Part 16
Apeló de esta sentencia ante Juan XXIII, y provisto de un salvoconducto del emperador Segismundo, emprendió la marcha hacia Constanza, seguido de numerosos discípulos, con la pretensión de hablar públicamente en el concilio. No obstante las preocupaciones que le acarreaban la lucha con sus enemigos y el afán de sostener su autoridad, recibió Juan XXIII benévolamente al doctor bohemio, suspendiendo las censuras que pesaban sobre él, bajo la condición de que se abstuviese de predicaciones.
No era el momento oportuno para que un orador como Huss, acostumbrado á perorar todos los días en la cátedra ó al aire libre ante enormes muchedumbres, se mantuviese silencioso. Además, un hombre sincero que se imagina poseer la verdad, prefiere la muerte al mutismo.
Siguió Juan Huss predicando como antes en las plazas de Constanza, y las autoridades eclesiásticas lo aprehendieron, manteniéndolo en un calabozo á las órdenes del concilio. En su sesión quinta confió éste á una comisión de dos cardenales y varios doctores el examen de las doctrinas de Husss, siendo presidente de ella el célebre Pedro de Ailly, ahora cardenal de Cambray.
Cinco semanas se prolongó el duelo entre un hombre completamente solo y los ricos dignatarios de la Iglesia, empeñados en hacerle abjurar cuarenta y dos proposiciones extraídas de los libros de Wiclef que figuraban como suyas. El heroico predicador contestó siempre que estaba dispuesto á tal abjuración, con entera humildad, si le demostraban antes que sus doctrinas eran erróneas. Ailly y algunos otros jueces miraban con simpatía y lástima al obstinado Huss.
--Juan--decía Ailly--, entregaos simplemente y sin reserva alguna al concilio, que os tratará con humanidad é indulgencia.
Le dieron á entender que podía formular una abjuración, aunque fuese simulada; pero Huss repelió tal propuesta, diciendo: «La mentira amargaría mis últimos instantes.»
--El concilio--continuó Borja--, por lo mismo que se había constituído de un modo revolucionario, colocándose sobre el Pontífice que lo convocó y arrogándose una autoridad universal sobre la Iglesia, se mostraba severo é inquieto con los innovadores. Sentía el ansia dominadora de los gobiernos provisionales surgidos de una revolución, que temen en seguida á los exaltados y necesitan castigarlos, para consolidar de tal modo su prestigio ante los elementos conservadores.
Ailly y los demás jueces, después de tan largas controversias, se apartaron tristemente del acusado, presintiendo cuál iba á ser su fin. Como Segismundo le había concedido un salvoconducto, resultaba vergonzoso para él que este hombre venido á Constanza bajo su protección fuese ejecutado. Para evitarse tal vileza, hizo que varios señores checos visitasen á Maestro Juan en su prisión, pidiéndole que abjurase. Uno de ellos, para convencerle, dijo que no debía creerse él solo más sabio que todo el concilio; á lo que repuso el predicador: «Si el último de sus miembros me opone textos mejores que los míos, me retractaré inmediatamente.»
Al celebrarse, el 6 de Julio, la XV sesión del concilio, Juan Huss fué conducido entre soldados á la catedral de Constanza. Segismundo, que había suscrito un documento garantizando la seguridad de su persona, ocupaba un trono, rodeado de los dignatarios de su corte. La muchedumbre llenó el resto del templo. En mitad de éste había una tarima y sobre ella una mesa con los ornamentos sacerdotales preparados para la ceremonia de la degradación.
Hubo misa solemne, letanías cantadas, y un obispo predicó sobre la necesidad de aplastar la herejía en su germen, alabando al emperador Segismundo, destinado por Dios para extirpar á un mismo tiempo el cisma y la herejía. Y terminó su sermón diciendo que suprimir á un herético era obra de piedad.
Después de amenazar el concilio con severas penas á todo el que interrumpiese la discusión, hizo leer las herejías de Wiclef enseñadas por Juan Huss. Éste se defendió con vehemencia apelando á Cristo y no quiso abjurar. Entonces lo obligaron á ponerse de rodillas para que escuchase su sentencia, arrojándolo de la Iglesia y degradándolo como sacerdote.
