El papa del mar

Part 21

Chapter 213,872 wordsPublic domain

Este anciano que bendijo á todos los reyes de su época, cuyos pies habían besado éstos y otros personajes poderosos, se sobrevivía años y años en una roca olvidada, junto al Mediterráneo. Sus amigos desleales eran ahora grandes personajes de la Iglesia. Los teólogos que al predicar sermones en su honor habían fabricado tantas imágenes sobre su apellido fingían olvidarse del «Papa de la Luna», pero de pronto recordaban con asombro é inquietud que aún no había muerto.

La prolongación de su existencia era considerada por muchos como una prueba de su legitimidad. Numerosos enemigos suyos que aún eran jóvenes iban desapareciendo, arrebatados por la muerte. Él continuaba viviendo, y su vigor sobrenatural, su tenacidad incansable, le hacían esperar algo milagroso que surgiría á última hora, imponiendo el triunfo de la verdad y la justicia.

Rosaura interrumpió á Borja con voz titubeante:

--Tal vez voy á decir un despropósito, pero este hombre que se sobrevive en un peñón solitario, mirando al mar, acordándose de sus glorias ya muertas, viéndose cada vez más solo y no dudando nunca de sí mismo, me recuerda á Napoleón y la isla de Santa Elena, que fué para muchos una simple roca.

Borja aprobó, sonriendo benévolamente:

--Sí; tal vez existe cierta semejanza, sobre todo en su muerte. Los dos, luego de preocupar al mundo é inspirar temores desde su retiro, se extinguieron en silencio, momentáneamente olvidados.

IV

En el arenal donde quemaron al fraile por «envenenador y nigromante»

Los amigos que tenía Borja en Peñíscola, el médico y el secretario municipal, subieron á la fortaleza atraídos por la noticia de esta visita. A los pocos minutos buscaron un pretexto para retirarse, satisfecha ya su curiosidad.

Sentíanse intimidados en presencia de esta gran señora, á la que no sabían qué decir. Balbuceaban, á pesar de la sonrisa y las miradas amables con que acompañaba ella sus preguntas. Los dos se preocuparon de buscar el sitio donde podría almorzar la elegante forastera. No debía ser dentro de Peñíscola. Consideraban imposible que se sentase á la mesa en una de las casas del pueblo, sin otro horizonte que la pared de enfrente, en una calle angosta, y teniendo que sufrir los enjambres pegajosos de insectos.

Resultaba mejor para dicha instalación la lengua de arena ocupada por los pescadores. Y partieron ambos para disponer lo necesario, deseosos al mismo tiempo de verse á solas y poder comentar dicha visita. Iban á apoderarse de los langostinos más grandes que hubiesen traído las barcas. En Peñíscola era inadmisible una comida sin estos mariscos, célebres en toda España.

Rosaura y Claudio pasearon por los baluartes del castillo, contemplando el mar. Luego descendieron lentamente las calles en cuesta hacia el istmo arenoso.

Eran las once. Como aún faltaba mucho tiempo para la hora del almuerzo, Borja empezó á hablar de la muerte de su héroe.

--Don Pedro falleció en un secreto absoluto. Transcurrieron siete meses antes de que los vecinos de Peñíscola y el resto del mundo se enterasen de su muerte. Por justas deducciones ha venido á saberse que el enérgico Papa murió el 29 de Noviembre de 1422, cuando había cumplido noventa y cuatro años. Hasta después de muerto sufrió persecuciones, pasando por trágicas aventuras. Su cuerpo, momificado por la edad, se mantuvo incorrupto. El cadáver no era más que piel y hueso. Lo enterraron en la basílica del castillo, y sus admiradores dijeron que surgía del sepulcro una suavísima fragancia. Sus sobrinos lo trasladaron después á la casa solariega de Illueca, convirtiendo en capilla el aposento donde había nacido. Allí permaneció su cadáver más de dos siglos, guardado en una urna, completamente entero, como el de muchos santos, con una lámpara ardiendo día y noche lo mismo que en los altares.

