El libro de las tierras vírgenes
Part 9
Hundió Gancho de Mar la orgullosa cabeza entre los gruesos hombros, y durante algunos minutos hizo como que dormía; pero no dejó ni un momento de estar ojo avizor para el caso de que tuviera que comenzar otra lucha. Ahora que todas las focas machos, con sus respectivas hembras, estaban ya en tierra, su clamoreo podía oirse en algunas leguas mar adentro, dominando el ruido de los más furiosos vendabales. Contando por lo bajo, bien podía decirse que había allí, sobre la playa, más de un millón de focas (focas viejas, focas madres, pequeñuelos y _holluschickie_, peleándose, retozando, dando balidos, arrastrándose y jugando), y ese millón iba y volvía del mar á la playa y de la playa al mar en grupos, y, á veces, formando verdaderos ejércitos, sin dejar ni un palmo de tierra donde no fueran á echarse en toda la extensión que podía abarcar la vista, y entreteniéndose en continuas escaramuzas á través de la niebla. En Novastoshnah hayla casi siempre, excepción hecha de las raras ocasiones en que brilla por un momento el sol y hace que aparezca todo como cuajado de perlas y matizado con los colores del iris.
En medio de ese barullo había nacido Kotick, el pequeñuelo de Matkah, y era todo cabeza y hombros, con ojos claros, de un azul de agua, como corresponde que sean los de las focas pequeñas; pero algo había en su piel que era causa de que su madre lo mirara con profunda atención.
--¡Gancho de Mar, dijo al fin, nuestro hijo va á ser blanco!
--¡Caracoles! refunfuñó aquel. Nunca se ha visto en el mundo cosa tan rara. ¡Una foca blanca!
--Pues no sé que decirte; ahora se verá.
Y comenzó á cantar en voz baja y berreante la canción de las focas, que todas las que son madres cantan á sus hijos:
No nades nunca hasta las seis semanas si no quieres hundirte sin remedio; tormentas estivales y cetáceos son un peligro cierto.
Son peligrosos, ratoncillo mío, muy peligrosos para el que es pequeño; pero báñate, y crece, y hazte fuerte... y no tengas ya miedo, ¡y atrévete ya entonces, hijo del mar inmenso!
Por supuesto que el chiquitín no entendía, al principio, aquellas palabras. Chapoteaba en el agua, ó andaba á gatas por el suelo al lado de su madre, é iba aprendiendo á escaparse, tropezando más ó menos, cuando veía que su padre se peleaba con otra foca y ambos rodaban con feroces bramidos por encima de las resbaladizas rocas. Matkah solía ir al mar á buscar comida, y el pequeñín no se alimentaba más que una sola vez cada dos días; pero entonces comía cuanto le era posible, y así iba creciendo.
Lo primero que hizo fué ir gateando tierra adentro, y allí encontró miles y miles de pequeñuelos de su misma edad, jugando todos como cachorrillos, durmiendo sobre la limpia arena, y jugando de nuevo después. La gente vieja, en los viveros, no hacía caso de ellos, y los _holluschickie_ no se movían de su propio terreno, con lo cual los chiquitines podían jugar á sus anchas.
Al volver Matkah de su pesca en alta mar, íbase en dirección al sitio en que tales juegos se verificaban, y, balando como la oveja que llama á su corderillo, esperaba hasta que otro balido de Kotick le contestara. Entonces, íbase hacia él en línea recta, tan recta que no podía serlo más, abriéndose paso con las aletas de sus patas delanteras, dando golpes y revolcando por el suelo, á derecha é izquierda, á toda la chiquillería aquélla que le estorbaba. Siempre había algunos centenares de madres que iban en busca de sus hijos, á través del sitio destinado á jugar, y así puede decirse que los pequeñuelos tenían allí una vida muy animada, muy _movida_; pero, como le dijo Matkah á Kotick: «Mientras no te eches sobre el fango y cojas sarna; mientras no vayas á restregarte alguna cortadura ó arañazo contra la dura arena; y mientras, finalmente, no se te ocurra nadar cuando la mar está picada, nada puede dañarte aquí en lo más mínimo».
