El papa del mar

Part 15

Chapter 153,803 wordsPublic domain

--En Europa--dijo Bustamante--es costumbre reirse de estas revoluciones pequeñas de América y de los caudillos que las dirigen. Efectivamente, resultan grotescas vistas á distancia y desde lugar seguro. Contempladas de cerca son otra cosa y ponen serio al hombre más burlón. Se matan como si fuesen chinches, la vida humana no tiene valor para unas gentes cuyo estado perfecto es llevar el rifle en la diestra, sin reconocer ningún respeto divino ni humano. ¡Los hombres que han muerto por el general-doctor! ¡Los que lleva fusilados!... Esto no impedirá que cuando veas á Urdaneta te sientas seducido por él, como cualquiera de sus partidarios. Es un _gentleman_, mejor dicho, un caballero á la antigua, sentimental, de una amabilidad casi pegajosa, capaz de los mayores sacrificios por personas que acaba de conocer; pero detrás de todo eso se adivina algo inquietante que no deja vivir á su lado con entera tranquilidad... Gasta sin tasa, hace partícipes de sus despilfarros á los que están cerca, es gran convidador y algo distraído para apreciar lo que es suyo y lo que pertenece á los demás. Cuando el gobierno de allá no puede enviarle dinero, lo pone á contribución buscando negocios en Europa y en los Estados Unidos. Vende toda clase de concesiones á Bancos y particulares, cede minas de plata y pozos de petróleo que nunca ha visto y muchas veces son fantasías de las gentes de aquel país, grandes inventoras de cuentos, como todos los indios.

Mostró Borja cierta impaciencia. Ya había oído bastante de Urdaneta. Podía reconocerlo después de tal descripción. Él quería saber algo más. ¿Qué relaciones eran las suyas con la viuda de Pineda?...

Don Arístides adoptó un tono de tolerancia y bondad.

--Era inevitable que acabasen contrayendo relaciones amorosas (llamémoslas así), por ser ambos los personajes más importantes y celebrados entre las gentes de habla española que residen en París. Nuestra hermosa amiga representa la elegancia, la riqueza sólida; Urdaneta, la aventura heroica, el dinero desordenado y con intermitencias, como el agua de ciertas fuentes.

La argentina había empezado por reirse un poco del general-doctor, como si perteneciese á una casta humilde. Tenía el orgullo de su vasto país, limpio de revoluciones, en eterna paz y abundancia. La «republiqueta» de aquel hombre, del que todos hablaban, era menos grande que la más exigua provincia de la Argentina. Pero al tratar á Urdaneta en las tertulias y fiestas de París, acababa por sentir su influencia y se rendía á él, como tantas otras mujeres de la alta sociedad, artistas y cocotas célebres, seducidas por sus generosidades pecuniarias ó sus arrogancias de varón seguro de su fuerza.

Rosaura había ocultado discretamente estas relaciones, pero ni ella ni su amante podían vivir á todas horas á cubierto de los curiosos. Además, el enardecimiento pasional de los primeros meses acabó por hacerles cometer muchas imprudencias. Mientras permanecían en París les era fácil disimular su intimidad; mas luego emprendían largos viajes juntos, que acababan por hacerse públicos merced á indiscretas noticias de los periódicos ó á las revelaciones de otros viajeros. Rosaura parecía no haber amado nunca hasta entonces, tal era su entusiasmo.

