El libro de las tierras vírgenes
Part 32
Entonces comenzó la gran lucha, ya levantándose, ya aplanándose, ya haciéndose pedazos unos á otros, por grupos ó diseminados, á lo largo de la roja, húmeda arena, por encima ó entre las enredadas raíces de los árboles, á través ó en medio de los matorrales, entrando y saliendo por los sitios que cubría la yerba, pues, hasta entonces, eran tantos los _dholes_, que se hallaban en la proporción de dos contra uno, comparados con los lobos. Pero éstos luchaban por cuanto constituía la razón de ser de la manada, y no eran ya, únicamente, los flacos y altos cazadores de otras veces, de pecho hundido y blancos colmillos, sino que á ellos se juntaban las _lahinis_ de mirada ansiosa (las lobas de cubil, como suelen llamarse), luchando por sus camadas, y acompañadas, de cuando en cuando, por algún lobo de un año, de piel lanosa aun, como que no había mudado el pelo, y que iba á su lado tirando y agarrándose de ellas. Un lobo (bien debéis saberlo) ataca arrojándose á la garganta ó mordiendo hacia los costados, mientras que un _dhole_ procura, generalmente, morder en el vientre, de modo que cuando estos últimos peleaban fuera del agua, y tenían que levantar la cabeza para ello, los lobos llevaban ventaja. Sobre la tierra seca hallábanse, por el contrario, en condiciones de inferioridad; pero, fuera en el agua ó en la tierra, el cuchillo de Mowgli no descansaba un momento. _Los cuatro_ habíanse, al fin, abierto paso hasta llegar á su lado. El Hermano Gris, agachado entre las rodillas del muchacho, le amparaba los golpes dirigidos al vientre, mientras los demás le guardaban la espalda y los costados, ó le cubrían con su cuerpo cuando la sacudida de un _dhole_, que se había lanzado con toda su fuerza contra la resistente hoja del cuchillo, al saltar aullando le arrastraba al suelo en su caída. En cuanto á los demás que combatían no eran más que una masa desordenada y confusa, una apretada y ondulante multitud, que ora iba de derecha á izquierda, ora de izquierda á derecha, á lo largo de la orilla del río, ó bien giraba pausadamente, una y otra vez, sobre su propio centro. Aquí, se elevaba como una trinchera, se hinchaba como una burbuja de agua en un torbellino, y la burbuja se rompía y lanzaba al aire cuatro ó cinco perros heridos, cada uno de los cuales se esforzaba en volver al centro; allá, veíase á un lobo solo, vencido por dos ó tres _dholes_, y arrastrándoles hacia delante trabajosamente, cayéndose rendido con el esfuerzo; más allá, un cachorro de un año quedaba sostenido en el aire por la presión de los que le rodeaban, aunque rato hacía que estaba muerto, mientras su madre, loca de coraje, silenciosa, pasaba y volvía á pasar, mordiendo siempre; y, en medio de la pelea, sucedía, tal vez, que un lobo y un _dhole_, olvidándose de todos los demás, se preparaban hábilmente para ver quién sería el primero en morder, hasta que, de pronto, un verdadero torbellino de furiosos combatientes se los llevaba á ambos. Una vez, pasó Mowgli junto á Akela, que llevaba á cada lado un _dhole_ y apretaba en aquel momento las quijadas, casi sin dientes ya, sobre los ijares de un tercero; otra vez, vió á Fao con los dientes clavados en la garganta de un _dhole_, arrastrándolo por fuerza hacia delante, hasta llevarlo á donde los lobos de un año pudieran acabar con él. Pero lo principal de la lucha no era más que ciega confusión y un continuo ahogarse en medio de la obscuridad; dar golpes, pernear, caerse, ladrar, gruñir y mucho morder y desgarrar en torno suyo y por todos lados. Al avanzar la noche, el rápido é insoportable movimiento giratorio aumentó aún. Los _dholes_, acobardados, no se atrevían á atacar á los lobos, más fuertes que ellos; pero tampoco se atrevían á huir. Adivinó Mowgli que la pelea tocaba á su fin, y contentóse ya no más que con herir, para dejar inutilizadas á sus víctimas. Los lobos de un año iban haciéndose más atrevidos á cada momento; de cuando en cuando era ya posible tomar algún respiro, hablar con el compañero que estaba al lado, y el solo brillar del cuchillo bastaba á veces para hacer retroceder á alguno de los perros.
