El libro de las tierras vírgenes

Part 33

Chapter 334,076 wordsPublic domain

Tendía en torno suyo la mirada, pero nada más veía que los burlones _Bandar-log_ correteando por entre los árboles y Mor haciendo la rueda, brillando en todo su esplendor, allá abajo, en los declives.

--¡Los olores han cambiado! gritaba Mor. ¡Buena suerte, Hermanito! ¿Por qué no contestas?

--¡Hermanito, buena suerte! silbaron Chil, el milano, y su compañera, descendiendo juntos por el aire en rápido vuelo. Ambos pasaron tan cerca de Mowgli que, al rozar con él, algo de suave y blanco plumón se desprendió de sus alas.

Ligera lluvia primaveral (lluvia de elefante, como ellos dicen allí) pasó á través de la Selva, formando una faja de más de medio kilómetro de ancho, dejó tras de sí mojadas las hojas y moviéndose, y, al fin, terminó con un doble arco iris y algunos truenos. El zumbido especial de la primavera rompió todo freno por un momento y después quedó en silencio; pero todos los habitantes de la Selva parecían gritar á la vez. Sólo faltaba que á ellos se sumara Mowgli.

--He comido buenos alimentos, dijo éste entre sí, y buena agua he bebido. No arde mi garganta ni parece cerrarse, como cuando mordí la raíz de manchas azuladas que Oo, la tortuga, me dijo que era alimento sano. Pero siento el pecho oprimido, y he hablado con violencia á Bagheera y á otros, á los de la Selva, en general, y á los míos. Por otra parte, ya siento calor, ya frío, ó bien ni calor ni frío, pero malhumor contra algo que no acierto á ver. _¡Huhu!_ ¡Hora es ya de correr! Esta noche atravesaré los campos; sí, emprenderé mi carrera primaveral á los Pantanos del Norte, y volveré aquí otra vez. Hace demasiado tiempo que cazo con harta comodidad. _Los cuatro_ vendrán conmigo, porque se están poniendo gordos como gorgojos.

Llamólos entonces, pero ninguno de los cuatro le contestó. Hallábanse donde no podían oirle, cantando las canciones de primavera (las de la Luna y del _Sambhur_) con los lobos de la manada; porque en la estación primaveral el Pueblo de la Selva no halla, apenas, diferencia entre el día y la noche. Dió el agudo grito semejante á un ladrido, pero la única contestación que obtuvo fué el burlón _miau_ del pequeño gato montés moteado, que se arrastraba tortuosamente por entre las ramas, buscando nidos tempranos. Al oirlo tembló de coraje y echó mano al cuchillo. Luego adoptó un continente altivo, aunque nadie había allí que pudiera verlo, y bajó á grandes pasos y muy serio por la falda de la colina, alta la barbilla y fruncidas las cejas. Pero ni uno de los suyos le hizo la menor pregunta, porque harto ocupados estaban todos con sus propios asuntos.

--Sí, dijo entre sí Mowgli, aunque en el fondo de su pecho bien veía que no tenía razón: que vengan del Dekkan los perros jaros, ó que se agite la Flor Roja entre los bambúes, y toda la Selva corre lloriqueando á precipitarse á los pies de Mowgli, dándole grandes calificativos como si fuera un elefante. Pero ahora, porque los _ojos de primavera_ se han vuelto rojos, y á Mor se le ocurre enseñar las desnudas piernas en sus danzas de primavera, la Selva se vuelve loca, como Tabaqui... ¡Por el toro que me rescató! ¿Soy ó no soy el amo de la Selva? ¡Silencio! ¿Qué es lo que hacéis ahí?

Por uno de los senderos descendían corriendo dos lobos jóvenes pertenecientes á la manada, buscando campo abierto en que poder luchar. (Ya recordaréis que la Ley de la Selva prohibe el pelearse donde pueda verlo el resto de la manada). Tenían los pelos del pescuezo erizados, como si fueran alambres, y ladraban furiosamente, acercándose agachados uno á otro, prontos á dar la primera acometida. Dió Mowgli un salto hacia delante y cogió con cada mano uno de aquellos estirados pescuezos, creyendo poder lanzar hacia atrás ambos animales, como había hecho muy á menudo en juegos ó cacerías de la manada. Pero nunca había tenido que intervenir en ninguna de las luchas de primavera. Ambos saltaron hacia delante y lo echaron al suelo, después de lo cual, y sin perder tiempo en decir nada, se agarraron, y así fueron rodando y rodando.