--Luego ha persistido este amor, pero en otra forma, sin paz ni confianza, con una continua sucesión de celos, disputas y nuevas reconciliaciones. Nuestra amiga empezó hace tiempo á ver á Urdaneta bajo una nueva luz. No puede sentir la misma seducción heroica que las europeas ante el hermoso general-doctor. Esta señora es de allá y aprecia mejor las cosas. Creo que cuando riñen le echa en cara la pequeñez grotesca de su «republiqueta», extrañándose de que intente igualarse con ella por el hecho de que sus dos países están en América. «Yo soy de una República grande: yo soy argentina.» Hasta me han dicho, y no sé si creerlo, que en alguna de tales disputas al hombre de la «republiqueta» se le va la mano, apurada su paciencia, y la hermosa criolla huye de él por algún tiempo. Luego vuelve; pues, según parece, gusta de los caracteres fuertes, de los hombres verdaderamente masculinos, y acepta á su héroe con todos sus defectos. Se mantienen en realidad como muchos matrimonios legalmente constituídos. Él, cansado de su dicha, comete infidelidades; ella vive en continuos celos ó fingiendo un desprecio que no siente; se pelean, se abandonan, se buscan después. Urdaneta, por su voluntad, sería hace tiempo el esposo legítimo de ella. Un casamiento con la rica criolla afirmaría su situación financiera. Pero la viuda sabe lo que puede sufrir su fortuna con tal matrimonio, conoce el poder de «la plata» por ser de un país donde ejerce más influencia que en otros, no quiere verse arruinada, y prefiere continuar esta situación ilegal que todos le perdonan.

Cierto ruido de sillas hizo que el grande hombre callase, volviendo los ojos hacia donde estaban las señoras.

Tía Nati había sentido aflojarse los resortes de su voluntad, y siempre con los ojos muy abiertos, dejó caer su cabeza sobre el pecho, aumentando la fuerza de su respiración. Estela dió excusas. Las dos estaban muy cansadas, y doña Nati, á causa de sus años, no podía resistir las fatigas del viaje.

Esta alusión á su edad pareció despertarla, comunicándole una viveza agresiva; pero al fin se plegó á los deseos de la joven, ansiosa de retirarse á sus habitaciones.

Se despidieron de Rosaura. La criolla, por su parte, también se mostraba impaciente, mirando de reojo un abultado sobre que el portero del hotel había dejado minutos antes sobre el velador. Las tres mujeres se besaron, manifestando deseos de verse pronto, aunque la señora de Pineda y tía Nati no sentían gran prisa de volver á encontrarse. La invitación quedaba aceptada: visitarían á la argentina en su casa de la Costa Azul, cuando don Arístides fuese de embajador á Roma.

--Ahora á dormir--dijo Estela á su tía--. Piense que mañana á las nueve hemos de continuar nuestro viaje.

Rosaura, al quedar sola, se apresuró á abrir el sobre colocado sobre la mesa. Tal era su impaciencia, que ni se acordó de los dos amigos que seguían conversando en el fondo del _hall_ sin perderla de vista.

Fueron saliendo del sobre grande cartas más pequeñas, tarjetas postales, toda la correspondencia llegada á su «villa» de la Costa Azul durante su viaje, y que le reexpedía la doncella.

Miró ávidamente la letra de los sobres. Echó á un lado otros con la dirección impresa, que parecían contener catálogos de modas, anuncios de perfumistas y de joyeros. Examinó por ambas caras varias tarjetas postales. Luego hizo un gesto de desaliento... Nada.

El célebre abogado, que se tenía por muy hábil para adivinar las más intrincadas situaciones gracias á su inducción, dijo en voz queda:

--Sin duda está esperando una carta de Urdaneta pidiéndole perdón para reconciliarse una vez más, y la carta no llega. Casi estoy seguro de que ha reñido con el general-doctor.

V

El alba del protestantismo

Era cerca de mediodía cuando Rosaura bajó al salón del hotel. Borja la esperaba hojeando sin interés diarios y revistas algo atrasados que llenaban una mesa, y se apresuró á saludarla.

Había despedido en la estación á don Arístides y su familia. El tiempo era malo. Empezaba á soplar el mistral, modificando la fisonomía de Marsella.

Los dueños de los cafés de la Cannebière parecían capitanes de buque ordenando una maniobra. Sus tripulaciones de camareros amarraban los toldos con cabrias y cuerdas iguales á las de los barcos de vela; luego aseguraban con puntales las mamparas de vidrio de las terrazas, para que no las derribase el huracán. Sobre las aguas obscuras del Puerto Viejo danzaban con iguales vaivenes las embarcaciones grandes y pequeñas. El viento extraía polvo y papeles de los rincones de las calles, haciéndolos girar en espiral. Sonaban como disparos los golpes de las persianas al cerrarse. Y toda esta violencia instantánea de ciclón contrastaba con la serenidad del cielo, intensamente azul, barrido de nubes.

