El libro de las tierras vírgenes
Part 3
--Como sé que no tengo derecho á hablar aquí, pido, para hacerlo, vuestro permiso.
--¡Habla, pues! gritaron á la vez veinte voces.
--Matar á un cachorro desnudo es una vergüenza. Por otra parte, puede seros muy útil en la caza cuando sea mayor. Baloo ha hablado ya en su defensa. Pues bien: á lo que él ha dicho añadiré yo la oferta de un toro, gordo, acabado de matar, á poca distancia de aquí, si aceptáis al cachorro humano, de acuerdo con lo que dice la Ley. ¿Tenéis algo qué objetar?
Levantóse un clamor de docenas de voces que decían:
--¡Qué importa! ya se morirá cuando lleguen las lluvias del invierno. Ya le abrasarán vivo los rayos del sol. ¿En qué puede perjudicarnos una rana desnuda, como ésta? Dejadle que se junte á la manada. ¿Dónde está el toro, Bagheera? Aceptémoslo.
Y entonces se oyó el profundo ladrido de Akela que decía:
--¡Miradlo bien, miradlo bien, lobos!
Tan entretenido estaba Mowgli en jugar con los guijarros que no observó el acercársele de los lobos uno por uno y mirarle atentamente. Al fin, descendieron todos de la colina, en busca del toro muerto, exceptuando únicamente Akela, Bagheera, Baloo y los lobos de Mowgli.
Shere Khan rugía aún? entre las sombras de la noche, rabioso por no haber logrado que le entregaran á Mowgli.
--¡Sí! ¡Ruge, ruge cuanto quieras! díjole Bagheera en sus propias barbas: ó yo no sé nada de lo que son hombres, ó vendrá día en que esa cosa que está ahí tan desnuda le hará á _vuesa merced_ rugir en muy distinto tono.
--Bien hemos hecho, dijo Akela. Los hombres y sus cachorros saben mucho. Con el tiempo podría ayudarnos.
--Verdaderamente... Puede ser nuestro apoyo en caso de necesidad; porque nadie es capaz de forjarse la ilusión de ser siempre director de la manada, dijo Bagheera.
Akela no contestó. Pensaba en aquel tiempo que llega, al fin, para todo jefe de manada, en que las fuerzas le abandonan, en que se halla más débil cada día, hasta que, al cabo, lo matan los otros lobos, y viene un nuevo jefe á ocupar su puesto... para que lo maten también, cuando le toca el turno.
--Llévatelo, dijo á papá Lobo, y adiéstralo en cuanto debe saber quien pertenece al Pueblo Libre.
Y así fué como Mowgli entró á formar parte de la manada de lobos de Seeonee, siendo un toro el precio pagado por su vida, y Baloo su defensor.
* * * * *
Ahora, contentaos con saltar diez ú once años y con adivinar lo estupenda que sería la vida de Mowgli entre los lobos, porque, á tener que escribirla, sabe Dios los libros que llenaría. Creció junto con los lobatos, aunque, naturalmente, ellos eran ya lobos hechos y derechos, antes de que hubiera salido él de la primera infancia, y papá Lobo le enseñó su oficio y el significado de cuanto en la selva había, hasta que cada crujido bajo la yerba; cada soplo del tibio aire de la noche; cada nota lanzada por el buho sobre su cabeza; cada ruido que producen los murciélagos, arañando, al descansar por un momento en un árbol; cada rumor que causa el pececillo al saltar en una balsa, significaron para él tanto como el trabajo de su oficina significa para el hombre de negocios. Cuando no aprendía algo se sentaba á tomar el sol ó dormía, y luego á comer y á dormir de nuevo; cuando sentía necesidad de limpieza, ó le molestaba el calor, se iba á nadar en las lagunas del bosque; en fin, cuando necesitaba miel (Baloo le había dicho que miel con nueces era comida tan delicada como la carne cruda), se encaramaba á los árboles para buscarla, y quien le enseñó á hacer esto fué Bagheera.
