El libro de las tierras vírgenes

Part 10

Chapter 103,978 wordsPublic domain

Juntóse con una vieja albatros que le dijo que la isla de Kerguelen era el mejor sitio para vivir en paz y tranquilidad, y cuando se dirigió Kotick hacia allí, por poco queda hecho pedazos contra la negra y acantilada costa, en una fuerte tormenta de granizo acompañada de rayos y truenos. Y, no obstante, luchando contra el viento, pudo ver que hasta allí había habido, tiempo atrás, un vivero de focas. Lo mismo ocurría en cuantas islas visitó.

Limmershin díjome los nombres de todas y formaban larga lista, porque, según él afirmó, pasóse Kotick cinco estaciones explorando continuamente, á excepción de un descanso anual de cuatro meses en Novastoshnah, durante el cual solían los _holluschickie_ burlarse de él y de sus islas imaginarias. Estuvo en Galápagos, en el Ecuador, sitio horrorosamente seco donde le pareció que le cocían vivo; fué á las islas Georgias, á las Orcadas, á la isla de la Esmeralda, á la del Ruiseñor, á la de Gough, á la de Bouvet, á la de Crossets, y hasta á una islita, del tamaño de una mancha, que existe al Sur del Cabo de Buena Esperanza. Pero en todas partes le dijeron lo mismo. En tiempos inmemoriales las focas habían ido á aquellas islas, siendo perseguidas y exterminadas por los hombres. Hasta un día en que se alejó del Pacífico algunos miles de millas y llegó á un sitio llamado _Cabo Corrientes_ (y esto fué cuando volvía de la isla de Gough), hallóse con algunos centenares de focas sarnosas que estaban descansando en una roca, y le dijeron que también allí iban los hombres.

Entristecióle esto tan profundamente que hizo rumbo hacia el Cabo para volver á sus propias playas, y por el camino abordó á una isla llena de verdes árboles, donde halló una foca vieja, muy vieja, moribunda, para la cual buscó algunos peces, contándole después todas sus penas.

--Ahora, dijo Kotick, vuelvo á Novastoshnah, y si se me llevan al matadero con los _holluschickie_ poco me importa ya.

--Prueba otra vez, contestóle la foca vieja. Yo soy la última de la perdida tribu de Masafuera, y, en los tiempos en que los hombres solían matarnos á centenares de miles, referíase en las playas la conseja de que algún día una foca blanca, venida del Norte, llevaría al pueblo de las focas á un lugar tranquilo. Vieja soy y no he de ver ya ese día; pero otras lo verán. Prueba una vez más.

Retorcióse Kotick los bigotes (que los tenía muy hermosos), y dijo:

--Yo soy la única foca blanca que ha nacido en playa alguna, y soy también la única, blanca ó negra, que ha pensado en descubrir nuevas islas.

Animóle muchísimo este encuentro, y, aquel verano, cuando volvió á Novastoshnah, rogóle Matkah, su madre, que se casara y viviera tranquilo, porque no era ya un _holluschick_, sino todo un Gancho de Mar, hecho y derecho, con su blanca melena rizada sobre la espalda, y tan espesa, larga y de feroz aspecto como la de su padre.

--Dame una temporada más de espera, dijo él. Acuérdate, madre, de que siempre es la séptima la ola que más lejos llega en la playa.

Dió la casualidad de que había otra foca que también pensó en aplazar el casarse hasta el año próximo, y Kotick bailó con ella la _danza del fuego_, en toda la extensión de la playa de Lukannon, la noche antes de partir para el último de sus viajes exploradores.

Dirigióse esta vez hacia el Oeste porque acababa de descubrir el rastro de un gran número de platijas que tal rumbo llevaban, y él necesitaba, por lo menos, un centenar de libras de pescado para mantenerse en buena salud. Persiguiólas hasta cansarse, y, entonces, enroscóse y se durmió en uno de los hoyos que deja en la tierra la resaca, en dirección de la isla del Cobre.

Conocía perfectamente aquella costa, y así, hacia media noche, al sentirse caer blandamente sobre un lecho de plantas marinas, exclamó:

--¡Uy! La marea sube muy rápida esta noche. Y dando media vuelta bajo el agua, abrió los ojos calmosamente y se desperezó. Pero, de pronto, brincó como un gato, porque acababa de ver algo enorme que iba olfateando por encima de los bajíos y engulléndose grandes flecos de algas.

