El papa del mar

Part 20

Chapter 203,804 wordsPublic domain

Preguntó por Borja en el Hotel Ritz de Barcelona, recordando el membrete de las diversas cartas que había recibido de dicha ciudad. Don Claudio, según le manifestó el gerente, estaba en Tarragona. No había perdido ella la pista. Iba á continuarla, como buena baquiana, siguiendo las huellas, lo mismo que los gauchos viejos que aún había visto de niña en la Pampa.

También le hablaron de Borja en el hotel de Tarragona. Tuvo que hacer alto, porque aún le quedaban más de cien kilómetros para llegar á Peñíscola y empezaba á atardecer. Además, el camino era muy duro.

--¿Peor que los que he encontrado hasta aquí?--dijo ella con cierto asombro.

Bajó la cabeza el dueño del hotel y abrió los brazos con mudo gesto que parecía reflejar la impotencia humana ante cosas de imposible remedio.

El edificio estaba adosado á un antiguo convento convertido en cuartel. Ocupó la mejor habitación, que olía aún á pintura fresca, y al abrir la ventana del cuarto de baño vió el muro de un jardín inmediato, con manchas leprosas de musgo. Sobre sus bordes festoneados de hierbas floridas se elevaban dos palmeras polvorientas. Las rejas del cuartel le enviaron de golpe un estrépito de muchedumbre invisible, joven y gritona. Los soldados debían estar en los patios, como colegiales á la hora del asueto. Se llamaban unos á otros con toda la fuerza de sus pulmones. Varios músicos hacían ejercicios en sus instrumentos aisladamente, sin oirse unos á otros, añadiendo su cacofonía enrevesada al humano griterío. Un olor punzante de salud excesiva é intensamente varonil obligó á Rosaura á cerrar la ventana.

Por la parte de la calle monopolizaba la puerta del cuartel toda la acera, cubriéndola con un toldo rayado y colocando en sus bordes cajones verdes de los que surgían rododendros y bojes. A todas horas unos sillones de junco estaban ocupados por oficiales, y el transeunte debía deslizarse entre ellos y el centinela que paseaba con el fusil al hombro.

Salió Rosaura del hotel cuando empezaba la noche, deseosa de ver un poco la ciudad, y su paso produjo una gran emoción en la juventud con uniforme sentada á la puerta del cuartel. Tenientes y capitanes se miraron asombrados. «¡Qué mujer!» Nunca habían visto nada semejante en aquella tranquila ciudad provincial. Sólo pudieron compararla á las protagonistas de ciertas novelas eróticas, que ellos habían admirado como un compendio de todas las elegancias y voluptuosidades imaginables. Era la gran señora extranjera, hermosa, rica, envuelta en perfumes, que había cruzado su imaginación mientras leían en el cuarto de banderas ó se recreaban con salaces fantasías tendidos en su lecho de la casa de huéspedes.

Rosaura vió al poco rato pobladas de militares jóvenes todas las calles que iba siguiendo. Unos marchaban paralelos á ella por la acera de enfrente; otros venían á su encuentro, y al pasar murmuraban en voz baja palabras de admiración. Faltaba poco para que los más audaces la saludasen, poniéndose á sus órdenes, al verla sola y forastera. Tal vez iban á ofrecerse para enseñarla las bellezas de la ciudad... «¡Ah, no!» Le parecían simpáticos, pero renunciaba á toda conversación con ellos; y se apresuró á regresar al hotel.

Mientras comía, vuelta de espalda á las ventanas, vió en un espejo de enfrente gorras con adornos dorados que se juntaban en la calle para verla, se alejaban y volvían á mostrarse poco después. Dos oficiales comían en la misma sala, y esto sirvió de pretexto para que otros viniesen á saludarles, formando un grupo que habló en voz alta, esforzándose por decir cosas graciosas que llamaran la atención de la extranjera y la hiciesen reir, desarrugando su ceño hostil.

