El libro de las tierras vírgenes
Part 8
--¡Ah! dijo Mowgli, que iba en él montado. ¿Por fin te enteras, eh? Y el alud de negros cuernos, hocicos espumajeantes y ojos de mirada fija pasó rápido por el torrente, como arrancados peñascos en épocas de avenida, mientras los búfalos más débiles eran empujados hacia los lados, donde, al pasar, arrancaban las enredaderas. Ya sabían todos qué clase de labor les esperaba: era aquello la terrible embestida de un rebaño de búfalos, contra la cual no hay tigre que pueda pensar siquiera en resistir. Oyó Shere Khan el ruido atronador de las pezuñas, levantóse y caminó con pesadez torrente abajo, mirando á ambos costados en busca de huída; pero los lados del torrente parecían cortados á pico, y tuvo que quedarse allí sintiendo el abotagamiento producido por la comida y la bebida, deseando entonces cualquier cosa menos tener que batirse. El rebaño pasó chapoteando por la laguna que él acababa de abandonar, mugiendo hasta hacer retumbar todo el estrecho recinto. Mowgli oyó otro mugido que contestaba desde el extremo inferior del barranco; vió á Shere Khan volverse (el tigre sabía que en último caso era mejor esperar á los toros que habérselas con las vacas y terneros); y entonces Rama echó por tierra algo, tropezó con ello, y siguió adelante, pasando por encima de una masa blanda, y con los demás toros detrás, que iban pisándole casi, cayó sobre el otro rebaño, con tal furia que los más débiles búfalos fueron levantados al aire por completo con el choque que se produjo al encontrarse todos.
La embestida arrastró ambos rebaños hacia la llanura, dando cornadas, coces y bufidos. Esperó Mowgli el momento oportuno, y, apeándose de Rama, comenzó á repartir golpes á diestro y siniestro con el palo que llevaba.
--¡Pronto, Akela! ¡Divídelos! ¡Sepáralos, ó si no van á pelearse unos con otros! ¡Llévatelos, Akela! ¡_Hai_, Rama! _¡Hai! ¡Hai! ¡Hai!_ hijos míos. ¡Poco á poco, ahora, poco á poco! Ya ha terminado todo.
Akela y el Hermano Gris corrieron de un lado á otro mordiéndoles las patas á los búfalos, y, aunque el rebaño se volvió en redondo, con intención de embestir de nuevo, torrente arriba, Mowgli logró hacerle dar la vuelta á Rama, y los demás lo siguieron hacia los pantanos.
No hacía falta que pisotearan más á Shere Khan. Estaba muerto, y los milanos iban acudiendo ya para devorarlo.
--¡Hermanos! Como un perro ha muerto, dijo Mowgli buscando el cuchillo que, desde que vivía entre los hombres, llevaba siempre pendiente del cuello y metido en una vaina. Pero tampoco se hubiera batido cara á cara. Buen efecto va á hacer su piel puesta sobre la Peña del Consejo. Manos á la obra y pronto.
Jamás á un muchacho criado entre los hombres hubiérasele ocurrido ni por sueño desollar él solo un tigre que medía tres metros de largo; pero, mejor que nadie, sabía Mowgli cómo está pegada al cuerpo la piel de un animal, y, por lo tanto, el modo de arrancarla. No obstante, como la labor era ruda, Mowgli cortó y desgarró regañando entre dientes por espacio de una hora, mientras los lobos lo contemplaban con la lengua colgando, ó se acercaban para dar tirones á la piel cuando él lo mandaba.
De pronto, apoyóse en su hombro una mano, y, levantando los ojos, vió á Buldeo con el viejo mosquete. Habían contado en la aldea los chiquillos el pánico que se apoderó de los búfalos, y Buldeo salió malhumorado, movido sólo por el vivo deseo de imponer á Mowgli un correctivo por no haber cuidado mejor del rebaño. Los lobos se eclipsaron en cuanto vieron venir al hombre.
--¿Qué locura es ésa? dijo Buldeo incomodado. ¿Y te figuras que tú vas á poder desollar un tigre? ¿Dónde lo mataron los búfalos? Y por añadidura es el tigre cojo, por cuya cabeza se han ofrecido cien rupias. ¡Bien, bien! Haremos la vista gorda en eso de que hayas dejado escaparse el rebaño, y tal vez te dé yo una de las rupias como premio cuando haya llevado la piel á Khanhiwara. Tanteóse la ropa buscando un pedazo de acero y un pedernal, y se agachó para quemarle los bigotes á Shere Khan. La mayor parte de los cazadores indígenas practica esta operación para evitar que el espíritu que habita en el tigre los persiga luego.