--¡Por las olas del Estrecho de Magallanes!... dijo entre sí. ¿Quién son esas gentes?

No se parecían ni á los caballos marinos, ni á los leones ó á los osos de mar, ni á las focas, ballenas, tiburones, peces ó conchas que Kotick estaba acostumbrado á ver. Tenían de seis á nueve metros de largo y carecían de aletas posteriores, pero poseían, en cambio, una cola, en forma de pala, que no parecía sino que había sido recortada de un pedazo de cuero mojado. Su cabeza ofrecía el más marcado aire de estupidez que puede imaginarse, y balanceaban el cuerpo en el agua, sobre el extremo de la cola, cuando no comían, saludándose unos á otros con gran solemnidad y agitando sus aletas delanteras como hombres muy gruesos que movieran los brazos.

--¡Ejem! dijo Kotick. ¿Pinta bien la suerte, caballeros? Y aquellos seres enormes contestaron saludando y agitando las aletas, á la manera de lo que hacía _Frog-Footman_[8]. Cuando volvieron á comer notó Kotick que tenían el labio superior partido en dos pedazos, que podían separar uno de otro á cosa de medio metro de distancia, y volverlos á juntar después, sosteniendo entre ambos pedazos más de media fanega de algas. Metíanlas en la boca y las mascaban con toda solemnidad.

--Sucio modo de comer es ese, exclamó Kotick. Y como le saludaran nuevamente, comenzó á perder ya la paciencia.

--¡Bueno! dijo. Si, por lo visto, tenéis en las aletas delanteras una articulación más que los otros, no por eso habéis de estarlo demostrando de ese modo. Ya veo que saludáis con muchísima gracia, pero preferiría que me dijerais cómo os llamáis.

Los labios partidos moviéronse y se separaron; los vítreos y verdes ojos miraron fijamente; pero sus dueños no dijeron una palabra.

--¡Vaya! dijo Kotick, vosotros sois la única gente que he encontrado más feos que _Sea Vitch_... y más mal educados aún que él.

Vínosele entonces á la memoria, con la prontitud de un relámpago, lo que le había dicho la gaviota en la isla del _Caballo Marino_ cuando no tenía más que un año, y dejóse caer de espalda en el agua, contento porque veía claramente que acababa de hallar, por fin, á la _Vaca marina_.

Continuaron éstas (porque realmente lo eran) buscando algas y mascándolas como queda dicho, y, entre tanto, fué Kotick haciéndoles preguntas en cada uno de los idiomas que había aprendido en sus viajes, que no eran pocos, pues el _Pueblo de los mares_ usa casi tantos lenguajes como los seres humanos. Pero las vacas marinas no hablan, y así no le contestaron. Tienen únicamente seis huesos en el cuello en vez de siete, y las gentes del mundo submarino dicen que esto les impide hablar hasta á los de su misma clase. Sin embargo, como hemos dicho anteriormente, poseen una articulación de más en sus aletas delanteras, y, moviéndolas de arriba abajo y de un lado para otro, forman así una especie de torpe clave telegráfica que les sirve para entenderse.

Al hacerse de día pudo verse que la melena de Kotick estaba completamente erizada. En cuanto á su paciencia había ido ya á parar á donde van los cangrejos cuando mueren. De pronto, las vacas marinas comenzaron á hacer rumbo hacia el Norte con gran calma, parándose de cuando en cuando para verificar absurdos conciliábulos en que no hacían más que saludarse de cuando en cuando, y Kotick las siguió, diciéndose:

--Gente tan estúpida como ésta hace mucho tiempo que hubiera sido ya exterminada, á no haber hallado alguna isla en que pudiera vivir sin cuidado; y lo que es bastante bueno para la Vaca marina, lo es también para Gancho de mar. Sea como fuere, ojalá que despacharan de una vez.

Era aquello para Kotick pesadísimo trabajo. La manada no recorría más que cuarenta ó cincuenta millas cada día, se paraba de noche para comer, y tenía buen cuidado de no apartarse mucho de la playa, al paso que Kotick nadaba en torno suyo, y por encima, y por debajo, sin que lograra hacerles ir ni media milla más aprisa.

