El papa del mar

Part 14

Chapter 143,645 wordsPublic domain

--Tú conoces á mi gran amigo Enciso de las Casas. Lleva veinte años de ministro plenipotenciario de su país ante la Santa Sede. Conoce mucho á Roma, todos los cardenales son amigos suyos y comen en su casa. Sabes también que muchas veces me ha invitado á ir con mi familia á pasar unos días en su magnífico palacio. He ido demorando la visita, pero ahora la juzgo urgente; me servirá de exploración. La semana próxima da Enciso una gran fiesta para inaugurar su sala de pintores místicos. Al mismo tiempo celebrará con un banquete su ingreso en la Academia de los Arcades. Y todos en casa nos hemos decidido de pronto á tal viaje, aceptando la hospitalidad del ilustre americano, gloria de los países que hablan nuestra lengua al otro lado del Océano... Así podré estudiar el escenario en que voy á moverme.

Borja conocía de nombre á Enciso de las Casas. Era un millonario de la América del Sur, que se había instalado en Roma por sus aficiones literarias. Para mayor prestigio de su persona, desempeñaba gratuitamente la representación de su país en el Vaticano, y todavía le costaba mucho dinero la pompa de tales funciones diplomáticas _ad honorem_. La viuda de Pineda había frecuentado su palacio al pasar por Roma, y cuando le hablaban de Enciso sonreía con bondad: «Una excelente persona; un padre de familia, riquísimo y devoto, que no se cansa de escribir libros y quiere añadir á sus glorias de diplomático honorario cierta despreocupación de bohemio.»

Otros americanos del Sur, por envidia ó rivalidad, se mostraban crueles con él, presentándolo como un grafómano incansable. Todos los años publicaba un volumen sobre las antiguas ciudades italianas ó el Papado en la Edad Media, describiendo con inocente aplomo lo que numerosos autores habían relatado antes que él, creyendo de buena fe ser el primero que hablaba de tales materias.

Siempre tenía dos ó tres cardenales amigos que frecuentaban su casa con una alegría desenvuelta de personajes laicos. Familias nobles y arruinadas formaban el coro ostentoso de sus banquetes y recepciones. Él repetía con fruición unos apellidos históricos tantas veces mencionados en sus propios libros, y esto le consolaba en parte de las contribuciones que le imponían valiéndose de pretextos indirectos. Dichas gentes patricias, venidas á menos, le hacían comprar antigüedades, le recomendaban vinos y alimentos italianos, se movían en torno á él como procuradores y corredores de los más inesperados negocios.

Una familia de remota nobleza le había vendido el palacio que ocupaba en Roma por un precio que hacía sonreir hipócritamente á sus iguales, envidiosos de tan magnífica «combinación». Un guardia noble del Papa y un camarero de capa y espada acababan de sacar de la cancillería pontificia dos títulos de conde para ser en lo futuro dignos yernos de Enciso de las Casas.

El personaje pseudorromano procedente de la otra orilla del Atlántico sentíase unido á Bustamante por la gratitud. Don Arístides lo había llevado á Madrid para que diese varias conferencias, y el ministro plenipotenciario, vistiendo un frac cuya parte izquierda estaba enteramente cubierta de condecoraciones y con otras más pendientes de su cuello, leyó durante tres noches una serie de descubrimientos históricos, que muchos de los oyentes conocían de larga fecha, sobre la Florencia de los Médicis, la política naval de Venecia ó los artistas célebres del Renacimiento.

Animaba el ilustre Bustamante á los auditores adormecidos ó impedía los comentarios insolentes de la juventud. Borja se acordaba de haber asistido á una de las tales conferencias. «Hay que estrechar las relaciones hispanoamericanas--decía don Arístides--. Debemos ser patriotas además de corteses.» Y una vez más repetía su grito: «El porvenir de España está en América.»

--Pasaremos en Roma unas semanas--continuó el grande hombre--. Por su gusto mi amigo Enciso me tendría allá siempre. Pero volveré como embajador, y los ministros de toda nuestra América en la Roma católica celebrarán que España haya enviado un hombre de mi categoría para apoyarles en sus asuntos.

Después de dar tales noticias olvidó su propia importancia para fijarse en su familia. Estela, su hija, había acogido con entusiasmo el viaje. Conocía Roma á través de las novelas que describen las persecuciones de los cristianos. Sentía un deseo vehemente, que su padre llamaba «romántico», por ver el Coliseo, en cuya arena morían los primeros mártires bajo las zarpas y los colmillos de las fieras; por visitar las ruinas de los palacios que habitaron Nerón y otros Césares, los cuales se le aparecían imaginativamente como personajes de ópera bajando de un carro de oro falso entre muchedumbres de coristas y figurantes.

