Part 12
Iba creciendo en el interior de ella este mismo deseo, adivinado por su acompañante. Esperaba impacientemente las noticias de su doméstica. Aquella mañana, al levantarse, había pensado con delicia en la posibilidad de que le reexpidiese una carta ó un telegrama, que tal vez le obligaría á desandar su camino, regresando á París. Y ahora, bajo la influencia del ambiente, viendo el mar, cuya inmensidad convida al viaje, escuchando á este compañero que hacía revivir ante sus ojos las cosas inertes, rechazaba de pronto la idea de volver á París, le infundía tedio la posibilidad de verse sola en su casa, ante el Mediterráneo desierto.
La vida resulta alegre para los que se dejan arrastrar por ella sin oponer resistencia. Los días de Aviñón y los de Marsella parecían á Rosaura ligeros y repletos de interés. No había seguido sus pasos el demonio del aburrimiento que tanto la perseguía en los últimos meses. Consideraba ahora como gran contrariedad tener que separarse en Marsella de este joven que días antes no era en su memoria más que una pálida imagen... ¿Por qué no acompañarlo en sus peregrinaciones, hasta que sus relatos perdiesen para ella todo interés? Cosas menos explicables había hecho otras veces por buscar un poco de distracción... Además, ¡el dulce fuego de aquella comida saturada de especias, consistente en las mejores carnes que produce el mar, fosfóricas y excitantes!... ¡El vino rojo obscuro de la Provenza marítima, bebida de corsarios y de mercaderes audaces que comerciaron con los países de _Las mil y una noches_!...
Era conveniente dejarse llevar por la aventura, y al fin hizo un movimiento afirmativo con su cabeza contestando á los ruegos de Borja. Iría á España con él. Vería el solitario castillo del mar, acompañando de este modo al Papa errabundo hasta el sitio de su muerte. ¡Convenido!... Y sus diestras se estrecharon con largo apretón por encima de la mesa.
Sólo hablaron ya de su viaje, olvidando por el momento á Luna y sus andanzas. Veían las crestas de los Pirineos, la cima nevada del Canigó, y al otro lado de esta barrera internacional, las planicies de Cataluña, el Ebro divisorio, los naranjales de Valencia, una roca coronada por una fortaleza avanzando en el Mediterráneo, lo mismo que un navío de gigantes.
Sonreían al salir del restorán como dos enamorados, aunque no se cruzaban entre ellos otras palabras que las de un entusiasmo geográfico por los países que iban á visitar. Otra vez anduvieron por aceras húmedas y oliendo á sal, entre puestos de venta repletos de diversos moluscos.
--Déme el brazo, Borjita--dijo ella con voz infantil, como si pidiera auxilio--. Me siento un poco turbada... Además, ¡este suelo tan resbaladizo! Creo que he bebido demasiado. Los almuerzos «pintorescos» con que usted me obsequia resultan matadores.
Marchó con más seguridad por las aceras de la Cannebière, amplias y secas. Ella quería ir al hotel inmediatamente. Lo evocaba como un lugar de refugio. Continuaron por la amplia avenida, en cuya parte alta estaba su hotel, el mejor de Marsella. Cuando se hallaban próximos á su gran puerta, se fijaron los dos al mismo tiempo en un señor que salía apresuradamente hablando con un empleado, subía á un coche y se alejaba hacia el extremo final de la avenida.
Ambos creyeron haber visto al señor Bustamante; pero cuando desapareció empezaron sus dudas. Rosaura consideraba fácil la explicación de este error.
--No es extraño que veamos fantasmas después de un almuerzo tan tremendo... Creo que no volveré á comer hasta mañana.
Claudio dudó igualmente de dicha visión. Había recibido dos semanas antes, estando en la ciudad papal, una carta de su tutor. El gran iberoamericano no le hablaba de ningún viaje próximo. Escribía únicamente para comunicarle la interesante noticia de que «su jefe», el personaje político que le había hecho ministro, volvía á fijarse en su persona, reservándole un altísimo puesto, digno de sus méritos internacionales: una embajada cuando volviese á ocupar el poder, lo que sería pronto, pues el gobierno actual, usado por el desgaste de su funcionamiento, iba á retirarse, cediendo el paso al otro partido de turno, en espera de su hora. El grande hombre no decía más. Indudablemente, este viajero que acababan de ver no era Bustamante.
