El libro de las tierras vírgenes
Part 6
También dos amigos de Mowgli contemplaban aquella misma nube desde los medio cegados fosos que circundaban las murallas de la ciudad, porque, sabiendo lo peligroso que era el habérselas con el Pueblo de los Monos cuando éstos se juntaban en crecido número, Bagheera y Kaa no querían arriesgarse demasiado. Jamás los monos aceptan la lucha como no sea en la proporción de ciento contra uno, y pocos son en la Selva los que se avienen con tan desiguales condiciones.
--Iré hacia el lado oeste de la muralla, dijo Kaa en voz tan baja que parecía leve susurro, y desde allí me lanzaré rápidamente aprovechando el declive del terreno. Á mí no podrán echárseme encima á centenares; pero...
--Ya sé lo que hay qué hacer. ¡Si Baloo estuviera aquí!... Mas habrá que limitarse á lo que se pueda. Cuando esa nube pase por delante de la luna, cubriéndola, yo iré á la terraza. Allí celebran una especie de Consejo para hablar del muchacho.
--¡Buena caza! dijo Kaa con aire feroz, y se deslizó suavemente hacia el lado occidental del muro. Casualmente era éste el que se hallaba en mejor estado, y la enorme serpiente tardó algo en hallar camino practicable por entre las piedras.
La luna quedó cubierta por la nube, y cuando Mowgli se preguntaba qué iba á pasar allí entonces, oyó los pasos ligerísimos de Bagheera que estaba ya en la terraza. La pantera negra había subido el declive casi sin ruido alguno, y empezó á repartir golpes (porque comprendió que morder era perder el tiempo) á diestro y siniestro entre la multitud de monos, que se hallaban sentados alrededor de Mowgli en círculos de cincuenta ó sesenta de fondo. Sonó un aullido general de miedo y de rabia, y entonces, como Bagheera tropezara con los cuerpos que rodaban por el suelo pateando debajo del suyo, uno de los monos gritó:
--¡No es más que uno sólo! ¡Matadle! ¡Matadle!
Desordenada masa de monos, mordiendo, arañando, rasgando y arrancando cuanto podía, precipitóse sobre Bagheera, mientras cinco ó seis se apoderaban de Mowgli, lo arrastraban hacia lo alto de la glorieta, y lo metían por el agujero de la rota cúpula, dejándole caer. Cualquier muchacho educado entre los hombres hubiérase lastimado grandemente, porque la caída era desde cuatro metros de altura, por lo menos; pero Mowgli cayó como Baloo le había enseñado á hacer: de pie.
--Quédate aquí, le gritaron los monos, hasta que hayamos matado á tus amigos, y más tarde vendremos á jugar contigo... si el Pueblo Venenoso te ha dejado con vida.
--¡Vosotros y yo somos de la misma sangre! dijo Mowgli, apresurándose á pronunciar las Palabras Mágicas que sirven para las serpientes. Podía oir distintamente roces y silbidos entre los escombros que le rodeaban, y así, para mejor asegurarse, volvió á gritar lo mismo.
--¡Verdad _esss_! ¡Abajo las capuchas, vosotras! dijeron media docena de voces muy bajas (cada sitio en ruinas se convierte en la India, tarde ó temprano, en morada de serpientes, y la antigua glorieta estaba hecha un hormiguero de cobras). Estate quieto, Hermanito, porque tus pies podrían lastimarnos.
Mowgli procuró no moverse lo más mínimo, mirando á través de los calados de mármol y escuchando el ruido de la furiosa lucha contra la pantera negra: los aullidos, el rechinar de dientes y el golpear de la refriega, el hondo, ronco resoplido de Bagheera mientras retrocedía, avanzaba, revolvíase ó se hundía bajo las enormes masas de sus enemigos. Por la primera vez en su vida, Bagheera no luchaba ya más que para salvar su pellejo.
--Baloo debe de andar por ahí cerca, porque Bagheera no se hubiera atrevido á venir sola, pensó Mowgli; y entonces gritó:
--¡Á las cisternas, Bagheera, á las cisternas! ¡Vé y zambúllete dentro! ¡Al agua!
Oyó Bagheera la voz, y, comprendiendo que Mowgli estaba á salvo, sintió renacer sus fuerzas. Desesperadamente, palmo á palmo, abrióse camino en dirección de las cisternas, repartiendo golpes en silencio. Entonces, desde el muro en ruinas más próximo á la selva, elevóse el rugiente grito de guerra de Baloo. El buen oso había hecho todo lo posible; pero, aún así, no pudo llegar antes.
