El libro de las tierras vírgenes
Part 30
Una tarde, á la hora del anochecer, mientras caminaba distraidamente por los bosques para ir á dar á Akela la mitad de un gamo que acababa de matar, mientras _los cuatro_ se empujaban, medio riñendo y revolcándose por juego, oyó un grito como nunca se había vuelto á oir allí desde los tiempos en que vivía Shere Khan. Era lo que llaman en la Selva el _feeal_, una especie de horroroso chillido que da el chacal cuando caza siguiendo á un tigre, ó cuando tiene caza mayor á la vista. Si imagináis una mezcla de odio, de aire triunfal, de miedo y de desesperación, en un solo grito desgarrador, tendréis una idea del _feeal_ que se oyó entonces elevarse, descender y vibrar en el aire, á lo lejos, del otro lado del Wainganga. Los cuatro lobos dejaron de jugar en el acto, con los pelos erizados y gruñendo. Mowgli echó mano al cuchillo y se paró, congestionado el rostro, arrugado el entrecejo.
--No hay por aquí ningún _rayado_ que se atreva á matar... dijo.
--No es éste el grito del Explorador, contestó el Hermano Gris. Eso es alguna gran cacería. ¡Escucha!
Resonó de nuevo el grito, mitad parecido á un sollozo y mitad á una risa ahogada, ni más ni menos que si el chacal tuviera flexibles labios humanos. Respiró entonces Mowgli con fuerza y echó á correr en dirección de la Peña del Consejo, adelantándose por el camino á los lobos de la manada que también corrían hacia el mismo sitio. Fao y Akela estaban juntos sobre la Peña, y más abajo que ellos veíanse á los demás, sentados y con todos los nervios en tensión. Las madres y sus lobatos corrían hacia sus cubiles, porque cuando el _feeal_ suena conviene que los débiles se hallen recogidos.
Nada se oía más que el rumor del Wainganga, corriendo entre la obscuridad, y las ligeras brisas del anochecer pasando entre las copas de los árboles, cuando de pronto, al otro lado del río, aulló un lobo. No era ninguno que perteneciera á la manada, porque éstos se hallaban todos alrededor de la Peña. El aullido se fué prolongando, adquiriendo un tono como de desesperación. «_¡Dhole!_», decía, «_¡Dhole! ¡Dhole! ¡Dhole!_» Oyóse ruido de cansados pasos por entre las rocas, y un demacrado lobo, con los costados llenos de rayas rojas, destrozada una de sus patas delanteras y cubiertas de espuma las quijadas, lanzóse en mitad del círculo y se echó jadeante á los pies de Mowgli.
--¡Buena suerte! ¿Quién es tu jefe? le preguntó gravemente Fao.
--¡Buena suerte! Soy _Won-tolla_, contestó el recién llegado.
Quería decir con esto que era un lobo solitario, que atendía á su defensa, á la de su compañera y pequeñuelos en algún aislado cubil, como hacen algunos lobos en la parte meridional del país. _Won-tolla_ significa uno que no forma parte de ninguna manada. Al acabar de hablar quedóse jadeando, y con tal fuerza le latía el corazón que á cada latido todo su cuerpo se movía.
--¿Quién anda por ahí? dijo Fao, porque esto es lo que todos preguntan en la Selva en cuanto se oye el _feeal_.
--¡Los _dholes_, los _dholes_ del Dekkan... los Perros Jaros, los Asesinos! Fueron desde el Sur hacia el Norte, diciendo que en el Dekkan no se encontraba nada y matándolo todo por donde pasaban. Cuando esta luna era luna nueva tenía yo cuatro de los míos: mi compañera y tres lobatos. Ella les enseñaba á cazar sobre las llanuras cubiertas de yerba, escondiéndose para apoderarse de los gamos, como hacemos nosotros, los que cazamos en campo abierto. Á media noche les oí pasar, siguiendo, con grandes ladridos, un rastro. Al soplar la brisa matutina hallé á los míos yertos sobre la yerba... los cuatro, Pueblo libre, los cuatro... y esto ocurrió cuando esta luna era luna nueva. Entonces hice uso del Derecho de la Sangre y fuí en busca de los _dholes_.
--¿Cuántos eran? preguntó rápidamente Mowgli, mientras la manada gruñía rabiosamente.
