Part 19
Cuatro cardenales nombrados por él lo abandonaron. Entonces, Benedicto, inquebrantable como la roca que habitaba, los depuso por indignos, y todos los años, al llegar el Jueves Santo, lanzaba contra ellos el anatema, á pesar de que tres habían muerto mucho antes.
Los rápidos fallecimientos de estos amigos desleales hacían que el anciano insinuase á sus íntimos la posibilidad de que el Papa de Italia no fuese extraño á su muerte.
Para acabar con él de una vez, envió Martín V á los Estados del rey de Aragón á uno de sus más íntimos confidentes, el cardenal Adimari, que por ser arzobispo de Pisa fué conocido en España con el nombre del cardenal Pisano. El objeto de su viaje era cortar de raíz el cisma en la tierra donde aún se mantenía; suprimir á Benedicto, fuese como fuese, de acuerdo con las doctrinas políticas de aquellos tiempos, que llegaban á reconocer como legítimo el crimen de Estado.
Pronto se convenció Adimari de que era imposible vencer á Luna en su país. El clero no osaba rebelarse contra el Papa elegido en Constanza, mas tampoco quería proceder con hostilidad contra su venerable compatriota. La fuerza de carácter del viejo Pontífice y su firme protesta le daban una aureola de heroísmo y martirio. Además, el legado papal, olvidando que era extranjero, procedía arbitrariamente, con resoluciones despóticas, creando en torno á su persona un ambiente de animosidad.
De acuerdo con el rey de Aragón y ayudado por los más íntimos amigos de Benedicto, hizo á éste tentadoras promesas. Si se sometía á Martín V, dejarían en su poder mientras viviese todos los libros y los bienes de la Sede Apostólica que se había llevado de Aviñón y guardaba en Peñíscola; gobernaría como soberano el país donde quisiera establecer su residencia; recibiría una pensión de cincuenta mil florines anuales, cantidad enormísima en aquel entonces; todos los beneficios y títulos dados por él serían reconocidos, y se aceptarían otras proposiciones que quisiera hacer, siempre que fuesen de acuerdo con la unidad de la Iglesia.
Hasta su sobrino Rodrigo de Luna, algo quebrantado por la desgracia, le aconsejó que cediese. Amigos más jóvenes y vigorosos que don Pedro parecían acobardados y encontraban tentadora la proposición. El anciano repitió una vez más que era el Papa legítimo y no podía recibir regalos ni mercedes de sus enemigos. Seguía esperando su triunfo en medio de la soledad y el abandono.
Entonces el cardenal Adimari creyó llegado el momento de hacer desaparecer á un enemigo que se sobrevivía con extraordinaria longevidad, siendo esto para sus partidarios clara prueba de la certeza de sus derechos.
Borja había leído en el Archivo de la Corona de Aragón una carta de uno de los familiares del Papa de Peñíscola, escrita en lemosín, contando la tentativa de envenenamiento perpetrada en el nonagenario.
Como todos los hombres de edad avanzadísima, castos y frugales en la mesa, don Pedro era gran aficionado á los dulces. Después de las comidas se retiraba á una torrecilla de un solo piso, desde cuyos ventanales veía el Mediterráneo como si estuviese en la popa de una galera. Allí, ocupando un sitial, contemplaba la inmensidad azul, combinando expediciones marítimas contra sus enemigos, como si la muerte no pudiera venir nunca á buscarle.
Al lado de él, sobre una mesa, colocaban varias cajas de dulces, regalo de comunidades religiosas que se mantenían ocultamente en su obediencia, considerándolo siempre Pontífice legítimo. Dichas cajas sólo las tocaba su camarero de confianza, guardándolas luego bajo llave.
Este camarero era un antiguo canónigo de la Seo de Zaragoza, nacido en Cariñena, llamado Micer Domingo Dalava, al que había conocido Benedicto estudiando en Tolosa. Las cajas favoritas del Papa eran dos: una de dulce de membrillo, otra de ciertas hostias, doradas por ambos lados, que contenían una mezcla de miel y de frutas.
