Part 13
Se desplegó, agitando sus puntas como las alas de una mariposa, y todos siguieron su revoloteo á través de calles y encrucijadas, hasta que lo vieron introducirse por el ventano de una buhardilla... Y la hambrienta familia empezó á gritar de asombro ante la inundación de hortalizas, panes, cuartos de vianda y cestos de frutas que los devotos del predicador fueron esparciendo en su mísero refugio.
¿Qué no contaban las gentes de él?... Los obstáculos del tiempo y del espacio, las leyes de la gravitación, el ritmo vital del organismo humano, todo se dejaba trastornar á gusto del santo hombre... Una madre demente descuartizaba á su hijo, pero el Maestro iba juntando sobre una mesa los pedazos de la criatura, y al bendecirlos saltaba el muchacho entero, yendo en busca de sus camaradas para jugar. El diablo huía de los pueblos ante su aproximación; enemigos mortales se reconciliaban luego de oir sus predicaciones; éstas eran escuchadas muchas veces á cuarenta leguas de distancia.
Miles de devotos le seguían, formando la «Compañía del Maestro Vicente». Renunciaban á sus bienes para marchar á pie, lo mismo que el futuro santo. Entraban en pueblos y ciudades, desnudos de cintura arriba, disciplinándose sin una queja, como fantasmas ensangrentados. Sólo se escuchaba en el profundo silencio el ruido de las disciplinas y una voz quejumbrosa entonando ciertos versos valencianos ingenuos é incorrectos, escritos por el mismo santo á la gloria de Jesús y de su madre. Después de la procesión el apóstol predicaba en la plaza más amplia del pueblo, llegando los oyentes hasta las afueras.
Algunas veces el Maestro y su muchedumbre devota llegaban á pequeños lugares faltos de alimentos; pero el santo repetía los prodigios de Jesús, y unos cuantos panes y una bota de vino se multiplicaban bajo su bendición, hartándoles á todos.
Don Pedro de Luna lo había conocido joven, cuando daba sus primeras lecciones de teología en la Universidad de Lérida y él era legado del Papa de Aviñón, viajando por España para que sus diversos Estados saliesen de su neutralidad, reconociendo á Clemente VII.
De carácter dulce y costumbres pacíficas, Maestro Vicente se sintió atraído y subyugado por este gran señor de energía indomable. Cuando Luna fué Papa lo llamó á Aviñón, haciendo de él su confesor. Al ver á Benedicto XIII dispuesto á defenderse en su palacio por medio de las armas, le pidió permiso para retirarse. Él no podía aceptar la guerra, ni aun para sostener lo que consideraba legítimo. Y se apartó durante algunos años del Papa, viajando como incansable predicador por las naciones de su obediencia.
Tenía un hermano, también de santas costumbres, llamado Bonifacio. Al principio fué legista, siguiendo con ello la tradición de la familia, pues el padre de ambos había sido notario en Valencia. Tuvo mujer é hijos, y al enviudar se hizo religioso, llegando á prior de la cartuja de Porta-Cœli, cerca de Valencia, y finalmente á superior de la Orden de los cartujos.
--Si no lo declararon santo, como á Maestro Vicente, fué sin duda por considerar que eran demasiados dos santos en una misma familia. Benedicto tuvo gran confianza en el talento y la lealtad del antiguo abogado, encargándole misiones peligrosas. Cuando se evadió del palacio de Aviñón disfrazado de fraile, el hábito que vestía era de Bonifacio Ferrer.
Reconoció el concilio de Perpiñán la legitimidad del Pontificado de Benedicto y nombró una comisión para que fuese á Pisa á protestar del carácter sedicioso de dicho concilio, no convocado por ningún Papa. Esta comisión llegó á su destino con una tardanza que no podía resultar más inoportuna. Sus individuos se vieron en peligro de muerte.
