiquillería de la flota de Peñíscola, en plena libertad, y comenzaron á batirse entre ellos, disputándose á golpes la posesión de las monedas.
Se empujaban en su furia, cayendo arracimados sobre aquella pareja de señores generosos. Semejantes á los árabes, consideraban el título de «tío» como el más honorífico que puede darse á una persona digna de respeto, colgándose muchos de ellos del brazo del «tío» para agarrarle las monedas antes de que saliesen de su mano.
--¡Tía, á mí!... ¡A mí, tía guapa!
Y Rosaura les arrojó igualmente puñados de pesetas, riendo al ver cómo rodaban por la arena, agitando pies y manos. Uno de ellos echó varios zarpazos á su diestra, rasgando el guante que la cubría, clavando en ella sus uñas; tan grande era su impaciencia.
--¡Ah, demonio! ¡Toma, toma!...
Corrió detrás de él dándole cachetes, pero éstos equivalían á una caricia para aquellos pequeños delfines, y volvieron á rodearla, gritando: «¡A mí! ¡A mí, tía!»
Tan grande fué el alboroto, que atrajo la intervención de la autoridad, sentada á la puerta del parador, con su gorra dorada y su bastón de borlas negras. Otra vez vió Rosaura al alguacil, pero ahora los enemigos del orden eran menos obedientes y más talludos que los chiquillos que la habían seguido por las calles de la población.
Repartió unos cuantos golpes con la vara de justicia, y los «gatos de barca», al recibirlos, procuraron ocultar su dolor saltando y riendo, mientras gritaban: «¡No me ha hecho daño!... ¡no me ha hecho daño!» Al fin, cansados de aguantar palos y fingir insensibilidad, fueron alejándose en diversos grupos, según sus amistades, haciendo cada cual el recuento de las pesetas conquistadas.
Ya no los vieron más que desde lejos, atisbándoles panza abajo, detrás de las barcas, por si se repetía el derrame metálico, sin atreverse á nuevos avances, como si el alguacil hubiese trazado con su bastón en torno á los forasteros un infranqueable _tabou_.
Al quedar solos Rosaura y su acompañante, admiraron la bravía hermosura de esta playa, tan distinta á las que habían conocido en sus viajes veraniegos. Junto al límite de las últimas ondulaciones, donde la arena conservaba la humedad con brillo de espejo, vió saltar la dama un sinnúmero de insectos pequeños, blancos, casi transparentes. Eran las llamadas pulgas de mar.
Varias barcas se movían ancladas á corta distancia del istmo. Otras se iban deslizando por el límite del horizonte con sus velas de ala de gaviota. Ella admiró la placidez de este panorama marítimo, su silencio meridiano.
No había en toda la lengua de arena otros seres que ellos dos y el chófer. El suelo brillaba como polvo de oro bajo la luz vertical del sol. Temblaban las líneas de los objetos á causa de la evaporación de la arena. En este silencio se transmitían los menores ruidos á inauditas distancias. La caída de un remo, los gritos procedentes de las calles de la población, un carro lejanísimo marchando por los caminos de las marismas, adquirían á esta hora solar una sonoridad más extraordinaria que la de las horas nocturnas.
--¿Y fué en este sitio tan hermoso donde quemaron al fraile que quiso matar al papa Luna?--preguntó Rosaura.
Sí; aquí habían quemado al fraile por «envenenador y nigromante», como le llamaban en el proceso. Viciana, historiador del siglo XVI, aún había visto en dicho arenal un mojón de cal y canto marcando el lugar del suplicio.
--Ahora no queda ni memoria del rústico monumento expiatorio. Peñíscola ha sufrido tres sitios, que modificaron sus alrededores.
Al oir que la rica señora envidiaba la existencia de estas gentes de mar, Borja habló de las tempestades que pasan sus olas de un lado á otro del istmo, obligando á los barcos de Peñíscola á refugiarse en los puertos inmediatos de Benicarló y Vinaroz. Muchas veces la tormenta no les daba tiempo para guarecerse, y se mantenían haciendo frente á la tempestad, lo que originaba numerosos naufragios. ¡Cuántos de estos grumetes que gritaban «¡Tío, á mí!» acabarían muriendo ahogados!...
La llegada del alguacil con el marinero que había guisado la comida interrumpió su conversación. Colocaron una mesa y dos sillas sobre la arena, á corta distancia de donde venían á extinguirse las últimas ondulaciones en delgadas curvas semejantes al cristal. Una vela tendida entre dos barcas les daba sombra.