Siete obispos le revistieron los ornamentos sacerdotales como si fuese á celebrar la misa. Al ponerle el alba, dijo Maestro Juan:
--Cuando Cristo fué conducido de Herodes á Pilatos, lo cubrieron con un vestido blanco para burlarse de él.
Le exhortaron los obispos por última vez á que se retractase, y Huss contestó dirigiéndose á la multitud:
--No quiero mentir ante la cara de Dios, ofendiendo á mi conciencia y á la verdad. Retractarme sería engañar á muchedumbres enormes que escucharon mis predicaciones, anunciando la palabra divina.
Los obispos le pusieron un cáliz en las manos y se lo arrebataron á continuación, gritándole:
--Judas, ya que abandonaste el consejo de la paz para tomar el de los judíos, te quitamos el cáliz de salud.
A lo que contestó el excomulgado:
--Dios Todopoderoso, por el cual sufro, no me quitará el cáliz de salud que espero beber hoy mismo en su reino.
Uno por uno le fueron arrebatados los ornamentos sacerdotales, entre terribles maldiciones del rito. Como los obispos debían terminar por la supresión de su tonsura, discutieron entre ellos cómo podrían hacerlo, si con navaja ó tijera, y Huss gritó al emperador Segismundo:
--Ved cómo mis enemigos no llegan á entenderse siquiera sobre el modo de deshonrarme.
Luego de borrar su tonsura le pusieron en la cabeza una corona de papel de dos pies de alto, en la que estaban pintados tres horribles demonios arrebatando su alma, con la siguiente inscripción: «Este es el heresiarca.»
--¡Abandonamos tu alma á Satán!--gritaron los obispos.
Huss juntó sus manos, levantó los ojos al cielo y repuso:
--Señor mío Jesucristo, que llevasteis una corona de espinas más dolorosa que la mía: por amor de vos, yo, pobre pecador, llevo humildemente esta corona más ligera, aunque infamante.
Terminada la degradación, el concilio lo abandonó al brazo secular. Según una antigua costumbre de la Iglesia, horriblemente hipócrita, Maestro Juan fué entregado al emperador con la siguiente recomendación: «No sea condenado á muerte, sino á perpetua cautividad.»
Segismundo, como todos los soberanos de entonces, sabía que estas palabras misericordiosas no eran más que una fórmula ritual, é interpretando su verdadero sentido, dijo al preboste de Constanza:
--Coged al Maestro Juan Huss y quemadlo por hereje.
El preboste ordenó á sus gentes que lo condujesen á la hoguera tal como estaba, sin quitarle los dos hábitos superpuestos de paño negro que vestía á causa del frío de la prisión, su calzado, su ceñidor, su cuchillo, ni otras cosas que llevaba sobre él.
Al salir de la catedral, vió cómo ardían en medio de la plaza todos sus libros, quema que le hizo sonreir.
Marchaba rodeado de guardias, tranquilamente, con las manos libres, hablando á la muchedumbre. Detrás de él iba un ejército, más de tres mil soldados, y casi todo el vecindario de Constanza. Durante el trayecto se oyó muchas veces la voz de Maestro Juan gritando con fuerza:
--Jesucristo, hijo de Dios vivo; _¡miserere nobis!_
Cuando llegó al lugar del suplicio, se hincó de rodillas tres veces ante el enorme montón de leña, volviendo á repetir la misma invocación. Quiso predicar al pueblo y le negaron el permiso. Fué atado á un poste, en lo más alto de la pira, con una cadena al cuello. Sus pies descansaban en un taburete, y la mayor parte de su cuerpo desaparecía entre los leños y la paja, que le llegaban hasta la barba.
Todavía en esta posición los representantes del emperador le invitaron á retractarse y salvar su vida. Huss, por toda respuesta, empezó á predicar sobre su inocencia, y aquéllos dieron la orden de prender fuego.
Como los verdugos habían derramado mucha pez sobre la hoguera, ésta ardió con instantánea combustión. En medio de las llamas se le oyó cantar «_Jesu Christe, Filli Dei vivi, miserere nobis_»; pero no pudo repetir tales palabras, pues el humo lo asfixió.