Entraron en el hotel, y al salir del ascensor, llegados al piso primero, se encontraron solos en mitad de un pasillo silencioso.
Iban á separarse. Sus habitaciones estaban en las dos fachadas opuestas del edificio. La de Rosaura, elegante y costosa, daba á la Cannebière. Borja se había instalado en un cuarto más modesto, con las ventanas sobre una calle estrecha y antigua.
Se despidieron sonriéndose, como si existiese entre ellos la complicidad de una vida íntima, hábilmente disimulada en público, que volvía á exteriorizarse apenas quedaban solos. Claudio la besó una mano, preguntando ansiosamente cuándo volverían á verse.
Eran las dos; tal vez algo más. Ella necesitaba descansar un poco. A las cinco tomarían el té en el _hall_ del hotel. Luego pasearían en carruaje por el prado y la Cornisa.
--Hasta las cinco--dijo el joven--. Piense en mí... No olvide nuestro viaje.
Tenía cogida aún la diestra de ella y la llevó otra vez á sus labios.
Rosaura, familiar y confiada por obra de su turbación optimista, se alarmó un poco al notar este segundo beso en su mano.
Inmediatamente dió un grito y tuvo que echarse atrás. La boca que acariciaba su diestra se había remontado de pronto, en apasionada agresión, pegándose á la suya con un beso largo, ávido, succionante. Pero ella era fuerte, á pesar del aspecto desmayado que fingía algunas veces para dar nueva gracia á su persona. Guardaba el vigor adquirido en su infancia al vivir en las vastísimas propiedades de parientes y amigos, ejercitándose en todos los deportes de una existencia amazonesca. Le bastó un empellón para repeler á su acompañante, que parecía arrepentido y avergonzado de esta insólita audacia.
--¿Y usted pretende que viajemos juntos?...--dijo con voz temblona de cólera--. ¡Ni á España, ni á ninguna parte!... No cuente conmigo.
Luego se alejó con paso enérgico y murmullos de protesta, cual si le volviese la espalda para siempre.
III
Maestro Vicente
Ella bajó á las cinco. Se aburría en su habitación, completamente sola. Ni siquiera tenía el recurso de conversar con aquella doméstica que la acompañaba siempre en sus viajes.
Al sentarse junto á un velador, no le produjo extrañeza ver cómo se aproximaba Borja con aire humilde y suplicante. La estaba esperando para implorar su perdón. Como sabía de antemano lo que pensaba decir, cortó sus palabras con un ademán de reina clemente.
--No hable. Todo queda olvidado, si me promete que no volverá á repetirse. En realidad, no se repetirá, pues es difícil que tenga usted ocasión para ello. Ya no hay nada de ese viaje de que hablamos durante el almuerzo. ¡Qué disparate viajar con un hombre tan poco seguro!...
Claudio hizo un gesto de resignación. Lo aceptaba todo á cambio de verse perdonado. Por el momento, lo más importante era que no le repeliese con aquel gesto ceñudo que transformaba su rostro, haciendo de ella otra mujer.
--Tome asiento, pida una taza de té--continuó Rosaura--; y para que no vuelva á las andadas, prosiga sus historias interesantes é instructivas. Yo soy el sultán de _Las mil y una noches_ y usted es Schahrazada. No negará que tengo cierta instrucción, aunque no lo parezca en el primer momento. Dejamos á nuestro don Pedro huyendo de la peste, refugiado en la abadía de San Víctor y preparando una nueva expedición hacia Roma. ¿Qué pasó después?...
Borja, á pesar de su entusiasmo por los episodios históricos que iban á componer su próximo libro, tuvo que esforzarse para cumplir este deseo. Hubiese preferido seguir hablando de lo ocurrido arriba tres horas antes, explicar su conducta, conseguir que Rosaura, perdiendo su enojo, sintiese otra vez el deseo de aquel viaje á España que podía prolongar la intimidad amistosa de los dos. Pero la impaciencia de ella le obligó á una inmediata evocación de los hechos pasados.