--Casi no falta más que el hueso por roer, gritó el Hermano Gris, que iba manando sangre por veinte heridas á la vez.
--Pero hay que roerlo, contestó Mowgli. _¡Eowawa!_ ¡Así hacemos las cosas en la Selva!
Y al decir esto, la ensangrentada hoja del cuchillo, brillando como una llama, fué á hundirse en los ijares de un _dhole_ cuyos cuartos posteriores quedaban ocultos por el cuerpo de un lobo que lo tenía agarrado.
--¡Es mi presa! gruñó el lobo arrugando la nariz. ¡Déjamelo!
--¿Tienes aún vacío el vientre, solitario? preguntóle Mowgli.
Won-tolla estaba tan lleno de heridas que su aspecto horrorizaba, pero, así y todo, tenía como paralizado al _dhole_ bajo sus garras, y éste no podía volverse para morderle.
--¡Por el toro que me rescató! dijo Mowgli con amarga sonrisa. ¡Si es el rabón!
Y, en efecto, era el perro de color bayo que dirigía la manada.
--No es discreto el matar cachorros y _lahinis_ (dijo Mowgli filosóficamente y enjugándose la sangre que le cubría los ojos), como no sea que uno haya matado también al solitario; y mucho me parece que esta vez va á ser Won-tolla quien te mate á tí.
Acudió en aquel momento un perro en ayuda de su jefe; pero, antes de que hubiera clavado los dientes en el costado de Won-tolla, el cuchillo de Mowgli se había clavado en su garganta, y el Hermano Gris se encargó de rematarlo.
--Así es como hacemos las cosas en la Selva, repitió Mowgli.
Won-tolla nada dijo: únicamente sus quijadas fueron apretándose cada vez más sobre el espinazo del _dhole_, al paso que su propia vida tocaba á su fin. Estremecióse el perro, inclinó la cabeza y quedó tendido, inmóvil, mientras el mismo Won-tolla caía también sobre su cuerpo.
--_¡Huh!_ La deuda de sangre queda ya pagada, dijo Mowgli. Canta la canción, Won-tolla.
--No cazará ya más, observó el Hermano Gris. Ni Akela tampoco, continuó, porque hace mucho rato que guarda silencio.
--¡Hemos roído ya el hueso! gritó con voz de trueno Fao, el hijo de Faona. ¡Ya huyen! ¡Matadlos, exterminadlos á todos, cazadores del Pueblo Libre!
Uno tras otro, iban retirándose paulatinamente los _dholes_ de aquella obscura y ensangrentada arena hacia el río, hacia la espesa Selva, corriente arriba ó corriente abajo, según donde hallaban despejado el camino.
--¡La deuda! ¡La deuda! gritó Mowgli. ¡Hay que hacérsela pagar! ¡Han asesinado al solitario! ¡No dejéis escapar ni á uno con vida!
Corría como una exhalación hacia el río, cuchillo en mano, para detener á cualquiera de los perros jaros que intentara arrojarse al agua, cuando, bajo un montón de nueve cadáveres, vió surgir la cabeza y los cuartos anteriores de Akela. Mowgli dejóse caer de rodillas al lado del lobo.
--¿No te dije que ésta sería mi última lucha? dijo Akela jadeando. La cacería ha sido buena... ¿Y tú, Hermanito?
--Yo estoy vivo, y he matado á muchos.
--¡Bien! Yo me muero y... y quisiera morir á tu lado, Hermanito.
Cogió Mowgli la cabeza, llena de horrorosas heridas, colocóla sobre sus rodillas y le echó al animal los brazos al cuello, desgarrado también.
--¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquéllos en que vivía Shere Khan y en que un Hombre-cachorro se revolcaba desnudo por el polvo!
--¡No! ¡No! Yo soy un lobo. Yo soy de la misma raza que el Pueblo Libre, dijo Mowgli llorando. ¡No quiero ser un hombre!
--Un hombre eres, Hermanito, lobato á quien he vigilado. Eres un hombre, ó de lo contrario la manada hubiera huído frente á los _dholes_. Te debo la vida, y hoy nos has salvado á todos, de igual suerte que yo te salvé á tí. ¿Lo has olvidado? Todas las deudas quedan ya satisfechas. Vete con tu propia gente. Te repito, luz de mis ojos, que la cacería ha terminado. Vuélvete á donde están los tuyos.
