El libro de las tierras vírgenes
Part 31
--Pues si te siguen furiosos, ciegos, sin mirar á ningún lado, fija sólo la vista en tí, los que no mueran arriba caerán al agua aquí ó más abajo, porque el Pueblo Diminuto levantará el vuelo y toda la manada quedará cubierta por él. Las aguas del Wainganga tienen siempre hambre, y ellos no contarán con ninguna Kaa que vaya á sostenerlos cuando caigan, sino que, los que vivan, serán arrastrados por la corriente hasta los bajíos, allá por los Cubiles de Seeonee, y en aquel sitio podría tu manada salirles al encuentro y arrojarse sobre ellos.
--_¡Ahai! ¡Eowawa!_ Ni una lluvia cayendo á tiempo en mitad de la estación seca es mejor que este plan. No queda nada por decidir más que la cuestión insignificante de la carrera y del salto. Ya iré yo á que me vean y conozcan los _dholes_, á fin de que me persigan muy de cerca.
--¿Has visto las rocas que están ahí arriba?... ¿Las has visto desde la tierra?
--¡Ah! no. No se me había ocurrido esto.
--Anda á verlas. La tierra está como podrida, llena de grietas y agujeros. Con que pusieras en falso uno de tus torpes pies la cacería habría terminado. Mira, voy á dejarte aquí y hacer por tí una cosa: ir á contarles á los de la manada lo que hemos dicho, para que sepan dónde podrán encontrar á los _dholes_. Lo que es por mí, nada tengo yo que ver con ningún lobo.
Cuando á Kaa no le gustaba una amistad mostraba su desagrado con más rudeza que nadie en toda la Selva, excepción hecha, quizá, de Bagheera. Nadó río abajo, y frente á la Peña encontróse con Fao y con Akela que estaban escuchando los ruidos nocturnos.
--_¡Hisch!_ ¡Perros! dijo alegremente; los _dholes_ bajarán por el río. Si no les tenéis miedo podréis matarlos en los bajíos.
--¿Cuándo vendrán? dijo Fao.
--¿Y dónde está mi _hombre-cachorro_? preguntó Akela.
--Vendrán cuando vengan, contestó Kaa. Espéralos y lo verás. En cuanto á tu _hombre-cachorro_, al cual le has hecho empeñar su palabra, y que has conducido así á la Muerte... _tu_ hombrecito está conmigo, y si no está ya muerto ahora mismo no tienes tú la culpa, ¡perro blanqueado! Espera aquí á los _dholes_, y alégrate de que el _hombre-cachorro_ y yo peleemos á tu lado.
Volvió Kaa á remontar con rapidez la corriente y dió fondo en mitad de la estrecha garganta, mirando hacia arriba, hacia el borde de los acantilados. De pronto vió la cabeza de Mowgli proyectándose contra las estrellas, luego oyóse un rumor, como un silbido, en el aire, el agudo _schloop_ de un cuerpo que caía de pie, y un momento después hallábase el muchacho descansando nuevamente sobre los anillos del cuerpo de Kaa.
--Este salto no es nada, de noche, dijo Mowgli tranquilamente. Yo he saltado desde doble altura, sólo por gusto; pero ahí arriba sí que es mal sitio: todo son arbustos bajos y zanjas muy profundas, llenos unos y otras de Pueblo Diminuto. Yo he colocado grandes piedras superpuestas en el borde de tres zanjas. Al correr les daré con el pie y las lanzaré abajo y todo el Pueblo Diminuto se levantará detrás de mí, furioso.
--Esto son habladurías y astucias de hombre, dijo Kaa. Tú eres listo, pero ese Pueblo está enfurecido siempre.
--No, al anochecer todas las alas descansan un rato, las que están lejos y las que están cerca. Yo me entretendré con los _dholes_ á esa hora, porque sé que ellos suelen cazar mejor de día. Ahora siguen el rastro de sangre que ha dejado Won-tolla.
--Ni Chil deja nunca un buey muerto, ni los _dholes_ un rastro de sangre, dijo Kaa.
--Pues entonces, yo les daré otro nuevo, hecho con su propia sangre, si me es posible, y les haré morder el polvo. ¿Te quedarás aquí, Kaa, hasta que vuelva con mis _dholes_?