--¡Je! dijo Mowgli entre dientes mientras arrancaba la piel de una de las patas del tigre. ¿De modo que piensas llevarte la piel á Khanhiwara para recibir el premio, y luego tal vez me des una rupia? Pues bien: antójaseme que esa piel voy á necesitarla yo para mi propio uso. ¡Ea, viejo, aparta ese fuego!
--¿Y así es como hablas al jefe de los cazadores de la aldea? Á la suerte y á la ayuda que te ha prestado la imbecilidad de tus búfalos debes cuanto has hecho. Bien se ve que el tigre acababa de darse un hartazgo, ó de lo contrario estaría ahora á cinco leguas de distancia de este sitio. ¡Ni siquiera puedes desollarlo bien, y, á pesar de eso, tú, que no eres más que un pillete, vienes á decirme á mí, á Buldeo, que no le queme los bigotes! Mira, Mowgli: no voy á darte ni un _anna_ como premio; lo que te daré será una buena paliza. ¡Suelta el tigre!
--¡Por el toro que me rescató! dijo Mowgli que estaba entonces luchando por llegar hasta el hombro de la fiera, ¿te figuras que voy á estar toda la tarde charlando contigo, mono viejo? ¡Ven acá, Akela! Líbrame de este hombre que me está molestando.
Buldeo, que continuaba aún inclinado sobre la cabeza de Shere Khan, hallóse de pronto tendido sobre la yerba con un lobo gris encima, mientras Mowgli seguía desollando como si en toda la India no hubiera nadie más que él.
--Sí, dijo éste entre dientes, tienes muchísima razón, Buldeo. Nunca habrás de darme ni un _anna_ en premio. Entre este tigre cojo y yo había un duelo pendiente... un duelo antiguo, muy antiguo... y... yo he vencido.
Hablando con entera imparcialidad, hay que reconocer que, si Buldeo hubiera tenido diez años menos, habría medido sus fuerzas con las de Akela á haberse hallado con él entre los bosques; pero un lobo que obedecía las órdenes de aquel muchacho (que tenía duelos pendientes con tigres devoradores de hombres), no era un animal como los demás. Aquello era arte de encantamiento, magia de la de peor clase, pensó Buldeo, y tuvo sus dudas respecto á si el amuleto que llevaba al cuello bastaría para protegerle. Quedóse, pues, tendido, como paralizado, esperando á cada instante ver á Mowgli convertirse también en tigre.
--_¡Maharaj!_ ¡Gran Rey! dijo, por fin, con voz ronca y tan bajo que parecía un susurro.
--¿Qué? contestó Mowgli sin volver la cabeza, sonriéndose un poco con aire satisfecho.
--Soy un anciano. Ignoraba que fueras algo más que un zagal. ¿Me permites que me levante y me vaya, ó va á hacerme pedazos ese servidor que tienes á tus órdenes?
--Vete, vete en paz. Pero otra vez no te metas con mi caza. ¡Suéltalo, Akela!
Fuése Buldeo cojeando hacia la aldea, tan aprisa como pudo, mirando hacia atrás, por encima del hombro, para ver si Mowgli se metamorfoseaba en algo que causara espanto. Luego, al llegar, refirió un cuento de magia, y encantamientos, y brujerías que hizo que el sacerdote se pusiera muy serio.
Mowgli siguió en su labor, pero se acercaba ya el anochecer cuando entre él y los lobos acabaron de separar del cuerpo del tigre la enorme y vistosa piel.
Ahora, hay que esconder eso y volver los búfalos á casa. Ayúdame á reunirlos, Akela.
Agrupóse el rebaño, á la luz dudosa del crepúsculo, y dirigióse hacia la aldea; pero al llegar cerca de ella vió Mowgli algunas luces, y oyó cómo en el templo tocaban las campanas y soplaban, además, en caracoles marinos. La mitad de la población parecía esperarle á las puertas del lugar.
--Esto será porque he matado á Shere Khan, dijo entre sí Mowgli; pero una lluvia de piedras silbó en sus oídos al mismo tiempo que los aldeanos le gritaban:
--¡Hechicero! ¡Hijo de una loba! ¡Diablo de la selva! ¡Márchate! ¡Márchate de aquí en seguida, si no quieres que el sacerdote te cambie otra vez en lobo! ¡Dispara, Buldeo, dispara!