Cuando las focas son pequeñas no saben nadar, lo propio que les ocurre á los niños; pero no están contentas hasta que aprenden. La primera vez que Kotick se echó al mar vino una ola y se lo llevó á donde había mucha más profundidad de lo que era conveniente para él, y su gruesa cabeza se hundió, al paso que sus pequeñas aletas posteriores fuéronse en alto por encima del agua, exactamente como le había dicho que le sucedería su madre, al cantarle la canción que hemos copiado; y gracias que otra ola lo recogió, lanzándolo de nuevo á la playa, pues, de no ser así, se hubiera ahogado.
Aprendió, después de esto, á estarse tendido en un charco de la playa y esperar que las oleadas le cubrieran y lo levantaran mientras él chapoteaba, pero siempre anduvo ya alerta para el caso que vinieran olas muy grandes, de las que pueden hacer daño. Dos semanas estuvo aprendiendo el modo de usar sus aletas, y durante todo este tiempo entraba y salía del agua deslizándose, y tosía, gruñía, se arrastraba por la playa y dormitaba sobre la arena, hasta que luego volvía á las andadas. Así se convenció de que el agua era verdaderamente su elemento.
Entonces, bien podéis imaginaros lo que se divertiría con sus compañeros, dando chapuzones para pasar por debajo de las olas, ó llegando á la playa sobre la cresta de una de ellas y cayendo con sordo ruido, resoplando para no ahogarse, mientras la enorme ola subía como un torbellino por la arena; ó alzándose sobre la cola y rascándose la cabeza, como veía él que la gente madura hacía; ó jugando á «yo soy el Rey del castillo[7]» sobre las resbaladizas rocas, llenas de vegetaciones, que asomaban á flor de agua. De vez en cuando veía una delgada aleta semejante á la de un enorme tiburón, que iba costeando, costeando, y como no se le ocultaba que aquello era el _Cetáceo Carnicero_, el delfín, que se come á las focas pequeñas cuando puede apoderarse de ellas, Kotick se iba como una flecha hacia la playa, y la aleta se alejaba bailando lentamente sobre el agua como si nada hubiera ido á buscar por allí.
Hacia fines de Octubre comenzaron las focas á abandonar la isla de San Pablo para internarse en alta mar, yendo reunidas en familias y tribus, cesando en sus peleas por culpa de los viveros, y los _holluschickie_ podían ya jugar en todas partes donde se les antojara. «Para el año que viene, dijo Matkah á Kotick, tú también serás un _holluschickie_; pero este año tienes aún que aprender cómo se cazan los peces».
Partieron juntos, pues, atravesando el Pacífico, y Matkah le enseñó á Kotick á dormir de espalda, con las aletas plegadas á los lados y la naricita asomándose á flor de agua. No hay cuna tan cómoda como resulta serlo el continuado balanceo de las olas en el mar Pacífico. Cuando Kotick comenzó á sentir en la piel cierto hormigueo, Matkah le dijo que entonces empezaba á experimentar _la sensación del agua_, y que esos hormigueos y pinchazos en la piel anunciaban mal tiempo, por lo cual había que darse prisa en nadar y alejarse.
Dentro de poco sabrás también hacia donde has de dirigirte cuando nades; pero, por ahora, seguiremos al puerco marino, al marsuino, que sabe mucho. Toda una escuela de marsuinos se agitaba por allí, chapuzándose en el agua, dando carreras de un lado para otro, y Kotick los siguió con toda la velocidad que le fué posible.
--¿Cómo os arregláis para saber hacia dónde tenéis que dirigiros? preguntó anhelante.
Movió los blancos ojos hacia todos lados el director de la escuela y se lanzó de cabeza bajo el agua.
--Siento hormigueos en la cola, muchacho, le contestó. Significa esto que detrás de mí viene un temporal. ¡Vámonos! Cuando uno se halla al Sur del Mar Pegajoso (quería decir el Ecuador) y nota picazón en la cola, es anuncio de que se te viene de frente el temporal, y hay que dirigirse hacia el Norte. ¡Ven! La mar está aquí muy picada.
