El libro de las tierras vírgenes

Part 4

Chapter 43,853 wordsPublic domain

--Ya no hay aquí más amo que tú, dijo Bagheera en voz baja. Salva la vida á Akela: fué siempre tu amigo.

Akela, el serio y ya viejo lobo que en su vida había pedido á nadie misericordia, dirigió á Mowgli una triste mirada, mientras éste se erguía completamente desnudo, la larga y negra cabellera caída sobre los hombros, iluminado por las llamas de la encendida rama que agitaba las sombras y las hacía temblar.

--¡Bueno! dijo Mowgli tendiendo pausadamente la mirada en torno suyo. Veo que no sois más que unos perros. Os dejo para irme con mi gente... si hay en el mundo semejante cosa. La selva es desde hoy campo vedado para mí, y es fuerza que olvide vuestra amistad; pero voy á mostrarme más generoso que vosotros: por la sola razón de que, exceptuando el ser hermano por la sangre, yo lo he sido todo para vosotros, os prometo que, cuando sea un hombre entre los hombres, no he de haceros traición, como vosotros me la habéis hecho á mí.

Dió al fuego un puntapié, y el aire se llenó de chispas.

--No habrá guerra, prosiguió, entre nosotros. Pero antes de dejaros, he de solventar una deuda. Dirigióse á grandes pasos hacia el sitio donde Shere Khan estaba sentado sobre sus patas, parpadeando con aire atontado al mirar las llamas, y cogióle por el puñado de pelo que tenía bajo la barba. Bagheera siguió á entrambos, en previsión de lo que pudiera ocurrir.

--¡Levántate, perro! gritó Mowgli. ¡Levántate cuando te habla un hombre, ó, de lo contrario, te abraso la piel!

Shere Khan bajó las orejas hasta dejarlas como aplastadas sobre su cabeza, y cerró los ojos, porque vió muy cerca de él la rama ardiendo.

--Ese cazador de reses dijo que me mataría en el Consejo, porque no pudo matarme cuando yo no era más que un cachorro. Así es como nosotros pagamos á los perros cuando llegamos á ser hombres. ¡Mueve no más que uno de tus bigotes, Lungri, y te hundo la Flor Roja en el gaznate!

Pególe á Shere Khan en la cabeza con la rama, y el tigre gimoteó con plañidera voz, como agonizante de terror.

--¡Bah! ¡Anda ahora, chamuscado gato de la Selva! Pero acuérdate de lo que te digo: cuando yo vuelva al Consejo de la Peña, como es bien que un hombre vuelva, será cubriendo mi cabeza con tu piel. Por lo demás, Akela queda en libertad de vivir, y del modo que mejor guste. No le mataréis, porque no es ésta mi voluntad. Ni pienso, tampoco, que vais á estar aquí más tiempo con la lengua colgando, como si fuerais algo más que perros que yo arrojo de este lugar... Por lo tanto ¡largo de ahí!

Ardía furiosamente el extremo de la rama, y Mowgli comenzó á vapulear con ella, á derecha é izquierda, á los que formaban el círculo, con lo cual echaron á correr los lobos aullando, al sentir que las chispas les quemaban el pelo. No quedaron, al fin, más que Akela, Bagheera y unos diez lobos que se habían puesto del lado de Mowgli. Entonces sintió éste en su interior una pena como jamás la había experimentado antes, y, tomando aliento, sollozó, y las lágrimas corrieron por su rostro.

--¿Qué es eso?... ¿Qué es eso? dijo. No quisiera abandonar la Selva, y no sé qué es lo que me ocurre. ¿Me estoy muriendo, acaso, Bagheera?

--No, Hermanito. Eso no son más que lágrimas, como las que derraman los hombres, díjole Bagheera. Ahora sí que eres _un hombre_, y no ya un cachorro humano, como antes. En verdad que la Selva se ha cerrado para tí desde hoy. Déjalas correr, Mowgli: no son más que lágrimas.

Sentóse, pues, Mowgli, y lloró como si el corazón fuera á rompérsele á pedazos. Era la primera vez que lloraba.

--Ahora, dijo, me voy con los hombres. Pero antes he de despedirme de mi madre; y así diciendo fuése á la caverna donde ella vivía junto con papá Lobo, y sobre su piel derramó nuevas lágrimas, mientras los cuatro lobatos aullaban tristemente.