Hizo fuego el mosquete, con gran estruendo, y uno de los búfalos jóvenes lanzó un mugido de dolor.
--¡Otro hechizo! gritaron los aldeanos. ¡El ha desviado la bala! ¡Ese búfalo es el tuyo, Buldeo!
--Pero ¿qué significa eso? dijo Mowgli azorado al ver que arreciaba la lluvia de piedras.
--No dejan de parecerse á los de la manada esos hermanos tuyos, dijo Akela, sentándose gravemente. Antójaseme que, si las balas tienen algún significado, la intención de esta gente es la de arrojarte fuera del lugar.
--¡Lobo! ¡Lobato! ¡Márchate! gritó el sacerdote agitando una ramita de la planta sagrada que llaman _tulsi_.
--¡Ah! ¿otra vez? La anterior fué porque era un hombre. Ésta porque soy un lobo. Vámonos, Akela.
Una mujer, Messua, corrió hacia el rebaño y gritó:
--¡Hijo mío! ¡Hijo mío! Dicen que eres un hechicero que si quiere puede transformarse en fiera. Yo no lo creo, pero márchate, porque si no te van á matar. Buldeo dice que eres un brujo; pero yo sé que tú no has hecho más que vengar la muerte de Nathoo.
--¡Atrás, Messua! ¡Vuelve atrás ó te apedreamos! gritó entonces la multitud.
Mowgli sonrióse con sonrisa forzada y breve, porque una piedra acababa de darle en la boca.
--Retrocede, Messua, añadió. Eso es uno de aquellos estúpidos cuentos que inventan al anochecer, bajo la sombra del árbol. Al menos te habré pagado la vida de tu hijo. ¡Adios! Y corre cuanto puedas, porque voy á lanzar el rebaño contra ellos con más velocidad que la que llevan los pedazos de ladrillo que me arrojan. No soy ningún brujo, Messua. ¡Adios! Ahora, Akela, júntame otra vez el rebaño, gritó.
No ansiaban los búfalos otra cosa más que volver á la aldea. Apenas si necesitaron que los azuzara Akela para lanzarse como un torbellino á través de las puertas, dispersando á la multitud á derecha é izquierda.
--¡Contadlos! gritó Mowgli con aire desdeñoso. Podría ser que os hubiera robado alguno. Contadlos, porque ésta es la última vez que he de apacentarlos. ¡Quedad con Dios, hijos de los hombres, y agradecedle á Messua que no vaya yo también con mis lobos á cazaros en mitad de vuestra calle!
Volvió la espalda y echó á andar junto con el Lobo Solitario, y, como se le ocurriera mirar á las estrellas, sintióse, entonces, verdaderamente feliz.
--Se acabó para mí el dormir dentro de una trampa, Akela. Recojamos la piel de Shere Khan y vámonos. No causemos á la aldea el menor daño: tengamos en consideración lo bien que Messua se ha portado conmigo.
Al elevarse la luna sobre la llanura, dando á todas las cosas un tinte algo lechoso, vieron con terror los aldeanos cómo Mowgli, acompañado de dos lobos y con un fardo sobre su cabeza, corría á campo travieso con aquel trote característico del lobo, que se traga las leguas como nada. Entonces echaron á vuelo las campanas y soplaron en los caracoles marinos con más fuerza que nunca; lloró Messua, y Buldeo comenzó á adornar con tales primores la historia de sus aventuras en la selva que acabó por decir que Akela se había erguido en dos pies hablando como un hombre.
Empezaba á descender la luna cuando Mowgli y los dos lobos llegaron á la colina en que estaba la Peña del Consejo y se pararon ante la caverna de mamá Loba.
--Me han arrojado de la manada de los hombres, madre, gritó Mowgli, pero he cumplido mi palabra, y vengo con la piel de Shere Khan.
Salió mamá Loba de la caverna, andando como con dificultad, y llevando tras sí los cachorros, y sus ojos brillaron vivamente en cuanto vió la piel.
--Ya le dije aquel día en que metió la cabeza y los hombros en esta caverna yendo en tu busca para matarte, renacuajo mío, ya le dije que el cazador sería cazado un día ú otro. ¡Bien lo has hecho!