Fué ésta una de las muchas cosas que Kotick aprendió, y el aprender era en él tarea constante. Matkah le enseñó á perseguir los bacalaos y las platijas á lo largo de los bancos de arena y á arrancar el esperinque de sus agujeros cubiertos de yerbas; cómo ir bordeando los restos de naufragios medio enterrados á cien brazas bajo el agua, y lanzarse con la rapidez de una bala entrando por una de las portas y saliendo por la otra, según hacen los peces; cómo sostenerse sobre la cresta de las olas cuando los rayos cruzaban el espacio, y saludar cortesmente á la albatros, de corta y ancha cola, ó á la fragata, al verlas pasar por los aires siguiendo la dirección del viento; cómo saltar fuera del agua á la altura de tres ó cuatro pies, á la manera de los delfines, apretadas á los lados las aletas y encorvada la cola...
Enseñóle también á dejar tranquilos á los peces voladores, porque no tienen más que espinas; á arrancar de un bocado un pedazo de espalda á un bacalao corriendo á toda velocidad, á diez brazas bajo la superficie del mar; y á no pararse nunca á mirar un bote ó un buque, pero principalmente ningún barco de remos. Al cabo de seis meses, lo que Kotick no sabía sobre la pesca en alta mar era porque no valía la pena de saberse, y durante todo este tiempo nunca sus aletas tocaron tierra seca.
Un día, sin embargo, mientras estaba dormitando en el agua, tibia entonces, en un sitio cercano á la isla de Juan Fernández, sintió una dejadez en el cuerpo y un mareo como los que suelen sentir las personas al llegar la primavera, y viniéronsele á la memoria las dulces y seguras playas de Novastoshnah, á siete mil millas de distancia; los juegos de sus compañeros; el olor de las plantas marinas; el bramar de las focas, y las continuas luchas. En aquel mismo instante hizo rumbo hacia el Norte, nadando pausadamente, y á poco hallóse con bastantes docenas de compañeros que llevaban también la misma dirección.
--¡Salud, Kotick! le dijeron.
Este año somos todos _holluschickie_, y podemos bailar la _danza del fuego_ en las rompientes frente á Lukannon, y jugar sobre la yerba. Pero ¿de dónde has sacado esa piel?
Era ahora la piel de Kotick casi completamente blanca, y, aunque se sintiera orgulloso de ella, no contestó más que:
--¡Nadad aprisa! Los huesos me duelen y deseo llegar á tierra.
Y así fuéronse todos á las playas en que habían nacido, y oyeron á sus padres, las focas viejas, peleándose entre la niebla.
Aquella noche Kotick bailó la _danza del fuego_ con las focas que contaban un año de edad. En todo el espacio que media entre Novastoshnah y Lukannon el mar está lleno de fuego en las noches de verano, y cada foca deja en pos de sí una estela como de aceite hirviendo, lanza flamígeros chispazos al saltar en el agua, y las olas rompen unas contra otras en grandes, fosforescentes rayas y remolinos. Después fuéronse tierra adentro, hacia el sitio reservado á los _holluschickie_, revolcáronse en el recien nacido trigo silvestre, y refirieron cuentos de lo que habían hecho durante el tiempo de su estancia en el mar. Hablaban del Pacífico como hablarían unos niños del bosque en que han estado jugando y cogiendo los frutos de los árboles, y, si alguien hubiera podido oirles, con los datos por ellos suministrados habría podido trazar un mapa tan detallado como jamás hubo otro alguno. Los _holluschickie_ de tres y de cuatro años de edad se precipitaron desde la colina de Hutchinson gritando:
--¡Largo de ahí, muchachos! El mar es hondo y no sabéis aun todo lo que guarda. Esperad hasta que hayáis doblado el Cabo. ¡Ja! ¡Ja! ¡Chiquitín! ¿Dónde te has encontrado esa piel tan blanca?
--No la he encontrado en ninguna parte, dijo Kotick. Ha crecido sola. Y cuando se preparaba ya á darle un revolcón al que acababa de hablar, dos hombres de negro cabello y rojas caras aplastadas salieron de detrás de una duna, y Kotick, que nunca había visto á un hombre, tosió y bajó la cabeza. Los _holluschickie_ se replegaron formando un pelotón á algunos metros de distancia, y se quedaron quietos mirando con aire estúpido. Los dos hombres eran nada menos que Kerick Booterin, el jefe de los cazadores de focas de la isla, y Patalamon, su hijo. Venían de la aldea situada á cosa de media legua del vivero de focas, y estaban discutiendo cuáles escogerían para llevárselas al matadero (porque las focas se dejan llevar como corderos) y convertirlas, más tarde, en chaquetas de piel de las que usan las señoras.