--No lo sé. Tres de ellos no matarán ya á nadie más; pero al fin me persiguieron como á un gamo, haciéndome correr con sólo las tres patas que me quedan. ¡Mira, Pueblo Libre!
Adelantó entonces su destrozada pata, ennegrecida con la sangre que se había secado ya. Tenía en los costados terribles mordiscos, y el cuello herido, desgarrado.
--¡Come! le dijo Akela, levantándose de encima de la carne que Mowgli le había traído, é inmediatamente lanzóse sobre ella el solitario.
--No perderéis lo que me dáis, dijo humildemente cuando hubo satisfecho un poco el hambre. Préstame fuerzas, Pueblo Libre, y también yo mataré luego. Vacío está mi cubil, antes lleno, y la Deuda de Sangre no está pagada aún del todo.
Fao oyó cómo sus dientes crujían sobre un hueso, y gruñó con aire de aprobación.
--Esas quijadas tuyas han de sernos útiles, dijo. ¿Iban cachorros con los _dholes_?
--No, no. Todos eran _cazadores rojos_, perros de manada, grandes y fuertes, aunque allá en el Dekkan suelen alimentarse comiendo lagartos.
Lo que acababa de decir Won-tolla significaba que los _dholes_, los rojos perros cazadores del Dekkan, iban de paso en busca de algo que matar, y los lobos de la manada sabían perfectamente que hasta el tigre les cede su presa á los _dholes_. Suelen cazar éstos corriendo en línea recta por la Selva, lanzándose sobre cuanto hallan y despedazándolo todo. Aunque no tengan el tamaño ni la astucia del lobo son muy fuertes y en gran número. No comienzan á considerar que forman manada hasta que se ha reunido un centenar de ellos; mientras que con cuarenta lobos basta y sobra para lo mismo. El haber ido errante Mowgli de un lado á otro le llevó hacia los confines de los grandes prados del Dekkan, donde vió á los fieros _dholes_ durmiendo, jugando y rascándose en los hoyos y matojos que usan como cubiles. Despreciábalos y odiábalos él porque no olían como el Pueblo Libre; porque no vivían en cavernas, y, sobre todo, porque les crecía el pelo entre los dedos de las patas, mientras que á él y á sus amigos no les ocurría eso. Pero no se le ocultaba, por habérselo dicho Hathi, lo terrible que es una manada de _dholes_ cuando va de caza. Aun el mismo Hathi les deja libre el paso, y ellos siguen adelante, hasta que los matan ó hasta que escasea ya la caza.
Algo sabía, también, Akela respecto á los perros jaros, porque dijo en voz baja á Mowgli:
--Más vale morir entre todos los de la manada que sin guía y solo. Ésta es una cacería magnífica... y será la última en que yo tome parte. Pero, á juzgar por los años que suelen vivir los hombres, á tí, Hermanito, te quedan aún muchas noches y muchos días de vida. Vete hacia el Norte y acuéstate allí, y si alguien queda vivo después del paso de los _dholes_ ya irá á llevarte noticias del resultado de la lucha.
--¡Ah! contestó Mowgli con toda la gravedad posible, ¿es que he de irme á coger pececillos en las lagunas y á dormir en un árbol, ó quieres que pida á los _Bandar-log_ que me ayuden á cascar nueces mientras la manada queda ahí abajo batiéndose?
--La lucha será á muerte. Tú no te has encontrado nunca con los _dholes_... con _los Asesinos rojos_. Hasta _el rayado_...
--_¡Aowa! ¡Aowa!_ exclamó Mowgli con mal humor. Yo maté á un mono rayado, Shere Khan, y estoy seguro que lo que es él hubiera sido capaz de abandonar á su propia compañera, para que se la comieran los _dholes_, si el viento hubiese llegado á traerle el olor de la manada, aunque entre ambos se hallaran tres bosques de por medio. Pues bien, escucha: hubo una vez un lobo que era mi padre, y una loba que era mi madre, y otro lobo viejo y gris (no muy discreto á veces, y blanco ahora) que era para mí como mi padre y mi madre juntos. Así, pues (y aquí levantó más la voz) yo afirmo que cuando vengan los _dholes_, si vienen, Mowgli y el Pueblo Libre lucharán como iguales contra ellos; y digo, por el toro que me rescató (por aquel toro que Bagheera pagó por mí en aquellos tiempos de que ya no os acordáis los de la manada), digo... para que lo tengan presente los árboles y el río que me oyen, si es que yo lo olvido... que este cuchillo que ves será para la manada como un colmillo más con que ha de contar... y no me parece, en verdad, que su filo esté muy embotado. Eso es cuanto he de decir, y ésa la palabra que empeño.
