El libro de las tierras vírgenes
Part 5
Hubo un momento en que temió éste que le dejaran caer, y entonces comenzó á ponerse de malhumor; pero, como era demasiado listo para rebelarse abiertamente, se limitó á pensar qué haría. Lo primero que se le ocurrió fué avisar á Baloo y á Bagheera, porque, al ver la velocidad con que huían los monos, bien se le alcanzaba que sus amigos iban á quedarse muy rezagados. Era completamente inútil mirar hacia abajo, pues nada podía ver más que las puntas de las ramas á uno y otro lado, y así dirigió hacia arriba sus miradas, logrando divisar á lo lejos, en la azul inmensidad, á Rann, el milano, balanceándose y describiendo curvas en el aire, mientras vigilaba la selva, esperando que los seres se murieran en ella. Vió Rann que los monos se habían apoderado de algo que se llevaban, y abatió el vuelo algunos centenares de metros para averiguar si aquella presa era comestible. Al ver á Mowgli arrastrado hasta lo más alto de la copa de un árbol, y al oirle gritar, sorprendióse no poco el milano y le contestó con un silbido: «Tú y yo somos de la misma sangre». La oleada de las ramas cerróse por encima del muchacho; pero Rann se apartó con un balanceo hasta el árbol más próximo en el preciso momento en que asomaba de nuevo la carita morena de Mowgli.
--¡Sigue mi pista! gritó éste. ¡Avisa á Baloo, de la manada de Seeonee, y á Bagheera, del Consejo de la Peña!
--¿En nombre de quién, hermano? dijo Rann, que nunca había visto á Mowgli, aunque claro está que había oído hablar de él.
--En nombre de Mowgli, la Rana. ¡_El hombrecito_ es como me llaman! ¡Sigue mi pist...a!
Las últimas palabras las chilló cuando ya le balanceaban en el aire; pero Rann movió la cabeza en señal de asentimiento, y se elevó hasta que no parecía ya mayor que un grano de polvo, y allí cernióse observando con el telescopio de sus ojos el moverse de las copas de los árboles, al paso de la escolta de monos que conducía á Mowgli.
--No se alejarán mucho, no, dijo con risa ahogada. Nunca llevan á feliz término lo que comienzan á realizar. Los _Bandar-log_ andan siempre picoteando aquí y allá cosas nuevas. Pero lo que es esta vez, ó yo estoy ciego, ó han picado en algo que va á darles qué hacer, porque Baloo no es ningún polluelo que se caiga del nido, y bien sé yo que Bagheera es muy capaz de matar algo más que cabras. Así diciendo, mecióse en el aire, abiertas las alas, recogidas bajo el cuerpo las patas, y esperó.
Entre tanto, Baloo y Bagheera andaban locos de furor y de pena. Bagheera se encaramó á los árboles hasta donde nunca se atreviera á llegar antes; pero quebráronse bajo su peso las delgadas ramas, y resbaló hasta el suelo, llenas las garras de cortezas.
--¿Por qué no se lo advertiste al hombrecito? le decía rugiendo al pobre Baloo, que sostenía un trote algo pesado, con la esperanza de adelantarse á los monos. ¿De qué ha servido el que casi le mataras á golpes si no habías de prevenirle contra esto?
--¡Date prisa! ¡Date prisa! Aún... aún podría ser que les alcanzáramos, dijo Baloo jadeando.
--¡Al paso que vamos! No cansaría ni á una vaca herida. Maestro de la Ley... azota-cachorros... con que tuvieras que agitarte del modo que lo haces, durante un cuarto de legua de distancia, tendrías bastante para reventar. ¡Descansa y piensa! Traza un plan. No es éste el momento de perseguirles. Si les seguimos muy de cerca podrían dejarle caer.
--_¡Arrula! ¡Woo!_ Quizá lo han hecho ya, cansados de llevarle. ¿Quién se fía de los _Bandar-log_? ¡Pon murciélagos muertos sobre mi cabeza! ¡Dame por toda comida huesos negros! ¡Méteme en una colmena de abejas silvestres para que me piquen hasta matarme, y entiérrame luego al lado de una hiena, porque soy el más desgraciado de cuantos osos existen! _¡Arulala! ¡Wahooa!_ ¡Ah! ¡Mowgli, Mowgli! ¿Por qué no te previne contra el Pueblo de los Monos, en vez de romperte la cabeza? ¿Quién sabe, si á golpes le saqué de la memoria la lección del día, y se hallará sólo en la selva, sin la ayuda de las Palabras Mágicas?