Rosaura había despertado muy tarde, después de pasar una mala noche. Atribuía á este cambio atmosférico la excitación de sus nervios. Su rostro ojeroso y afilado, de intensa palidez, revelaba las horas de insomnio. El mistral venía á aumentar su nerviosidad.

--¡Qué fastidioso permanecer aquí encerrada el día entero!... Envidio al señor Bustamante y á su familia, que huyeron á tiempo. Me dan ganas de hacer lo mismo. Aunque este huracán dura á veces tres días, prefiero arrostrarlo en el camino. Sólo necesito seis horas de automóvil para verme en mi casa.

Borja se apresuró á tranquilizarla con su optimismo. Tal vez era un falso mistral y terminaría á media tarde. Debían despreciar su furia yendo á cierto restorán, famoso por sus platos de la antigua Provenza.

Salieron del hotel, pero al pisar la acera de la Cannebière la bella criolla se estremeció, volviendo inmediatamente atrás. Había recibido una fría bofetada en pleno rostro, sintiéndose á continuación envuelta por los anillos glaciales del vendaval. Creyó que alguien le arrancaba el sombrero de su cabellera. Tuvo que llevarse ambas manos á las hinchadas faldas, que, no obstante su estrechez, pretendían subirse hasta su pecho. La sorpresa le hizo gritar, y creyó que el viento llenaba su boca con una bola de algodón helado. Borja la siguió en este retroceso, riendo de su alarma.

--¡Imposible salir!--dijo ella--. Prefiero el aburrimiento del hotel. Almorzaré aquí, y usted me acompañará. Por fortuna, escuchándole transcurre el tiempo sin que una lo sienta.

Volvieron á instalarse junto á un velador del _hall_, y al poco rato Borja, sin saber cómo, aludió á la mala noche que ella había pasado. Era indudablemente porque sufría grandes contrariedades. Tal vez esperaba noticias que no llegaban. Bien podría ser que la molestasen penas de amor.

Rosaura pareció irritarse al oir tales suposiciones, y miró al joven con hostilidad.

--¿Se imagina usted que no tengo otros asuntos en mi vida que acordarme de los hombres?... ¿Ha olvidado que soy madre de dos hijos, en los que pienso á todas horas?...

Calló un momento, para añadir con energía:

--Oiga, Borja: si quiere que continuemos siendo amigos, no me hable de amor, ni refiriéndose á otros ni pensando en usted. Adivino en qué pararían nuestras conversaciones si las continuásemos. Escucharía su declaración número no sé cuántos, pues resulta imposible estar á solas con usted sin que inmediatamente hable de su amor y de «nuestra futura felicidad», que yo me empeño en no aceptar. ¡Qué español ardoroso!... Piense en Estela, en su futura esposa, y eso le tranquilizará. ¡Si hubiese podido ver usted mi interior cuando estábamos anoche aquí!... No he hecho nada malo, y sin embargo, sentía remordimiento al estar junto á su novia, ese pobrecito ángel, y al recordar que usted, grandísimo hipócrita, me ha declarado su amor muchas veces desde que nos encontramos en Aviñón... Seriamente, Claudio, no quiero avergonzarme más por cosas que no he pensado hacer nunca, y si usted, al verse solo conmigo, ha de seguir lo mismo que antes, es mejor que se vaya.

Luego perdió su agresiva seriedad, para añadir sonriendo:

--O se aleja usted en seguida, ó me promete hablar tranquilamente, como un compañero. ¿Conviene el trato?... Está bien; puede usted seguir aquí, pero no permanezca por eso silencioso y de mal humor. Hable, cuénteme cosas interesantes. Diga qué le pasó á nuestro don Pedro al ver desde su refugio, en el reino de Aragón, cada vez más numerosos sus enemigos, teniendo que luchar contra dos Papas rivales. Deseo saber en qué paró esa guerra de los tres Pontífices.

Borja empezó á hablar con menos entusiasmo que otras veces. Un nuevo personaje había surgido en el Norte de Europa con el propósito de dar fin al cisma. Era joven y laico, Segismundo, rey de Bohemia, hijo del emperador Carlos IV, que á su vez se veía elegido por los señores de Alemania para ostentar la corona imperial.