--No conoces tú á los _dholes_, hombre que hablas como los lobos, dijo Won-tolla. Yo no deseo más que pagar la deuda de sangre que con ellos tengo pendiente antes de que me hagan pedazos. Avanzan despacio, matando á medida que se alejan, y dentro de dos días habré recobrado ya algo las fuerzas perdidas, con lo cual podré volver á la lucha. Pero en cuanto á vosotros, Pueblo Libre, mi opinión es que os vayáis hacia el Norte y que os contentéis con comer poco durante el tiempo que tarden en pasar los _dholes_. Es ésta una cacería en que no hay que buscar carne.
--¡Mirad con qué sale ahora el solitario! exclamó Mowgli riendo. ¡Pueblo Libre! ¡Tenemos que huir hacia el Norte y dedicarnos á coger lagartos y ratas por miedo de tropezar con algún _dhole_! Hay que dejarles á ellos que maten todo lo que quieran en nuestros cazaderos, mientras nosotros nos escondemos en el Norte hasta que se les antoje devolvernos lo que es nuestro. ¡No son más que unos perros (y mejor dicho unos cachorros), rojos, con el vientre amarillo, sin cubiles, y con pelos que les crecen entre los dedos de las patas! En sus camadas vénse seis ú ocho pequeñuelos, como en las de Chikai, el diminuto ratoncillo saltador. ¡Es indudable que hemos de huir, Pueblo Libre, y pedirles por favor á los del Norte que nos dejen comer alguna res muerta! Ya sabéis el adagio: «en el Norte hay miseria; en el Sur piojos. En cuanto á _nosotros_, somos la Selva». Escoged, pues, escoged. ¡La cacería ha de valer la pena! ¡Por la manada... por toda la manada; por los cubiles y las carnadas; por lo que se mata dentro y fuera de aquéllos; por la compañera que persigue al gamo y por los más pequeños de los lobatos que estén en las cavernas... juremos la lucha... juremos... juremos!
Contestó la manada con un ladrido profundo, que estalló resonando en la noche como si fuera el ruido de la caída de un árbol enorme.
--¡Lo juramos! gritaron los lobos.
--Quedaos con ellos, dijo Mowgli á _los cuatro_. No habrá diente que no haga aquí falta. Fao y Akela que lo preparen todo para la batalla. Yo voy á contar los perros.
--¡Eso es la muerte! gritó Won-tolla, levantándose á medias. ¿Qué puede hacer ése, que ni siquiera tiene pelo, contra los perros jaros? Acordaos de que hasta _el Rayado_...
--Vamos, que eres un verdadero solitario, repuso Mowgli; pero ya hablaremos de esto cuando los _dholes_ estén muertos. ¡Buena suerte para todos!
Echó á correr por entre la obscuridad, presa de tal agitación que apenas miraba donde ponía los pies, y la natural consecuencia de ello fué el caerse cuan largo era sobre los grandes anillos de Kaa, la serpiente pitón, en el sitio donde ésta estaba echada al acecho frente á un sendero frecuentado por los ciervos cerca del río.
--_¡Kscha!_ dijo Kaa malhumorada. ¿Es proceder al estilo de la Selva el venir aquí haciendo ese ruido con los pies, caminando tan torpemente, para estropearle á uno el trabajo de toda una noche... y precisamente cuando la caza se presentaba tan bien?
--Confieso que he estado torpe, dijo Mowgli levantándose. Verdaderamente, en tu busca iba, Cabeza Chata; pero cada vez que nos encontramos te has engordado y has crecido un pedazo tan largo como uno de mis brazos. No hay en la Selva nadie como tú, discreta, anciana, fuerte y hermosísima Kaa.
--Á ver... ¿á donde vas á parar por este camino? dijo Kaa con voz algo más suavizada. No ha cambiado aún la luna desde que un _hombrecito_ armado de un cuchillo me tiraba piedras á la cabeza llenándome de insultos, más furioso que un gato montés, porque yo dormía al raso.
--Sí, y espantabas á todos los ciervos que Mowgli venía persiguiendo, y esa Cabeza Chata estaba tan sorda que ni oía mis silbidos para que dejara libre el camino por donde los ciervos pasan, contestó Mowgli con gran calma, sentándose entre los pintados anillos de la serpiente.