Algunos personajes eclesiásticos admiraron noblemente su heroísmo. Eneas Silvio Piccolimini, que había de ser Pío II (el único Papa novelista), dijo que la muerte de Huss recordaba la de los filósofos antiguos de ánimo más fuerte. Sus cenizas y huesos fueron arrojados al Rhin, para evitar que sus admiradores guardasen dichos restos como reliquias.
Implacable el concilio en la persecución de los reformadores del dogma, decretó igualmente que se desenterrasen en Inglaterra los restos de Wiclef para quemarlos, ya que no era posible hacerle morir en el mismo suplicio que Juan Huss. Uno de los más ardorosos discípulos de Maestro Juan, el elocuente Jerónimo de Praga, fué quemado algún tiempo después en la misma ciudad de Constanza.
--En torno á la muerte de Huss se han forjado tradiciones interesantes. Cuando el mártir estaba atado en lo alto de la pira, vió cómo se acercaba una viejecita fanática llevando con trabajo su haz de leña para la quema del hereje. «_¡O sancta simplicitas!_», exclamó el mártir. Antes de morir dijo algo más importante: «Hoy quemáis un ganso, pero de mis cenizas nacerá un cisne que no podréis quemar.» Huss, en lengua bohemia, significa «ganso», y el cisne era Lutero, que apareció un siglo después.
Borja sonrió, añadiendo con una expresión de tolerancia:
--Creo que la tal profecía fué inventada en tiempos de Lutero; pero aunque así sea, resulta digna del precursor quemado en Constanza. La Historia no valdría la pena de ser leída si la despojásemos de tantas frases elocuentes que nunca fueron dichas por los personajes á quienes se atribuyen, de tantas coincidencias portentosas buscadas luego de ocurridos los hechos. Perdería su enorme interés de novela vivida.
Era ya la una de la tarde cuando entraron en el comedor del hotel. La tristeza gris de este local cerrado, en cuyas ventanas temblaban los vidrios al impulso de las ráfagas exteriores, les hizo recordar su almuerzo del día antes, frente al Mediterráneo, viendo los veleros del Puerto Viejo, los vapores que avisaban su salida con mugidos de sirena, los muelles oliendo á mariscos y á frutas, el amplio horizonte azul que inspira la tentación del viaje.
Empezó Borja á hablar otra vez de los campos de olivos y naranjos en la costa mediterránea de España. Evocó á Peñíscola avanzando en el mar como un navío de piedra, y antes, mucho antes de este término de su viaje, las construcciones ciclópeas y romanas de Tarragona, las pinedas rumorosas y los bosques de alcornoques de las montañas catalanas, y al lado de acá de los Pirineos la antigua ciudad española de Perpiñán, con su catedral y sus elegantes fortalezas de ladrillos color de rosa.
Insistía el joven en tales descripciones mirando fijamente á la criolla, deseoso de que dijera algo y temiendo al mismo tiempo sus palabras. Al fin ella habló.
--Todo eso tan bello lo verá usted solo, Borja. No le acompaño. Ahora me doy cuenta de mi locura al afirmar que haríamos juntos tal excursión. ¡Las cosas que se prometen á los postres de un buen almuerzo!...
En vano insistió él en sus insinuaciones. Era un viaje de dos semanas nada más. Vería una España completamente desconocida. Rosaura ignoraba cómo era la costa española del lado del Mediterráneo, país que dió origen á tantas leyendas maravillosas en tiempos de los primeros navegantes, cretenses, fenicios y griegos. Ella continuó moviendo su cabeza negativamente.
--¡Qué horror, ir á España con un hombre!... Anoche, al conversar aquí con la familia de don Arístides, reía interiormente ante la suposición de hacer juntos tal viaje... ¡tan absurdo me parecía! Doña Nati, esa bruja respetabilísima, me hizo recordar lo que son nuestros países. Encontraríamos allá muchas doña Nati. Usted no es más que un amigo, pero tengo la certeza de que se permitirían las más atrevidas suposiciones. No, Claudio, por nada del mundo le acompaño... Además, usted representa otro peligro. Se mantiene modosito, bien educado, y de pronto muestra unos atrevimientos que merecen bofetadas... Sí, ya sé que es el amor, pero á mí no me basta que una persona me hable de amor para tolerarle cosas que considero faltas de respeto.