Tendíase la pantera sobre una rama y le llamaba diciendo: «Ven acá, Hermanito,» y al principio Mowgli se agarraba torpemente, como el _perezoso_; mas luego saltaba por entre las ramas, de una á otra, con todo el aplomo de un mono gris. Ocupó, también, su puesto en el Consejo de la Peña, al reunirse la manada, y allí descubrió que mirando fijamente á un lobo le obligaba á bajar los ojos, lo que fué causa de que lo hiciera á menudo por mera diversión. Otras veces arrancaba de la piel de sus amigos las largas espinas que se les clavaban en ella; porque los lobos sufren horriblemente con las espinas y cadillos que se les quedan entre las lanas. Descendía también por la ladera de la colina, en plena noche, hasta llegar á las tierras de cultivo, y miraba curiosamente á los campesinos en sus chozas; pero desconfiaba de ellos, porque Bagheera le había enseñado una caja cuadrada con una puerta que se hundía al pisarla, y con tanta habilidad colocada entre la maleza que casi cayó él dentro. Bagheera le dijo que era una trampa. Nada fué tan de su gusto como perderse con la pantera por entre las tibias profundidades del bosque, dormir durante todo el pesado día, y contemplar por la noche cómo Bagheera se dedicaba á la caza. Mataba ella á diestro y siniestro según su apetito, y lo mismo hacía Mowgli, con una sola excepción. En cuanto tuvo suficiente edad para hacerse cargo de las cosas, Bagheera le dijo que se abstuviera de poner mano en cabeza alguna de ganado, porque su propia vida había sido rescatada mediante la entrega de un toro.
--Tuyo es cuanto hay en la selva, díjole Bagheera, y puedes matar todo lo que tus fuerzas te permitan; pero, por la memoria del toro que sirvió para comprar tu vida, no has de poner mano nunca en res alguna, ni aun para comerla, sea joven ó vieja. Esto es lo que prescribe la Ley de la Selva.
Mowgli obedeció estrictamente lo que se le mandaba.
Y creció, creció tan fuerte como debe de crecer el niño que no ha de preocuparse en estudiar las lecciones que por modo natural aprende, y para quién no hay otros cuidados que el de procurarse comida.
Una ó dos veces díjole mamá Loba que desconfiara de Shere Khan, y que un día ú otro tendría que matarlo; pero, si un lobato se hubiera acordado de este consejo á cada momento, Mowgli lo olvidó por completo, como niño que era... aunque indudablemente él se hubiera calificado á sí mismo de lobo á haber podido hablar en lengua alguna de las que usan los hombres.
Continuamente Shere Khan le salía al paso, porque como Akela se hacía ya viejo y perdía fuerzas cada día, el tigre cojo había llegado á tener gran amistad con los lobos más jóvenes de la manada que le seguían para recoger sus sobras, cosa que Akela no hubiera nunca tolerado á haberse atrevido á ejercer su autoridad llevándola hasta el extremo.
En tales ocasiones, Shere Khan les halagaba manifestándose sorprendido de que tan jóvenes y excelentes cazadores se dejaran guiar por un lobo que estaba ya medio muerto y por un cachorro humano.
--Cuéntanme, les decía Shere Khan, que al hombrecito no os atrevéis á mirarle en los ojos cuando os reunís en el Consejo.
Y los lobos le contestaban gruñendo, erizado el pelo.
Bagheera, que parecía estar en todas partes viéndolo y oyéndolo todo, llegó á saber algo de esto, y más de una vez le explicó á Mowgli, en pocas palabras, que Shere Khan había de matarle algún día; á lo que Mowgli contestaba riéndose:
--Cuento con la manada y contigo; y hasta Baloo, con toda su pereza, no dejaría de dar algunos golpes en mi defensa. ¿Á qué inquietarme, pues?
Un día en que el calor era extremado, ocurriósele á Bagheera una nueva idea, nacida de algo que había oído. Tal vez á Ikki, el puerco espín, debía la noticia, pero ello fué que dijo á Mowgli, cuando ambos estaban en lo más profundo de la selva, y mientras el muchacho reclinaba la cabeza sobre la hermosa, negra piel de Bagheera:
--¿Cuántas veces te he dicho, Hermanito, que Shere Khan es enemigo tuyo?
--Tantas como frutos tiene esta palmera, contestó Mowgli que, naturalmente, no sabía contar. ¡Bueno! ¡Y qué! tengo sueño, Bagheera, y Shere Khan no tiene más que mucha cola y muchas palabras... como Mao, el pavo real.
--No es ésta hora de dormir. Baloo sabe lo que te digo; lo sabe la manada, y sábenlo hasta los infelices, los simplícisimos ciervos. Á tí mismo, además, te lo ha dicho Tabaqui.
--¡Oh! contestó Mowgli. Vínome, no ha mucho, con impertinencias de que si yo era un desnudo _cachorro de hombre_ y que no servía ni para desenterrar raíces; pero lo cogí por la cola y le dí contra una palmera un par de veces para enseñarle á tener mejores modales.