--Y ahora este mismo hombrecito viene con palabras suaves y halagadoras diciéndole á aquella misma Cabeza Chata que es discreta, y fuerte, y hermosa, y ella se deja persuadir, y le hace sitio... así... á aquel que le tiraba piedras, y... ¿Estás bien? ¿Podría Bagheera ofrecerte asiento tan cómodo?
Como de costumbre, bajo el peso del cuerpo de Mowgli, Kaa había convertido el suyo en una especie de blanda hamaca. Tendióse el muchacho, en medio de la obscuridad, y se enroscó sobre aquel cuello flexible, semejante á un cable, hasta lograr que la cabeza de Kaa descansara sobre su hombro, y entonces le refirió cuanto había pasado en la Selva aquella noche.
--Lista puedo ser, dijo Kaa cuando hubo terminado él, pero lo que es sorda también lo soy, sin ningún género de duda. De lo contrario, hubiera oído el _feeal_. Ya no me extraña que los que viven de hierba se hallen tan inquietos. ¿Cuántos son los _dholes_?
--No lo he visto aún. Vine corriendo á encontrarte. Tú eres más vieja que Hathi. Pero, Kaa... (y al decir esto temblaba Mowgli de puro contento) ¡qué magnífica cacería va á ser! Pocos de nosotros vivirán cuando cambie la luna.
--¿Es que tú también vas á tomar parte en esto? Acuérdate de que eres un hombre, y de cuál fué la manada que te arrojó de ella. Deja que el Lobo y el Perro se arreglen. Tú eres un hombre.
--Las nueces de antaño son ogaño tierra negra, contestó Mowgli. Cierto que soy un hombre, pero paréceme haber dicho esta noche que era un lobo. Por testigos puse al río y á los árboles. Pertenezco al Pueblo Libre, Kaa, hasta que hayan pasado los _dholes_.
--¡Pueblo Libre! murmuró Kaa... Dí, más bien, pandilla suelta de ladrones. ¿Y tú te has ligado á ellos, en busca de una muerte segura, sólo por la memoria de aquellos lobos que ya no existen? Eso no es saber cazar.
--He dado mi palabra. Los árboles lo saben y el río también. Hasta que el _dhole_ se haya ido no quedaré libre del compromiso.
--¡Ah! La cosa cambia, así, por completo. Pensé llevarte conmigo á los pantanos del Norte, pero palabra es palabra, aunque sea la de un hombrecito desnudo y sin pelo como tú. Así, pues, yo, Kaa, digo á esto que...
--Piensa bien lo que vas á decir, Cabeza Chata, para que no resulte que también tú te has ligado más de lo conveniente. No necesito que me des palabra de hacer nada, porque bien sé que...
--Bueno: sea, contestó Kaa. No daré palabra alguna; pero ¿qué piensas hacer cuando vengan los _dholes_?
--Tienen que pasar á nado el Wainganga. Pues bien: yo pensaba salirles al encuentro, cuchillo en mano, cuando crucen algún sitio de poca agua, y llevar detrás de mí á la manada, para que, á cuchilladas y atacados por los míos, tuvieran que retroceder un poco río abajo ó ir á refrescarse el gaznate.
--Los _dholes_ no retroceden, y, en cuanto á su gaznate, hierve siempre, contestó Kaa. Cuando esta cacería termine no quedará ya hombrecito ni lobato, sino únicamente los huesos.
--_¡Alala!_ Si morimos moriremos. Será una cacería magnífica. Pero soy joven y no he visto aún muchas lluvias. Ni sé mucho ni soy fuerte. ¿Tienes tú, Kaa, algún plan mejor?
--Yo he visto centenares y centenares de lluvias. Antes de que Hathi hubiera mudado los colmillos de leche, el rastro que yo dejaba en el polvo al pasar era enorme. Por el primer huevo que hubo en el mundo te aseguro que soy más vieja que muchos árboles, y que he visto todo lo que la Selva ha hecho.
--Pero éste es un caso nuevo. Nunca los _dholes_ se han cruzado en nuestro camino.
--Lo que es ha sido, también, antes. Lo que será no es más que un año olvidado que hiere mirando hacia atrás. Estate quieto mientras yo cuento esos años que tengo.