Borja protestó con vehemencia, afirmando la seriedad y la cordura de su conducta en el futuro viaje.
--Le doy mi palabra... le juro que no tendrá motivo de queja. Usted me ha enseñado nuevas reglas de vida. Creo ahora que un hombre y una mujer pueden ser amigos é ir á todas partes sin que su plácida amistad la perturben malos deseos. Sea usted lógica; acuérdese de lo que me dijo al volver de la fontana de Vaucluse. «¿No pueden dos personas de sexo diferente vivir como simples camaradas, guardando cada uno aparte sus secretos y sus afectos?»
Rosaura le escuchó sonriendo pasivamente, como si careciese de fuerzas para discutir con él, contestando con frases cortadas á sus preguntas tenaces.
--Veremos... No sé qué hacer... Tal vez acepte... Lo pensaré de aquí á mañana.
Él tuvo miedo á este plazo, que le parecía muy largo, é insistió para obtener una respuesta inmediata.
--Bueno; sí... Haremos el viaje.
Dijo ella esto con voz floja, sin entusiasmo, como si deseara terminar cuanto antes la conversación.
Después del almuerzo aún permanecieron juntos media hora en el _hall_. Rosaura acabó por subir á sus habitaciones. Iba á entregarse á la lectura de un volumen de versos de Petrarca, comprado el día anterior, y tal vez, si al anochecer aflojaba el mistral, saldría con Claudio á pasear por las calles más céntricas. Él podía entretenerse visitando á varios libreros de lance que le habían ofrecido obras raras sobre la historia y las costumbres de Aviñón en tiempo de sus Papas.
Pasó la tarde manejando volúmenes antiguos, recibiendo en la garganta el polvo de sus cortes y lomos, hablando con libreros entusiastas de la antigua Provenza, que unían á la rapacidad del comerciante fervores de bibliófilo y de arqueólogo.
Cuando al anochecer volvió á su hotel, el portero le entregó una carta.
--Es de la señora del número 2. Salió á media tarde en su automóvil y me encargó que se la diese al entrar.
Borja abrió el sobre con dedos trémulos, para leer unas cuantas líneas escritas, sin duda, apresuradamente.
Se marchaba Rosaura á su casa de la Costa Azul, dándole á entender de un modo terminante su deseo de no verse seguida. Volverían á encontrarse alguna vez. ¡Adiós! El mundo es menos grande de lo que creen las gentes. Podía continuar su viaje solo. Era mejor para sus estudios.
Y tal fué la cólera del joven al leer esto último, que lo aprobó. Sí; era mejor para él olvidar su encuentro de Aviñón. Era mejor seguir su existencia de siempre, libre de una mujer que pertenecía á otro mundo.
PARTE TERCERA
EN EL ARCA DE NOÉ
I
Yo te hice lo que eres y tú me envías al desierto
Se detuvo en Perpiñán, como si le faltasen fuerzas para ir más allá de la frontera, abandonando el país donde vivía Rosaura.
Una parte de la noche la pasó en el hotel escribiendo una carta de varios pliegos. La había empezado con el firme propósito de romperla después de escrita. Era una necesidad literaria de colocar sobre el papel todo lo que había venido pensando desde Marsella, para leérselo luego á sí mismo. Mas una vez terminada la carta, se acostó, dejándola sobre la mesa. La rompería al día siguiente.
Al despertar volvió á leerla, la metió en un sobre y acabó echándola al correo, dirigida á _Madame_ Pineda, en su casa de la Costa Azul.
Tuvo Borja el presentimiento de que en los días sucesivos no iba á hacer otra cosa, marcando las etapas de su viaje con una sucesión de cartas abultadas ó simples tarjetas postales, según la importancia de los sitios donde le dejase el tren.