Casi antes de llegar al suelo estaba ya Mowgli de pie, desnudo el cuchillo, enseñando los dientes, y deseando en aquel momento matarlos á uno y otro, nada más que por luchar cuando él quería que se estuvieran quietos, aunque según la Ley, todo lobo tiene el indiscutible derecho de pelearse. Dió vueltas en torno de los dos, encogidos los hombros, temblorosa la mano, preparándose á darles de cuchilladas cuando hubiera pasado la primera furia del ataque; pero, esperando, sus fuerzas parecieron abandonarle, la punta del cuchillo fué bajándose, y acabó por volverlo á la vaina y quedarse mirando.

--No hay duda que he comido algo que es veneno, dijo, al fin, suspirando. Desde que interrumpí el Consejo con la Flor Roja... desde que maté á Shere Khan... ni uno sólo de los de la manada era capaz de echarme al suelo. ¡Y éstos no son más que zagueros de la manada... cazadores sin importancia! He perdido la fuerza, y no tardaré en morirme. ¡Ah! ¿Por qué, Mowgli, no los matas á los dos?

Continuó la lucha hasta que uno de ambos lobos huyó, y el muchacho se quedó solo, sobre aquella tierra removida y ensangrentada, mirando ora su cuchillo, ora sus piernas y brazos, mientras la sensación de profundo aplanamiento, de honda infelicidad que jamás había experimentado hasta entonces, pesaba sobre él como el agua pesa sobre un leño que cubre.

Cazó temprano aquella noche y no comió más que un poco, á fin de hallarse en disposición de emprender su carrera primaveral, comiendo ese poco él solo, porque todo el Pueblo de la Selva se hallaba lejos, cantando ó luchando unos con otros. La noche, magnífica, era una de aquéllas que ellos llaman blancas. Todas las plantas parecían haber crecido tanto desde la mañana como si hubiera ya transcurrido un mes. La rama que el día antes mostraba hojas amarillas dejaba correr ahora la savia al romperla Mowgli. Los musgos se enroscaban tibios y mullidos, por encima de sus pies; la yerba nueva no cortaba aún al tocarla, y todas las voces de la Selva resonaban como una sola cuerda de arpa que la luna pulsara... la Luna de la temporada del _Lenguaje Nuevo_, que lanzaba de lleno su luz sobre las rocas y las lagunas, la deslizaba entre los troncos y las enredaderas, y la filtraba á través de millones de hojas. Olvidándose de lo desdichado que le parecía ser, Mowgli cantaba en alta voz con el más puro júbilo al emprender su carrera. Tenía ésta, más bien, algo del vuelo, porque había él escogido como punto de partida la larga y rápida pendiente que conduce á los Pantanos del Norte, atravesando por el corazón de la Selva, donde el terreno, verdaderamente elástico, por la yerba, amortiguaba el ruido de sus pasos. Un hombre que hubiera sido educado entre los hombres habría tenido en su camino no pocos tropiezos, engañado por la vaga luz de la luna; pero los músculos de Mowgli, adiestrados ya por los años de experiencia que tenía, le sostuvieron con la misma facilidad que si fuera una pluma. Cuando algún leño podrido ó una piedra escondida se torcían bajo sus plantas, él seguía adelante como si tal cosa, sin moderar su velocidad, sin el menor esfuerzo, ni preocuparse lo más mínimo. Cuando estaba cansado de caminar por el suelo echaba al aire las manos, asiéndose como un mono de algunas de las enredaderas más próximas, y parecía flotar, más bien que encaramarse, llegando hasta las más delgadas ramas de los árboles, desde donde seguía alguno de los _caminos arbóreos_, hasta que cambiaba de idea y se lanzaba al suelo otra vez, describiendo una larga curva. Había sitios silenciosos, cálidos y profundos, rodeados de húmedas rocas, donde casi no podía respirar por los fuertes olores que se desprendían de las flores nocturnas y de los capullos de las enredaderas; obscuras avenidas en que la luz de la luna formaba sobre el suelo brillantes fajas, puestas con la misma regularidad que si fueran piezas de mármol colocadas en la nave de una iglesia; espesos y húmedos matorrales en que los nuevos brotes le llegaban al pecho y parecían echarle los brazos alrededor de la cintura; cimas de montaña coronadas de rocas hechas pedazos, donde saltaba de piedra en piedra por encima de las zorreras en que las raposas pequeñas se ocultaban asustadas. Oía, á veces, muy débil y lejano, el _chug-drug_, el ruido, de un jabalí afilando sus colmillos contra un tronco, y se encontraba con el enorme animal arañando y arrancando la corteza de un altísimo árbol, llena de espumarajos la boca y echando llamas los ojos. O bien se desviaba algo al oir un ruido de cuernos chocando y silbantes gruñidos, y pasaba como una exhalación por delante de un par de _sambhurs_ enfurecidos que se movían como vacilantes, baja la cabeza, cubiertos de rayas de sangre que á la luz de la luna parecían negras. Finalmente, en algún vado oía á Jacala, el cocodrilo, dando bramidos como un buey, ó separaba á una pareja perteneciente al Pueblo venenoso; pero antes de que pudieran picarle estaba ya lejos, cruzando por los brillantes guijarros, y se internaba de nuevo en la Selva.