Un día el papa Luna recibió en su retiro de Marsella la noticia de que el «intruso» de Roma había muerto. Ya llevaba con éste dos adversarios fuera de combate: Bonifacio IX é Inocencio VII. El Papa de Aviñón, casi octogenario, mostraba una energía juvenil preparándose para batallar con el nuevo rival que le opusiera Roma.
Los cardenales de la obediencia romana se mostraron en un principio dispuestos á no elegir otro Papa. Era el medio más rápido de terminar el cisma. Pero los romanos, necesitados de que la sede pontificia estuviese en su ciudad para atraer el dinero de los fieles, empezaron á proferir amenazas contra el Sacro Colegio, y éste, reuniéndose en cónclave, designó al veneciano Ángel Corario, casi tan viejo como Benedicto, varón de vida ascética, con un deseo sincero de terminar el cisma.
Este nuevo Pontífice, que tomó el nombre de Gregorio XII, tenía hermanos y sobrinos, y pronto fué víctima de la influencia de su familia, ansiosa de aprovechar una suerte tan inesperada.
Nombró una comisión de cardenales, presidida por un sobrino suyo, para que visitase á Benedicto XIII, organizando la entrevista que éste deseaba con el Papa de Roma. Tal iniciativa alegró á toda la cristiandad. Iba á terminar el cisma.
Antonio Corario, sobrino del Papa romano, fué recibido solemnemente en la abadía de San Víctor, y después de varias entrevistas quedó convenida la forma del encuentro. Los dos Pontífices se verían en Saona, ciudad de Italia dominada por los franceses en aquel momento. Esto representaba una protección más segura para ambas cortes papales que si tuviese gobierno propio. Todo quedó previsto para que no surgiesen incidentes. El puerto de Saona fué dividido en dos secciones para las galeras de ambos Pontífices. Como había dos castillos, se asignaron respectivamente á uno y á otro de los Papas. Se pactó también que ninguna de ambas partes proferiría las palabras «antipapa», «intruso», «anticardenal», etc., que habían venido prodigándose hasta entonces.
Benedicto partió inmediatamente para Niza, designando esta ciudad como punto de reunión á sus cardenales. La peste había aparecido en Marsella, y el viejo Papa necesitaba alejarse.
Fué en el monasterio de San Honorato, situado en las islas de Lerin, frente á Cannes, donde Luna organizó su flota para ir otra vez hacia Italia. Ahora sólo llevaba seis galeras; sus recursos no le permitían mayores gastos. Sin embargo, desembarcó en Saona con gran pompa, recordando este recibimiento el que había tenido en Génova dos años antes.
Llegaba á Saona el 14 de Septiembre, con antelación á la fecha marcada para la conferencia. En cambio, Gregorio XII no llegó nunca. Su hermano y sus sobrinos dominaban á este asceta de buenas intenciones, pero falto de carácter. Temían que si se avistaba con Benedicto, acabase éste por convencerlo, haciéndole sentir la influencia de su espíritu enérgico y su recia dialéctica. El mejor procedimiento era demorar la entrevista con toda clase de excusas.
Gregorio XII había salido de Roma para aproximarse á su adversario, con gran júbilo de la cristiandad, que consideraba ya indudable la unión. Seguido de toda su corte llegó á Viterbo, mucho después á Siena, y en Noviembre empezó á alegar motivos para no ir hasta Saona. Dijo que carecía de naves para presentarse dignamente en el citado puerto, donde Benedicto le aguardaba con su pequeña flota. Los genoveses se apresuraron á ofrecerle cuantos buques pudiera necesitar, y no dió contestación.
Después alegó que le faltaba dinero para seguir adelante. Aquí el clero de su obediencia se mostró escandalizado. Todas las iglesias habían remitido fondos para un viaje que consideraban providencial, pero el hermano y el sobrino del Papa se guardaron el dinero.