Un prelado extranjero, al pasar por Illueca, en el siglo XVI, protestó del culto tributado á los restos del famoso antipapa. Benedicto XIII era ya entonces un antipapa, un simple ambicioso. La historia del cisma había sido modificada para siempre á gusto de sus enemigos triunfantes en Roma. La capilla quedó cerrada hasta principios del siglo XVIII, cuando estalló la guerra de Sucesión entre los partidarios de Austrias y Borbones.

--Los descendientes de Luna eran del bando austriaco, como todos los próceres de la antigua corona de Aragón. El vecindario de Illueca defendió su castillo contra las tropas de Felipe V, nieto de Luis XIV, compuestas en su mayor parte de franceses. Yo he visto aún en la entrada del castillo de Illueca una pieza de artillería, grotesca, fabricada por aquellas pobres gentes: un cañón de madera con aros de hierro, teniendo por montaje dos ruedas de carro. Los franceses, enfurecidos por dicha resistencia, mataron á la mayor parte de los defensores y saquearon el edificio.

Esto no fué una excepción en aquella guerra, abundante en incendios intencionados de ciudades y bárbaras represalias que parecían de otros siglos. La soldadesca abrió la capilla creyendo que ocultaba algún tesoro, y al encontrar por toda riqueza la momia intacta, la hizo pedazos con las culatas de sus fusiles, arrojándola en un barranco cercano.

--Parecía que el eterno destino de este hombre extraordinario fuera verse atacado por los franceses hasta tres siglos después de muerto. Unos labradores recogieron su cabeza, llevándola al administrador de la familia Luna. Hoy la guardan en una arquilla los condes de Saviñán, que habitan un pueblo inmediato. Yo la he tenido en mis manos; sorprende por su pequeñez cuando se piensa en la enormísima voluntad que se cobijó dentro de ella. Guarda su epidermis y restos de sus ojos, como las cabezas de los faraones en el Museo del Cairo. Se la reconoce por la exagerada curva de su nariz aguileña, algo desviada, lo mismo que en sus retratos.

Después de este suceso, los enemigos de Luna atribuyeron una nueva profecía á San Vicente Ferrer. Éste, según ellos, indignado en Perpiñán por la tenacidad del Pontífice, había dicho: «Para castigo de su orgullo, algún día jugarán los niños con su cabeza á guisa de pelota.»

Como murió de viejo, sin otra enfermedad que su vetustez y en pleno uso de su inteligencia, creó dos días antes de su fallecimiento cuatro cardenales, para que el Papado legítimo de Aviñón no terminase con él. Este colegio cardenalicio debía elegirle un sucesor, continuando así la no interrumpida cadena de Pontífices verdaderamente herederos de San Pedro. Dichos cardenales de Peñíscola designados _in extremis_ fueron dos aragoneses, Julián de Loba y Jimeno Dahe, y dos franceses, un religioso llamado Domingo de Bonnefoi, prior de la Cartuja de Monte Alegre, y Juan Carrier, que andaba en aquellos momentos por el Sur de Francia sosteniendo la causa de Benedicto XIII.

Los tres cardenales residentes en Peñíscola mantuvieron en secreto la muerte de don Pedro durante siete meses, fingiendo que el Papa vivía aún, publicando en los días señalados las acostumbradas indulgencias, sirviéndose de su propio sello para expedir documentos pontificios y cartas en su nombre. Hasta los vecinos de Peñíscola ignoraban dicho fallecimiento, no extrañando la ausencia del Pontífice por haber pasado éste los últimos meses de su vida sin salir del castillo. Mientras tanto, los tres cardenales--según afirmó después su compañero Carrier--se repartieron el oro y la plata del tesoro pontificio, los anillos con piedras preciosas, los vasos sagrados, libros, ornamentos y alhajas de la capilla papal, y hasta reliquias de santos. Además, aprovecharon los siete meses de secreto para ponerse en relación con Alfonso V, que había abandonado sus reinos de España, dejando como gobernadora de ellos á su esposa doña María, y andaba por Italia haciendo la guerra para consolidar la conquista de Nápoles. Una relación misteriosa se estableció entre el promontorio de Peñíscola y el castillo del Huevo, al otro lado del Mediterráneo, en la bahía de Nápoles, donde vivía el monarca aragonés.