Así fué corriendo, unas veces gritando, otras cantando, sintiéndose ya entonces el más feliz de cuantos seres viven allí, hasta que, al fin, el olor de las flores le indicó que se hallaba cerca de los pantanos, y éstos estaban mucho más lejos de los límites de su acostumbrado cazadero.

Aquí, también, cualquier hombre entre los hombres educado habríase hundido hasta el cuello á los tres pasos; pero dijérase que Mowgli tenía ojos en los pies y que aquéllos lo llevaban de mata en mata movediza, vacilante, sin necesidad de pedir auxilio á los ojos de la cara. Corrió hacia el centro de la ciénaga, asustando á los patos al pasar, y se sentó sobre un tronco de árbol cubierto de musgo y caído sobre el agua negruzca. Todos los moradores del pantano estaban despiertos en torno suyo, porque en la Primavera el Pueblo de los pájaros tiene muy ligero el sueño, y así toda la noche estuvieron yendo de un lado á otro en gran número. Pero ninguno de ellos hizo el menor caso de Mowgli que, sentado entre las altas cañas, susurraba canciones sin palabras y se miraba las plantas de los pies, morenos y endurecidos, para ver si le había quedado clavada allí alguna espina. Toda su infelicidad parecía haberla dejado atrás, en la Selva; pero comenzaba, precisamente, á entonar una de sus canciones á grito pelado cuando volvió á apoderarse de él... y diez veces peor que antes.

Lo que es entonces sintió miedo Mowgli.

--¡También está aquí! dijo casi en alta voz. ¡Me ha seguido! Y miró por encima del hombro para ver si _aquello_ estaba, realmente, allí, á su espalda. No hay nadie, añadió.

Los ruidos nocturnos del pantano continuaron, mas ni un ave, ni una fiera, le dijeron nada, y el sentimiento de tristeza que le embargaba fué aumentando.

--De seguro que estoy envenenado, dijo con voz que reflejaba el terror que sentía. Habré tragado algún veneno inadvertidamente, y he perdido las fuerzas. Sentí miedo (y, sin embargo, no era yo el que lo sentía)... Mowgli tuvo miedo cuando los dos lobos se peleaban. Akela, y hasta el mismo Fao, los hubieran reducido á la obediencia, y, no obstante, Mowgli se acobardó. Esto es señal indudable de que he tragado algún veneno... Pero ¿qué les importa á los de la Selva? Cantan, aullan, luchan unos con otros y corren en cuadrillas á la luz de la luna, mientras yo... _¡Hai-mai!_... yo me estoy muriendo aquí, en los pantanos, víctima de ese veneno que he tragado.

Tal compasión sentía por sí mismo que casi lloraba al decir estas palabras.

--Y luego, continuó, me encontrarán echado sobre esa agua negra. No, volveré á mi Selva y moriré sobre la Peña del Consejo, y Bagheera, á quien quiero... si es que no anda gritando por el valle... tal vez vigilará algún rato lo que de mí quede, para que Chil no haga conmigo lo que hizo con Akela.

Gruesa y tibia lágrima fué á caer sobre su rodilla, y, á pesar de lo triste que se hallaba, Mowgli sentía algo como el placer de su desgracia, si es que cabe explicar y entender esa clase de felicidad al revés.

--Sí, lo que Chil, el milano, hizo con Akela, repitió, aquella noche en que yo salvé de los perros jaros á la manada.