Se había apresurado á huir de Marsella, juzgándola inhabitable á causa de sus propios recuerdos. ¿Adónde ir en esta ciudad sin tropezarse con ella?... Habían vivido bajo el mismo techo, en todos los restoranes frecuentados por él existía una mesa sobre cuyo borde había visto las manos, el busto adorable y la cabeza de Rosaura. Era preferible trasladarse á otros países donde ella no hubiese estado nunca.
En vano se alejó; la hermosa criolla iba con él, y hasta sus evocaciones históricas servían para resucitarla. Por obra de un capricho imaginativo que unas veces le irritaba y otras le hacía sonreir, era imposible que pensase en don Pedro de Luna, en Aviñón ó en el Gran Cisma, sin que la argentina surgiese al mismo tiempo en sus recuerdos. El último Papa aviñonés y la señora de Pineda marchaban juntos por las avenidas de su memoria.
Permaneció dos días en Perpiñán, resucitando el pasado en torno al «Castillet», graciosa fortaleza de ladrillos rosados, de la catedral llena de recuerdos españoles, del antiguo castillo que ocupa la cumbre de una colina junto á la ciudad.
Se había desarrollado en ésta el episodio más culminante de la historia del cisma.
Segismundo acordaba con el rey de Aragón y los representantes de los otros monarcas españoles una entrevista para tratar la manera de someter al papa Luna. El emperador, orgulloso de haber conseguido la renuncia de los otros dos Pontífices, imaginaba empresa fácil hacer lo mismo con el tercero.
Una vez quemado Juan Huss, crédulo mártir que había tenido fe en el salvoconducto imperial, Segismundo se consideró libre para ir en busca del rey de Aragón. La entrevista debía celebrarse en Niza, pero una grave enfermedad de don Fernando impidió tan largo viaje, y decidieron que fuese en Perpiñán, dentro del territorio de Aragón.
Despidió el concilio de Constanza con grandes honores á su defensor laico. El cardenal presidente le bendijo y publicó decretos amenazando con excomunión al que impidiese ó contrariase su viaje. Además, durante su ausencia se celebraría todos los domingos, en la ciudad de Constanza, una solemne procesión para atraer sobre su persona las bendiciones del cielo.
Todos los miembros del concilio se daban cuenta de que lo más difícil iba á ser la sumisión del Papa español; pero la consideraban necesaria, y algunos de ellos, jugando con el apellido del tenaz Pontífice, decían en sus sermones, según el gusto oratorio de la época, que la Iglesia sólo podría recobrar su integridad con «un eclipse total de luna».
El antiguo Papa de Aviñón dirigía los pueblos de su obediencia desde Barcelona y Zaragoza. Otras veces viajaba por los territorios del reino aragonés, siendo recibido en las poblaciones con gran pompa. Su energía indomable se ejercitaba en toda suerte de actividades. Contestaba á las críticas de sus enemigos, excomulgaba á los que habían huido de él, y aún tenía tiempo para intervenir en los antagonismos religiosos dentro de los reinos españoles, donde se habían quedado moros y judíos, mezclados con los cristianos victoriosos, en campos y ciudades.
Publicaba una Bula absolviendo de su apostasía á fray Anselmo Turmeda, monje catalán, estudioso y de carácter movedizo, que se había hecho mahometano en Túnez, escribiendo un libro sobre la superioridad de esta religión comparada con el cristianismo. Sintiendo la nostalgia de su patria, se ofrecía años después al rey de Aragón para preparar en Túnez una conquista de los cristianos, y el Papa, queriendo dar ayuda á tal empresa, absolvía al famoso renegado en su dudosa conversión. Finalmente, Turmeda--uno de los personajes más novelescos de aquella época--se sentía de nuevo atraído por el mahometismo. Necesitaba volver á su hogar, á sus mujeres é hijos, y murió en Túnez como un buen musulmán, respetado por su sabiduría. Borja había visto su tumba en una calle del mercado de dicha ciudad, al final del zoco de los talabarteros.