Se acostó muy temprano, pensando en la jornada siguiente. Era la última noche de su viaje. Duraba ya tres días, y ella se había acostumbrado á madrugar. Cuando tambores y trompetas tocaron diana en el cuartel, ya estaba ella vestida, tomando un café apenas tibio. Al salir el sol, su automóvil rodaba lejos de Tarragona. Sonrió pensando en aquellos militares jóvenes, que la habrían recordado durante la noche, y horas después, al llegar á su cuartel, iban á enterarse de que el fantasma del crepúsculo se había desvanecido para siempre con la luz del nuevo día.

Más allá de Tortosa cambió el aspecto del paisaje. Ya no eran viñas y olivares, como en el campo de Tarragona, alrededor de arcos y tumbas romanas. Empezó á encontrar huertos de naranjos, algo espaciados, como las avanzadas de un ejército. Nunca los había visto en esta forma, empezando su ramaje casi á ras del suelo, copudos y de no gran altura, redondeándose como enormes esferas verdes sobre la tierra rojiza.

Entraba en el reino de Valencia, jardín del Mediterráneo que tantas veces le había descrito Claudio Borja. Su chófer, después de salvar las revueltas de la carretera en ambos declives de la cuenca del río Ebro, dejaba correr ahora el automóvil con la confianza que inspiran los caminos rectilíneos, de largas perspectivas.

Los naranjos estaban en flor. Bosques de algarrobos, oliendo á miel calentada, compartían con las viñas el terreno aún no invadido por los naranjales. Pasaron por una ciudad de casas blancas y azules, con bellas iglesias. Tenía un aspecto de vida fácil, de cosechas ricas y abundante dinero. Varios buques de vela estaban anclados en su puerto. Era Vinaroz. Poco después atravesaron otra población de aspecto semejante. Aquí, según la carta que Rosaura iba consultando, había que abandonar la carretera. Estaban en Benicarló y les faltaba poco para llegar al término de su viaje.

Vieron á lo lejos, unido á la costa, como un buque encallado, blanco y enorme, el promontorio de Peñíscola, ceñido de baterías, coronado de torres y murallas. El caserío, oprimido por los círculos de piedra, iba escalonándose hasta la cúspide.

La última parte del camino, que parecía insignificante por su brevedad, fué la más penosa. El poderoso vehículo tuvo que marchar lentamente, jadeando al mismo tiempo por sus esfuerzos, para no quedar inmovilizado en un terreno blando que se hundía bajo las ruedas. Más que camino era un barranco, que aún guardaba charcas verdosas de la lluvia caída muchos días antes. Sobre sus costados en talud se extendían filas de naranjos, asomaban palmeras, y las cercas estaban cubiertas de flores.

Habían hermoseado los hombres la tierra, batiéndose con el agua muerta de las marismas hasta transformarlas en campos, pero nadie se preocupaba del camino. Además, iba éste hacia una población donde no existen carros y la mayor parte de su tráfico se hace por mar ó á lomo de caballerías.

Avanzó el automóvil, titubeante, con tremendos balanceos, igual que una máquina de guerra marchando sobre escombros. Al salir á la costa, frente al promontorio de Peñíscola, se lanzó á todo correr por la playa y el istmo arenoso. Aunque el suelo era blando, se deslizaba sin vaivenes, silenciosamente, lo mismo que si tuviese bajo sus ruedas una alfombra gruesa. A ambos lados de la lengua arenisca estaban puestas á secar grandes redes, marcándose sobre el suelo amarillento la trama de sus hilos color de vino.

Las tripulaciones de dos barcas negras descargaban lo que habían pescado durante la noche. Sus hombres, con el pantalón subido hasta cerca de las caderas, iban trasladando á la orilla unos cestos brillantes bajo el sol, con reflejos de plomo recién fundido. Grupos de mujeres examinaban ávidamente su interior. Los que contenían langostinos, grandes, con una transparencia blanca y densa de cristal mate, eran colocados aparte, como materia preciosa.

Llegó el automóvil confiadamente hasta la puerta de la primera muralla. Numerosas mujeres, en torno á un lavadero, golpeaban ropas húmedas, volviendo á colocarlas bajo el chorro clarísimo de una fuente surgida de las rocas. Todas abandonaron su trabajo dando gritos, y á esta algazara se unieron las voces de numerosos muchachos. El carruaje debía detenerse allí. Era imposible su entrada en una población de calles pendientes y angostas que sólo permitían el paso de machos y asnos con sus cargas. Dos hombres siguiendo á sus caballerías, que llevaban herramientas agrícolas, salieron en el mismo instante de este pueblo de pescadores, para cultivar sus parcelas de campo en la costa de enfrente.