--Pero hablemos de Juan Carrier--continuó Borja--, personaje interesante por sus aventuras, clérigo inquieto, de voluntad no común, que fué á modo de una caricatura de Benedicto XIII, repitiendo en pequeño los últimos actos de su Pontífice. Este Juan Carrier, nacido en Tolosa, se había distinguido entre los franceses partidarios de Luna, coleccionando cuantos escritos se compusieron á favor ó en contra de él, lo que le hizo ser considerado como notable erudito en las cuestiones del cisma.

Benedicto XIII le confería varios cargos eclesiásticos, y al quedar aislado en Perpiñán lo nombró su vicario general en los Estados del conde de Armagnac. El reino de Escocia fué el último en abandonar su obediencia, dos años antes de su muerte, quedándole después de esto como único soberano amigo el conde de Armagnac, poderoso señor vasallo de Francia, pero que procedía como un verdadero rey.

Sostuvo Martín V una lucha tenaz con los condes de Armagnac, abundante en triunfos, derrotas, conciliaciones y nuevas peleas, hasta mucho después de muerto el Pontífice de Peñíscola. Tal era la actividad de Carrier en su vicariato general, que el Papa de Roma tuvo que ordenar una especie de cruzada contra él.

Por instigaciones de su legado, muchos señores y algunas ciudades de Francia hicieron la guerra á Carrier, que se había refugiado en un castillo inexpugnable de la familia de Turena. Como la situación del vicario de Benedicto XIII resultaba semejante á la de su Pontífice refugiado en Peñíscola, Carrier dió á dicho castillo el nombre de Pegniscolette, y lo mismo hicieron los sitiadores.

El legado acumuló bombardas y huestes en torno á la segunda Peñíscola. Martín V excomulgó al conde de Armagnac por haber prestado apoyo á Carrier, y éste, para no causar mayores perjuicios á su protector, se escapó de Pegniscolette, emprendiendo el camino de España para ver á su Pontífice.

Cuando llegó al célebre promontorio del Mediterráneo en 1423, recibió de golpe tres noticias. Hacía un año que Benedicto XIII había muerto; á él lo había nombrado cardenal de San Esteban dos días antes de su fallecimiento, y como sucesor suyo reinaba en Peñíscola un nuevo Papa, llamado Clemente VIII.

Los tres cardenales se habían constituído en cónclave, y después de varios meses de inútiles deliberaciones acabaron por nombrar Pontífice al canónigo de Valencia don Gil Sánchez Muñoz. Poseedor de numerosos bienes, había desempeñado este canónigo misiones importantes de Benedicto XIII en los últimos años de su Pontificado. Tenía en su familia amigos íntimos del rey de Aragón, y era «muy vil pecador», según dijo Carrier, lo que no significaba tal vez otra cosa que haber mostrado cierta afición por las mujeres, pecado común del clero rico en aquellos tiempos.

--Este inquieto Carrier, que no deja de ser gracioso algunas veces al indignarse contra sus adversarios, afirma con toda gravedad en uno de sus escritos, que al ser nombrado Pontífice Clemente VIII, ó sea el canónigo Gil Muñoz, se extendió en el salón del cónclave un olor muy fétido, viéndose durante la noche vagar por las terrazas del castillo de Peñíscola un espantoso macho cabrío.

Rosaura se acordó de la cabra que rumiaba los hierbajos de las murallas. A pesar de su aspecto dulce, debía ser descendiente del macho cabrío infernal que celebró con su aparición el triunfo del canónigo pecador.

--Tal vez--contestó Borja sonriendo--. En esta prolongación del reino papal de Luna se mezclaron cosas ridículas y trágicas. El Pontificado de Clemente VIII fué grotesco, mas no por ello indigno de ser tenido en cuenta. Una cosa que dura ocho años no es para despreciada.

Al proclamarse en Peñíscola el nuevo Pontífice, se alarmó el reino de Aragón. Todos habían mirado con respeto la desgracia y la lenta vejez de Benedicto XIII; pero originó asombro y luego cólera la noticia de que un nuevo Papa completamente desconocido iba á prolongar la discordia en la cristiandad.