--Sí, pero ¿y si te matan en la Selva, ó si es el Pueblo Diminuto el que te quita la vida antes de que puedas saltar al río?
--Cuando llegue mañana cazaremos según lo que mañana exija, contestó Mowgli, citando, al decirlo, una frase de uso común en la Selva, y luego añadió: que me canten la Canción de la Muerte cuando muerto esté. ¡Buena suerte, Kaa!
Apartó su brazo del cuello de la serpiente y descendió por la garganta que formaba el río como si fuera un madero arrastrado por una avenida, chapoteando en dirección de la lejana orilla, donde el agua corría más tranquila, y riéndose á carcajadas de puro gozo. Nada había que le gustara tanto á Mowgli, según él mismo había dicho, como jugar con la Muerte, y demostrar á la Selva que él era allí no el amo, sino el archiamo. Con frecuencia había ido á robar, ayudado por Baloo, colmenas de las que las abejas fabrican en árboles aislados, y gracias á ello sabía que el Pueblo Diminuto no puede sufrir el olor del ajo silvestre. Así, pues, recogió un hacecillo de esta planta, lo ató con una tira de corteza, y luego comenzó á seguir el rastro de sangre de Won-tolla, en dirección del Sur, á partir desde los cubiles, por espacio de más de una legua, mirando á los árboles con la cabeza inclinada á un lado, y riéndose como loco, al mirar.
--He sido Mowgli, la Rana, decía entre sí; y he dicho que era Mowgli, el Lobo. Ahora me toca ser Mowgli, el Mono, antes de que llegue á convertirme en Mowgli, el Gamo. Al fin, acabaré por ser Mowgli, el Hombre. ¡Oh! Y al decirlo pasó el dedo pulgar por la hoja de su cuchillo, de diez y siete pulgadas de largo.
El rastro de Won-tolla, todo él una línea de obscuras manchas negras, corría por debajo de un bosque de copudos árboles muy apiñados que se extendía en dirección noreste y que iba clareando, gradualmente, desde la distancia de media legua antes de llegar á las Rocas de las Abejas. Á partir del último árbol hasta llegar á la broza baja de dichas rocas era campo abierto, donde apenas habría logrado esconderse un lobo. Corrió, Mowgli, por debajo de los árboles, calculando las distancias entre rama y rama, ó, de cuando en cuando, encaramándose á un tronco, y saltando, por vía de ensayo, de un árbol á otro, hasta que llegó al campo abierto, que estuvo estudiando cuidadosamente por espacio de una hora. Luego volvióse, tomó nuevamente el rastro de Won-tolla donde lo había dejado, acomodóse en un árbol que tenía una rama saliente á unos dos metros y medio del suelo, y allí se quedó sentado tranquilamente, afilando su cuchillo en la planta del pie y canturreando.
Poco antes del mediodía, cuando el calor del sol era extremado, oyó ruido de pasos y sintió el abominable olor de la manada de _dholes_ que iba siguiendo con aire feroz el rastro de Won-tolla. Vistos desde cierta altura, los perros jaros no parecen tener ni la mitad del tamaño de un lobo; pero Mowgli sabía perfectamente la fuerza que en sus patas y quijadas tenían. Estuvo observando la cabeza puntiaguda y de color bayo del que los dirigía, ocupado en olfatear la pista, y le gritó:
--¡Buena suerte!
Miró hacia arriba la fiera, y sus compañeros se pararon detrás de él, docenas y más docenas de perros jaros, de largas y colgantes colas, de sólidas espaldas, débiles patas traseras, y ensangrentadas bocas. Por lo general, son los _dholes_ muy silenciosos y muy poco amigos de guardar buenas formas, aun entre los suyos. Unos doscientos debían de ser, cuando menos, los que se juntaron á los pies del muchacho; pero notó que los delanteros olfateaban con aire de hambrientos el rastro de Won-tolla é intentaban hacer seguir hacia delante á toda la manada. Esto no le convenía, porque así llegarían á los cubiles en pleno día, y la intención de Mowgli era entretenerlos allí, bajo el árbol, hasta el anochecer.
--¿Con qué permiso venís á este sitio? les dijo.