Su tía doña Natividad, viuda de Gamboa, sólo hacía el viaje por ver al Papa y comprar una buena cantidad de rosarios bendecidos para repartirlos entre sus amistades. Tía Nati, como la llamaba Estela, era un personaje familiar que hacía sentir su influencia en la casa de Bustamante, aunque éste no la reconociese otro papel que el de ama de gobierno ennoblecida por el parentesco.

Era pobre y no tenía más medios de subsistencia que el amparo de su cuñado. Creía en la injusticia del destino y se consolaba de ella odiando sordamente á todos los que parecían dichosos. A Claudio Borja lo toleraba con sonrisa agridulce por considerarlo futuro esposo de Estela. A ésta parecía amarla, pero restringiendo su afecto al pensar que sólo era sobrina y no podía dirigirla con el mismo despotismo que si hubiese sido hija suya. A su cuñado Bustamante lo menospreciaba en silencio. El grande hombre, que era de carácter generoso, la dejaba en libertad para los gastos de la casa, pero esto no impedía que ella, cada vez que don Arístides parecía contento por un éxito político ó una satisfacción personal de abogado, levantase los ojos al cielo protestando de las desigualdades de la suerte: «¡El pobre Gamboa!... ¡Valiendo mucho más que él!»

Gamboa, cuya fisonomía era ya semejante al perfil de una moneda borrosa para los pocos que se acordaban de él, seguía viviendo en la memoria de su viuda con todos los prestigios de un héroe magnífico y desgraciado. Don Arístides lo describía en sus ratos de buen humor como una víctima del carácter dominante de su esposa, pobre abogado sin iniciativas, que vegetó siempre en las capas más hondas de su mundo profesional. Doña Nati había pasado los años matrimoniales echándole en cara esta mediocridad que la mantenía á ella en una posición humillante junto á su hermana. Luego, al quedar viuda, vió en Gamboa á un grande hombre nunca comprendido, superior en todos conceptos á Bustamante, cuyo talento no podía reconocer por haberle mirado siempre de cerca. La improbabilidad de que volviese á ser ministro era el más dulce consuelo de su vida fracasada, y al verle ahora de pronto casi embajador, volvía otra vez sus ojos á lo alto con expresión de protesta.

Esto no le impidió aceptar alegremente el inesperado viaje á Roma. Además, su cuñado prometía llevarla meses después al palacio de la Embajada de España para que recibiese las visitas al lado de Estela, tan inexperta, tan poquita cosa, como si aún llevase la falda corta de su niñez.

Tía Nati era alta, abundante en carnes, muy morena, de grandes ojos negros (lo único apreciable que conservaba de su juventud), la boca algo abultada, con un poco de vello en el labio superior, y una nariz ancha, de ventanas redondas y obscuras, que la daban cierto aspecto de insolencia, como si estuviese á todas horas sorbiendo aire por ellas ruidosamente.

Guardaba fresco en su memoria, pasados los cincuenta años, todo lo que le dijeron los hombres cuando sólo tenía veinte, y estaba segura de que el destino la había tratado con la misma injusticia que al pobre Gamboa. La presencia de una mujer hermosa, con todos los refinamientos de la elegancia, provocaba en ella un gesto despectivo.

--¡Si yo hubiese querido oir á los hombres!... ¡Si hubiese sido rica para poder gastar!

La viuda de Pineda representaba uno de sus odios más vehementes. Su paso por Madrid, tan celebrado por Bustamante, figuraba entre sus recuerdos luctuosos. Todos los hombres, incluso su cuñado, le habían parecido animales despreciables siguiendo á esta mujer con irresistible deseo. Sólo la reconocía en público el mérito de tener unos cuantos años menos que ella. (Unos cuantos eran más de veinte.) También la irritó el verse todos los días en la obligación ineludible de envidiar sus alhajas, sus vestidos y otros detalles de una elegancia incesantemente renovada.

El tiempo y la ausencia amortiguaban este mal recuerdo, y ahora, inesperadamente, cuando se sentía quebrantada por un viaje en ferrocarril que había venido á sacudir su existencia sedentaria, lo primero que encontraba al llegar á Marsella era á la mujer odiosa, tan celebrada por el bobo de su cuñado y por su misma sobrina.

--¡Qué casualidad encontrarla aquí y en compañía de Claudio!... ¡Quién podía esperar esto!

Y sonrió con una expresión que dilataba aún más los agujeros de su nariz y hacía asomar entre sus labios de obscuro rosa unos dientes brillantes, algo amarillentos, como el marfil viejo.