Fray Paladio Calvet, monje benito del convento de Bañolas, se entendía con el camarero Dalava, proporcionándole una cantidad de arsénico que, según manifestó después, al darle tormento, le había sido entregada por el mismo legado. Ambos individuos practicaron orificios en el dulce de membrillo, introduciendo por ellos una dosis considerable de veneno, y abrieron igualmente las dos caras de las hostias para depositar el arsénico en su interior.
Comió el viejo solitario sus dulces, como siempre, sintiendo al poco rato los síntomas del envenenamiento. Su médico y todos sus familiares creyeron que iba á morir; pero este hombre extraordinario, que parecía hallarse por encima de los peligros que afectan á los demás mortales, se salvó después de unas cuantas horas de vómitos y desmayos. Tal vez la gran abundancia del tóxico depositado en los dulces hizo que este organismo débil y frugal se resistiese á asimilarlo, expeliéndolo. A los pocos días Benedicto estaba restablecido, sin que nadie sospechase el envenenamiento ni hubiera examinado los dulces.
Fué el camarero Dalava quien se traicionó á sí mismo con una revelación imprudente que puso de manifiesto su delito. La tentativa de envenenamiento era tan manifiesta y de tan claro origen, que todos se indignaron, hasta los muchos enemigos que el Papa de Peñíscola tenía en su país.
Cuando circuló la noticia del crimen, se hallaba el cardenal Pisano en Lérida, presidiendo un Sínodo convocado por él para someter á su voluntad el clero del reino de Aragón. Los más de los sinodales se habían mostrado hostiles al legado desde las primeras sesiones, y al recibir la noticia del envenenamiento de don Pedro de Luna, fué tal su indignación, que aquél tuvo que huir á Barcelona. Ante Alfonso V protestó el cardenal de que le supusieran instigador de dicho atentado; pero el rey estaba convencido igualmente de su culpabilidad y le respondió con dureza.
Por otra parte, Rodrigo de Luna, que había tenido tratos con él al principio de su viaje para llegar á un arreglo, indignado por esta vil asechanza, lo buscó en Barcelona con intención de matarle, y el legado tuvo que huir perseguido hasta la frontera por el sobrino de Benedicto y algunos de sus hombres.
La instrucción del proceso no dejó duda alguna sobre la culpabilidad del enviado de Martín V. El camarero Dalava acusó al fraile que le había proporcionado el veneno; éste dijo haberlo recibido del cardenal de Pisa, é igualmente aparecieron complicados en el crimen un arcediano de Teruel y otros dos presbíteros aragoneses.
Nada decían los papeles de aquel tiempo de la suerte de estos últimos, por hallarse en los Estados del rey de Aragón. El fraile benito era sentenciado por «envenenador y nigromante», y lo quemaban vivo en el istmo arenoso de Peñíscola, con arreglo á los procedimientos penales de aquella época.
Después de esta tentativa, los enemigos del papa Luna lo dejaban en paz. Su aislamiento hacía recordar el respeto supersticioso que inspiran las personas tenidas por invulnerables.
Sobre su cuerpo de nonagenario no hacían mella los años ni las asechanzas de los hombres. Parecía que el Papa navegante fuese á ser eterno como el mar.
III
De cómo la señora de Pineda, al aburrirse en la Costa Azul, hizo un pequeño rodeo en su camino para volver á París.
Una ancha avenida de colores descendía hasta el Mediterráneo. Era una sucesión de mesetas floridas, rojas, azules, violeta, amarillo oro, que venían á terminar en las rocas de la costa.
Más allá del arranque de esta cascada multicolor, un vasto jardín esparcía sus frondas, tamizando el azul del mar y del cielo á través de sus columnatas de troncos que entrecruzaban, como lianas, rosales serpenteantes. Sobre su eterno fondo verde resaltaba la blancura marmórea de fontanas y estatuas.
El sol, descendiendo hasta el suelo en jirones de luz, despertaba una vida de inquietos murmullos. Flotaban las mariposas en el espacio como flores de la atmósfera; sonaba un lejano é insistente arrullo de palomas invisibles; en los tazones de las fuentes huían los peces de oro y bermellón, perseguidos por sus propias sombras color de ébano.