Aunque mujeres y chiquillos gritaban en un dialecto mezcla de valenciano y catalán, Rosaura y su chófer entendieron sus indicaciones. Un modesto parador, situado junto á la gran puerta coronada por el escudo ostentoso de Felipe II, tenía ante su cobertizo dos carros procedentes de alguna población inmediata, los cuales también habían hecho alto fuera de las murallas.

Rosaura, al echar pie á tierra, se vió rodeada de ojos curiosos que la contemplaban á cierta distancia, con la timidez hostil que inspiran los forasteros. A pesar de su palidez y sus ojeras de cansancio, aquellas pobres mujeres acogieron su presencia como si perteneciese á otra humanidad y se hubiera extraviado en su camino, llegando engañada hasta allí.

--¡Virgen soberana!--decían--. ¡Qué señora tan guapa!... Parece una reina.

Algunas viejas, más audaces por privilegio de su edad, se acercaron á ella, titubeando antes de contestar á sus preguntas en castellano, haciéndoselas repetir por conocer escasamente dicho idioma y porque las desorientaba el acento argentino de Rosaura. No podían adivinar quién era este don Claudio Borja por el que preguntaba la señorona. Una de las más jóvenes descubrió el misterio.

--Es el «madrileño»--dijo á las otras; y añadió, dirigiéndose á Rosaura:--Suba, siñora; suba siempre delante de osté, y en el castillo lo encontrará.

Sus amigas parecieron felicitarla con largas risotadas por la facilidad con que hablaba el castellano y su exacto conocimiento del único forastero existente en la población.

Siguió adelante Rosaura, precedida de un grupo de chiquillos, mientras las mujeres volvían á trabajar en el lavadero ó se agrupaban en torno al automóvil, admirando su tamaño, comparándolo con otros que habían visto, haciendo preguntas al chófer para enterarse de quién era su dueña.

Se dió cuenta la criolla de que algo invisible corría por las calles empinadas de la población, avisando á todos el suceso extraordinario de su presencia. Asomaban á ventanas y puertas cabezas de mujeres mal peinadas á esta hora matinal, pues era en la tarde, después de finalizados los trabajos domésticos, cuando procedían al arreglo de su persona. Los chicuelos persistían en marchar junto á ella, con la cara levantada para verla mejor. De las casas iban surgiendo otros y otros, que se unían á la comitiva infantil. No hablaban, no pedían nada, la seguían con los ojos fijos en su rostro, presintiendo un misterio, asombrados de su falta de semejanza con las mujeres que veían todos los días, aspirando deleitosamente el perfume de su cuerpo.

Pasó junto á una charca azul rodeada en parte de muros. Era «el Bufador». Ahora sus aguas dormían tranquilas, libres del soplido tempestuoso del peñón que las eleva en forma de surtidor por encima de las casas cercanas. El pavimento de las calles era de losas resbaladizas. A trechos se formaban en él grandes manchas negras é inmóviles, pero éstas adquirían vida al acercarse sus pasos, elevándose con zumbante revoloteo. Las moscas, señoras del pueblo, al ser repelidas de la calle, se introducían en cuadras y habitaciones.

Continuó subiendo, confiada en el instinto de los que marchaban á la cabeza de su escolta infantil. Al ver á un hombre de rostro curtido por el sol y el agua del mar, barba corta y dura, ancho de espaldas y paso balanceante--un tipo de patrón de barca retirado--, le preguntó si iba en buena dirección para llegar al castillo.

Era el alcalde, que descendía hacia la única puerta del pueblo, avisado sin duda de esta llegada extraordinaria. Hizo un esfuerzo para agrupar en su mente todo el castellano que sabía como personaje oficial, y contestó:

--Va usted muy bien. Además, vaya por donde vaya, llegará siempre al castillo.