--El ser «rey de romanos» ó emperador de Alemania--continuó--era un cargo honorífico, una herencia puramente teatral del antiguo poder de los Césares, que en realidad había terminado con Carlomagno. Los emperadores de Alemania, en aquellos siglos, eran fuertes si tenían dinero y soldados propios; cuando no se podían proporcionar estos elementos para imponer respeto, sus mismos electores, los príncipes alemanes, se reían de ellos, é iban de un lado á otro como huéspedes aparatosos y mendicantes. Segismundo sólo poseía un reino, la Hungría, pues su dominación sobre Bohemia fué aparente muchos años; pero supo inspirar confianza á los que le rodeaban y vió un motivo de gloria personal en la extinción del cisma, imponiendo su autoridad laica á los tres grupos de Pontífices y cardenales en que estaba dividida la Iglesia.

Los pueblos de la cristiandad se mostraban fatigados después de treinta y siete años de cisma. Cada uno de los Pontífices abusaba de las naciones bajo su obediencia, pidiéndolas incesantemente dinero para esta guerra eclesiástica. Los cardenales eran los que más habían favorecido al principio tal división con sus nuevas elecciones de Pontífices y sus resistencias á un acuerdo definitivo. Esto les servía para obtener nuevos empleos y riquezas. Pero tan largo desorden había acabado por quebrantar la fe de los creyentes. Las muchedumbres se acostumbraban á burlarse de los diversos Papas y sus ruidosas querellas. En varios países empezaron á surgir doctores de palabra ardiente proclamando la necesidad de una reforma profunda, no solamente en la organización de la Iglesia, sino también en sus doctrinas, volviendo á la sencillez evangélica de los tiempos de Jesús.

El miedo á la herejía triunfante hizo que los príncipes eclesiásticos buscasen la unión sinceramente, después de tantos años de egoísmo. La amenaza de una revolución religiosa los impulsó á una concordia inmediata.

Segismundo, de acuerdo con Juan XXIII, el Papa elegido en Pisa, convocó una asamblea universal de la Iglesia en la ciudad de Constanza. Acudieron á ella tres colegios de cardenales casi completos: el de Gregorio XII, ó sea el Papa de Roma, que huído de dicha ciudad andaba vagabundo por Italia; el de Juan XXIII, elegido por el concilio de Pisa, y todos los cardenales que habían abandonado á Benedicto XIII.

Precisamente los antiguos amigos de Luna iban á ser por su ciencia y su palabra los más importantes oradores del nuevo concilio. Centenares de arzobispos, obispos y abades fueron llegando á dicha ciudad por los caminos terrestres ó navegando sobre las aguas del Rhin y del lago de Constanza. Entre esta multitud de altos dignatarios de la Iglesia se hacían notar los doctores de la Universidad de París, siendo los más influyentes Pedro de Ailly y Gerson.

Los eclesiásticos reunidos en Constanza llegaron á ser diez y ocho mil. A ellos había que añadir los cortejos del emperador y los príncipes laicos, la muchedumbre de tenderos ambulantes, de vagabundos en busca de colocación, de cantores, juglares y prostitutas venidas á esta asamblea religiosa, semejante á una gran feria. De los diversos Estados de Alemania, así como de Italia y Francia, acudieron cerca de mil mujeres públicas. Además, según los cronistas de la época, muchas damas de condición equívoca seguían con lujoso aparato á cardenales y otros personajes.

Juan XXIII fué el primero en llegar. Había convocado el concilio cediendo á las instancias de Segismundo, pero acudía de mala voluntad, presintiendo un peligro al saber que le esperaban en Constanza sus más encarnizados adversarios.

