Part 23
Ella hizo un gesto afirmativo adivinando su petición y abandonó la ventana para abrir inmediatamente la puerta de la casa. Luego quedó inmóvil bajo su dintel, colocándose ambas manos en forma de bóveda sobre sus ojos para librarlos de la lluvia.
Claudio volvió corriendo al vehículo, en busca de Rosaura.
--¡Nos hemos salvado! Va á resultar terrible para usted ir hasta la casa, pero no hay otro remedio.
La ayudó á descender del carruaje, guiándola en sus saltos sobre el barro y el agua para llegar hasta el camino del naranjal. En vano pretendió llevarla en sus brazos.
--No podrá, Borja. Peso más que usted cree. ¿Y qué va á evitar con ese esfuerzo, que ya resulta inútil?
Se convenció el joven al mirarla. ¡Miseria humana! En un instante la majestuosa Venus se había convertido en una pobre mujer, igual á las de las tribus prehistóricas, víctimas de todos los ultrajes de la Naturaleza. La lluvia la había envuelto sin ningún respeto, bastando unos segundos para que su cabellera, en desmayadas mechas, expeliese gotas por debajo del gorro de viaje, mientras otras gotas se iban desprendiendo de la punta de su nariz. Sentía bajar el agua en fríos regueros desde su cuello á sus pies. Éstos se habían hundido en el barro y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no perder sus zapatos.
En mitad del camino rojo que ascendía á la casa sintió descalzo uno de sus pies. Borja quiso arrodillarse para ponerla el zapato, pero ella lo tenía ya en una mano y siguió marchando sin más que la media de seda, recibiendo salpicaduras de fango en lo alto de sus piernas.
--¡Qué horror!... ¡qué tristeza!--murmuraba al avanzar, compadeciéndose á sí misma por su aspecto cada vez más deplorable.
Los hizo entrar apresuradamente en su casa la buena mujer. Una cocina servía de habitación común, ocupando la mayor parte del edificio; otra pieza era un dormitorio matrimonial, y la tercera, más exigua, á juzgar por sus camas, estaba ocupada por los tres niños. Todo ofrecía un aspecto de pobreza limpia, de mediocridad campesina, respetuosa, obediente, resignada á cultivar la tierra ajena.
--Pasen--dijo la mujer en valenciano--. Pasen usted y su señora. Voy á encender fuego.
Al poco rato ardía en la chimenea una fogata improvisada y defectuosa, como ocurre casi siempre en los países de sol, donde el frío resulta un accidente terrible y pasajero. La leña era de naranjo y no estaba seca. Sus troncos chirriaban con burbujeamientos de savia y de goma. Las llamas eran de un rojo obscuro, con más humareda que luz.
Enfriados por la lluvia que empapaba sus ropas y aún corría por sus carnes, se aproximaron los dos viajeros á esta fogata con una delicia animal, poniendo sus manos y sus pies junto á las llamas, como si deseasen sentirse quemados.
Dió explicaciones la mujer, siempre en valenciano, mirando á Rosaura, como si ésta pudiese entenderla. Sus niños habían visto venir el automóvil por el camino hondo. En días de tormenta les gustaba contemplar el campo mojado y reluciente. Ella vivía sola, es decir, con sus tres hijos y con el abuelo de ellos, que estaba casi ciego y desvariaba algunas veces.
Su marido había muerto aún no hacía un año. La viuda continuaba en la pequeña propiedad, esforzándose por cultivarla lo mismo que el difunto, pero no sabía si el dueño de la tierra querría prorrogar el arriendo.
--¡Ay, señora! Felices las que tienen vivo á su marido para que corra con la dirección de la casa.
Y miró á Rosaura, que empezaba á adivinar confusamente lo que decía en aquella lengua, ininteligible para ella.
--Nos toma por marido y mujer--dijo á Borja en un momento que la viuda se ausentó.
Reía de la suposición, considerándola graciosamente absurda.