Al alejarse más hacia el Norte volvieron á tener otros de sus conciliábulos, con intervalos de unas cuantas horas, y Kotick se arrancaba casi los bigotes de tanto mordérselos con impaciencia, hasta que, al fin, vió que remontaban una corriente de agua tibia, y entonces sintió por aquellos seres algo más de respeto.

Una noche hundiéronse á través del agua reluciente (un modo de hundirse como si fueran piedras), y, por primera vez desde que él las había conocido, comenzaron á nadar con gran rapidez. Siguióles Kotick y tanta celeridad le dejó pasmado, porque nunca pudo ocurrírsele la idea de que una vaca marina fuera tan excelente nadadora. Dirigiéronse á un sitio acantilado de la costa, que se hundía en el agua, y se zambulleron en un agujero que había al pie, á veinte brazas bajo el nivel del mar. Metiéronse por un obscuro túnel, y Kotick, que las siguió, se ahogaba, por falta de aire fresco que respirar, después de tanto rato de estar nadando.

--¡Por vida de...! exclamó dando boqueadas y resoplando al salir, por el lado opuesto, al mar abierto y libre. ¡El chapuzón ha sido largo, pero valía la pena de soportarlo!

Habíanse separado unas de otras las vacas marinas, y comían perezosamente á la orilla de las más hermosas playas que Kotick viera en su vida. Había allí grandes extensiones de roca viva y desgastada, pulida, que se prolongaban durante millas enteras, lo más apropiadas que podía imaginarse para viveros de focas; otras formadas de dura arena, detrás de las primeras, y en declive que miraba tierra adentro, buenas para jugar en ellas; y rompientes para bailar las focas sobre el agua; y blanda yerba para revolcarse; y dunas para trepar por la arena, descendiendo luego; y, sobre todo, Kotick conoció con sólo tocar el agua, que nunca engaña á un verdadero Gancho de mar, lo más importante: que jamás el hombre había llegado hasta allí.

Su primer cuidado fué asegurarse de que la pesca podía hacerse en buenas condiciones, y luego nadó bordeando la orilla, y contó los deliciosos, bajos islotes de arena, medio escondidos en la pintoresca y rastrera niebla. Á lo lejos, hacia el Norte, veíase una línea de bancos de arena, de escollos y de rocas que no hubieran dejado á ningún barco acercarse á menos de seis millas de la playa, y entre las islas y la tierra firme había un profundo canal que llegaba á tocar los acantilados perpendiculares de la costa, debajo de los cuales se abría la boca del túnel.

--Esto es un segundo Novastoshnah, dijo Kotick, pero diez veces mejor que el primero. La Vaca marina debe de ser mucho más lista de lo que yo creía. Por los acantilados no podrían bajar los hombres aunque los hubiera, y los escollos del lado que mira hacia el mar harían pronto de cualquier barco un montón de astillas. Si hay rincón seguro, indudablemente que es éste.

Acordóse de la foca que había dejado esperándole; pero aunque por ello quisiera apresurarse á volver á Novastoshnah, exploró detenidamente aquel nuevo país, á fin de poder contestar á cuantas preguntas se le hicieran. Luego zambullóse en el agua y se metió en la boca del túnel, nadando en él rápidamente en dirección del Sur. Sólo una vaca marina ó una foca hubiera imaginado que podía existir sitio semejante, y cuando, ya lejos, volvióse para mirar hacia los acantilados, hasta el mismo Kotick se maravillaba de que hubiera estado allí debajo.

Seis días tardó en regresar á su país, aunque distaba mucho de nadar despacio, y, al tocar á tierra por la _Garganta del León marino_, á quien primero vió fué á la foca que le esperaba, y que por la alegría reflejada en los ojos de Kotick comprendió que, al fin, había éste hallado la isla deseada.

Pero los _holluschickie_, y Gancho de mar, su propio padre, y todas las demás focas, se burlaron de él cuando les dijo lo que acababa de descubrir, contestándole así una de las focas de su misma edad:

--Muy bien está todo eso que dices, Kotick, pero hazte cargo de que el que vengas tú ahora desde quien sabe dónde y nos mandes que abandonemos este sitio es absurdo. Acuérdate de que hemos estado luchando largo tiempo por nuestros viveros, y he aquí algo que no podrás decir tú, que has preferido pasar el tiempo buscando por esos mares.