--¡Bagheera, aquí estoy! gritó. ¡Ya subo! ¡Corro á ayudarte! _¡Ahuwora!_ ¡Resbalan las piedras bajo mis plantas; pero espérame! ¡Oh, infames _Bandar-log_!
Llegó, casi sin aliento, á la terraza, y su cuerpo desapareció, en seguida, hasta la altura de la cabeza, en una verdadera oleada de monos; pero plantóse resueltamente en dos pies, y, abriendo los brazos, cogió entre ellos el mayor número posible de enemigos, y comenzó á golpearlos con un continuo _¡paf! ¡paf! ¡paf!_, parecido al chapoteo de una rueda de palas. El ruido de algo que cae en el agua advirtió á Mowgli de que Bagheera se había abierto paso hasta llegar á la cisterna, en la cual no podían ya perseguirla los monos.
Estaba echada la pantera, con agua hasta el cuello, respirando ansiosamente por la abierta boca, mientras los monos la vigilaban, desde los rojos escalones, en filas de á tres de fondo, subiendo y bajando rabiosamente, prontos á saltar sobre ella, desde todos los lados á la vez, en cuanto intentara salir para ir en ayuda de Baloo. Entonces fué cuando levantó Bagheera la cabeza, chorreándole el agua desde la barba, y, perdida ya toda esperanza, lanzó, en busca de protección, el grito que sirve para las serpientes: «Tú y yo somos de la misma sangre», porque creyó que, en el último momento, Kaa se había vuelto atrás. Hasta Baloo, medio ahogado bajo la masa de monos que le detenía en el borde de la terraza, no pudo menos de reirse cuando oyó á la pantera negra pidiendo auxilio.
Estaba Kaa, en aquellos precisos instantes, acabando de abrirse paso por entre el muro situado hacia el oeste, y, con el último esfuerzo que hizo para trasponerlo, produjo el desprendimiento de una de las piedras de la albardilla, que fué á parar al foso. No quería desperdiciar ni una sola de las ventajas que le proporcionaba el terreno, y así se enroscó y desenroscó una ó dos veces, para cerciorarse de que todo su larguísimo cuerpo estaba en disposición de trabajar con lucimiento.
Hizo esto mientras se verificaba la lucha en que Baloo representaba el principal papel; mientras aullaban los monos en la cisterna alrededor de Bagheera, y Mang, el murciélago, volando de un lado á otro, esparcía noticias de la gran batalla por toda la Selva, de tal suerte que hasta Hathi, el elefante salvaje, comenzó á dar bramidos, y, á lo lejos, dispersos grupos de monos que despertaron fueron, brincando por los árboles, á ayudar á sus compañeros de las Moradas Frías, al propio tiempo que todas las aves diurnas de algunas leguas á la redonda poníanse alerta. Entonces Kaa atacó en línea recta, rápidamente, sintiendo el vivo deseo de matar. Todo el poder que en la lucha tiene una serpiente pitón estriba en el empuje con que su cabeza embiste, apoyada por el fuerte y pesado cuerpo. Si os imagináis una lanza, un ariete ó un martillo que pese media tonelada y pueda ser movido por una inteligencia fría, calmosa, que viva en el asta ó mango, tendréis aproximada idea de lo que era Kaa en el terreno de la lucha. Una serpiente pitón que mida nada más que un metro ó metro y medio de longitud puede muy bien derribar á un hombre, si se lanza contra él de frente, dándole en mitad del pecho, y ya recordaréis que Kaa tenía nueve metros de largo. Su primera embestida fué contra el centro de la imponente masa que rodeaba á Baloo: fué una embestida á boca cerrada, silenciosa, y no necesitó ir acompañada de la segunda. Los monos huyeron á la desbandada, gritando: ¡Kaa! ¡Es Kaa! ¡Corred! ¡Corred!