--Déjela--contestó Claudio, sonriendo también--.Esta pobre sólo puede imaginar casados á un hombre y una mujer que viajan juntos. No la saque de su error. ¡Quién sabe si nos retiraría su estimación al saber que no somos un matrimonio, poniéndonos en la puerta, bajo la lluvia!... Fíjese en lo que nos rodea.
La viuda había colocado sobre la mesa un velón de bronce de cuatro picos, encendiendo las cuatro luces, lujo que nunca habían visto sus hijos, agrupados junto á la lumbre, mirando tímidamente á estos extranjeros traídos por la tempestad.
Borja mostró á Rosaura dos cuadros que adornaban la cocina, rabiosamente coloreados, procedentes de la primera época de la reproducción al cromo. En uno de ellos se mostraba Jesús, dulzonamente hermoso, con la barba y la cabellera untuosas, como si exhalasen un perfume inolfateable, abriéndose las vestiduras y enseñando en mitad del pecho un corazón rodeado de llamas. En el otro vieron á un hombre moreno y barbudo, con boina blanca, capa roja, el collar del Toisón de Oro sobre el pecho de su levita azul y ambas manos apoyadas en un sable de caballería. Era el pretendiente don Carlos, aspirante á rey absoluto, por el que se habían batido medio siglo antes la mayor parte de los hombres de esta tierra del Maestrazgo. Las dos estampas estaban algo obscurecidas por el tiempo y las motas que habían ido depositando las moscas sobre su barniz.
Volvió poco después la animosa viuda, quitándose de la cabeza un saco de arpillera que había contenido abono para sus naranjos y llevaba ahora colocado en forma de capuchón.
Venía de hablar con el chófer en el camino hondo. En vano le había rogado que abandonase el automóvil. Podía dormir en el pajar de la casa; nadie vendría á robarle su carruaje; la gente de los alrededores era buena. Pero el mecánico se negó con la tenacidad escandalizada del que escucha una proposición contraria á su deber. Debía mantenerse allí, y únicamente solicitaba de la señora que le permitiese cabecear durante la noche un inquieto sueño en el interior del carruaje.
Después de estas noticias que sólo Borja podía entender, empezó á ocuparse de la cena de los viajeros. Ofreció á Rosaura ropas interiores guardadas en un armario de su dormitorio. Eran gruesas, pero muy limpias y perfumadas con romero. Tal vez molestarían á la señora, acostumbrada á prendas de mayor finura, mas ella lo ofrecía todo de buena voluntad.
Acariciada por el fuego, que la iba entibiando interiormente, se negó Rosaura á aceptar esta oferta, traducida por Claudio. A la mañana siguiente tendría secas sus ropas, y pensaba acostarse lo antes posible si la dueña de la casa le cedía una cama que había entrevisto al quedar abierto por breves momentos el dormitorio más grande.
Tuvieron que aceptar los dos todas las atenciones de una hospitalidad á uso antiguo, que se preocupaba ante todo del estómago de sus huéspedes. En vano recordaron su hartazgo de mediodía. La viuda insistió: «Siempre es bueno comer, sobre todo después de una mojadura.»
Sus dos hijos mayores, llevando también en sus cabezas sacos de abono en forma de capuchón, salieron de la casa, satisfechos de poder marchar bajo la lluvia. Iban á otra vivienda de las inmediaciones, donde la madre conocía la existencia de un jamón salado y blanducho, llamado «pernil» en el país.
Un nuevo personaje se movió en la cocina: el padre del difunto, llamado por todos «el Agüelo».
La edad y el hábito de encorvarse sobre la tierra años y años para cultivarla habían doblegado su cuerpo. Era enjuto, con abundantes arrugas concéntricas alrededor de ojos y boca. Sus pupilas, amarillentas y lacrimosas, tenían la fijeza de la ceguedad. Saludó á los forasteros en castellano, pronunciando lentamente sus palabras con un acento algo grotesco. Y satisfecho de haber dado esta muestra de su sabiduría, fué hacia la puerta, entreabriéndola.
