El libro de las tierras vírgenes

Part 34

Chapter 342,856 wordsPublic domain

No entendía Mowgli ni una palabra de todo esto, y como, por otra parte, la leche caliente comenzaba á producirle efecto después de una carrera tan larga, acomodóse para entregarse al sueño, y al cabo de un minuto se quedó profundamente dormido, mientras Messua le apartaba el cabello que tenía caído sobre los ojos, lo cubría con un pedazo de tela, y se sentía feliz al contemplarle. Según costumbre en la Selva, durmió Mowgli lo que faltaba para terminar aquella noche y además todo el día siguiente, pues el instinto, nunca del todo adormecido, le advertía que nada tenía que temer. Al fin, despertóse dando un salto que hizo temblar la choza, porque la tela que sentía sobre la cara le había hecho soñar que caía en alguna trampa, y, así, se quedó de pie, puesta la mano en el cuchillo, llenos aún de sueño los asustados ojos, pronto para cualquier lucha que se ofreciera.

Rióse Messua y puso frente á él la comida de la tarde. No la constituían más que algunas bastas tortas, cocidas sobre un fuego que las dejó ahumadas, un poco de arroz y otro poco de conserva agria hecha de tamarindos: nada más que lo suficiente para esperar á que pudiera cazar algo por la noche. El olor del rocío en los pantanos le había abierto el apetito y excitado sus nervios. Deseaba terminar su interrumpida carrera primaveral; pero empeñóse el chiquillo en que lo tuviera en brazos y Messua en que, de todos modos, había de peinarle ella á su Nathoo el largo cabello de color de ala de cuervo. Púsose, pues, la mujer á peinarlo mientras cantaba cancioncillas sin sentido para dormir chiquillos, ya llamando á Mowgli hijo suyo, ya suplicándole que le diera á su niño un poco de su poder sobrenatural. La puerta de la choza estaba cerrada, pero Mowgli oyó un ruido que conocía perfectamente, y vió como el rostro de Messua se desencajaba horrorizado, al notar que una enorme pata pasaba por debajo de la puerta y al oir que, del otro lado de ésta, á fuera, sonaba un gemido ronco y lastimero en el que se mezclaban el arrepentimiento, la ansiedad y el temor.

--¡Quédate ahí y espera! Cuando llamé no quisiste venir... dijo Mowgli en el lenguaje de la Selva, sin volver la cabeza, y entonces desapareció la gran pata gris.

--No... no traigas contigo á tus... á tus servidores, dijo Messua. Yo... nosotros... hemos vivido siempre en paz con los de la Selva.

--En son de paz viene, contestó Mowgli levantándose. Acuérdate de aquella noche que pasaste en el camino de Khanhiwara. En torno tuyo había docenas como éste. Pero veo que hasta en la época de la primavera no siempre olvida el Pueblo de la Selva. Madre, me voy.

Apartóse Messua humildemente (no hay duda, pensó, de que es un dios de los bosques); pero al poner Mowgli la mano sobre la puerta pudieron más que nada en la pobre mujer sus sentimientos de madre y le arrojó los brazos al cuello una y otra vez.

--¡Vuelve! murmuró. Seas ó no hijo mío, vuelve, porque te quiero... Mira, hasta él también siente que te vayas, añadió señalando al chiquillo.

Lloraba éste porque veía que el hombre que llevaba aquel cuchillo brillante se iba.

--Vuelve alguna otra vez, repitió Messua. Ni de día ni de noche estará cerrada esta puerta para tí.

Sentía Mowgli como si con cuerdas le tiraran de la garganta, y su voz pareció salir de ella como arrancada con dificultad, al contestar:

--Con seguridad que volveré. Y ahora, añadió, dirigiéndose al lobo y apartándole la cabeza, que se acercaba á él cariñosamente cuando trasponía ya el umbral, ahora tengo una queja que darte, Hermano Gris. ¿Por qué no acudisteis _los cuatro_ juntos cuando os llamé hace tanto tiempo?

--¿Tanto tiempo? Si no fué más que ayer noche. Yo... nosotros... estábamos cantando en la Selva las nuevas canciones, porque ésta es la época del Lenguaje Nuevo. ¿Te acuerdas?

--Es verdad, es verdad.

--Y en cuanto hubimos cantado las canciones, siguió diciendo prontamente el Hermano Gris, yo me fuí tras de tu rastro. Me adelanté á todos los demás y seguí sin parar un momento. Pero, Hermanito ¿qué has hecho viniéndote á comer y á dormir con la manada de los hombres?

--Si hubieseis venido cuando os llamé no hubiera ocurrido esto, dijo Mowgli, corriendo mucho más aprisa.

--¿Y ahora que va á suceder? preguntó el Hermano Gris.