Resultaba tan enorme la abundancia floral, que el jardín parecía de otro planeta, donde la vegetación fuese toda de pétalos y perfumes. La tierra, cuidada como un objeto de lujo, nutrida con abonos potentes y en perpetua humedad, daba proporciones monstruosas á las plantas, haciéndolas exhalar perfumes dulces, perfumes picantes ó perfumes ardorosos. Miles de pájaros cantaban hasta que se extinguía la luz, con una insistencia discordante y alegre, embriagados por la atmósfera exageradamente primaveral. En el fondo del ancho desgarrón que partía el jardín, más allá de la avenida en forma de cascada de flores, asomaba un fragmento de Mediterráneo, cabrilleante bajo el sol, casi siempre solitario, como un lago de azul y de oro que prolongase esta propiedad hasta el infinito.
Rosaura venía á sentarse todas las tardes en dicha meseta terminal, á espaldas de su magnífica casa, debajo de los ventanales salientes del cerrado comedor.
Los primeros días habían sido para ella de regocijo y entusiasmo. Se lamentó de los absurdos de la moda; hizo burla de la esclavitud de los que viven y se mueven con arreglo á las iniciativas de otros. Nunca había permanecido en su lujosa quinta durante la primavera. Cuando empezaba su jardín á dejar morir las forzadas y anémicas flores del invierno, cubriéndose con otras más espontáneas y magníficas, ella tenía que volverse á París por no quedar sola; seguía la corriente de todos los que abandonan en Abril las riberas de la Costa Azul, como un establecimiento que ha perdido su elegancia.
Admiraba ahora su propiedad, creyendo verla por primera vez. Todos los días encontraba un banco preferido, un rincón con bóvedas de rosas, cuya existencia nunca había llegado á sospechar. Seguía horas enteras las caprichosas evoluciones de unos peces chinos, que después de corta admiración en el momento de comprarlos, había dejado perderse entre las rocas de sus fuentes. Observaba con regocijo infantil la natación á sacudidas de estos pequeños monstruos, sus ojos telescópicos, sus largos faldellines transparentes de bailarina que llevaban detrás de ellos con lento arrastre.
A pesar de tales alegrías, la vida de Rosaura no era cómoda. Esta gran casa necesitaba la numerosa servidumbre que tenía durante el invierno. Las familias de dos jardineros procuraban torpemente atender al servicio, y ella se creía una alojada en su propia vivienda. Se había instalado en su dormitorio, dejando el resto del edificio en un abandono de casa cerrada. Los salones, el gran comedor y otras piezas conservaban sus fundas en muebles y lámparas, bajo la penumbra verde filtrada por las persianas.
No obstante las molestias de esta instalación provisional, la encontraba agradable, felicitándose de su escapada de París. El correo le iba trayendo cartas ó postales de Borja, que ella leía y releía sentada en su terraza, con el mar enfrente y la cascada floral á sus pies.
--¡Pobre muchacho! Vamos á ver qué dice hoy.
Así se expresó los primeros días. Luego, al adivinar la carta del joven español por la letra del sobre, la dejaba á un lado, mirando con inútil ansiedad el resto de su correspondencia. No llegaba nunca la carta que ella estaba esperando, desde Marsella. Tal silencio desdeñoso hería su orgullo y empezaba á dar una monotonía abrumadora á este aislamiento de que se había rodeado voluntariamente.
Olvidando su repentino entusiasmo por el jardín, pasó las tardes fuera de él. Su automóvil la llevó por la Costa Azul, buscando amigas y diversiones. En los hoteles de Niza donde se baila á la hora del té, sólo vió parejas de gente joven y desconocida. Casi todas sus amistades se habían ido á París, á Londres, á Nueva York. En los salones del Casino de Monte-Carlo encontró también una muchedumbre indiferente: viajeros que se detenían una tarde nada más, continuando luego su marcha; jugadores ensimismados en sus combinaciones; aventureras ávidas de un buen encuentro. Sus amigas tampoco estaban aquí.