Generaciones enteras de monos habían aprendido á portarse debidamente gracias á los cuentos que de Kaa les contaban sus mayores, de aquella ladrona nocturna que podía deslizarse á lo largo de las ramas con el mismo silencio con que el musgo crece, y llevarse consigo el mono más fuerte de cuantos jamás vivieron en el mundo; de la vieja Kaa, que tan fácilmente podía tomar el aspecto de una rama muerta ó de un carcomido tronco de árbol, de tal suerte que los más hábiles podían engañarse, hasta que la rama se apoderaba de ellos. Kaa era para los monos lo más temible de toda la selva, porque ninguno de ellos sabía hasta donde llegaba su poderío; ninguno se atrevía á mirarla cara á cara; y ninguno, tampoco, salió nunca con vida de entre sus anillos. Así fué que, muertos de miedo, huyeron hacia los muros ó los techos de las casas, y Baloo pudo respirar, al fin. Su piel era más gruesa que la de Bagheera; pero había sufrido gravemente en la lucha. Abrió entonces Kaa la boca, por primera vez, produjo largo silbido, que era una de sus palabras, y los monos que desde lejos acudían presurosos en defensa de sus compañeros de las Moradas Frías, quedáronse en el mismo sitio donde se hallaban, completamente acobardados, hasta que con su peso dobláronse y crujieron las ramas. Los que estaban sobre los muros y casas vacías cesaron en su gritería, y en medio del reposo que reinó en la ciudad, Mowgli pudo oir á Bagheera sacudiéndose de encima el agua, al salir de la cisterna.
Estalló, entonces, de nuevo, el clamoreo de antes. Encaramáronse por las paredes los monos á mayor altura; agarráronse al cuello de los grandes ídolos de piedra, y chillaron saltando por los almenados muros; mientras Mowgli, bailoteando en la glorieta, miraba por los calados de mármol, y graznaba como un buho en son de burla y para demostrar su alegría.
--Saca al hombrecito fuera de esa trampa, que yo nada más puedo hacer ya, dijo Bagheera sin aliento casi. Cojámoslo y vamos. Podría ser que volvieran á atacarnos.
--No se moverán hasta que yo se lo mande. ¡Quietos!; _¡Asssí!_ Silbó Kaa estas palabras, y la ciudad quedó en silencio una vez más. Y continuó Kaa, dirigiéndose á Bagheera:
--No pude venir antes, hermana; pero me parece que te oí llamar...
--Acaso... acaso haya gritado en medio de la refriega, contestó Bagheera. Baloo ¿te han hecho daño?
--No estoy muy seguro de que, de tanto estirarme, no me hayan convertido en un centenar de diminutos oseznos, contestó gravemente Baloo, alargando primero una pata y después otra. _¡Wow!_ Tengo todo el cuerpo adolorido... Creo que á tí, Kaa, te debemos la vida Bagheera y yo...
--No importa. ¿Donde está el hombrecito?
--¡Aquí, en la trampa! No puedo encaramarme para salir de ella, gritó Mowgli, que veía sobre su cabeza la curva de la rota cúpula.
--Sacadle de aquí. Está bailando como Mao, el pavo real, y va á aplastar á nuestros pequeñuelos, dijeron desde adentro las cobras.
--¡Ja¡ ¡Ja! exclamó Kaa riendo, en todas partes tiene amigos este hombrecito. Échate un poco para atrás. Y vosotros, Pueblo Venenoso, escondeos. Voy á derribar la pared.
Practicó Kaa un detenido examen hasta descubrir en los calados de mármol una grieta que indicaba un punto débil; dió encima dos ó tres golpecitos con la cabeza para calcular así la distancia conveniente, y entonces, levantando del suelo por completo el cuerpo, en una longitud de cerca de dos metros, dió con toda su fuerza media docena de terribles golpes en que la nariz fué lo primero que pegó contra el mármol. La glorieta se hizo pedazos, que cayeron envueltos en una nube de polvo y de escombros, y Mowgli saltó por el boquete abierto, arrojándose entre Baloo y Bagheera, y pasando un brazo alrededor del cuello de cada uno.
--¿Te han hecho daño? dijo Baloo, abrazándole tiernamente.
--Todo el cuerpo me duele, tengo hambre y estoy lleno de cardenales; pero ¡oh! ¡cómo os han puesto á vosotros! Estáis cubiertos de sangre.
--También otros lo están, contestó Bagheera relamiéndose y mirando el gran número de monos muertos que había en la terraza, en torno de la cisterna.
--¡Eso no es nada... no es nada! ¡Lo principal es que tú te hayas salvado, ranita mía, orgullo mío!
--Ya hablaremos de eso después, dijo Bagheera, tan secamente que no gustó á Mowgli poco ni mucho. Pero ahí está Kaa, á la cual debemos, tú la vida, y nosotros el haber ganado la batalla. Dale las gracias, según nuestra costumbre, Mowgli.