--El hombre del concilio de Pisa--continuó Borja--fué Pedro de Ailly, que había abandonado para siempre á Benedicto XIII. En realidad, dicho concilio resultó imponente por el número y la representación de sus individuos. Casi todos los cardenales de la obediencia de Roma y la obediencia de Aviñón figuraban en él. Además, todas las iglesias de Europa (menos las de España, Escocia y algunos Estados franceses del Sur) estaban representadas. También asistían los defensores armados de la cristiandad, el gran maestre de Rodas con diez y siete comendadores, los jefes de la Orden del Santo Sepulcro y de la Orden Teutónica, embajadores de casi todos los reyes, príncipes y repúblicas de Occidente y un número considerable de arzobispos y obispos.
El primer acto de la asamblea fué declarar contumaces á Gregorio XII y Benedicto XIII, exonerándolos del Pontificado. Luego se hicieron públicas las actas de acusación contra ellos.
Al Papa de Roma, cuyo reinado había sido breve, lo declaraban indigno por la rapacidad de su familia y sus intrigas para no perder la tiara.
Como Benedicto era de puras costumbres, se había abstenido de proteger escandalosamente á sus sobrinos y vivía con parquedad, no gastando más que el dinero propio ó el de las iglesias de España fieles á él, lo acusaron de unos delitos característicos de aquella época, que hacen sonreir.
El «Señor de Luna»--así le llamaban--era culpable de hechicería y de tratos con el demonio. Varios frailes y hasta obispos lo declararon, sin dar pruebas terminantes, precediendo sus afirmaciones siempre con un «se dice».
Según ellos, el Papa de Aviñón había mostrado una extraña indulgencia en favor de ciertos herejes, siendo su energía y su tenacidad obra de dos demonios que tenía á sus órdenes, tan pequeños ambos que los llevaba á todas partes metidos en una bolsita. Desde su advenimiento al solio pontificio había hecho buscar empeñadamente una obra de magia en tres tomos, encontrando al fin dos de ellos en España y comprando el tercero en tierra de mahometanos. Todas las noches se colocaba bajo la almohada estos volúmenes.
Había recompensado con un curato en la diócesis de Córdoba á cierto clérigo que le proporcionó otro libro compuesto por un judío, en el cual se demostraba el carácter mágico de los milagros de Jesús. Pero como Luna era nigromante inexperto, no sabía utilizar tales obras, y allá donde descubría magos, aunque estuviesen en la cárcel, los mandaba buscar para interrogarlos. Tenía tratos con un ermitaño que se gloriaba de darle finalmente las llaves de Roma merced al apoyo de tres demonios: «el dios de los vientos», «el príncipe de las sediciones» y «el descubridor de los tesoros ocultos».
Los brujos de Provenza le ayudaban para obtener una victoria decisiva sobre sus adversarios. El deán de Tours declaraba haber sorprendido en Porto-Venere á un caballero de San Juan de Jerusalén, de origen misterioso y luenga barba negra, muy favorecido por Benedicto, haciendo evocaciones mágicas para mejor servicio de su Pontífice. Al catalán Eximenis, ilustre escritor nombrado por el papa Luna patriarca de Jerusalén, lo acusaban de haber enseñado á éste el arte de interrogar á los demonios.
Francisco de Aranda, confidente fiel que le acompañó la noche de su fuga del palacio de Aviñón y le seguía á todas partes, era un hechicero irresistible que disponía á su gusto de las potencias infernales. Un monje de Florencia declaraba ante el concilio de Pisa que cierto nigromante florentino llamaba inútilmente á los espíritus en los últimos tiempos. Al fin se le aparecía uno para decirle que todos ellos estaban ocupadísimos y no podían acudir á sus requerimientos á causa de que Francisco de Aranda los había reunido en Génova para que sirviesen á Benedicto XIII. Durante la última permanencia de éste en Niza, un rayo había caído en una torre, cerca de su vivienda, y esto fué porque el Pontífice se hallaba ocupado en evocaciones mágicas. Finalmente, empleaban como testigo á la tempestad que se había levantado en el golfo de Génova cuando Benedicto estuvo en Italia por última vez. La tormenta iba siguiendo á sus galeras, pero á cierta distancia, lo que era demostración de que las potencias infernales le protegían en sus viajes.