--¿No me olvidaréis? dijo Mowgli.

--Nunca, mientras podamos seguir una pista, dijeron los cachorros. Cuando seas un hombre, ven hasta el pie de la colina y hablaremos contigo. Nosotros iremos también, de noche, á las tierras de cultivo, y allí jugaremos juntos.

--¡Vuelve pronto! dijo papá Lobo. ¡Vuelve pronto, ranita sabia, porque tanto tu madre como yo somos ya viejos!

--¡Vuelve pronto! repitió mamá Loba, desnudito hijo mío; porque... oye lo que voy á decirte... siempre te he querido á tí más, con todo y ser hijo de un hombre, que á mis cachorros.

--Sin duda que volveré, dijo Mowgli; y cuando lo haga será para tender sobre la Peña del Consejo la piel de Shere Khan. ¡No me olvidéis! ¡Decidles á todos en la Selva que tampoco me olviden nunca!

Rayaba el alba cuando Mowgli bajó de la colina, completamente solo, para ir en busca de esos misteriosos seres que se llaman hombres[5].

=Canción de caza de la manada de Seeonee=

Al rayar la aurora--el _sambhur_ baló ¡una, dos veces, tres! y del lago donde--va el ciervo á beber un gamo saltó--un gamo saltó. Yo sólo, en acecho,--lo he podido ver, ¡una, dos veces, tres!

Al rayar la aurora--el _sambhur_ baló ¡una, dos veces, tres! Y atrás volvió un lobo,--volvió un lobo atrás la nueva llevando--pronto á los demás: de la hallada pista--nos vamos detrás, ¡una, dos veces, tres!

Al rayar la aurora--la tribu rugió ¡una, dos veces, tres! ¡Pies que van pisando--sin huella dejar!... ¡Ojos que en la noche--ven claro al mirar!... ¡Y gritos y estruendo--y torna á escuchar!... ¡Una, dos veces, tres!

[Ilustración]

NOTAS:

[4] Usa el autor palabras de su invención para remedar las voces de los animales. Consérvolas lo mismo, ó casi lo mismo, en la traducción, suprimiendo, á veces, alguna letra, inútil en castellano.--N. DEL T.

[5] No es éste el único cuento del _Libro de las tierras vírgenes_ en que aparece la figura de Mowgli. Repetidas veces la pone el autor en escena, sin seguir un riguroso orden, saltando de unos á otros asuntos en cada cuento. Fácilmente hubieran podido agruparse todos los relativos á Mowgli formando serie, y tengo noticia de que hay una edición norteamericana de esta obra que así lo ha hecho. Aquí se publican en la misma forma en que se hallan en las obras completas del autor. (Macmillan and C.^o, Londres, 1899).

[Ilustración]

LA CAZA DE KAA

Sus manchas son orgullo del Leopardo, sus cuernos son del búfalo el honor. Sé limpio, que la fuerza del que caza se juzga de la piel por el color. Si te ocurre que un toro te voltea, ó pruebas del _sambhur_ una cornada, no dejes el trabajo por contarlo, que es cosa que tenemos ya olvidada. Nunca maltrates al cachorro ajeno; mírale como á un hijo de tu padre, que, aunque pequeño y torpe, es muy posible, que á una osa, tal vez, tenga por madre. ¡No hay nadie como yo! dice el cachorro, cuando derriba la primera pieza; pero grande es la Selva y él pequeño; deja que piense en calma, que ahora empieza.

_Máximas de Baloo._

Cuanto aquí se refiere ocurrió algún tiempo antes de que Mowgli fuera arrojado de la manada de lobos de Seeonee, y se vengara de Shere Khan, el tigre. Era en la época en que Baloo le enseñaba la Ley de la Selva. El serio, viejo y enorme oso pardo estaba contentísimo con un discípulo tan listo, porque los lobatos no quieren aprender de la Ley de la Selva más que lo que se refiere á su propia manada y tribu; escapándose en cuanto saben de memoria estas palabras de la «Canción de caza»: «Pies que no causan el menor ruido; ojos que ven en la oscuridad; orejas que pueden oir los diferentes vientos desde el cubil; blancos y afilados dientes: todo esto son señales características de nuestros hermanos, exceptuando á Tabaqui, el Chacal, y á la Hiena, que odiamos».