Durante más de una hora estuvo echado Mowgli sobre los anillos de la serpiente, mientras Kaa, con la cabeza inmóvil sobre el suelo, pensaba en todo lo que había visto y aprendido desde el día en que salió del huevo. Sus ojos parecieron extinguirse, y, ya sin luz, semejaban viejos ópalos, mientras, de cuando en cuando, daba una especie de torpes estocadas con la cabeza, á derecha é izquierda, como si estuviera cazando en sueños. Mowgli dormitaba, porque sabía que nada prepara tan bien para la caza como el dormir, y estaba acostumbrado á hacerlo á cualquier hora del día ó de la noche.
De pronto sintió que el cuerpo de Kaa crecía y se ensanchaba bajo el suyo, mientras la enorme serpiente pitón soplaba, silbando con el ruido de una espada que alguien sacara de una vaina de acero.
--He visto todas las estaciones del año que pasaron, dijo, al fin Kaa; los árboles enormes, los viejos elefantes, y las rocas desnudas y ásperas cuando aun el musgo no las vestía. ¿Estás vivo todavía, hombrecito?
--No hace más que un momento que desapareció la luna en el horizonte, dijo Mowgli. No entiendo...
--_¡Hisch!_ Ya vuelvo á ser Kaa. Ya sabía que no hacía más que un momento, como dices. Ahora iremos al río y te enseñaré cómo hay que proceder contra los _dholes_.
Volvióse la serpiente y se dirigió, recta como una flecha, hacia el cauce del Wainganga, hundiéndose en el agua un poco antes de llegar á la laguna que oculta la Roca de la Paz, y llevando á Mowgli á su lado.
--No, no nades. Yo me deslizaré rápidamente. Ponte sobre mi espalda, Hermanito.
Apretó Mowgli el brazo izquierdo alrededor del cuello de Kaa, dejó caer el derecho, bien pegado al cuerpo, y puso los pies de punta. Entonces Kaa embistió contra la corriente como sólo ella era capaz de hacer, mientras la ondulación del agua formaba en torno del cuello de Mowgli como una gorguera y sus pies se balanceaban en el remolino que se veía á cada lado de la serpiente. Á un kilómetro ó dos más arriba de la Roca de la Paz, el Wainganga se estrecha al pasar por una garganta que forman unas rocas de mármol de veinticinco á treinta metros de altura, y la corriente se desliza como por el canal de un molino entre toda clase de pedruscos. Pero Mowgli no hizo caso del agua: poca habría en el mundo que llegara á preocuparle ni por un momento por el miedo que le causara. Miraba á cada lado de aquella estrecha garganta y resollaba fuertemente como molestado, porque se sentía en el aire un olor, mitad como de algo dulce y mitad como de algo agrio, que era muy parecido al olor de un gran hormiguero en día caluroso. Instintivamente metióse todo él bajo el agua, levantando sólo la cabeza, de cuando en cuando, para respirar, y entonces Kaa ancló, por medio de una doble torsión de la cola en torno de una roca hundida, sosteniendo á Mowgli en el hueco que formaban sus anillos, mientras el agua corría.
--Esto es la Morada de la Muerte, dijo el muchacho. ¿Por qué hemos venido aquí?
--Duermen, dijo Kaa. Hathi no tuerce su camino cuando ve al _Rayado_. Y, sin embargo, tanto Hathi como el mismo Rayado se apartan cuando vienen los _dholes_, pero de éstos se dice que no cambian de dirección por nada. Ahora bien: ¿ante quién retrocede el diminuto Pueblo de las Rocas? Dime, amo de la Selva, ¿quién es el verdadero amo?
--Éstas, susurró Mowgli. Aquí mora la Muerte. Vámonos.
--No, mira bien, porque ahora están durmiendo. Todo está como estaba cuando yo no era más larga de lo que es tu brazo.