Para entretenerse, empezó á jugar, perdiendo con desesperante repetición. Esto exacerbó aún más su nerviosidad. Podía perder grandes cantidades sin riesgo para su fortuna; pero en el momento presente la pérdida le parecía una falta de respeto, una grosería de la suerte. Además, nadie gusta de perder, y ella estaba acostumbrada á la adulación, al éxito en todas las acciones de su vida.
Volvió otra vez á pasar las tardes en su jardín, encontrándolo ahora de una belleza monótona. Estaba sola y todo cuanto la rodeaba parecía recordarle con dolorosa inoportunidad que la vida es unión, mutuo apoyo, atrayentes afinidades. Palomas de nítida blancura, con una cola redonda de pavo real, insistían en sus arrullos, y al pasar ella junto á su jaula, grande como una casa, las veía picoteándose dulcemente. ¡Animales estúpidos! Las copas de los árboles temblaban con el aleteo invisible y los agudos cantos de enjambres de pájaros, atraídos por la frondosidad de este oasis. En los tazones de las fuentes se perseguían los peces con la agresiva insistencia del ardor sexual. Pasaba en insomnio largas horas de la noche, oyendo á través de una ventana entreabierta los trinos de varios ruiseñores escondidos en un olivar cercano. ¡Y el hombre de París sin escribir!...
Su vanidad femenil la afligía con un dolor insistente á causa de este silencio. Su orgullo maltratado hasta evocó el recuerdo de algunas mujeres matadoras de hombres, cuyos retratos había visto en los periódicos. Ahora estaba segura de no haber amado nunca á Urdaneta. Lo encontraba grotesco, lo mismo que á su pequeño país. ¿Cómo una mujer de su clase había podido creerse enamorada del tal general-doctor, bruto heroico sediento de goces, muy peligroso además por su afición al dinero, que arrojaba después á puñados, como ella había leído que hacían los piratas en sus orgías?...
La apreciación de los sacrificios que llevaba hechos por mantenerse fiel á Urdaneta aumentaba su cólera. Por él había arrostrado la pérdida de una parte de su prestigio de viuda rica, acostumbrada á vivir en la más alta sociedad. Podía haberse casado con un príncipe falto de dinero, con un personaje político, ostentando títulos sonoros, viviendo en una Embajada ante una corte famosa, tal vez gobernando indirectamente un país por medio de su esposo. Todo lo había despreciado á causa de Urdaneta, añadiendo á su sacrificio el propio descrédito.
En París conocían sus relaciones, y tampoco eran un secreto allá en su tierra. Y este hombre, por la monotonía de la costumbre, había terminado mirándola como si fuese su esposa legítima, aburriéndose un poco de su felicidad, dejándose llevar por los caprichos de la variación, siéndole infiel con actrices, con profesionales célebres ó extranjeras de paso. Las mujeres sentían el atractivo de su masculinidad soberbia y dominadora. Les interesaba su barba rizosa, su aspecto de guerrero á la antigua: un guerrero de ciudad asaltada, con todos los horrores del saqueo y la violación.
Rosaura era también de carácter fuerte, y tal vez por ello se habían mantenido las relaciones entre los dos, á través de disputas furiosas, rompimientos y reconciliaciones. Siempre lo había visto volver avergonzado y suplicante. Era una satisfacción para su orgullo contemplar á este hombre, temible en su país, pidiéndola perdón con aspecto de niño arrepentido. Pero esta vez no venía hacia ella con la misma prontitud.
Su última disputa en París, al descubrir Rosaura una nueva infidelidad de Urdaneta, había sido la más ruidosa. Él juró no buscarla más. Estaba harto de sus celos; eran cinco años de esclavitud. Ella se había alegrado de buena fe ante su promesa de no volver. Luego transcurrieron los días sin alterarse el silencio que siguió á la ruptura.
Acabó Rosaura por sentir extrañeza ante la tenacidad con que el general-doctor cumplía su amenaza, y para vencerlo juzgó oportuno alejarse, segura de que vendría, como otras veces, á implorar su perdón. Salió de París convencida de que en la Costa Azul iba á encontrar un telegrama, una carta de aquel hombre, unido de tal modo á su destino, que le era difícil vivir sin él. Al mismo tiempo procuraba no analizar sus verdaderos sentimientos, temerosa de verse en presencia de una predilección sexual y nada más.