--Llueve--dijo con tono de oráculo--; llueve, y pronto va á tronar.
Admiró Borja la adivinación de este hombre falto de vista. Una segunda tormenta se iba aproximando. Sobre el horizonte gris y brumoso por la lluvia avanzaban nubes intensamente negras, cortadas por el zigzag de lejanas exhalaciones.
Volvieron los niños, con el «pernil» envuelto en papeles mojados, y la madre fué arrojándolo á trozos en una sartén que empezaba á chirriar sobre el fuego.
--Usted y su señora deben comer algo, para entrar en calor--insistió la mujer--. También guardo un vino rancio de mi pobre marido.
Era ya completamente de noche. Una de las ventanas, que sólo tenía cerrados los cristales, se iluminó con lívido resplandor, y á continuación sonó un trueno. La viuda se apresuró á cerrar las maderas de la ventana, abandonando la sartén.
--¡Qué noche nos espera, Señor!--dijo, juntando sus manos como si empezase una oración--. En esta época las tormentas son las peores del año.
Se vieron obligados los dos huéspedes á sentarse ante la mesa, cubierta con grueso mantel. Platos de loza del país, fabricada en Alcora, se mostraban flanqueados por tenedores de madera y pedazos de pan de corteza obscura y miga amarillenta hecho en la casa. El jamón blanducho se había endurecido con la fritura del aceite; pero era tan salado, que ambos tuvieron que beber el vino del difunto para refrescar sus paladares. Este vino grueso y áspero, abundante en alcohol, los reanimó con momentáneo calor.
Rosaura se imaginaba haber entrado en un «rancho» de su país, huyendo del mal tiempo. La necesidad la obligó á resignarse á una atmósfera cada vez más densa de humo de leña verde y olor punzante de aceite frito. Los objetos parecían esfumarse á través de esta niebla. Hizo esfuerzos para reprimir su tos y se pasó varias veces el pañuelo por los ojos. Así debió ser la vida en las viviendas de la Pampa durante los tiempos coloniales.
Con gusto habría salido de la casa; pero fuera arreciaba la lluvia y los truenos eran cada vez más frecuentes. Sonó uno encima de la techumbre, viéndose antes su eléctrico fulgor á través de las rendijas de las ventanas. La viuda volvió á juntar sus manos, implorando con voz temblorosa:
Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita...
Esta oración la había aprendido cuando empezaba á balbucear y era el resultado de varios siglos de experiencia devota. Bastaba decir tales palabras para que el rayo se alejase, por la intervención de la santa invocada.
El abuelo se acercó lentamente á la mesa, con la humildad de un can que aprovecha las sobras, y sus manos titubeantes buscaron los pedazos de jamón frito, cesando de hablar para engullirlos. También se apoderó de aquel vino que su nuera sólo dejaba salir á la mesa en días extraordinarios.
Al atardecer había comido su cena frugal de siempre; pero ya no se acordaba de ella, seducido por el olor de esta otra que parecían despreciar los ricos huéspedes. La viuda olvidó un momento su miedo á la tempestad, para imponer respeto al viejo, tratado por ella como si fuese un niño más en la casa.
--¡Agüelo, no moleste á estos señores!--dijo con voz dura.
Se indignó el cegato ante la suposición de que «los señores» pudiesen escucharle con molestia. Tenían mucho gusto en oirle. Les estaba contando cosas que no podían haber visto, por ser jóvenes.
Hablaba y hablaba como si reanudase un relato empezado muchos días antes, sin percatarse de que sus oyentes eran nuevos. La nuera había escuchado un sinnúmero de veces la misma historia. Sus tres hijos miraban á los forasteros con ojos soñolientos. El más pequeño se apelotonaba contra su madre cada vez que la casa empezaba á temblar bajo el estrépito de la tormenta. Tampoco prestaban atención á lo que decía su abuelo.
--... Y entonces, al cercarnos los liberales, ya saben ustedes, los soldados del gobierno de Madrid, don Pascual nos dijo: «¡Arriba, muchachos! ¡Viva la religión!» Y nos abrimos paso, no parando hasta Morella.