--¡Valiente tontería! Porque aunque Tabaqui es un chismoso, te hubiera dicho algo que te interesa mucho. ¡Abre esos ojos, Hermanito! Shere Khan no se atreve á matarte en la selva; pero acuérdate de que Akela es ya muy viejo, y no tardará en llegar el día en que le será imposible cazar un sólo gamo. Ese día dejará de ser jefe. Muchos de los lobos que te admitieron cuando fuíste presentado al Consejo son ya viejos también, y los jóvenes creen, porque así se lo ha enseñado Shere Khan, que un cachorro humano no tiene derecho á estar en la manada. Dentro de poco serás ya un hombre.
--¿Qué es, pues, un hombre, que no puede juntarse con sus hermanos? dijo Mowgli. En la selva nací; su Ley he obedecido, y no hay un sólo lobo, entre los nuestros, de cuyas patas no haya yo arrancado alguna espina. ¿Cómo dudar de que son mis hermanos?
Tendióse Bagheera cuan larga era, y, con los ojos medio cerrados, dijo:
--Toca ahí, Hermanito, bajo mi quijada.
Levantó Mowgli su áspera y tostada mano, y debajo mismo de la sedosa barbilla de Bagheera, donde los enormes y rodantes músculos quedaban ocultos por el luciente pelo, halló un espacio raído.
--Nadie, en toda la extensión de la selva, sabe que yo, Bagheera, tenga esta marca... la marca que deja el collar; y, sin embargo, Hermanito, yo nací entre los hombres, y entre ellos murió mi madre... en las jaulas del Palacio Real, en Oodeypore. Este fué el motivo que me indujo á pagar por tí el precio convenido en el Consejo cuando no eras más que un desnudo cachorrillo. Sí, también yo nací entre los hombres. La selva era desconocida para mí.
Alimentábanme en gamellas de hierro tras los barrotes de la jaula, hasta que una noche despertó en mí el sentimiento de que yo era Bagheera, la pantera, y no un juguete para diversión de los hombres, y entonces rompí de un zarpazo el estúpido cerrojo y me escapé; y precisamente porque había aprendido las costumbres de los hombres llegué á infundir en la selva más terror que Shere Khan. ¿No es cierto?
--Sí, dijo Mowgli: todos en la selva temen á Bagheera..., todos, excepto Mowgli.
--¡Oh!... Tú eres un cachorro humano, dijo con gran ternura la pantera negra, y del propio modo que yo he vuelto á mi selva, así debes tú volver, al fin, á donde están los hombres... los hombres que son tus hermanos. Esto, si no te matan antes en el Consejo.
--Pero ¿por qué? ¿Por qué ha de querer nadie matarme? dijo Mowgli.
--Mírame, contestóle Bagheera. Y Mowgli la miró fijamente en los ojos. La enorme pantera volvió, al cabo de algunos momentos, la cabeza.
--Por _esto_, dijo mudando de posición una de sus patas y colocándola sobre un lecho de hojas. Hasta á mí me es imposible mirarte en los ojos, y eso que yo nací entre los hombres, y te quiero, Hermanito. Los otros te odian porque su mirada no puede resistir el choque de la tuya; porque eres sabio; porque has arrancado espinas de sus patas... porque eres un hombre.
--No sabía nada de eso, contestó con aspereza Mowgli, arrugando las negras y pobladas cejas.
--¿Cuál es la Ley de la Selva? Pega primero y avisa después. Hasta por tu propio descuido conocen que eres un hombre. Pero sé prudente. Me da el corazón que en cuanto á Akela se le escape el primer gamo sobre el cual se arroje (y cada día va haciéndosele más difícil el apoderarse de los gamos que persigue), la manada se pondrá en contra de él y de tí. Celebraráse un Consejo de la Selva en la Peña, y entonces... y entonces... Ya tengo una idea, dijo Bagheera levantándose de un salto. Vete inmediatamente á donde los hombres tienen sus chozas, allá en el valle, y coge una parte de la Flor Roja que allí cultivan, á fin de que en el momento oportuno puedas contar con un apoyo más fuerte que yo, ó que Baloo, ó los que bien te quieren en la manada. Anda, ve á buscar la Flor Roja.