Las rajadas y carcomidas rocas de aquella garganta del Wainganga habían servido desde el principio de la Selva para el diminuto Pueblo de las Rocas: las laboriosas y feroces abejas negras de la India; y, como Mowgli sabía perfectamente, todo rastro de animal torcía hacia un lado ú otro á más de ochocientos metros antes de llegar á aquel sitio. Durante siglos, el Pueblo Diminuto había tenido allí sus enjambres y pululado de grieta en grieta, juntándose una y otra vez, manchando el blanco mármol con miel seca y fabricando sus panales, altos y profundos, en la obscuridad de las cavernas interiores, donde ni los animales, ni el fuego, ni el agua pudieran llegar nunca. En toda su longitud, la garganta parecía adornada con negras cortinas de terciopelo de un brillo débil, y Mowgli se sintió desfallecer al verlo, porque aquella especie de cortinas eran los millones de abejas amontonadas que allí dormían. Había, además, otros pedazos, y adornos, y cosas que parecían carcomidos troncos de árbol prendidos sobre la superficie de las rocas, restos viejos, abandonados, ó nuevas ciudades fabricadas al abrigo de aquella garganta resguardada del viento; y enormes masas de esponjosos panales, ya podridos, habían rodado desde lo alto, pegándose entre los árboles y enredaderas que parecían agarrarse á la superficie de las rocas. Como se pusiera el muchacho á escuchar oyó más de una vez el ruido que producían, al deslizarse, los panales repletos de miel, cayéndose allá adentro, en las obscuras galerías; luego rumor de alas batiendo furiosamente, y el gotear de la miel esparcida que iba corriendo hasta llegar al borde de alguna abertura al aire libre, desde la cual chorreaba lentamente sobre hojas y ramas. Había, á un lado del río, una especie de playa pequeñísima, de menos de un metro y medio de ancho, y estaba llena de desechos acumulados allí durante innumerables años. Abejas muertas, basura, colmenas viejas, alas de mariposillas merodeadoras que habían ido á perderse en aquel sitio en busca de miel, todo estaba amontonado, formando finísimo polvo negro. El solo olor penetrante de aquel conjunto bastaba para asustar á cualquier ser viviente que careciera de alas y supiese lo que era el Pueblo Diminuto.
De nuevo dirigióse Kaa corriente arriba hasta que llegó á un banco de arena que se hallaba al extremo de aquella garganta.
--Aquí está lo que han muerto en esta estación, dijo. ¡Mira!
Sobre el banco se veían los esqueletos de un par de ciervos y de un búfalo. Mowgli vió que ni lobos ni chacales habían tocado sus huesos, que estaban sobre el suelo en la posición natural.
--Traspasaron el lindero, no conociendo la Ley, murmuró Mowgli, y el Pueblo Diminuto los mató. Vámonos antes de que despierte.
--No despierta hasta que llega la aurora, dijo Kaa. Ahora voy á contarte una cosa. Venía un gamo perseguido desde el Sur, en dirección á este sitio, hace de ello muchas, muchas lluvias, sin conocer la Selva y llevando tras de sí á toda una manada que seguía su rastro. Ciego de miedo, saltó desde lo alto, mientras la manada iba siguiéndole sólo con la vista, porque corría desatinadamente tras de él, ciega también. El sol estaba ya alto y el Pueblo Diminuto era numeroso y se hallaba muy enfurecido. Numerosos fueron, igualmente, los de la manada que saltaron al Wainganga; pero antes de que llegaran al agua estaban ya muertos. Los que no saltaron murieron también en las rocas, allá arriba. En cuanto al gamo quedó vivo.
--¿Y cómo fué esto?
--Porque él llegó primero, corriendo para salvar la vida, y saltó antes de que el Pueblo Diminuto estuviera prevenido, hallándose ya en el río cuando las abejas se juntaron para matarlo. Pero la manada que venía detrás se perdió por completo bajo el peso de aquéllas.
--¿Y el gamo vivió? dijo pausadamente Mowgli, insistiendo en la misma idea.
--Cuando menos no murió entonces, aunque no tuviera nadie que, al caer, lo esperara para recibirlo sobre un cuerpo bastante fuerte que lo protegiera contra el agua, como esta gruesa, sorda y amarilla Cabeza Chata está pronta á hacer por cierto _hombrecito_... sí, aunque detrás de él fueran todos los _dholes_ del Dekkan siguiéndole el rastro. ¿Qué te parece esto?
La cabeza de Kaa estaba pegada á la oreja de Mowgli. Algún tiempo transcurrió antes de que el muchacho contestara.
--Es jugar con la Muerte, pero... verdaderamente, Kaa, tú eres quien más sabe en toda la Selva.
--Eso me han dicho muchos. Pues bien, mira: si los _dholes_ te siguen...
--Como me seguirán, con toda seguridad... ¡Oh! Mi lengua sabrá lanzar espinas agudísimas que irán á clavárseles.