Estela dió explicaciones á la gran señora sobre su viaje. Habían llegado al hotel poco después de mediodía. Tía Nati, á causa tal vez de su cansancio, olvidaba en el vagón un bolso que contenía objetos importantes: sus pobres alhajas, recuerdo de los tiempos de Gamboa, las llaves de los equipajes de los tres, dinero y papeles confiados por Bustamante. Éste, al notar dicha pérdida, había tomado un carruaje para volver á la estación, encontrando afortunadamente el objeto abandonado.

Permanecieron en el _hall_ esperando la hora de la comida. Estela miraba á Claudio con una timidez y un deseo en los ojos que hacían recordar la expresión apasionada y miedosa de ciertas bestezuelas de movimientos ligeros, sumisas y dulces. Borja la sonreía también, pero sin hacer nada por aproximarse á ella.

Mostró Bustamante una movilidad juvenil, hablando á unos y á otros como si estuviera en un salón de su casa y necesitase atender á todos sus invitados. Cambió repetidas veces de asiento, acabando por colocarse entre Claudio y la hermosa viuda de Pineda, y esto hizo que aquél quedase junto á su hija.

Pudo escuchar Rosaura una parte de la conversación de los dos jóvenes mientras fingía oir á don Arístides. Borja contaba tranquilamente á su novia su vida en Aviñón, excusándose por la tardanza en contestar á algunas cartas de ella. ¡Había estudiado tanto!... ¡Era tan interesante lo que llevaba visto!...

La presencia de Estela despertó en él cierto remordimiento por su conducta reciente. Se habían separado en Madrid mes y medio antes. Él la escribía con regularidad en el curso de su viaje, como un esposo de afectos tranquilos cuenta á su mujer todo lo que ve. Durante dos semanas le escribió desde Aviñón una carta cada tres días, recogiendo en la oficina de Correos las que ella le enviaba desde Madrid... Después... después no había escrito y ni siquiera se acordó de la existencia de dicha oficina. Tal vez á estas horas una ó dos cartas de la hija de Bustamante estaban esperando allá que Claudio fuese á recogerlas.

Sus ojos establecieron una comparación entre Estela y la hermosa criolla. Viéndolas sentadas una junto á otra, Borja recordó cierta precaución de los jardineros al cortar las rosas grandes. Siempre dejan cerca de ellas un botón sin abrir, que parece aumentar por la fuerza del contraste la belleza majestuosa de la otra flor.

La pobre Estela era el capullo al lado de la rosa soberbia, una esperanza indecisa, todavía sin realidad. Tenía el fresco atractivo de la juventud: ojos vivos, sonrisa dulce, una cabellera de rubio ceniciento, un cuerpo primaveral indeterminado en sus formas, que apenas si se diferenciaban de las de un muchacho esbelto. Podía ser hermosa gracias á una última evolución; podía quedarse estacionada, tal como era actualmente, y al llegar su madurez é iniciarse su decadencia, hacer creer en una belleza esplendorosa que nunca había existido.

Estela le rogó que se agregase á su tutor, yendo con ellos á Roma; pero Claudio se opuso con cierta rudeza. Por el momento le era imposible. Necesitaba quedarse en Marsella. Después volvería á España, siguiendo el mismo derrotero que el papa Luna en su último viaje, no parando hasta Peñíscola.

Como si se arrepintiese de su brusquedad, prometió finalmente ir á Roma, pero más adelante, cuando don Arístides fuese embajador. Esto representaría para él una buena ocasión de poder ver ciertas cosas que no son mostradas al común de los visitantes. ¡Qué no llegaría á conseguir don Arístides siendo embajador de España en el Vaticano!...

El grande hombre, por su parte, contestaba con negativas corteses á una invitación de la viuda de Pineda.

--Imposible, mi distinguida amiga... Verdaderamente dolorido de no poder aceptar su valiosa oferta. Con mucho gusto pasaríamos unos días en su magnífica posesión de la Costa Azul, de la que he oído contar maravillas; pero el amigo Enciso nos espera antes del jueves próximo. Ese día lo hacen Arcade, y se celebra el gran banquete. Debemos continuar nuestro camino mañana á primera hora, y por eso hemos dejado el equipaje en la estación. Cuando volvamos por aquí, dentro de poco, me permitiré hacer esa visita, si está usted en su palacio mediterráneo. Entonces seré todo un embajador, y usted, mi eminente amiga, tendrá que llamarme Excelencia, según las costumbres de la alta diplomacia.

Y el personaje rió del ambicionado cargo, con la falsa modestia de un poderoso que se digna prescindir para sus íntimos de las grandezas terrenales que le enorgullecen.