Siguiendo sus propios impulsos, la reina gobernadora ordenó á todas las poblaciones de la costa que estableciesen un bloqueo en torno á Peñíscola, y hasta preparó tropas para que se apoderasen de la plaza; pero los tres cardenales y el Papa elegido sabían más que ella y sus consejeros de Aragón. Llegaron del castillo del Huevo órdenes del conquistador de Nápoles para que dejasen en paz al Pontífice elegido en Peñíscola y á su corte.

Alfonso V sostenía una lucha diplomática con el Papa de Roma, reacio á acatar y legitimar su conquista de Nápoles. Al rey de Aragón le convenía mantener en sus Estados un cisma que inquietase á Martín V.

No era segura la situación de éste. El concilio de Constanza, después de haber prometido una reforma general de las costumbres de la Iglesia, se había disuelto sin hacer otra cosa que nombrarlo á él y suprimir á sus tres antecesores. Los husitas, partidarios de Juan Huss y Jerónimo de Praga, habían tomado las armas para vengar á estos mártires y sostener las doctrinas de Wiclef. Su caudillo Juan de Ziska obtenía continuas victorias sobre los sostenedores del Papa.

--Una parte considerable de la Iglesia se mostraba descontenta del Pontífice elegido en Constanza. Para evitar los peligros de tal animosidad, Martín V tuvo que convocar un nuevo concilio en Basilea, pero murió antes de que éste inaugurase sus sesiones. Eugenio IV, su sucesor, se vió depuesto por dicho concilio, y en su lugar fué nombrado Félix V. A éste lo declararon finalmente antipapa; pero todo lo dicho demuestra cuán insegura fué la situación de Martín V durante su Pontificado.

Se entendió al fin el rey de Aragón con el Papa de Roma, y Gil Muñoz, obedeciendo las órdenes de aquél, renunció á su Pontificado de Peñíscola, que ya llevaba ocho años de duración.

--La lentitud con que circulaban las noticias en aquel tiempo, los largos plazos que eran necesarios en todos los asuntos, la falta de periódicos y de comunicaciones rápidas, daban una larga existencia á lo que hoy se resolvería en pocas semanas. Gil Muñoz se mostraba también deseoso de abandonar su Pontificado. La Santa Sede de Peñíscola apenas tenía rentas, y el rico canónigo se arruinaba siendo Papa. Mas al llegar el momento de su abdicación, Gil Muñoz y sus cardenales mostraron una altivez verdaderamente española. Ya que cedían, debía ser con toda clase de honores. Además veneraban la memoria de Benedicto XIII, reconociendo que nadie podía compararse con él, y rivalizaron para mantener hasta el último momento la legitimidad de su causa.

El modesto Pontífice de Peñíscola y sus cardenales no aceptaron nada que pudiera interpretarse como tácito reconocimiento de que Benedicto XIII había sido un usurpador. Su Pontificado era legítimo y legítima igualmente la sucesión de Gil Muñoz, ó sea Clemente VIII. Lo único que podía hacer éste era renunciar á su legitimidad indiscutible, para bien de la Iglesia.

--En el gran salón abovedado que hemos visto se reunieron el 26 de Julio de 1429 Clemente VIII y toda su corte. Uno de los tres cardenales que lo habían elegido, el francés Bonnefoi, vivía preso desde tres años antes en un calabozo del castillo, por lo que diré luego. El aragonés Dahe también ocupaba una mazmorra, pero sólo desde las últimas semanas, por haberse mostrado contrario, con una tenacidad digna de Benedicto, á cumplir las órdenes del rey acatando á Martín V.

No obstante estas dos ausencias, la corte pontificia conservaba tres cardenales: Julián de Loba, el único de los presentes nombrado por el papa Luna; Gil Sánchez Muñoz el joven, sobrino de Clemente VIII--pues éste, para mostrarse verdadero Papa, empezó por proteger á su familia--, y otro cardenal creado pocos días antes, que se llamaba Francisco Rovira. Los altos funcionarios eran veintidós, aragoneses y valencianos los más, y algunos franceses é italianos.

El cardenal De Foix, enviado de Martín V, presenció con todo su séquito esta ceremonia, que iba á ser el último acto de la célebre y tenaz resistencia del papa Luna.