Borja dió explicaciones en voz baja á Rosaura. Este don Pascual era un escribano del vecino pueblo de Alcalá de Chisvert, un cabecilla carlista, apellidado Cucala, que había sostenido la última guerra civil en el Maestrazgo, llevando á sus órdenes gran parte de la juventud rústica del país. El viejo era uno de sus partidarios todavía vivientes.
Avanzaba con cierto titubeo á través de sus recuerdos, evocándolos sin ilación:
--Si hablo bien el castellano, es porque hice la guerra y vi muchos países. Estuve en Aragón y en otras partes, donde las gentes no hablan como aquí... Yo llevaba en el pecho un escapulario con el Corazón de Jesús y un letrero que decía: «Detente, bala...» Y nunca me tocó una bala, ni un arañazo siquiera. Otros llevaban el mismo escapulario y murieron; pero, como me explicó un capellán que venía con nosotros, eran hombres perversos, que el Señor no iba á proteger después de tantos pecados.
Su nuera le interrumpió con inquietud, temiendo tal vez que su charla incesante pudiese atraer el rayo.
--¡Calle, agüelo! ¡Calle y rece!
Repitió esta recomendación incongruente como si para ella el rezo sólo pudiera ser en silencio. Se veía que la pobre viuda oraba así por un leve movimiento de sus labios. Cuando un trueno era más fuerte y horrísono, levantaba la voz, repitiendo su invocación á Santa Bárbara.
Calló definitivamente el vejete, como si produjese un efecto narcótico en su interior aquel vino admirado. Los dos forasteros también permanecían en silencio. Después de pasada la primera excitación de esta aventura de viaje, parecían deprimidos por el cansancio.
Interrumpiéndose á cada trueno, empezó la viuda á dar explicaciones sobre el modo de pasar todos la noche. La casa era pequeña y había que resignarse á su exigüidad. Desde la muerte de su esposo, ella dormía sola en la habitación matrimonial; los niños se acostaban en la otra pieza; el abuelo se arreglaba una cama con pieles de cordero y mantas en el banco de ladrillos de la cocina. Viviendo su hijo, hacía lo mismo. Le placía dormir así porque le recordaba sus tiempos juveniles, cuando iba con don Pascual.
Esta noche la viuda no tendría más que trasladarse al cuarto de sus hijos, cediendo á los señores su habitación. Y levantándose, abrió la puerta de dicha pieza, viéndose sus paredes blancas de cal, unas cuantas estampas de santos, y la cama, que era el mejor mueble de la casa, enorme, hinchadísima por numerosos colchones, dando, sin embargo, á los ojos, una sensación de compacta dureza.
Mientras desaparecía en el interior del cuarto para convencerse de que todo estaba en orden, Rosaura salió de su postración, mirando con inquietud á su acompañante, al mismo tiempo que le hablaba en voz baja:
--¡Qué disparate!... ¡Pero esto no puede ser!... Debe usted decir la verdad.
De buena fe se mostró reacio á lo que ella solicitaba. Era ya demasiado tarde. No sabría cómo formular tal explicación. Temía además que esto complicase el hospedaje. A la pobre mujer le era imposible instalarlos por separado. Se vería obligada á dormir en las sillas con sus tres niños...
Además, ¿no podían estar los dos dentro de aquella habitación--como estaban ahora en la cocina--, sentados y dormitando, hasta que llegase el alba?... Una mala noche acaba por terminar, aunque parezca larguísima. No iban á quedarse solos como en un desierto. A corta distancia de ellos dormiría toda la familia. «En la guerra, como en la guerra.» Nadie conocería este error de la devota campesina, que podía prestarse á malignas interpretaciones. Ni su mismo chófer sabría nada.