Se mostraban furiosos contra él los iniciadores del concilio de Pisa, al darse cuenta de la astucia con que se había aprovechado de dicha reunión para hacerse nombrar Papa, después de la temprana muerte de Alejandro V. Era de inteligencia despierta y carácter violento, sin dominio sobre sus palabras en horas de enfado. Al pasar por las montañas del Tirol, volcó el coche papal y Juan XXIII rodó sobre la nieve, lo que le hizo lanzar varias interjecciones de su aventurera juventud. Las pobres gentes del país se asustaron al oir que el Santo Padre juraba por el demonio. Al llegar á las cercanías de Constanza y ver la ciudad desde lo alto de una colina, exclamó: «He aquí la trampa para cazar zorros.»

Más de cien mil personas y treinta mil caballos debían ser mantenidos diariamente en Constanza. La Nochebuena de 1414 se presentó el personaje más importante, el emperador Segismundo. Su llegada fué por el lago, y una muchedumbre inmensa esperó cerrada ya la noche y soportando un frío riguroso á que la barca regia atracase al pie de los muros de la ciudad.

Celebró Juan XXIII la misa de medianoche en la catedral, ocupando Segismundo un magnífico trono, rodeado de todos sus príncipes y altos dignatarios. Luego se vistió éste una dalmática de diácono, y llevando en su cabeza la corona imperial subió al púlpito para cantar el evangelio de la Natividad. Finalmente, el Papa le entregó una espada bendita, para que se sirviese de ella en defensa de la Iglesia, y después de tal ceremonia el concilio de Constanza pudo entrar en funciones.

En seguida se dió cuenta el antiguo corsario Baltasar Cossa de cuál iba á ser su destino por haberse entregado á dicha asamblea, confiando en las palabras de Segismundo. Sus rivales Pedro de Luna y Angel Corario habían sido declarados herejes en Pisa y despojados de sus tiaras. A él le iba á ocurrir lo mismo.

Los trabajos del concilio resultaron muy largos. Sus venerables individuos no tenían en cuenta para nada el tiempo. Las sesiones numerosas fueron separadas por intervalos enormes. Tenían que esperar contestaciones y comparecencias, para las cuales daban á veces plazos de cien días. Sin embargo, los miembros del concilio no se aburrieron durante tan luengas esperas. Como abundaban en Constanza príncipes y señores acostumbrados á combatir, eran frecuentes los torneos. El teatro hizo su aparición, siendo varias las compañías ambulantes que representaban dramas sacros, con intermedios jocosos. Resonaba la ciudad bajo un incesante concierto de marchas guerreras y canciones de amor. Se habían reunido en ella mil setecientos músicos de clarín, pífano, flauta y viola.

Cediendo á las insinuaciones amenazantes del concilio, el papa Juan hizo una promesa de dimisión para devolver la paz á la Iglesia; pero algunos días después, mientras se celebraban grandes justas en el centro de Constanza, un hombre ya viejo, vestido de palafrenero, montado en un mal rocín, con el rostro cubierto y una ballesta colgante de la silla, cruzó las calles guiado por un niño, que le condujo hasta las puertas de la ciudad sin saber quién era. Así escapó de Constanza Juan XXIII, para librarse de sus enemigos que le exigían una renuncia inmediata y absoluta.

La fuga del Pontífice causó tal sorpresa y pánico, que muchos dieron por terminado el concilio. Los comerciantes empezaron á empaquetar sus mercancías; los palafraneros de cardenales y príncipes prepararon sus caballos; pero Ailly y Gerson, con la ayuda del emperador, supieron impedir la desbandada general, convenciendo á los miembros del concilio de que éste podía continuar sin el Papa, y en las sesiones siguientes establecieron el revolucionario principio de la superioridad de una asamblea general de la Iglesia sobre el heredero de San Pedro.

--Esto fué un triunfo--continuó Borja--para la tendencia galicana que representaban ambos teólogos. La Iglesia iba á regirse «parlamentariamente», como diríamos ahora. La asamblea de los fieles resultaba superior al Papa, dejándole un papel de monarca constitucional... Pero más adelante los sostenedores del poder pontificio acabaron por dominar al concilio, y el nuevo Papa, Martín V, nombrado por éste, continuó la tradición monárquica absoluta de la Iglesia.