Volvióse éste y vió, á poquísima distancia de su cabeza, á la gran serpiente pitón, que balanceaba la suya.
--De modo que éste es el hombrecito, dijo Kaa. Muy fina tiene la piel, y en realidad no deja de parecerse algo á los _Bandar-log_. Cuida, hombrecito, de que algún día, allá á la hora del crepúsculo, al acabar de cambiar yo la piel, no me equivoque y te tome por un mono.
--Tú y yo somos de la misma sangre, contestó Mowgli. La vida me salvaste esta noche; lo que yo mate en la caza será para tí, Kaa, siempre que sientas hambre.
--Mil gracias, Hermanito, dijo Kaa, cuyos ojos brillaron maliciosamente. ¿Y qué es lo que puede matar tan fiero cazador? Desde ahora pido permiso para seguirle cuando vaya de cacería.
--Nada mato... soy demasiado pequeño para ello... pero acorralo las cabras haciéndolas ir hacia el sitio en que están los que pueden apoderarse de ellas. Cuando tengas el vientre vacío vente conmigo y verás si te engaño. Tengo cierta destreza en el manejo de éstas (y al decirlo mostraba sus manos), y, si algún día llegas á caer en una trampa, podría ser que te pagara entonces la deuda que tengo contraída contigo, con Bagheera y con Baloo, aquí presentes. ¡Buena suerte para todos, maestros míos!
[Ilustración]
--¡Bien dicho! gruñó Baloo, al ver la habilidad con que Mowgli había dado las gracias. En cuanto á la serpiente pitón, dejó caer por un momento y muy blandamente su cabeza sobre el hombro del muchacho, diciéndole:
--Tan grande tienes el corazón como cortés es tu lengua. Ambos han de llevarte muy lejos en la Selva, hombrecito; pero ahora márchate pronto de aquí con tus amigos. Márchate y vete á dormir, porque la luna va á dejarnos ya, y no es bien que veas lo que va á suceder.
Hundíase la luna tras las colinas, y las filas de monos, temblando de miedo, agrupados sobre los muros y almenas, parecían entonces la rota y movible orla de aquel escenario. Baloo dirigióse á la cisterna para beber; Bagheera comenzó á alisarse la piel, y Kaa se deslizó hasta el centro de la terraza, cerrando la boca con sonoro chasquido que atrajo las miradas de todos los monos.
--La luna se esconde, dijo. ¿Queda aún suficiente luz para que me veáis?
Llegó de los muros una especie de gemido semejante al que produce el viento en las copas de los árboles:
--Ya te vemos, Kaa, se oyó.
--Bien. Ahora empieza la danza... la Danza del Hambre de Kaa. Estaos quietos y mirad.
Enroscóse dos ó tres veces en forma de enorme círculo, balanceando la cabeza de derecha á izquierda. Luego púsose á formar con el cuerpo óvalos y ochos, viscosos triángulos de vértices romos que se convertían en cuadrados y pentágonos, y torres hechas de anillos, no descansando un momento, no apresurándose nunca, ni cesando el zumbido de su canción especial. Fué oscureciendo más y más, hasta que, al fin, dejaron de verse las cambiantes ondulaciones de la serpiente; pero podía aún oirse el ruido que producían sus escamas.
Quedáronse parados Baloo y Bagheera como si de piedra fueran, lanzando sordos aullidos guturales, y erizados los pelos del cuello. Mowgli miraba sorprendido.
--_Bandar-log_, dijo, al fin, Kaa, ¿podéis mover pie ni mano sin que yo os lo mande? ¡Hablad!
--Sin orden tuya no podemos, Kaa.
--¡Bien! Dad un paso. Acercaos.
Las hileras de monos se inclinaron, sin fuerzas ya, hacia adelante, y al propio tiempo que ellas, Baloo y Bagheera dieron también un paso inconscientemente.
--¡Más cerca! silbó Kaa, y todos se movieron de nuevo.
Puso Mowgli las manos sobre Baloo y Bagheera para apartarles de allí, y las dos enormes fieras echaron á andar como si despertaran de un sueño.
--No separes de mi hombro tu mano, murmuró Bagheera. No la separes, ó tendré que retroceder... tendré que ir á donde está Kaa. _¡Aah!_
--Pero si no hace más que trazar círculos sobre el suelo, dijo Mowgli. Vámonos. Y los tres se escaparon por un boquete abierto en las murallas, dirigiéndose á la selva.