--Todas las Selvas son nuestras, fué la contestación que obtuvo, y el _dhole_ que se la dió lo hizo enseñándole los dientes. Miró Mowgli hacia abajo sonriendo, é imitó perfectamente los agudos chillidos de Chikai, el ratón saltador del Dekkan, queriendo significar con esto á los _dholes_ que les tenía en tan poco como al mismo Chikai. Agrupóse, entonces, la manada alrededor del tronco del árbol, y el que la dirigía ladró furiosamente llamándole á Mowgli mono. Por toda respuesta alargó el muchacho una de sus desnudas piernas y agitó los dedos del pie, precisamente sobre la cabeza del perro. No se necesitaba más para poner fuera de sí á toda la manada. Los que tienen pelo entre los dedos no gustan de que alguien se lo recuerde ni indirectamente. Apartó Mowgli su pie en el momento en que el jefe de la manada saltaba para mordérselo, y díjole con gran suavidad:
--¡Perro, perro jaro! Vuélvete al Dekkan á comer lagartos. ¡Vete con Chikai, tu hermano... perro, perro... jaro, perro jaro! ¡Tienes pelo entre todos tus dedos! Y, al decirlo, agitó los suyos por segunda vez.
--¡Baja de ahí, antes que te sitiemos por hambre, mono pelón! aulló toda la manada, y eso era precisamente lo que el muchacho quería.
[Ilustración]
Acostóse á lo largo de la rama, puesto un carrillo contra la corteza, libre el brazo derecho, y en esta posición dijo á la manada cuanto le vino en mientes sobre ellos, sus maneras, sus costumbres, compañeros y pequeñuelos. No hay en el mundo lenguaje tan rencoroso y ofensivo como el que usa el Pueblo de la Selva para manifestar su desdén y el sentimiento de su superioridad. Si os tomáis la molestia de pensar un rato comprenderéis que así sea. Como Mowgli le había dicho á Kaa, tenía en la lengua espinas muy punzantes, y poco á poco, pero deliberadamente, llevó á los _dholes_ desde el silencio á los gruñidos, de éstos al aullar, y del aullar á la más sorda é impotente rabia. Probaron de contestar á sus insultos; pero de igual modo hubiera podido intentar hacerlo un cachorro al cual hubiese enfurecido con su lenguaje Kaa, y durante este tiempo la mano derecha de Mowgli estuvo siempre junto al costado, encogida, pronta á la acción, mientras los pies se cruzaban en torno de la rama. El enorme perro de color bayo había saltado muchas veces en el aire; pero Mowgli no quería arriesgarse á dar un golpe en falso. Al fin, enfurecido hasta un punto que parecía indecible, saltó el animal á más de dos metros desde el nivel del suelo. Entonces la mano del muchacho lanzóse tan rápidamente sobre aquél como si fuera la cabeza de una de las serpientes que viven en los árboles, lo cogió por la piel del pescuezo, y la rama dióle tal sacudida, con el peso de los cuerpos por ella sostenidos, que casi arrojó á Mowgli contra el suelo. Pero no soltó el muchacho su presa, y, pulgada por pulgada, fué levantando, hasta donde él se hallaba, al perro, que colgaba de su mano como un chacal ahogado. Con la mano izquierda empuñó el cuchillo y cortó la roja y peluda cola, arrojando al suelo, después, al _dhole_. No necesitaba hacer más que lo que había hecho. La manada no seguiría ya adelante, tras el rastro de Won-tolla, hasta entablar con Mowgli un duelo á muerte. Viólos éste sentarse formando círculos, y con un temblor en las ancas que significaba que allí iban á quedarse, por lo cual encaramóse á un sitio más alto donde se cruzaban dos ramas, y entre ellas colocó la espalda con toda comodidad, quedándose dormido.
Despertóse, al cabo de tres ó cuatro horas, y contó los perros que había en la manada. Allí estaban aún todos, silenciosos, con aspecto feroz, secas las fauces y duro el mirar de sus ojos de acero. El sol comenzaba á hundirse en el horizonte. Dentro de media hora el Pueblo Diminuto, allá en las rocas, terminaría su labor, y, como queda dicho, los _dholes_ no pelean tan bien como en mitad del día á la hora del obscurecer.