Luego añadió con ingenuo orgullo, como si proclamase una ventaja de su población sobre todas las grandes capitales del mundo, de las que había oído contar maravillas:

--No tenga miedo, señora. En Peñíscola no se pierde nadie.

Al separarse de él hizo esfuerzos Rosaura para ocultar su risa. Verdaderamente, nadie podía perderse en una media docena de calles y callejuelas encerradas entre murallas y ascendiendo todas hacia la cúspide del peñón.

El alcalde no osó acompañarla; le parecía un atrevimiento. Con estas grandes señoras no sabe nunca un hombre sencillo lo que está bien y lo que está mal. Pero algunos metros más allá vió aparecer ante ella á un campesino llevando sobre el pañuelo que envolvía su frente una gorra con galón dorado y en su diestra un bastón del que colgaban dos borlas negras. Era el alguacil. Obedeciendo las indicaciones de su jefe, empezó á dar gritos y á mover el bastón para asustar al infantil enjambre. «¿No veían que estaban molestando á la señora?... ¡Qué iban á decir en el extranjero de la educación del vecindario de Peñíscola!» Y Rosaura tuvo que interceder para que no alejase con sus amenazas á esta escolta silenciosa, cuyo único delito consistía en marchar pegada á ella, tocando los más atrevidos los botones y el paño de su gabán.

En la entrada del castillo tuvo que pedir al rústico emisario de la autoridad el apoyo de su mano callosa. El suelo de la poterna y de la antigua plaza de armas estaba tan pulido por el roce, tan lavado por las lluvias, que parecía de cristal mate y azulado. Era preciso buscar las grietas donde se mantenía la tierra y crecían pequeñas hierbas, para que los pies no resbalasen. El alguacil, con el deseo sin duda de infundirla ánimo, le habló de algunos visitantes que se habían roto brazos ó piernas á consecuencia de sus caídas en este mismo lugar.

Dejaron atrás un vasto espacio rodeado de murallas, al que daban las puertas de antiguas dependencias de la fortaleza. Estas construcciones servían ahora de pajares ó estaban abandonadas. El castillo había sufrido tres largos bombardeos en los dos últimos siglos, y sólo se mantenía completo lo que fué construído en bóveda, las obras bajas y achatadas, que en el antiguo lenguaje militar se llamaban «á prueba de bomba».

Ascendieron por una escalera de piedra azul, igualmente resbaladiza. El alguacil marchaba delante, hablándola con palabras que ella necesitaba adivinar. Detrás la insistente chiquillería empezó á esparcirse por la fortaleza, aprovechándose de esta visita extraordinaria, pues en días normales su llave estaba guardada en el Ayuntamiento. Comprendió Rosaura que aquel hombre le hablaba del «señor madrileño» como si lo conociese mucho. De pronto empezó á gritar, presintiendo su proximidad:

--Don Claudio, una visita... ¡Una visita!

Escuchaba Borja, desde poco antes, un rumor creciente que parecía inexplicable en el silencio de la fortaleza abandonada. Como los sonidos más insignificantes adquirían exagerado valor en esta calma profunda, creyó que algo comparable á una muchedumbre amotinada se había deslizado á través de la poterna, extendiéndose, escaleras arriba, por los baluartes y el interior de las torres. Al ruido de los vencejos que aleteaban en torno á las murallas se unieron los gritos de los muchachos llamándose entre ellos y una voz masculina gritando á todo pulmón su nombre. ¿Qué visita podía buscarle en Peñíscola? Asomándose entre dos almenas, vió al alguacil y vió...

No podía ser: ¡imposible! Poco antes había mirado su reloj: las nueve y media de la mañana. La hora no era de apariciones. Además, juzgaba imposible la existencia de fantasmas á la luz de un sol radiante, en aquella cumbre circundada de mar, bajo un cielo de intenso añil, sin una nube... Y sin embargo, la tenía allí, cerca de él. Resultaba absurdo, pero le pareció igualmente temerario dudar de lo que estaba viendo.

Ella rió de su estupefacción, con carcajadas que hicieron circular graciosas ondulaciones á lo largo de su cuello, como si una perla subiese y bajase al otro lado de la blanca epidermis.