La cristiandad se enteró con asombro de los pretextos de uno y otro Pontífice, deseosos de no encontrarse, pero en justicia fué el Papa de Roma quien rehuyó con más tenacidad todas las soluciones ofrecidas á ambos para una entrevista. Benedicto, cansado de permanecer inútilmente en Saona, fué á pasar la Navidad en Génova, donde le recibieron con el mismo entusiasmo que la primera vez.
Acabó Gregorio XII por designar la villa de Pietra Santa como el lugar más á propósito para sus conferencias con el Papa español, y éste se embarcó el último día del año 1407 con rumbo á Porto Venere, distante solamente quince leguas de dicha población. Gregorio tampoco fué á Pietra Santa. Lo consideraba muy cerca de la costa y tenía miedo al Papa del mar. Sin embargo, la entrevista iba á realizarse en un pueblo de tierra adentro, y Pedro de Luna no llevaba con él más que una bombarda y doscientos cincuenta hombres entre ballesteros y soldados de coraza. Tal escolta no resultaba extraordinaria en aquellos tiempos inseguros, pues cualquier soberano, al ir de una ciudad á otra, necesitaba llevar con él un pequeño ejército.
Empezaron á reir los fieles de estas idas y venidas de los dos Pontífices, envolviendo injustamente á ambos en el mismo menosprecio. Es verdad que Benedicto se negaba con obstinación á alejarse de la costa, pero de todos modos accedía á penetrar en Italia hasta un pueblo del interior. Gregorio á ningún precio quería acercarse al mar. Un escritor contemporáneo comparaba los dos Papas á un animal acuático y un animal terrestre. El animal marítimo no quería avanzar sobre el suelo y el terrestre evitaba la proximidad del agua.
Cansados los cardenales de Gregorio XII de su miedo y sus indecisiones, buscaron una solución á este conflicto interminable, que provocaba las burlas de los enemigos de la Iglesia, abandonando en masa á su Pontífice.
--Parecía haber llegado el momento del triunfo para Benedicto XIII. Los cardenales de Roma, separados de su Papa, empezaban á mostrarse propicios á solucionar el cisma reconociendo al de Aviñón. Sólo faltaba el pequeño suceso que surge á tiempo para decidir las cosas en litigio. Este suceso vino, mas fué en contra de Luna. La fatalidad le asestó un golpe del que nunca se repuso. Tenía grandes enemigos dentro de la Sorbona de París, pero en las asambleas del clero francés le habían defendido valerosos partidarios, salvándole hasta entonces de las asechanzas de aquéllos. Además, contaba en la corte con el apoyo del duque de Orleáns, su más firme sostén en Francia...
Y precisamente, en el momento que la balanza del destino empezaba á inclinarse á su favor, el duque de Orleáns moría asesinado en París. La lucha de éste con Juan Sin Miedo, duque de Borgoña, era una de tantas guerras civiles de la Francia de entonces, desgarrada interiormente, mientras los ingleses poseían gran parte de su territorio. Ambos duques acordaron hacer paces y se juraron amistad ante la hostia consagrada, en una misa que mandaron decir para celebrar su reconciliación. Poco después, las gentes del duque de Borgoña preparaban una emboscada nocturna en la _rue Vieille du Temple_, asesinando al duque de Orleáns.
Su desaparición dejó en libertad á todos los enemigos que el Papa español tenía en París. Dos edictos del rey anunciaron á ambos Pontífices que si no se unían antes de la fiesta próxima de la Ascensión, se declararía neutral Francia, abandonando el campo de Benedicto.
Éste se indignó al ver que le atribuían injustamente la continuación del cisma, cuando él había cumplido todos sus compromisos para una entrevista conciliatoria. Y como su carácter altivo no toleraba atropellos, contestó amenazando con excomunión á «los hijos de iniquidad que hablaran de rebelarse contra la autoridad apostólica con apelaciones temerarias».