Esta acusación grotesca fué leída con solemnidad ante el concilio, y á continuación sus venerables miembros desligaron al mundo cristiano de la obediencia «á Pedro de Luna y Angel Corario, llamados hasta ahora Benedicto XIII y Gregorio XII, por ser cismáticos notorios y endurecidos herejes».
Hubo grandes procesiones, repiques de campanas, y el pueblo de Pisa quemó en público un par de monigotes con mitras de pergamino, que representaban á los dos Pontífices depuestos.
Diez días después llegó á Pisa la embajada del Papa de Aviñón, nombrada por el concilio de Perpiñán. La muchedumbre la saludó con silbidos. Una docena de cardenales (no el concilio) se dignó recibirla en una iglesia. Bonifacio Ferrer, varón sencillo y leal, se admiró de lo poco que se preocupaban de Benedicto XIII tantos cardenales y prelados reunidos en Pisa que un año antes le eran adictos, debiéndole todas sus dignidades.
Cuando el orador de la embajada empezó su discurso, diciendo: «Somos los nuncios del Santísimo Padre el papa Benedicto XIII», se levantó tan espantosa gritería que le fué imposible hablar más.
Al salir no pudieron montar á caballo por temor de ofrecer demasiado blanco á los proyectiles del populacho. Pidieron salvoconducto para avistarse con el depuesto Gregorio XII, y el gobernador de Bolonia les contestó que si caían en sus manos los haría quemar vivos. Cuando regresaban á Cataluña, donde vivía Benedicto XIII, supieron que el concilio había creído realizar la unidad de la Iglesia nombrando un nuevo Papa, que sólo vivió once meses, Alejandro V.
Con éste resultaban tres los Pontífices, en vez de dos. Era todo lo que había conseguido la asamblea reunida en Pisa.
--Otro que no fuera Benedicto XIII se habría aterrado al escuchar el relato de sus embajadores, agredidos en todas partes, desalentados por su vencimiento; pero el octogenario Pontífice, avezado al combate, parecía crecerse á medida que se agrandaban los obstáculos. Lucharía contra el tercer Papa con la misma tenacidad que había combatido al segundo.
Entró solemnemente en Barcelona, rodeado de una gran pompa pontifical, como en sus mejores tiempos de Aviñón, á caballo y bajo palio, llevando las bridas de su corcel los personajes más importantes de Cataluña. Dictó excomuniones contra todos los cardenales de su obediencia, arzobispos y obispos, franceses ó italianos, que habían tomado parte en la elección de Pisa, y maldijo á los doctores de la Sorbona de París, «reunión de malvados que, loca y temerariamente, usurpa el nombre de Universidad».
Como si no se diese cuenta del vacío que se iba formando en torno á su persona por la traición de unos ó la muerte de otros, se dedicó en 1409 á escribir un libro demostrando que era el único Papa legítimo, obra que circuló en copias por toda Europa.
Este anciano invencible, olvidado de sus años, iba viendo caer á sus enemigos. Parecía que las leyes del tiempo no existiesen para él. Alejandro V moría antes de cumplir el año de su Pontificado, y el concilio de Pisa le nombraba un sucesor, Juan XXIII, hombre enérgico como Luna, pero de historia inaceptable en un Pontífice. La longevidad de Benedicto desafiaba la vida de sus contrincantes. Ya llevaba muertos ó gastados cuatro adversarios: Bonifacio IX, Inocencio VII, Gregorio XII y Alejandro V. El nuevo Papa, Juan XXIII, más joven que él, iba á caer igualmente antes de que Luna cediese su tiara.
Se mostró insensible á las deposiciones decretadas por sus enemigos. «Ningún cisma ha terminado con la abdicación del verdadero Papa», respondía á todos los requerimientos para que renunciase.