Iba Mowgli á contestar cuando una joven vestida de blanco comenzó á descender por un camino que venía desde un extremo de la aldea. El Hermano Gris desapareció inmediatamente, y Mowgli retrocedió, sin producir el menor ruido, hasta llegar á unos altos sembrados. Hubiera podido casi tocar á la muchacha con sólo alargar la mano cuando los tibios y verdes tallos se juntaron frente al rostro de él y le hicieron desaparecer como un fantasma. Chilló la joven, porque creyó haber visto un duende, y después dió un suspiro. Mowgli separó los tallos con las manos, y se quedó mirándola hasta que estuvo fuera del alcance de su vista.

--Y ahora no sé... dijo, suspirando á su vez. Pero ¿_por qué_ no vinisteis cuando os llamé?

--Nosotros te seguimos... te seguimos siempre, murmuró el Hermano Gris, lamiéndole los talones á Mowgli... te seguimos siempre, excepto en la época del Lenguaje Nuevo.

--¿Y me seguirías tú hasta la manada de los hombres? dijo en voz muy baja Mowgli.

--¿No te seguí aquella noche en que nuestra manada te expulsó? ¿Quién fué á despertarte cuando tú dormías entre los sembrados?

--Sí, pero ¿volverías á hacerlo?

--¿No te he seguido esta noche?

--Sí, pero una... y otra vez... y quizá alguna más... Hermano Gris.

Quedóse éste callado. Cuando, por fin, rompió el silencio, fué para decir como hablando consigo mismo:

--_La Negra_ estaba en lo cierto.

--¿Y qué es lo que dijo?

--Que, al fin, el hombre vuelve siempre al hombre. Raksha, nuestra madre, dijo...

--También Akela, aquella noche de los perros jaros... murmuró Mowgli.

--Lo mismo dice Kaa, que sabe más que todos nosotros.

--¿Y tú? ¿qué opinas, Hermano gris?

--Te expulsaron una vez llenándote de insultos. Hiriéronte en la boca con una piedra. Mandaron á Buldeo para que te asesinara. Te hubieran arrojado sobre la Flor Roja. Tú mismo (y no yo) has dicho que son malos y necios. Tú, y no yo... (porque yo no hice más que seguir á los míos), tú fuíste quien lanzó á la Selva contra ellos. Tú, y no yo, inventaste una canción contra los hombres, más amarga aun que la nuestra contra los perros jaros.

--Te pregunto qué es lo que tú opinas.

Hablaban ambos mientras iban corriendo. El Hermano Gris galopó aún un rato más sin contestar, y, al fin, dijo entre salto y salto:

--Hombre-cachorro... Dueño de la Selva... Hijo de Raksha, hermano mío... aunque sea algo olvidadizo en primavera, tu rastro es el mío, tu cubil es mi cubil, tu caza es la mía, y donde tú mueras luchando, moriré yo. Hablo, también, en nombre de los otros tres. Pero ¿y qué vas á decirle ahora á la Selva?

--Bien pensado. Entre ver una pieza y el acto de matarla no conviene que pase mucho rato. Adelántate y llámalos á todos para que asistan al Consejo de la Peña, y yo les diré entonces lo que aquí en el pecho siento. Pero tal vez no acudirán al llamamiento... como estamos en la época del Lenguaje Nuevo, quizá me olvidarán.

--¿Es que tú no te has olvidado alguna vez de algo? ladró el Hermano Gris, volviendo la cabeza mientras corría á galope y Mowgli le seguía pensativo.

En cualquiera otra época la noticia hubiera atraído á todos los habitantes de la Selva, que se hubieran presentado juntos, erizados todos los pelos del cuello; pero ahora se hallaban muy ocupados cazando, peleándose, y cantando. De uno á otro fué corriendo el Hermano Gris, gritando:

--¡El Amo de la Selva se vuelve con los hombres! ¡Venid al Consejo de la Peña!

Y todos, alegres, pletóricos de vida, le contestaban únicamente:

--Ya volverá con los calores del verano. Las lluvias le traerán nuevamente al cubil. Ven á correr y á cantar con nosotros, Hermano Gris.

--Pero es que el Dueño de la Selva vuelve á irse con los hombres, repetía el Hermano Gris.

--_¡Eee-Yoawa!_ ¿Acaso es menos dulce por esto la época del Lenguaje Nuevo? le contestaban.

Como consecuencia, cuando Mowgli, con el corazón oprimido, subió por entre las rocas que tan bien conocía, al sitio en que, en otro tiempo, le presentaron al Consejo, no halló allí más que á _los cuatro_, Baloo, que estaba ya casi ciego con los años, y la pesada y fría Kaa, enroscada en el puesto que solía ocupar Akela.