Lo que Bagheera quería significar al hablar de la Flor Roja era el fuego; pero no hay en toda la selva ser viviente que quiera llamar al fuego por su nombre. Sienten ante él todas las fieras un miedo mortal, é inventan cien maneras diferentes de describir lo que tal pavor les causa.
--¿La Flor Roja? dijo Mowgli. Es la que á la hora del crepúsculo crece fuera de las chozas. Yo la cogeré.
--Así deben hablar los cachorros de los hombres, dijo Bagheera con orgullo. Acuérdate de que la flor crece en unas macetas pequeñas. Arrebatas una y la guardas para cuando llegue la hora en que puedas necesitarla.
--¡Bueno! dijo Mowgli. Allá voy. Pero ¿estás segura, ¡Bagheera mía! (y al decir esto le deslizó un brazo en torno del espléndido cuello y la miró profundamente en los grandes ojos), estás segura de que todo esto es obra de Shere Khan?
--Por el Cerrojo que me dió la libertad, te aseguro que sí, Hermanito.
--Pues, entonces, por el Toro que sirvió para comprar mi vida, te prometo que voy á saldar mis cuentas con Shere Khan, y es posible que le pague aun algo más de lo que le debo. Al decir esto salió disparado.
--He aquí á un hombre... todo un hombre, dijo, entre sí, Bagheera, tendiéndose en el suelo nuevamente. ¡Ah, Shere Khan, nunca te metiste en más funesta cacería que en la de esta rana, diez años atrás!
Mowgli había ido alejándose por el interior del bosque, á todo correr, ardiéndole el corazón en el pecho. Llegó á la cueva á la hora en que comenzaba á elevarse la niebla vespertina, paróse para tomar aliento, y miró hacia el fondo del valle. Los lobatos habían salido, pero mamá Loba, desde las profundidades de la caverna, conoció por el modo de respirar que algo le pasaba á su _rana_.
--¿Qué hay, hijo? exclamó.
--Charlatanismos, propios de murciélago, de ese Shere Khan, respondió Mowgli. Esta noche cazo en terreno labrantío, añadió, y enseguida hundióse entre los arbustos, dirigiéndose hacia el sitio por donde corrían las aguas en el fondo del valle. Detúvose allí porque oyó los salvajes alaridos de la cacería en que se hallaba la manada; el mugido del _sambhur_ cuando le persiguen; el resoplar del gamo que se ve acorralado. Entonces resonó un coro de perversos é insultantes aullidos que partían de los lobos más jóvenes:
--¡Akela! ¡Akela! Dejad que el Lobo Solitario muestre su fuerza, decían. ¡Paso al Jefe de la manada! ¡Salta, Akela!
El Lobo Solitario debió de saltar, sin duda, equivocando el golpe, porque Mowgli oyó el castañeteo de los dientes y luego una especie de ladrido cuando el _sambhur_ le hizo rodar por el suelo empujándole con las patas delanteras.
No esperó ya más para ver lo que sucedía. Siguió adelante, y los gritos fueron oyéndose cada vez más débiles á medida que se alejaba en dirección á las tierras de labor, en las cuales vivían los campesinos.
--Bagheera estaba en lo cierto, dijo resollando fuerte, mientras se arrellanaba sobre unos forrajes que halló bajo la ventana de una choza. Mañana será un día importante para Akela y para mí.
Pegó, entonces, la cara á la ventana, y miró el fuego que ardía en el suelo. Vió á la mujer del labriego levantarse y arrojar, por la noche, sobre las llamas, unos pedazos de algo negro; y al llegar la mañana, cuando todo estaba envuelto en blanca y fría neblina, vió á un rapaz, hijo del campesino, coger una especie de maceta de mimbres, enjalbegada interiormente con tierra, llenarla de encendidas brasas, colocarla bajo una manta, y salir para cuidar de las vacas en el establo.
--¿Y esto es todo? dijo Mowgli. Si un cachorro como éste puede hacerlo, entonces nada hay que temer. Dobló la esquina de la casa, corrió hacia el muchacho, le arrebató aquélla especie de maceta y desapareció con ella entre la niebla, mientras el chico se quedaba chillando atemorizado.
--Mucho se me parecen, dijo Mowgli, soplando en la maceta, como había visto que la mujer hacía. Esto se me va á morir si no lo alimento, añadió. Y comenzó á arrojar ramitas de árbol y cortezas secas sobre aquella materia de un rojo tan vivo. Hacia media colina hallóse con Bagheera, cuya piel, con el rocío matinal, parecía salpicada de piedras preciosas.