--_¡Woof!_ dijo Baloo, al hallarse otra vez bajo los árboles. Nunca más buscaré á Kaa para aliada. Y sacudió todo su cuerpo.
--Sabe más que nosotros, dijo Bagheera temblando. Si llego á quedarme allí un rato más, voy á parar derecha á su garganta.
--Muchos serán los que á ella vayan á parar antes de que vuelva á salir la luna, dijo Baloo. ¡Bien va á cazar... á su modo!
--Pero ¿qué significaba todo aquello? preguntó Mowgli, que ignoraba el poder de fascinación que poseía Kaa. Yo no ví más que una enorme serpiente que trazaba círculos del modo más estúpido, hasta que quedamos en la obscuridad. Y tenía la nariz muy hinchada. ¡Jo! ¡Jo!
--Mowgli, díjole de muy mal humor Bagheera, si su nariz estaba hinchada, por tu culpa era, como, por tu culpa también, están mis orejas, mis costados, mis patas, y el cuello y hombros de Baloo llenos de mordiscos. Ni Baloo ni Bagheera podrán cazar á gusto en bastantes días.
--No importa, contestó Baloo, hemos recobrado al hombrecito.
--Cierto; pero nuestro tiempo nos cuesta, que hubiéramos podido emplear mucho mejor en una buena cacería; nuestras heridas; nuestro pelo (yo tengo medio pelada la espalda), y, finalmente, nuestra honra. Porque, acuérdate, Mowgli, de que yo, la pantera negra, me ví obligada á llamar en auxilio mío á Kaa, y Baloo y yo quedamos atontados como pajarillos al ver la Danza del Hambre, y todo eso, hombrecito, por haber ido tú á jugar con los _Bandar-log_.
--Es cierto, es cierto, dijo tristemente Mowgli. Soy un hombrecito muy malo, y aquí, en el estómago, siento la tristeza de haberlo sido.
--¡Je! ¿Qué dice la Ley de la Selva, Baloo?
No deseaba éste acumular más disgustos sobre Mowgli; pero tampoco podía jugar con la Ley, y así murmuró:
--El arrepentimiento no libra del castigo. Pero acuérdate, Bagheera, de que es aún muy pequeño, añadió.
--Ya me acuerdo; pero ha cometido una falta, y hay que pegarle. ¿Tienes algo que decir, Mowgli?
--Nada. Hice mal. Baloo y tú estáis heridos. Es justo.
Dióle entonces Bagheera media docena de golpes, ligeros y cariñosos juzgándolos con criterio de pantera y teniendo en cuenta que apenas hubieran despabilado á uno de sus cachorros; pero para un muchacho de siete años, era aquello tan fenomenal paliza que no la quisiérais, de fijo, para vosotros. Cuando hubo terminado, estornudó Mowgli y enderezóse nuevamente, sin decir palabra.
--Ahora, dijo Bagheera, siéntate en mi espalda, Hermanito, y volveremos á casa.
Una de las bellezas que pueden notarse en la Ley de la Selva es que el castigo salda definitivamente todas las cuentas pendientes, y no se vuelve ya á hablar del asunto.
Apoyó Mowgli la cabeza sobre la espalda de Bagheera y durmióse tan profundamente que ni siquiera despertó cuando le pusieron junto á mamá Loba en la caverna donde tenía su hogar.
[Ilustración]
=Canción de los Bandar-log al ponerse en camino.=
¡Hénos aquí como un festón flotante lanzado hacia la luna que le envidia! ¿No quisiérais ser uno de los nuestros? ¡Tener más de dos manos! ¡Qué delicia! ¿No envidiáis esta cola que parece un arco, el de Cupido? ¿Os gustaría? Consolaos, _hermanos: en vuestra espalda el rabo se adivina_.
¡Hénos aquí, sobre el ramaje quietos, bellezas meditando, en largas filas; soñando en grandes cosas, que al instante veréis en realidades convertidas; algo que ha de ser noble, y grande, y bueno... que sólo con quererlo se conquista. ¡Ya veréis!... Más, _hermanos, en vuestra espalda el rabo se adivina_.
Cuantas voces de fieras ó de aves, ó bien de los murciélagos que chillan (de animales de escamas, pluma ó pelo) hayamos escuchado en nuestra vida, mezclémoslas, digámoslas cien veces en rápida y confusa algarabía. ¡Magnífico, excelente! Procedemos como los hombres, al hablar, harían. ¿No lo somos?... _Hermanos, en vuestra espalda el rabo se adivina_.