Entraron juntos en el comedor, ocupando todos la misma mesa. Doña Natividad, durante la comida, se mostró menos ácida en palabras é intenciones. Bustamante había observado que era siempre más tolerable con un tenedor en su diestra. La alimentación parecía amansarla, ejerciendo en ella un influjo semejante al de la música sobre las fieras, en los tiempos mitológicos.

Pidió detalles á Rosaura acerca de las modas y las últimas costumbres de París. Esto la serviría, cuando volviese á Madrid, para deslumbrar á sus amistades, dando á entender que había vivido en trato continuo con gentes del llamado «gran mundo». Mostró un envidiable talento de modista malograda, haciendo preguntas que desconcertaron á la criolla.

--No sé--decía ésta modestamente--; yo me limito á comprar las cosas si me gustan. Ignoro cómo se hacen. Soy muy torpe.

Cuando tía Nati consideró saciada su curiosidad sobre vestidos, le preguntó por la salud y el crecimiento de sus dos hijos:

--Deben ser ya grandecitos. ¿Dónde están ahora?... ¿Los ve usted con frecuencia?...

Insistió en hablar de los hijos de Rosaura. Ella no había tenido ninguno, y apreciaba su esterilidad orgullosamente, como si esto la proporcionase un extraordinario remozamiento, igualándola con la otra.

Después de la comida, al sentarse de nuevo en el hall, la energía hostil de tía Nati se desvaneció repentinamente. Sintió de golpe el cansancio de los días anteriores de viaje, quedando inmóvil en su sillón, con los ojos muy abiertos y redondeados fijos en la rica dama, pero sin decir una palabra más. Parecía dormir interiormente, acogiendo de vez en cuando con movimientos de cabeza afirmativos lo que hablaban Rosaura y Estela, sin que llegase á entenderlo, no obstante ser una prolongación de la misma plática sobre modas y otras elegancias de París.

Bustamante, gran fumador de cigarros habanos, remitidos por sus amigos de «allá», encendió uno de ellos, colocándose lejos de las señoras, en compañía de Claudio Borja, el cual nunca había querido aceptar estos barrotes de tabaco que le ofrecía su tutor.

Regocijado por el optimismo que proporciona una buena digestión y la perspectiva de dormir en mullida cama después de dos noches de tren, don Arístides trató al joven con una camaradería familiar, como si los dos fuesen de la misma edad. Su mirada maliciosa recordó á Borja la de algunos señores viejos que al final de un banquete, paladeando el café y la copa de licor, le habían dicho: «Ahora que estamos entre hombres, joven, hablemos un poco de mujeres.»

Mostraba igual animación que cuando recibía en Madrid la visita de algún americano y éste le contaba intimidades y escándalos de otros compatriotas amigos suyos. Designó con la vista á su «distinguida y bella amiga», y fué pidiendo aclaraciones de cómo la había encontrado en Aviñón, viniendo de París.

--¿Viajaba sola?... ¿No venía con ella un personaje americano llamado don Rafael Urdaneta?

Y al saber que Rosaura volvía sola á la Costa Azul, sonrió con expresión de suficiencia, como si adivinase el motivo de dicha soledad.

--Deben estar en una de sus peleas. Me han contado que riñen ahora frecuentemente. Muchos creen que eso va á terminar pronto.

Borja mostró impaciencia por saber quién era el tal Urdaneta, nombre que había oído algunas veces, y el presidente de la «Fraternidad Iberoamericana» pareció escandalizado de tanta ignorancia.

--Un grande hombre en su país, un exponente representativo de las virtudes y defectos de nuestra raza. ¡Lástima que el escenario en que le obligó á moverse su nacimiento sea tan pequeño! De haber surgido en una de las repúblicas grandes, hablarían de él todos los periódicos de la tierra. Un héroe de otros tiempos, el general-doctor.

Calló un instante, y temiendo que el joven considerase hiperbólicas sus palabras, se apresuró á añadir:

--Urdaneta no es de los nuestros, mas no por eso dejo de verle tal como es. Resultaría injusto afirmar que no ama á España. Cuando estuvo en Madrid organicé fiestas en su honor. Sus mayores entusiasmos fueron para las corridas de toros y las bailadoras andaluzas. Como me di cuenta de que se aburría, me contestó con franqueza: «Vea, doctor; esto es igual que mi tierra; más en grande, pero igualito. Como dicen allá: «Arroz con papas ó papas con arroz, da lo mismo». No vale la pena cruzar el mar para ver idénticas cosas.» A él le gusta París, Londres, Berlín... sobre todo París. Ha dormido tantas veces á la intemperie y sufrido tales privaciones haciendo la guerra en las selvas, que necesita á modo de compensación vivir en ciudades de millones de habitantes, ver mujeres cubiertas de alhajas, tener un frac sobre el cuerpo todos los días á las siete de la tarde.