Una nueva desgracia le afligió, acogiéndola con serenidad inquebrantable. Mientras iba de un lado á otro defendiendo su tiara, la ciudad de Aviñón se había mantenido fiel á su obediencia. Rodrigo de Luna era Rector del condado con una guarnición de españoles. El rey de Francia, que había reconocido el Papa nombrado en Pisa, quiso tomar á Benedicto XIII su refugio de Aviñón, para que nunca pudiese volver, y una pequeña tropa, llevando al frente un trompeta, avanzó por el puente sobre el Ródano para notificar á los habitantes de la ciudad que debían abandonar al «Señor de Luna». Rodrigo cargó sobre el grupo de enviados y los hizo prisioneros, rompiendo la trompeta. Empezó después de este choque el sitio del palacio papal, que debía durar año y medio, no terminando hasta Noviembre de 1411.
Siempre pronto el vecindario de Aviñón á unirse con el más fuerte, obedeció al rey de Francia, aclamando al Papa de Pisa Alejandro V, y pasados algunos meses á su heredero Juan XXIII. En vano trajeron los sitiadores la gran bombarda de Aix, que era célebre por sus dimensiones, y otras bombardas de las ciudades de Provenza y del mismo condado Venaissino. El fuerte palacio de los Papas se mostró inexpugnable, como en el primer sitio sostenido por Benedicto. Es más: su intrépida guarnición hacía salidas nocturnas, sorprendiendo en su lecho á importantes personajes enemigos, hasta en el interior de la ciudad de Villeneuve, situada en tierra francesa, llevándoselos prisioneros.
Benedicto, desde Barcelona, estaba en relación con los defensores de su palacio valiéndose de mensajeros secretos. Algunos de ellos, clérigos ó legistas del reino de Aragón, fueron sorprendidos por los sitiadores y decapitados.
Juan XXIII proclamó una cruzada contra los defensores del palacio de Aviñón, prometiendo indulgencias á todos los que tomasen las armas ó diesen dinero para la conquista de dicha fortaleza.
Descorazonados después de tantos meses sin recibir socorro, diezmados por el hambre y las enfermedades, los españoles hablaron de rendirse. El populacho de Aviñón quería sacrificarlos á todos «como animales en el matadero»; pero los capitanes franceses directores del asedio, reconociendo que éste podía resultar interminable, negociaron una capitulación condicional. Rodrigo de Luna se comprometió á abandonar la fortaleza si en el término de cincuenta días no recibía auxilio. Mientras tanto, los sitiadores debían entregarle diariamente cinco corderos, ocho barriles de vino viejo de una arroba cada uno, y además pescado y huevos en días que fuesen de vigilia. Transcurrió el plazo, sin que el último Papa de Aviñón pudiese socorrer á sus parciales, y el Rector del condado salió del palacio con todos los honores de guerra, al frente de su tenaz guarnición española.
Con esto finalizó la verdadera historia del palacio de los Papas de Aviñón. Tal era el odio y el miedo que los llamados «catalanes» inspiraron á los aviñoneses en sus dos defensas, que atribuyeron á Rodrigo de Luna un incendio ocurrido en dicho edificio dos años después de haberlo abandonado, cuando no quedaba en toda la ciudad un solo partidario de Benedicto XIII.
Otro infortunio aún mayor cayó sobre el anciano Pontífice, que había establecido su corte en Barcelona. La peste causaba grandes estragos en la mencionada ciudad, pero él no quiso huir ante su amenaza, como lo había hecho en Marsella y Génova. Hubiérase dicho que la desafiaba, cansado de luchar y de vivir.
La epidemia respetó á este viejo pequeño y enjuto, que parecía sostenerse por un esfuerzo de su poderosa voluntad, mientras se iba ensañando en los personajes de su corte y acababa por matar á su más poderoso sostén, el rey don Martín.
Cabizbajo y lloroso lo acompañó el Papa hasta la tumba. Don Martín moría sin sucesión. Su hijo único había perecido poco antes en Sicilia. Seis pretendientes hacían valer sus derechos á la corona, pero de ellos sólo dos representaban fuerzas importantes: el conde de Urgel, catalán, y el infante de Castilla don Fernando, llamado de Antequera por haber vencido en dicha ciudad á un ejército del rey moro de Granada.