--¡Oh! ¡Mira! dijo Patalamon. Hay una foca blanca.
Kerick Booterin palideció hasta quedarse casi completamente blanco él también bajo la capa de aceite y de humo de que iba cubierto, porque era un aléuta, y los habitantes de las islas Aléutas no se distinguen por la limpieza. Después comenzó á murmurar una oración.
--No la toques, Patalamon, dijo. No se ha visto una foca blanca desde... desde mi nacimiento acá. Tal vez es el alma del viejo Zaharrof que ha tomado esta forma. Desapareció el año pasado en medio de aquella horrorosa tempestad que hubo.
--No, no me acerco á ella, contestó Patalamon. Es de mal agüero. ¿Te parece que será verdaderamente el alma del viejo Zaharrof que vuelve del otro mundo? Yo le debo algunos huevos de gaviota.
--No la mires, dijo Kerick. Llévate ese rebaño de las de cuatro años. Nuestros hombres debieran desollar hoy doscientas, pero estamos á principios de temporada y les falta práctica. Con cien bastarán. ¡Despacha!
Hizo sonar Patalamon un par de omoplatos de foca, dándole al uno contra el otro, en frente de la manada de _holluschickie_, y quedáronse todos quietos como muertos, y soplando con fuerza. Adelantó entonces algunos pasos, y las focas comenzaron á moverse, y Kerick fué guiándolas tierra adentro, sin que intentaran volverse atrás para reunirse con sus compañeras.
[Ilustración] En número de centenares de miles viéronlas las otras focas alejarse conducidas por el hombre, pero siguieron jugando como si tal cosa. Sólo Kotick hizo algunas preguntas, á las que nadie supo qué contestar, como no fuera que, cada año, se llevaban los hombres algunas focas de aquel modo, por espacio de seis semanas ó de dos meses.
--Pues yo me voy detrás, dijo, y los ojos se le saltaban casi, siguiendo la pista del rebaño.
--La foca blanca nos sigue, gritó Patalamon. Ésta es la primera vez que una foca ha venido al matadero por sí sola.
--¡Chist! ¡No mires hacia atrás! dijo Kerick. No hay duda de que es el alma de Zaharrof. Tengo que hablarle de esto al sacerdote.
La distancia que mediaba hasta llegar al matadero no era más que de unos ochocientos metros, pero tardóse una hora en recorrerla, porque bien sabía Kerick que si las focas iban demasiado aprisa se acalorarían más de lo conveniente, y luego, al desollarlas, la piel saldría á pedazos. Así, pues, fueron muy despacio, pasando por la _Garganta del León Marino_ y por la _Casa de Webster_, hasta que llegaron á la _Casa de la Sal_, completamente fuera del alcance de las miradas de las focas que en la playa quedaban. Kotick iba siguiendo, anhelante y pasmado de cuanto veía. Creyó hallarse en el fin del mundo, pero los bramidos que se oían detrás de él, procedentes de los viveros de las focas, resonaban con tanta fuerza como el estruendo de un tren al pasar por un túnel. Kerick sentóse sobre el musgo, sacó un pesado reloj de peltre, y dejó que el rebaño se enfriara algo por espacio de media hora, durante la cual podía oir Kotick cómo iban cayendo de la gorra de aquel hombre gotas del agua que la niebla había dejado en ella. Luego, diez ó doce hombres, cada uno armado de una cachiporra recubierta de hierro y midiendo cosa de un metro de largo, llegaron, y Kerick les señaló á una ó dos focas del rebaño que habían sido mordidas por sus compañeras, ó no se habían enfriado bastante, por lo que los hombres las apartaron del rebaño, dándoles puntapiés con sus pesadas botas, hechas de piel de morsa, y entonces dijo Kerick:
--¡Ahora!
Inmediatamente comenzaron los hombres á dar golpes en la cabeza á las focas, con toda la rapidez posible.
Diez minutos después, Kotick no pudo ya reconocer á las que fueron sus compañeras, pues sus pieles habían sido arrancadas, desde el hocico hasta las aletas posteriores, secadas y puestas sobre el suelo en un gran montón.