--¡Muy bien, Hermanito! dijo una voz profunda, allá en la espesura. ¡Ya te echábamos de menos en la selva! Y Bagheera vino, corriendo, hasta á tocar los desnudos pies de Mowgli. Juntos subieron á la Peña del Consejo, y, sobre la roca llana en que solía ponerse Akela, tendió Mowgli la piel, sujetándola, luego, con cuatro pedazos de bambú. Echóse sobre ella Akela, y lanzó el antiguo grito del Consejo:--¡Mirad, lobos, mirad bien!--exactamente como dijo cuando por primera vez le llevaron allí á Mowgli.
Desde el día en que Akela había sido destituído, la manada se había quedado sin jefe, cazando y luchando como mejor le parecía. Pero aun contestaban á aquel grito por costumbre, y aunque fueran, algunos, cojos por culpa de las trampas en que habían caído, y otros arrastraran una pata por haber sido heridos en ella de un balazo, ó estuvieran sarnosos por haber comido algo malo, ó, finalmente, se hubieran extraviado, los que quedaban vinieron todos al Consejo de la Peña, y vieron la piel rayada de Shere Khan tendida sobre la roca, y las enormes garras colgando al extremo de las patas, que se balanceaban vacías. Entonces fué cuando Mowgli compuso una canción sin rimas, una canción que se le vino á los labios espontáneamente, y comenzó á cantarla á grades voces, arrojándose sobre la piel y llevando el compás con los talones, hasta que se le acabó el aliento, y mientras tanto el Hermano Gris y Akela aullaban entre las estrofas.
--¡Mirad bien, lobos, mirad bien! dijo Mowgli cuando hubo acabado. ¿He cumplido mi palabra? Y los lobos, ladrando como perros, dijeron: ¡sí! y uno de ellos, lleno de cicatrices y desgarrones en la piel, aulló:
--¡Vuelve á guiarnos, Akela! Vuelve á guiarnos, hombrecito, porque ya estamos aburridos de vivir sin Ley, y quisiéramos ser de nuevo el Pueblo Libre de otros tiempos.
--No, murmuró Bagheera, bien pudiera ser que os equivocárais. Cuando estéis hartos, acaso os vuelva la locura de antes. No en balde os llaman el Pueblo Libre. Por la libertad luchásteis y vuestra es. Devoradla, lobos.
--De la manada de los hombres y de la de los lobos me arrojaron, dijo Mowgli. En adelante cazaré sólo en la selva.
--Y nosotros contigo, dijeron los cuatro lobatos.
Así pues, marchóse Mowgli y cazó con ellos en la selva á partir de aquel día. Pero no siempre estuvo sólo, pues algunos años después, cuando se hizo hombre, se casó.
Mas desde entonces su historia es ya para personas mayores.
[Ilustración]
=Canción de Mowgli al bailar sobre la piel de Shere Khan en la Peña del Consejo=[6]
La canción de Mowgli es ésta.--Yo, el mismo Mowgli, soy quien la canta. Que la selva preste oído á lo que he hecho.
Shere Khan dijo que me mataría--¡que me mataría! ¡que ante las puertas de la aldea, á la luz de la luna, mataría á Mowgli, la Rana!
Comió y bebió. ¡Bebed mucho, Shere Khan! porque ¿cuándo será que volváis á beber? Dormid, y soñad en mi muerte.
Solo estoy entre los prados. ¡Hermano Gris, vente conmigo! Ven, Lobo Solitario, que hay aquí caza mayor.
Recoge á los enormes búfalos machos, á los toros de piel azul y ojos coléricos. Llévalos de un lado á otro obedeciendo mis órdenes.
¿Vuesa merced duerme aún, Shere Khan? ¡Despertad! ¡Ah! ¡Despertaos! ¡Estoy yo aquí, y detrás de mí están los búfalos!
Rama, el rey de ellos, hirió el suelo con una de sus patas. Aguas del Wainganga ¿á dónde fué Shere Khan?
No es él como Ikki, que puede agujerear la tierra, ni como Mao, el pavo real, para poder volar. No es como Mang, el murciélago, que se cuelga de las ramas. ¡Bambúes que crujís todos á la vez, decidme á dónde fué á esconderse!
_¡Ow!_ Allí está. _¡Ahoo!_ Allí está. Bajo las patas de Rama yace el tigre cojo. ¡Levantaos, Shere Khan! ¡Levantaos y matad! Ahí tenéis carne: rompedles el cuello á los toros.
¡Chist! Duerme. No lo despertaremos, porque grande es su fuerza. Bajaron los milanos á verlo; subieron las negras hormigas á enterarse de ello. Gran asamblea se ha reunido en su honor.