Riéronse las otras focas al oir esto, y la foca joven movió la cabeza de derecha á izquierda. Habíase casado aquel mismo año, y dábase por ello grande importancia.

--Yo no tengo vivero que defender, contestó Kotick. No deseo más que enseñaros un sitio donde podréis vivir tranquilos. ¿Á qué estar siempre luchando?

--¡Oh! Si tratas de huir por la tangente claro está que nada tengo que añadir, dijo la foca acompañando sus palabras con una risita sarcástica.

--¿Vendrás si lucho contigo y te venzo? dijo Kotick. Y una luz verde brilló en su mirada, porque estaba verdaderamente furioso de tener que batirse.

--Perfectamente, contestó la foca joven, con cierto descuido. Si me vences iré contigo.

No tuvo ni tiempo de cambiar de opinión, porque ya Kotick alargaba la cabeza y sus dientes se clavaban en la gordura del cuello de la foca. Después echóse hacia atrás y arrastró á su enemiga por la playa, sacudióla, y, dándole un golpe, la revolcó por el suelo. Entonces, dirigiéndose á las focas, díjoles rugiendo:

--Durante las últimas cinco estaciones he hecho en favor vuestro cuanto he podido. Os he hallado la isla en que podréis vivir seguros, pero como no os arranquen del cuello la estúpida cabeza no queréis creer lo que os dicen. Ahora voy á daros una lección. ¡En guardia!

Contóme Limmershin que nunca en su vida (y él ve cada año diez mil focas viejas en luchas continuas), que nunca en su vida (algo corta) había visto cosa semejante á la embestida que dió Kotick contra los viveros. Arrojóse sobre el mayor de los _ganchos de mar_ que pudo hallar á su alcance, cogiólo por el pescuezo, ahogándolo casi, y lo zarandeó y golpeó de lo lindo, hasta que pidió que le perdonara la vida, tras de lo cual cogiólo para echarlo á un lado, y embistió al más próximo. Y se comprende que hiciera todo esto: no se había pasado cuatro meses ayunando como las focas grandes hacían cada año; sus viajes á nado en alta mar le conservaban en excelentes condiciones, y, lo que es aun más importante, nunca se había peleado antes. Su blanca melena estaba erizada de coraje, llameaban sus ojos, brillaban sus grandes caninos, y, en suma, ofrecía magnífico aspecto.

Gancho de mar, el viejo, su padre, le vió batiéndose desenfrenadamente, arrastrando por el suelo, como si fueran platijas, á focas cuyo pelo comenzaba ya á encanecer, revolcando por todos lados á las más jóvenes, y entonces dió un gran bramido y gritó:

--Será todo lo tonto que se quiera, pero es el mejor luchador de estas playas. ¡No te pelees con tu padre, hijo mío! ¡Lo tienes ya de tu parte!

Contestó Kotick con otro bramido, y Gancho de mar, el viejo, andando como los patos y resoplando como una locomotora, fué á mezclarse en la lucha, mientras Matkah y la foca que había de casarse con Kotick contemplaban, agachadas, á sus hombres. La pelea fué admirable, porque las dos focas lucharon hasta que no hubo ya ninguna que osara levantar la cabeza frente á ellas, y entonces se pasearon orgullosamente de un extremo á otro de la playa, emparejadas y mugiendo.

Por la noche, cuando la aurora boreal parpadeaba lanzando vivos destellos á través de la niebla, subió Kotick á una desnuda roca y miró hacia abajo, hacia los destruidos viveros y los despedazados, sangrientos cuerpos de las focas.

--Ahora, dijo, os he dado ya la lección que necesitabais.

--¡Por vida mía! exclamó Gancho de mar, el viejo, enderezando el cuerpo trabajosamente, porque se hallaba por completo derrengado. Ni el mismo _Cetáceo Carnicero_ les hubiera causado mayor daño. ¡Hijo mío, siento orgullo al mirarte, y lo que es más, iré contigo á tu isla... si es verdad que existe!

--¡Á ver, piara de cerdos marinos! ¿Quién se viene conmigo al túnel de la Vaca marina? ¡Contestad ó vuelvo á empezar! rugió Kotick.