Ella contestó con signos negativos casi imperceptibles, mirándole fijamente. No le daba miedo Claudio. Ya no era una niña para asustarse ante las audacias de los hombres. Sabía defenderse. Mas á pesar de esto, insistió en su protesta. Era que esta noche dudaba de ella, á causa de su cansancio y su desaliento. Le inspiraba desconfianza su sensualismo adormecido; pensó en las últimas semanas de vida casta y tranquila. ¿Quién puede adivinar las terribles sorpresas que llevamos dentro de nosotros, las bromas crueles que se permite la Naturaleza, tratándonos como un juguete?
--Yo le doy mi palabra...--insistió él en voz baja--. Se lo juro... Duerma en la cama como si estuviese sola. Yo permaneceré en una silla, en el suelo, no importa dónde. Piense que soy un caballero.
Y le temblaba la voz al hacer tales promesas.
Rosaura deseó salir cuanto antes de la cocina. Sus ojos lagrimeaban, heridos por el humo. Su tos era cada vez más violenta. Borja la estaba viendo seguramente con una fealdad que nunca había podido sospechar. Todo esto hizo que volviese su rostro hacia el dormitorio con una mirada que adivinó la dueña de la casa.
Se puso de pie para seguir á ésta, pero antes de alejarse todavía insistió en sus recomendaciones.
--¡Quédese aquí! Invente cualquier pretexto. ¡No me siga!
Permaneció Borja cinco minutos solo junto á la mesa. El abuelo había colocado sus pieles y sus mantas sobre el banco de la cocina, y se acostó, quitándose únicamente las alpargatas, lanzando suspiros que parecían de voluptuosidad.
--¡Mejor que un capitán general!--dijo á través de sus encías desdentadas.
La viuda iba de un lado á otro, como extrañando la permanencia del joven en aquel lugar.
--Señor, entre cuando quiera--dijo--. Su señora está en la cama, pero vestida. Dice que le da miedo acostarse como las otras noches, con esta tempestad. No lo extraño; á mí me pasa lo mismo.
Marchó Borja con timidez hacia la puerta. Luego la abrió resueltamente, volviendo á cerrarla tras él.
La dueña de la casa oyó durante unos instantes las exclamaciones de la señora y las palabras de su marido que parecía musitar excusas.
Al darse cuenta del derroche de luz que estaba haciendo, se apresuró á apagar los cuatro mecheros del velón. Sin duda, estos señores con aspecto de ricos iban á entregarle una buena recompensa al día siguiente, mas no por ello debía olvidar sus economías habituales.
No quedó más luz que la de los leños del naranjo, cada vez más débil. Empezaban los troncos á carbonizarse; se partían, esparciendo ceniza blanca al lanzar sus últimos fulgores.
Continuaban los truenos sobre el tejado, conmoviendo las paredes, haciendo trepidar las ventanas. Las rendijas de éstas aparecían instantáneamente pintadas de azul eléctrico por las exhalaciones. Sonaba quejumbrosa en la penumbra la voz de la viuda á continuación de cada relámpago: «Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita...»
Creyó oir que hablaban fuerte dentro de su dormitorio. Tal vez la habían llamado, y quedó indecisa, avanzando la cabeza. Le pareció escuchar un ruido de muebles, luego otro más sordo: sin duda un empujón en la pared.
Se imaginó estar viendo su pasado. Todas sus disputas con el difunto, por celos ó por simple nerviosidad, eran en la noche, después de acostar á los niños.
Avanzó con lentitud hacia la puerta, colocando el rostro junto á su cerradura para preguntar dulcemente:
--¿Quieren ustedes algo?...
Unos murmullos; después silencio absoluto. Volvió á instalarse cerca del hogar, en un sillón de brazos hecho de madera de algarrobo, con asiento de esparto trenzado: el mueble más lujoso de la cocina. Este nuevo asiento pareció facilitar la llegada del sueño que rondaba desde mucho antes en torno á ella.
Siguió barboteando á cada trueno su invocación salvadora: «Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita...» y acabó por dormirse, oyendo cada vez más lejos los ruidos de la tormenta, no prestando atención á otros más próximos que parecían venir de su antiguo dormitorio matrimonial.