Pero Mowgli, que era un hombrecito, tuvo que aprender bastante más. Algunas veces Bagheera, la pantera negra, se acercaba, curioseando por la selva, para ver cómo le iba á su niño mimado, y, apoyando la cabeza contra un árbol, escuchaba, con sordo ronquido, la lección que Mowgli recitaba á Baloo. Sabía el muchacho trepar á los árboles casi tan bien como nadar, y nadar casi con igual habilidad que correr; por lo cual Baloo, el Maestro de la Ley, le enseñó las del Bosque y del Agua: cómo puede distinguirse una rama carcomida de otra sana; cómo tenía que hablar cortesmente á las abejas silvestres cuando encontrara una de sus colmenas á quince metros sobre el nivel del suelo; qué es lo que había de decir á Mang, el murciélago, cuando fuera á molestarle entre las ramas en mitad del día; cómo tenía que avisar á las serpientes de agua que viven en las lagunas, antes de lanzarse al agua entre ellas. Ni uno sólo de los habitantes de la Selva gusta de que le molesten, y todos están siempre muy dispuestos á arrojarse sobre los intrusos. Después de esto, aprendió Mowgli también la «Consigna del cazador forastero», que hay que ir repitiendo en alta voz hasta que sea contestada, siempre que alguno de los habitantes de la Selva caza fuera de su propio terreno. Traducida la consigna, significa: «Dame permiso para cazar aquí, porque tengo hambre». Y la respuesta dice: «Caza, pues, para buscar comida, pero no para tu recreo».

Todo esto os demostrará las muchas cosas que tuvo que aprender Mowgli de memoria, llegando á cansarse ya de tanto repetir lo mismo más de cien veces; pero es lo que le dijo Baloo á Bagheera un día en que hubo que pegarle y el muchacho se marchó malhumorado:

--Un cachorro humano es un cachorro humano, y tengo el deber de enseñarle _toda_ la Ley de la Selva.

--Pero ten presente lo pequeño que es, dijo la pantera negra, que hubiera echado á perder á Mowgli si ella hubiera podido educarle á su modo. ¿Cómo pueden caber en cabeza tan chica todos tus largos paliques?

--¿Hay, acaso, en la Selva cosa alguna que de puro pequeña no pueda matarse? No. Pues bien: por esta razón le enseño todo eso, y por lo mismo le pego, con mucha suavidad, cuando se le olvida algo.

--¡Con suavidad! ¿Qué sabes tú de suavidades, viejo Patas-de-hierro? gruñó Bagheera. Toda la cara le has llenado hoy de cardenales con tu... suavidad. ¡Uf!...

--Valdría más que estuviera lleno de cardenales de cabeza á pies, mientras fueran causados por mí, que le quiero, que no que le ocurriera alguna desgracia por ignorancia, contestó Baloo con suma gravedad. Ahora le estoy enseñando las Palabras Mágicas de la Selva, que han de protegerle contra los pájaros, contra el Pueblo de las Serpientes y contra todo cuadrúpedo que caza, excepto contra su propia manada. Desde hoy, con sólo recordar tales palabras, podrá ya pedir protección á todos los habitantes de la Selva. ¿No vale esto la pena de recibir algunos golpes?

--Bien, pero cuidado con matar al hombrecito. No es ningún tronco de árbol para que vayas á afilar en él tus embotadas garras. Pero, dime, ¿qué Palabras Mágicas son ésas de que estás hablando? Más probable es que tenga yo que prestar ayuda á alguien, que pedirla (y, al decir esto, estiró Bagheera una de sus patas, contemplando con admiración los acerados cinceles de sus garras); sin embargo, añadió, me gustaría saberlo.

--Llamaré á Mowgli y él te dirá esas palabras... si se le antoja. ¡Ven, Hermanito!

--Tengo la cabeza como un árbol lleno de abejas que zumban, dijo por encima de los que hablaban una vocecilla malhumorada, y Mowgli, en el colmo de la indignación, se deslizó por el tronco de un árbol añadiendo al echar pie á tierra:

--¡Si vengo es por Bagheera y no por tí, Baloo, viejo gordiflón!