--Akela ha errado el golpe; dijo la pantera. Á no haber sido porque te necesitaban también á tí, lo hubieran muerto ayer noche. En busca tuya fueron á la colina.
--Yo andaba, entonces, por las tierras de labor. Ya estoy listo. ¡Mira!
Y Mowgli levantó la especie de maceta llena de fuego.
--¡Bien! Ahora falta otra cosa: yo he visto á los hombres arrojar una rama seca sobre esto, y al poco rato la Flor Roja se abría al extremo de la rama. ¿No tienes miedo de hacer otro tanto?
--No. ¿Por qué he de tenerlo? Recuerdo ahora (si no es todo ello un sueño) como, antes de ser lobo, me acosté junto á la Flor Roja, hallándola caliente y agradable.
Todo el día lo pasó Mowgli sentado en la caverna, cuidando de su maceta y metiendo en ella ramas secas, para ver el efecto que producían después. Halló una á su gusto, y, al anochecer, cuando Tabaqui llegó á la cueva y le dijo, con harta rudeza, que le necesitaban en el Consejo de la Peña, se estuvo riendo hasta que Tabaqui echó á correr. Entonces se dirigió hacia el Consejo, pero riéndose aún.
Akela, el Lobo Solitario, estaba echado junto á su roca, como signo de que la jefatura de la manada se hallaba vacante, y Shere Khan, con su cohorte de lobos ahitos de sus sobras, paseábase de un lado á otro con aire resuelto y satisfecho. Bagheera estaba echada junto á Mowgli, y éste tenía, entre las piernas, la maceta del fuego. Cuando estuvieron todos reunidos, Shere Khan empezó á hablar, lo que jamás se hubiera atrevido á hacer en los buenos tiempos de Akela.
--No tiene derecho á esto, murmuró Bagheera. Díselo. Ese es de casta de perro: verás como se atemoriza.
Mowgli púsose en pie.
--¡Pueblo libre! gritó, ¿es, acaso, Shere Khan quien dirige la manada? ¿Qué tiene que ver un tigre con nuestra jefatura?
--Viendo que el puesto está vacante, y habiéndoseme suplicado que hablara... comenzó á decir Shere Khan.
--¿Quién lo ha suplicado? ¿Por ventura nos hemos vuelto todos chacales para estar adulando á este carnicero, matador de reses? La jefatura de la manada pertenece exclusivamente á miembros de la manada misma.
Oyéronse feroces aullidos que significaban:
--¡Silencio, _cachorro de hombre_!
--Dejadle hablar. Ha observado fielmente nuestra Ley.
Al fin los ancianos de la manada gritaron con voz tonante:
--¡Dejad que hable el Lobo Muerto!
Cuando un jefe de la manada ha errado el golpe en la caza, dejando de matar á la pieza que perseguía, recibe el nombre de Lobo Muerto en todo lo que le queda de vida, que no es mucho por regla general.
Akela levantó con aire de fatiga la cabeza en que la vejez había impreso su sello:
--¡Pueblo Libre, dijo, y vosotros también, chacales de Shere Khan! Durante doce estaciones os he llevado á la caza, y de ella os he vuelto sin que ni uno de vosotros cayera en trampa alguna ó quedara inutilizado. Ahora he errado el golpe. Bien sabéis cómo vosotros mismos me llevasteis á atacar á un gamo que no había sido corrido previamente, para que así se viera más clara mi debilidad. Hábiles han sido vuestros manejos. Tenéis derecho á matarme ahora mismo, aquí, en el Consejo de la Peña. Por lo tanto no pregunto más que esto: ¿quién es el que va á quitar la vida al Lobo Solitario? Porque también á mí me asiste otro derecho, según la Ley de la Selva: el de exigir que os acerquéis á mí uno á uno.
Reinó entonces prolongado silencio, porque á ningún lobo le parecía muy agradable el tener un duelo á muerte con Akela.
De pronto Shere Khan rugió:
--¡Bah! ¿Qué nos importa lo que diga ese viejo chocho y sin dientes? ¡No tardará en morirse! El hombrecito ese es quien ha vivido ya demasiado... ¡Pueblo Libre! Mi presa fué desde el primer día: dádmelo. Cansado estoy ya de ese loco empeño de hacer de él un hombre-lobo. Durante diez estaciones no ha hecho más que molestar á todo el mundo en la Selva. Dadme á ese hombrecito, ó de lo contrario os prometo que he de cazar siempre aquí y no he de daros ni un solo hueso. El es un hombre, un chiquillo de los que los hombres tienen, y yo le odio hasta los tuétanos.