_¡Alala!_ No tengo ropas en que envolverme. Los milanos verán que estoy desnudo. Me avergüenzo de encontrarme ante toda esa gente.
Prestadme vuestra piel, Shere Khan. Prestadme vuestra piel pintarrajeada para que pueda ir al Consejo de la Peña.
Por el toro que me rescató hice una promesa... una pequeñísima promesa. Sólo que ahora me hace falta vuestra piel para cumplir mi palabra.
Armado con el cuchillo (con el cuchillo que usan los hombres), armado con el cuchillo de cazador, me bajaré á recoger mi botín.
Aguas del Wainganga, sed testigos de que Shere Khan me da su piel por el cariño que me tiene. ¡Tira, Hermano Gris! ¡Tira, Akela! ¡Bien pesada es la piel de Shere Khan!
Furiosa está la manada de los hombres. Apedréanme todos ellos y hablan como chiquillos. Mi boca sangra. Huyamos.
Á través de las tinieblas de la noche, de la cálida noche, corred conmigo velozmente, hermanos míos. Dejaremos atrás las luces de la aldea é iremos en dirección al sitio desde donde alumbra la luna, que está baja.
Aguas del Wainganga, la manada de los hombres me ha arrojado de su seno. Ningún daño les hice; pero me tenían miedo. ¿Por qué?
Manada de los lobos, también tú me has arrojado de tu seno. La selva se ha cerrado para mí, y cerradas están también las puertas de la aldea. ¿Por qué?
Como Mang vuela entre las fieras y los pájaros, así vuelo yo entre la aldea y la selva. ¿Por qué?
Bailo sobre la piel de Shere Khan; pero mi corazón está triste. Herida, rota tengo mi boca con las piedras que me arrojaron desde la aldea, pero estoy alegre por haber vuelto á la selva. ¿Por qué?
Luchan en mí ambos sentimientos como luchan dos serpientes en la primavera.
Brota el llanto de mis ojos, y, sin embargo, río mientras él va corriendo. ¿Por qué?
Hay en mi dos Mowglis; pero la piel de Shere Khan está bajo mis pies.
Toda la selva sabe que he dado muerte á Shere Khan. ¡Mirad!... ¡Mirad bien, lobos!
_¡Ahac!_ Tengo el corazón oprimido por todas las cosas que no llego á entender.
[Ilustración]
NOTAS:
[6] Esta poesía, sin rimas y sin metro en el original, es, principalmente, una imitación de la manera característica de Walt Whitman, y en ello estriba su sabor primitivo, apropiado aquí, y algo entre homérico y ossiánico.--N. del T.
[Ilustración]
LA FOCA BLANCA
¡Duérmete, mi niño! La noche ha llegado, y negra es el agua que verde brillaba: la luna, al alzarse por entre las olas, nos mira en su seno dormir recostadas.
Donde chocan unas con otras revueltas pon allí tu lecho, ve y allí descansa, revuélcate á gusto, la cola torciendo: no ha de despertarte la tormenta airada: no hará en tí su presa tiburón osado ¡duérmete, mi niño! ¡duérmete en el agua! ¡duérmete al arrullo del mar que te mece! ¡duérmete en los brazos de las olas mansas!
(_Canción con que arrullan las focas á sus pequeñuelos_).
Cuanto voy á referir ocurrió, muchos años hace, en un lugar llamado Novastoshnah ó Cabo del Noreste, en la isla de San Pablo, allá por el mar de Behring. Contóme ese cuento Limmershin, el reyezuelo de invierno, en ocasión en que el viento lo arrojó contra la arboladura de un barco que iba al Japón, y en que yo me lo llevé á mi camarote, calentándolo y alimentándolo durante un par de días, hasta que se halló en disposición de tender el vuelo y regresar á San Pablo. Limmershin es un pajarillo de genio bastante raro; pero tiene la cualidad de no saber mentir.
Nadie va á Novastoshnah como no sea para negocios, y las únicas que los tienen allí constantes son las focas. Acuden en los meses de verano por centenares y por miles, saliendo del mar frío y gris, pues saben que la playa de Novastoshnah posee, para hospedar focas, mejores cualidades que ningún otro sitio del mundo.