Admiró la dama esta rústica instalación, y su entusiasmo fué en aumento al volver el marinero con una gran fuente ocupada toda ella por una pirámide de langostinos asados. Nunca los había visto tan enormes, ni pudo sospechar que dicho marisco poseyera tal perfume. Surgía de ellos un olor semejante al de las violetas.
Dió el guisandero explicaciones en valenciano, rogando á Borja que las tradujese á la señora. Hablaba con desprecio de los miserables cocineros de tierra firme, dignos de toda clase de tormentos, que hierven la langosta y los langostinos, dando á su preciosa carne un sabor de ropa mojada. Los cocineros de mar saben que estos animales preciosos sólo deben servirse asados ó fritos. Su olor y su sabor se concentran con la acción directa del fuego.
Estos langostinos de caparazón delgadísima podían comerse enteros á pesar de su tamaño extraordinario. Sus patas y envolturas crujían fácilmente bajo los dientes, confundiéndose con la carne firme y sabrosa oliendo á flor.
Como Rosaura había pasado la mitad del día sin otro alimento que el café tomado en Tarragona, empezó á comer ávidamente. Se acordaba del almuerzo en la fontana de Vaucluse y del otro, no menos agradable, en el Puerto Viejo.
--Este es mejor, Borja. Su _bouillabaisse_ de Marsella no puede compararse con el plato que acaban de traernos. Sabe usted obsequiar magníficamente á sus amigos; lo reconozco.
Tuvo que moderar él su entusiasmo, hablando de los peligros de un atracón. La primera vez que estuvo en Peñíscola quedó tan ahito de langostinos, que al volver á Madrid no pudo soportar en varios meses su vista y su olor. Luego señaló un lugar de la costa donde se esbozaban las blancuras del caserío de Vinaroz.
Rosaura no ignoraba seguramente quién había sido el duque de Vendôme. Ella movió la cabeza sin dejar de comer. Conocía la plaza Vendôme en París y la rue de la Paix inmediata. Allí estaban los joyeros, los costureros y hasta los zapateros de gran lujo que la tenían por clienta.
--Pues en aquella población que usted ve murió el mariscal Luis de Vendôme, soldadote grosero, pariente de los reyes de Francia, general de vida licenciosa, aborrecido por su primo Luis XIV, el cual tuvo, sin embargo, que mantenerlo al frente de sus ejércitos, porque algunas veces conseguía victorias ruidosas no obstante sus descuidos. Al dirigir la guerra de Sucesión en España, se quedó en Vinaroz con su corte especial de rufianes y rameras que le acompañaba á todas partes. Nada tenía que hacer en esta costa, pero se instaló en ella por los langostinos solamente, y una indigestión lo mató en pocas horas.
Su tumba, con inscripciones enfáticas en latín, la había visto Borja en la iglesia de Vinaroz, pero no contenía ya más que sus entrañas. Su cuerpo lo habían llevado al panteón de Infantes en El Escorial.
Claudio no consiguió aterrarla con este ejemplo. Por una sola comida no iba á morir como el glotón Vendôme. Y sólo abandonó la enorme fuente de langostinos al ver que el marinero llegaba con otra semejante, provocando sus protestas y las del joven español. ¿Cómo podrían devorar este nuevo envío, más que suficiente para todos los huéspedes de un gran hotel?...
Quedaron tan hartos que apenas pudieron probar los otros platos traídos por el guisandero, todos bien especiados, con arreglo á la gastronomía marinera, para que despertasen en el paladar un deseo continuo de beber.
Explicó Borja la procedencia del vino de color granate obscuro colocado sobre la mesa. Llevaba el nombre de la vecina ciudad de Benicarló. En los últimos tiempos de la navegación á vela, bergantines y fragatas lo cargaban para América, vendiéndolo especialmente en Buenos Aires. Era el vino llamado en la Argentina «Carlón», del que había oído hablar Rosaura á sus abuelos; el único que gustaba á los viejos criollos, haciéndoles dar este nombre desfigurado de Benicarló á todos los vinos tintos llegados al país.
Ya no hizo más viajes el guisandero, luego que hubo dejado sobre la mesa una cafetera llena hasta los bordes de líquido denso, intensamente negro, con tanta achicoria como café, tal como les gusta á las gentes de mar.