--No necesitaba tan buenos vigilantes, dijo con irónica cortesía, poniéndose de pie sobre una rama; pero ya me acordaré de esto. Sois verdaderos _dholes_, pero, en mi opinión, demostráis todos demasiado celo. Por este motivo no le devuelvo su cola á ese gran devorador de lagartos. ¿No estás contento, perro jaro?
--Yo mismo seré quien te saque las tripas, aulló el que dirigía la manada, arañando al pie del árbol.
--No serás, y, en vez de hacer eso, piensa un poco, rata sabia del Dekkan. Ya verás, ahora, cuántas camadas va á haber de perrillos jaros que nacerán sin cola, sí, y con unos muñoncitos rojos en carne viva que les escocerán cuando la arena arda, calentada por el sol. Vuélvete á tu casa, perro jaro, y cuenta á voz en cuello que un mono te ha puesto como estás. ¿No quieres irte? ¡Pues ven conmigo, y yo te enseñaré á ser discreto!
Saltó entonces Mowgli, al estilo de los _Bandar-log_, al árbol más próximo, de aquél al siguiente, y así al otro, y al de más allá, siguiéndole siempre los perros, con la cabeza levantada, hambrientos. De cuando en cuando fingía caerse, y todos los de la manada tropezaban, entonces, unos con otros, con la prisa que se daban para llegar al sitio donde podrían matarlo. Curioso era el espectáculo que ofrecían el muchacho saltando por las ramas más altas de los árboles, con el cuchillo brillándole á luz del sol, muy bajo ya, y la silenciosa manada de rojizo pelo, que parecía de fuego, apiñándose y siguiéndolo desde abajo. Al llegar al último árbol cogió los ajos que llevaba y se frotó con ellos el cuerpo cuidadosamente, mientras, al verlo, aullaban los _dholes_ con aire de desprecio.
--Mono que tienes lengua de lobo ¿crees que así vas á hacernos perder tu rastro? le dijeron. Te seguiremos hasta matarte.
--Tomad la cola, repuso Mowgli, arrojando hacia atrás lo que había cortado, mientras continuaba huyendo.
Instintivamente lanzóse la manada sobre aquélla.
--Y ahora seguidme... hasta la muerte, añadió.
Habíase ya deslizado desde el tronco de un árbol hasta el suelo, lanzándose, desnudos los pies y ligero como el viento, en dirección de las Rocas de las Abejas, antes de que los _dholes_ pudieran adivinar lo que iba á hacer.
Lanzaron éstos un profundo aullido, y comenzaron á correr con aquel largo y pesado medio galope que acaba por rendir, al fin, á cuanto corra delante de ellos. Sabía Mowgli que su velocidad, cuando iban todos juntos en la manada, era muy inferior á la de los lobos, ó de lo contrario nunca se hubiera arriesgado á una carrera de media legua en campo abierto. Ellos, estaban seguros de que, al fin, se apoderarían del muchacho, y él lo estaba también de que ahora podría jugar con ellos como se le antojara. Todo su trabajo se reducía á mantenerlos suficientemente excitados para evitar que abandonaran su persecución antes de tiempo. Corría metódicamente, con paso igual y gran elasticidad en los miembros, llevando al jefe de la manada, sin cola, á unos cinco metros detrás de él, y á los demás siguiendo en un espacio de terreno que medía, tal vez, cuatrocientos, locos, ciegos de coraje todos los _dholes_, y con el ansia de matar. El muchacho conservóse siempre á parecida distancia valiéndose únicamente del oido para juzgarla, y reservando su último esfuerzo para cuando se lanzara por entre las Rocas de las Abejas.