Baloo cogióse la cabeza entre las patas y se arrastró gimoteando.
--Cuando menos, hace un momento me dijo á mí todas las palabras correctamente, replicó Bagheera con impaciencia. Baloo, continuó, tú has perdido la memoria y el propio respeto. ¿Qué pensaría de mí la Selva toda si yo, la pantera negra, me hiciera una pelota como Ikki, el puerco espín, y empezara á aullar?
--¿Qué me importa á mí lo que la Selva piense? Á estas horas quizá él ha muerto ya.
--Á no ser que le dejaran caer por juego, ó que le mataran por pereza, no creo yo que haya que temer por el hombrecito. Él es listo, y bien enseñado está, y, sobre todo, cuenta con sus ojos, que atemorizan á todo el Pueblo de la Selva. Pero (y hay que reconocer que grave mal es éste) se halla en poder de los _Bandar-log_, que como viven en los árboles, no tienen miedo á nuestra gente. Bagheera se lamió, al decir esto, una de sus patas delanteras con aire preocupado.
--¡Tonto de mí! ¡Oh! ¡Cuán obeso, moreno y estúpido desenterrador de raíces soy! dijo Baloo desenroscándose de un brinco. Gran verdad es lo que afirma Hathi, el elefante salvaje, cuando dice que «cada uno tiene su miedo peculiar». Pues bien: ellos, los _Bandar-log_ temen á Kaa, la serpiente de la Peña. Se encarama tan bien como ellos; les roba sus pequeñuelos por la noche... Su sólo nombre basta para helarles de espanto hasta las endiabladas colas. Vamos á ver á Kaa.
--¿Y qué va á hacer? No es de nuestra tribu, puesto que no tiene patas... y, además, la maldad está escrita en sus ojos, dijo Bagheera.
--Es muy vieja y muy astuta. Ante todo hay que pensar en que siempre está hambrienta, contestó Baloo esperanzado. Prométele muchas cabras.
--En cuanto come una, duerme un mes entero. Bien pudiera ser que estuviera durmiendo ahora; pero ¿y si se le antojara preferir el matar las cabras por su propia cuenta? Bagheera, que sabía muy poco de Kaa, se inclinaba, naturalmente, á la desconfianza.
--En tal caso, tú y yo juntos, vieja cazadora, la haríamos entrar en razón. Aquí Baloo frotó su hombro, de desteñido color moreno, contra la pantera, y ambos se alejaron en busca de Kaa, la serpiente pitón de la Peña.
Halláronla tendida al sol en el tibio reborde de una roca, recreándose en la contemplación de su hermosa piel nueva, porque acababa de pasar, cambiándola, diez días en el más completo retiro, y ahora estaba verdaderamente espléndida, con la enorme cabeza roma á lo largo del suelo, enroscado en fantásticos nudos y curvas el cuerpo de nueve metros de largo, y relamiéndose al pensar en la próxima comida.
--Está en ayunas, dijo Baloo con un gruñido de satisfacción, en cuanto vió la hermosa piel moteada de amarillo y de color de tierra. ¡Mucho cuidado, Bagheera! Queda siempre medio ciega después del cambio de piel, y ataca con la mayor facilidad.
No era Kaa serpiente venenosa (y la verdad es que despreciaba por cobardes á las de tal clase); pero su poder estribaba en su fuerza de presión, y cuando ella había envuelto á alguien en sus enormes anillos, bien podía darse ya por terminada toda lucha.
--¡Buena caza! gritó Baloo sentándose sobre sus cuartos traseros. Como todas las serpientes de su especie, Kaa era bastante sorda y no oyó bien, al principio, lo que le decían. Enrollóse en forma de espiral por lo que pudiera ocurrir, conservando baja la cabeza.
--¡Buena caza para todos! contestó. ¡Ah! ¿Eres tú, Baloo? ¿Y qué haces aquí? ¡Buena caza, Bagheera! Cuando menos uno de nosotros necesita comer. ¿Sabéis si hay por ahí algo á mano? ¿Algún gamo, por ejemplo, aunque sea joven? Estoy vacía como un pozo seco.
--De caza vamos, dijo Baloo como al descuido, porque bien sabía que con Kaa no hay que apresurarse: es harto grande para andar con prisas.