Gancho de Mar estaba enterado de esto, y cada primavera, desde el punto en que se hallara, se iba nadando hasta Novastoshnah, en línea recta, como si fuera un torpedero, y allí pasaba un mes luchando con sus colegas por conservar un buen sitio en las rocas, lo más cerca del mar que le fuera posible. Gancho de Mar tenía quince años y era una enorme foca macho, de color gris, con una piel sobre los hombros que parecía crín, y unos dientes caninos largos, amenazadores. Cuando se levantaba sobre sus extremidades anteriores elevábase á más de un metro de altura sobre el suelo, y si alguien se hubiera atrevido á pesarlo habría hallado que su peso era casi de unas setecientas libras. Estaba lleno de cicatrices, consecuencia de salvajes luchas; pero, á pesar de eso, mostrábase siempre dispuesto á aceptar nuevas peleas. Ladeaba en tales casos la cabeza como si no se atreviera á mirar á su enemiga cara á cara; pero de pronto caía sobre ella como un rayo, y cuando sus enormes dientes se habían clavado fuertemente en el cuello de la otra foca, podía ésta escapársele si lo lograba, pero no sería ciertamente Gancho de Mar quien la ayudara á ello.
Sin embargo, lo que nunca hizo fué atacar á una foca herida ya por otras, porque esto era contrario á las reglas de la Playa. No necesitaba más que un sitio para su prole, junto al mar; pero como ocurría que cuarenta ó cincuenta mil focas más luchaban por lo mismo cada primavera, el silbar, bramar, rugir y resoplar que se oían en aquella playa eran algo verdaderamente horroroso.
Desde una colina, llamada de Hutchinson, divisábase una extensión de tierra de cerca de una legua, completamente cubierta de focas que peleaban unas con otras, y, á la hora de la resaca, la playa quedaba toda salpicada de puntos que eran las cabezas de otras muchas focas que se apresuraban á ir á tierra para unirse á las que combatían. Luchaban sobre las rompientes, luchaban en la arena y hasta sobre las desgastadas rocas de basalto donde tenían sus viveros: eran tan estúpidas y tan poco complacientes como si fueran hombres. Las hembras, sus esposas, nunca iban á la isla hasta fines de Mayo ó primeros de Junio, porque les hacía poca gracia la perspectiva de que las hicieran pedazos en aquellas batallas; y en cuanto á los pequeñuelos de dos, tres ó cuatro años, que no sabían aún lo que era el sostener una familia, se iban tierra adentro, á alguna distancia, atravesando las filas de combatientes para ponerse á jugar sobre las dunas en grupos ó formando verdaderas legiones que destruían cuanta planta verde crecía por allí.
Llamábanlos los _holluschickie_ (la gente moza) y de ellos había, en Novastoshnah sólo, quizá dos ó tres cientos mil.
Un día de primavera, acababa Gancho de Mar de poner término á su pelea número cuarenta y cinco, cuando Matkah, su dulce y suave esposa de lánguida mirada, salió del mar, y en el mismo instante cogióla él por el pescuezo y la plantó en el espacio de terreno que se había reservado, mientras le decía refunfuñando:
--¡Tarde, como de costumbre! ¿Dónde has estado?
No solía Gancho de Mar comer nada en los cuatro meses que se pasaba en la playa, y así estaba, generalmente, de muy mal humor. Matkah no contestó á la pregunta: sabía que esto era lo mejor que podía hacer. Tendió la mirada en torno suyo, y dijo muy tierna y suavemente:
--¡Qué atención has tenido conmigo! Has tomado nuestro sitio de otras veces.
--¡Pues ya lo creo que sí! contestó Gancho de Mar. ¡Mírame!
Estaba lleno de arañazos, y la sangre le corría de veinte heridas distintas; tenía un ojo hundido y ambos costados hechos una lástima, con la piel colgando á pedazos.
--¡Ah! ¡Lo que sois los hombres! dijo Matkah abanicándose con la aleta de una de sus patas posteriores. Pero ¿por qué no podéis ser razonables y repartiros los sitios en paz? ¡Cómo estás! ¡Parece que te hayas peleado con el _Cetáceo Carnicero_!
--No he hecho otra cosa más que pelear, desde mediados de Mayo. La playa está tan llena esta temporada que es una vergüenza. Lo menos he tropezado con cien focas de la playa de Lukannon que iban buscando alojamiento. ¿Por qué no podría quedarse la gente en su propia casa?
--No pocas veces se me ha ocurrido la idea de que viviríamos mucho más felices en la isla de Otter que en un lugar tan concurrido como éste, dijo Matkah.
--¡Bah! Los _holluschickie_ son los únicos que van á la isla de Otter. Si fuéramos nosotros, dirían que lo hacemos por miedo. Hay que guardar las apariencias, hija mía.