No quiso ver más. Volvióse Kotick en redondo y galopó hacia el mar (porque una foca puede galopar muy velozmente durante breve rato), erizados por el terror sus nacientes bigotes. En la _Garganta del León Marino_, donde esos animales descansan junto al sitio hasta donde llega la resaca, lanzóse de cabeza, aletas en alto, en el agua fresca, y allí se balanceó, suspirando tristemente.
--¿Quién anda ahí? gruñó un león de mar, porque generalmente no gustan éstos de más sociedad que la de sus iguales.
--_¡Scoochnie! ¡Ochen scoochnie!_ (Estoy sólo, muy sólo!) dijo Kotick. ¡Están matando á _todos_ los _holluschickie_ en _todas_ las playas!
El león marino volvió la cabeza en dirección de tierra.
--¡Qué disparate! dijo. ¿No oyes á tus amigos alborotando como de costumbre? De fijo que habrás visto á ese viejo de Kerick despachando una manada. Treinta años ha que no hace otra cosa.
--¡Eso es horrible! dijo Kotick nadando hacia atrás en el momento en que quedaba cubierto por una ola, y afirmando el cuerpo por medio de un movimiento en espiral de sus aletas, que lo levantó completamente erguido y á tres pulgadas de distancia del borde dentado de una roca.
--¡Bien! ¡No lo has hecho mal para tu edad! dijo el león marino que era buen juez en materia de natación. Y luego añadió:
--Supongo que debe de ser horrible para tí, juzgando lo que ocurre bajo el aspecto que tú lo juzgas; pero si vosotras las focas os empeñáis en venir aquí año tras año, es natural que los hombres se enteren, y lo que es como no lleguéis á encontrar una isla á la cual no vayan nunca ellos, siempre os veréis perseguidas.
--¿Y no hay ninguna isla de esta clase?
--He perseguido al _poltoos_ (la platija) por espacio de veinte años, y no puedo decir aún que haya hallado una isla así. Pero, mira... (ya que observo que te gusta conversar con tus superiores), podrías ir al islote del _Caballo Marino_ y hablar á _Sea Vitch_. Tal vez él sepa algo. Y no salgas disparado de ese modo. De aquí á allá hay seis millas, y antes de nadar tan largo trecho, si yo fuera de tí, echaría un sueñecito, chiquitín.
Parecióle bien el consejo á Kotick, y así nadó hasta su propia playa, saltó á tierra y durmió, por espacio de media hora, con extremecimientos en todo el cuerpo, como suelen hacer las focas. Despues salió en dirección del islote del _Caballo Marino_, pedazo de isla, pequeño y lleno de rocas, situado casi al Noreste de Novastoshnah, sembrado de picos y de nidos de gaviota, donde las morsas solían reunirse sin más compañía que la de ellas mismas.
Saltó á tierra junto al viejo _Sea Vitch_, el enorme, feo, hinchado, granujiento caballo marino del Norte del Pacífico, ancho de cuello, de largos colmillos, sin más modales que los que tiene cuando duerme.... que es lo que hacía entonces, con las aletas posteriores mitad fuera y mitad dentro del agua.
--¡Despiértate! le dijo Kotick, casi ladrando, para que lo oyera, porque las gaviotas metían gran ruido.
--¡Ah! ¡Oh!... ¿Qué?... ¿Qué hay? dijo _Sea Vitch_, y le pegó á la morsa que tenía al lado un golpe con los colmillos despertándola, y aquélla otro á la más próxima, y así fueron siguiendo, hasta estar todas despiertas y mirando fijamente en todas direcciones, excepto en la que debían.
--¡Je! Soy yo, dijo Kotick agitándose en la orilla, donde ofrecía todo el aspecto de una diminuta babosa blanca.
--¡Vaya! ¡Que me desuellen vivo si...! exclamó _Sea Vitch_, y en seguida comenzaron todos á mirar á Kotick como puede imaginarse uno que los soñolientos viejos, socios de algún casino, mirarían á un niño que cayera entre ellos. En cuanto oyó lo de desollar, no quiso Kotick que le hablaran más de esto, pues bien harto de ver desollar estaba, y así empezó á decir á gritos:
--¿No hay ningún sitio á donde puedan ir las focas, sin peligro de encontrarse con hombres?
--Anda á buscarlo tú, dijo _Sea Vitch_ cerrando los ojos. ¡Márchate, que aquí tenemos que hacer!