Entonces, más de la mitad de los lobos que formaban la manada aulló:
--¡Un hombre! ¡Un hombre! ¿Qué tiene que ver con nosotros hombre alguno? ¡Qué se vaya con los suyos!
--¿Y que vaya á alzar contra vosotros á toda la gente de los pueblos? No: dádmelo á mí. Es un hombre, y ninguno de nosotros puede mirarle de hito en hito en los ojos.
Akela levantó de nuevo la cabeza y dijo:
--De lo nuestro ha comido; con nosotros durmió hasta hoy; nos ha proporcionado caza; nada ha hecho que sea contrario á la Ley de la Selva...
--Además, yo pagué por él un toro cuando se le aceptó. Poco vale un toro; pero el honor de Bagheera es algo por lo cual acaso esté dispuesta á pelearse, dijo la pantera con voz que suavizó cuanto pudo.
--¡Un toro que fué pagado diez años atrás! gruñeron entre dientes los lobos de la manada. ¡Qué nos importan unos huesos roídos hace ya diez años!
--¿O, mejor, qué os importa una promesa? dijo Bagheera mostrando sus blancos dientes por debajo del labio. ¡Bien os sienta ese nombre de Pueblo Libre!
--Un cachorro humano no puede juntarse con el Pueblo de la Selva, rugió Shere Khan. ¡Entregádmelo!
--Por todo es nuestro hermano, excepto por la sangre, siguió diciendo Akela. ¡Y vosotros quisierais matarle aquí! En verdad que harto he vivido. Algunos de vosotros se alimentan de ganado, y de otros he oído decir que, bajo la dirección de Shere Khan, van de noche, protegidos por la oscuridad, á robar niños á las mismas puertas de las aldeas. De ello deduzco que sois cobardes, y que á cobardes estoy hablando. Cierto que he de morir, y mi vida carece ya de valor, mas, á tenerlo, yo la ofrecería en lugar de la del hombrecito. Pero por el honor de la manada (una bagatela de la cual os habéis olvidado desde que estáis sin jefe), yo os prometo que, si dejáis á ese hombre-cachorro volver con los suyos, no he de enseñaros los dientes cuando me llegue la hora de morir. Esperaré la muerte sin resistencia. Lo menos tres vidas se ahorrarán así. No puedo hacer más; pero si asentís á lo que os digo, no pasaréis por la vergüenza de matar á un hermano que ningún delito ha cometido... un hermano cuya vida fué defendida y comprada, de acuerdo con la Ley de la Selva, cuando se le incorporó á nuestra manada.
--¡Es un hombre... un hombre... un hombre! gruñeron los lobos, y la mayor parte de ellos comenzó á agruparse en torno de Shere Khan, que se azotaba los ijares con la cola.
--En tus manos está ahora el asunto, dijo Bagheera á Mowgli. Ni tú ni yo podemos hacer ya más que luchar contra todos.
Púsose Mowgli en pie llevando entre las manos la maceta del fuego. Estiró los brazos y bostezó mirando hacia el Consejo; pero estaba loco de ira y de pena al ver que los lobos, procediendo como lo que eran, le habían ocultado siempre el odio que por él sentían.
--¡Escuchadme! gritó. Ninguna necesidad hay de que estéis aquí charlando como si fuerais perros. Tantas veces me habéis dicho ya esta noche que soy un hombre (y en verdad que, por mi gusto, hubiera sido un lobo hasta el fin de mi vida), que empiezo á comprender que estáis en lo cierto. En adelante, no os llamaré ya hermanos míos, sino _sag_ (perros) como os llamaría un hombre. Lo que haréis, ó dejaréis de hacer, no sois vosotros los llamados á decirlo. Asunto es éste que me corresponde á mí; y para que podáis haceros cargo de él más claramente, yo, el hombre, he traído aquí una pequeña porción de la Flor Roja que tanto os atemoriza á vosotros, como perros que sois.
Arrojó al suelo la maceta del fuego, y algunas de las brasas prendieron en un montón de seco musgo, que ardió al punto, mientras todo el Consejo retrocedía aterrorizado al ver elevarse las llamas.
Lanzó Mowgli sobre el fuego la rama que llevaba, y cuando ésta se encendió chisporroteando, comenzó á agitarla rápidamente por encima de los acobardados lobos.