Del Pueblo de los Monos usanzas éstas son, y ésta es la vida.
¡Venid entre los pinos, buscad la uva silvestre, venid, pues, con nosotros, formad en nuestras filas: notad, al despertarnos, el ruido que metemos y no dudéis que vamos á hacer cosas magníficas.
[Ilustración]
¡AL TIGRE! ¡AL TIGRE!
--¿Cómo fué la caza, fiero cazador? --Muy largo el acecho, y el frío era atroz. --¿Dónde está la pieza que fuíste á matar? --En la selva, hermano, pienso que estará. --¿Dónde está tu orgullo, dónde tu poder? --Por la herida huyeron ambos á la vez. --¿Por qué así corriendo vienes hacia mí? --¡Ay, hermano! Corro á casa... á morir.
Hemos de retroceder ahora hasta la época del primer cuento. Cuando abandonó Mowgli la caverna de los lobos, después de la lucha que sostuvo con la manada en el Consejo de la Peña, fuése hacia las tierras de labor donde vivían los campesinos; pero no quiso quedarse allí por hallarse demasiado cerca de la selva y por saber que en el Consejo había dejado, por lo menos, un enemigo acérrimo. Así, pues, apretó el paso siguiendo un mal camino que iba á parar hasta el valle, y no lo abandonó, corriendo al trote largo durante cosa de unas cinco leguas, hasta que llegó á un país que le era desconocido. El valle se abría allí convirtiéndose en gran llanura, salpicada de rocas y cortada á trechos por barrancos. Á un extremo veíase una aldea, y al otro la espesa selva descendía súbitamente hasta las tierras de pastos, parándose de golpe como si la hubieran cortado con la azada. Por toda la llanura pacían búfalos y ganado, y cuando los muchachos que los cuidaban vieron á Mowgli, comenzaron á gritar huyendo, mientras los amarillos perros vagabundos que andan siempre alrededor de toda aldea india pusiéronse á ladrar. Siguió Mowgli adelante, porque se sentía hambriento, y al llegar á la entrada del lugarejo, vió que el gran arbusto espinoso que colocaban frente á ella al oscurecer, para interceptar el paso, estaba entonces corrido hacia á un lado.
--¡Je! exclamó, porque más de una vez había ya tropezado con barreras semejantes en sus nocturnas correrías, cuando iba en busca de algo que comer. ¡De modo que también aquí tienen los hombres miedo del Pueblo de la Selva!
Sentóse junto á la entrada, y cuando vió venir á un hombre, levantóse, abrió la boca y señaló hacia el interior de ella para significar que necesitaba comida. Miró el hombre y retrocedió corriendo por la única calle de la aldea, llamando á grandes voces al sacerdote, que era alto y gordo, iba vestido de blanco y llevaba en la frente una señal roja y amarilla. Acudió éste, y con él unas cien personas más, mirando, hablando y dando gritos mientras señalaban hacia Mowgli.
--¡Qué mal educado está el Pueblo de los Hombres! se dijo el muchacho. Sólo los monos grises harían semejantes cosas. Así, apartó hacia atrás su larga cabellera, y púsose á mirarles ceñudo, malhumorado.
--¿Pero de qué tenéis miedo, dijo el sacerdote? Mirad esas señales que tiene en los brazos y en las piernas: son cicatrices de los mordiscos que le han dado los lobos. Él mismo no es más que un niño-lobo que se ha escapado de la selva.
Como puede suponerse, al jugar juntos, los lobatos habían, no pocas veces, mordido á Mowgli más profundamente de lo que creían, y de ahí las blancas cicatrices que se veían en sus miembros. Pero él hubiera sido la última persona de este mundo que se atreviera á llamar á aquello mordiscos, porque bien sabía lo que verdaderamente era _morder_.
--_¡Arré! ¡Arré!_ exclamaron á la vez dos ó tres mujeres. ¡Mordido por los lobos! ¡Pobrecillo! ¡Un muchacho tan hermoso! Tiene unos ojos como brasas. Te juro, Messua, que se parece al niño que te robó el tigre.
--Déjame mirarlo bien, dijo una mujer que llevaba pesados brazaletes de cobre en las muñecas y en los tobillos. Y púsose á observarlo con curiosidad, haciendo pantalla de su mano puesta sobre la frente. De veras que se le parece, continuó. Es más flaco, pero tiene el mismo aspecto de mi niño.