--No ponga esa cara... Baje y salude á los amigos... ¡No es para tanto!

Y continuó sus risas, satisfecha del asombro con que la acogía Borja. Cuando estuvo junto á ella, le fué dando explicaciones sobre su viaje. Venía á cumplir su palabra. Le prometió en Marsella ver Peñíscola con él, y allí estaba. Era una entrevista de unas horas nada más. Inmediatamente reanudaría su viaje, volviéndose á París. Un pequeño rodeo en su camino.

Todavía no repuesto de la primera sorpresa, la escuchó Borja como si no comprendiese sus palabras. Todo lo que iba diciendo la hermosa criolla seguía manteniéndole en un mundo absurdo. ¡Venir de tan lejos para permanecer aquí unas horas nada más!... ¡Volverse de Peñíscola á París, y llamar á esto un pequeño rodeo en su viaje!... Tuvo miedo de estar soñando, de que se desvaneciese la inesperada visita, volviendo á verse caído en su anterior soledad.

No; ella estaba á su lado, la respiraba, la veía pálida y un poco marchita por el cansancio del viaje, pero más suya, más íntima que la última vez que se habían hablado en el hotel de Marsella.

Rosaura no le dejó tiempo para sumirse en sus pensamientos.

--Enséñeme todo esto. Hágame los honores del último palacio de nuestro don Pedro. No permanezca ahí erguido y mudo como un poste.

Obedeciendo á esta voz dulce y autoritaria, la guió por todo el castillo, disculpando su ruinoso abandono, como si fuese culpa suya. Cincuenta años antes aún había servido de base de operaciones á las tropas del gobierno, cuando perseguían á los carlistas en el Maestrazgo. No valía nada como fortaleza ante los cañones modernos, pero resultaba inexpugnable para las bandas del pretendiente don Carlos, faltas de artillería.

Entraron en el salón más grande, con techo abovedado, ventanales góticos y muros de piedra. Indudablemente fué aquí donde Luna recibió con aparato pontifical á los dos enviados de Constanza. Las paredes de sillares estarían cubiertas con ricas tapicerías traídas de Aviñón. Pero después del papa Luna habían pasado por esta sala las numerosas guarniciones sucedidas durante cinco siglos. Todavía quedaban en los muros soportes de tablas, sobre las cuales colocaban sus efectos los últimos soldados treinta años antes. Al fin la fortaleza había sido desguarnecida, para suprimir el absurdo espectáculo de unos centinelas que paseaban por sus baluartes bostezando de aburrimiento, convencidos de la inutilidad de sus funciones.

Junto á la puerta de este salón de audiencia se mantenía un rótulo escrito con tinta: «Segunda compañía, primer batallón». Títulos iguales los fueron encontrando en las puertas de otras dependencias. Un edificio ruinoso había sido la basílica papal. Otro conservaba aún dobles ojivas en sus muros sin techo, amenazados de derrumbamiento. En él estuvieron las habitaciones del Pontífice y de su exigua corte.

Quedaba poco que ver en su interior. Habían sido muy numerosas las muchedumbres militares que lo emplearon como albergue, enjalbegando con cal las paredes, rascándolas para nuevos blanqueamientos, hasta arrancar los últimos vestigios de sus antiguas pinturas.

Sólo quedaban en Peñíscola, del papa Luna, un báculo de cristal de roca con piedras preciosas y otros objetos de menos valor, guardados en la sacristía de la iglesia parroquial.

Rosaura se asomó con inquietud á las bocas de dos mazmorras, en cuyo fondo eran depositados los presos colgantes de una cuerda. Debían ser obra de los templarios, constructores de la fortaleza, utilizándose después con arreglo á las bárbaras costumbres judiciales de aquellos tiempos.

Respiró con deleite al salir á los paseos almenados, viendo la extensión ilimitada del Mediterráneo. Borja señaló las dos líneas de la costa que se perdían en el infinito á ambos lados del castillo. La de su derecha, baja, verde, toda de viñas, algarrobos, olivos y naranjales, iba hacia Castellón y Valencia. A su izquierda, los caseríos blancos de dos ciudades, Benicarló y Vinaroz, las tierras bajas de la desembocadura del Ebro, y en último término las montañas de Tarragona.