Conversaron los dos sobre lo que podían hacer aquella misma tarde. Borja consideraba conveniente ir á pasar la noche en Castellón, capital de la provincia, donde encontrarían hoteles cómodos y limpios. El viaje no era largo. En menos de dos horas podían llegar á dicha ciudad, aunque el camino estuviese en mal estado. Además, las noches eran de luna. Ella diría al día siguiente lo que pensaba hacer; si seguir hasta Valencia, adonde iba él, ó regresar á París después de haber satisfecho su curiosidad de conocer Peñíscola.
--No sé--contestó Rosaura con voz de cansancio--. Me parece bien que vayamos á esa ciudad que usted dice... Pero ya que nos queda tiempo, quisiera dormir un poco. He comido tan bien, que siento ahora sueño... mucho sueño... ¡Me levanté tan temprano!...
Quiso dormir en el arenal, acariciada por la frescura del mar. Recordó las veces que había hecho lo mismo siendo niña, en sus excursiones por las estancias, á la sombra de un ombú todo leña, envuelta en un poncho y la cabeza reclinada en los jaeces de su caballo, mientras éste iba pastando libremente.
Interrumpió el chófer su gran banquete de mariscos para traer el asiento mayor del automóvil, que iba á servir de cama á la señora, otro más pequeño como almohada y una manta de viaje. Ella se tendió en este lecho improvisado, incorporándose dos veces para convencerse de que en tal postura no dejaba descubierta ninguna intimidad de su cuerpo.
Borja, sin abandonar su asiento, dormitó un poco con los codos apoyados en la mesa.
La exagerada abundancia de comida atrajo á varios perros. Devoraban los grandes langostinos caídos en la arena como si fuesen desperdicios sin valor alguno. Lamían en silencio las salsas picantes de los platos. Husmeaban despectivamente las frutas del país que habían rodado de la mesa.
Despertó el joven presintiendo la proximidad de alguien que le contemplaba mientras dormía. Sus dos amigos de Peñíscola, después de muchas vacilaciones y de pasear el istmo de un extremo á otro, habían acabado por acercarse.
El primer movimiento de Claudio fué mirar hacia donde estaba la señora de Pineda, con una inquietud celosa, temiendo que se hubiese destapado durante su sueño. Seguía envuelta en la manta de cintura abajo y su busto se movía acompasadamente con el ritmo de una respiración tranquila.
Eran más de las tres de la tarde; mejor dicho, faltaba poco para que diesen las cuatro. Borja les habló del equipaje que dejaba en su alojamiento de Peñíscola, rogando que se lo enviasen á Castellón por ferrocarril.
Mirando el cielo y el mar, le pareció que debía ser más tarde que la hora indicada por sus amigos. Se había adormecido en pleno sol, bajo un cielo azul, procurando mantenerse á la sombra de la vela. Ahora el mar era gris, las nubes cubrían las montañas y el sol estaba oculto, como si ya hubiese empezado á iniciarse el crepúsculo.
Llegó el alcalde hacia ellos, con su paso balanceante de patrón de barca.
Miró á un lado y á otro, cual si husmease el tiempo, y movió su cabeza. Luego creyó oportuno dar un consejo:
--Don Claudio, si piensan ir á Castellón, váyanse pronto. El cielo amenaza tormenta.
V
¡Santa Bárbara bendita!...
Volvió el automóvil á cabecear en el camino de las marismas, dando saltos violentos sobre sus muelles. Atravesaron Benicarló siguiendo la carretera que va á Castellón y Valencia. Eran las cinco de la tarde y parecía que estuviese próximo el anochecer.
Dudaba Borja sobre la conveniencia de continuar el viaje, pero su compañera se mostró más animosa, en vista del buen estado del camino. Mucho antes de que cerrase la noche habrían llegado á Castellón. Y siguieron adelante.
Quince minutos después les inmovilizó un ligero incidente. Una de las ruedas había sido atravesada por un clavo perdido entre el polvo de la carretera.
Mientras trabajaba el chófer, hablaron de los inconvenientes de la más moderna de las locomociones terrestres. El ferrocarril parecía haber librado para siempre á los viajeros de las aventuras del camino, cuando el descubrimiento del automóvil volvía á ponerlos en contacto con los vagabundos y los carreteros, con las malas posadas y las pésimas comidas, resucitando rudezas é incomodidades de otros siglos. El automóvil más caro y lujoso, al avanzar desafiando al tiempo y el espacio, perdía su fuerza de bestia mitológica con deplorable facilidad. Bastaba un clavo herrumbroso desprendido de la herradura de un asno, para que se inmovilizase en mitad de un camino con desmayo de fiera herida. Marchando á gran velocidad, el mismo clavo miserable hacía estallar una rueda, produciendo el vuelco mortal.