Pasó el tiempo sin que la viuda supiese nada de Urdaneta. Tal silencio acabó por preocuparla á todas horas. Dos apreciaciones enteramente diversas compartían su pensamiento. Sentíase celosa al pensar que aquel hombre vivía en París como siempre, yendo á los tés donde abundan las señoras, á los teatros, á los restoranes nocturnos, mientras ella permanecía recluída en la Costa Azul. Indudablemente estaba continuando su historia amorosa con aquella mujer que había sido la causa de su rompimiento. Otras veces, con un optimismo vanidoso, se imaginaba que Urdaneta la había seguido y se mantenía oculto cerca de ella para presentarse inesperadamente.
De un momento á otro iba á hacer sonar el timbre eléctrico de la puerta de su jardín. Tal vez esperaba en Monte-Carlo ó Niza para hacerse el encontradizo, reanudando de este modo las antiguas relaciones, con cierto miramiento para su dignidad. Y volvía á correr tarde y noche los hoteles de Niza donde se danza, los salones de Monte-Carlo, siempre llenos de gente extraña, sin encontrar más que alguna que otra amiga retardada como ella en la fuga primaveral.
Deseó, con toda la vehemencia de su carácter, conocer la verdad, é inventó pretextos para justificar el envío de su doncella á París. La encargó como asunto de importancia varias compras que podía haber hecho por medio de una carta. A continuación le dió orden de averiguar discretamente si el general permanecía en París y qué vida llevaba, cosa fácil por conocer la doncella á la servidumbre de Urdaneta.
Algo calmada por esta precaución, esperó unos días más. Las cartas de Borja continuaban llegando, y ella las leía como si fuesen relatos de viajes lejanísimos por tierras que no vería nunca, inspirándole igual curiosidad que los cuentos leídos en su niñez.
Escribió la doncella con discreta concisión. Don Rafael seguía en París haciendo la vida de siempre. Almorzaba y comía fuera de su casa, volvía al amanecer, se divertía mucho. Su ayuda de cámara no había querido decirle ciertas cosas, considerando que ella estaba al servicio de la señora; pero sonreía marrulleramente: «¡Ah, los hombres!»
Rosaura quedó reflexionando, con un gesto ceñudo que anunciaba siempre sus decisiones enérgicas. Ni amor ni celos, ni pensar más en él. Todo había terminado.
Este despecho violento la hizo acordarse de sus dos hijos, con una maternidad delirante. Sintió inquieta su conciencia por creer que había pensado poco en ellos hasta entonces. Iba á ser madre en adelante: una madre joven y muy _chic_, dedicada en absoluto á sus hijos, manteniéndose en digna y elegante viudez. Luego, como si resolviese un negocio ruinoso, buscó salir rápidamente de su actual situación. Tal vez el otro reía en París al saberla enclaustrada en su casa de la Costa Azul. Debía continuar su existencia de siempre, para que el general-doctor, visto ahora desde lejos como un personaje ridículo, se diese cuenta de lo poco que representaba para ella.
Dió á su chófer la orden de partir en la mañana siguiente, quedando indecisa cuando éste le preguntó adónde iban. Su primer impulso fué dirigirse á Italia. Había recibido una carta el día antes de cierta amiga inglesa residente en Florencia. Era la mejor época para visitar dicha ciudad. Luego pensó en la corta distancia entre Florencia y Roma. Enciso daba fiestas en su palacio para celebrar su ingreso en la Academia de los Arcades. Don Arístides estaba en Roma con su familia. Se aterró al verse imaginariamente rodeada de todo este mundo, que le hablaría del general-doctor.
Una carta de Borja fechada en Tarragona llegó á sus manos en aquel momento. Iba ya camino de Peñíscola, final de su viaje. Otra vez murmuró, pensativa: «¡Pobre muchacho!»