--Lo mismo me da, dijo Baloo, aunque le hiriera en lo vivo y le apenara la contestación. Dile, pues, á Bagheera las Palabras Mágicas de la Selva, que te he enseñado hoy.

--¿Las Palabras Mágicas... para qué Pueblo? dijo Mowgli contentísimo al ver la ocasión que se le ofrecía para exhibirse. En la Selva hay muchos lenguajes. Yo los sé todos.

--Algo de ellos sabes, pero no mucho. ¿Ves, Bagheera? Nunca se muestran agradecidos con quien les enseña. Jamás un sólo lobato ha venido á dar las gracias á Baloo por sus enseñanzas. Vamos, dí, pues, las palabras para el Pueblo Cazador... ¡gran sabio!

--«Tú y yo somos de la misma sangre», dijo Mowgli dando á las palabras el acento especial de oso que usan todos los que cazan allí.

--Bueno. Ahora las que sirven para los pájaros.

Repitiólas Mowgli, terminando la frase con el silbido característico del milano.

--Ahora las que son para el Pueblo de las Serpientes, dijo Bagheera.

La contestación fué un silbido indescriptible, tras el cual hizo Mowgli una salvaje pirueta, batió palmas para celebrar su propia habilidad y de un salto se colocó sobre el lomo de Bagheera, sentándose de medio lado y dándole con los talones sobre la reluciente piel, mientras le hacía á Baloo las más horrorosas muecas.

--¡Ea! ¡Ea! ¡Bien merecido tenías el cardenal! dijo, con ternura, el oso pardo. Algún día me lo agradecerás. Volvióse, entonces, para decirle á Bagheera cómo había pedido á Hathi, el Elefante Salvaje, que sabe todas esas cosas, que le dijera las Palabras Mágicas, y, cómo Hathi llevó á Mowgli á una laguna para obtener de una serpiente de agua la Palabra que sirve para todas las Serpientes, porque Baloo no podía pronunciarla; finalmente, cómo Mowgli podía considerarse ya á salvo de todas las eventualidades que pudieran presentársele en la Selva, porque ni serpientes, ni pájaros, ni fieras le causarían daño alguno.

--No hay que temer á nadie, dedujo de lo expuesto Baloo, dándose suaves golpecitos con aire de orgullo sobre el enorme y peludo vientre.

--Excepto á los de su propia tribu, dijo Bagheera para sí. Y añadió luego, en voz alta, dirigiéndose á Mowgli:

--¡Ten un poco de cuidado con mis costillas, Hermanito! ¿Qué significa tanto bailoteo?

Mowgli había intentado repetidas veces hacerse oir estirándole á Bagheera la piel del hombro y dándole fuertemente con los pies.

Cuando los dos le escucharon gritó á voz en cuello:

--De modo que yo tendré una tribu de mi propiedad y la dirigiré por entre las ramas durante todo el día.

--¿Qué nueva locura es ésa? ¿Ya estás haciendo castillos en el aire? dijo Bagheera.

--Sí, y le tiraré ramas y porquería al viejo Baloo, continuó diciendo Mowgli. Me lo han prometido. ¡Ah!

--_¡Woof!_ La gruesa pata de Baloo arrojó á Mowgli del sitio en que estaba sentado sobre la espalda de Bagheera, y desde el suelo donde, frente á sus patas delanteras, quedó tendido, pudo ver que el oso estaba incomodado.

--Mowgli, dijo Baloo, tú has hablado con los _Bandar-log_ (el Pueblo de los Monos).

Mowgli miró á Bagheera para ver si la pantera se había incomodado también, y vió que los ojos de ésta tenían tan dura expresión como si fueran dos piedras de jade.

--Tú has estado con el Pueblo de los Monos... con los monos grises... el pueblo sin Ley... los que comen cuanto se les presenta. ¡Qué vergüenza!

--Cuando Baloo me hizo daño en la cabeza, dijo Mowgli que seguía aún tendido de espaldas, me marché, y entonces los monos grises bajaron de los árboles y se acercaron compadeciéndome. Nadie más que ellos me hizo caso. Y al decirlo, su voz se alteró un poco.