Defendían los catalanes la candidatura del conde de Urgel, hombre de buen corazón pero de carácter violento, influenciado por las ambiciones de su madre. Los aragoneses y una parte del pueblo valenciano simpatizaban con don Fernando de Antequera, político sagaz y heroico guerrero, que en aquel momento era regente del reino de Castilla y no había querido ceder á las sugestiones de muchos que le aconsejaban usurpase el trono de su pequeño sobrino.
Los tres antiguos reinos que formaban la corona de Aragón parecían dispuestos á una guerra civil. Se peleaban al encontrarse los partidarios de uno y otro candidato. El arzobispo de Zaragoza era asesinado en un camino.
Benedicto, valiéndose de Maestro Vicente, de su hermano Bonifacio y otros, trabajaba por una avenencia general, pensando que el reino de Aragón era el más firme apoyo de su Pontificado. Al fin convenían todos en dar al conflicto una solución democrática, hecho aislado y prematuro en la historia de aquellos tiempos. El nuevo rey iba á ser elegido por nueve diputados que votaría el pueblo, tres por cada uno de los reinos de Aragón, Cataluña y Valencia. Los valencianos designaban á Maestro Vicente, su hermano Bonifacio y un anciano legista. Entre los tres de Aragón figuraba Francisco de Aranda, el confidente de Benedicto, al que los enemigos de éste atribuían por su aspecto desaliñado y su gran barba habilidades mágicas y tratos con los espíritus infernales para sostener á dicho Pontífice. Los de Cataluña eran defensores de la candidatura del conde de Urgel. Se reunieron todos ellos en Caspe, villa aragonesa, cuyo castillo fué declarado neutral, quedando su guarnición bajo las órdenes de los nueve diputados.
Durante muchos días la atención de España y otros reinos de la cristiandad estuvo fija en Caspe. Era la primera vez que delegados del pueblo iban á elegir un rey libremente, siendo todos ellos hombres de origen modesto, religiosos ó legistas.
Los partidarios de uno y otro candidato se mantenían á distancia de Caspe, con sus gentes de armas. Iban y venían sin éxito embajadores de ellos para conferenciar con los nueve compromisarios. Éstos observaban una reserva prudente. Nadie podía adivinar sus predilecciones. Benedicto XIII, desde luego, mostraba igual mutismo.
Maestro Vicente creía en el diablo y en sus malas artes, lo mismo que los miembros del concilio de Pisa.
Todos, en aquella época, lo veían con frecuencia interviniendo en los asuntos menudos de la vida corriente, y más aún en los negocios generales del país. Algunos, ansiando saber quién sería el rey de Aragón, buscaron á un nigromante para que evocase al diablo, que conoce muchas veces las cosas del futuro, lo mismo que Dios. Pero el diablo, al comparecer ante el hechicero, confesó su impotencia en todo lo que se refiriese al llamado Compromiso de Caspe. Le inspiraba irresistible pavor un hombre que vivía ahora en dicha población, el milagroso Maestro Vicente, y éste le había ordenado no acercarse á ella en dos leguas á la redonda, para que le fuese imposible oir las discusiones de los compromisarios ni perturbarlas con sus malas artes.
--El futuro santo--continuó Borja--conocía al demonio de larga fecha y sabía descubrirlo á través de los más extraordinarios disfraces. Cuatro años antes, asistiendo al concilio de Perpiñán, se fijó en un ermitaño de grandes barbas, con la capucha sobre los ojos, que permanecía sentado cerca de Benedicto XIII, sin que nadie lo conociera, y daba al Pontífice insidiosos consejos. No tardó en adivinar Maestro Vicente que era uno de los diablos ocupados en la prolongación del cisma, y le ordenó que se marchase. El demonio, viéndose descubierto, dijo: «Cállate, traidor; me marcho de aquí porque no tengo otro remedio, pero pronto tendrás noticias mías.» Y al día siguiente el abad de un monasterio próximo, gran amigo del santo, moría de una dolencia inexplicable... Pero volvamos á Caspe.
Cuando, terminadas las discusiones, llegaba el momento de nombrar el futuro rey, Maestro Vicente, aunque no les correspondía á los delegados valencianos ser los primeros en la votación, se apresuró á manifestar cuál era su candidato, decidiéndose por don Fernando de Antequera, y la mayoría de sus compañeros hizo lo mismo.