--¿Termina, pues, aquí tu rastro, Hombrecito? dijo Kaa cuando Mowgli se arrojó al suelo con el rostro entre las manos. Lanza tu grito: somos de la misma sangre tú y yo... el hombre y la serpiente.

--¿Por qué no me mataron los perros jaros? gimió el muchacho. Mi fuerza me ha abandonado, y no es ningún veneno la causa. De día y de noche oigo unos pasos que van siguiendo los míos. Si vuelvo la cabeza paréceme que en aquel mismo instante alguien se esconde para que no le vea. Voy á ver si está detrás de los árboles, y nadie hay allí. Llamo, y nadie me responde: pero creo que alguien me escucha y se guarda la respuesta. Echome, y no puedo descansar. Corro, como corremos en la primavera, pero no me siento por ello más calmado. Báñome, pero el baño no me refresca. Disgústame el matar, y, con todo, no me atrevo á luchar más que cuando, al fin, mato. La Flor Roja está en mi cuerpo... mis huesos se han vuelto como el agua... y... no sé lo que me pasa.

--¿Qué necesidad hay de que hablemos? dijo Baloo muy reposadamente, volviendo la cabeza hacia el sitio en que estaba echado Mowgli. Akela, allá junto al río, dijo que Mowgli arrastraría á Mowgli nuevamente hacia la manada de los hombres. Yo lo dije también. Pero ¿quién escucha ahora á Baloo? Bagheera... ¿dónde está Bagheera esta noche?... Ella lo sabe igualmente. Es la Ley.

--Cuando nos encontramos en las Moradas Frías, Hombrecito, ya lo sabía yo, dijo Kaa, volviéndose un poco, enroscada en sus potentes anillos. Al fin, el Hombre siempre vuelve al Hombre, aunque la Selva no lo arroje de su seno.

_Los cuatro_ miráronse uno á otro y luego á Mowgli, perplejos, pero prontos á obedecer.

--¿Entonces, la Selva no me expulsa, pues? balbuceó Mowgli.

El Hermano gris y los otros tres lobos gruñeron furiosos, y comenzaron á decir:

--Mientras nosotros estemos vivos nadie se atreverá...

Pero Baloo los hizo callar en seguida.

--Yo te enseñé la Ley. Á mí es á quien toca hablar, dijo, y, aunque no vea ya ni las rocas que tengo delante, _veo_ muy lejos. _Ranita_, sigue tu rastro; haz tu cubil entre los de tu propia sangre, entre los de tu manada, entre tu propia gente; pero cuando necesites comida, ó quieras que te ayudemos con los dientes, con los ojos ó llevando rápidamente, por la noche, alguna orden tuya, acuérdate, Dueño de la Selva, de que ésta está pronta á obedecerte.

--También la Selva _media_ es tuya, dijo Kaa. Ten en cuenta que no hablo en nombre de gente sin importancia.

--_¡Hai-mai!_ hermanos míos, exclamó Mowgli, echando los brazos al aire y sollozando. ¡No sé ya lo que deseo! No quisiera irme, pero se me van los pies, contra mi voluntad. ¿Cómo podré renunciar á esas noches nuestras?

--Vamos, levanta los ojos, Hermanito, repuso Baloo. No hay aquí nada de que avergonzarse. Cuando hemos comido la miel es natural que abandonemos la colmena vacía.

--Una vez tirada la piel no solemos ponérnosla de nuevo, observó Kaa. Esa es la Ley.

--Escucha. Te quiero sobre todas las cosas, dijo Baloo; pero no hay palabra ni voluntad alguna que pueda detenerte aquí. ¡Levanta los ojos! ¿Quién se atrevería á hacer preguntas al Dueño de la Selva? Yo te ví jugando entre los blancos guijarros, ahí, un poco más lejos de donde estamos, cuando no eras más que un renacuajo, y Bagheera, que te rescató, pagando por tí un toro recién muerto, te vió también. De aquella inspección que se verificó entonces no quedan más testigos que nosotros dos, porque Raksha, tu madre adoptiva, murió, lo mismo que tu padre putativo; los lobos que antiguamente formaban la manada hace también mucho tiempo que murieron; tú sabes lo que fué de Shere Khan; y, en cuanto á Akela, murió entre los _dholes_, donde si no hubiera sido por tu habilidad y tu fuerza hubiera perecido también la segunda manada de Seeonee. Nada queda más que huesos viejos. No puede decirse ya que el Hombre-cachorro venga á pedirle permiso á su manada para marcharse, sino que ahora el Dueño de la Selva cambia de rastro. ¿Quién se atreve á preguntarle al Hombre la razón de lo que haga?

--Pero Bagheera y el toro que me rescató... dijo Mowgli. No quisiera...