--¡La piedad del Pueblo de los Monos! refunfuñó Baloo. ¡La quietud del torrente que baja del monte! ¡El fresco de un sol de verano! ¿Y qué ocurrió después, hombrecito?

--Después... después... Diéronme nueces y muy buenas cosas que comer, y... y me llevaron en brazos á lo más alto de los árboles... y dijeron que yo era su hermano, que éramos de la misma sangre, sólo que yo no tenía cola, y que algún día sería su jefe.

--No tienen jefe, dijo Bagheera. Mienten. Siempre han mentido.

--Conmigo fueron muy amables y me rogaron que volviera á verles. ¿Por qué no me habéis llevado nunca á donde está el Pueblo de los Monos? Andan en dos pies como yo. No me pegan, no tienen las patas duras... Juegan todo el día. ¡Dejadme subir á donde están ellos! ¡Baloo, malo! ¡Déjame subir! Jugaremos otra vez.

--Oye, hombrecito, dijo el oso, y su voz retumbó como un trueno en noche calurosa. Te he enseñado toda la Ley de la Selva para que te sirva con todos los pueblos que en la selva existen... excepto el de los Monos que viven en los árboles. Esos no tienen Ley. Esos son los repudiados de todo el mundo. No poseen lenguaje propio, sino que usan palabras robadas que oyen por casualidad cuando escuchan, y atisban, y están en acecho allá arriba en las ramas. Su camino no es el nuestro. No tienen jefes. No tienen memoria. Presumen, y charlan, y pretenden ser un gran pueblo ocupado en asuntos importantísimos; pero la caída de una nuez desde el árbol les provoca la risa y basta para que todo lo olviden. Nosotros, los de la Selva, no nos tratamos con ellos. No bebemos donde los monos beben; no vamos á donde los monos van; no cazamos donde ellos cazan; no morimos donde ellos mueren. ¿Me has oído antes de ahora hablar de los _Bandar-log_?

--No, dijo Mowgli en voz muy baja, pues el silencio fué completo en el bosque, en cuanto calló Baloo.

--El Pueblo de la Selva los tiene desterrados de su boca y de su pensamiento. Son muchísimos, malos, sucios, desvergonzados, y desean, si es que puede decirse de ellos que tengan algún deseo fijo, llamar nuestra atención. Pero nosotros no les hacemos caso, ni siquiera cuando arrojan sobre nuestras cabezas nueces é inmundicias.

Apenas había acabado de hablar cuando una lluvia de nueces y de ramas cayó desde las copas de los árboles, mientras se oían toses, aullidos y rumor de saltos por entre el ramaje.

--Al Pueblo de la Selva, dijo Baloo, le está _prohibido_ todo trato con el Pueblo de los Monos. Acuérdate.

--_Prohibido_, dijo Bagheera; pero paréceme que Baloo debía haberte prevenido antes contra ellos.

--¿Yo?... ¿Yo? ¿Cómo podía yo adivinar que iba á ocurrírsele el jugar con gentuza de esta calaña? ¡El Pueblo de los Monos! ¡Qué asco!

Nueva lluvia cayó sobre ellos, y ambos echaron á correr hacia otro sitio, llevándose consigo á Mowgli.

Lo que Baloo había dicho de los monos era la pura verdad. Ellos vivían en las copas de los árboles, y como las fieras rara vez miran hacia lo alto, no se ofrecía nunca la ocasión de que se cruzaran en el mismo camino. Pero siempre que veían un lobo enfermo, un tigre herido ó un oso, los monos se divertían en atormentarle, y arrojaban palos y nueces á cualquier fiera, sólo por divertirse y por el gusto de llamar la atención. Entonces aullaban, chillaban luego canciones sin sentido alguno, invitando al Pueblo de la Selva á encaramarse en sus árboles para pelear, ó bien se enredaban en furiosas batallas entre ellos mismos por cualquier fruslería, y dejaban después los muertos donde el Pueblo de la Selva pudiera verlos. Siempre estaban á punto de tener un jefe, de poseer leyes y usos propios, pero nunca lo lograban, porque de un día al otro se les borraba todo de la memoria, y así se contentaban con decir constantemente esta misma frase: «Lo que los _Bandar-log_ piensan ahora toda la Selva lo pensará después,» y esta idea les consolaba. Ninguna de las fieras podía llegar hasta sus alturas; pero, por otra parte, ninguna se fijaba en ellos, y de ahí su alegría cuando vieron que Mowgli iba á buscarles para mezclarse en sus juegos y que esto irritaba grandemente á Baloo.