Sin duda era también el candidato de Benedicto. En su juventud se había batido éste como soldado por don Enrique de Trastamara, ascendiente de don Fernando. Además, estableciendo una dinastía castellana en Aragón, podía contar con el apoyo de los dos reinos.
--Muchos catalanes--continuó Borja--no han perdonado aún á San Vicente Ferrer que abusase de su prestigio, imponiendo á un castellano en la elección de Caspe.
Maestro Vicente, que en aquellos tiempos, en que no existía aún la nación española, empleaba con frecuencia la palabra «españoles» al dirigirse á sus oyentes, intentó realizar de tal modo la unidad nacional.
--Dicha unión no fué un hecho hasta el siglo siguiente. La dinastía castellana que entró á reinar en Aragón se catalanizó en ideas y costumbres, y luego se italianizó con Alfonso V, que iba á pasar la mayor parte de su existencia en el reino de Nápoles, conquistado por él. Pero de todos modos, Maestro Vicente fué un precursor de la patria única, el primero que intentó crear la España tal como existe ahora.
Borja quiso decir algo de la famosa disputa entre doctores cristianos y rabinos célebres, organizada por Benedicto y el gran predicador en la ciudad de Tortosa, para que discutieran el cristianismo y el judaísmo, debate nunca visto hasta entonces, pero no pudo hablar más.
Lanzó una exclamación de asombro, abandonando al mismo tiempo su silla de junco. También Rosaura, advertida por su grito, se estremeció de sorpresa mirando hacia la puerta del salón.
Vieron los dos al señor Bustamante, un Bustamante verdadero, que entraba seguido de Estela y otra señora, tía de ésta, la cual hacía oficios de madre y regentaba en Madrid la casa del grande hombre.
IV
Donde aparece por primera vez el general-doctor
El señor Bustamante se mostró menos sorprendido que Borja. Sólo al reconocer á la viuda de Pineda hizo un gesto de asombro, y después de saludarla dijo al joven:
--Veo que has recibido pronto el telegrama que te enviamos desde Barcelona. No esperaba que vinieses de Aviñón hasta la noche.
Borja balbuceó para ocultar su confusión y hacer creer al mismo tiempo que había recibido el despacho.
Mientras tanto, la hija y la cuñada de don Arístides tomaban asiento á ambos lados de Rosaura, y aquél, olvidando por el momento á Claudio, dedicó toda su atención á la rica señora americana.
--¿Cómo iba yo á suponer que vería en Marsella á mi distinguida y hermosa amiga, cuando me la imaginaba en París?... ¡Qué sorpresa!... Lástima que nuestro encuentro sea breve.
Rosaura, por un secreto instinto, sin percatarse del verdadero móvil de tal precaución, evitó mencionar el número de los días pasados en la ciudad papal. Hablaba de su encuentro con Borja como si hubiese sido veinticuatro horas antes. El estudioso joven iba á quedarse en Marsella tomando notas para su libro, y ella, cansada de París, continuaría su viaje á la Costa Azul.
Bustamante, después de preguntar á la viuda por la salud de varios personajes sudamericanos amigos de los dos, creyó llegado el momento de hablar á Borja de «cosas serias», dejando que las mujeres conversasen aparte, en torno á la mesita de té.
--Debo explicarte mi viaje--dijo en voz baja--. Ha sido una decisión repentina... Tú habrás visto en mi última carta que se preparan sucesos importantes. El jefe ha pensado en mí. Quiere que sea embajador en el Vaticano así que subamos al poder, y esto sólo puede tardar unos meses, tal vez unas semanas. Se necesita allá un hombre de talento diplomático que posea además un nombre célebre en el extranjero, especialmente en América, y por eso ha pensado en mí. Vamos á reformar el Concordato con el Papa en un sentido liberal.
Aprobó Borja con movimientos de cabeza, sonriendo al mismo tiempo de un modo ambiguo. Dudaba de esta reforma que enorgullecía de antemano al futuro embajador como si fuese cosa hecha.