Revestido Clemente VIII con las insignias de su famoso antecesor, ocupó por última vez el trono papal. Con una firmeza solemne declaró que revocaba todas las sentencias y excomuniones que Benedicto XIII ó él mismo hubiesen podido fulminar contra el cardenal Otón Colonna y lo habilitaba para recibir la dignidad de Papa. Si él había aceptado la sucesión de Benedicto, era con la esperanza de poder realizar dicha unión, y «por esto libremente, en honor de Dios y de la Iglesia, sin ser inducido por dádivas ni promesas, renunciaba á la dignidad pontifical». Y pronunciando la fórmula de abdicación descendió del trono, se ocultó en una habitación inmediata y volvió á mostrarse poco después en simples hábitos de canónigo de Valencia.

Procedieron entonces los cardenales á la elección de un nuevo Pontífice, votando por unanimidad á Otón Colonna, ó sea á Martín V.

Al día siguiente el antiguo Papa con sus cardenales fué á San Mateo, capital del Maestrazgo, donde vivía el cardenal De Foix, y éste, por su parte, en nombre de Martín V, los absolvió de las censuras que les había impuesto el Pontífice romano, admitiéndolos en el gremio de su Iglesia. Gil Muñoz y su pequeña corte entregaron al legado papal las dos joyas más valiosas que los Pontífices de Aviñón se habían llevado de Roma y Benedicto XIII había guardado en Peñíscola: el _Líber Censuum_, volumen que contenía los títulos de propiedad de la Iglesia, y la famosa tiara de San Silvestre, toda de metal, con círculos de piedras preciosas.

--Esta tiara era cónica, como un embudo invertido. La forma ovoidal que tiene actualmente la tiara pontificia fué inventada cuando la famosa de San Silvestre desapareció para siempre, algunos años después de ser llevada de Peñíscola á Roma. El legado de Martín V la trasladó con gran pompa á la Ciudad Eterna, depositándola en el tesoro de San Juan de Letrán, como un resto glorioso de la supuesta donación de Constantino. Aunque muchos dudaban de tan remoto origen, era tradición que todos los Papas la habían llevado en su cabeza desde los primeros tiempos del cristianismo triunfante. Medio siglo después, entraron ladrones en el tesoro de la Basílica de Letrán, llevándose la histórica tiara, sin que nadie haya sabido más de ella.

Terminadas estas ceremonias de reconciliación, un secretario de Alfonso V, que le había servido de embajador en Roma restableciendo la paz entre su rey y el papa Martín, era nombrado obispo de Valencia, y el legado de dicho Pontífice le colocaba la mitra en la iglesia del castillo de Peñíscola. Este nuevo prelado, Alfonso de Borja, jurisconsulto, hábil en las negociaciones diplomáticas, iba á ser Papa veinticinco años después, con el nombre de Calixto III.

--¿Así empezó la familia Borja su carrera?--preguntó Rosaura.

--Así empezó. Sin las negociaciones de paz que terminaron con la renuncia de Gil Muñoz en Peñíscola, no habría pasado Alfonso de Borja de ser un consejero íntimo del rey de Aragón y de Nápoles. También á Gil Muñoz lo hizo obispo el Papa romano, dándole la mitra de Mallorca.

--¿Y los cardenales que estaban presos en las mazmorras?...

Claudio se apresuró á satisfacer esta curiosidad de la dama, igual á la que podía sentir leyendo una novela.

--Los dejaron libres cuando el legado pontificio tomó posesión del castillo.

Al aragonés Dahe únicamente lo habían encerrado unas semanas, para que no se opusiera á que la reconciliación fuese unánime. El viejo cartujo Bonnefoi parecía un espectro después de su cautividad de tres años en un calabozo de piedra que únicamente tenía un exiguo ventanillo sobre el mar. Estaba demacrado, casi ciego y en una miseria tal, que sus libertadores procuraron que nadie lo viese. Su delito consistía en haberse puesto de acuerdo con Juan Carrier, que protestaba desde Francia, no queriendo aceptar la legitimidad de la elección de Clemente VIII.

--Este Carrier representa una prolongación extravagante del cisma, como sólo era posible en aquella época de agitaciones eclesiásticas é indisciplina general. Hasta los concilios se reunían prescindiendo de los Papas. Todos se consideraban con derecho á buscar la unión de la Iglesia, valiéndose de procedimientos á su modo.