--Permitidme que vaya con vosotros, dijo Kaa. Un zarpazo de más ó de menos nada significa para Bagheera y Baloo; pero yo... yo he de esperar días y días en alguna senda del bosque, ó pasar media noche encaramándome á los árboles, para tener la suerte de tropezar con algún mono joven. _¡Pss naw!_ Las ramas no son ya como cuando yo era joven. Las más tiernas están podridas, y secas las mayores.
--Acaso tu enorme peso tenga algo que ver con este asunto, dijo Baloo.
--Sí, no me falta longitud...no me falta... contestó Kaa con cierto orgullo. Pero, con todo, no es mía la culpa, sino del ramaje nuevo. En mi última cacería poco faltó... muy poco... para que me cayera, y, como mi cola no rodeaba el tronco del árbol, el ruido que produje despertó á los _Bandar-log_, que comenzaron á insultarme.
--Lombriz de tierra, amarilla y sin patas, dijo, entre dientes, Bagheera, como si tratara de recordar algo.
--_¡Sssss!_ ¿Me han llamado eso alguna vez? dijo Kaa.
--Algo parecido es lo que nos gritaron á nosotros en el último cuarto de luna que ha pasado, pero ningún caso les hicimos. Son capaces de decir cualquier cosa... hasta que te has quedado sin dientes, y que no te atreves á hacer frente á cualquier cosa que sea mayor que un cabrito, porque... (vamos que esos _Bandar-log_ son unos desvergonzados)... porque les tienes miedo á los cuernos, siguió diciendo con suavidad Bagheera.
Ahora bien: una serpiente, sobre todo una tan circunspecta serpiente pitón como era Kaa, raras veces da muestras de estar incomodada; pero Baloo y Bagheera pudieron ver entonces cómo se movían é hinchaban á cada lado del cuello de Kaa sus enormes músculos.
--Los _Bandar-log_ han huído de su acostumbrado terreno, dijo con voz baja. Cuando hoy salí á tomar el sol, oí sus gritos entre las copas de los árboles.
--Precisamente... precisamente vamos siguiendo su pista, contestó Baloo; pero las palabras se le atascaron en la garganta, porque aquélla era la primera vez, si la memoria no le engañaba, que alguien perteneciente al Pueblo de la Selva confesaba su interés por algo que pudieran hacer los monos.
--Indudablemente no dejará de ser importante lo que obliga á dos cazadores como vosotros, que sois jefes y directores entre los vuestros, á seguir los pasos de los _Bandar-log_, replicó Kaa cortesmente, llena de curiosidad.
--En honor de la verdad, comenzó á decir Baloo, yo no soy más que el anciano, y á veces bastante tonto, Maestro de la Ley, encargado de enseñársela á los lobatos de Seeonee, y Bagheera que aquí está presente...
--Es Bagheera, dijo la pantera negra, cerrando ambas quijadas con un castañeteo, porque no estaba ella para modestias. Lo que nos ocurre es esto, Kaa: esos ladrones de nueces y de hojas de palmera nos han robado á nuestro hombrecito, del cual acaso hayas oido hablar.
--Algo le oí á Ikki (cuyas púas le hacen ser muy presuntuoso) de una especie de hombre que fué admitido en una manada de lobos; pero yo no creí nada de eso. Ikki anda siempre con cuentos que oye mal y cuenta peor.
--Pero en este caso ha dicho la verdad. El hombrecito es tal que jamás hubo otro como él, dijo Baloo. El mejor, el más listo y más gallardo de todos... mi discípulo, que hará famoso en todas las selvas el nombre de Baloo... y, vaya, que yo... ó, mejor dicho, que nosotros... le queremos de veras, Kaa.
--_¡Ts! ¡Ts!_ contestó ésta sacudiendo la cabeza; también yo he sabido lo que es querer. ¡Podría contaros cosas que...!
--Que reclaman una noche clara y el estómago lleno para apreciarlas debidamente, dijo con prontitud Bagheera. Nuestro hombrecito está ahora en poder de los _Bandar-log_, y nos consta que de todo el Pueblo de la Selva no temen ellos á nadie más que á Kaa.
--Á nadie más que á mí. Y no les falta razón, dijo Kaa. Charlatanes, locos y vanos... vanos, locos y charlatanes: así son los monos. Pero si algo humano se halla entre ellos, está en peligro. La nuez que cogen les cansa pronto, y la tiran. Llevarán una rama durante medio día, proponiéndose hacer con ella grandes cosas, y luego la partirán en dos pedazos. En verdad que el hombrecito ese no es digno de envidia. Al insultarme ¿no me llamaron también _pez amarillo_...? ¿eh?