Empezaron á caer gotas de lluvia, trazando hondos redondeles en el polvo de la carretera. Los dos volvieron á meterse en el carruaje, mientras el chófer daba fin á su reparación.
Para distraer Rosaura el mal humor que despertaba en ella este accidente, quiso hacer hablar á su compañero.
--¿Y Juan Carrier?... No me ha contado usted en qué paró este imitador de Benedicto XIII.
--El cardenal de San Esteban terminó sus días obscuramente en el castillo de Foix. En 1433 se había dejado aprehender por los señores del Langüedoc, obedientes á Martín V, aburrido de su resistencia ineficaz. Murió en un calabozo, sin retractarse, firme en su protesta contra el Papa de Roma, y por haber sido excomulgado lo sepultaron sin ceremonia al pie de una roca. No por ello terminó el cisma completamente. Desaparecido Carrier, persistió una secta llamada de los _Traîners_, con numerosos adeptos en las tierras del conde de Armagnac, los cuales, pasado medio siglo, todavía esperaban el triunfo del misterioso Benedicto XIV, que nadie sabía quién era, y su entrada solemne en Roma.
Recordó Borja á cierto clérigo de Toledo, algo exaltado en sus opiniones, que le había hecho conocer un gran secreto. Carrier y el Papa elegido por él dejaban reglamentada la sucesión del verdadero Pontificado, y éste venía prolongándose á través de los siglos, manteniendo las tradiciones de Aviñón y de Peñíscola. El grupo de fieles que hacía funciones de Colegio cardenalicio se reunía en el misterio, como una sociedad secreta, para nombrar al Santo Padre.
--El último Papa, según me dijo el clérigo toledano, fué un canónigo de Tolosa, y por regla general todos los Pontífices secretos eran franceses... Yo no lo creo, pero reconozco que sería muy interesante la existencia de esta Iglesia misteriosa dentro de la Iglesia universal, de estos Papas anónimos sucediéndose durante cinco siglos, en espera del momento propicio para apoderarse en Roma de la Santa Sede y restablecer el curso de la antigua legitimidad atropellada.
Rodó otra vez el automóvil, pero bajo una lluvia torrencial que iba esfumando el horizonte y no dejaba ver más allá de unas pocas docenas de metros. El hermoso vehículo perdió en un instante su lujosa brillantez. Los vidrios quedaron empañados con el vaho de la lluvia, cortando á trechos su opacidad el deslizamiento de las gotas. Se había convertido el polvo calizo de la carretera en un barro blancuzco que salpicaba el carruaje con manchas semejantes á las del yeso. Era la tormenta rápida y brutal de las orillas del Mediterráneo.
Este cielo extremadamente obscuro hizo recordar á Rosaura las lluvias de Buenos Aires prolongándose durante horas y horas, haciendo gritar con sus latigazos claraboyas y techos de cinc, bajo un cielo tan negro que los vecinos tienen que encender luces en plena mañana.
También aquí, en esta tierra de sol, la lluvia caía de golpe, en masas más que en regueros, como si el cielo fuese un lago desfondado. Una obscuridad semejante á la de los eclipses solares parecía enlutar los campos.
El chófer, desconocedor del camino y cegado momentáneamente por la lluvia, hacía marchar su enorme vehículo con cierta lentitud. Resbalaba éste en las curvas rápidas, no esperadas por su conductor. Rosaura empezó á arrepentirse de su decisión.
--Reconozco que hemos hecho una tontería no quedándonos en esa ciudad inmediata á Peñíscola.
Contestó Borja haciendo gestos afirmativos; pero la dama, con repentino optimismo, empezó á burlarse de sus inquietudes. En peores trances se había visto al viajar por Europa. ¡Adelante! La lluvia tal vez terminase pronto. En los países de clima dulce estas tormentas son estruendosas y rápidas, algo semejante á los arrebatos de cólera, tardíos pero temibles, de las personas bondadosas.
No encontraban á nadie en el camino. Los campos y las casas inmediatas á la carretera parecían no haber tenido nunca habitantes.
Rosaura pegaba su rostro á un cristal para convencerse de que el camino seguía al nivel de los campos ó por encima de ellos. Mientras fuese así, no sentía inquietud. Lo temible iba á presentarse si la carretera se deslizaba por terrenos bajos... Y esto fué lo que ocurrió media hora después.