Prodújose entonces un murmullo como el suave rumor de la marea cuando sube ó baja por las playas.

--Nosotras iremos contigo, dijeron miles de voces fatigadas. Nosotras estamos dispuestas á seguir á Kotick, la Foca blanca.

Hundió entonces Kotick la cabeza entre los hombros y cerró orgullosamente los ojos. No era ya una foca blanca, sino roja de cabeza á pies. Pero no importaba; hubiérase avergonzado de mirar, siquiera, ó de tocar á una sola de sus heridas.

Al cabo de una semana él y su ejército (casi diez mil focas, entre los _holluschickie_ y las viejas), salieron en dirección del Norte hacia el túnel de la Vaca marina, dirigiéndolas á todas Kotick, mientras las que se quedaban en Novastoshnah les llamaban estúpidas. Pero á la primavera siguiente, cuando se encontraron todas en las pesqueras del Pacífico, las focas de Kotick contaron tales maravillas de las nuevas playas, al otro lado del túnel de la Vaca marina, que se aumentó cada día más el número de las que habían abandonado las playas de Novastoshnah.

Por supuesto, no se hicieron tales cosas de golpe, porque las focas necesitan mucho tiempo para darle vueltas á una idea en su cabeza; pero cada año había más que se marchaban de Novastoshnah, de Lukannon y de los otros viveros, para ir á las seguras y abrigadas playas en que Kotick pasa todo el verano, creciendo, engordando y poniéndose más robusto á cada año que transcurre, mientras los _holluschickie_ juegan en torno suyo en aquel mar que no visita ni un solo hombre.

[Ilustración]

=Lukannon=

(Ésta es la gran canción que todas las focas de San Pablo cantan en alta mar cuando van de regreso á sus playas en el verano. Es una especie de himno nacional muy triste).[9]

Hallé muy de mañana á mis amigas (pero ¡ay! ¡qué vieja que me he vuelto ya!) donde rugen las olas en verano contra cien arrecifes al chocar.

Cantando á coro las oí: sus voces la del mar sofocaban, y eran más de un millón las que el coro de las playas de Lukannon cantaban sin cesar.

_La canción del reposo junto al lago, de dunas en que juega un escuadrón, de las danzas nocturnas entre el fuego del mar, que el hombre aun no profanó._

Hallé muy de mañana á mis amigas (á las que nunca he de encontrar ya más); la costa ennegrecían sus legiones de un lado yendo á otro con afán.

Y á través de la espuma, mar adentro, desde donde la voz puede llegar su entrada saludábamos á gritos mientras iban subiendo el arenal.

_¡Las playas de Lukannon!... donde crece la yerba que la niebla humedeció, donde jugamos en pulidas rocas, donde todas nacimos... ¡nuestro amor!_

Hoy hallé de mañana á mis amigas... ¡deshecho el triste bando estaba ya! Cazábanlas los hombres en el agua, ya en tierra, golpeaban sin piedad.

Como mansos y estúpidos corderos á morir las llevaban... pero aun ¡ay! cantamos á las playas de Lukannon... antes que el hombre las viniera á hollar.

_Parte con rumbo al Sur ¡oh Gooverooska! dí á los reyes del mar nuestro dolor: ¡pronto estarán vacías nuestras playas como huevo de muerto tiburón!_[10]

[Ilustración]

NOTAS:

[7] Juego infantil, muy popular en Inglaterra. En él los niños forman grandes montones de arena, por ejemplo, y uno de ellos se encarama en la cima cantando una cancioncilla cuyas primeras palabras son las que aquí se citan.--N. DEL. T.

[8] Personaje de un libro muy popular en Inglaterra: _Alice's Adventures in Wonderland_, original de Lewis Carroll.--N. DEL T.

[9] El autor no dice, por _tristísimo_ que sea este himno nacional (de ningún aficionado conocido, de seguro), que puede cantarse muy bien en el original inglés con música de la canción «Mambrú se fué á la guerra» y con la de otra, que es inglesa y bastante alegre, cuyas primeras palabras son: _We won't go home till morning._--N. DEL T.

[10] Los naturalistas se quejan de la bárbara caza de focas á que se dedican los marineros, é indican que el día de la desaparición total de la especie está cercano.--N. del T.