El Pueblo Diminuto se había entregado al sueño al comenzar la hora del crepúsculo, porque no era aquélla la estación de las flores que se abren tarde; pero en cuanto sonaron los primeros pasos de Mowgli sobre el suelo hueco, oyó tal ruido que no parecía sino que la tierra entera zumbara. Entonces corrió como nunca había corrido en su vida; dió un puntapié á uno de los montones de piedras... y luego á otro... y á otro... arrojándolos en las obscuras grietas de las que se desprendía un olor dulzón; oyó una especie de bramido semejante al del mar entrando en una caverna; mirando por el rabillo del ojo vió que el aire se obscurecía á su espalda; vió también la corriente del Wainganga allá abajo, y, sobre el agua, una cabeza chata de forma parecida á la de los diamantes; saltó en el vacío con toda su fuerza, sintiendo, mientras estaba en el aire, como el _dhole_ sin cola cerraba la boca tras de su hombro, queriendo morderle; y, al fin, cayó el muchacho sobre el río, de pie, en salvo ya, sin aliento y triunfante. Ni una picada tenía en el cuerpo, porque el olor del ajo había mantenido á distancia al Pueblo Diminuto durante los pocos segundos en que pasó por entre las abejas.
Cuando surgió á la superficie del agua, los anillos de Kaa le sostenían y multitud de cosas caían desde el borde del acantilado: grandes montones, que eran, al parecer, abejas apiñadas, y descendían como plomos de sondas; pero antes de que cualquiera de aquellos montones tocara el agua, las abejas emprendían el vuelo hacia arriba, y el cuerpo de un _dhole_ caía dando vueltas sobre la corriente, que lo arrastraba. Allá, sobre su cabeza, oía furiosos y breves aullidos, ahogados pronto por una especie de bramido, como el del mar al romperse contra los escollos: era el inmenso rumor que producían las alas del Pueblo de las Rocas. Algunos de los _dholes_ habían caído hasta en las grandes grietas que comunicaban con las cavernas subterráneas, y allí, ahogándose, se peleaban y mordían rodeados de panales caídos, para, al fin, levantados, hasta cuando ya estaban muertos, por las ascendentes oleadas de abejas que había debajo de ellos, ir á parar á algún agujero frente al río, desde donde eran lanzados á los negros montones de basura. Otros de los _dholes_ habían saltado sobre los árboles que crecían en los acantilados, y las abejas cubrían sus cuerpos, borrando hasta los contornos de los mismos; pero la mayoría, locos por las picadas recibidas, se lanzaron al río, y, como Kaa había dicho, el Wainganga está siempre hambriento.
Sostuvo Kaa á Mowgli fuertemente hasta que el muchacho hubo recobrado el aliento.
--Más vale que no nos quedemos aquí, dijo. El Pueblo Diminuto anda verdaderamente alborotado. ¡Ven!
Nadando tan aplastado contra el agua como le era posible y zambulléndose con la mayor frecuencia, descendió Mowgli la corriente, cuchillo en mano.
--¡Despacio, despacio! díjole Kaa. Para matar á un centenar no basta un solo diente, como no sea el de una cobra, y muchos de los _dholes_ se arrojaron, sin pérdida de tiempo, al agua cuando vieron que todo el Pueblo Diminuto echaba á volar.
--Pues con eso tendrá más trabajo mi cuchillo. _¡Fai!_ ¡Cómo nos siguen las abejas!
Mowgli volvió á zambullirse. La superficie del agua estaba cubierta de aquéllas, que susurraban irritadas y picaban cuanto hallaban al paso.
--Nada se pierde nunca con guardar silencio, dijo Kaa (cuyas escamas no había aguijón que pudiera atravesar), y toda la noche tienes de tiempo para tu cacería. ¡Escucha como aullan!
Casi la mitad de la manada se había dado cuenta á tiempo de la trampa en que sus compañeros acababan de caer, y volviéndose rápidamente á un lado había ido á arrojarse al agua donde la estrecha garganta formaba como unos ribazos. Sus gritos de rabia, sus amenazas contra el «mono de los bosques» que acababa de engañarles vergonzosamente llevándolos á aquel sitio, se confundían con los aullidos y el gruñir de los que habían sido picados por el Pueblo Diminuto. Quedarse en la ribera era entregarse á una muerte segura, y bien lo sabía cada uno de los _dholes_. Su manada iba río abajo, arrastrada por la corriente, hasta los profundos remansos de la Laguna de la Paz; pero, aun allí, las furiosas abejas la perseguían y la obligaban á volver á la corriente. Oía Mowgli la voz del jefe sin cola que animaba á los suyos y les decía que mataran á todos los lobos de Seeonee; mas no perdió el tiempo escuchándola.