Quedóse un rato callado, pensando en las últimas palabras del Lobo Solitario, de que, por supuesto, os acordaréis.

--Pues bien: Akela me dijo infinidad de tonterías antes de morir, porque cuando nos morimos lo que tenemos en el pecho cambia completamente. Dijo... pero no importa; á pesar de todo, yo pertenezco á la Selva.

En medio de la excitación que sentía al recordar la lucha en las orillas del Wainganga, pronunció Mowgli las últimas palabras gritando, y la hembra de un búfalo salvaje que estaba entre las cañas levantóse del suelo, poniéndose sobre las rodillas, y dijo dando un bufido:

--¡Un hombre!

--_¡Uh!_ contestó Mysa, el búfalo (Mowgli lo oía moverse en su charco), eso no es un hombre. No es más que el lobo pelón de la manada de Seeonee. En noches como ésta anda corriendo de un lado á otro.

--_¡Uh!_ dijo, también, la hembra, bajando otra vez la cabeza para pacer: creí que era un hombre.

--Te digo que no. ¡Mowgli! ¿Hay algún peligro? mugió entonces Mysa.

--¡Mowgli! ¿Hay algún peligro? repitió el muchacho burlándose. ¡Eso es lo único que piensa Mysa: si hay algún peligro! Pero de Mowgli, que va por la noche de un lado á otro vigilando ¿qué se le importa?

--¡Cómo grita! exclamó la hembra.

--Así gritan, dijo Mysa con aire despreciativo, los que cuando han arrancado la yerba no saben luego cómo arreglarse para comerla.

--Por mucho menos que esto, dijo entre sí Mowgli, por mucho menos, en la época de las lluvias, hubiera yo pinchado á Mysa hasta sacarlo de su charco, y, montado en él, lo hubiera llevado á través del pantano atado con una cuerda de juncos.

Tendió la mano para romper uno de éstos, pero volvió á retirarla dando un suspiro. Mysa siguió rumiando imperturbable, y la larga yerba iba clareando donde el búfalo pacía.

--No quiero morir aquí, dijo Mowgli incomodado. Mysa, que es de la misma sangre de Jacala y del jabalí, me vería. Vamos más allá de los pantanos á ver qué ocurre. Nunca he emprendido una carrera como ésta: siento frío y calor á la vez. ¡Animo, Mowgli!

No pudo resistir á la tentación de deslizarse, escondido entre los juncos, hasta llegar á donde estaba Mysa y darle un pinchazo con la punta de su cuchillo. El enorme búfalo salió, chorreando, de su charco, como una bomba al explotar, mientras á Mowgli fué tal la risa que le acometió que tuvo que sentarse.

--Anda ahora y dí que el lobo pelón de la manada de Seeonee te ha tratado como á un búfalo de rebaño, Mysa, gritó.

--¿Lobo, tú? dijo, dando bufidos, el búfalo y pateando sobre el barro. Toda la Selva sabe que guardabas ganado... que eres un rapaz como ésos que gritan entre el polvo, allá lejos, en los campos. ¿Tú, uno de los de la Selva?... ¿Qué cazador se hubiera arrastrado como una serpiente entre sanguijuelas, y, por una broma indigna... por una broma de chacal... me habría avergonzado delante de mi hembra? Sal afuera, á la tierra firme, y verás... verás lo que te hago...

Lanzaba el animal espumarajos de rabia, porque Mysa es tal vez quien peor genio tiene en toda la Selva. Mowgli mirábale con ojos que reflejaban inalterable calma, mientras el otro daba bufidos. Cuando pudo hacerse oir entre el ruido del barro que saltaba en chispas, dijo:

--¿Qué manada de Hombres hay por aquí, cerca de los pantanos, Mysa? Yo no conozco esta parte de la Selva.

--Vete hacia el Norte, pues, bramó furioso el búfalo, porque el pinchazo de Mowgli había sido bastante fuerte. Eso ha sido una burla digna de un vaquero como tú. Anda y cuéntasela á los de la aldea, allá al extremo del pantano.

--Á las manadas de hombres no les gustan los cuentos de la Selva, y no me parece, Mysa, que porque muestres un arañazo más ó menos en la piel es cuestión de reunir un consejo. Pero iré á dar un vistazo á esa aldea. Sí, iré. ¡Calma, ahora, calma! No se ofrece cada noche la ocasión de que el dueño de la Selva venga á guardarte mientras paces.