--No iré nunca. Cazaré solo en la Selva. Ya lo he dicho.
--Tras el verano vienen las lluvias, y tras las lluvias la primavera. Vuélvete antes de que te veas obligado á hacerlo.
--¿Y quién me obligará?
--Mowgli mismo obligará á Mowgli.
--Pues cuando Mowgli sea quien obligue á Mowgli á marcharse entonces me iré, contestó el muchacho.
--Nada más tengo que decirte respecto á esto, continuó Akela. Hermanito, ¿no podrías levantarme y ponerme en pie? También yo fuí jefe del Pueblo Libre.
Con el mayor cuidado y muy suavemente levantó y apartó Mowgli los cuerpos amontonados, puso en pie á Akela, abrazándolo, y el Lobo Solitario resolló con fuerza y comenzó á cantar la Canción de la Muerte que todo jefe de manada debe cantar al morir. Fué adquiriendo mayor fuerza por momentos, elevándose, elevándose, resonando á través del río, hasta llegar al grito final de: _¡Buena suerte!_ Entonces, arrancóse Akela por un instante de los brazos de Mowgli, y, saltando en el aire, cayó de espalda sobre su postrera y más temible víctima.
Sentóse Mowgli con la cabeza entre las rodillas, sin prestar atención á otra cosa alguna, mientras los rezagados de los _dholes_ que huían eran perseguidos y destrozados por las implacables _lahinis_. Poco á poco, fueron cesando los gritos y los lobos volvieron cojeando, porque sus heridas les molestaban más y más por momentos, para hacerse cargo de las bajas que habían tenido. Quince de los de la manada y media docena de _lahinis_ quedaban muertos junto al río, y de los restantes ni uno estaba ileso. Mowgli quedóse allí sentado hasta la hora del alba, cuando el húmedo y enrojecido hocico de Fao fué á ponerse sobre una de sus manos, y entonces apartóse el muchacho para mostrarle el demacrado cuerpo de Akela.
--¡Buena suerte! dijo Fao, como si Akela estuviera aun vivo, y luego, hablando á los otros por encima del hombro ensangrentado, gritó:
--¡Aullad, perros! ¡Esta noche ha muerto un Lobo!
Pero de toda la manada de doscientos _dholes_ aptos para la lucha, que se vanagloriaban de ser dueños de todas las Selvas y de que no había ser viviente que pudiera batirse con ellos, ni uno volvió al Dekkan para repetir las palabras de Fao.
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=La canción de Chil=
(Ésta es la canción que entonó Chil cuando los milanos fueron descendiendo uno tras otro al cauce del río, una vez terminada la gran lucha. Chil es amigo de todo el mundo, pero su corazón es un pedazo de hielo, porque sabe que casi todos en la Selva van á parar á él un día ú otro).
Mis compañeros eran y frente á mí corrían (frente á Chil, el milano); mas hoy sobre sus cuerpos resuenan mis silbidos, pues todo ha terminado.
Como vanguardias mías, donde botín hubiera solían avisármelo, y allá desde las nubes también yo les mostraba los escondidos gamos.
Mas ya han enmudecido mis viejos compañeros y todo ha terminado. .......................................... Los que de la manada eran los viejos guías (frente á Chil, el milano), los que al _sambhur_ ligero acorralar lograban (vanguardias que he mandado), los que explorar solían, los otros, perezosos, y siempre rezagados, no cazarán ya juntos, no seguirán más pistas: aquí termina el rastro. ......................................... Mis compañeros eran y frente á mí corrían (frente á Chil, el milano). ¡Han muerto! En su alabanza se elevan mis canciones, memorias del pasado.
Montones de cadáveres son sólo mis amigos; abierta está su boca, los ojos ya vaciados; y cúbrelos la sangre... y todo aquí termina... ¡van á quedar los míos, con tanta carne, hartos!
[Ilustración]
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CORRETEOS PRIMAVERALES
¡El Hombre vuelve al Hombre! Decídselo á la Selva: el que era nuestro hermano de nuevo va á partir. ¿Quién puede detenerle ni quién tras de sus pasos irá, si parte al fin?