--¡Alguien mata en la obscuridad, detrás de nosotros! ladró uno de los _dholes_. ¡La sangre tiñe el agua!
Mowgli habíase zambullido avanzando al mismo tiempo, como si fuera una nutria, había arrastrado bajo el agua á uno de los _dholes_ antes de que tuviera tiempo ni de abrir la boca, y unos círculos obscuros surgieron á la superficie del agua al reaparecer el cuerpo dando media vuelta hacia un lado. Los _dholes_ habían probado de retroceder; pero la corriente se lo impedía; el Pueblo Diminuto seguía picándoles en la cabeza y en las orejas, y, además, allá en la obscuridad creciente, oían cada vez más fuerte el vocerío amenazador de la manada de Seeonee. Volvió Mowgli á zambullirse, y de nuevo otro _dhole_ fué á parar bajo el agua, surgiendo á la superficie muerto; de nuevo estalló el clamoreo entre los rezagados de la manada, aullando unos que más valía ganar la orilla; otros llamando á su jefe y pidiéndole que los volviera al Dekkan; otros, finalmente, desafiando á Mowgli á que se presentara, para matarlo.
--Esos vienen á la pelea con pensamientos diferentes y muchas voces que hablan á la vez. Lo que falta hacer corresponde á los de tu raza, allá abajo. El Pueblo Diminuto vuelve á irse á dormir. Ya nos han perseguido bastante lejos. Yo también me vuelvo, porque no soy de la misma clase que los lobos. ¡Buena suerte, Hermanito! y acuérdate de que los _dholes_ dirigen bajos sus mordiscos.
Llegó un lobo corriendo en tres patas por la margen del río, ora saltando, ora poniendo de lado y aplastada contra el suelo la cabeza, ya encorvando la espalda, ya brincando á tanta altura como le era posible, ni más ni menos que si estuviera jugando con sus cachorros. Era Won-tolla, el solitario, y en silencio continuó su horrible juego persiguiendo á los _dholes_. Hacía ya rato que éstos estaban en el agua, y nadaban fatigados, pesándoles el mojado pelo, las gruesas colas colgando como esponjas, tan rendidos que también ellos guardaban silencio, mirando aquel par de ojos llameantes que se movían siempre frente á ellos.
--¡Eso no es cazar bien! dijo uno jadeando.
--¡Buena suerte! exclamó Mowgli, surgiendo del agua valerosamente al lado mismo de la fiera, clavándole su largo cuchillo detrás de un hombro y apretando cuanto pudo para evitar que en la agonía le mordiera.
--¿Estás ahí, Hombre-cachorro? dijo Won-tolla desde la orilla.
--Pregúntaselo á los muertos, solitario, contestó Mowgli. ¿No has visto bajar ninguno por el río? ¡Bien les he hecho morder el polvo á esos perros! Les he engañado en plena luz del día, y su jefe se ha quedado sin cola; pero aun tendrás algunos para entretenerte. ¿Hacia dónde quieres que les obligue á ir?
--Esperaré, dijo Won-tolla. Tengo aun toda la noche de tiempo.
Cada vez se oían más cerca los ladridos de los lobos de Seeonee.
--¡Por la manada! ¡Por la manada en pleno lo hemos jurado!
Y un recodo del río lanzó á los _dholes_ entre la arena y los bajíos que había frente á los Cubiles.
Pronto notaron su error. Debieron haber saltado á tierra unos ochocientos metros más arriba y atacar á los lobos en terreno seco. Ahora era ya tarde para ello. La orilla estaba llena de ojos que parecían de fuego, y exceptuando el horrible _feeal_, que no se había interrumpido ni un momento desde la puesta del sol, no se oía el menor ruido en la Selva. Dijérase que Won-tolla no había estado haciendo otra cosa que atraerlos hacia aquel sitio para tomar tierra allí.
--¡Dad la vuelta y atacad! dijo el que dirigía á los _dholes_.
La manada entera se lanzó á la playa, chapoteando por los bajíos hasta que toda la superficie del Wainganga se agitó y cubrió de blanca espuma, formando el agua círculos que iban de un lado á otro del río como al paso de un barco. Siguió Mowgli la embestida, acuchillando á los _dholes_ mientras corrían apiñados por la orilla como una ola.