Saltó sobre la tierra movediza al extremo del pantano, sabiendo perfectamente que Mysa no le embestiría allí, y echó á correr, riéndose al pensar en lo rabioso que se había puesto el búfalo.

--No he perdido aún toda la fuerza, dijo. Tal vez el veneno no me ha llegado todavía hasta los huesos. Allá lejos hay una estrella, muy baja.

Al decirlo, miróla por entre las manos casi cerradas.

--¡Por el toro que me rescató! ¡Es la Flor Roja!... la Flor Roja junto á la cual me senté yo antes... antes de ir á unirme á la primera manada de Seeonee. Ahora que lo he visto daré aquí por acabada mi carrera.

El pantano terminaba en una ancha llanura en la cual parpadeaba una luz. Largo tiempo había transcurrido desde la última vez que Mowgli se mezcló en los asuntos de los hombres, pero aquella noche el resplandor de la Flor Roja le indujo á seguir adelante.

--Daré una ojeada, se dijo, como otra vez en tiempos pasados, y veré si la manada humana ha cambiado mucho.

Olvidándose de que no se hallaba ya en su Selva, donde podía hacer cuanto se le antojara, comenzó á correr descuidadamente por la yerba, húmeda de rocío, hasta que llegó á la choza donde ardía la luz. Tres ó cuatro perros avisaron su llegada ladrando, pues se hallaba ya en los alrededores de una aldea.

--¡Eh! dijo Mowgli, sentándose sin producir el menor ruido, después de lanzar un aullido de lobo que redujo al silencio á los gozques. Suceda lo que suceda. Mowgli ¿qué tienes tú que ver con los cubiles en que vive la manada de los hombres?

Pasóse, al decirlo, la mano por la boca, acordándose de que una piedra fué á herirla, años atrás, cuando la otra manada humana le arrojó de su seno.

Abrióse la puerta de una choza y apareció una mujer que miró hacia la obscuridad de afuera. Lloró un chiquillo, y la mujer dijo por encima del hombro:

--Duerme. No era más que un chacal que despertó á los perros. Pronto se hará de día.

Mowgli, oculto en la yerba, comenzó á temblar como atacado de fiebre. Conocía perfectamente aquella voz; pero, para estar más seguro, gritó suavemente, sorprendido él mismo de la facilidad con que podía aún hacer uso del lenguaje de los hombres:

--¡Messua! ¡Messua!

--¿Quién llama? preguntó la mujer con voz temblorosa.

[Ilustración]

--¿Me has olvidado ya? dijo Mowgli, que al hablar sentía completamente seca la garganta.

--Si eres tú ¿cuál es el nombre que te dí? ¡Dime!

Había entornado la puerta y apretaba una de sus manos contra el pecho.

--¡Nathoo! ¡Nathoo! dijo Mowgli, porque, como recordaréis, éste era el nombre que le dió Messua cuando fué por primera vez á unirse á la manada de los hombres.

--Ven, hijo mío, gritó ella, y Mowgli, adelantándose hacia la luz, miró cara á cara á Messua, la mujer que tan bondadosa había sido con él y cuya vida salvó el muchacho, en pago, largo tiempo hacía. Hallóla más vieja, con el cabello gris, pero ni sus ojos ni su voz habían cambiado. Como mujer que era, esperaba ver á Mowgli tal como cuando le dejó, y su mirada vagaba perpleja desde el pecho de aquél á la cabeza, que llegaba al dintel de la puerta.

--¡Hijo mío! balbuceó; y luego, echándose á sus pies, siguió diciendo:

--Pero ya no eres ahora mi hijo, sino un dios de los bosques ¡ay!

De pie como estaba; alumbrado por la roja luz de la lámpara de aceite; fornido, alto, hermoso; cayéndole sobre los hombros el largo cabello negro; pendiente de su cuello el cuchillo, que se balanceaba; coronada de blancos jazmines la cabeza, fácilmente podía tomársele por alguno de los dioses de que hablan las leyendas de la Selva. El chiquillo, medio dormido en su cuna, se levantó, comenzando á gritar aterrorizado. Volvióse Messua para apaciguarlo, mientras Mowgli se quedaba inmóvil, parado, mirando los jarros y las cacerolas, el arcón del grano y todos los otros útiles que usan los hombres y que él vió que recordaba perfectamente.

--¿Quieres comer ó beber algo? dijo Messua como susurrando las palabras. Todo esto es tuyo. Nosotros te debemos la vida. Pero ¿de veras eres tú aquél á quien yo llamé Nathoo, ó bien un dios?