¡El Hombre vuelve al Hombre! Las lágrimas le ahogan y en nuestra compañía no puede ya vivir. ¡El Hombre vuelve al Hombre! ¡Y tanto que nosotros le amábamos!... Seguirle no es ya posible allí.
Diez y siete años debía de tener Mowgli al cumplirse dos después de la gran lucha contra los perros jaros y de la muerte de Akela. Alguna más edad representaba, porque el rudo ejercicio, los buenos alimentos, y los baños, siempre que el calor ó el polvo le molestaban, habíanle dado fuerzas y desarrollo superiores á su edad. Podía balancearse, sin parar, durante media hora, colgando de una rama sostenido sólo por una mano, cuando se le antojaba curiosear por entre los árboles. No le era difícil parar á un gamo en su carrera y tumbarlo, cogiéndolo por la cabeza. Se atrevía á voltear hasta á los grandes y feroces jabalíes azulados que viven en los Pantanos del Norte. El Pueblo de la Selva, que solía temerle antes por su ingenio, le temía ahora por su fuerza, y cuando andaba él ocupado en sus correrías silenciosas, el mero rumor de que se acercaba era suficiente para dejar despejados todos los senderos del bosque. Y, sin embargo, sus ojos miraban siempre bondadosamente. Hasta en plena lucha no despedían nunca aquellas llamaradas de los de Bagheera. Habíanse vuelto tan sólo más atentos y mostraban mayor excitación, siendo esto, precisamente, una de las cosas que la pantera no llegaba á entender.
Hízole alguna pregunta acerca de ello, y el muchacho se rió, contestando:
--Al errar un golpe me incomodo; cuando me ocurre tener que estar un par de días sin comer me incomodo aun más. ¿No se me ve, entonces, en los ojos el malhumor?
--Tu boca puede sentir hambre, repuso Bagheera, pero tus ojos no lo revelan. Cazando, comiendo ó nadando, siempre están lo mismo... como las piedras, tanto si hay sequía como si llueve.
Miróla Mowgli con aire perezoso á través de sus largas pestañas, y, como de costumbre, bajó la pantera la cabeza. Bagheera sabía que aquel era su amo.
Estaban los dos solos, tendidos cerca de la cumbre de una colina que dominaba al río Wainganga, y la niebla matutina se veía allá abajo, á sus pies, colgando en tiras blancas y verdes. Al elevarse por el horizonte cambióse en burbujantes mares de un color rojo dorado, se deshizo, y dejó paso á los rayos, que fueron á trazar luminosas franjas sobre la yerba seca en el sitio en que Mowgli y Bagheera estaban recostados. La estación fría tocaba entonces á su fin; las hojas y los árboles parecían gastados y marchitos, y, al soplar el viento, oíase un rumor seco y un tic-tac por todas partes. Una hojilla comenzó á golpear furiosamente contra una rama, como suele hacer toda hoja agitada por una corriente de aire. Á Bagheera logró despabilarla, porque se puso á olfatear el aire matinal con profundo y cavernoso ronquido, tendióse de espaldas, y con las patas delanteras golpeó también la hojilla que se movía sobre su cabeza.
--El año va á cambiar, dijo. La Selva avanza. La época del _Nuevo Lenguaje_ se acerca. Esa hojuela lo sabe. ¡Qué bien!
--La yerba está seca, contestó Mowgli, arrancando un puñado. Hasta los _ojos de primavera_ (que son unas flores rojas, como de cera, en forma de trompetillas, y que crecen entre la yerba), hasta los _ojos de primavera_ no se han abierto aún, y... Oye Bagheera ¿te parece que está bien que la pantera negra esté echada así de espaldas, y se entretenga en dar manotazos en el aire como si fuera un gato montés?
--_¡Aoh!_ se limitó á decir Bagheera, que parecía distraída.
--Digo que si te parece que esté bien que la pantera negra se entretenga en abrir la boca, y dar ronquidos, y aullar, y revolcarse. Acuérdate de que tú y yo somos los amos de la Selva.
--Sí, es verdad. Ya te escucho, Hombre-cachorro.
Dió media vuelta Bagheera rápidamente y se sentó, cubiertos de polvo los raídos y negros ijares. (Estaba entonces mudando la piel del invierno).