Recordando al fatuo é infiel Urdaneta, le inspiraba nuevo interés el joven español por la fuerza del contraste. Borja habría sabido apreciarla mejor. Pero inmediatamente le pareció ilógica toda comparación entre los dos hombres. Veía á Claudio sin ninguna posibilidad de amores con ella. Era demasiado joven. Tal vez, considerando bien las cosas, sólo existía entre los dos una diferencia de cuatro ó cinco años; pero Rosaura, sin saber por qué, la apreciaba como un obstáculo infranqueable.
La simpatía protectora con que se acordaba de él tenía algo de maternal. Excusó sus atrevimientos amorosos, viéndolos como algo lejanísimo ya, sin importancia. Eran cosas de jovenzuelo inexperto. Además, recordaba con cierta gratitud la facilidad con que la había obedecido siempre al exigirle respeto, la confusión casi infantil que sucedía á sus audacias.
Al pensar otra vez en su situación presente, resolvió volver cuanto antes á París. Deseaba que aquel pequeño mundo que tantas veces había comentado sus relaciones con Urdaneta se enterase de que ya no existía nada entre los dos. Había llegado el momento de preocuparse de sus hijos. Tendría en su casa notables profesores para su educación. Sólo la verían en automóvil con ellos dos y la parienta que les acompañaba siempre.
Se le ocurrió de pronto que antes de volver á París podía visitar los países de que le hablaba Borja en sus cartas; sorprender á éste en el promontorio del Mediterráneo donde había muerto aquel Pontífice terco, cuya historia le interesaba lo mismo que una novela.
Fué recordando los días pasados en Aviñón y Marsella como los mejores desde su salida de París. Luego reconoció que era absurdo ir en busca de aquel joven imaginativo que sólo le inspiraba un afecto amistoso, y por su parte parecía experimentar la misma atracción pasional que sentían otros hombres en su presencia. La falta de lógica en dicho viaje lo hacía más atractivo para ella. Sólo representaba unos centenares de kilómetros añadidos á su regreso á París, detalle insignificante para Rosaura, que había ido en automóvil varias veces de un lado á otro de Europa.
Podía perder unos cuantos días siguiendo la costa española del Mediterráneo. Luego volvería por el mismo camino hasta Aviñón, tomando allí la carretera de París. Además, ella no había visto nunca esta parte de España, donde crece el arroz y se puede marchar entre naranjos kilómetros y kilómetros. Le habían hablado de los malos caminos de la costa mediterránea y no tenía á su lado la doncella para que la sirviese en los hoteles mediocres. Podía llamarla, pero consideró inútil hacerla venir de París, cuando ella iba á regresar allá después del corto rodeo por España. ¡Adelante!
Rió al imaginarse la sorpresa que le daría al pobre caballero Tannhäuser. Las mismas dificultades de su viaje se convertían en atractivos. Le gustaba de tarde en tarde encontrar los obstáculos y rudezas de su niñez, cuando era pobre y pasaba temporadas en estancias á estilo antiguo, donde la vida era aún elemental. Creía útil «hacer experiencias», como decían algunas amigas suyas multimillonarias de los Estados Unidos, prontas á acoger con una sonrisa los trabajos y penurias que las sorprendían en sus viajes.
Fué directamente hasta Perpiñán sin pasar por Marsella. Muchos nombres de ciudades le hicieron acordarse de los relatos de Borja. Su don Pedro de Luna había vivido en ellas. Volvió á entrar, poco á poco, en el ambiente que la había rodeado mientras escuchaba al joven español.
Iba ahora á su encuentro, contando los días y las horas que la separaban de él, pareciéndole el camino demasiado largo. Luego reía de su impaciencia, encontrándola absurda. «Cualquiera diría que voy en busca de un amante. ¡Pobre Borja! ¡Qué orgullo para él, si se enterase!»
Le complacía imaginarse su sorpresa al verla llegar y al mismo tiempo agrandaba en su imaginación los obstáculos existentes entre los dos. «¡Es tan joven!... ¡Además, su noviazgo con Estelita, la hija del solemne Bustamante, futuro embajador!»