Interesaban igualmente los judíos de España al Pontífice batallador, intentando atraerlos al cristianismo por medio de pacíficas discusiones. Un rabino convertido por el maestro Vicente Ferrer, llamado Josué Mallorquí, se avistó con el Papa en Alcañiz, prometiéndole convencer á todos sus correligionarios, no por medio de la Biblia, sino valiéndose del _Talmud_. El Pontífice y Maestro Vicente designaron la ciudad de Tortosa como lugar de la discusión, y en Febrero de 1414 se iniciaban las conferencias, presididas al principio por el mismo Papa y luego por el General de los dominicos.
Sesenta y nueve sesiones se celebraron hasta el mes de Noviembre. En todas las ciudades importantes de Aragón y Castilla fueron colocados grandes pergaminos con letras rojas y doradas, invitando á los rabinos y los doctores católicos á esta disputa religiosa. Nunca se había visto hasta entonces un acto de tal naturaleza, especie de «anticipación» de los congresos modernos.
Los más célebres talmudistas de España y gran número de teólogos acudieron á la controversia. Al leer Borja ciertos relatos de la época, había adivinado entre líneas que los oradores cristianos no llevaron la mejor parte en la discusión. Pero de todos modos hubo rabinos que sintieron miedo al pensar en lo que les podría ocurrir fuera de dicho congreso, y antes de que terminasen sus sesiones, catorce de ellos abjuraron de sus creencias. Los más elocuentes y ardorosos, Rabbi-Ferrer y Rabbi-Albo, se mantuvieron fieles á su religión, á pesar de los razonamientos de Maestro Vicente.
Se marchó de Tortosa mucho antes el papa Luna, para encontrarse con el rey de Aragón. Éste, bajo la influencia de Segismundo y del concilio de Constanza, le había escrito encareciéndole la oportunidad de que renunciase á su tiara, como lo habían hecho sus dos adversarios. La entrevista fué en Morella. Maestro Vicente acudió también á dicha ciudad, capital del antiguo Maestrazgo de los templarios, y predicó, según el gusto de la época, explicando las fases de la luna como símbolo de la vida de Benedicto XIII.
No dudaba el futuro santo de la legitimidad de éste. Había escrito y predicado sobre la incorrecta elección de Urbano V en Roma, origen del cisma. Pero aunque estaba convencido de que su Pontífice era el verdadero, quería que renunciase, sacrificando su derecho en bien de la unidad de la Iglesia.
Tributó el rey don Fernando al anciano Papa los mayores honores durante sus entrevistas en Morella. Él, un hijo suyo y los principales magnates de su corte le sirvieron mientras comía, como si fuesen sus domésticos. El rey sostuvo su halda lo mismo que un paje, y al ver que Benedicto usaba vajilla de estaño, como penitencia por los males que el cisma hacía sufrir á la Iglesia, le regaló la suya, toda de oro.
El Pontífice de vida sobria y su corte errante de cardenales y prelados aceptaron durante varios días los banquetes del rey. Según la moda de entonces, empezaban éstos con una gran abundancia de frutas, y constaban de numerosos platos de aves y venados, siendo los vinos de Castilla. Después, cuando se quitaban las mesas de los estrados, llamados «andamios», los cuales tenían diversas alturas, según la categoría de las personas que los ocupaban, eran servidos los postres de dulce, llamados conservas, y vinos aliñados con especias.
Todos los obsequios reales, en estas conferencias de Morella, no influyeron sobre la voluntad del octogenario. Declaró que era demasiado viejo para ir á Constanza, como pretendían sus enemigos y le aconsejaba don Fernando. Que vinieran los doctores de Constanza á buscarle en España, país de su obediencia, siendo como era en aquellos momentos el único Papa existente. En cuanto á aceptar la vía de cesión, como lo habían hecho sus dos rivales, contestó que hablaría de ello en presencia de sus enemigos... Y el rey y el Papa se dijeron adiós, para no volver á verse hasta Perpiñán.
Esta entrevista en la ciudad vecina á los Pirineos, donde estaba ahora Borja, tomó el aspecto de un suceso universal. El concilio de Constanza se vió olvidado por algún tiempo. La cristiandad dejó de ocuparse de él para fijar en Perpiñán toda su atención.