--¡Seguramente que somos los amos de la Selva! continuó. ¿Quién hay que sea tan fuerte como Mowgli? ¿Quién que sepa tanto como él?
Había en la voz con que lo dijo un modo especial de arrastrar las palabras que hizo á Mowgli volverse para ver si había querido la pantera burlarse de él, porque la Selva está llena de vocablos que suenan de muy distinto modo de lo que significan.
--He dicho que sin ningún género de duda somos los amos de la Selva, repitió Bagheera. ¿He hecho mal? No sabía que el Hombre-cachorro no se echaba ya sobre la tierra. ¿Qué hace, pues? ¿Vuela?
Sentóse Mowgli con los codos apoyados sobre las rodillas, mirando á través del valle, á lo lejos, la luz del día. En algún rincón de los bosques que se veían en lo hondo, un pájaro ensayaba con ronca y aflautada voz las primeras notas de su canción primaveral. No era aquello más que una sombra del torrente de armonías que lanzaría más tarde; pero no escapó al oído de Bagheera.
--Dije que la época del _Nuevo Lenguaje_ está cerca, gruñó la pantera, azotándose los ijares con la cola.
--Ya lo oigo, contestó Mowgli. Pero, Bagheera, ¿por qué te tiembla todo el cuerpo? El sol quema.
--Este es Ferao, el picamaderos de color escarlata, dijo Bagheera. Lo que es él no ha olvidado nada. Ahora, también á mí me toca probar si me acuerdo de mi canción. Al decirlo comenzó á producir un susurro como de gato y á berrear, escuchándose á sí misma, una y otra vez, con aire poco satisfecho.
--No hay ninguna pieza de caza á la vista, dijo Mowgli.
--Pero, Hermanito ¿estás completamente sordo? Esto no es un grito de caza, sino mi canción, que estoy ensayando para cuando la necesite.
--Se me había olvidado. Yo sabré cuándo llega la época del _Lenguaje Nuevo_, porque, entonces, tú y los otros me abandonaréis todos y os escaparéis. Dijo esto Mowgli con visible malhumor.
--Pero no siempre, Hermanito, repuso Bagheera... La verdad es que no siempre...
--Te digo que sí, contestó Mowgli con imperativo gesto de cólera. Os escapáis, y yo, que soy el dueño de la Selva, tengo que pasearme solo. ¿Qué ocurrió en la última estación, cuando quería yo recoger cañas de azúcar en los campos de una de las _manadas_ de hombres? Mandé un mensajero... ¡te mandé á tí!... á hablar con Hathi, diciéndole que viniera tal noche y que me arrancara con su trompa algunas de aquellas yerbas dulces...
--Sólo tardó en llegar dos noches más de lo que tú querías, dijo Bagheera, agachándose un poco, con miedo; y de aquella larga y dulce yerba que tanto te gustaba cogió mucha más cantidad de lo que cualquier Hombre-cachorro podría comer durante todas las noches de la temporada de lluvias. No tuve yo la culpa de aquello.
--No vino la noche que yo le dije. No, estaba ocupado trompeteando, corriendo, dando bramidos por los valles, á la luz de la luna. Su rastro era como el que dejan tres elefantes juntos, porque no se escondía, entonces, entre los árboles. Bailaba frente á las casas de la manada de los hombres. Yo le ví, y, á pesar de todo, no quiso venir á donde yo estaba... ¡y yo soy el amo de la Selva!
--Era aquélla la época del _Lenguaje Nuevo_, dijo la pantera, muy humilde siempre. Tal vez, Hermanito, no empleaste entonces, para llamarle, ninguna palabra mágica. ¡Escucha á Ferao, y diviértete!
El malhumor de Mowgli parecía haberse evaporado ya. Acostóse con la cabeza apoyada sobre los brazos, cerrados los ojos.
--No sé... ni me importa averiguarlo, dijo soñoliento. Durmamos, Bagheera. ¡Siento una cosa en el pecho! Déjame reclinar la cabeza contra tu cuerpo.
Echóse la pantera, de nuevo, dando un suspiro, porque oía á Ferao ensayando una y otra vez su canción para la época de primavera, ó del _Lenguaje Nuevo_, como ellos dicen.