Como el fugitivo Juan XXIII se negaba á regresar á Constanza, el concilio lo juzgó, luego de oir un acta de acusación en la que se iban relatando todos los pecados del antiguo corsario Baltasar Cossa: «malvado, impúdico, mentiroso y rebelde; mal hijo con sus padres, envenenador de Alejandro V, al que había sucedido; culpable de fornicación con la mujer de su hermano, con religiosas, doncellas, casadas, y de otros crímenes contra la castidad; vendedor de indulgencias y de empleos para guardarse su producto; avaro, simoníaco...» Y así continuaba la acusación contra el tercero de los Papas, abarcando setenta y cuatro delitos, consignados con toda clase de detalles.

El 29 de Mayo de 1415, el concilio lo deponía, y una diputación iba á buscarlo en la ribera alemana del lago de Constanza, donde se había refugiado, para notificarle su sentencia. Juan XXIII la acató humildemente, reconociendo el yerro cometido al huir del concilio, y se resignó para siempre á su desgracia. Tres años vivió prisionero en Alemania, sufriendo ultrajes y consolándose de tan amarga situación componiendo versos latinos sobre la inestabilidad de las cosas humanas. Cuando el concilio nombró Papa, años después, á Martín V, al pasar éste por Florencia vió arrodillarse á un anciano que le prestaba juramento como Pontífice legítimo, queriendo vivir y morir bajo su dependencia. Martín V, conmovido por tal espectáculo, concedió al antiguo Juan XXIII el primer puesto en su Sacro Colegio con el título de cardenal-obispo de Túsculo; pero el agraciado tardó poco en morir.

Obtuvo el concilio de Constanza una nueva victoria. El errabundo Gregorio XII, abandonado por casi todos los países de su obediencia y que no sabía dónde refugiarse, abdicó igualmente su tiara desde la villa de Viterbo, y el concilio lo nombró cardenal-obispo de Porto. Dos años después moría en Recanati, diciendo: «No he conocido al mundo, ni el mundo me ha conocido á mí.»

Para agradecer su renuncia, el concilio lo declaró el Pontífice más legítimo de los tres. Era el Papa de Roma, y la asamblea libre de la Iglesia, al hacer esto, obedeció á la misma influencia geográfica que había motivado el cisma. El futuro Pontífice elegido por el concilio sería forzosamente italiano, para que no se repitiesen las disensiones.

--De los tres Papas--dijo Borja--ya no quedaba en pie más que uno: Benedicto XIII; pero con éste iban á poder muy poco el ensoberbecido concilio y el jactancioso Segismundo, propenso á querer asustar con las amenazas de su fuerza algo ficticia y poseedor de cierta habilidad para conseguir por medio de intrigas lo que le era imposible obtener autoritariamente.

Claudio olvidó esta querella de los tres Papas para evocar la figura de un simple doctor, que sin ser cardenal ni prelado, dejó su nombre heroico unido para siempre al recuerdo de dicho concilio.

--No sólo eran mercaderes, artesanos, músicos, cómicos y aventureros los que habían venido á engrosar la muchedumbre de Constanza. Antes de que llegase el emperador, las gentes se agolpaban en las plazas de la ciudad ó en los muelles del lago para escuchar la fogosa oratoria de un eclesiástico de cuarenta años, alto de cuerpo, el rostro pálido y enjuto. Era de vida austera, y se mantenía pobremente á pesar de su amistad con los grandes señores de Bohemia, su país. Se llamaba Juan Huss, y por sus estudios y su elocuencia había llegado á rector de la Universidad de Praga y confesor de la ex reina Sofía, cuñada de Segismundo.

Amaba el Evangelio en toda su pureza, deseando que la Iglesia, corrompida y dividida, se ajustase de nuevo á sus enseñanzas. Otro clérigo llamado Wiclef había surgido, antes que él, en Inglaterra, proclamando la regresión de la Iglesia al primitivo espíritu evangélico, la supresión de la vida escandalosa y los abusos de los príncipes eclesiásticos, una reforma completa en las costumbres y en el dogma.

Wiclef había muerto en su patria sin que su persona sufriese persecuciones, pero sus libros fueron condenados á las llamas en varias ciudades de Europa. Juan Huss, su discípulo y continuador, se veía excomulgado, y sus obras eran igualmente arrojadas al fuego en Praga.