La corte de Francia declaró entonces culpables de alta traición á Luna y á todos los que propalasen sus excomuniones, y la asamblea del clero francés saludó con aplausos la separación de la obediencia de Benedicto. Su Bula excomulgatoria la acribillaron á puñaladas. Muchos de sus partidarios en Francia fueron encarcelados ó asesinados. Algunos canónigos de Nuestra Señora de París afectos al viejo Pontífice tuvieron que huir. El ilustre Pedro de Ailly se vió acusado por su amistad con Benedicto, y á duras penas pudo salvarse de la cárcel.
Alemania, Hungría y Bohemia, por influencia del rey de Francia, volvieron á la neutralidad. Los cardenales de Benedicto lo abandonaron, como los del otro Sacro Colegio habían abandonado al Papa de Roma, acordando convocar ambos grupos un concilio.
Todo se conjuraba contra Luna. En unas semanas había cambiado su situación. Hasta le fué imposible continuar en Génova, pues el mariscal Boucicaut, gran amigo suyo hasta entonces, recibió órdenes de París para apoderarse de él y guardarlo en una prisión. Afortunadamente el Papa del mar contaba con las seis galeras de su pequeña flota, y éstas levaron anclas una madrugada, llevándose á Benedicto XIII con su corte, que sólo se componía ya de cuatro cardenales: uno italiano, otro español y dos franceses.
El viaje de retorno fué cruel. La hostilidad de Italia y de Francia salió á su encuentro al tocar en los puertos. No pudo desembarcar en Porto Fino, porque la población intentó atacarle. En Noli tuvo que alojarse fuera de la ciudad, en un convento de frailes menores, mientras sus marineros ponían á secar sus ropas, mojadas por la tormenta. Descansó con más reposo en Villefranche, por hallarse en tierras del conde de Saboya. De las islas de Lerin y del puerto de San Rafael se vió repelido; tampoco pudo refugiarse en su amada abadía de San Víctor, por considerar Marsella lugar poco seguro. El temporal venía siguiendo sus naves y al fin tuvo que buscar como un náufrago las costas del Rosellón, desembarcando en Port Vendres, cerca de Perpiñán. Aquí estaba en tierra fiel, por pertenecer Perpiñán al rey de Aragón.
Así acabó su viaje hacia la Ciudad Eterna, que había empezado de un modo triunfal. Ya no podía infundir miedo al Papa de Roma, que meses antes temía verle entrar repentinamente en su palacio. Ahora los dos se encontraban en la misma situación. Los cardenales de uno y otro bando iban á reunirse en Pisa para deponerlos, creyendo conseguir de tal modo la unidad definitiva de la Iglesia.
--Benedicto protestó de la convocatoria en Pisa de este concilio, completamente ilegal desde el punto de vista canónico. La Iglesia se hallaba constituída monárquicamente, el Papa era un rey, y sin su iniciativa resultaba imposible la convocatoria de concilios. Los cardenales obraban de un modo revolucionario contra las tradiciones eclesiásticas. Su reunión iba á ser semejante á una asamblea constituyente de los tiempos actuales después de un destronamiento. Además, la lógica de Benedicto resultaba incontestable. De los dos Pontífices, uno forzosamente debía ser el legítimo; ¿con qué derecho deponían á ambos, atropellando al que fuese verdadero representante de Dios?...
Luna, que había batallado con tres Papas, emprendió su combate animosamente contra la reunión de Pisa, á la que llamaba «conciliábulo», y como si aún tuviese bajo su mando las siete naciones de la obediencia de Aviñón, ordenó que se reuniese en Perpiñán un verdadero concilio para hacer frente al de los revoltosos.
A este concilio asistieron más de trescientos personajes eclesiásticos, arzobispos, obispos, abades, jefes de órdenes militares y religiosas; pero le faltaba la universalidad. Su gran mayoría se compuso de castellanos, aragoneses y navarros. La Francia sólo estaba representada por los Estados de Foix y de Armagnac. Hubo algunos loreneses, provenzales, saboyanos y los representantes de cuatro universidades.
Benedicto, que ya era octogenario, habló varias horas seguidas, asombrando á sus oyentes. Su elocuencia y su energía parecían crecer según iban en aumento sus años y las dificultades.