--Soy Nathoo, contestó Mowgli. He ido á parar muy lejos de mis propios lugares. Ví esta luz y vine. No sabía que estuvieras tú aquí.

--Después de habernos ido á Khanhiwara, dijo Messua tímidamente, los ingleses se prestaron á ayudarnos para ir contra aquella gente que nos quería quemar. ¿Te acuerdas?

--¡Ya lo creo! No lo he olvidado.

--Pero cuando la ley inglesa lo tuvo todo preparado fuimos á la aldea de aquella gente tan mala y nos hallamos con que no existía ya.

--También de eso me acuerdo, dijo Mowgli acompañando las palabras con un ligero estremecimiento de las ventanas de la nariz.

--Mi hombre, pues, púsose á trabajar en los campos al servicio de otro, y, al fin (porque realmente era hombre muy fuerte), tuvimos alguna porción de tierra propia. No es tan buena como la de la otra aldea, pero no necesitamos mucho... los dos.

--¿Dónde está él... el hombre que escarbaba en la tierra cuando tenía miedo... aquella noche?

--Está muerto... hace un año.

--¿Y éste? dijo Mowgli señalando al chiquillo.

--Es mi hijo, que nació dos _lluvias_ hace. Si tú eres un dios haz que la Selva lo proteja, que no le ocurra nunca nada entre tu... entre tu gente, del mismo modo que nos protegiste aquella noche.

Levantó en brazos al niño, que, olvidándose ya del pasado miedo, se abalanzó al cuchillo que colgaba del cuello de Mowgli y se puso á jugar con la hoja, por lo que éste le apartó los deditos con gran cuidado.

--Y si tú eres Nathoo, el que el tigre se llevó, siguió diciendo Messua, ahogando un sollozo, entonces él es tu hermanito. Dale tu bendición como hermano mayor.

--_¡Hai-mai!_ ¿Y qué sé yo de eso que se llama _bendición_? Yo no soy ni un dios ni tampoco su hermano y... ¡oh, madre, madre! tengo el corazón oprimido...

Al colocar al chiquillo en el suelo Mowgli sintió un estremecimiento.

--¡Claro está! dijo Messua, muy atareada con sus cacerolas. Esto proviene de ir corriendo por los pantanos, de noche. No hay duda de que las fiebres se han apoderado de tí hasta los huesos.

Sonrióse Mowgli ante la idea de que hubiera algo en la Selva que pudiera hacerle daño.

--Voy á encender fuego y beberás leche caliente. Quítate la corona de jazmines: el olor es demasiado fuerte para sitio tan pequeño como éste.

Sentóse Mowgli, hablando entre dientes y ocultando la cara entre las manos. Toda suerte de extrañas sensaciones nunca experimentadas antes por él, le asaltaban ahora, ni más ni menos que si estuviera envenenado, sintiendo mareo. Bebió la leche caliente á grandes sorbos, mientras Messua le daba de cuando en cuando con la mano cariñosos golpecitos en el hombro, no muy segura de si aquél era su hijo Nathoo, el de pasados tiempos, ó algún ser maravilloso venido de la Selva; pero de todos modos alegrándose de que, cuando menos, fuera de carne y hueso.

--Hijo, exclamó al fin (y al decirlo sus ojos brillaban de orgullo) ¿no te ha dicho nadie que eres hermoso, más hermoso que todos los hombres?

--¿Eh? contestó Mowgli, porque, naturalmente, nunca había oído semejante cosa.

Rióse Messua cariñosamente y con aire de felicidad. Con la expresión que en la cara de él se descubría le bastaba.

--¿Yo soy la primera, pues? Es justo, aunque pocas veces ocurra, que una madre diga estas cosas agradables á su hijo. Eres hermoso. Nunca he visto un hombre que lo fuera tanto.

Volvió Mowgli la cabeza intentando mirarse por encima del robusto hombro, y Messua rióse, nuevamente, durante tanto rato que Mowgli, sin saber por qué, tuvo que imitarla, y el chiquillo corría de uno á otro, riendo también.

--No, tú no te has de reir de tu hermano, dijo Messua cogiéndolo y acercándolo á su pecho. Cuando tengas nada más que la mitad de su hermosura te casaremos con la más joven de las hijas de un rey, y entonces irás montado en grandes elefantes.