Un profundo silencio la despertó repentinamente. La cocina estaba á obscuras. En el hogar sólo quedaban unos pequeños redondeles de luz, como si entre los tizones se mantuviesen ocultos varios gatos de ojos infernales. Miró en torno con extrañeza al no escuchar más que la respiración del abuelo, débil como la de un niño.
Abandonando su asiento, fué de puntillas hasta la puerta de su habitación. El matrimonio dormía. Luego se convenció de que no dormía. Llegaba hasta ella un leve murmullo de voces suaves y lejanísimas. Tal vez se hablaban al oído, dulcemente, como ella con su difunto esposo al finalizar los placenteros armisticios que seguían á sus disputas. Este recuerdo, ahora doloroso, extinguió su curiosidad y la hizo retirarse.
Fué á tientas hasta una de las ventanas, abriéndola de par en par. Entró por ella una luz láctea, cubriendo de blanco su cara y su busto, haciéndola semejante á una imagen de mármol.
Se había alejado la tormenta. Una luna redonda y clarísima circundada de estrellas parecía correr en el cielo por entre nubes obscuras como la tinta, con ribetes de plata. En realidad, eran las nubes las que se deslizaban en tropel, unas veces por debajo de ella, otras cubriéndola con momentáneo eclipse, del que parecía salir más luminosa.
Surgía del camino hondo un resplandor de aurora. El chófer, al notar el descenso del agua, había encendido los faros, empezando la recomposición de la avería. El choque metálico de sus herramientas era el único ruido de la noche.
Luego la mujer contempló su huerto. Brillaban los naranjos con un barniz lunar. Cada uno de ellos, sobre su redondo manto verde se había colocado otro de resplandor lácteo y escurridizo.
Saturaba el ambiente un perfume de jardín saqueado. El suelo estaba cubierto de flores que parecían pateadas por una tromba de jinetes nocturnos. La tormenta había arrancado los pétalos del azahar y la tierra empezaba á oler á ramillete de novia descompuesto, con el fuerte perfume de la putrefacción vegetal. Reflejaban los charcos, en su espejo tranquilo, las gotas inquietas de las estrellas.
De pronto, una ráfaga, último arrastre del lejano manto de la tempestad, hacía temblar las copas de este jardín irreal.
Los naranjos dejaban caer de su follaje, punteado de luz, una lluvia de piedras preciosas. Luego quedaban inmóviles y la luna volvía á vestirlos de plata.
De cada hoja colgaba un diamante.
FIN
«Fontana Rosa» Mentón (Alpes Marítimos) Agosto-Octubre 1925
Sigue «A LOS PIES DE VENUS»
ÍNDICE
_Págs._
PARTE PRIMERA
LA CIUDAD DE LAS TRES LLAVES
I.--El caballero Tannhäuser. 7 II.--La viuda del «rey de los campos». 28 III.--La gran cautividad de Babilonia. 49 IV.--El castillo de los Papas. 68 V.--El hijo de micer Petracco. 86 VI.--El nacimiento del cisma. 106
PARTE SEGUNDA
LA GUERRA DE LOS TRES PAPAS
I.--De cómo el llamado «Papa de la Luna» se defendió cuatro años y medio en su palacio de Aviñón, acabando por vencer á sus sitiadores. 123
II.--Las navegaciones de la flota papal. 144
III.--Maestro Vicente. 162
IV.--Donde aparece por primera vez el general-doctor. 185
V.--El alba del protestantismo. 204
PARTE TERCERA
EN EL ARCA DE NOÉ
I.--Yo te hice lo que eres y tú me envías al desierto. 223
II.--Donde los cuervos del concilio entran en el Arca de Noé, y se habla de ciertas hostias doradas, rellenas de miel y arsénico. 241
III.--De cómo la señora de Pineda, al aburrirse en la Costa Azul, hizo un pequeño rodeo en su camino para volver á París. 261
IV.--En el arenal donde quemaron al fraile por «envenenador y nigromante». 286
V.--¡Santa Bárbara bendita! 308