No se propusieron pasar de ahí, porque los _Bandar-log_ nunca se proponen nada; pero ocurriósele á uno de ellos una idea que le pareció magnífica, y la expuso á los demás, persuadiéndoles de que convenía á la tribu conservar á una persona tan útil como Mowgli, porque él sabía entrelazar ramas de modo que protegieran contra el viento, y así, si le cogían, podrían obligarle á que les enseñara. Claro es que Mowgli, como hijo de leñador, había heredado de su padre toda clase de instintivas habilidades, y solía construir chozas con las ramas caídas, sin pensar siquiera en que tal cosa supiese hacer; mas el Pueblo de los Monos, observándolo desde los árboles, consideraba aquel simple juego como una maravilla. Lo que es esta vez, decían, iban, verdaderamente, á tener un jefe, y á ser el pueblo más sabio de toda la Selva... tan sabio que á todos causaría admiración y envidia. Siguieron, como consecuencia de todo esto, con el mayor sigilo, á Baloo, Bagheera y Mowgli á través de la selva, hasta que llegó la hora de la siesta, y Mowgli, que se sentía en realidad avergonzado de sí mismo, se durmió entre la pantera y el oso, resolviendo no tener más tratos con el Pueblo de los Monos.

Después de esto, lo único que recordó fué el haber sentido el contacto de unas manos sobre sus piernas y brazos (manos duras, fuertes y chiquitas), y en seguida el choque de unas ramas en la cara, y luego el hallarse mirando hacia abajo á través del movedizo ramaje, mientras Baloo despertaba á toda la selva con sus roncos gritos y Bagheera saltaba tronco arriba del árbol, enseñando todos los dientes. Aullaron los _Bandar-log_ con aire de triunfo, y se acogieron, jugueteando, á las más altas ramas, donde Bagheera no se atrevió á seguirlos. Entre tanto gritaban:

--¡Se ha fijado en nosotros! ¡Bagheera se ha fijado en nosotros! ¡Todo el Pueblo de la Selva nos admira por nuestra habilidad y astucia!

Comenzaron, entonces, su huída, y esa huída del Pueblo de los Monos á través del país arbóreo es una de las cosas verdaderamente indescriptibles. Tienen sus caminos reales y sus atajos, sus subidas y bajadas, todo trazado á quince, veinte ó treinta metros sobre el nivel del suelo, y por allí pueden viajar hasta de noche, si es preciso. Dos de los monos más fuertes cogieron á Mowgli por los sobacos, y se lo llevaron atravesando las copas de los árboles, dando saltos de una altura como de seis metros. Á haber ido completamente libres, su velocidad hubiera sido mayor; pero el peso del muchacho les embarazaba y detenía algo. Por más que se sintiera mareado y medio enfermo, Mowgli no pudo menos de deleitarse en aquella loca carrera, aunque los trozos de tierra que vislumbraba allá abajo le aterrorizaban, y aquel pararse y partir de nuevo al fin de cada balanceo en el vacío le tenía con el alma en un hilo. Llevábanle sus acompañantes hacia lo más alto de la copa de un árbol, hasta que sentía crujir y doblarse con su peso las más delgadas ramas de la cima, y entonces, con un fuerte resoplido, se arrojaban al aire, avanzando y descendiendo á la vez, para elevarse de nuevo y quedar colgados, por las manos ó por los pies, de las ramas más bajas del próximo árbol. Á veces divisaba millas y millas de extensión en que todo era quieta y verde selva, de igual modo que un hombre encaramado en un mástil abarca con la mirada, en el mar, millas enteras, y entonces el ramaje le sacudía la cara, y él y su guía llegaban casi al nivel del suelo. De tal suerte, saltando, y haciendo ruido, y resoplando fuertemente, y dando chillidos, la tribu entera de los _Bandar-log_ pasó por sus caminos trazados en los árboles, llevando prisionero á Mowgli.