Temiendo que Gil Muñoz lo metiese en un calabozo de Peñíscola si manifestaba francamente su rebeldía, se descolgó Carrier una noche á lo largo de una cuerda, desde lo alto del castillo, y huyó á Francia para refugiarse en el condado de Armagnac. Hizo celebrar por un clérigo, al que llamaba su capellán, la misa del Espíritu Santo, llamó á un notario y á varios testigos para que firmasen un acta, y en nombre propio, ya que á los otros cardenales de Peñíscola los consideraba simoníacos, nombró un Papa, cuya identidad mantuvo oculta.

Este Papa designado por Carrier se supone que fué un sacerdote francés de la Guyena, agregado á la iglesia de Rodez. Durante mucho tiempo guardó en absoluto secreto el nombre del misterioso personaje, mas no por ello disimulaba su existencia, y en los Estados del conde de Armagnac empezó otra vez una guerra de tres Papas, Martín V de Roma, Clemente VIII de Peñíscola y el tercer Pontífice sin nombre, rodeado de un interés novelesco, y en cuya representación hablaba el hombre de Pegniscolette.

Carrier se veía perseguido por los legados de Martín V y al mismo tiempo por el Papa de Peñíscola, que le excomulgó, quitándole el capelo. El conde de Armagnac, Juan IV, que se había mantenido fiel á Luna hasta el último instante, escuchaba al inquieto Carrier y le ofrecía un apoyo para su Pontífice incógnito, igual al que el rey de Aragón había prestado á Benedicto XIII.

Tal era la confusión del conde de Armagnac en tal asunto, que no sabía cómo decidirse á favor de uno de los tres Papas, Martín V, Clemente VIII ó Benedicto XIV, pues éste era el nombre que había tomado finalmente el Papa de Carrier, en honor al Pontífice muerto en Peñíscola. Creía de buena fe dicho conde soberano que el asunto principal del cisma aún se hallaba pendiente, y se le ocurrió un procedimiento infalible para averiguar la verdad.

Juana de Arco había llegado en aquel momento al apogeo de su sorprendente historia. Acababa de salvar á la ciudad de Orleáns, consagrando en Reims á Carlos VII como rey de Francia. Esta humilde campesina que triunfaba de los ingleses y oía «voces» sobrenaturales aconsejándola lo que debía hacer era la persona indicada para disipar las obscuridades del cisma, y por eso Armagnac le envió una carta que decía así:

«Querida señora: Existen tres pretendientes al Papado; uno vive en Roma, se hace llamar Martín V y le obedecen todos los reyes cristianos; otro habita en Peñíscola y se hace llamar Clemente VIII; el tercero no se sabe dónde vive, tan sólo el cardenal de San Esteban y unos pocos más lo conocen, y se hace llamar Benedicto XIV...» Y le pedía que suplicase á Nuestro Señor Jesucristo para que por medio de ella hiciese saber cuál de los tres era el verdadero Pontífice y poder obedecerle.

La célebre doncella de Orleáns recibió esta carta en Compiègne cuando, vestida de hierro, se disponía á montar á caballo al frente de sus hombres de armas. Quedó al principio en suspenso, no sabiendo qué contestar. Sus «voces» jamás le habían hablado de este asunto. Nacida en 1412, había oído conversar, al tener uso de razón, del Gran Cisma de Occidente como de una calamidad ya remota. La resistencia tenaz de Pedro de Luna en Peñíscola preocupó á España, á Italia y á los Estados del Sur de Francia, sin llegar nunca hasta la Lorena, su país. Todo lo más que había podido saber durante sus primeros años era la reunión de un concilio en la ciudad de Constanza. A Muñoz y á Carrier nunca los había oído nombrar.

Con el deseo de no mostrarse descortés dictó una respuesta al conde de Armagnac, diciendo que por el momento estaba ocupada en hacer la guerra; pero luego de su triunfo definitivo, cuando volviese ella á París, podía enviarle otro mensajero. Entonces le haría saber con certeza á quién debía seguir, «según el consejo de mi director y soberano dueño, el rey del mundo».