Luego contemplaron ante ellos el mar intensamente azul, con ondulaciones suaves y largas, y en esta llanura de incesante movimiento ciertos redondeles de color más claro, con orla de espumas, cual si surgiese por ellos algo burbujeante que repelía el agua salada.

Explicó Borja que eran fuentes de agua dulce nacidas en pleno mar, iguales á las otras que manaban dentro del peñón. Los primeros navegantes cretenses, fenicios ó cartagineses se transmitían como un secreto precioso la existencia de estos manantiales marítimos en distintos puntos del Mediterráneo. Podían llenar sus ánforas y odres sin verse obligados á un desembarco peligroso. La necesidad de agua dulce los impulsaba muchas veces á realizar expediciones tierra adentro, expuestos á recibir el flechazo de un arco emboscado ó la pedrada mortal del hondero de Iberia.

La turba de chicuelos había desaparecido. Se oían sus gritos cada vez más lejos en las calles del pueblo. El alguacil los había expulsado de la fortaleza. Ahora una cabra blanca y rojiza iba detrás de los dos en su paseo por las murallas.

Borja la había visto todos los días. Un vecino del castillo la dejaba dentro de éste para que se alimentase con sus hierbas. Admiró Rosaura sus movimientos gimnásticos para alcanzar el pasto de las ruinas. Con sus cuatro patas juntas se inclinaba sobre el vacío, rumiando las flores amarillentas de una mata surgida más allá de las almenas. Allí se mantenía en equilibrio, teniendo debajo los muros inferiores de la fortaleza, la montaña vertical sobre el mar, los peñascos salientes del promontorio, batidos por las rítmicas ondulaciones azules.

Claudio quiso mostrarle una torrecilla de un solo piso, con el escudo de Luna sobre su puerta ojival. Era la parte del castillo más saliente sobre el mar, y según Borja, se aislaba en ella el tenaz Pontífice durante sus horas de meditación. Aquí tal vez le colocaban, luego de su comida meridiana, aquellas cajas de dulces descritas en el proceso de su envenenamiento.

Paseó Rosaura por esta pequeña habitación de piedra, con estrechas y rasgadas ventanas, desde las cuales podía atalayarse el mar libre. Claudio describía al nonagenario, enjuto como una momia, mirando el horizonte fijamente, cual si alcanzase á ver la ribera opuesta, la costa de Italia, donde siempre había tenido un adversario que combatir.

No pensaba en la muerte, ni aun después de su envenenamiento. La vida le parecía falta de sentido al desarrollarse sin acción. Todavía, tres años antes de fallecer, proyectaba á solas expediciones marítimas, la organización de una flota igual ó mayor que la que le había llevado á las costas de Génova, un desembarco en Civita-Vecchia, seguido de una marcha sobre Roma, donde aún le quedaban amigos y eran muchos los descontentos.

Su soledad parecía suprimir los obstáculos, presentándole como factibles las empresas más absurdas. Hombres fieles le servían de emisarios, viajando por Francia é Italia para intentar la realización de sus planes.

Martín V, el Papa de Constanza, no se engañaba al mostrarse inquieto mientras existiese el anciano refugiado en Peñíscola. Hacía éste ocultas proposiciones al castellano de Civita-Vecchia para efectuar un desembarco en dicha ciudad. Intentaba establecer relaciones, para una expedición marítima, con el marido de Juana II de Nápoles, que había sido lugarteniente de su gran amigo Luis de Anjou.

Aún tenía sus dos galeras ancladas en Port Fangos, puerto cada vez más solitario, en el delta del Ebro. Era el Papa del mar y estaba seguro de reunir toda una flota de galeras y galeotas, como en otros tiempos, pidiendo apoyo á los mareantes de Barcelona, Valencia y Mallorca, agrandando su marina pontificia con los caballeros errantes del Mediterráneo, que vivían de piraterías y otras malas artes, como los paladines terrestres disimulaban atropellos y robos con su heroísmo.