Sus palabras fueron interrumpidas por un rugido y por el rumor de algo que caía en los matorrales vecinos, y un instante después, ligera, fuerte, terrible como de costumbre, apareció frente á él Bagheera.

--Por esto, dijo estirando una de sus patas que chorreaba sangre, no vine antes. La caza fué larga, pero ahí, entre las matas, queda muerto... Es un toro de dos años... el toro que te devuelve la libertad, Hermanito. Todas las deudas quedan ya pagadas. Por lo demás, yo no digo otra cosa que lo que Baloo diga.

Lamióle el pie á Mowgli y luego gritó, desapareciendo de un salto:

--Acuérdate de que Bagheera te quería.

Cuando estaba ya al pie de la colina gritó, nuevamente, con fuerza:

--¡Buena suerte en el nuevo rastro que sigues, Dueño de la Selva! Acuérdate de que Bagheera te quería.

--Ya lo has oido, dijo Baloo. No hay más: vete ahora. Pero antes acércateme, ven, _Ranita Sabia_.

--Siempre cuesta el mudar de piel, observó Kaa mientras Mowgli sollozaba largo rato, puesta la cabeza sobre el costado del oso ciego y anudados los brazos á su cuello, mientras Baloo intentaba débilmente lamerle los pies.

--Las estrellas se apagan, dijo el Hermano Gris, olfateando el viento del alba. ¿Dónde dormiremos hoy? Porque desde ahora vamos á seguir nuevas pistas.

* * * * *

Y aquí termina la última de las narraciones relativas á Mowgli.

[Ilustración]

=La canción final=

(He aquí la canción que Mowgli oyó resonar á su espalda mientras regresaba al hogar de Messua).

Baloo

¡Por el amor de aquel que en otro tiempo á su _ranita_ dirigir solía, guarda la ley del hombre cual la nuestra, oye al viejo Baloo: jamás la infrinjas.

Ya sea antigua ya nueva, clara ó turbia, síguela con afán como una pista, sin mirar á los lados mientras corras, sin pararte de noche ni de día.

Por el amor de aquel que bien te quiere, que te ama más que á todo ser con vida, cuando te hagan sufrir en tu manada dí sólo: «ya Tabaqui resucita»; cuando algún daño á amenazarte venga dí que Shere Khan no ha muerto todavía, cuando, pronto á matar, luzca el cuchillo guarda tu ley y la pendencia evita.

(Miel, raíces y palmas hacen siempre que los cachorros ningún mal reciban). ¡La gracia de la Selva te acompañe, la del Bosque, del Agua y de la Brisa!

Kaa

Del malhumor nace el miedo y el ojo que ve más claro es el sin párpados. Piensa que nunca nadie ha curado de las picadas de cobra, y aun su hablar hiere cual dardo. Si el que es más franco es más fuerte, ser cortés nunca fué malo.

No quieras llegar más lejos de lo que alcance tu brazo, ni en la rama carcomida busques sostén por lograrlo.

Mide sin error tu hambre si codicias cabra ó gamo, que á veces el ojo engaña y se atraganta el bocado.

Si harto ya, dormir quisieras, en oculto lugar hazlo, donde no pueda cogerte tu enemigo, descuidado.

Que á los cuatro vientos luzcas, limpio el cuerpo, el hablar cauto, y desde lejos te siga la _Selva media_ los pasos.

¡Que el Bosque, el Agua y el Viento te libren de todo daño!

Bagheera

En una jaula comenzó mi vida: bien lo que el hombre vale se me alcanza. ¡Por el cerrojo que rompí!... ¡No fíes, Hombre-cachorro, en gente de tu casta!

Cuando á la luz de las estrellas caces busca la pista recta y no embrollada. Ya sea en el cubil, ya en cacería, teme al Hombre-chacal: su amistad es mala.

Si «vente con nosotros», te dijeran, «que ganarás con ello», escucha y calla; si te piden ayuda contra el débil oye en silencio, sin jamás prestarla.

Deja la presunción para los monos: mata la pieza, que con esto basta, y no lo cuentes luego. En tu camino no retrocedas, al cazar, por nada.

(¡Oh nieblas matinales! Envolvedle, protectoras del ciervo y sus guardianas). ¡Que el favor de la Selva te acompañe, el del Viento, el del Bosque, y el del Agua!

Los tres

En el rastro que siguieres hasta pisar los umbrales donde la Flor que tememos sus rojos capullos abre; en las noches en que duermas aprisionado y sin aire, sin ver el materno cielo mientras vamos á rondarte; en las auroras que ansíes salir de tu dura cárcel, y en que la nostalgia sientas de la Selva que dejaste, ¡que el Bosque, el Agua y el Viento te protejan ó acompañen; Saber, Fuerza y Cortesía vayan contigo y te amparen! [Ilustración]