Después de Luna, el hombre más notable del concilio fué Maestro Vicente, predicador internacional, admirado por las multitudes, oído con respeto en las asambleas religiosas y políticas.
--Este Maestro Vicente, que después fué San Vicente Ferrer--dijo Borja--, salió de Valencia, su tierra natal, para predicar en todos los pueblos que ahora se llaman «latinos». Su elocuencia reflejaba las grandes preocupaciones de su tiempo: la proximidad del fin del mundo, el temido Juicio de Dios, la necesidad de luchar contra la carne y el pecado. Además, España, en aquellos siglos, tenía diversas religiones. No todos los españoles eran católicos; los había judíos, arraigados en sus pueblos natales, fuese cual fuese el gobernante, y también mahometanos en gran número; moros vencidos, que seguían cultivando la tierra ó haciendo funcionar sus telares bajo el dominio de los reyes cristianos.
Se dedicaba el Maestro preferentemente á la conversión de los judíos, pero nunca llevó su afán de proselitismo más allá de los límites de una dulce y pacífica persuasión. Era enemigo de violencias, y al ver cómo el populacho cristiano asaltaba los barrios de los hebreos, llamados «juderías», para robar y asesinar á sus habitantes, protestaba de tales crímenes, indignos de la causa de Dios.
Su apostolado obtuvo grandes éxitos. En muchas ciudades de España, «juderías» enteras pedían el bautismo después de escuchar sus sermones. Es verdad que estos mismos judíos, años después, cuando ya había desaparecido la influencia del orador, recobraban en su mayor parte las antiguas creencias; pero de todos modos las predicaciones de Maestro Vicente aportaron á la gran masa cristiana del pueblo español una enorme cantidad de hebreos conversos, esta amalgama étnica que aún se nota actualmente.
Importantes rabinos acabaron por aceptar sus razonamientos, ingresando en la Iglesia católica para ocupar altos puestos eclesiásticos. Uno de estos rabinos ilustres, que al bautizarse tomó el nombre de Pablo de Santa María, fué gran amigo y partidario del papa Luna, llegando á la alta dignidad de arzobispo de Burgos.
Maestro Vicente, fraile dominico de la Orden de predicadores y doctor en teología, no sólo era estimado por los hombres ilustres de su tiempo. Las muchedumbres de entusiasmo meridional, estremecidas por su elocuencia, lo declaraban santo en vida, atribuyéndole toda clase de hechos maravillosos.
--No hay en la historia de los santos--continuó Borja--uno solo que haya realizado tantos milagros como mi compatriota San Vicente. Son prodigios de cuento oriental, y forman una lista que asciende á más de mil.
Siendo aún muy joven, el prior de su convento, en Barcelona, le prohibía que realizase nuevos milagros, por creer que su abundancia perjudicaba el prestigio de la Iglesia; y el santo, siempre humilde, se apresuraba á obedecer. Días después, al pasar junto á una casa en construcción, un albañil que le miraba desde lo alto de los andamios, con la curiosidad que inspiran los taumaturgos, daba un paso en falso, cayendo en el vacío.
--Padre Vicente--dijo--, ¡sálveme!
Y el religioso extendió un brazo, ordenando que se mantuviese en el aire, mientras él iba en busca de su prior para pedirle que le permitiese hacer milagros. Le dió el prior dicho permiso, solicitado de rodillas; y volviendo al lugar del suceso, dijo al pobre albañil, flotante en la atmósfera: «Baja poco á poco, sin hacerte daño.» El trabajador le obedeció, hasta poner el pie en tierra dulcemente, sin ningún choque mortal.
Otra vez, predicando en el Mercado de Valencia, interrumpía su sermón, quedando en éxtasis como si contemplase algo muy lejano. Veía á una viuda rodeada de pequeñuelos llorosos, dentro de mísero desván. Iban á morir de hambre. Las gentes del Mercado, al enterarse de tal visión, quisieron saber dónde vivían para socorrerlos con sus vituallas. «Seguid á mi pañuelo», dijo el predicador. Y sacando de una manga de su hábito el pedazo de tela, lo lanzó al aire.