--Lombriz... lombriz... lombriz de tierra, dijo Bagheera,... y otras cosas más que no puedo repetir ahora por vergüenza.
--Habrá que enseñarles á hablar con más respeto de su maestro. _¡Aaa-sss!_ Tendremos que refrescarles algo la memoria. Pero, decidme ¿y á donde se os llevaron el cachorro?
--Sólo la selva puede saberlo. Creo que hacia el lado por donde se pone el sol. Pensábamos nosotros que tú lo sabrías, Kaa.
--¿Yo? ¿Y cómo? Suelo apoderarme de ellos cuando se me ponen al paso, pero no voy á cazar á los _Bandar-log_, ni á las ranas... ó á esa espuma verde que hay en las lagunas, y que, para el caso, es lo mismo.
--¡Eh!, ¡eh!, ¡eh!, ¡Arriba!, ¡arriba! ¡Mira hacia arriba, Baloo, de la manada de Seeonee!
Baloo miró hacia lo alto para ver de donde venía la voz que le llamaba, y vió á Rann, el milano, que descendía barriendo el espacio con las alas desplegadas, en cuyos bordes, vueltos hacia arriba, brillaba la luz del sol. Era ya casi para Rann la hora del sueño, pero hasta entonces había estado buscando á Baloo por toda la selva, sin lograr hallarle, por culpa de lo espeso que era el ramaje.
--¿Qué hay?, dijo Baloo.
--He visto á Mowgli entre los _Bandar-log_. El mismo me encargó que te lo dijera. He estado en acecho: se lo han llevado al otro lado del río... á la ciudad de los monos... á las Moradas Frías. Lo mismo pueden quedarse allí una noche que diez, ó que un rato. He encargado á los murciélagos que vigilaran durante las horas de obscuridad. Esto es cuanto tengo que decirte. ¡Buena suerte para todos!
--¡Buena suerte, que te llenes el buche y duermas bien, Rann!, gritó Bagheera. No me olvidaré de tí en mi próxima caza: la cabeza de lo que mate, para tí quedará reservada, porque eres el mejor de todos los milanos.
--Lo que he hecho no es nada... no es nada. El muchacho se acordó de decir las _Palabras Mágicas_, y yo no podía menos de cumplir con mi deber, contestó Rann elevándose por los aires trazando círculos, para dirigirse luego á su escondrijo.
--¡Vamos, veo que no ha perdido la lengua!, dijo Baloo, con sonrisa de satisfacción y orgullo. ¡Y pensar que, siendo tan joven, se ha acordado de las _Palabras Mágicas_ que sirven para los pájaros, en el preciso instante en que le llevaban á través de los árboles!
--¡Bien se lo metiste en la cabeza!, contestó Bagheera. Pero estoy orgullosa de él. Y ahora vamos á las Moradas Frías.
Todo el Pueblo de la Selva sabía donde estaba este sitio, pero ninguno de ellos iba nunca allí, porque lo que llamaban las Moradas Frías era una antigua ciudad abandonada, perdida y enterrada en la selva, y pocas veces se ve que las fieras usen un sitio donde antes estuvieron los hombres. Lo hará el jabalí; pero no las tribus cazadoras. Por otra parte, los mismos monos vivían allí tan poco como en cualquier otro punto fijo, y ningún animal que se respetara algo se hubiera acercado hasta la distancia que alcanza la vista, excepto en épocas de sequía, cuando las medio arruinadas cisternas y los estanques conservaban un poco de agua.
--La jornada se nos llevará media noche... yendo á toda velocidad, dijo Bagheera, con lo cual Baloo se puso muy serio.
--Iré tan aprisa como pueda, contestó lleno de ansiedad.
--No nos atrevemos á esperarte: síguenos, Baloo. Kaa y yo no podemos ir á paso tardo.
--Tenga pies ó no, puedo yo correr tanto como tú con los cuatro que tienes, dijo Kaa lacónicamente.
Esforzóse Baloo en acelerar el paso; pero tuvo que sentarse echando los bofes; y así, le dejaron para que fuera más despacio, mientras Bagheera se adelantaba con el rápido galope propio de la pantera. Kaa no dijo una palabra; pero por mucho que corriera Bagheera, la enorme serpiente pitón de la Peña no se dejaba adelantar. Venció Bagheera al llegar á un torrente lleno de agua, porque ella lo pasó de un salto, mientras Kaa tenía que nadar, fuera del agua la cabeza y una pequeña parte del cuello; pero, al llegar á tierra, pronto la serpiente recuperó lo perdido.