Vieron ante ellos una especie de río de aguas rojas; una laguna prolongadísima, con pequeños islotes de barro. Era el camino. Hubo que seguir por él, confiándose á la suerte, no sabiendo lo que las ruedas podían encontrar en el fondo de la turbia superficie que se deslizaba en pequeñas ondulaciones, atraída por otros terrenos más bajos.
Resultó grotesco y triste el avance de la poderosa máquina por este camino acuático. Se inclinaba el vehículo como si fuese á volcar. Unas ruedas se remontaban sobre obstáculos ocultos, mientras las opuestas se hundían. Otras veces quedaba inmóvil, clavado en el fango invisible, y era preciso apelar á su mayor fuerza para que siguiese adelante, dando rugidos de cansancio.
--¡Qué camino!--exclamaba ella--. Y esto va á ser interminable... No se le ve el fin.
Contrastando con la suciedad de la corriente fangosa, extendían los naranjales, á ambos lados del camino, sobre taludes de tierra carmesí, sus bolas verdes y enormes moteadas de azahar. Por encima de la arboleda perfumada se veía, lejanísimo, un campanario con montera de tejas verdes y azules.
Azotaba la lluvia con violencia creciente el techo del vehículo. La luz era de un gris sucio y opaco. Iba desapareciendo el paisaje, cual si cayesen sobre él nuevos telones de neblina. En algunos fosos invisibles se hundió el coche de tal modo, que el agua empezó á entrar por debajo de sus portezuelas.
--¡Esto no puede ser!...--seguía protestando Rosaura--. ¡Ay, si llegásemos á ese pueblo del campanario lindo!...
Experimentó el automóvil una sacudida más brusca. Los dos no oyeron en realidad nada extraordinario; los latigazos de la lluvia sobre el techo hacían zumbar sus oídos; pero ambos tuvieron la percepción de que algo se había roto con un chasquido de hierro que se parte.
Algo faltó, efectivamente, en el funcionamiento del vehículo. Siguió avanzando, pero con un movimiento cabeceante de buque sin rumbo. El chófer, al mismo tiempo que manejaba con una energía convulsiva la rueda de la dirección, hizo gestos reveladores de su impotencia. Adivinaron que su esfuerzo resultaba inútil; el automóvil no le obedecía, marchando al azar.
Así hubiese continuado por el centro del arroyo, pero el conductor, con sus últimos esfuerzos, consiguió ladearlo, y fué á chocar contra uno de los taludes, clavando su trompa en el fango rojo.
Los dos viajeros casi dieron con sus cabezas en los vidrios de enfrente, y una vez repuestos de la sacudida se miraron indecisos: «¿Qué hacer ahora?»
Sentíanse miserables y desarmados bajo la tormenta, en un camino desconocido, con el horizonte cerrado por la lluvia, entre dos murallas de tierra y plantas espinosas, sobre cuyos bordes asomaban los campos de naranjos. Nada quedaba en ellos de los viajeros de una hora antes, seguros de su fuerza para vencer la distancia y acortar el tiempo.
Borja se echó fuera del carruaje, hundiéndose en el agua que corría por el camino. Casi instantáneamente, empezó á chorrear su rostro y sintió descender por su pecho fríos raudales.
Había adivinado el chófer la causa de este accidente y la explicó con cierta confusión, como si fuese culpa suya. Acababa de romperse uno de los muelles delanteros. Imposible seguir adelante. Si intentaba avanzar, el vehículo, falto de dirección, iría otra vez contra un ribazo ó un árbol, con peores consecuencias. Tampoco era posible repararlo bajo la lluvia, en aquel lugar inundado. El señor Borja y la señora debían buscar un refugio, sin preocuparse de él. Su deber era quedarse en el automóvil.
Claudio, saltando sobre el agua corriente y los islotes de barro, encontró un camino transversal que subía hasta el nivel de los campos. Lo remontó encorvado bajo la tormenta, viendo á corta distancia, entre naranjales, una casita que debía ser blanca en días serenos, y ahora era gris por la humedad. Una de sus ventanas estaba entreabierta, asomándose á ella las caras curiosas de tres niños.
Desaparecieron como si les asustase la presencia del forastero, y en el lugar que dejaron vacío se mostró una mujer llevando pañuelo obscuro en su cabeza, blanca de tez, á pesar de la curtimbre del sol, carillena, con una seriedad monjil en sus ojos dulces y su boca de labios apretados.
--_¡Bòna dòna!_... _¡bòna dòna!_--exclamó Borja en valenciano, como si pidiese socorro á la «buena mujer».