Dió Kotick un salto en el aire al estilo de los delfines, y púsose á gritar á plenos pulmones:
--¡Zampa-ostras! ¡Zampa-ostras!
Estaba él enterado de que _Sea Vitch_ no había cogido un pez en toda su vida, sino que se limitaba á hozar buscando ostras y plantas marinas, aunque se las echara de terrible, pretendiendo ser lo contrario de lo que era. Naturalmente, sucedió entonces que los _chickies_, los _gooverooskies_ y los _epatkas_, las gaviotas de todas clases y los mergos, que están siempre en acecho de cuantas ocasiones se les presenten para mostrar su mala educación, hicieron coro repitiendo aquellas palabras, y (al menos así me lo contó Limmershin) por espacio de cinco minutos no hubiera podido oirse el disparo de una escopeta en todo el islote del _Caballo marino_. Cuantos en él vivían gritaban á voz en cuello:
--¡Zampa-ostras! _¡Stareek!_ (viejo).
Entre tanto _Sea Vitch_ se movía de un lado á otro refunfuñando y tosiendo.
--¿Hablarás ahora? dijo Kotick casi perdido el aliento.
--Anda y pregúntale á la _Vaca marina_ lo que quieres saber, contestó _Sea Vitch_. Si aún vive, ella podrá decírtelo.
--¿Y cómo conoceré á la _Vaca marina_ cuando la encuentre? dijo Kotick, marchándose ya.
--Es lo más feo de cuanto vive en el mar después de _Sea Vitch_, gritó una gaviota deslizándose ante las mismas barbas de éste... lo más feo y de peores modales. _¡Stareek!_
Nadó otra vez Kotick hacia Novastoshnah dejando á las gaviotas gritar cuanto quisieran. Llegado allí, vió que nadie tomaba el menor interés en sus tentativas por descubrir un sitio donde pudieran vivir tranquilamente las focas. Dijéronle que siempre los hombres se habían llevado con ellos á los _holluschickie_, que esto formaba parte de su diaria labor, y que si no quería ver cosas desagradables, no tenía para qué haber ido al matadero. Pero ninguna de las otras focas había visto las matanzas aquéllas, y en el no haberlo visto estribaba la diferencia entre él y sus compañeras. Además, Kotick era una foca blanca.
--Lo que has de hacer, dijo Gancho de Mar después de haber oído el relato de las aventuras de su hijo, es crecer, convertirte en una foca tan grande como tu padre, y tener un vivero en la playa: verás, entonces, como te dejan en paz. De aquí á cinco años debieras hallarte ya en disposición de luchar y defenderte solo.
Hasta la amable Matkah, su madre, le dijo:
--No podrás evitar nunca esas matanzas. Anda y vete á jugar en el mar, Kotick. Y, efectivamente, fuése y bailó la _danza del fuego_, pero con el corazón muy oprimido por la tristeza.
Abandonó la playa aquel otoño tan pronto como pudo, y púsose en marcha completamente solo, porque en su cabecita bullía una idea. Iba en busca de la _Vaca marina_, si era verdad que existía en el mar semejante personaje, y hallaría después una isla tranquila, rodeada de playas seguras donde pudieran vivir las focas sin que los hombres llegaran hasta ellas. Con tal motivo exploró uno y otro día desde el Norte al Sur del Pacífico, llegando á nadar hasta trescientas millas en el espacio de veinticuatro horas. Es imposible referir sus innumerables aventuras, pero bastará decir que estuvo á punto de ser devorado por los tiburones y por el pez martillo, tropezando con todos los más peligrosos malhechores que vagan por los mares, con enormes é inofensivos peces, y con las conchas manchadas de color escarlata que están como ancladas en un mismo sitio por centenares de años y en ello cifran todo su orgullo... Á quien nunca encontró fué á la _Vaca marina_, ni tampoco una isla como la que él soñaba. Cuando la playa era excelente, dura, con su poco de declive, tierra adentro, para que las focas pudieran jugar en él, siempre se divisaba en el horizonte la columna de humo de un ballenero que estaba hirviendo grasa, y Kotick sabía lo que _eso_ significaba. O bien notaba claras huellas de que en la isla había habido focas, que fueron muertas por los hombres, y donde éstos habían puesto una vez los pies, pensaba él, bien podían ponerlos dos.