--¡Por el cerrojo que me dió la libertad (dijo Bagheera al desvanecerse la última luz del crepúsculo), te aseguro que eres buena andadora!
--Tengo hambre, dijo Kaa. Por otra parte, me han llamado rana con manchas...
--Lombriz... lombriz de tierra... y amarilla por añadidura.
--Lo mismo da. Sigamos. Y Kaa parecía derramarse toda ella por encima de la tierra, buscando con ojo seguro el camino más corto, y siguiéndolo estrictamente.
Allá en las Moradas Frías, en lo que menos podían pensar los monos era en los amigos de Mowgli. Lleváronse al muchacho á la ciudad perdida, y con eso se quedaron muy satisfechos de momento. No había visto Mowgli, hasta entonces, ninguna ciudad india, y aunque aquélla no fuera ya más que un montón de ruinas, túvola por espléndida y maravillosa. Edificóla un rey, tiempo atrás, en la cumbre de una colina, y aún podían adivinarse las calzadas de piedra que conducían á las destrozadas puertas, cuyas últimas astillas colgaban de los goznes, comidos por el moho. Crecían árboles á uno y otro lado de las paredes; caídas y hechas pedazos estaban las almenas, y silvestres enredaderas pendían de las ventanas, á lo largo de los muros, en grandes y apretadas masas.
Coronaba la colina un gran palacio sin techo; el mármol de los patios y fuentes estaba rajado y cubierto de manchas rojas y verdes; y hasta en los mismos sitios empedrados de los patios donde solían vivir los elefantes del rey, las piedras habían sido separadas unas de otras por la hierba y por los árboles nuevos que entre ellas crecían. Desde el palacio podían verse innumerables hileras de casas sin techo, que habían constituído la ciudad y eran ahora como destapadas colmenas que sólo llenaban negras sombras; la informe piedra que había sido un ídolo, en la plaza donde cuatro avenidas desembocaban; los hoyos y hoyuelos en las esquinas de las calles, donde existieron en otro tiempo los pozos públicos; y las rotas cúpulas de los templos con higueras silvestres que crecían á los lados. Llamaban los monos á este sitio su ciudad, y despreciaban al Pueblo de la Selva porque vivía en el bosque. Y, sin embargo, jamás supieron para qué se habían levantado aquellos edificios ni cómo habían de usarlos. Sentábanse formando círculos en la antecámara de la real sala del Consejo, y se rascaban buscando pulgas y echándoselas de hombres; ó bien entraban y salían, corriendo, de aquellas casas sin techo, y recogían pedazos de yeso y ladrillos viejos, llevándolos á un rincón, para olvidarse después del sitio donde los habían escondido y comenzar á pelearse y á gritar en vacilantes grupos, poniéndose luego, de pronto, á jugar, subiendo y bajando de las terrazas del jardín real, y sacudiendo los rosales y los naranjos por diversión, para ver caer las flores y los frutos. Habían explorado todos los pasadizos y caminos subterráneos que existían en el palacio, los centenares de obscuras salitas; pero jamás se acordaron de lo que habían visto ó dejado de ver, y así se paseaban de uno en uno, de dos en dos ó por grupos, diciéndose unos á otros que hacían lo mismo que los hombres hacen. Bebían en las cisternas, ensuciaban el agua, armaban peleas por ello, y luego, en montón, lanzábanse juntos gritando: «No hay nadie en la selva tan sabio, tan bueno, tan listo, tan fuerte y comedido como los _Bandar-log_». Entonces volvían á las andadas, hasta que, al fin, se cansaban de estar en la ciudad, y regresaban á las copas de los árboles, con la esperanza de que el Pueblo de la Selva se fijaría en ellos.
Á Mowgli, que había sido educado conforme á la Ley de la Selva, no le gustó este género de vida, ni llegó á entenderla. La tarde tocaba ya á su fin cuando los monos se lo llevaron á las Moradas Frías, y en vez de irse á dormir, como Mowgli hubiera hecho después del largo viaje, cogiéronse de las manos y comenzaron á bailar y á cantar las más descabelladas canciones. Uno de los monos les echó un discurso, en el cual les dijo que la captura de Mowgli marcaba una nueva etapa en la historia de los _Bandar-log_, porque iba á enseñarles el modo de formar, juntando palos y cañas, un refugio contra la lluvia y el frío. Mowgli cogió algunas enredaderas y comenzó á entretejerlas, al paso que los monos trataban de imitarle; pero, al cabo de pocos minutos, había dejado ya de interesarles aquello, y se estiraban unos á otros la cola, ó saltaban puestos de cuatro patas y tosiendo.