[Ilustración]

RIKKI-TIKKI-TAVI

Desde el hueco en que ella entró Rikki-tikki llamó á Nag, y escuchad lo que le dijo: «ven con la Muerte á bailar».

Ojo á ojo, testa á testa, (_bien pegada, y ¡baila Nag!_) Si uno muere el baile acaba, (_cuanto quieras durará_).

Vuelta á un lado, vuelta á otro... (_Corre ya á esconderte, Nag._) ¡Ah! ¡La Muerte te ha vencido! (_¡Qué mala fortuna, Nag!_)

Ésta es la historia de la gran guerra que Rikki-tikki-tavi sostuvo, con su solo esfuerzo, en los cuartos de baño de la gran _bungalow_[11], en el acantonamiento militar de Segowlee. Ayudóla Darzee, el pájaro tejedor, y Chuchundra, el almizclero, que no anda nunca por en medio del piso, sino que se arrastra arrimado á las paredes, fué quien la aconsejó; mas Rikki-tikki llevó todo el peso de la lucha.

Era una mangusta, muy parecida á un diminuto gato en la piel y en la cola; pero mucho más semejante á una comadreja por la cabeza y por las costumbres.

Los ojos y el extremo de su inquieto hocico teníalos de color de rosa; podía rascarse donde se le antojara con cualquiera de sus patas que quisiera usar, fueran las anteriores ó las posteriores; sabía enderezar la cola poniéndola de modo que pareciera un escobillón, y su grito de guerra mientras se deslizaba por la yerba era: _Rikk-tikk-tikki-tikki-tchik_.

Un día, una de las grandes avenidas del verano llevósela de la madriguera en que vivía con sus padres, y la arrastró, pateando y cloqueando como una gallina, hasta una zanja abierta al borde de un camino. Encontró allí un hacecillo de yerbas que flotaba en el agua y se cogió á él, permaneciendo así hasta que perdió el sentido. Al volver en sí estaba echada al sol en mitad de uno de los caminillos de un jardín, muy mal cuidado, por cierto, y un niño decía junto á ella:

--Aquí hay una mangusta muerta. Vamos á enterrarla.

--No, dijo su madre. Vamos á llevarla adentro para secarla. Tal vez no esté muerta aún.

Lleváronla á la casa, donde un hombre grueso la cogió con el pulgar y el índice, y dijo que no estaba muerta, sino medio ahogada, por lo cual la envolvieron en algodón, la calentaron, y ella entonces abrió los ojos y estornudó.

--Ahora, dijo el hombre grueso (un inglés que acababa de mudarse á la _bungalow_) no la asustéis, para que no se escape, y luego veremos lo que hacemos con ella.

Asustar á una mangusta es la cosa más difícil de este mundo, porque, desde la cabeza hasta la cola, se la come viva la curiosidad.

El lema de toda la familia de mangustas es «corre y busca», y Rikki-tikki hacía honor á su familia. Miró el algodón, juzgó que no servía para comestible, correteó por la mesa, sentóse, se alisó la piel, rascóse, y, de un salto, se colocó sobre el hombro del niño.

--No tengas miedo, Teddy, le dijo su padre. Eso es que quiere hacerse amiga tuya.

--¡Ay! Me hace cosquillas en la barba, exclamó Teddy.

Rikki-tikki curioseó un poco por el cuello del niño mirando hacia dentro, le olió una oreja, y saltó al suelo restregándose el hocico.

--¡Jesús! ¿Y eso es un animal salvaje? dijo la madre de Teddy. Debe de ser tan manso porque ve que lo tratamos bien.

--Todas las mangustas son así, contestó el marido. Si á Teddy no se le ocurre cogerla por la cola ó probar de enjaularla, entrará y saldrá de la casa todo el día como si tal cosa. Vamos á darle algo que comer.

Diéronle un pedacito de carne cruda, que á Rikki-tikki le gustó muchísimo, y, cuando lo hubo comido, fuése á la galería de la casa, se sentó al sol y erizó todos los pelos de su piel para que se secaran hasta la raíz. Y hecho esto, sintióse mejor.

--Hay en esta casa más cosas que descubrir, se dijo, que cuantas pudiera hallar toda mi familia en su vida. Yo aquí me quedo, para irlo inspeccionando todo.