Luego le contó la existencia de este hombre enérgico y cínico, amante de la gloria y escéptico al mismo tiempo, incansable derrochador de dinero, orgullo y calamidad de la pequeña república en que había nacido.

Dicho país, como otros de América, escasos en población y metidos en continuas guerras, tenía su clase dominante dividida en dos grupos: el de los generales, centauros hábiles en el manejo del machete, crueles é iletrados, con cierta habilidad para tañer la guitarra é improvisar versos cuando eran jóvenes, y el de los doctores ó licenciados, varones graves, de rebuscada palabra y tono solemne, que vestían chaqué negro hasta dentro de sus casas, á pesar de la calurosa temperatura, y pretendían gobernar al país en nombre del poder civil.

Se había colocado Urdaneta sobre los dos partidos, haciéndose general en una revolución y tomando el grado de doctor en la Universidad de una república vecina.

Sus partidarios le designaban por antonomasia con el título de «el general-doctor». No podía existir otro. Era un mago, un brujo, que parecía disponer de la voluntad de los hombres, seduciéndolos con su palabra. Le bastaba salir á caballo por los campos, seguido de unos cuantos amigos, para verse á las pocas semanas al frente de todo un ejército que decía á gritos, con la fe del fanático: «¡Viva el general-doctor!»

Bustamante lo describía físicamente. Este hombre hermoso tenía una belleza de otras edades. En Europa seguía con fidelidad todas las modas varoniles; pero muchos se lo imaginaban llevando coraza y casco, al mismo tiempo que le veían con pechera brillante, corbata blanca y frac. La única innovación masculina que no había querido admitir era la de rasurarse el rostro ó mantener sobre el labio superior un pequeño bigote. Conservaba la barba entera, una barba rizosa, ondulada, de negro azuleante, que descendía hasta su pecho. Tal adorno capilar, que había sido común algunos años antes, llamaba ahora la atención en restoranes y salones, atrayendo hacia él las miradas femeninas. Parecía llevar en torno á su persona un ambiente de fiereza cortés, de brutalidad viril. Disimulaba su falta de escrúpulos y su atropelladora ansia de vivir empleando toda clase de fórmulas galantes ó de afirmaciones caballerescas en su trato con mujeres y hombres.

Vivía en Europa, derrochando el dinero como un príncipe de Oriente, y su país se encargaba de costear dicha prodigalidad. Nunca había querido ser presidente de su República. Esto le habría obligado á permanecer en ella, teniendo que contentar á sus partidarios, perdiendo su prestigio fabuloso al ser visto de cerca. El general-doctor prefería convertir en presidentes á pobres hombres que le eran adictos, con la obligación de atender todas las peticiones que él les hiciera desde París. Algunas veces resultaban tan enormes, que el gobierno no podía aceptarlas. En otras ocasiones sus favorecidos pretendían emanciparse, obrando por cuenta propia, al verle lejos.

Urdaneta, en tales casos, apelaba al recurso de la intervención. Salía de su hotelito de París, cerca del Bosque de Boulogne, como el que va á una partida de caza, desembarcaba en las costas de su patria, y dos mil ó tres mil hombres corrían inmediatamente hacia él dando vivas al general-doctor, contentos de que empezase una guerra más.

Justificaba su desembarco en nombre de la libertad y del progreso. El gobierno llevaba al país á una vergonzosa reacción, y él no podía tolerarlo. Cuando eran gentes populares las que le habían negado obediencia, pretendiendo que la nación viviese libre de su tutela, hablaba Urdaneta en nombre del orden y de la propiedad, sacros principios que los demagogos ponían en peligro desde el poder. De un modo ó de otro, todo se resolvía con una campaña rápida y una entrada triunfante en la capital del victorioso caudillo, llegado siempre á tiempo para salvar á su patria. Y Urdaneta, después de hacer presidente á otro amigo de confianza, se volvía á Europa como modesto ciudadano, no queriendo aceptar la dirección suprema del país.

En vano sus enemigos habían pretendido matarle á traición ó acariciaban la esperanza de hacerlo prisionero y fusilarlo, en uno de sus desembarcos. Parecía que una influencia mágica lo guardase. Las gentes morían por él ó le salvaban de toda clase de asechanzas. Cuando alguien de su intimidad se entendía con los enemigos, era descubierto por la astuta vigilancia de otros fieles y muerto á machetazos.