En las selvas indias, las estaciones se deslizan pasando de una á otra casi sin que se note separación entre ellas. No parece haber más que dos: la húmeda y la seca; pero mirando atentamente, por debajo de los torrentes de lluvia, y de las nubes de polvo, y de cosas carbonizadas, notaréis que las cuatro van sucediéndose según el ciclo acostumbrado. La primavera es la más admirable, porque no tiene que cubrir de hojas nuevas y de flores un campo limpio y desnudo, sino llevarse y arrinconar los montones de cosas medio verdes que sobreviven y cuelgan aún, respetadas por el suave invierno, y hacer, de paso, que la tierra envejecida vuelva á sentirse nueva y joven una vez más. Y esto, de tal modo lo hace que no existe en el mundo primavera que pueda compararse con la de la Selva.
Hay un día en que todas las cosas parecen fatigadas, y hasta los mismos olores, al elevarse por el pesado aire, dijérase que han envejecido, que están ya harto usados. Es una sensación inexplicable, pero que se experimenta. Luego, llega otro día (y es de advertir que para la vista nada ha cambiado) en que todos los olores son nuevos y deliciosos, y, al sentirlos, al Pueblo de la Selva le tiemblan los bigotes hasta las mismas raíces, comenzando á caérsele de los ijares el pelo del invierno en largos y sucios mechones. Entonces, si por casualidad llueve un poco, todos los árboles y matorrales, todos los bambúes, y musgos, y plantas de hojas jugosas, despiertan de sus sueños con unos rumores y un desarrollo súbito que casi podría decirse que se les oye crecer, y por debajo de todo esto corre día y noche otro rumor, una especie de profundo zumbido. Es el susurro de la primavera: algo que vibra en el aire, y que no es ruido de abejas, ni de agua que cae, ni de viento en las copas de los árboles, sino la especie de arrullo del mundo que se siente feliz.
Hasta aquel año Mowgli había disfrutado siempre con el cambio de las estaciones. El era, generalmente, el que antes que nadie veía el primer _ojo de primavera_ escondido entre la yerba, y la primera aglomeración de nubes primaverales, que son características en la Selva. Su voz podía oirse en todas partes, en los sitios húmedos, donde brillaban las estrellas, donde hubiera algo que floreciera, uniéndose al coro de las ranas, ó imitando á los buhos pequeños que graznan, haciendo las cosas al revés, durante las noches claras. Como todos los suyos, escogía para sus correrías la estación primaveral, yendo de un sitio á otro por el mero placer de ir corriendo y de sentir el aire tibio durante ocho, diez, ó más leguas, entre la hora del crepúsculo y la del alba, volviendo luego jadeante, sonriente y coronado de extrañas flores. _Los cuatro_ no le seguían en sus salvajes correrías por la Selva, sino que iban á cantar sus canciones con los otros lobos. El Pueblo de la Selva suele estar muy ocupado en la primavera, y Mowgli le oía gruñir, gritar ó silbar según la especie á que pertenecían sus individuos. Su voz es en aquella época diferente de lo que suele ser en otras, y ésta es una de las razones que existen para que en la Selva se llame la primavera la época del _Lenguaje Nuevo_.
Pero en aquella ocasión, según Mowgli le dijo á Bagheera, _su pecho_ había cambiado. Desde que los brotes del bambú habían adquirido un color moreno, lleno de manchas, que estaba él esperando que llegara la mañana en que cambiaran todos los olores. Pero cuando esa mañana llegó, y Mor, el pavo real, resplandeciente en sus luminosos colores bronce, azul y oro, lanzó su agudo grito desde los bosques, y Mowgli abrió la boca para contestar con otro suyo, las palabras se le quedaron entre los dientes, y experimentó una sensación que empezó en los dedos de los pies y acabó en el cabello... una sensación de malestar, de tan hondo aplanamiento, que se examinó cuidadosamente para asegurarse de que no había pisado ninguna espina. Dió Mor el grito que señalaba los nuevos olores, repitiéronlo las demás aves, y allá por las rocas del Wainganga oyó el muchacho resonar el ronco grito de Bagheera, algo que participaba del del águila y del relincho del caballo. En las ramas cubiertas de retoños, situadas sobre la cabeza de Mowgli, hubo chillidos y fugas de _Bandar-log_, mientras él se quedaba allí de pie, lleno del deseo de contestar á Mor, y no haciendo más que prorrumpir en sollozos que el sentimiento de su infelicidad le arrancaba.