--Quisiera comer, dijo Mowgli. En esta parte de la selva soy forastero. Dadme, pues, comida ó permiso para cazar aquí.
Veinte ó treinta monos saltaron en seguida fuera del recinto, para traerle nueces y papayas silvestres; pero se enredaron en una pelea por el camino, y les pareció luego demasiada molestia el volver con los restos de aquellos frutos. Mowgli sentía el cuerpo adolorido, estaba tan malhumorado como hambriento, y anduvo errante por la ciudad abandonada, lanzando de cuando en cuando el grito de caza de los forasteros; pero, como nadie le contestara, se convenció de que verdaderamente había ido á parar á malísimo sitio.
--Cuanto dijo Baloo respecto á los _Bandar-log_ no es más que la verdad, pensó. No tienen Ley, ni grito de caza, ni jefes... nada más que loca palabrería y unas manos muy pequeñas y muy ladronas. Por lo tanto, si me matan de hambre, ó de cualquier otro modo, á nadie podré culpar más que á mí mismo. Pero yo he de hacer lo posible para volver á mi propia selva. Baloo me pegará, de fijo, mas prefiero eso que ir á caza de pétalos de rosa en compañía de los _Bandar-log_.
No bien hubo llegado á las murallas de la ciudad, hiciéronle retroceder los monos, diciéndole que no sabía él la felicidad que le había caído con estar allí, y pellizcándole para enseñarle á ser agradecido. Apretó él los dientes y nada dijo; pero fué, entre el alboroto producido por los monos, á una terraza colocada sobre los depósitos de piedra roja destinados al agua, y que se hallaban entonces á medio llenar. Había allí, en mitad de la terraza, una glorieta de mármol blanco construída para uso de reinas que murieron cien años ha. El techo, en forma de cúpula, estaba medio hundido, y, al caer, había cerrado el pasadizo subterráneo que comunicaba con el palacio, abierto, en otro tiempo, para que por él pudieran pasar las reinas; pero las paredes estaban hechas de una especie de biombos de mármol recortado, hermosísima labor cincelada, blanca como la leche, y con incrustaciones de ágata, cornalina, jaspe y lapislázuli; y cuando la luna se asomó por detrás de la colina, brilló á través de los calados, proyectando sobre el suelo sombras parecidas á un bordado de terciopelo negro. Por más derrengado, soñoliento y muerto de hambre que estuviera Mowgli no pudo menos de reirse cuando veinte, á la vez, de los _Bandar-log_ comenzaron á decirle lo grandes, sabios, fuertes y discretos que eran, y la locura que él había cometido al intentar separarse de ellos.
--Somos grandes; somos libres; somos admirables. Somos el más admirable pueblo que hay en toda la Selva. Todos lo decimos, y, por lo tanto, no puede menos de ser verdad, gritaban. Ahora bien: como es la primera vez que puedes escucharnos y has de tener ocasión de repetir nuestras palabras al Pueblo de la Selva para que en lo futuro se fije en nosotros, vamos á decirte cuanto se refiere á nuestras importantísimas personalidades.
Nada objetó Mowgli á esto, y los monos se reunieron por centenares en la terraza para escuchar á sus propios oradores, que cantaban alabanzas á los _Bandar-log_, y cuantas veces ocurría que uno de los oradores callara, por un instante, para tomar aliento, gritaban todos á la vez:
--¡Cierto es! ¡Lo mismo opinamos nosotros! Mowgli movía la cabeza en señal de asentimiento y parpadeaba, añadiendo un _sí_ cuando le preguntaban algo y sentía que la cabeza se le iba, aturdido por el alboroto.
--Tabaqui, el chacal, debe de haber mordido á todos éstos, y ahora se han vuelto locos. Verdaderamente eso es _dewanee_, la locura. ¿Pero esta gente no duerme? Por allá asoma una nube que cubrirá á la luna. Si la nube fuera bastante grande, quizá podría escaparme valiéndome de la obscuridad. Pero me siento fatigado.